July 29, 2025

Fuego en el depósito 3

Fuego en el depósito - Capítulo **

El supermercado estaba sumido en un silencio sepulcral a las doce y media de la noche, con los pasillos de galletitas y fideos envueltos en una quietud que contrastaba con el huracán de deseo que rugía entre Lucas y Sofía. Los últimos encuentros habían sido un crescendo de pasión, cada uno más intenso que el anterior, dejando sus cuerpos y mentes atrapados en una adicción mutua. Lucas, de 25 años, apilaba paquetes de galletitas con movimientos automáticos, su cuerpo atlético tenso bajo la camiseta del uniforme, el sudor perlando su frente mientras su mente revivía la piel marfil de Sofía, sus rizos pelirrojos desparramados, y el eco de sus gemidos resonando en su cabeza.

Sofía, la encargada de 32 años, patrullaba los pasillos con una autoridad fingida, su figura una provocación viviente. Su piel, pálida y salpicada de pecas, brillaba bajo los fluorescentes, suave como el terciopelo, con un leve rubor natural que se intensificaba en sus mejillas y escote. Sus pechos, llenos y redondeados, empujaban contra la tela ajustada de su uniforme azul, mientras sus caderas, generosas y perfectamente curvadas, se balanceaban con cada paso. Sus piernas, largas y torneadas, se insinuaban bajo la falda que terminaba justo por encima de las rodillas. Pero eran sus rizos pelirrojos, sueltos y salvajes, cayendo en ondas hasta la mitad de su espalda, los que hacían que Lucas perdiera el control, como si cada hebra fuera una llama que lo invitaba a quemarse.

Esa noche, la tensión era un cable a punto de romperse. Sofía se acercó al pasillo 7, sus tacones marcando un ritmo lento y deliberado, su perfume de vainilla y especias envolviendo a Lucas como una caricia invisible.

—Lucas, estas galletitas están un desastre —dijo, su voz un susurro cargado de intenciones, mientras se inclinaba para “arreglar” un paquete, sus rizos rozando el brazo de él, su escote a centímetros de su rostro.

Lucas giró, su mirada oscura clavándose en los ojos verdes de ella, que brillaban con un desafío descarado.

—Tal vez necesito que me enseñes cómo hacerlo bien, jefa —respondió, su voz grave, mientras sus dedos rozaban la mano de Sofía, enviando una corriente eléctrica por su piel.

Ella sonrió, sus labios carnosos curvándose en una promesa pecaminosa.

—Ven a la sala de descanso. Hay algo… urgente que necesita tu atención.

No era el depósito ni la oficina esta vez, sino la sala de descanso, un espacio pequeño al fondo del supermercado, con una mesa, un sofá viejo y una máquina de café. Era un lugar más arriesgado, con una puerta que no cerraba del todo y el riesgo constante de que alguien entrara. Pero ese peligro solo avivaba el fuego entre ellos. Caminaron rápido, sus pasos cargados de urgencia, el aire vibrando con una anticipación que era casi dolorosa.

Al entrar, Sofía empujó a Lucas contra la pared, sus manos firmes en su pecho, y cerró la puerta lo mejor que pudo, dejando una rendija que añadía un filo de adrenalina. La luz tenue de una lámpara de mesa bañaba su piel marfil, resaltando las pecas que salpicaban su clavícula y escote.

—No puedo parar de pensar en ti —susurró ella, su voz ronca mientras sus dedos desabrochaban los botones de su propia camisa, revelando el encaje negro de su sujetador y la curva perfecta de sus pechos.

Lucas, con el corazón latiendo a mil, la atrajo hacia él, sus manos aferrando sus caderas.

—Tú eres la que me está volviendo loco, Sofía —respondió, antes de besarla con una ferocidad que era puro instinto. Sus labios se devoraban, sus lenguas danzando en un frenesí hambriento, mientras las manos de Sofía se deslizaban bajo la camiseta de él, sus uñas arañando la piel de su abdomen, arrancándole un gruñido.

Ella se apartó un instante, sus ojos verdes brillando con un deseo salvaje. Con una lentitud deliberada, se arrodilló frente a él, sus rizos pelirrojos cayendo en cascada sobre sus hombros. Sus manos desabrocharon el cinturón de Lucas con dedos expertos, liberando su erección, dura y pulsante.

Sofía lo miró desde abajo, sus labios curvándose en una sonrisa traviesa antes de acercarse, su aliento cálido rozando la piel sensible. Lo chupó suavemente al principio, sus labios envolviéndolo con una delicadeza que contrastaba con la intensidad de sus ojos. Cada movimiento era lento, casi torturante, su lengua trazando círculos que hacían que Lucas apretara los puños, su respiración volviéndose errática.

—Sofía… joder… —gimió él, su voz quebrándose mientras sus manos se enredaban en los rizos de ella, guiándola con una mezcla de urgencia y reverencia.

Ella intensificó el ritmo, sus labios deslizándose más profundo, hasta que un gemido gutural escapó de su garganta, un sonido que vibró contra él y lo llevó al borde. Pero Sofía no se detuvo; siguió, su boca cálida y exigente, hasta que Lucas, incapaz de contenerse, alcanzó el clímax con un gruñido ahogado, su liberación manchando la camisa de ella, que aún colgaba abierta sobre su pecho. Sofía se puso de pie, sus labios hinchados y sus mejillas sonrojadas, limpiándose la boca con el dorso de la mano mientras lo miraba con una mezcla de triunfo y deseo.

—No hemos terminado —susurró, su voz temblando de excitación mientras lo empujaba hacia el sofá, sus rizos cayendo en desorden sobre su rostro.

Lucas, todavía jadeante, la atrajo hacia él, sentándola a horcajadas sobre su regazo. Sus manos subieron por los muslos de Sofía, levantando su falda hasta que la tela se arrugó en su cintura. La ropa interior de encaje negro fue apartada con un movimiento rápido, y Sofía, con un gemido que era casi un alarido, se movió contra él, sus caderas buscando el contacto.

—Te necesito… ahora —jadeó ella, sus pechos rozando el torso de Lucas, sus pecas brillando bajo la luz tenue mientras sus manos se aferraban a sus hombros.

Lucas la penetró —la cogió— con un movimiento profundo y decidido, sus manos firmes en sus caderas, guiándola en un ritmo frenético que hacía crujir el sofá. Sofía arqueó la espalda, sus gemidos ahora incontrolables, largos y guturales, resonando en la sala de descanso como un canto de pura lujuria. Cada embestida era un estallido de placer, sus cuerpos chocando con una intensidad que amenazaba con romper el mundo a su alrededor. La piel de Sofía, sudorosa y cálida, se deslizaba contra la de él, sus pechos rebotando con cada movimiento, sus uñas clavándose en la espalda de Lucas, dejando marcas rojas que ardían.

—Más… Lucas… más… —suplicó ella, su voz quebrándose, sus rizos pelirrojos desparramados sobre sus hombros, sus ojos entrecerrados mientras se perdía en el éxtasis.

De repente, un ruido los detuvo en seco: el crujido de la puerta principal del supermercado. Era Diego, el guardia de seguridad, haciendo su ronda nocturna.

—¿Sofía? ¿Estás ahí? —llamó, su voz acercándose peligrosamente a la sala de descanso.

Sofía, con la respiración agitada, apretó las piernas alrededor de Lucas, sus uñas clavándose más profundo.

—No pares… —susurró, su voz un murmullo desesperado mientras sus caderas seguían moviéndose, su cuerpo temblando de necesidad.

Lucas, con el corazón latiendo a mil, no pudo resistirse. Siguió cogiéndola, sus movimientos más rápidos, más profundos, cada embestida arrancándole a Sofía un gemido que intentaba sofocar contra su hombro. Los pasos de Diego se detuvieron cerca de la puerta, y por un segundo, el miedo a ser descubiertos añadió un filo de adrenalina que los llevó al límite. Sofía alcanzó el clímax con un grito ahogado, su cuerpo convulsionando contra el de Lucas, sus gemidos resonando como un eco en la sala. Él la siguió instantes después, su propio orgasmo arrancándole un gruñido que se mezcló con los jadeos de ella.

Cuando Diego pasó de largo, murmurando algo sobre el turno, los dos se quedaron inmóviles, jadeantes, con la ropa desordenada y la piel brillante de sudor. La camisa de Sofía, manchada y arrugada, colgaba abierta, revelando sus pechos y las pecas que salpicaban su piel. Ella lo miró, sus ojos verdes brillando con una mezcla de satisfacción y hambre insaciada.

—Esto fue… una maldita locura —susurró, ajustándose la falda con manos temblorosas, sus rizos cayendo en un caos perfecto.

Lucas, todavía perdido en el calor de su cuerpo, rozó sus labios con un beso suave.

—Y quiero más —respondió, su voz baja, cargada de promesas.

La sala de descanso, con su sofá viejo y su puerta entreabierta, se había convertido en el nuevo epicentro de su pasión desenfrenada. Y mientras los pasos de Diego se desvanecían en el pasillo, Lucas y Sofía sabían que cada rincón del supermercado sería un escenario para su deseo, un fuego que solo seguiría creciendo.