Domando a la yegua
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Valeria, una mujer segura y seductora, conoce a Santiago, un militar dominante.
La casa vibraba con la energía desbordante de la fiesta, una celebración improvisada en una mansión donde el alcohol fluía como veneno dulce y la música se filtraba en cada rincón. Conversaciones animadas, risas arrastradas por el humo de los cigarros y el tintineo de las copas llenaban el ambiente con una cadencia embriagadora. Y en medio de todo, como siempre, ella.
Rubia, con un cuerpo que desafiaba el tiempo y una seguridad capaz de hacer temblar a cualquiera, Valeria era más que una mujer hermosa: era un espectáculo. “La Yegua”, la llamaban. No solo por sus curvas pronunciadas—pechos firmes, cintura estrecha, caderas generosas y un trasero que parecía diseñado para el pecado—sino por la forma en que se movía. Altiva, desafiante, inalcanzable.
Él llegó tarde. No buscaba atención, pero inevitablemente la conseguía. Joven, alto, de complexión firme, con el cuerpo marcado por la disciplina militar y la mirada de alguien que había visto demasiado. No era el típico admirador que babeaba por su escote o intentaba impresionarla con cumplidos baratos. Santiago tenía la postura de quien está acostumbrado a la obediencia sin cuestionamientos y la calma de un hombre que solo se mueve cuando es necesario.
Valeria cruzó el salón con la seguridad de quien sabe que todos los ojos están sobre ella. Su vestido rojo se ceñía a su piel con la perfección de una segunda piel. Corto, provocador, con un escote que insinuaba sin entregar y una abertura lateral que mostraba demasiado, pero nunca suficiente. Conocía su poder y lo manejaba con destreza: una combinación letal de seguridad, magnetismo y dominio absoluto del juego.
—¡Valeria! —La voz de Daniel la sacó de su paseo triunfal. Se giró con la copa en la mano y encontró a su anfitrión acompañado de aquel hombre.
Santiago no necesitó más que su presencia para hacerse notar. La camisa blanca remangada dejaba al descubierto unos antebrazos marcados, la piel ligeramente bronceada contrastando con el cristal de whisky que sostenía con la misma precisión con la que, probablemente, sujetaba un arma. No tenía la ostentación de los hombres que intentaban seducirla con relojes caros y sonrisas ensayadas. Él era otra cosa. Algo más peligroso.
—Te presento a Santiago, un viejo amigo —dijo Daniel con una sonrisa cómplice—. Y Santiago, esta es Valeria… aunque imagino que ya has oído hablar de ella.
Los ojos oscuros del militar se fijaron en los suyos. Y en ese instante, Valeria supo que, por primera vez en mucho tiempo, había alguien en esa fiesta que no caería rendido a sus pies.
El alzó una ceja, con una ligera curva en los labios.
—Algunas historias vuelan —murmuró, con una voz grave que parecía diseñada para rozarle la piel.
Valeria le sostuvo la mirada y sonrió.
—Espero que no todo lo que hayas oído sea cierto. Me gusta sorprender.
La tensión se formó en el aire, palpable. Daniel los miró a ambos, divertido, y se excusó para atender a otros invitados.
Ella inclinó la cabeza y llevó la copa a sus labios, bebiendo lentamente. Santiago la observaba con la tranquilidad de quien no se inmuta ante una provocación evidente.
—Espumante. No hay nada más elegante para una mujer.
—Depende de la mujer —respondió Santiago. Hizo un leve gesto al barman, quien en segundos deslizó un vaso con un líquido ámbar en la improvisada barra frente a ella—. Prueba esto.
Ella lo miró con diversión y arqueó una ceja.
—Tal vez deberías probar algo más fuerte —dijo él, y la forma en que lo dijo, con esa calma absoluta, la hizo estremecer.
Valeria tomó el vaso y bebió un sorbo. El fuego del licor bajó por su garganta, dejando una estela cálida que se extendió hasta su vientre.
—¿Me queda bien? —repitió ella, jugando con el vaso en su mano.
—Sí. Fuerte, sin dulzura innecesaria. Como tú.
Valeria sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No era el típico adulador. No intentaba impresionarla. Y lo peor es que, en lugar de molestarle, la intrigaba.
—¿Bailas? —preguntó ella, inclinándose un poco más, asegurándose de que su escote atrapara su atención.
Él la miró un segundo más de lo necesario, como si evaluara la invitación.
No se molestó en ofrecerle la mano. Simplemente caminó hacia la pista, esperando que ella lo siguiera. Y lo hizo, aunque con una sonrisa desafiante.
El ritmo del reguetón llenaba el aire, sensual y cadencioso. Valeria movió las caderas con naturalidad, marcando la música con una destreza que muchos hombres encontraban intimidante.
Pero Santiago no era como los demás.
Se acercó sin prisa, colocó sus manos firmes en su cintura y la atrajo sin esfuerzo. El calor de su cuerpo se filtró a través de la tela de su vestido, haciéndola inhalar profundo.
La música vibraba en el aire mientras Valeria se deslizaba con la elegancia felina de quien domina cada movimiento. Sus tacones largos elevaban su figura, acentuando el tono de sus piernas firmes, moldeadas por los años de baile y deseo. Cada giro, cada ondulación de sus caderas, dibujaba un espectáculo que la luz tenue se encargaba de resaltar. Sus muslos, tensos bajo la presión de la danza, se marcaban con cada contracción, con cada roce que Santiago le imponía con maestría.
Él no solo la seguía; la guiaba con la firmeza de un hombre que sabía exactamente lo que hacía. Su pierna se deslizó entre las de ella, abriéndola sutilmente con un dominio que no pedía permiso. La presión era innegable, un roce ardiente y deliberado que la obligó a inhalar profundo. Su culo, redondo y generoso, se moldeó contra su muslo con cada vaivén, provocando un contacto tan indecente como inevitable.
Las manos de Santiago se cerraron sobre su cintura, sosteniéndola con una seguridad absoluta, las venas marcadas en sus antebrazos delatando la fuerza contenida en su agarre. Con un leve tirón, la hizo girar sobre sí misma y la atrajo de vuelta con un golpe seco contra su torso. Su pecho firme se estampó contra la camisa de él, y su aliento entrecortado chocó con el suyo.
El roce de sus cuerpos encajaba con precisión obscena, su muslo aún encajado entre los suyos, atrapándola sin escapatoria. Santiago la movía con la seguridad de quien es más joven, más fuerte, y, lo peor de todo, más hábil en ese juego de dominio al que ella estaba acostumbrada a ganar.
Pero por primera vez en mucho tiempo, Valeria no quiso escapar.
La tensión entre ellos se había vuelto insoportable, una chispa flotando en el aire, a punto de incendiar todo a su paso. Valeria lo sabía, lo sentía en cada roce, en cada embestida controlada de sus cuerpos al compás de la música. Pero Santiago no le daba tregua. No era de los que se desmoronaban ante una mujer como ella; al contrario, la retaba con la seguridad de quien sabe que, tarde o temprano, obtendrá lo que quiere.
El calor en la pista de baile se hizo irrespirable. Valeria clavó los ojos en él, sus labios apenas curvándose en una sonrisa desafiante.
No era una petición. Era una orden disfrazada de sugerencia.
Santiago no respondió. Solo deslizó su mano por su cintura y la guio con un control implacable hacia la salida del salón. No le pidió permiso. No se molestó en preguntar. Simplemente la tomó, como si fuera lo más natural del mundo. Y eso la hizo arder por dentro.
Caminaron entre la multitud con una urgencia velada, sus cuerpos chocando con otros invitados que lanzaban miradas curiosas y murmullaban entre copas de vino y risas contenidas. Ella escuchó un par de comentarios, carcajadas ahogadas, incluso un silbido bajo. Pero nada importaba. Solo la forma en que Santiago la conducía con paso firme, su palma ardiente en la curva de su espalda baja, presionándola con una determinación que no dejaba margen para dudas.
Llegaron a una puerta entreabierta. Sin pensarlo dos veces, Valeria la empujó y entraron, dejando atrás el murmullo de la fiesta.
La habitación no estaba completamente a oscuras. La luz cálida del pasillo se filtraba por la rendija de la puerta, tiñendo la penumbra con reflejos dorados. La música aún se oía amortiguada, el bajo retumbando en el suelo, marcando el ritmo de la respiración acelerada de ambos.
Santiago cerró la puerta con un movimiento lento, deliberado.
—Desde que te vi… —Su voz grave vibró en el aire, arrastrada, como si las palabras pesaran en su lengua—. Supe que iba a follarte.
Valeria sintió el latigazo del deseo recorrerle la espina dorsal. Su cuerpo se tensó, su vientre se contrajo en un espasmo traicionero. No fue la vulgaridad de la afirmación lo que la estremeció, sino la convicción con la que la dijo. Como si no existiera otra opción. Como si fuera un hecho ineludible.
Se humedeció los labios, recuperando su aire de reina indomable.
—¿Tan seguro estás? —murmuró, avanzando hacia él con paso pausado, con esa cadencia felina que había perfeccionado con los años.
Santiago no se movió. Solo la observó, la mandíbula apretada, los puños cerrados a los costados.
Valeria sonrió. Había encontrado una grieta.
Deslizó las manos por su propio cuerpo, recorriendo la tela de su vestido con una lentitud tortuosa, delineando la curva de sus caderas, dejando que su escote se pronunciara aún más. Sabía lo que hacía, sabía lo que provocaba. Y por un momento, sintió que lo tenía donde quería.
Se acercó hasta él, el perfume de su piel envolviéndolo como un veneno dulce. Levantó una mano y la deslizó por su pecho, sintiendo la dureza de los músculos bajo la camisa.
—Déjame adivinar —susurró, inclinándose lo suficiente para que su aliento rozara su mandíbula—. Has estado mirando mi culo toda la noche.
Santiago dejó escapar un suspiro áspero.
La honestidad descarada la hizo sonreír. Ella llevó su mano hasta la nuca de él y tiró con firmeza, forzándolo a inclinarse, a acercarse más a su boca.
—¿Y ahora qué vas a hacer al respecto?
Por un instante, creyó que lo tenía. Creyó que lo había llevado al límite.
Pero fue en ese momento cuando él se movió.
En un abrir y cerrar de ojos, Santiago la giró y la estampó contra la pared con un movimiento tan rápido que le robó el aliento. Su cuerpo firme se presionó contra el suyo, atrapándola con una facilidad insultante. Su mano grande se cerró sobre su muñeca, elevándola por encima de su cabeza, inmovilizándola como si fuera una muñeca de porcelana en sus garras.
—No juegues conmigo, Valeria. —Su voz era un gruñido contenido, una amenaza disfrazada de advertencia.
Ella jadeó, su pecho subiendo y bajando contra la tela de su vestido, sus piernas aún envueltas en el calor de la fricción que él le había impuesto en la pista de baile. Su espalda se arqueó instintivamente, sus muslos tensos rozando la dureza del miembro que se marcaba contra su trasero.
—Te gusta pensar que estás en control, ¿verdad? —murmuró él, bajando el rostro hasta su oído, su aliento ardiendo contra su piel.
Valeria intentó moverse, pero su agarre era inamovible. Sus dedos largos y fuertes, las venas marcadas por la tensión, la mantenían prisionera con una facilidad que la hizo temblar.
—Eres preciosa, Valeria. —La forma en que pronunció su nombre la hizo estremecer—. Jodidamente irresistible. Pero no me confundas con los idiotas que babean a tus pies. Yo no te voy a rogar.
La presión de su cuerpo contra el suyo se intensificó. Su muslo se coló entre los de ella, obligándola a abrirse más, a sentir cada maldito centímetro de su erección dura y demandante contra su trasero.
—Voy a tomarte cuando yo quiera. —Bajó la boca hasta la curva de su cuello y presionó un beso caliente, húmedo, que la hizo arquearse contra él. Sus dientes rozaron su piel, apenas una advertencia, un recordatorio de quién mandaba allí—. Y créeme, cariño, lo vas a rogar.
Valeria apretó los labios, odiando lo que su propio cuerpo le estaba haciendo. La quemazón entre sus muslos, la forma en que su respiración se volvía errática, el modo en que su vientre se contraía con cada palabra que él le escupía contra la piel.
Santiago se apartó un poco, solo lo suficiente para mirarla a los ojos.
Valeria lo fulminó con la mirada. Su orgullo quería resistirse, pero su cuerpo estaba ya entregado a la realidad que él le imponía.
Ella tragó saliva, sintiendo el nudo de deseo en su garganta.
La sonrisa de Santiago fue letal.
Santiago la levantó sin esfuerzo, sus manos grandes cerrándose sobre sus muslos con un agarre implacable. Valeria ahogó un jadeo cuando su espalda chocó contra la pared del otro lado de la habitación, el impacto robándole el aliento y encendiendo una chispa de puro deseo en su vientre. Su instinto fue envolver las piernas alrededor de su cintura, atrapándolo entre sus muslos firmes, sintiendo la dureza de su pene presionando justo donde la tela de sus bragas ya estaba empapada.
Los dedos de Santiago se hundieron en la carne prieta de sus glúteos con una desesperación que la hizo temblar. No la tocaba con dulzura, no la exploraba con cautela; la sujetaba como si fuera un premio ganado, una mujer hecha para ser tomada con hambre y sin permiso. Su vestido rojo se subió rápidamente hasta su cadera, dejando al descubierto la piel caliente de sus muslos y su trasero, apenas cubierto por la fina tela de encaje.
—Mierda… —gruñó, presionándola más fuerte contra la pared, sintiendo la suavidad de su piel contra sus dedos rudos.
Valeria echó la cabeza hacia atrás, una sonrisa ladina en sus labios pintados. Amaba sentirse deseada, pero esto era diferente. Santiago no la deseaba. Santiago la reclamaba.
Con un movimiento rápido, deslizó las manos hasta el escote de su vestido y lo bajó sin titubeos, liberando sus pechos con un jadeo ahogado. Sus pezones endurecidos se erizaron en el aire frío de la habitación, pero el contraste con el calor abrasador de la boca de él fue inmediato.
Santiago los atrapó sin dudar, su lengua recorriendo la piel tensa con una desesperación animal. No jugaba. No la saboreaba con calma. La devoraba. Su boca se cerró alrededor de uno de sus pezones, succionándolo con la intensidad exacta para hacerla arquear la espalda contra la pared.
—Joder… —murmuró Valeria, sus uñas arañando la nuca de él, empujándolo más contra su piel.
Él gruñó contra su pecho, su lengua lamiendo, sus dientes marcando su piel con una leve presión antes de cambiar al otro, atrapándolo con la misma avidez. Sus manos seguían amasando su trasero, hundiéndose en la carne generosa, levantándola y sosteniéndola con una facilidad insultante.
Un deseo crudo que no pedía permiso ni ofrecía tregua.
Santiago no solía tomarse el lujo de disfrutar mujeres como ella. La vida militar no le dejaba mucho espacio para esos placeres. Demasiadas órdenes, demasiado control, demasiada rutina. Pero esto… esto era otra cosa.
—Tienes que verla en persona, hermano. Es el tipo de mujer que vale la pena.
Incluso se la había enseñado en Instagram. Santiago recordaba perfectamente la foto: Valeria en un vestido ajustado, con una copa en la mano y esa sonrisa de mujer que lo sabe todo. Una hembra en su esplendor.
Santiago bajó la mano entre sus muslos sin dejar de morder su pecho, encontrando la humedad en la tela empapada de sus bragas.
—Estás tan jodidamente caliente… —murmuró contra su piel, su voz oscura, entrecortada por la respiración pesada.
Valeria se mordió el labio inferior, su cuerpo traicionándola cuando sus caderas buscaron más contacto, más presión.
—¿Y qué esperabas? —susurró, desafiándolo, retándolo, aun aferrándose a la ilusión de que tenía el control.
Santiago sonrió contra su piel.
Con un solo movimiento, tiró de la tela húmeda de sus bragas hasta desgarrarla, rompiéndola con la facilidad con la que se rompe un lazo de seda. Valeria jadeó, pero antes de poder protestar, sus dedos largos se hundieron entre sus pliegues calientes, recorriéndola con la precisión de quien no necesita tantear el terreno.
—Santiago… —su voz se quebró cuando él encontró su clítoris y lo frotó con firmeza, sin rodeos, sin juego previo.
—Eso es. —Su otra mano se cerró sobre su mandíbula, obligándola a mirarlo a los ojos mientras su dedo deslizaba círculos lentos pero implacables sobre su punto más sensible—. Mírame cuando te toque.
El tono de su voz la desarmó. No era una petición. Era un mandato.
Ella intentó desafiarlo, desviar la mirada, pero la presión de su agarre y la embestida de sus dedos abriéndose paso en su interior la hicieron arquearse contra él.
—Te voy a follar como nunca te han follado, Yegua.
Valeria sintió un espasmo recorrerle la columna.
Y entonces, él empujó un dedo dentro de ella.
Santiago no le dio tiempo de procesar nada. Sin soltar su mandíbula, sin permitirle recuperar el aliento, deslizó otro dedo dentro de ella, hundiéndose hasta el fondo con la firmeza de un hombre que no tiene dudas.
—Tan jodidamente apretada… —gruñó, sus labios rozando los de Valeria sin llegar a besarla—. Te voy a abrir bien, cariño.
Ella dejó escapar un gemido ahogado, su orgullo tambaleándose con la crudeza de sus palabras y la manera en que la poseía sin reservas. Pero no tuvo oportunidad de responder. Santiago retiró sus dedos y, antes de que pudiera quejarse por la pérdida, la sujetó con una fuerza arrolladora, rodeando su espalda con un brazo mientras la alzaba con la facilidad de quien entrena para cargar cuerpos en el campo de batalla.
Un instante estaba atrapada contra la pared, y al siguiente, él la había volteado, tomándola en sus brazos, sujetándola como si no pesara nada. Su espalda quedó suspendida en el aire mientras sus piernas seguían abiertas, enganchadas a su cintura.
—¿Qué…? —jadeó, sintiendo cómo su equilibrio se desvanecía.
Pero Santiago no le dio espacio para el desconcierto.
Con un solo movimiento, flexionó las rodillas y la sostuvo contra su propio torso, usándola como si fuera parte de su propio cuerpo. Su fuerza era insultante, bruta y precisa, la clase de dominio físico que Valeria nunca había experimentado en otro hombre.
—Así te quiero —murmuró, sosteniéndola en el aire sin esfuerzo, sus músculos marcándose bajo la luz tenue—. Suspendida, atrapada, sin poder hacer nada.
Valeria sintió que el aire le ardía en los pulmones. Sus manos se aferraron a sus hombros, a su nuca, pero no había nada de qué sostenerse realmente. Santiago la tenía completamente atrapada, con la espalda arqueada en el vacío y las piernas separadas sobre sus caderas.
—Mierda, Santiago… —susurró, la incertidumbre convirtiéndose en puro morbo.
Él sonrió, bajando la boca hasta su cuello, su lengua recorriendo la piel caliente, saboreando el temblor que se apoderaba de su cuerpo.
—Nunca te han follado así, ¿verdad? —susurró contra su oído, mordiendo su lóbulo con una mezcla de burla y deseo.
Valeria no podía responder. No podía pensar. Solo podía sentir el agarre firme de sus manos en sus muslos, su espalda suspendida en el aire, la manera en que la sostenía como si su cuerpo no fuera más que un juguete para él.
—Dímelo. Dime que nadie te ha tomado así.
Ella entreabrió los labios, pero en vez de palabras, un gemido escapó de su garganta cuando sintió la punta de su miembro rozando la entrada a su vagina.
Y entonces, sin más aviso, la embistió.
Valeria gritó, su cabeza cayendo hacia atrás cuando lo sintió llenarla por completo, su sexo estirándose para acomodar su tamaño. Santiago la sostuvo con más fuerza, asegurándose de que no pudiera moverse, de que cada centímetro de su pene se hundiera hasta lo más profundo de su interior.
—Mierda… —su voz se quebró, sus uñas arañando la piel sudorosa de su espalda.
Santiago no esperó a que se acostumbrara. No le dio tregua. Se inclinó un poco hacia adelante, ajustando
con una copa en la mano y esa sonrisa de mujer que lo sabe todo. Una hembra en su esplendor.
Santiago bajó la mano entre sus muslos sin dejar de morder su pecho, encontrando la humedad en la tela empapada de sus bragas.
—Estás tan jodidamente caliente… —murmuró contra su piel, su voz oscura, entrecortada por la respiración pesada.
Valeria se mordió el labio inferior, su cuerpo traicionándola cuando sus caderas buscaron más contacto, más presión.
—¿Y qué esperabas? —susurró, desafiándolo, retándolo, aun aferrándose a la ilusión de que tenía el control.
Santiago sonrió contra su piel.
Con un solo movimiento, tiró de la tela húmeda de sus bragas hasta desgarrarla, rompiéndola con la facilidad con la que se rompe un lazo de seda. Valeria jadeó, pero antes de poder protestar, sus dedos largos se hundieron entre sus pliegues calientes, recorriéndola con la precisión de quien no necesita tantear el terreno.
—Santiago… —su voz se quebró cuando él encontró su clítoris y lo frotó con firmeza, sin rodeos, sin juego previo.
—Eso es. —Su otra mano se cerró sobre su mandíbula, obligándola a mirarlo a los ojos mientras su dedo deslizaba círculos lentos pero implacables sobre su punto más sensible—. Mírame cuando te toque.
El tono de su voz la desarmó. No era una petición. Era un mandato.
Ella intentó desafiarlo, desviar la mirada, pero la presión de su agarre y la embestida de sus dedos abriéndose paso en su interior la hicieron arquearse contra él.
—Te voy a follar como nunca te han follado, Yegua.
Valeria sintió un espasmo recorrerle la columna.
Y entonces, él empujó un dedo dentro de ella.
Santiago no le dio tiempo de procesar nada. Sin soltar su mandíbula, sin permitirle recuperar el aliento, deslizó otro dedo dentro de ella, hundiéndose hasta el fondo con la firmeza de un hombre que no tiene dudas.
—Tan jodidamente apretada… —gruñó, sus labios rozando los de Valeria sin llegar a besarla—. Te voy a abrir bien, cariño.
Ella dejó escapar un gemido ahogado, su orgullo tambaleándose con la crudeza de sus palabras y la manera en que la poseía sin reservas. Pero no tuvo oportunidad de responder. Santiago retiró sus dedos y, antes de que pudiera quejarse por la pérdida, la sujetó con una fuerza arrolladora, rodeando su espalda con un brazo mientras la alzaba con la facilidad de quien entrena para cargar cuerpos en el campo de batalla.
Un instante estaba atrapada contra la pared, y al siguiente, él la había volteado, tomándola en sus brazos, sujetándola como si no pesara nada. Su espalda quedó suspendida en el aire mientras sus piernas seguían abiertas, enganchadas a su cintura.
—¿Qué…? —jadeó, sintiendo cómo su equilibrio se desvanecía.
Pero Santiago no le dio espacio para el desconcierto.
Con un solo movimiento, flexionó las rodillas y la sostuvo contra su propio torso, usándola como si fuera parte de su propio cuerpo. Su fuerza era insultante, bruta y precisa, la clase de dominio físico que Valeria nunca había experimentado en otro hombre.
—Así te quiero —murmuró, sosteniéndola en el aire sin esfuerzo, sus músculos marcándose bajo la luz tenue—. Suspendida, atrapada, sin poder hacer nada.
Valeria sintió que el aire le ardía en los pulmones. Sus manos se aferraron a sus hombros, a su nuca, pero no había nada de qué sostenerse realmente. Santiago la tenía completamente atrapada, con la espalda arqueada en el vacío y las piernas separadas sobre sus caderas.
—Mierda, Santiago… —susurró, la incertidumbre convirtiéndose en puro morbo.
Él sonrió, bajando la boca hasta su cuello, su lengua recorriendo la piel caliente, saboreando el temblor que se apoderaba de su cuerpo.
—Nunca te han follado así, ¿verdad? —susurró contra su oído, mordiendo su lóbulo con una mezcla de burla y deseo.
Valeria no podía responder. No podía pensar. Solo podía sentir el agarre firme de sus manos en sus muslos, su espalda suspendida en el aire, la manera en que la sostenía como si su cuerpo no fuera más que un juguete para él.
—Dímelo. Dime que nadie te ha tomado así.
Ella entreabrió los labios, pero en vez de palabras, un gemido escapó de su garganta cuando sintió la punta de su miembro rozando la entrada a su vagina.
Y entonces, sin más aviso, la embistió.
Valeria gritó, su cabeza cayendo hacia atrás cuando lo sintió llenarla por completo, su sexo estirándose para acomodar su tamaño. Santiago la sostuvo con más fuerza, asegurándose de que no pudiera moverse, de que cada centímetro de su pene se hundiera hasta lo más profundo de su interior.
—Mierda… —su voz se quebró, sus uñas arañando la piel sudorosa de su espalda.
Santiago no esperó a que se acostumbrara. No le dio tregua. Se inclinó un poco hacia adelante, ajustando su agarre, y comenzó a moverse, embistiéndola con un ritmo implacable, sin que sus pies tocaran el suelo.
Cada vez que la levantaba y la dejaba caer sobre su erección, el impacto recorría todo su cuerpo, haciéndola arquearse y temblar entre sus brazos. Era una sensación abrumadora, indescriptible, como si él tuviera el control absoluto de todo lo que ella podía sentir.
—Mírate… —jadeó él, observando la forma en que sus pechos rebotaban con cada embestida, con la misma fascinación con la que un depredador contempla su presa atrapada—. Naciste para ser follada así.
Valeria solo pudo gemir en respuesta, sintiendo cómo su cuerpo se rendía, cómo el placer se acumulaba en su vientre con cada golpe preciso.
Santiago gruñó, acelerando el ritmo, su respiración caliente contra su cuello, su piel pegajosa contra la de ella, su hambre devorándola sin piedad.
Su tono no dejaba margen de error.
Y Valeria, completamente sometida en su agarre, supo que no podría resistirse.
Santiago la devoraba con la urgencia de un hombre que no estaba acostumbrado a estos placeres. Su vida había sido entrenamiento, disciplina, obediencia a la cadena de mando, pero aquí, con Valeria atrapada entre sus brazos, con su piel húmeda y su cuerpo temblando alrededor de él, no había reglas, no había límites.
Sus músculos marcados brillaban con una fina capa de sudor, su respiración era un gruñido entrecortado mientras seguía embistiéndola con la misma precisión con la que había sido entrenado para la guerra. Pero esto no era guerra. Esto era conquista.
—Así que eres la Yegua… —Su voz vibró contra su cuello, oscura, dominante—. Pues ahora voy a montarte como se debe.
Antes de que Valeria pudiera procesarlo, Santiago la soltó. Su cuerpo cayó sobre la cama en un espasmo tembloroso, la piel aun ardiendo por el roce de su torso firme y caliente. Cuando intentó girarse, su mano fuerte presionó su espalda, manteniéndola abajo con facilidad insultante.
El tono bajo y tajante la paralizó por un instante, el escalofrío del mando recorriendo su columna. Lo sintió moverse detrás de ella, sintió la tela deslizándose por sus piernas cuando él se deshizo por completo del pantalón que aún colgaba a medio muslo. Su pene duro y palpitante rozó la curva de su trasero, marcando el camino entre sus pliegues húmedos.
Santiago le acarició la cadera con una sola mano, deslizándola hasta la base de su espalda en un recorrido lento y posesivo.
—Mírate… —murmuró, inclinándose sobre ella, dejando que el calor de su torso desnudo se imprimiera en su piel—. Nunca te han follado como te estoy follando ahora, ¿verdad?
Valeria abrió los labios para replicar, para intentar recuperar algo de control, pero lo perdió todo en el instante en que él empujó su erección contra ella de un solo golpe.
—¡Mierda! —Su grito se ahogó contra la sábana, su espalda arqueándose violentamente.
Santiago gruñó en respuesta y la sujetó con más fuerza. Sus manos grandes se cerraron sobre su cintura y sus caderas se movieron con un ritmo feroz, cada embestida marcando territorio, enterrándose en lo más profundo de su cuerpo.
Valeria no podía pensar, no podía hablar. Solo podía sentir.
Cada golpe la sacudía por completo, sus pechos rebotaban con cada impacto y su carne temblaba bajo el dominio absoluto de él.
—Mierda, Valeria… —murmuró él, su voz entrecortada por la respiración agitada—. No tienes idea de lo mucho que quería hacerte esto.
Ella hundió los dedos en las sábanas, ahogando otro gemido.
—Desde que Diego me mostró tu Instagram.
La revelación la hizo estremecer.
Lo recordaba. Diego se lo había presentado en una reunión meses atrás. Un joven militar, sin muchas distracciones en su vida más allá del entrenamiento. Un desafío, como a ella le gustaban. Incluso había curioseado su perfil en redes sociales después de esa noche, imaginando cómo sería llevarlo a su terreno.
Pero nunca pensó que la fantasía terminaría así.
Porque nada de lo que había imaginado se comparaba con esto.
Santiago empujó más fuerte, inclinándose sobre su espalda, su boca recorriendo su cuello con besos abiertos, su lengua lamiendo el sudor que se acumulaba en su piel.
—¿Te gusta ser montada así, Yegua? —su voz era un susurro envenenado, pura lujuria concentrada en un solo golpe de autoridad.
Valeria sollozó un gemido, sin poder contenerlo.
—¡Sí! —gritó ella, su cuerpo convulsionando cuando él golpeó justo en el punto exacto que la hizo ver estrellas.
Santiago sonrió contra su piel.
Sus manos la sujetaron con más fuerza, sus caderas golpeando con un ritmo salvaje, sin darle tregua, sin permitirle tomar aire. Todo su cuerpo ardía, cada músculo tensándose en anticipación, cada golpe llevándola más y más alto, hasta el borde del abismo.
—Dámelo —gruñó él, su voz grave, su mandíbula apretada mientras aceleraba, cada embestida más profunda, más intensa—. Quiero que te corras en mi maldita verga.
Valeria gritó su nombre, sintiendo el orgasmo atraparla como una ola feroz, arrastrándola sin piedad. Su cuerpo se sacudió violentamente bajo él, sus músculos contrayéndose alrededor de su miembro, apretándolo, estrujándolo en espasmos incontrolables.
Santiago gruñó con fuerza y con un último golpe, se dejó ir dentro de ella, su calor llenándola por completo mientras su cuerpo temblaba contra el suyo.
El silencio se instaló entre ellos, roto solo por sus respiraciones entrecortadas. La música aún vibraba a lo lejos, un eco lejano de la fiesta que habían dejado atrás. Pero allí, en esa habitación, solo existían ellos.
Santiago se dejó caer sobre su espalda con un suspiro satisfecho, deslizando una mano por la piel ardiente de su muslo.
—Definitivamente, valiste la pena.
Valeria sonrió contra la almohada, aún con el pulso desbocado.
El calor de sus cuerpos aún vibraba en la habitación, mezclado con el aroma a sexo y sudor. La música de la fiesta seguía filtrándose desde el pasillo, amortiguada, distante, como si el mundo exterior no existiera.
Santiago no tenía prisa por soltarla.
Aún desnuda, con su piel húmeda y estremecida por el éxtasis reciente, Valeria sintió el peso de su cuerpo hundiéndose sobre ella. Su torso firme, marcado por años de entrenamiento, se presionó contra su espalda mientras una de sus manos grandes se deslizaba con posesión absoluta sobre su cintura.
—No te muevas. —Su voz, aún áspera por la respiración entrecortada, le erizó la piel.
—¿Crees que puedes seguir dándome órdenes?
Él no contestó. Solo la giró con la misma facilidad con la que la había manipulado toda la noche. Ahora, boca arriba bajo su cuerpo, sintió el peso de su dominio otra vez.
Santiago se inclinó sobre ella, atrapando su boca en un beso que no tenía ni un rastro de dulzura. Era hambre pura. Su lengua invadió la suya, reclamándola como si aún no tuviera suficiente. Y quizá no lo tenía.
Sus manos bajaron hasta sus pechos, amasándolos sin delicadeza, pellizcando sus pezones con la impaciencia de un hombre que ya los había probado y aún quería más. Valeria dejó escapar un gemido contra sus labios, su espalda arqueándose cuando él bajó la boca y atrapó uno con su lengua.
—Dios… —jadeó, aferrándose a su nuca, hundiendo los dedos en su cabello mientras él succionaba con avidez, marcándola con cada roce de sus dientes.
Santiago mordisqueó su piel con la misma intensidad con la que había tomado el resto de su cuerpo. Su otra mano se deslizó entre sus piernas, tanteándola con la facilidad de quien ya conocía cada rincón de su placer.
Valeria sonrió contra su cabello, sin quedarse atrás. Su mano descendió con lentitud, buscando entre sus cuerpos hasta encontrar su erección.
—¿Otra vez? —murmuró con una risa ronca, deslizando sus dedos con provocación a lo largo de su pene.
Santiago dejó escapar un gruñido, atrapando su muñeca con fuerza.
—Si sigues así, no vamos a salir de esta habitación en toda la noche.
Ella lo desafió con la mirada, apretando su agarre alrededor de su erección palpitante.
La sonrisa que él le dedicó no tenía nada de inocente.
—Entonces prepárate, Yegua… porque esto no ha terminado.
© Voluptas / 📰 @RelatosEroticosDRK