Noche de Bodas
Noche de bodas
Le di un buen trago a mi copa de cava. Tenía mucha sed, pero aquella era una noche para celebrar, así que nada de agua.
Mi mujer sudaba mucho más que yo; su cuerpo estaba totalmente cubierto de transpiración, e incluso su cabello castaño mostraba esta humedad. A pesar de estar técnicamente en ropa interior, su atuendo le daba bastante calor; desde el balcón de la habitación del hotel podía ver la humedad dentro de sus medias blancas; el corsé del mismo color cubría todo su torso, y los guantes de raso blanco rebasaban sus codos.
Ella iba toda de blanco, como una novia. Y es que lo era, pues esa misma tarde habíamos contraído matrimonio. Mi esposa me miraba desde la cama, y su rostro reflejaba la anticipación, cuando se espera recibir un gran placer. Su expresión cambió para reflejar júbilo y ansia, ansia por lo que le venía. Pero ya no me miraba a mí.
Su mirada se desvió a la puerta del cuarto de baño. El camarero, un chico de unos 20 años, iba desnudo, y mostraba un soberbio miembro viril. Ella lo había elegido, y a mí me costó poco convencerlo. Se lo debía; “en la noche de bodas te haré un regalo increíble”, le prometí, y aunque ella esperaba un diamante, al final fue mejor. Yo quería que en su noche de bodas ella disfrutara.
Esperé al banquete; tras la tarta vino el brindis, y tras acabarnos la botella, ella me dijo que no le había dado el regalo todavía. Yo la sonreí, y le dije que eligiera. Me miró confusa, y entonces señalé a los camareros. Ella rió pícara; no me tomaba en serio; puso su mano en mi muslo y me besó apasionadamente. Yo insistí, que eligiera un chico para la noche de bodas; ya no reía, echaba un trago, miraba a los camareros, todos muy jóvenes y apuestos, y luego me miraba. Para ayudar en su decisión, le dije que si le apetecía yo estaría feliz de complacerla. Mientras nuestros invitados bailaban, bebían y reían mi mujer tomó la decisión. Me besó de nuevo, y luego señaló a un chico rubio bastante musculoso. Me levanté y fui a hablar con él. Hasta le hubiera pagado si hubiera sido necesario, pero no lo fue. A los cinco minutos nos despedíamos de la familia y subimos a la habitación. Mientras nuestro amigo nos subía una botella de cava fui quitando el vestido de novia a mi mujer, sin dejar de acariciarla y besarla. El traje cayó al suelo, justo cuando sonó la puerta. Mi mujer abrió y recibió al chico…
Mi esposa contemplaba al chico salir del baño. Podía ver su mirada de lujuria aunque no iba para mí. Cuando él se arrodilló en la cama ella tomó su miembro con la mano enguantada y lo condujo a su boca. Mi mujer ya lo había hecho antes, ya había sentido ese pene palpitar entre sus labios; su lengua ya había peleado con la de él por compartir el espacio vital de la boca, y ella ya había sentido el intenso placer de su miembro viril penetrándola hasta las entrañas. Esa vez fue mucho más romántico y tranquilo, con intercambio de caricias, besos… ahora era la segunda vez, mi mujer ya había sentido el goce del orgasmo, multiplicado al sentir la semilla del chico inundar sus entrañas. Ahora querían sentir de nuevo ese placer, pero ya sin excusas ni miramientos. Placer puro y duro.
Nunca había visto a la que desde hoy es mi mujer hacer el amor tan apasionadamente. Nunca conmigo había gemido así; boca abajo, tumbada, y él sobre ella. Mientras la penetraba, el chico le besaba el cuello, le decía cosas al oído (ella siempre me lo había pedido), le acariciaba los pechos; mi mujer, aprisionada por el varonil cuerpo, tenía la boca abierta y los ojos cerrados, disfrutando cada momento de placer infinito.
El orgasmo fue intensísimo, tanto que los estertores se alargaron casi medio minuto. Cuando mi mujer al fin abrió los ojos, se centró en los míos; su mirada decía “gracias”.
Fin