
Mi mujer y el cubano Cuando descubres a tu mujer masturbándose a escondidas, evidentemente no funcionas en la cama. Yo nunca me habĂa considerado un gran amante, más bien lo contrario, pero no imaginaba que estuviera tan necesitada. Con 53 años y un cuerpo rotundo, Rosa, mi mujer, no parecĂa muy feliz conmigo. La encontrĂ© sentada en su ordenador, mirando un vĂdeo porno de Internet y masturbándose frenĂ©ticamente con la mano dentro de su pijama corto. Estaba contrayendo los mĂşsculos de sus nalgas, por lo que intuĂa que estaba para correrse pronto; en la pantalla, un muy musculoso joven se follaba salvajemente a una madura entrada en carnes. Con dos profundos suspiros, mi mujer alcanzĂł un profundo orgasmo, uno como nunca habĂa tenido...

Noche de bodas Le di un buen trago a mi copa de cava. TenĂa mucha sed, pero aquella era una noche para celebrar, asĂ que nada de agua. Mi mujer sudaba mucho más que yo; su cuerpo estaba totalmente cubierto de transpiraciĂłn, e incluso su cabello castaño mostraba esta humedad. A pesar de estar tĂ©cnicamente en ropa interior, su atuendo le daba bastante calor; desde el balcĂłn de la habitaciĂłn del hotel podĂa ver la humedad dentro de sus medias blancas; el corsĂ© del mismo color cubrĂa todo su torso, y los guantes de raso blanco rebasaban sus codos. Ella iba toda de blanco, como una novia. Y es que lo era, pues esa misma tarde habĂamos contraĂdo matrimonio. Mi esposa me miraba desde la cama, y su rostro reflejaba la anticipaciĂłn, cuando...

CapĂtulo (50) Ya volvĂa a tenerle en pie de guerra, casi totalmente rearmado para atacarme con mayor contundencia que mi marido en su Ă©poca de gloria, pero me gustaba tanto su polla, que no pude resistirme a metĂ©rmela en la boca para chuparla tranquilamente, agasajándola con todo el calor, suavidad y jugosidad de mis carrillos, lengua, paladar y labios. La humedad de mi entrepierna se hizo más patente cuando sentĂ cĂłmo ese manjar terminaba de engrosarse dentro de mi cavidad oral, poniĂ©ndose duro como la porra de un policĂa antidisturbios, excitándome tanto, que comencĂ© a succionar con más fuerza. — Para, golosa, que te vicias —dijo Fer, sujetándome la mandĂbula y sacándome el trabuco—. Si sigues comiĂ©ndomela asĂ, no voy a querer que...