Follando con mi hermano
Me llamo Alba, tengo 25 años, y hace dos años empecé mi transición. Y desde que empecé, mi hermano Jonathan, que tiene 18, cambió conmigo. Antes me trataba de "tío" en broma, me esquivaba, me hablaba lo justo. Y ahora resulta que me abraza, que se me sienta al lado en el sofá, que me pregunta ppr mis cosas. Y yo me di cuenta de que me mira de otra manera.
Jonathan es alto, uno setenta y cinco, atlético, blanco, con el pelo cortado bajo y los ojos marrones. Tiene 18 años, estudia en la universidad. Se le nota cuando me mira las tetas. Se le nota cuando me mira el culo. Y se le nota cuando se le para.
La primera vez que me di cuenta fue un viernes. Estábamos los dos en casa, porque nuestros padres se habían ido el fin de semana a casa de una tía. Y yo bajé a la cocina con una camiseta sin sujetador debajo, una camiseta fina, y él estaba ahí. Y cuando entré, se le fueron los ojos a las tetas. Y se quedó un segundo de más. Y después me miró a la cara, rojo, y siguió pelando la naranja como si no hubiera pasado nada. Pero pasó. Y yo lo vi. Y desde ese día no dejé de pensarlo.
La cosa se puso peor, o mejor, según cómo se mire, cuando a la semana siguiente yo estaba en el sofá viendo la tele, con unas mallas cortas y una remera, y él se sentó al lado mío. Y en un momento se hizo el que se estiraba, y me puso la mano en la pierna. Y me la dejó ahí. Y yo sentí la mano, y sentí que él no la movía. Y yo no dije nada. Y estuvimos así diez minutos. Y cuando se levantó a buscar agua, yo ya estaba caliente.
Y ahí decidí. Yo llevaba un tiempo pensando en él, la verdad. Porque es mi hermano, sí, pero también es un tío atlético, con una cara linda, y con esa cosa de pendejo que no se aguanta, y a mí eso siempre me ha puesto. Y yo pensé: si él quiere, yo quiero. Y si él no se anima, yo lo provoco.
Y lo provoqué. Un martes por la tarde. Nuestros padres no estaban. Yo me puse una bata, corta, de esas que se atan a la cintura, y nada debajo. Y me senté en el sofá a ver una serie. Y cuando lo oí bajar las escaleras lo llamé.
—Ven, que hay algo que quiero ver contigo.
Se sentó al lado mío, dejando un hueco entre nosotros, como siempre. Y yo ahí me incliné hacia adelante para agarrar el control de la mesa, y me incliné lo suficiente para que la bata se me abriera por arriba, y para que él me viera las tetas de lado. Y él las vio. Y yo lo oí tragar saliva. Y me volví a sentar, con la bata ya abierta, y lo miré.
—Sí, algo te pasa. Estás rojo.
—Sí. Y no te disimules, que no puedes.
Me miró a los ojos, y después me miró las tetas, y después me miró a los ojos otra vez. Y yo, que ya no aguantaba más, me levanté, me puse delante de él, y le abrí la bata entera. Y me quedé ahí, con todo fuera, delante de mi hermano de, que me miraba como si nunca hubiera visto nada igual.
—¿Te gusta lo que ves? —le pregunté.
Se quedó un segundo callado. Y después dijo:
—Desde que te pusiste así. Desde que empezaste con las pastillas y el cuerpo se te puso así.
—¿Y por qué no has dicho nada?
Y ahí ya no dijo nada más. Y yo me acerqué un paso, y le puse la mano en la rodilla, y le dije:
—Jonathan. Yo te he visto el bulto más de una vez. Y te he visto cuando te vas al baño después de mirarme. Y yo llevo semanas pensando en ti. Así que si te quieres hacer el tonto, hazlo. Pero si no, ven aquí.
Y él se levantó. Y me agarró de la cintura. Y me pegó contra él. Y me besó. Me besó con la mano en mi nuca y la otra en mi culo, y me besó como se besa cuando llevas mucho tiempo queriéndolo hacer. Y yo le devolví el beso, con las dos manos en su cara, con los pechos contra su pecho. Y él me agarró del pelo, me tiró la cabeza hacia atrás, y me mordió el cuello. Y me dijo al oído, con una voz distinta, más ronca, una voz que no le conocía:
—¿Tú tienes idea de lo que llevo aguantando?
—Que llevo dos años mirándote el culo cada vez que subes las escaleras. Y que cada vez que te veo con el pelo mojado me tengo que ir a la ducha.
—¿Y por qué no has hecho nada?
Y ahí me agarró de la mano, me llevó escaleras arriba, al cuarto de él, y cerró la puerta con pestillo. Y me puso de rodillas en el suelo del cuarto. Y me dijo:
Y yo le bajé el pantalón del chándal, y le metí la mano en el bóxer, y le agarré la polla. Y era lo que yo me esperaba, pero más. Gruesa, larga, dura como un palo. Se la saqué, la miré, era grande. Y cuando la tuve en la mano me la llevé a la boca y empecé a chuparla.
Arrodillada en su cuarto se la chupé con la mano en la base, subiendo y bajando, pasando la lengua por la punta, mirándolo para arriba. Y él me agarró de la cabeza y me empezó a marcar el ritmo, metiéndomela hasta el fondo hasta que se me saltaron las lágrimas, y después me la sacaba y me dejaba respirar, y después me la volvía a meter. Y me decía cosas. Me decía puta. Me decía que me la chupaba mejor que ninguna. Me decía que se lo imaginaba cada noche. Y yo se la chupé veinte minutos, hasta que me la sacó de la boca, y me levantó, y me tiró en la cama.
—Ahora quiero verte el resto —me dijo.
Me abrió la bata, y me la sacó, y me dejó desnuda en la cama. Y me miró de arriba abajo. Tetas grandes, porque desde la transición se me han puesto grandes, con las aureolas rosas y los pezones duros. La cintura delgada. El culo gordo, que es lo que más me ha crecido. Y las piernas largas. Y lo que llevo entre las piernas, que con las pastillas cada vez me funciona menos, pero que todavía está ahí. Y él lo miró. Y no dijo nada. Y yo pensé que ahí se acababa todo, que iba a torcer la cara, que iba a parar.
Pero no. Se puso encima de mí, me puso la mano abierta en el pecho, y me dijo:
—A veces. Cuando me la chupan, por ejemplo.
—Entonces me la vas a chupar más veces.
Y me metió los dedos en la boca. Y después me los bajó, y me los pasó por el culo. Y me los metió por detrás, uno, después dos. Y yo, que llevo dos años entrenándome para esto, me abrí y le dije:
Se escupió en la mano, se pasó la saliva por la polla, y me la puso en el culo. Y me la metió. Y yo, que ya había estado con tíos antes, te digo la verdad: duele al principio cuando es grande, y después no, después va. Y cuando le metió los primeros centímetros y empezó a moverse, se me pasó el dolor y me di cuenta de que sí, que me gustaba. Le agarré las nalgas con las dos manos para que me la metiera más, y él me la metió hasta el fondo entera. Y me la cogió así, en el borde de la cama, agarrándome de las caderas, y yo con la cara en el colchón y el culo empinado. Y me folló. Como si tuviera prisa. Como si hubiera esperado dos años y ahora no pudiera parar. Y yo me dejé. Y gemí. Y le dije cosas que no me esperaba decirle a mi hermano.
—Dame, dame, no pares, que me encanta, así, así, dame todo.
—Me encanta. Me encanta, Jonathan. Me encanta que me la metas ahí.
—Y yo que pensaba que no te atreverías.
—Y yo que pensaba que tú no te atreverías.
—Y he esperado dos años para esto.
Y así, con él dándome por detrás, me corrí yo también, sin tocarme, solo con la polla contra el colchón y con él metiéndome y agarrándome del pelo. Me corrí en el colchón de mi hermano, con mi hermano dentro, arrodillada en su cama. Y él me cogió otro rato, y después me sacó la polla, se puso de pie en el borde de la cama, y me dijo:
Me puse. Y me la metió en la boca otra vez. Y me la cogió en la boca hasta que se corrió. Y se corrió en mi boca, y yo me lo tragué. Me lo tragué enterito, y él me agarró de la cabeza mientras lo hacía, y me dejó ahí, arrodillada, con la boca llena, mirándolo desde abajo. Y él me puso la mano en la cabeza y me dijo:
Y después me acosté con él en la cama. Y estuvimos un rato callados. Y él me dijo:
—¿Y vas a seguir chupándomela como antes?
—El culo ese me lo vas a dar cada vez que te lo pida. Que ya lo he probado y me gusta.
—Mañana, cuando salgan mamá y papá. Y pasado también.
Se rio. Y me puso la mano en el culo, y me lo apretó. Y yo me dejé. Y me quedé dormida en su cama, con la mano de mi hermano en el culo, tal como me gusta. Y al día siguiente, cuando bajé a desayunar, nuestros padres ya habían vuelto. Y él estaba en la mesa, desayunando, como si nada. Y yo me senté delante de él, con la bata puesta otra vez, y le pasé la mantequilla. Y él me miró un segundo de más. Y yo le sonreí. Y ninguno de los dos dijo nada delante de ellos. Y esa noche, cuando se acostaron, yo subí a su cuarto. Y él ya me estaba esperando con la puerta abierta.