
Me desperté con el sol pegándome en la cara. Bajé las escaleras en calzoncillos, como suelo hacer cuando sé que mi padre no está. Mi viejo se pasa la vida de viaje, es diplomático y está más fuera de casa que dentro. La casa estaba en silencio, solo se oía el sonido de la nevera y algún pájaro de mierda cantando en el jardín.

Es sábado por la noche. Mis compañeros de la universidad se largaron de fiesta, pero decido no salir con la excusa de que tenía que repasar para las finales. Al final no estudié una mierda y estoy metido en un grupo de Telegram que había encontrado: “Maduras Expuestas 18+”. El nombre era una mierda, pero las fotos que subían no.

Me llamo Alba, tengo 25 años, y hace dos años empecé mi transición. Y desde que empecé, mi hermano Jonathan, que tiene 18, cambió conmigo. Antes me trataba de "tío" en broma, me esquivaba, me hablaba lo justo. Y ahora resulta que me abraza, que se me sienta al lado en el sofá, que me pregunta ppr mis cosas. Y yo me di cuenta de que me mira de otra manera.

Soy Eva, tengo 26 años, llevo 5 casada con Tomás, y hace 2 años que se nos complicó la vida. Bueno, se nos complicó cuando el padre de Tomás le dejó la empresa familiar en herencia y se retiró a vivir la vida. Y la empresa venía con deudas. Deudas que Tomás no conocía, que el viejo había escondido bien, y que cuando cayeron en nuestras manos nos pillaron por sorpresa.

Tengo veintiséis, soy de Valencia, llevo en Madrid desde los veintidós y esa tarde estaba en mi casa tirado en el sofá viendo una serie que ni me estaba enterando cuando me escribió Claudia.

Se llamaba Nuria y yo llevaba meses viéndola en el gimnasio con el imbécil de mi colega Raúl, que la tenía de novia. La tía era bajita, uno sesenta y cinco como mucho, rubia natural, con el pelo siempre recogido en una coleta tirante y las manos llenas de callos de las dominadas. Yo la miraba de reojo cuando hacía peso muerto y le miraba el culo, un culo de verdad, gordo y firme, de los que se marcan en el punto de la sentadilla y te hacen perder la serie. Me pillaba mirándola y en vez de apartar la vista hacía lo contrario, se ponía de espaldas y bajaba más, hasta el suelo, y se quedaba ahí abajo, apretando.