Hetero
February 27, 2023

Clases Particulares Día 4

Continuación de: "Clases Particulares Día 3"

Día 4

Capítulo 11: Un paso hacia la dominación

Un nuevo día, y volvía a tener las bolas llenas. En otro momento de mi vida, semejante pormenor lo tendría que haber resuelto por mí mismo (usando mis torpes y ásperas manos), pero ahora tenía a Valentina a la espera de mantenerme contento.

Se había colado a mi habitación, tal vez recordando que el día de ayer mi pija y ella no se habían encontrado. Temiendo que me aburriera de sus favores, me había desnudado de la cintura para abajo, en pos demostrarme de lo que su paladar era capaz.

Despertándome de la mejor manera, con mi verga en su boca. ¡Qué vista! Ella tumbada en mi cama, sus grandes pechos sobre mis rodillas (una avalancha fortuita) y con sus labios hinchados y babeados, esperando con sus ojos azules una enhorabuena de mi parte.

—Creí que estaba soñando —suspire de cara a un dolor placentero. Indicando que llevaba ya tiempo cumpliendo de su parte.

—¿Te gusta? —preguntó Valentina deteniendo momentáneamente su mamada.

Me encanta, pensé. Aunque solo lo pensé, en su lugar dije:

—¿Te gusta mi verga? —Había algo de placer morboso en aquella pregunta—. ¿Te gusta?, perrita.

—Me encanta —repitió mis pensamientos. Como no tenía una cámara para grabar semejante declaración. Con la punta del ojo busqué mi celular, pero no lo encontré—. Soy una buena perrita, ¿verdad? —Besó mi sexo, un pequeño entretiempo—. Soy tu perrita.

—Sí, perrita, eres mía; vamos continua. —Estaba impaciente. Empezaba a doler el tenerla tanto tiempo parada.

—Soy una buena perrita —reafirmó Valentina, aunque solo me lo lamió, incumpliendo mis aspiraciones—. A las perritas buenas se les recompensa, ¿cierto?

¿Estaba alargado el momento a propósito?, ¿quería que dijera que sí? Era astuta, pues el deseo de acabar de una vez por todas, me obligó a gemir un:

—Siiii —Abriendo Valentina por fin su boca y continuando con la felación, la cual no duró demasiado esta vez. Mis bolas se vaciaron en un instante. Las pajas mañaneras no podían compararse a las chupadas de Valentina. Había un mar de distancia.

Entre tanto, ella tosió. ¿Muy profundo o demasiado semen? Tal vez ambos. Inevitable la sorpresa le agarró desprevenida y parte de mis fluidos recayeron en mi verga.

—Me voy a tragar todo —se me adelantó, saliendo de su asfixia rápidamente con tal de volver a chupármela—. Soy una buena perrita…

Sospeche.

Olí segundas intenciones al instante. Ella no era ella, ella se estaba comportando demasiado sumisa, cumpliendo mis fantasías sin peros o insultos. No es que me quejara, ya quisiera que siempre fuera así. Sin embargo, Valentina usaba sus atributos en los hombres para obtener algo a cambio. Eso era. Ella quería algo más de mí y no le importaba fingir ser mi perrita.

—Valentín —dijo mientras limpiaba con delicadeza mi verga—, debo pedirte favorcillo.

—Ya me parecía raro tanta iniciativa.

—Soy tu perrita —me recordó—. Te la voy a chupar todas las mañanas. Sin faltas. También voy a estudiar para los exámenes, y no me voy a quejar…

—Vamos —la interrumpí—, desembucha.

Me miró. Entre fastidiada por la interrupción y obediente dado su papel de perrita por conveniencia.

Jugó una vez más sus cartas. Había estado juntando una buena cantidad de mi semen en su boca. Me lo mostró, abriendo de extremo a extremo su mandíbula, y añadiendo unas últimas gotas con su mano, al tiempo que retozaba con su lengua en aquel charco, para luego tragarlo sin ninguna clase de disgusto.

Hizo aquel sonido con la garganta típico cuando te tomas una pastilla colosal.

Finalmente, volvió a abrir la boca, dejando en evidencia la ausencia de mis fluidos. Yo quedé fascinado. ¿Qué carajos me iba a pedir?

—Mañana. —Una pausa mientras jugaba de manera seductora con su pelo—. Hay una fiesta en casa de Andrea.

No pensará…

—Estás castigada —Recordé la furia de Romina.

—Yo no pensaba ir, pero recién miré nuestro celular. —”Nuestro”, pensé alterado—. Romina te mando un mensaje diciendo que no vendrá hasta el viernes.

—Y si cae de sorpresa.

—No lo hará.

—¿Y tus hermanas?

—Diremos que vamos a la biblioteca.

—No, Valentina. —Era una locura de adolescente, y un suicidio conociendo a la madre de Valentina.

—¡Por favor! —Apretó levemente mi miembro semi flácido—. No he salido en días.

—No —negué nuevamente. Ya era hora de levantarme.

—Sí —se aferró a mis piernas—. Me lo merezco. Es lo justo.

—¿Lo justo? —Intenté zafar mis piernas de sus ataduras, pero fue en vano—. Es que no aprendes, verdad. Solo ha pasado un día desde que Romina te rompiera el culo, y quieres volver a desafiarla.

—Me lo debes —Mis ojos dieron un grito al cielo ¡Que atrevimiento! Me sujetaba a través de un abrazo de oso, apretando mis partes traseras—. Dijiste que me ibas a recompensar.

—Y eso pienso a hacer —dije consumido por el enfado.

Me dispuse a liberarme de la trampa de Valentina. Tenía pensado imitar a Romina, y castigar el magullado orto de Valentina. Además de querer usarme, me desafiaba una y otra vez sin temor alguno.

Eso debía de cambiar. Y me dispuse a ello.

—¡No! —suplicó Valentina al ver que iba por su enorme culo, a pesar de encontrarme enterrado de cintura para abajo—. ¡No! Sigue rojo. Sigo lesionada.

Otra vez, como ya era habitual entre nosotros, nos fuimos a los encontronazos. Forcejeos por acá y por allá con insultos de por medio.

Sin embargo, logré acertar una buena nalgada en su culo aun cuando me encontraba en una posición incómoda. El sonido de su culo siendo azotado le siguió al sollozo de Valentina. Debió doler más de lo normal, dado sus heridas recientes. Y así lo fue, comprobado por su grito de pesadumbre.

—Suéltame, Valentina —amenacé—, sueltamente, carajo, suéltame puta.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó observando la palma de la mano agresora—. Me vas a golpear…

—Acepta tu recompensa.

—No.

—Acepta tu castigo, y haré como si nada hubiera pasado.

—Quiero ir a la fiesta —insitió, bien sujeta a mis piernas y a mi sexo—. Quiero ir a la fiesta y no quiero que me calientes el culo.

—De esta no te salvas —espeté—. Llevas un buen rato comportándote como una niñata malcriada.

—No —persistió en su insolencia y entonces, y entonces… ¡Mierda! se metió mi pija en la boca. Con desespero se tragaba cada centímetro de mi falo, sin importarle mis movimientos o quejas.

Era la primera vez en mi vida que me negaba a recibir un pete. Siendo así, le jalé el caballo con la intención de liberar mi pene de su cárcel de mucosa y saliva, pero no funcionó. Se aferraba a esa parte de mí, como un alpinista a la piedra que evitaba que se cayera de la montaña.

Su improvisada mamada era lo único que la mantenía a salvo de mi castigo. Un vacío de presión se formó en torno a mi pene. Ya no solo me lo estaba mamando, no, me venera el pito en busca de mi perdón.

Entonces alcé la voz totalmente enfurecido. Grave error, porque no conseguí que Valentina me obedeciera, pero si atraje la atención de un tercero.

Una rápida rotación, y la puerta se abrió.

La tensión del momento estalló.

—¡¡¡Valentin!!! —gritó Macarena al vernos, al ver a su hermana comiéndome la polla con la misma desesperación que un hambriento al recibir una hogaza de pan.

Maca trajo algo de cordura a mi habitación, pues solo su presencia logró librarme de la garrapata que era la boca de Valentina.

Pasado un tiempo, nos reacomodamos en la habitación. Yo estaba en el sillón de espuma y Valentina tirada a lo largo de la cama (le encantaba estar en esa posición), y por último, Maca quien se encontraba entre parada y apoyada en una de las esquinas de la cama.

—¿Son novios? —preguntó Maca, tensando nuevamente el momento.

—No.

—Ni loca —apoyó Valentina mi negación, o al menos lo intento.

—Y cuál es la explicación a lo que estaban haciendo. —Ninguno de los dos respondimos—. Lo único que se me ocurre es que mi hermana quería algo de vos, ¿me equivoco?, Valentín.

—Su celular —respondió Valentina, sacando justamente el aparato de su bolsillo casero, es decir, sus notables tetas.

Entre tanto, yo estaba preocupado por algo más grande que el ser descubierto por Macarena, algo que me carcomía el corazón.

—¿Adriana está en casa?

—Salieron —respondió Valentina en vez de Macarena. De lo contrario no hubieras actuado de esa manera, pensé—. Temprano, con tu prima.

—¿A dónde?

—Ellas dos están durmiendo juntas —farfulló Macarena, avergonzada por el accionar de su hermana mayor—. Ayer las vi compartiendo la habitación. —Ya lo sé, opiné en mi cabeza—. Están saliendo, Valentín. Adriana es lesbiana.

Todo eso ya lo sabía. Pero Macarena me creía un ciego y un sordo.

—Bien por ellas —fingí sorprenderme.

—Valen. —Maca le habló a su hermana—, no lo vuelvas hacer, ¿está bien?

—Solo olvida lo que viste —intervine, ya me iba a encargar personalmente de la insolencia de Valentina, la cual captó mis intenciones malintencionadas en lo profundo de mis ojos y muecas torcidas.

Se arrolló con la fresada. Se asustó.

—Para olvidar todo esto —sugirió Maca—, que tal si desayunamos afuera.

—Perfecto —saltó Valentina de la cama viendo venir lo que le esperaba de mi parte, queriendo poner distancia conmigo—. Me voy a cambiar.

Salió corriendo de mi habitación con la misma prisa que cuando huía de Adriana. Era su salida al problema.

Realmente se comportaba como niñita.

Nos quedamos solos, Maca y yo. Aún no se había resuelto del todo el que me pillara.

—Fue la primera vez, ¿no?

—Sí —mantuve la mentira—, fue la primera vez.

—Las cosas se están poniendo raras en la casa —se tocó el orto por debajo del vestido (siempre llevaba ropa elegante)—. Eso de que mamá trabaje, fue inesperado. Creo que tu tía le metió la idea a la cabeza.

—O al revés —dije—. O se reencontraron después de mucho tiempo y la idea salió a flote.

—Mis padres se van a divorciar —chilló de repente—. Ya lo sabíamos de antemano, pero ayer Romina lo confirmó.

—Algo de eso escuché… ¿Qué hizo Valentina?

—Que no hizo. Ya sabes como es ella.

—¿Un dolor en el trasero? —bromeé.

—Exacto, como el que estoy sintiendo ahora —arremetió contra mí, en plan juego—. Todavía me sigue doliendo, “Amo”.

—Es una lástima. —No sé por qué hice lo que hice, no obstante, lo hice: Con la mano palmeé mi rodilla, indicando a Macarena que sentara en mis piernas, una especie de repetición del castigo del Blackjack—. Ven. ¿Vas a desobedecer a tu amo?

Me miró. Calculando las consecuencias de seguir con el juego.

Yo volví a insistir. Domando sus sentimientos, y tomando la decisión por ella con la mirada.

Maca al igual que entonces, usó mis piernas como su punto de apoyo. Una vez más sentí la suavidad del pequeño durazno que era el orto de Macarena.

—¿Te duele? —le metí la mano por debajo de la falda.

Brinco sorprendida.

—¡Sí! —dijo ante el roce de mis cinco dedos contra su trasero—. Me duele, Valentín.

—Amo —le corregí, desplazando mi tacto entre nalga y nalga—. ¿Te duele?

—Me duele, Amo.

Ya estaba, aquellas tres palabras era lo que necesitaba para ver a Macarena de otra manera. Algo más que una amiga.

—Voy a tener que inspeccionar la aérea en cuestión. —Saque la idea de Adriana—. En cuatro, vamos, sobre mis rodillas. —Seguido de un pellizco.

Macarena no tuvo alternativa. La avasallé con mi cercanía, con la amenaza de la fuerza. Una vez acostada sobre mis piernas, comencé un sutil masaje. Primero los talones, para luego ir subiendo hasta llegar al detrás de la rodilla. Allí, Maca suspiro más de la cuenta.

Atento al detalle, me detuve por más tiempo. Maca lo estaba disfrutando. Finalmente, subí pasando los dedos por el surco que separa su nalga con su extremidad. En donde nacía la redondez de su orto.

—Valentín… —¡Plop!, interrumpí el masaje con un azote—. ¡Amo! —se autocorrigió—. Amo, me haces cosquillas.

—¿Solo cosquillas? —Amase el culito de Maca. En todas las direcciones y combinaciones posibles con mi mano.

—Me duele, Amo.

—¿Te duele? — Le corrí la ropa interior. Sabía por mi primer día en la casa que Macarena tenía debilidad por el roce. Y eso hice, un roce camuflado en un masaje directo en su coño—. ¿Y ahora?

—¡Amo!, amo, amo… —Pause el roce. Le costaba hablar—... ya no duele… siga, siga por favor.

Continúe con mi labor.

—Separa las nalgas.

—Sí, amo.

—No te equivocaste —señalé mientras mantenía el masaje en todo su coño—. Tu hermana es un putita, lo viste como me comía la verga.

—Si —gimió ante el pasar de uno de mis dedos en su entrada—. Valentina es una putita.

—¿Y qué se merecen las putitas?

—Unas buenas nalgadas, ¡Aaah! —le metí un dedo, apenas las yemas.

—¿Te gusta?

—Sí, amo. Por favor no pares.

—¿Te gustó ver a tu hermana chupando pija?

—Siii… Valentina es una putita, una calienta pija.

Cada segundo era una pequeña fricción que causaba en Maca una gran estímulo. Y los segundos pasaron para disfrute de su coño.

—... Tienes dos opciones. —Mi dedo la penetró finalmente, siendo correspondido con un suspiro de Macarena—. El juego se termina ahora, y hacemos como que esto nunca paso, o continuo…

—No…

—¿No? —Dedié su interior.

—No pares —decidió Maca—. Me gusta, me gusta tener tu dedo dentro mío, Amo.

—Entonces está decidido —dije haciéndome de la idea de tener a una hermana más en mi repertorio—. Desde ahora serás mi putita

—Soy una putita—gimió Maca, use un segundo dedo—. ¡Soy tu putita!... Así, así, no pares, soy una putita con mucha suerte, con un amo bueno.

Maca realmente lo estaba disfrutando. Con el juego de roles y con la colada de dedos.

—Pronto vendrá Valentina —recordé mi entorno—. Vas a acabar, y luego me limpiaras los dedos.

—Amo… —La follé empleando las dos astas de carne y hueso que ya tenía en su interior. En ida y vuelta, rápido y constante mientras Maca se frotaba en mi muslo. Acelere, motivado por la idea de hacer acabar a Maca, lo más parecido que mi mano podía hacer de un taladro.

Su coño empezó a hacer el ruido de un chapoteo. Yo golpeaba sin cesar la capa de humedad.

—¡¡¡Valentín!!! —tensó todos los músculos de su cuerpo.

Acabo en mis dedos.

Descanso con una sonrisa.

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Capítulo 12: Café con leche

La cafetería estaba casi vacía. Al parecer éramos de los pocos que había tenido la brillante idea de desayunar afuera.

Nos ubicamos en una esquina. Semi ocultos en la sombra.

En tanto, Valentina no me quitaba el ojo de encima desde que Macarena se había ido al baño. La menor necesitaba un respiro de mí, o al menos eso creía. Debía de estar procesando lo ocurrido en mi habitación.

Una vez la joven camarera sirvió la mesa y se fue, proseguí a interruptor su mirada:

—¿Qué? —pregunte mientras le tiraba azúcar al café.

—Lo que pasó en tu cuarto —comenzó Valentina—, ya pasó, ¿verdad?

—Veremos. —Seguía enfadado. Muy enfadado. De no ser por Maca, a quien no quería abrumar todavía con mis peleas con su hermana, ya hubiera castigado a Valentina.

—Solo quería estar con mis amigas —se excusó—. He estado encerrada una eternidad.

—¿Y a mí qué?—tome un sorbo de mi café—. Para ser una perrita eres bastante atrevida e irrespetuosa.

Era la primera vez que la llamaba “perrita” fuera de su casa. Fue algo chocante, supongo, pues Valentina se alarmó, mirando a los costados por si alguien había escuchado.

Se remangó su falda. Indecisa en contradecirme.

—Es una fiesta —optó por la persuasión—. Van a estar todos los de la escuela.

—¿Qué pretendes?, ¿sobornarme con la fiesta en sí? —dije un tanto acalorado—. Déjame explicarte una cosa. En primer lugar, las fiestas no son lo mío. Y en segundo lugar, yo no fui invitado, no pretenderás que me quede en mi coche esperándote mientras te diviertes.

—Puedo conseguir que Andrea te invite —buscó una solución—. No podremos llegar juntos, pero podrás divertirte con tus amigos. También invitaremos a los tuyos.

—¡¡¡Anda!!! Pero que oferton, Valentina. —Deje de escucharla, y proseguí con la distracción que me otorgaba el celular. Se lo había quitado a Valentina, no más salimos de su casa.

Había recibido varios mensajes. Uno de mi madre, deseándome un buen día, otro de mi tía Jimena, con los mismos motivos. Unos cuantos amigos preguntaban por mi ausencia en las plataformas de videojuegos, pero el más importante de todos: Uno de Adriana. Se las había arreglado para conseguir mi número, lo cual no era muy difícil.

—”De compras” —escribió con varias fotos adjuntas. Fotos de ella y de Margarita con variedad de vestidos, short y blusas que las hacían ver hermosas. El encanto de las prendas femeninas.

Aunque la última fue la que más me gustó; era un selfi de ambas sosteniendo varias bolsas mientras compartían un helado. Parecían estar haciendo un pete. Recordé lo sucedido en la cocina, cuando ambas lenguas se paseaban por mi polla. Un verdadero trío.

Foto y recuerdo avivaron mi verga. Irguiendo mi libido

—Valentina —llamé su atención—. Sigo furioso por lo de la mañana. Desde entonces he estado pensado que unos cuantos correazos no te vendría mal.

—No —saltó de su asiento.

—Pero soy una persona generosa —señalé por debajo de la mesa—. Ya sabes lo que quiero.

—¿Aquí?

—Decídete. —Fue un ultimátum—. Pero ten presente el dolor del último castigo de Romina.

—Valentín, nos pueden ver.

—Eso depende de cuánto tardes.

—Valentín, por favor… Sé razonable.

¡Qué fastidio! Como le costaba complacerme. Necesitaba de otro empujón.

—Si lo haces bien, voy a considerar tu propuesta sobre la fiesta—lance una carnada, y Valentina pico al instante.

Miró en dirección al baño, luego alrededor y cuando vio los muros despejados se metió por debajo de la mesa como un destello. Sonreí cuando la última punta de su rubia cabellera desapareció en la oscuridad del mantel de la mesa.

—”Quédate en el baño” —le escribí a Maca mientras Valentina ya me baja el cierre del pantalón.

—”¿Por qué?” —respondió en breve, al parecer tenía el celular a mano. ¿Con quién se mensajeaba?

—”Putita” —usé la palabra mágica—. “¿Me vas a desobedecer?”

—”No, lo siento” —se limitó a escribir. De repente, sentí las caricias de Valentina en mi polla. Todo estaba demasiado seco para mi gusto.

—”¿Con quién estabas hablando?” —le pregunté a Maca, en tanto fui por la mermelada que acompañaba las tostadas de Valentina.

—”Con una amiga” —respondió—. ”Con Milagros.”

Salí del chat de Macarena, sus intenciones de emparejarme con Milagros, ya me tenía las bolas llenas; por suerte tenía a Valentina de plomero.

Entonces, con mi mano cargado de mermelada fue empañando mi verga.

—¿Qué haces? —preguntó Valentina desde debajo de la mesa, apartando sus manos, sorprendida.

—Estabas comiendo —me expliqué—, no pienso interrumpir tu desayuno. Es la comida más importante del día.

—No quiero.

—No es una opción —le sujete de los pelos—. ¡Traga!

Valentina, con inteligencia de una superviviente me obedeció. Abrió la boca y cerró los ojos, y fue directo hacia la rigidez de mi falo. Nuevamente, sentía el placer de los petes de Valentina. Jamás me iba a cansar de ellos.

—¿Te gusta tu desayuno? —corrí un poco el mantel para poder verla tragar mi pene. Verla sumaba morbosidad y gusto.

—Wwwsíwww —respondió, comiéndose por igual mermelada y verga.

—Valentina a ese ritmo te vas quedar sin jalea.

—No hables —se apartó de mí—. Nos van a descubrir.

—Cierto —le concedió la razón—. Sin embargo, me gusta verte comer, en los dos sentidos.

—Wwwcallawwwte —dijo volviendo con la mamada en cuestión. Quería terminar rápido. No iba a suceder. Era la segunda vez en el día, por lo que mi resistencia era mayor.

Agarre una de las tostadas de la mesa, con la idea en la cabeza aparte de un empujo la frente Valentina de mi verga.

—¿Qué haces? —nuevamente preguntó, esta vez asqueada, al ver como la tosta y mi miembro se tocaban. Compartiendo saliva, semen, y mermelada—. Tu desayuno tiene que ser balanceado.

—No pensarás… —la interrumpí sin piedad, metiendo la tostada en su boca.

—Si lo escupes, no irás a la fiesta —le advertí.

Debía de extrañar a sus amigas, pues se comió la tostada de mala ganas. Siempre acompañado con gestos de repulsión. En tanto, yo volvía a untar con disimulo mermelada en mi verga. Hacerlo me dejaba una sensación pegajosa en la piel, pero las habilidades de Valentina pronto me la dejarían limpias.

En eso, aprovecho que Valentina comía con los ojos cerrados para sacarle una foto. Todavía recordaba la causa real de aquel pete.

—”Comiendo” —le respondí a Adriana junto con la foto. Era una magnífica foto. Valentina arrodillada, con la comisura de la boca llena de jalea roja y migajas de pan, en tanto con una mano sujeta la tostada a medio comer y con la otra se apoyaba en mis piernas. Y por supuesto, en una esquina mi verga recta, repleta nuevamente de mucha mermelada.

La primera reacción de Adri fue un emoji riendo, y luego uno donde se le cae la baba.

—”Excelente servicio” —le siguió a sus emojis—. “Dónde es, para ir”

—”En mi verga, a la altura de mis bolas.” —Fue gracioso, al menos para mí.

—”Mi lugar favorito” —leí la respuesta de Adriana, para luego sentir la continuación de la mamada de Valentina. No había necesitado indicaciones para saber que una vez se comiera la tostada debía seguir con mi verga.

—”¿Ya puedo volver?” —Llegó el mensaje de Maca.

Mire abajo. Al parecer a Valentina le encantaba la mermelada porque no dejaba de chupar con intensidad. A ese ritmo, no iba a faltar mucho para terminar eyaculando.

—No te tragues el semen —le notifiqué a Valentina.

—Wwwporwwwqué —preguntó Valentina asustada.

—Tranquila, no voy a acabar en tu cara —adiviné sus pensamientos—. Es para el café. Mantenlo en la boca. Y que no se te escape ninguna gota que ya te conozco.

—”Si, vuelve en 2” —le escribí a Maca.

Y en una última bajada de cabeza, mi semen salió disparado, llenando la boca de Valentina. Me costó mantener la compostura en mi asiento, y sobre todo, no exhalar aquel aire que mezclaba agitación con placer.

—Todo —le advertí a Valentina mientras ella se iba sacando despacio mi falo de la boca—. Abre la boca.

Y entonces lo vi, casi toda mi descarga reposando en la parte inferior de su mandíbula, entre medio de los dientes. Lástima que tuviera los ojos abiertos, de lo contrario le sacaría otra foto.

—Puewwwdo suwwwbir— preguntó Valentina.

Nadie nos prestaba atención.

—Sí, sube. —Tan pronto se sentó en su silla, le tendí la jarrita de café—. Escupe.

Ella, encantada de deshacerse de mi semen, agarró la jarra y colocándose de costado, volcó todo lo que tenía en la boca. Incluso dejó caer unos hilos de baba.

—Toma —me devolvió la jarra—. Tu tan preciada leche.

—Me agrada que piense así —le robe su taza de café, y combine su contenido con el de la jarra. Para volver a rellenar su taza—. Listo, café con leche. Tómalo.

Valentina no protestó, debía haberlo previsto.

—¿No vas a combinar el tuyo? —pregunto a la vez que recibía su taza.

—Soy un chico intolerante a la lactosa.

—Sos un hijo de puta —farfulló entre dientes—, es lo que sos.

—Es bueno saberlo, lo tendré en cuenta cuando decida lo de la fiesta.

—Lo prometiste. —La indignación se talló en su rostro.

—¿Qué prometió? —preguntó Maca, quien ya se encontraba a algunos pasos de la mesa.

—Quiere irse de fiesta —le serví café a Maca.

Valentina explotó en furia ante mi sinceridad. Ahora el escape de mañana estaba al descubierto.

—A lo de Andrea —dijo Maca tomando asiento—. Lo sabía.

—Eso de ir a la biblioteca, Valentina, no iba a funcionar con Maca.

—Claro que no iba a funcionar —afirmó Maca mientras empezaba a tomar el café. Lo cual me excitó, un hormigueo de morbosidad, incluso después de haberme venido—. Si ustedes van, yo también.

Valentina hizo amago de querer detener la succión de Maca, pero yo la detuve con la mirada. Además de decirle con voz grave:

—Toma tu café —proseguí en un susurro—. Con Maca será más creíble tu plan, si tu madre cae de sorpresa a la casa.

Ella entendió la idea. Con la fiesta en mente tomó el café con leche, con mi leche, a la par que Macarena hacía lo mismo. Fue visiblemente satisfactorio. Ver a ambas hermanas tomando su lechita.

De repente la camarera visitó nuestra mesa. Con la típica pregunta:

—¿Está todo bien? —Era bonita— ¿Necesitan algo más?

—El café —dijo de pronto Maca—, está raro.

Valentina se asustó, y yo también. Ambos nos observamos, cómplices del nuevo sabor.

—¿En serio? —Se sirvió una taza y se lo tomó. Tal vez porque quería dejar en claro que se tomaba la queja de Maca con profesionalismo, vacío la taza, degustando al detalle cada sorbo. Carajo, estaba asustado, pero no puede evitar sonreír—. Yo lo siento bien. El amargor es porque es café recién molido.

Le toqué el costado a Valentina para que interviniera:

—Sí, sí, sí… Está delicioso.

—Es para paladares experimentados —añadí a lo expresado por Valentina.

Desayunamos sin más interrupciones.

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Capítulo 13: Conociendo a Adriana

Estacione en el parking del centro comercial. Baje y camine rumbo a mi destino. No estaba lejos de ahí. Solo fueron unos cuantos pasos.

—¿Y Margarita? —pregunté una vez la tuve enfrente.

Llevaba un pantalón apretado, y como era típico en ella, una camisa sin mangas que combinaba con su cabello corto. Aprecie por varios instantes sus hermosos ojos pardos que por supuesto también hacían juego con su ropa.

—¿Y Valu? —respondió Adriana con otra pregunta mientras se desprendía de sus auriculares.

—En tu casa. Estudiando, no puede darse el lujo de venir a buscar a su hermana mayor. —Insistí nuevamente—. ¿Margarita?

—Igual. Se fue a su casa.

—¿Se pelearon? —fruncí medio rostro.

—Al contrario, se ha enamorado.

—Hummm —balance mi cuerpo—. Margarita no es de las mujeres que se enamora en un par de días. Se odian, pero se parece bastante a Valentina.

—No he dicho de mí —me explicó Adriana—. Se ha enamorado de la idea de vivir en nuestra casa.

—Eso tiene más sentido —concedí—. Entonces por qué se ha ido a lo de mi tía.

—No vino preparada. Pensaba quedarse solamente el fin de semana, y disfrutar de la piscina.

—Fue por más ropa —comprendí mientras observaba las bolsas de cartón alrededor de Adriana— ¿No fue suficiente con lo que compraron?

—Esto —señaló Adriana a la circunferencia que formaban sus recientes compras—. Es para salir, hay poco, aunque no lo parezca. Mira con atención, apenas y hay calzado.

—Se ve bastante caro —comenté al ver las marcas en las bolsas—. Cómo lo pago Margarita. —Sabía por las fotos enviadas que la mitad le pertenecía a mi prima—. Mis tíos no ganan tanto.

Lo último lo susurré.

—Lo pagué yo —respondió Adriana sin más, como si gastar más de dos sueldos mínimos fuera equivalente a comprar el pan.

—Adriana…

—No te preocupes —me palpó el hombro—. Además, no fue gratis.

—¿No fue gratis?

—Claro que no —me abrazo, como ya se volvió costumbre en ella, y me susurro al odio—. A cambio nos debe complacer.

—Eso ya lo hace —dije mientras rememoraba lo sucedido en la cocina el día de ayer.

—Pero ahora estará más motivada. —El abrazo se reforzó, en parte por culpa mía. Deseaba tenerla cerca—. Será más accesible, y menos reacia a excluir a Valu.

—Estás insinuando… ¿Quieres hacerlo con Valentina?

—¿Quieres la verdad? —No estaba seguro, pero de igual forma asentí con la cabeza—. Siempre he querido estar con Valentina.

La declaración no fue tan chocante como podría parecer.

Mantuve firme mi curiosidad, y bien abiertas mis orejas para no perder ninguna palabra.

—Prosigue. —Necesitaba saber más.

—Ya lo dije todo —encajó su rostro a mi pecho—. La verdad: sueño con besarla, en su boquita y en su coño, oler su melena, con masajearle el culo, con pasar mi lengua por toda su espalda…

—Por fin, estás siendo sincera y clara. —Ignore todo mis prejuicios, no era el lugar ni el momento—. Y por qué eres tan ruda con ella, entonces.

—Es la única manera de que me preste atención. Ya te lo había dicho una vez, Romina tiene a Sara, y Macarena a Antonella. En cambio, nosotras apenas hablamos….

Por lo que sabía de Valentina, ella pasaba de su familia mientras no fuera estrictamente necesario.

—Cuando hablabas de probar nuevas experiencias… Te referías a solo una.

—Me atrapaste —dijo Adriana, sonrojada por primera vez—. Es un sueño que tenía enterrado por mucho tiempo en la cabeza, pero salió a la luz nuevamente cuando te vi besarla en la calle.

—Comprendo —asimilé los sentimientos de Adriana—. Todos esos castigos e insultos hacia Valentina no eran solamente eso; como en jardín, cuando los mocosos le jalan las trenzas a las niñas que le gustan.

—De niña le jalaba el cabello a Valentina —confesó risueña—. Me encantaba cuando me miraba con odio y gritaba mi nombre. Aún me sigue gustando.

—Odio no es precisamente lo buscas.

—Del odio al amor solo hay un paso. Además, si no lo hago, Valu pasaría de mí.

Ya tenía un panorama casi completo, pero faltaba algo.

—Y qué tiene que ver Margarita en todo esto.

—Es un plan tonto.

—¿Un plan? —Así que Adriana tenía un plan.

—Cuando la besé hace un par de años en su cumpleaños me dijo que no le gustaban las mujeres. Luego se la paso haciendo muecas de ascos el resto del día. Entonces entendí que había dos grandes obstáculos en mi camino, primero que era mi hermana y segundo mi hermana pasaba de su mismo sexo.

—Decidiste atajar los problemas por separado.

—Sí, y aunque me moría de celos cuando ordené a Margarita besar a Valu o peor cuando le chupaba la conchita, sabía que era necesario para que se acostumbrara a la idea de estar con mujeres. Entonces, solo quedará lo de ser familia en mi camino.

—Vas a usar a mi prima. Ella te abrirá “el camino”. —Las piernas de Valentina, mejor dicho.

—Es más fácil caminar cuando el camino ya está hecho. —Me miró directo a los ojos—. Ayer, me encaró furiosa en el pasillo, decía que nunca más le volvería a chupetear la vagina.

—Envidias a la afortunada.

—Estoy agradecida. Mientras penetraba a Margarita con mi consolador favorito, Valentina aullaba con obscenidad mi nombre: ¡Adri, Adri, Adri! Jamás había gemido pensando en mí, y lo mejor, llegó al orgasmo pensando en mí.

—¿A dónde quieres llegar?

—A la cama de mi hermana —respondió figurativamente y con completa sinceridad—. Está decidido, no voy a dar marcha atrás. Quiero que Valentina llegue al orgasmo conmigo y pensando en mí.

Silencio. Yo me cogía a mi prima, quien era para juzgarla. Fui subiendo las bolsas con las compras a mi auto.

—Me gusta Valentina —declaró Adriana mientras se acomodaba en el asiento de copiloto—. Me gusta mi hermana desde que tengo memoria.

—Eso de ser lesbiana —acomode las bolsas en la parte de atrás—. ¿Es por ella?

—En parte.

Suspire. Mentía. Todo era por Valentina.

—¿A qué debo tanta cháchara? —Era demasiada, como la información que había recibido.

—Un trío. Margarita, Valentina, y…

—¿Yo?

—Exacto.

—No deberías de ser tú la afortunada —indiqué.

—No, sería apresurar las cosas, Valu no lo aceptaría, ya viste como se puso cuando creyó que la había lamido el chocho. Con Margarita no tendrá objeciones.

—Las tendrá —le corregí mientras me sentaba en el asiento del conductor—. Tenlo por seguro que las tendrá.

—Sabes a qué me refiero. Como sea, ¿esta noche?.

—¿Esta noche?

—Te cojeras a mi hermana y a tu prima.

—Ah —soñé despierto—. No te voy a negar que es una de mis fantasías.

—Mía también —comentó en una leve interrupción.

—Pero debo pensarlo.

—Pensar qué, Valentín.

¿Podría hacerlo? Una cosa era domar a Macarena o chantajear a Valentina, y otra muy distinta era enfrentarme con Adriana. La verdadera Adriana, no la que jugaba para molestar a su pareja, sino la que sodomizaba a Valentina.

—Ella es mía —pronuncié mi declaración de guerra—. Tu hermana es mi perra. No tu novia.

No me metió nada en la boca, sorprendentemente. Al contrario, ella cayó en un mar de risa. Una que duró demasiado.

—Basta —solté un tanto enfadado.

—Lo siento, lo siento —siguió riendo—. Es que tu seriedad, además, ya lo sabía. Valentina es tu perrita, lo confirmé en los últimos días, por eso voy a ser tu perra mayor. —Al parecer autonombrarse perra no le molestaba en absoluto—. Solo déjame morder un poco el orto de mi hermana, y quien sabe, en aquellas noches que quieras follarte a Margarita u otra, me la mandas a mi habitación.

—Y a cambio…

—Te lo dije —me besó—. Yo también seré tu perrita, va, lo llevó siendo un buen tiempo.

Sus labios eran dulces. No obstante, debía mantener la calma, abstenerme de besarla, y dejar las reglas claras.

—El coño de Valentina es mío —le sostenía la mandíbula—. ¿Lo entiendes? Solo te la cojeras cuando yo te lo permita.

—Sí, te pediré permiso para tocar a tu perra.

—Con quien coges además de Margarita —Tenía que saber de sus otras parejas.

—Con muchas —señaló Adriana—. Tengo una vida muy activa.

—No me sorprende.

—Pero —adivinó mis pensamientos—. Como tu perra entiendo que eso ya es tiempo pasado. ¿Continuamos con el beso?

—¿Solo será un beso? —Esta vez yo le leí la mente.

—Claro que no —se sentó a horcajadas sobre mis piernas—. ¿Hacemos un nuevo video?

—La última vez…

—La última vez lo disfrutamos mucho.

—Me pusiste una trampa.

—Solo fue una foto. —Nuevamente, me beso, pero esta vez encontró respuesta y deseo en mis labios. Fue mucho más largo, no sé que tan largo, pues para mí solo fueron un par de minutos. El tiempo decía lo contrario.

Cuando nos separamos un hilo de saliva casi transparente, vislumbro nuestra reciente afinación. Besarla era un disfrute calculadamente grande, pero el tenerla sobre mis piernas y mis manos sobre sus caderas añadía más números, volviéndolo una sensación incalculable.

—Este fin de semana es el festival musical. —Empezó a desabrocharse el pantalón—. ¿Me prestarías a tu perrita?

—Crees poder convencerla en tan poco tiempo.

—Es cuestión de cambiarle el chip. De una noche conmigo, al de el hijo de puta de Valentín me está violando; a mí y a mi hermana en la misma cama.

—Ese fue tu plan desde el principio.

—No soy una chica de planes. —Se bajó un poco el pantalón; mitad de muslo. Dejando a plena vista su tanga. ¿Es que acaso iba siempre entangada?—. Solo aprovecho cada oportunidad que se presenta.

—Me cuesta creerlo.

—Desconfías demasiado. —Adriana abrió los ojos—. ¿Eh?

Le interrumpí con una fuerte intromisión en su trasero. Comprimió sus glúteos en un intento de detener mis dedos invasores.

—Mi desconfianza está justificada —dije mientras la manoseaba fervientemente—. Yo también he estado planeando —admití mis sueños húmedos—. Y no creo poder con las cuatro.

—¿Las cuatro? —observó atenta mis dedos en sus orificios—. ¿Macarena?

Asentí.

—Dices ser mi perra mayor —irrité levemente su ano—. ¿Te vas a encargar de mantenerlas felices y disciplinadas?

—Estamos en sintonía —recobró la sonrisa lujuriosa—. Sí, me voy a esmerar. He comprado por internet un par de juguetitos para mi nuevo puesto laboral, jefe. Deben llegar entre mañana y pasado.

—Entonces lo vamos a hacer.

—¿Follar como animales en celos? Sí ¿Dominar a mis hermanas? También.

—Es bueno saberlo —Me saque la verga de una. Había conseguido una erección, a pesar de que Valentina me había ordeñado recientemente. Tal vez era más resistente de lo que suponía.

—¿Mermelada? —pregunto al ver mi pija y olerla.

—No tuve tiempo de lavarme —expliqué—. Tan pronto deje a tus hermanas, leí tu mensaje y vine.

—No te la ha dejado muy limpia —pasó el índice por los alrededores, hasta más abajo. Encontró restos de mi comida—. ¿No te pica?

—Entre vos y tu hermana, han convertido las pequeñas molestias en un lujo que no puedo permitirme.

Otra vez, Adriana desconoció al asco. Realmente se metía cualquier cosa en la boca. Separó los labios y se lamió el dedo inspector. Lo estaba saboreando.

—Valentina —dijo mientras devora los restos de los fluidos de su hermana—. Rico.

—Y eso que no probaste el café. —Hice amagó de ponerme un preservativo, pero Adriana me detuvo.

—No es necesario.

—Ayer.

—Ayer cogimos con Margarita. Hoy solo conmigo —se corrió el hilo y abrió bien las piernas—. Lléname con tu semen, Valentín.

La introduje con destreza debido a la experiencia adquirida durante mi sesión con la cerdita de Valentina. No pasó mucho tiempo desde el tanteo inicial con la punta de mi pene y los brincos de Adriana, presionando y envolviendo con su vagina gran parte de mi verga, la cual se mantenía erguida como el mástil de un barco, firme oleada tras oleada.

En eso le levanté la sudadera y el corpiño, los dos en la misma ocasión. Tenían el tamaño perfecto si es que no era un codicioso que desea más y más, en tal caso solo las mujeres de cuerpo ancho cumplirían con lo exigido. Verlas rebotar fue el estímulo que acrecentó mi apetito.

Devore aquellos dos pezones… Perdí por un largo periodo la razón.

—¿Vas a acabar? —preguntó Adriana entre salto y salto.

Tarde en recordar el idioma, pero finalmente asocié el sonido con su significado.

—No.

—¿No? —Fue sorpresivo para ella—. Mierda, ¿en serio? —Le faltaba el aire.

—Es mi tercera vez en el día.

—¿Cambiamos? —se detuvo—. ¿De perrito?

—El auto es pequeño.

—Afuera —puso la mano en la puerta.

Entonces, me percaté que lo estábamos haciendo en el parking de un centro comercial. Era el paso anterior a hacerlo al aire libre. Y Adriana quería dar aquel paso.

—Nos pueden ver —expresé mi temor.

—Está vacío. —Era verdad y a la vez no—. Estamos bien alejados de la entrada.

Abrió la puerta, y se bajó con los pantalones a la altura de la rodilla, con la tanga desacomodada y con su conchita avivada y pomposa a causa de estar confrontando mi miembro por tanto tiempo

—Vamos bájate —Lo hice, no sin antes robarle un beso con lengua—. No aguanto más estar separada de tu vergota.

Rápidamente, se puso en cuatro sobre el asiento del conductor y copiloto. De tal forma que trasero y coño se ubicaban a la altura de la entrada del vehículo.

—Me… me duele la espera —se llevó una de las manos al clítoris, estaba ansiosa, necesitaba con urgencia mi pija para que se sintiera llena nuevamente—. Apiádate.

Me posicioné detrás de ella.

—¿Quieres que te la mete?

—Sí —gimió mientras comenzaba con sus caricias hacia sí misma—. Cogedme.

—Es un cliché —le nalguee una vez, y otras veces más a medida que me acercaba con la pija recta hacia la entrada ya humedecida de su vagina—. Pero debes pedirlo correctamente, como perra mayor debes poner el ejemplo, ¿no crees?

Ella volteó el rostro, y me miró con una sonrisa. Estaba cumpliendo sus expectativas.

—Maestro, por favor, introduzca su venerable pene en mi vulgar y sucia vagina —leyó o parecía estar leyendo en su cabeza. También parecía estar a punto de tener un orgasmo—... Cogedme duro, cogedme como a una puta de la ruta, cogedme como la zorra de mi hermana…

No estaba equivocado. Solo fue necesario un empujón más para hacer acabar a Adriana. Pero para su mala suerte (o buena suerte), aquel solo era el primero de otros muchos.

Despertó del clímax entre gemidos y fuertes embestidas sobre su entonces magullado orto.

—Sí, sí, sí… —comenzó nuevamente a estimular su clítoris.

—Te gusta hacerlo en público —No fue una pregunta. No obstante, su vagina respondió, presionando mi verga. Aferrándose a mí y a la vez deseando ser atrapa por ojos infraganti.

—Así… —Su boca habló. Su boca, imitando su concha, fue expulsando humedad.

Entre tanto, tuve que jalar el cuerpo de Adriana para afuera del auto. Al no poner resistencia la muy puta, se había dejado llevar hacia dentro con cada embestida. Ya ni estaba en cuatro, sino semiacostada. Dificultando el poder meter mi verga.

—¿Vas a acabar? —preguntó Adriana al ver que me detuve.

La jalé nuevamente, y esta vez Adriana tuvo que estirar las piernas y apoyar los pies en el asfalto para no caerse. La penetré desde arriba, con un ángulo de 45°, y un leve quejido se escuchó por parte de Adriana. Mi verga y parte de mi peso la aprisionaba morbosamente.

—Aww —gimió entre sueño y placer.

Decidí despertarla. Le estiré la tanga como ella había hecho con Valentina.

—¡Ahhh! —gimió entre dolor y placer.

Fue entonces que cumplí su petición. Me la cogí con dureza. Tensaba el hilo y penetraba su vagina, toda a la vez, todo con el máximo de mis fuerzas, mientras ella se pellizcaba el clítoris y un pezón.

Esta vez no pregunto, lo supo instintivamente:

—Acaba dentro —suplicó—. Lléname con tu semen, ¡¡¡mmm!!!

Eyacule dentro. Me aparté de ella segundos después, apoyándome en el lateral del auto. Fui resbalando de la chapa lentamente, como lento era la recuperación de mi respiración.

Alcé la cabeza. El sol estaba en su apogeo, como yo en los últimos días.

—No voy a poder hacer el trío —dije mientras intentaba tranquilizar los latidos de un corazón agitado—. Será otro día.

—Está bien. —Escuche un poco de sumisión real en su voz—. Mañana será.

—Deberías subirte el pantalón —le dije mientras yo hacía exactamente eso—. No tentemos a la suerte.

Adriana por fin se movió, lamentable ignoro mi consejo.

—¿Qué haces?

—Tomándole una foto a lo que queda del momento. —Jugaba con mi semen con una mano y con la otra sostenía su celular—. Es para Tatiana.

—Cierto —recordé—, tienes novia. ¿Ella sabe lo tuyo con Valentina?

—No —escarbó su interior en búsqueda de más fluido lechoso—. No creas que no la quiero. Hasta ahora me había olvidado de mi hermanita gracias a ella.

—¿Y qué vas a hacer?

—Ahora mismo ponerla celosa —presionó la pantalla de su celular. Un clic sonó y una foto tomó forma—. Muy celosa.

Posó para la cámara en distintos ángulos, finalizando con un selfie en donde lamia el único fluido que tenía a mano. De no estar tan agotado y seco, me la hubiera follado ahí mismo, estaba vez sobre el asfalto negro y áspero.
© Lanre