October 12

La amiga de mamá

Tengo veintiséis, soy de Valencia, llevo en Madrid desde los veintidós y esa tarde estaba en mi casa tirado en el sofá viendo una serie que ni me estaba enterando cuando me escribió Claudia.

—Luis, guapo, ¿te puedes pasar a echarme una mano con unos muebles? Que quiero mover el salón y yo sola no puedo.

Claudia es la amiga de mi madre. Cuarenta y con un cuerpo que no te esperas cuando la ves de normal, vestida de señora. En cuanto se pone algo ajustado se le nota todo. Moreno oliváceo, bajita, tetas operadas que le quedaron de puta madre, culo gordo, labios gruesos.

— Claro Claudia, en 30 minutos estoy allá.

A las seis ya estoy en la puerta de su casa tocando el timbre. Abre la puerta y no la veo. Pienso que se ha ido a por algo, que le ha sonado el móvil, lo que sea. Entro, y se cierra la puerta detrás de mí y ahí está ella. Pegada a la pared. En lencería, cuatro hilos de tela negra que no le tapaban una mierda. Un sujetador de encaje que se le clavaba en las tetas, unas bragas de tira finita que le subían por la cintura, un liguero que le daba la vuelta a los muslos, y las piernas desnudas, los pies descalzos, el pelo recogido en una coleta floja que le caía sobre un hombro.

—Buenas —dice, con cara de puta.

—Claudia, hola. Me acerco a saludarla.

—Veo que tienes una buena herramienta. Dice tocando mi polla cuando me acerco.

—¿Qué?

—No te hagas el tonto

La miré de arriba abajo sin disimular y ella se dejó mirar, con las manos apoyadas en la cadera, muy tranquila.

—Tu madre me dijo que llevas tiempo sin mojar —suelta—. Y yo llevo tres semanas sin que me la metan. Así que, podemos ayudarnos... o no.

—Joder, Claudia.

—¿Sí o no?

—Sí.

—Pues pasa al salón, que aquí nos ve el del quinto.

Me agarra de la mano y me lleva por el pasillo. Al fondo se ve una puerta entreabierta y una cocina americana con una isla. Me sienta en el sofá y ella se pone a horcajadas sobre mi.

—¿Te gusto?

—¿Y tú qué crees?

—Que sí. Quítate la ropa, que la vas a pringar.

Me quité la sudadera por la cabeza y la tiré al respaldo. Después los vaqueros, que me costó un poco sacármelos porque estaba sentado, y me quedé en calzoncillos con la polla ya dura como una piedra marcándose por debajo. Ella bajó la vista.

—Ya la tienes tiesa, cabrón —dice, y se ríe.

—¿Y qué esperabas?

Se pone de rodillas delante del sofá, entre mis piernas, me baja los calzoncillos con las dos manos y me la saca. La mira un segundo. La coge por la base y la levanta un poco, como si la estuviera pesando.

—Bueno, bueno. Esta sí que sí.

—¿Te gusta?

—Me encanta, calla.

Y se la mete en la boca entera, de una, sin calentar, sin nada. Me la chupa con las dos manos apoyadas en mis muslos, subiendo y bajando con calma, mirándome a los ojos todo el rato. Tenía la boca caliente y la lengua muy suave, y cada vez que llegaba arriba me la sacaba un poco y me la volvía a meter hasta el fondo, hasta que se le saltaban las lágrimas. Yo le puse la mano en la cabeza por instinto, para acompañarla, y ella me la apartó.

—Quieto. Yo mando aquí.

Siguió. Bajaba hasta la base y se le notaba el esfuerzo en la garganta, pero no paraba. Me la chupó así un rato largo, cambiando de ritmo, a veces lento y profundo, a veces rápido y superficial, escupiéndomela y volviéndosela a meter. Yo tenía las manos agarradas al borde del sofá y los pies apretados contra el suelo para no empujarle yo la cabeza. Después se levanta, se desabrocha el sujetador por detrás, se lo quita, y se lo tira al suelo sin mirar dónde cae. Le salen las tetas. Unas tetas grandes, con las aureolas marrón oscuro y los pezones ya duros.

—¿Te gustan? chúpamelas, no te quedes mirando como un panoli.

Se sube a horcajadas encima de mí, con las rodillas apoyadas en el sofá a cada lado de mis caderas, me agarra de la cabeza con las dos manos y me planta un pezón en la boca. Se lo chupé con ganas, tirando con los labios, pasándole la lengua por la aureola, y con la otra mano le apreté la otra teta, ella soltó un gemido corto por la nariz y empezó a moverse encima de mí, restregándome la polla por encima de las bragas, que ya estaban húmedas.

—Así, chúpame bien —dice—. Que llevo tres semanas con esto seco y me lo tienes que arreglar tú.

De una teta a la otra, con la boca y las manos, mordiéndole los pezones suave, chupándolos fuerte, pasando la lengua en círculos. Ella encima meneándose y soltando gemidos que ya no intentaba tapar, con la cabeza echada hacia atrás y la coleta medio suelta. Así estuvimos un buen rato, el sofá crujiendo por debajo, ella encima moviéndose como si estuviera montando algo, restregándose contra mí, y yo con la boca llena de sus tetas.

Me agarra de la nuca y me besa. Beso guarro, con lengua, mordiéndome el labio al final, con la boca todavía llena de mi propia saliva. Se separa, me mira, se levanta, se quita las bragas de un tirón y se las deja tiradas en el suelo. Tiene el coño depilado, con un triángulo de pelo encima, carnosito, y brillando de lo mojado que está. Se queda de pie delante de mí con las piernas abiertas y me lo enseña sin ningún pudor.

—Ahora te toca comer —dice.

Se sube al sofá, se pone a horcajadas con el coño encima de mi cara, apoyada en el respaldo, y me agarra del pelo con las dos manos.

—Chupa.

Le paso la lengua de abajo arriba, mi nariz contra el clítoris, las dos manos apretándole el culo por debajo. Ella se meneaba encima de mi cara como una loca, agarrada al respaldo, con la cadera yendo y viniendo.

—Así, ahí, joder, no pares, que me corro, no pares, así, así, méteme la lengua, más, más adentro...

Le metí la lengua lo más adentro que pude, le chupé el clítoris con los labios, se lo mordí suave con los dientes, y ella soltó un gemido alto y empezó a temblarle todo. Se corrió encima de mí, apretándome la cabeza con los muslos, soltándose un grito que seguro que se oyó en la escalera. Se quedó un momento ahí, respirando fuerte, apoyada en el respaldo, y yo le acariciaba la pierna y le limpiaba la entrepierna con la boca mientras ella se recuperaba.

—Hostia puta —dice.

—Sí.

—Levántate, que ahora te toca a ti aguantar.

Me llevó al pasillo, me empujó contra la pared con las dos manos, se puso de rodillas otra vez y me la volvió a meter en la boca. Esta vez con más mala leche, escupiéndomela, masturbándome con la mano a la vez que me chupaba, mirándome desde abajo como si me fuera a comer. Cuando la sacaba de la boca me la daba una palmadita en la punta con la lengua y se la volvía a meter. Me la estuvo chupando así un rato, hasta que yo noté que si seguía me iba a correr y le dije que parara. Ella paró, se levantó, se giró, puso las manos en la pared y separó las piernas.

—Que? Esperas una invitación?.

Le pasé la polls por el coño, provocándola y se la metí de golpe. Ella se agarró a la pared y soltó un gemido largo, y se quedó un segundo quieta mientras yo le llegaba al fondo.

—¡Joder! —dice—. Así, cabrón, dame fuerte.

La agarré de la cadera con las dos manos y le embestí a todo lo que daba, ella empujaba hacia atrás para que le entrara más, la pared retumbaba, ya se le había caído la coleta del todo y tenía el pelo por la espalda. Cada vez que le daba al fondo se mordía el brazo, y yo le tiraba del pelo con una mano y se lo apartaba, y ella me decía que se lo volviera a agarrar.

—Más.... Más duro...

—Pues aguanta.

—Aguanto lo que me eches.

La agarré de las dos caderas y subí el ritmo, y ella se quedó con las manos apoyadas en la pared y la frente pegada a los azulejos, y estuvimos así un buen rato largo, con el eco del pasillo y la pared temblando cada vez que le daba al fondo. Después la giré de un brazo, me la llevé al dormitorio.

En el dormitorio la tiré en la cama, me puse encima, le agarré las dos manos y se las sujeté por encima de la cabeza con una mía, con la otra le levanté una pierna y se la puse casi en el hombro. Le entré entera otra vez. Ella me miraba con la boca abierta, sin decir nada coherente, solo tacos y gemidos y alguna vez mi nombre.

—No... pares —dice, entrecortadamente —. Que me... corro otra vez, no pares...., cabrón...., no pares.

—Aguanta, que yo también quiero.

—No puedo...., me... corro, me corro...

Y se corrió otra vez, con la pierna temblando y la mano clavándome la espalda. Yo seguí dándole, un poco más lento, hasta que ella me puso la mano en el pecho y me apartó.

—Para, para, que me estoy muriendo.

—Vale, joder.

Salí y me tumbé a su lado. Un minuto los dos mirando el techo, sudando como cerdos, yo con la polla todavía tiesa mirando al techo y ella con la respiración todavía descontrolada. Después se gira, me mira, se ríe.

—Vamos a hacer una cosa —dice.

—Lo que quieras.

—Ponte de pie en el borde.

Me pongo de pie al borde de la cama. Ella se sienta en el suelo entre mis piernas, se aprieta las tetas con las dos manos y me mete la polla en medio. Y empieza a subir y bajar, apretando, con la punta asomando por arriba y ella sacando la lengua cada vez y pasándosela por la punta.

—¿Te gusta, guarro? —dice.

—Mucho.

—Pues avísame antes de correrte, que quiero verlo.

Siguió así, subiendo el ritmo, apretando más, con las manos apretándose las tetas y la polla entrando y saliendo por el medio. Yo ya estaba a punto, se me cerraban los ojos, abrí la boca para decírselo y antes de que me saliera la frase ella ya había bajado la cabeza y me estaba chupando otra vez, hasta el fondo, con las dos manos en mis nalgas y la nariz pegada a mi vientre. Se la saqué de la boca a tiempo.

—¿Dónde quieres?

—En la cara. Aquí —dice, y se señala con el dedo la barbilla y las tetas.

Se la volvió a meter en la boca y a los segundos me corrí con la polla medio fuera, cayéndole por la barbilla y por las tetas. Ella se quedó quieta, con la boca abierta, dejándose caer todo, y después se limpió con la mano y se la pasó por el pecho, como si fuera aceite. Yo tuve que apoyarme en la pared un momento, porque me temblaban las piernas.

—Bueno, bueno —dice, todavía en el suelo—. Esto sí que era lo que yo necesitaba.

Estuvimos un rato sentados en el suelo, apoyados en la cama, los dos desnudos, sin hablar. Me levanté a por agua.

—¿Y ahora? —le digo.

—Ahora quiero por el culo.

—¿Por el culo?

—Por el culo. Que llevo un año sin que me lo hagan y me apetece. Y no me digas que no, que ya te he visto cómo lo mirabas en la cocina.

Nos levantamos. Ella va al baño, vuelve con un bote de lubricante rosa. Se tumba de lado en la cama, se separa una nalga y me mira.

—Despacio al principio. Después como quieras, pero al principio despacio.

Me echo lubricante, me lo paso, le pongo la punta. Ella se muerde el labio y aprieta los ojos.

—Espera, espera... vale, ya.

Empujo despacio. Entra la punta. Ella suelta el aire.

—Joder... sigue, pero despacio.

Entro hasta la mitad, poquito a poco, con la mano en su cadera, parando cada par de centímetros para que se acostumbrara. Ella respiraba hondo y me decía que siguiera. Entro entero y me quedo quieto un momento, con la mano en su cadera. Después empiezo a moverme despacio, y ella empieza a mover la cadera también, acompañándome. En dos minutos ya le estaba dando a buen ritmo y ella gemía con más ganas que antes, con la mano bajando al coño a la vez.

—Así —dice—. Como me lo estás dando. Así, cabrón, así, más.

Le agarré las dos nalgas y le di más fuerte. Ella metió la cara en la almohada y empezó a soltar tacos contra la tela. Yo le tiraba del pelo con una mano, le apretaba la cadera con la otra, y le daba todo lo que aguantaba. Cada vez que ella iba a correrse me decía que parara y yo paraba, y después volvíamos.

Al final ya no podía más, la tenía al límite otra vez y yo también.

—Que me corro —le digo.

—Adentro. Otra vez adentro, dale.

Y le di los últimos empujones hasta que me vacié dentro con un gruñido que me salió del pecho. Me quedé ahí pegado unos segundos, respirando por la nariz, con las dos manos todavía en su culo. Después salí despacio y ella se giró y se quedó mirándome con la cara pegada a la almohada.

—Bueno —dice—. Bueno.

Ya era casi de noche. Me levanté a beber agua. Volví con dos vasos. Bebimos. Después ella se levantó, se puso una camiseta larga sin bragas, y me acompañó a la puerta. Yo me estaba vistiendo, con la sudadera a medio poner. Ella se apoyó en el marco.

—Ven aquí —dice.
Me acerqué. Me agarró de la cara con las dos manos y me besó. Despacio, largo, con lengua, mordiéndome el labio al final. Me pasó la mano por el pelo y se separó, con la boca todavía cerca de la mía.

—Esto queda entre tú y yo —dice, bajito—. Que tu madre no se entere, que como se entere te corto los huevos.

—Que no se entera.

—Y si me vuelves a escribir que tienes que mover muebles, ya sabes lo que hay.

Se ríe. Yo me río también. Y me fui por el pasillo con el sabor de su boca todavía en la mía.