Yesterday

Destrozada por un Paciente en el Hospital

S Vellum

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Soy Daniela, mido 1.55mts, pechos medianos redondos, trasero redondo, duro, con unas bonitas piernas. Hace unos días había iniciado mi rotación por el área de urología, un área que no a muchas personas les gusta, pero es interesante.

Soy Daniela, mido 1.55mts, pechos medianos redondos, trasero redondo, duro, con unas bonitas piernas.

Hace unos días había iniciado mi rotación por el área de urología, un área que no a muchas personas les gusta, pero es interesante, claro para mi lo era el doble porque ahí se ven muchos penes en todo momento, fue el destino que tocara aquí porque estas rotaciones son al azar. Solo éramos dos personas las que cubríamos el área asi que tenia muchos pacientes para mi sola en esta ocasión.

Pasaron un par de dĂ­as normales, hablaba con los pacientes, trataba de usar ropa linda, ajustada, ya que no puedo ir tan provocadora al lugar, pero siempre encontraba las maneras de provocar, usando blusa de botones y cuando iba donde un paciente siempre soltaba un par para que tuvieran mejor vista.

Siempre recibía comentarios coquetos, intentos de sobrepasar un poco cuando me acercaba mucho a las camas, tocándome las piernas y asi, claro al principio me hacia la que no me gustaba jejejeje pero ninguno intento mas de eso, hasta que ingreso un paciente de 45 años, delgado, aparentaba hacer ejercicio, piel clara, y que era extranjero. Como parte de mis funciones me tocaba examinarlo teníamos un cuarto especial para ello, cerrado, solo donde nadie entraba un lugar perfecto.

Pasé al caballero al cuarto de examen y cerré la puerta con llave, como siempre hacíamos para mantener la privacidad. Matthew me miraba con una sonrisa pícara desde que entré. Medía como 1.80, delgado pero con buena forma, se notaba que cuidaba su cuerpo. Cuando le dije que por favor se quitara toda la ropa para poder hacer una revisión completa, levantó una ceja y sonrió abiertamente.

— ¿Toda la ropa? —preguntó con acento marcado, divertido.

— Sí, es mejor así… para estar seguros —respondí yo, mordiéndome el labio inferior mientras bajaba un poco más el zipper de mi blusa. Mis pechos medianos pero redonditos quedaron mucho más visibles, casi a punto de salirse.

Matthew no se hizo rogar. Se quitó la camisa dejando ver un torso marcado y sin vello, luego los pantalones. Cuando se bajó los bóxers, su pene ya estaba semierecto, grueso y bastante largo incluso en ese estado. Se notaba que estaba muy excitado. Se quedó de pie frente a mí, sin cubrirse, mirándome directamente al escote.

Me acerqué más de lo necesario, fingiendo que revisaba su abdomen bajo. El olor de su piel y el calor que desprendía me estaban poniendo húmeda. Puse mis manos enguantadas sobre su piel, bajando lentamente hacia la zona pélvica.

— ¿Sientes dolor aquí? —pregunté con voz más suave, rozando apenas con los dedos la base de su pene.

Él respiró más profundo.

— Ahora mismo no siento dolor… siento otra cosa —dijo mirándome a los ojos.

Su miembro empezó a endurecerse más rápido, levantándose poco a poco frente a mí. Era grande, venoso, con una cabeza rosada y gruesa. No pude evitar quedarme mirándolo unos segundos más de los profesionales. Matthew sonrió al darse cuenta.

— Parece que a ti también te gusta lo que ves… —susurró.

Sentí que me sonrojaba, pero no me aparté. Al contrario, me incliné un poco más para “revisar” mejor, dejando que mis pechos casi rozaran su muslo. Mi trasero redondo y duro se marcaba fuerte con la postura, y sabía que desde su ángulo se veía muy bien.

— Eres muy bonita, Daniela… —dijo con ese acento holandés que sonaba aún más sexy—. ¿Siempre atiendes así a tus pacientes?

Sonreí tímidamente mientras me ponía los guantes, pero me acerqué bastante.

— Solo hago mi trabajo… —respondí bajito.

— Tu trabajo incluye volver locos a los hombres, entonces —contestó él, mirando descaradamente mi escote—. Con esa blusa así… se te ven unas tetas increíbles. Son perfectas.

Sentí un calor subiendo por mi cara y entre mis piernas. Me incliné un poco más para “examinar” su zona baja, dejando que mis pechos quedaran muy cerca de su muslo.

— Matthew… no puedes decirme esas cosas —susurré, aunque no me alejé.

Él soltó una risita baja.

— ¿Por qué no? Mírate… estás toda provocadora. Ese culito redondo se te marca delicioso cuando te inclinas así. Apuesto a que estás disfrutando esto tanto como yo.

Su pene dio un salto y se puso completamente duro, apuntando hacia arriba, grueso y palpitante. No pude evitar mirarlo unos segundos.

— Es… grande —murmuré casi sin darme cuenta.

Matthew sonrió más.

— ¿Te gusta lo que ves? Puedes tocarlo si quieres. Nadie va a entrar… está cerrado. Solo quiero sentir tus manos. Prometo que me porto bien… por ahora.

Me mordí el labio con fuerza. Estaba empapada. Mis pezones ya se marcaban contra la blusa. Quería tocarlo, quería mucho más que eso… pero me contuve.

— Nadie tiene por qué saberlo. Solo sería entre tú y yo. Imagina lo rico que sería… yo tocando esas tetas que me estás mostrando, y tú jugando con esto que tanto te mira… Solo un ratito, Daniela. Nadie se enteraría.

Toc, toc, toc.

Unos golpes fuertes en la puerta me hicieron saltar del susto.

— ¡Daniela! ¿Estás ahí? Soy el Dr. Ramírez, vengo a ver al paciente Matthew antes de la ronda —se escuchó la voz del médico titular del servicio desde afuera.

El corazón me dio un vuelco. Rápidamente me enderecé, subí el zipper de mi blusa con manos nerviosas y le hice una seña a Matthew para que se cubriera.

— ¡Un momento, doctor! Ya casi termino la valoración inicial —respondí con la voz un poco agitada.

Matthew me mirĂł con una sonrisa traviesa y susurrĂł:

— Qué lástima… estabas tan cerca. Mañana no voy a dejar que te escapes tan fácil, preciosa.

Me mordĂ­ el labio, todavĂ­a con la imagen de su pene duro grabada en la mente, y abrĂ­ la puerta.

Ese día ya no pasó nada más. Terminé mi turno con las piernas temblando y la imagen de esa polla gruesa y venosa de Matthew grabada en mi cabeza. Toda la noche estuve pensando en ella, imaginando cómo se sentiría en mi mano, en mi boca… Me toqué dos veces pensando en él, pero no era suficiente. Me había quedado con muchas ganas.

Al dĂ­a siguiente era feriado, pero igual tenĂ­a que presentarme. El hospital estaba casi vacĂ­o, solo el personal mĂ­nimo y algunos pacientes. Era la oportunidad perfecta.

Me arreglé con mucho cuidado: elegí un vestido ajustado color crema que se me pegaba al cuerpo, marcando bien mis pechos medianos y redondos y mi culito duro. Debajo llevaba un conjunto de lencería negro precioso, tanga y brasier de encaje que apenas cubría. Encima me puse una chaqueta fina y unas zapatillas blancas cómodas. Me solté el cabello y me puse un poco de perfume. Iba claramente preparada para lo que pudiera pasar.

Cuando llegué al piso de urología, casi no había nadie. Fui directo a la habitación de Matthew. Toqué suavemente y entré.

Él estaba sentado en la cama, sin camisa, viendo algo en su teléfono. Cuando me vio, su cara se iluminó con una sonrisa grande y peligrosa.

— Vaya… mira quién decidió volver —dijo con su acento holandés, recorriéndome con la mirada de arriba abajo—. Hoy te ves todavía más peligrosa, Daniela. Ese vestido te queda delicioso… se te marca todo.

Cerré la puerta detrás de mí, pero esta vez no le eché llave todavía. Me acerqué a la cama tratando de mantener la compostura.

— Vine a ver cómo seguías… y a terminar la valoración de ayer —dije, mordiéndome el labio.

Matthew soltó una risita baja y se acomodó mejor en la cama, dejando que la sábana se deslizara un poco hacia abajo. Ya se le notaba el bulto creciendo.

— Los dos sabemos que no viniste solo por eso —murmuró mirándome fijamente—. Ayer te quedaste con ganas de agarrarla, ¿verdad? Te vi la cara… estabas a punto de envolver esa polla con tu manita.

Sentí que me ponía roja y mojada al mismo tiempo. Me quedé parada al lado de la cama, nerviosa pero excitada.

— Matthew… ayer casi nos descubren —susurré.

Él bajó la voz, más ronca y seductora:

— Hoy casi no hay nadie. Nadie va a venir a molestarnos. Ven más cerca…

Me tomó suavemente de la muñeca y me jaló hacia él. Me incliné sobre la cama y él aprovechó para abrirme un poco más la chaqueta, mirando mi escote.

— Quiero ver ese conjunto negro que traes debajo… Apuesto que te pusiste bien puta para mí hoy.

Estaba muy tentada. Mi respiración se aceleró. Podía ver cómo su polla ya empujaba fuerte contra la sábana.

Matthew no esperó más. Con una sonrisa confiada, me jaló suavemente por la cintura y me acercó hasta que quedé casi encima de él, inclinada sobre la cama. Sus manos grandes subieron por mis costados, abriéndome la chaqueta sin pedir permiso.

— Qué buena estás hoy… —murmuró con esa voz ronca y acento sexy.

Sus manos subieron directo a mis pechos, apretándolos por encima del vestido. Solté un gemidito bajito. Me los masajeaba con ganas, sintiendo cómo mis pezones se ponían duros contra la tela. Bajó el cierre del vestido un poco y metió una mano dentro, tocando directamente mi brasier negro de encaje.

— Tienes unas tetas tan ricas… redondas y firmes —dijo mientras las sacaba del brasier y las apretaba con más fuerza. Sus pulgares rozaban mis pezones, enviando descargas directo a mi coño.

Yo ya estaba empapada. Mis piernas temblaban. Intenté resistirme un poco más por pura vergüenza, pero cuando bajó una mano y me apretó el culo por encima del vestido, empujándome contra su cuerpo, ya no pude más.

Su polla estaba durísima bajo la sábana, rozándose contra mi muslo. Me miró a los ojos y susurró:

— Chúpamela, Daniela… sé que quieres probarla desde ayer.

Me mordí el labio con fuerza, miré hacia la puerta (todavía cerrada y con el hospital casi vacío) y finalmente me rendí.

Me arrodillé entre sus piernas, bajé la sábana y ahí estaba: su pene grueso, largo, venoso y completamente erecto, palpitando frente a mi cara. Lo agarré con mi mano pequeña y sentí lo caliente y duro que estaba.

— Es… enorme —susurré antes de acercar mi boca.

Primero le di lamidas suaves por toda la cabeza, saboreándolo. Matthew soltó un gemido bajo y puso su mano en mi cabeza, acariciándome el cabello. Luego abrí más la boca y me la metí poco a poco, chupando con ganas, subiendo y bajando mientras mi mano le masturbaba la base.

— Joder, sí… así, preciosa —gruñó él, empujando suavemente sus caderas hacia arriba—. Tienes una boquita caliente y húmeda… chúpamela más profundo.

Yo estaba completamente entregada, mamándosela con deseo acumulado, haciendo ruiditos húmedos mientras mis pechos se movían con cada movimiento. Él seguía tocándome las tetas y apretándome el culo, guiándome.

Matthew gruñó fuerte mientras se corría en mi boca. Sentí cada chorro caliente y espeso disparándose contra mi garganta. Tragué lo que pude, pero era tanto que un poco se me escapó por los labios. Tosí ligeramente con los ojos húmedos, pero él me miró con pura lujuria y satisfacción.

— Buena puta… ahora te voy a destrozar.

Me levantó como si fuera una muñeca, me arrancó el vestido, la chaqueta y la lencería negra con urgencia. Me dejó completamente desnuda sobre la cama. Mis pechos medianos y redondos subían y bajaban agitados, pezones duros como piedras, y mi coñito pequeño ya estaba empapado, brillando y palpitando de anticipación.

Me abrió las piernas con fuerza y posicionó su polla gruesa en mi entrada. Sin avisar, empujó profundo de un solo golpe. Grité de placer y dolor mezclado. Era tan grande que me sentía completamente llena, estirada al límite.

— ¡Ay Dios…! Es demasiado grande… —gemí.

— Vas a tomártela toda —gruñó él, y empezó a follarme con embestidas fuertes y profundas.

Cada vez que entraba, sentía cómo su verga gruesa y venosa rozaba todas mis paredes internas, golpeando fondo contra mi cervix. El placer era brutal. Me apretaba las tetas con fuerza, pellizcándome los pezones mientras me penetraba sin parar. Mi culito rebotaba contra la cama con cada embestida.

No tardé ni cinco minutos en correrme por primera vez. Mi coño se contrajo violentamente alrededor de su polla, apretándola como un puño. Grité fuerte, temblando entera, y sentí cómo me mojaba aún más.

Pero Matthew no se detuvo. Me dio la vuelta, me puso en cuatro y me embistió desde atrás con más fuerza. Me jalaba del cabello como riendas mientras me daba nalgadas fuertes en mi culo redondo y duro. El sonido de su pelvis chocando contra mi trasero llenaba la habitación.

— Este culito rico es mío —decía mientras me follaba salvajemente.

Sentía su polla aún más profunda en esta posición. Cada golpe me hacía ver estrellas. Me corrí por segunda vez, gritando contra la almohada, con las piernas temblando sin control.

Me cambió a cowgirl. Me sentó encima de él y me obligó a rebotar con fuerza, sujetándome las caderas. Mis tetas saltaban frente a su cara y él las chupaba y mordía mientras yo cabalgaba desesperada. La sensación de su verga gruesa abriéndome por completo era adictiva. Me corrí por tercera vez así, echándome hacia atrás, con todo el cuerpo convulsionando mientras él seguía empujando desde abajo.

Luego me puso de lado, levantó una de mis piernas y me penetró profundo en esa posición, follándome con movimientos circulares y fuertes. Su mano bajaba a frotarme el clítoris mientras me penetraba. Fue demasiado. Tuve un cuarto orgasmo intenso, chorreada, mojando toda la sábana.

Después de más de cuarenta minutos follándome sin parar, cambiando de posiciones y usándome como quería, Matthew decidió terminar como más le gustaba.

Me acostĂł boca arriba completamente desnuda, exhausta, sudada y temblando. Me empujĂł hasta que mi cabeza quedĂł colgando fuera de la orilla de la cama, con el cuello completamente expuesto y la boca abierta hacia arriba. Mi cabello caĂ­a hacia el suelo.

Se parĂł frente a mĂ­, con las piernas abiertas a los lados de mi cabeza. Su polla gruesa, brillante de mis jugos y todavĂ­a dura, rozĂł mis labios.

— Abre bien esa boquita… ahora mando yo —ordenó con voz dominante.

Obedecí. Me agarró la cabeza con ambas manos y empezó a metérmela. Al principio entraba y salía con control, pero poco a poco fue más profundo, follándome la garganta sin piedad. Sentía su verga bajando por mi esófago, hinchándose dentro de mi boca. Sus huevos golpeaban mi nariz y frente con cada embestida.

No podía respirar bien, solo gemía y babear mucho alrededor de su polla mientras él tenía el control total. Lágrimas corrían por mis sienes, pero mi coño seguía palpitando vacío y goteando de tanto placer.

Matthew aceleró, gruñendo como animal, follándome la cara con fuerza. Después de varios minutos intensos, empujó todo lo profundo que pudo y se corrió por segunda vez, descargando chorros calientes directo en mi garganta mientras me mantenía completamente empalada.

se quedó unos segundos dentro de mi garganta, vaciándose completamente hasta la última gota. Cuando por fin sacó su polla gruesa y brillante de mi boca, un hilo grueso de saliva y semen me cayó por la mejilla y el cuello. Yo apenas podía respirar, jadeando débilmente con la boca abierta, los ojos entrecerrados y llenos de lágrimas.

Me sentĂ­a completamente acabada.

Mi cuerpo pequeño estaba destruido: sudada, temblando sin control, con las piernas abiertas y flojas, mi coñito rojo, hinchado y chorreando de tanto correrme. Había perdido la cuenta de cuántos orgasmos tuve; el último me había dejado casi sin fuerzas. Mi culito ardía por las nalgadas, mis pezones estaban sensibles y marcados por sus mordidas, y mi garganta dolía de lo profundo que me había follado la cara.

Matthew se paró a un lado de la cama con una expresión de pura superioridad. Ese hombre de 45 años, delgado pero fuerte, me miraba desde arriba como si yo fuera solo un juguete que acababa de usar a su antojo.

Se inclinó sobre mí y puso sus dos manos grandes sobre mis pechos medianos y redondos. Los apretó con fuerza, amasándolos sin delicadeza, pellizcándome los pezones hinchados entre sus dedos. Gemí débilmente, casi sin voz.

— Mírate… —dijo con ese acento holandés, con tono de victoria—. Tan chiquita, tan apretada, y te acabo de destrozar el coño y la garganta. Te corriste como una puta en celo varias veces, ¿verdad?

Yo apenas podía responder. Estaba más inconsciente que consciente. Mis ojos se cerraban solos, mi cabeza colgando todavía fuera de la cama, el cuerpo laxo y rendido. Solo sentía sus manos apretándome las tetas con posesión, como si fueran suyas ahora. Cada apretón enviaba una mezcla de placer y dolor que me hacía temblar débilmente.

— Sí… —logré susurrar casi sin fuerzas, con la voz ronca y rota.

Dentro de unos días me van a operar de las piedras en el riñón. Pero incluso después de la operación voy a necesitar que alguien me cuide muy bien… tanto aquí en el hospital como en mi hotel.

Matthew siguió apretándome las tetas, jugando con ellas, levantándolas y dejándolas caer, mientras observaba mi cara exhausta y mi cuerpo marcado por él.

— Hoy aprendiste quién manda aquí, Daniela. Viniste vestida como puta para mí y te usé como quería. Cada posición, cada embestida… todo lo que se me antojó. Y tú te corriste como loca.

Me dio un último apretón fuerte en las tetas, casi como un recordatorio de propiedad, y finalmente me subió un poco el cuerpo para que mi cabeza volviera a la cama. Me quedé ahí tirada, desnuda, jadeando, con semen seco en los labios, el coño palpitando y las piernas abiertas, incapaz de moverme.

Él se vistió con calma, mirándome de vez en cuando con esa misma sonrisa superior, sabiendo que me había dejado completamente usada y satisfecha.