Encontré un video de mamá follando 02
Me desperté con el sol pegándome en la cara. Bajé las escaleras en calzoncillos, como suelo hacer cuando sé que mi padre no está. Mi viejo se pasa la vida de viaje, es diplomático y está más fuera de casa que dentro. La casa estaba en silencio, solo se oía el sonido de la nevera y algún pájaro de mierda cantando en el jardín.
Entré en la cocina y ahí estaba ella.
Estaba de espaldas, inclinada sobre la encimera, con una taza de café en la mano. Llevaba una camiseta que se pone para dormir, blanca, corta, que apenas le llegaba a la mitad del culo. Y debajo... no traía nada. Ni bragas, ni tanga, ni hostias. El culo al aire, gordo, blanco. Se le marcaba todo. La raja del culo se le veía perfectamente, y cuando se movía un poco para remover el café, se le abría un poquito más y se le veía el coño por detrás, carnoso, con el piercing ese brillando entre los labios. Mientras la miraba recordaba la noche anterior, como tenía primer plano mientras se masturbaba
Me quedé parado en el marco de la puerta un momento, mirándola. No es que no la haya visto mil veces así, pero joder, cada vez que la veo se me pone dura al instante. Es mi madre, ya lo sé, pero está buenísima. A sus cuarenta y ocho años tiene un cuerpo que ya quisieran muchas de mis compañeras en la universidad. Tetas grandes, culo gordo, una buena figura aunque tiene michelines que le salen por los lados cuando se sienta..., y esa cara de puta que tiene, con los labios pintados incluso para estar en casa, los ojos cargados de maquillaje, las patas de gallo que le dan un aire de mujer que ha vivido mucho y ha follado aún más.
—Buenos días, mamá —dije, intentando que no se me notara que la estaba mirando el culo.
Se giró despacio, sonriendo como siempre.
—Anda, mira, el dormilón. Ya pensaba que no te levantabas ni para comer.
Se acercó a mí y me dio un beso en la mejilla. Cuando se acercó, la camiseta se le pegó al cuerpo y se le marcaron los pezones como dos botones oscuros. No pude evitar mirar.
—¿Qué pasa, no has dormido bien? —pregunté, mientras me servía un café.
—Ya sabes, con tu padre de viaje duermo fatal. Y encima ayer me acosté tardísimo.
—Así que tarde eh ¿Te tiraste a alguien? —le pregunté, medio en broma medio en serio.
Se rió. Una risa sucia, de esas que suelta cuando sabe que está mintiendo.
—No me "tiré" nadie, cotilla. Estuve viendo una serie, espero no haberte molestado.
Ya, claro una serie, no era que se estaba masturbando diciendo que era una puta y pidiendo polla. Pero no dije nada. Me senté en la mesa de la cocina y ella se sentó enfrente, cruzando las piernas de forma que la camiseta se le subió un poco más y se le vio el coño entero. El piercing brillaba bajo la luz de la cocina. Se me hizo un nudo en la garganta.
—¿Y qué tal la universidad? —preguntó, como si tal cosa—. Apenas hemos hablado este año, con la universidad y los exámenes...
—Bien, aprobé todo. No me quejo.
—Eso me alegro. Ya pensaba que ibas a repetir, con lo vago que eres.
—No soy vago, me gusta disfrutar del ocio. Se rió otra vez. Se echó hacia atrás en la silla y se le marcaron las tetas de una forma que parecía mentira. Los pezones se le endurecieron un poco, quizás por el fresco de la mañana o quizás porque sabía que la estaba mirando y eso la calentaba.
—No hace unas semanas ni hablamos. Ni siquiera sabía que estaba fuera del país.
—Ya. Me dijo mes que viene. Pero debe ser mentira, como siempre.
Se quedó callada un momento, removiendo el café con la cuchara. Yo sabía lo que pensaba. Mi padre lleva años poniéndole los cuernos con su secretaria, ahora incluso vivían juntos por eso mi mamá no podía viajar con él, y ella lo sabía. Pero nunca ha dicho nada, nunca ha montado un escándalo. Al parecer se ha limitado a hacer lo mismo, pero a lo grande. Con chavales jóvenes, con hombres casados, con quien le apetezca. Y yo lo sé porque no es precisamente discreta. Un día se dejó el móvil encima de la mesa y vi los mensajes. Otro día me la encontré en el garaje con uno que podría ser mi hermano mayor. Y por supuesto los vídeos que había encontrado antes de regresar a casa.
—¿Y tú qué? —le pregunté, sin poder aguantarme—. ¿Sigues con él de la semana pasada?
—Vamos, mamá. Me lo contó la tía. Que si un tal Marcos, que si un tal Javier... No sé, me pierdo con los nombres.
Se rió fuerte, con esa risa de fumadora que tiene, ronca y sucia.
—Qué cotilla es tu tía, madre mía. Pues mira, para que te enteres: el de la semana pasada era un abogado. Casado. Con hijos. Y la semana anterior un chico de tu edad, casi. Estudiante de medicina.
—Te lo juro. Está bueno el chaval, además. Pero un poco torpe. No tenía idea del tema que me interesaba.
Se levantó a por más café y cuando pasó a mi lado me rozó el hombro con la teta. Sin querer, supuestamente. Pero yo noté el pezón duro contra mi brazo y me tuve que agarrar a la mesa para no empalmarme allí mismo.
—¿Y tú qué? —me preguntó, sentándose otra vez—. ¿Tienes novia o algo?
—Como tu madre. Buena elección.
Se quedó mirándome un rato, con esa sonrisa de medio lado, y luego señaló con la barbilla mi entrepierna, donde los calzoncillos empezaban a abultarse más de la cuenta.
—Aunque por lo que veo, necesitas un poco de compañía...
Me ruboricé como un puto niño.
—Es la mañana, mamá. Ya sabes como es.
Se rió otra vez, pero no dijo nada más. Se quedó bebiendo su café, con las piernas cruzadas, y yo intentando disimular la erección como podía. Menos mal que la mesa me tapaba medio cuerpo.
—No sé. Nada, supongo. Descansar.
—Qué aburrido eres. ¿Por qué no te vienes a la piscina? Hace un calor que no se puede ni respirar y yo me voy a pasar el día ahí. Además, hace siglos que no pasamos un día juntos, con la uni y tus cosas...
—Que no, que no tienes que hacer nada. Te vienes. Anda.
Lo pensé un momento. No era mala idea, la verdad. Hacía un calor de cojones y la piscina estaba ahí, esperando. Y bueno, si ella iba a estar en bikini, tampoco era un plan tan malo.
—Ese es mi niño. Venga, sube a cambiarte que yo voy bajando a preparar las cosas.
Me levanté y ella se quedó sentada, con las piernas abiertas, la camiseta subida hasta el ombligo y el coño al aire. Me quedé mirando un segundo de más y ella se dio cuenta.
—Anda, vete, que me vas a hacer sonrojar.
Subí las escaleras de dos en dos. En mi cuarto cogí el móvil y abrí el grupo de WhatsApp. Tres tíos: Alberto, Ángel y yo. Los mejores cabrones que conozco, aunque estén más salidos que una perra en celo.
Sebastián: Tíos, hoy mi madre quiere pasar el día en la piscina.
Alberto: Uf, trata de avanzar en nuestro objetivo, aquí no hay manera.
Ángel: Mándanos fotos de esa guarra en la piscina o no te hablamos más.
Alberto: Y tú un suertudo. Disfruta, cabrón.
Me reí y tiré el móvil en la cama. Me puse el bañador. Un bañador corto, ajustado. No es que sea un exhibicionista, pero si voy a estar todo el día con mi madre en bikini, por lo menos que ella vea lo que hay.
Bajé al patio y me quedé parado en el borde de la piscina.
Estaba ahí. En el agua, con un bikini negro que no dejaba nada a la imaginación. El sujetador le cubría las tetas lo justo, con los pezones casi asomando por los bordes. La braga le cubría el coño de milagro. El culo apenas le cabía en la tela. Cuando se giró para mirarme, el bikini se le metió entre las nalgas y se le marcó todo. Toda la raja. Todo el coño.
—Vaya, mira qué guapo. Te has puesto el bañador bueno.
Me senté en una tumbona y ella salió del agua. Despacio, con el culo apuntando hacia arriba, las tetas goteando, el pelo mojado cayéndole por la cara.
—¿Me pones crema en la espalda? Es que no llego.
Tomé el bote de protector y ella se tumbó en la tumbona de al lado, boca abajo. El culo se le levantó, redondo, gordo, con la tela del bikini metida entre las nalgas. Las tetas se le aplastaron contra la tumbona y se le salieron por los lados.
Me senté a su lado y eché crema en mis manos. Empecé por los hombros, despacio.
—Qué manos tienes, hijo —dijo, con la voz un poco ronca.
Seguí bajando por la espalda. Cuando llegué a la cintura me detuve un momento, pero ella no dijo nada. Así que bajé más.
Le puse las manos en el culo. Abiertamente. Sin disimular.
—Joder, mamá —dije, mientras se lo sobaba—. Pedazo de culo tienes. No sé cómo no te lo dicen más.
No dijo nada. Solo se movió un poco, como acomodándose. Sus nalgas eran carne blanda, gorda, que se me escurría entre los dedos. La tela del bikini se me metía entre los dedos y yo la apartaba un poco con el pulgar para tocar la piel. Le separé un poco las nalgas con las manos, sin disimular nada, y vi el pequeño agujero oscuro que se le escondía entre ellas.
—Tienes un culo que parece de una de veinte, en serio. Mi madre la que más.
—La verdad. Vamos, que si yo fuera otro, ya te habría tirado los tejos.
Se rió, pero no me dijo que parara. Así que seguí sobándole el culo un rato más, metiendo los dedos entre las nalgas, bajando por los muslos, subiendo otra vez. Hasta que ella se giró.
—Bueno, ya. Que me vas a dejar sin crema.
Se giró boca arriba y se quedó mirándome. Las tetas se le habían salido casi del sujetador, los pezones duros como piedras. Se llevó las manos a la espalda y se desabrochó el top. Lo dejó caer a un lado y se quedó con las tetas al aire, grandes, caídas, con los tatuajes a la vista y los pezones oscuros y arrugados.
—Ponme en las tetas, anda. Que voy a hacer topless.
—¿Qué pasa, no has visto tetas nunca?
—Anda, ponme la crema. Respondió sonriendo
Eché crema en mis manos y las puse en las tetas. Primero por encima, con cuidado. Las tetas le colgaban hacia los lados, pesadas, blandas. Le unté la crema por toda la superficie, sintiendo los pezones endurecidos bajo mis dedos. Le apreté un poco, sin querer. O queriendo.
—Que sí, que están buenísimas. Y grandes. Nunca me había fijado, pero joder, menudas tetas.
Se rió y me dejó seguir. Le puse crema en los pezones, jugando un poco con ellos, y ella cerró los ojos. Se le marcaban las costillas al respirar. Le bajé las manos por el vientre, por los michelines, hasta el borde del bikini. Me detuve.
Le bajé la crema por las piernas, por los muslos, por las pantorrillas. Cuando llegué a los pies le masajeé un poco. Luego subí otra vez, despacio, por dentro del muslo. Le rocé el coño por encima de la tela. Ella abrió los ojos y me miró.
Me quedé ahí un momento, sentado a su lado, con la polla dura como una piedra dentro del bañador. Ella se dio cuenta. Claro que se dio cuenta. Pero no dijo nada.
—Bueno, me voy a dar un baño —dije, levantándome rápido.
Miré hacia ella. Se había girado y estaba hablando por teléfono. Yo me acerqué nadando despacio, sin hacer ruido. Me quedé en el borde, con la cabeza fuera del agua, escuchando.
—No, no, si tienes razón... Ya, lo sé... Es que a veces no sé ni por qué sigo con él... No, no, si no es eso... Bueno, sí, es eso también... No me apetece, la verdad. Pero bueno, ya veremos... Sí, sí, mañana te llamo... Vale, guapa. Un beso.
Se metió en el agua y yo me quedé mirándola.
—¿A que no me pillas? —dijo, de repente.
—Que si no me pillas. Anda, corre.
Se empezó a mover por el agua, riéndose, y yo fui detrás. La alcancé en el borde. La agarré por la cintura y la pegué a mí. Se rió y se dejó caer hacia atrás. Me puse detrás de ella, con el culo pegado a mi polla. Podía notar el calor de su coño a través de la tela del bañador. No dije nada. Solo me moví un poco, como si estuviera jugando.
Pero no me separé. Me quedé ahí, con la polla entre sus nalgas, moviéndome despacio. Ella se dejó hacer. Incluso se movió un poco ella también. Disimulando. Como si fuera un juego.
Le subí las manos hasta las tetas. Las agarré por encima del top. Ella no dijo nada. Se dejó. Le apreté un poco y sentí los pezones duros bajo mis dedos.
Le bajé una mano hasta el culo. Le agarré una nalga por encima de la braga. La apreté. Luego deslicé la mano entre sus piernas. Por delante. Le toqué el coño por encima de la tela. Ella se tensó un poco.
La ignore y seguí tocándola, ella movía las caderas despacio, como si bailara. Le pasé un dedo por encima de la braga, por la raja. Ella respiró hondo.
—Ya está —dijo, de repente—. Que tengo que hacer la cena.
—Ya, pero hay que hacer la compra y no sé qué. Anda, sal.
Se salió del agua y yo me quedé ahí con la polla dura y la respiración acelerada. Ella cogió la toalla y se fue hacia la casa. Antes de entrar se giró y me miró un segundo y sonrió. Luego entró y cerró la puerta. Me quedé en la piscina un rato más. Solo. Con el sol pegándome en la cara y el corazón latiéndome fuerte. Sabía lo que acababa de pasar. Ella también. Y los dos sabíamos que no iba a quedar ahí. No podía quedar ahí. No después de eso.
Salí del agua, me sequé y me senté en la tumbona. Cogí el móvil. Tres mensajes de Alberto.
Sebastián: Tíos, mi madre es una guarra. Creo que tengo oportunidad.
Sebastián: Otro día. Ahora tengo cosas que hacer.
Cerré el chat y me quedé mirando la casa. La luz de la cocina estaba encendida. Ella dentro, moviéndose, preparando la cena.