October 8, 2020

Estábamos muertos en pecados

Efesios 2:1–3

Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados,

  • Dios no creó la muerte. La muerte es el resultado del pecado del hombre.
  • Dios le había dicho a Adán que no comiera del árbol del conocimiento del bien y del mal; y le advirtió que el día que lo hiciera moriría. Adán y Eva se rebelaron contra Dios y comieron. Por causa del pecado, la muerte entró en ellos y se extendió a toda la humanidad. Muerte no significa aniquilación sino separación.

Existen tres clases de muerte:

■ La muerte espiritual: Cuando el hombre peca, muere espiritualmente. Su espíritu se separa del Espíritu de Dios, pues Dios es santo y no puede tener comunión con el pecador. Dios es la fuente de la vida. El hombre al pecar se separa de aquella fuente y sufre la muerte espiritual.

Fue así como en el principio el hombre perdió su comunión con Dios y la bendición. Quedó en la oscuridad espiritual y bajo la maldición del pecado. Como una rama, que al ser cortada del árbol muere.

Este estado es común a toda la humanidad: estamos alejados de Dios y muertos en delitos y pecados. Esta era nuestra condición antes de unirnos a Cristo. Pablo, en Romanos 5:12, dice: Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.

La muerte física: Como consecuencia del pecado, un día todos tenemos que morir físicamente, pues todos hemos pecado. En ese instante nuestro espíritu y alma se separan de nuestro cuerpo. El cuerpo vuelve al polvo de donde fue tomado, y el espíritu, es decir, la persona que somos, va al cielo o al infierno.

La muerte eterna: Se trata de la separación eterna de los seres humanos con respecto a Dios; quedan privados eternamente de su presencia y sin ninguna esperanza de salvación. Condenados para siempre, un día serán arrojados al lago de fuego y azufre (2 Tes. 1:8–9). Las Escrituras también llaman a este estado eterno la muerte segunda (Apoc. 2:11; 21:8). Dios juzgará a los pecadores.

en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia,

entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás

…estabais muertos en vuestros delitos y pecados…

Esto indica que hemos estado sometidos a tres fuerzas negativas: el mundo, Satanás y la carne.

1. EL MUNDO

…siguiendo la corriente de este mundo…

Andábamos según la corriente de este mundo. Los peces vivos nadan contra la corriente, pero los muertos son arrastrados por ella. Del mismo modo, estando nosotros muertos espiritualmente, éramos arrastrados por la corriente de este mundo. El estilo de vida, la mentalidad y las costumbres pecaminosas de la sociedad son poderosas fuerzas que ejercen presión sobre nosotros. La sociedad en su conjunto, con su egoísmo, falsedad, fornicación, materialismo, vanidad, vocabulario perverso, y otras cosas, resultó una corriente fuerte que nos arrastraba. Hicimos entonces lo que la mayoría. Vivimos según la corriente de este mundo.

2. SATANÁS

…conforme al príncipe de la potestad del aire…

En la sociedad operan fuerzas satánicas invisibles pero muy reales. Son espíritus malignos cuyo jefe máximo es Satanás. En el Nuevo Testamento se denomina a estas fuerzas la potestad de las tinieblas (Colosenses 1:13); el dios de este siglo (2 Corintios 4:4); el príncipe de este mundo (Juan 14:30), y de algunas otras maneras. Satanás, por medio de los malos espíritus, opera en los rebeldes. Su operación principal consiste en potenciar la maldad de los malos, la rebeldía de los rebeldes, y la incredulidad de los que no quieren creer.

La expresión hijos de desobediencia, se refiere a aquellos que tienen una naturaleza rebelde. Ante la autoridad de Dios, el hombre solo puede mostrar una de estas dos actitudes: sumisión o rebeldía. Adán se rebeló. Jesús se sujetó al Padre y fue obediente hasta la muerte. El pecado capital de todos los hombres es la rebeldía contra Dios. La rebeldía es la raíz de todos los otros pecados. Cuando las personas exhiben una actitud rebelde, dan lugar al diablo para que obre destrucción en sus vidas y en la de otros a través de ellos.

3. LA CARNE

…en los deseos de nuestra carne…

Ésta es la tercera fuerza a la que vivíamos sometidos antes de conocer al Señor. Carne en el griego es sarx, y no se refiere al cuerpo físico (que en griego es soma). Cuando el apóstol dice los deseos de nuestra carne se refiere a nuestra naturaleza pecaminosa. El hombre, al pecar, quedó sujeto al pecado y reducido a debilidad. La mejor descripción de lo que es la carne está en Romanos 7:14–25. El hombre, utilizando sus propios recursos, se siente impotente para hacer el bien y cumplir las demandas de la ley. Se ha vuelto un esclavo de su naturaleza pecaminosa, y vive dominado por sus deseos carnales.

En nuestra vida anterior vivíamos sometidos a los deseos, la voluntad y los pensamientos de la carne. Nuestro carácter, nuestros sentimientos, nuestras actitudes eran contrarias a la voluntad de Dios. Con nuestra actitud, lo que dábamos a entender era: “Yo hago lo que quiero; vivo como a mí me parece, como se me da la gana”. Esto tiene que ver una postura que determina un estilo de vida rebelde frente Dios.

…Y éramos por naturaleza hijos de ira…

Dios es omnisciente. Conoce y ve todos los pecados de los hombres. A la vez, él es santo. Por causa de su santidad y justicia aborrece y odia el pecado con todo su ser. Su ira contra el pecado y la impiedad puede llegar a ser terrible. Un solo pecado bastó para que Adán y Eva fuesen expulsados de su presencia y sentenciados a muerte y a la condenación eterna. Por causa de nuestros pecados, nosotros también éramos merecedores de la justa ira de Dios. Por nuestros pecados fuimos destituidos de su gloria y condenados al tormento eterno del infierno.

La ira de Dios no era provocada únicamente por nuestros actos pecaminosos sino también por nuestra naturaleza pecaminosa. Es decir, por nuestra manera de ser rebelde y pecadora.

El pecado no solo afectó nuestra conducta sino también nuestro ser. Por eso Pablo dice que éramos por naturaleza hijos de ira.

¡De qué condición terrible nos salvó el Señor! ¡Alabémosle por su salvación!