Lector
Relatos Eroticos
Ella seguía con esa falda negra corta, ajustada a sus caderas como si hubiera sido diseñada para provocar exactamente ese momento. El saco medio abierto, la blusa delineando cada curva… pero ya no había elegancia tranquila en su postura. Había fuego. Hambre contenida.
Te miró fijo. Desafiante. Y esa mirada fue el punto de quiebre.
La tomaste de la cintura sin titubear, acercándola a tu cuerpo con firmeza. Esta vez no hubo suavidad. Ella no retrocedió… al contrario, sus manos subieron por tu pecho hasta tu cuello, aferrándose, marcando territorio mientras su respiración se volvía más densa, más urgente.
El sonido del cierre bajando rompió el silencio. No fue lento. Fue decidido. La tela cedió lo suficiente para dejar claro que esa noche no sería delicada… sería intensa.
La empujaste contra la pared, sosteniéndola con el peso justo para que sintiera tu presencia sin escapar de ella. Sus labios ya no pedían permiso; exigían. El beso dejó de ser juego y se convirtió en choque, en choque de deseo acumulado. Sus dedos se clavaban en tu espalda mientras tu boca recorría su cuello, bajando con intención, sin prisa pero sin pausa.
No había palabras dulces ahora. Solo respiraciones entrecortadas, órdenes susurradas al oído, gemidos que se escapaban aunque intentara contenerlos. Ella se dejaba dominar… pero no era sumisión vacía. Era entrega consciente, ardiente. Te respondía con la misma intensidad, con la misma necesidad.
Tus manos exploraban cada rincón con seguridad, sintiendo cómo su cuerpo reaccionaba, cómo se arqueaba buscándote más. La habitación se volvió irrelevante. Solo existía el sonido de la piel encontrándose, el ritmo creciendo, el pulso latiendo en sincronía.
El movimiento se volvió más firme, más profundo. Sus piernas rodeándote, sus uñas marcando tu espalda, su voz perdiéndose entre suspiros mientras repetía tu nombre como si fuera lo único que importara. No había freno. No había dudas. Solo dos cuerpos entendiendo exactamente lo que el otro pedía.
Cada embestida llevaba intención. Cada reacción suya te empujaba a ir más lejos. Y cuando la tensión se volvió insoportable, cuando el deseo acumulado ya no pudo sostenerse más… explotó en un instante que los dejó sin aire, suspendidos, aferrados el uno al otro.
Después… solo respiraciones profundas.
Su cuerpo aún temblando ligeramente contra el tuyo. Tus manos sosteniéndola con cuidado ahora, diferente, pero igual de firme. Su frente apoyada en tu pecho. Silencio… pero lleno.
Salvaje. Dominante. Compartido.
Deseado por ambos.