CRÓNICA DE UNA AMÉRICA SAQUEADA
Había una vez un monstruo. No era verde, ni escupía fuego, ni vivía bajo la cama de los niños. Este monstruo usaba traje de Armani, hablaba de democracia mientras firmaba cheques para dictaduras, y se llamaba a sí mismo "el faro de la libertad" . Los pueblos de Indoamérica lo conocían bien: era el mismo que les robaba el cobre en Chile, el petróleo en Venezuela, el litio en Bolivia, y hasta la dignidad en Brasil. Pero tenía un miedo: que un día, esos pueblos se dieran cuenta de que el monstruo no era invencible, sino un vampiro alimentado por sus divisiones.
Claudia Sheinbaum, presidenta de México, lo dijo sin aspavientos: "El imperialismo nos quiere divididos porque sabe que juntos somos invencibles". Y la historia le dio la razón. Estados Unidos, ese país que celebra el Día de la Independencia mientras financia golpes de Estado en América Latina, llevaba décadas aplicando el manual del saqueo perfecto: si un presidente elegido por el pueblo osaba repartir tierras o nacionalizar recursos, ahí aparecía la CIA con su maletín de "ayuda democrática" (léase: dictadores, escuadrones de la muerte y economistas neoliberales dispuestos a vender hasta el alma de su abuela por un puesto en el FMI).
Allende cayó con un golpe y Pinochet regaló el cobre. Nicaragua sangró con los Contras. Venezuela aguantó sanciones, guerras económicas y hasta mercenarios contratados por Zoom. A Lula lo encarcelaron con lawfare (que no es un deporte olímpico, sino el arte de fabricar delitos cuando no hay pruebas). Y a Evo Morales lo sacaron en helicóptero para que las transnacionales pudieran festejar con litio barato. Cuba, por su parte, seguía resistiendo un bloqueo que ya cumplía 60 años… y contando. "¿Genocidio? No, si es contra rojos, no cuenta", debían pensar en Washington.
Pero he aquí el detalle: desde el Río Bravo hasta la Patagonia, los pueblos empezaron a recordar. Recordaron que Túpac Amaru, Bolívar y el Che no pelearon por fronteras, sino por una Patria Grande. Que cuando Haití se liberó en 1804, fue victoria de todos. Que cuando Paraguay fue masacrado en la Guerra de la Triple Alianza, no murieron solo paraguayos: murió un pedazo de América. Y que cada vez que un obrero argentino, un campesino venezolano o un estudiante chileno levantaba la voz, el monstruo temblaba. Porque su peor pesadilla no eran los misiles, sino las asambleas populares. No los ejércitos, sino los maestros. No las armas, sino los libros.
Hoy, el monstruo reciclaba su discurso: "Neoliberalismo con rostro humano", le decían. Pero en las calles de Perú, Ecuador y Honduras, los jóvenes ya no compraban el cuento. En México, resistían. En Argentina, reorganizaban. Y en cada rincón del continente, crecía un grito: "¡Basta de que un puñado de banqueros en Wall Street decida si comemos o no!". La UNASUR, el ALBA, el CELAC… no eran siglas burocráticas, sino trincheras. Porque la verdadera independencia no se celebra con discursos, sino con soberanía económica, educación liberadora y una red de pueblos que intercambian sin pedirle permiso al dólar.
Así que, hermanos, no había tiempo para ilusiones ingenuas. El enemigo era el mismo. Pero la buena noticia era que la resistencia también. "La historia la escriben los pueblos", y esta generación tenía la tinta lista.
No había que esperar héroes: había que serlo. En cada barrio, en cada fábrica, en cada aula.
"La Patria Grande no es un sueño… es una promesa que nos debemos".
Néstor Perlaza mezclando rabia con esperanza en un final abierto. Porque en América Latina, los cuentos de hadas siempre los escriben los que no se rinden.
Palabras de un autor que no conozco, junto a las mías, dicen también que escribio Claudia la presidenta de México...