June 27

Corrompiendo a mamá 15

CON MI MADRE EN EL VESTIDOR DE LENCERÍA

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—Papá, ¿me prestas el auto? —le pregunto a mi progenitor. Ya es viernes por la mañana, y le estoy ayudando a subir materiales de construcción a una troca que rentó para cargarlas—. Mamá quiere que la lleve a comprar lo que nos hace falta para el viaje de mañana.

Papá farfulla. Avienta una caja con herramientas hasta el fondo de la camioneta y me dice, huraño:

—Tú no das paso sin huarache, ¿eh cabrón?

—¿Por qué lo dices, pá?

Subo una escalera de aluminio, y la acomodo en la orilla.

—Con razón me estás ayudando, Tito, porque quieres el auto. Serás bribón.

—A ti no se te da gusto, papá, primero porque no te ayudo, luego porque te ayudo. Y ahora te enojas porque te pido prestado un coche que de todos modos no vas a utilizar hoy.

Me encojo de hombros cuando subo una cubeta con martillo y destornilladores.

—¿Alguna otra cosa más quiere que le preste, el señor? —refunfuña mi papá, haciendo gestos.

—Sí, pá, también necesito que me prestes el coche mañana, para irnos a Arteaga mamá y yo. Ya ves que Lucy se irá con los padres de Clara, su mejor amiga, que también fueron invitados por Elvira.

Papá vuelve a gruñir como si fuese un odioso animal.

—Sabes bien que el coche no es para las montañas, Tito.

—Sólo lo usaremos para cierta distancia, papá, en la trepada voy a alquilar una camioneta 4x4 para subir.

Don Lorenzo abre los ojos como plato, y me echa una mirada furiosa.

—¿Tú crees que cago dinero, cabrón? Ni creas que les voy a dar pasta para que se vayan todo el fin de semana a Arteaga en las montañas, y yo me quede aquí como hongo.

Vuelvo a encoger de hombros, tranquilamente.

—A ver, pá, no tenía pensando pedirte dinero, tengo mis propios ahorros de las becas y de cuando voy a trabajar contigo, así que no te preocupes por eso, que no te voy a dejar pobre.

Papá sigue enfurruñado, se cruza de brazos y me lanza llamas desde los ojos.

—Además, papá, tú decidiste no venir con nosotros, así que no trates de chantajearme. Aunque si quieres, sigue la invitación abierta para que nos acompañes.

Obvio si él viniera a Arteaga con mamá y conmigo se me arruinarían mis planes de pasar el fin de semana cogiendo con mamá, como dos enamorados. Lo invito porque sé que primero se corta un huevo antes de perderse la final nacional de futbol.

Papá me responde exasperado:

—Me invitas, cabrón, pidiéndole a Dios que no vaya, ¿a que sí?

—Eres bienvenido si quieres, ya te estoy diciendo.

—Por nada del mundo me perderé la final de futbol por irme a las putas montañas entre el frío y los osos. Odio el clima frío de las montañas.

—En cambio, papá, si por mí fuera, yo me quedaría a vivir en Arteaga. No hay nada que me guste más que estar rodeado de pinos, árboles, caudales cristalinos, fauna, tranquilidad, y todo delante de una chimenea.

—Pues ojalá me hagas el favor y no vuelvas, Tito, pero a tu madre y a tu hermana las quiero aquí.

Claro que me hiere cada vez que me hace saber que no me quiere en lo absoluto. Pero me vale madres. Me voy a follar a su esposa todo el fin de semana, y eso compensa sus insultos.

—Tú quieres a mamá en casa porque si se queda conmigo te quedas sin criada, ¿verdad?

Mi padre vuelve a lanzar llamas con la mirada.

—¿Qué has dicho, cabrón respondón?

—Que me prestes el coche.

—¡Que te lo preste tu abuela! —se enfurruña—. Anda, vete por ahí y déjame de chingar, que habemos algunos que sí trabajamos para mantener esta casa.

Papá me hace un desplante y luego se mete en la troca, la enciende y sigue diciendo no sé qué tantas cosas.

—¿Entonces, papá, me prestas el coche? —insisto, justo cuando me guardo las llaves que le saqué de su impermeable (porque está lloviznando) sin que él lo advirtiera.

—Vete al carajo, Tito —me responde “cariñosamente.”

Lo veo marcharse y entro sonriente al cuarto de lavado, donde mi deliciosa madre está empinada metiendo una carga de ropa de color en la lavadora.

Mamá es muy flexible, y me parece excitante encontrarla vistiendo esos leggins grises, donde se transparenta una minúscula tanga que se ve incrustada entre sus dos enormes nalgotas.

—Hola, má —digo atragantado, mirando desde la puerta cómo su abundante culo se menea de un lado a otro.

—Hola mi amor —me dice ella, todavía con el culo en pompa, metiendo el resto de prendas blancas al electrodoméstico.

Mi pene se hincha de pronto, y su engrosamiento y dureza se vuelve más consistente a medida que observo la tira de su tanguita, hundida en sus labios vulvares, transparentándose por la tela de las mallas grises.

—Le pedí el coche a papá para llevarte a hacer las compras para mañana.

—Ah, mira —me dice escéptica. Sé que contonea el culazo para provocarme. Me mira sonriente por un lado, todavía inclinada. Si estuviera desnuda, y Lucy no estuviera en casa, le habría ensartado de un solo tajo la longitud de mi pene—. De seguro te dijo que no, hijo —intuye.

—Te equivocas —le digo vacilante.

—¿Te dijo que sí? —se muestra sorprendida.

Me acerco más a ella, que sigue empinada. Mi madre tiene el culo redondeado y en forma de corazón, producto de la estreches de su cintura y lo abombado de sus nalgas que le moldean la figura trasera.

Antes de que se levante, le doy un arrimón. Froto mi bragueta, que contiene mi falo hinchadísimo y duro, y me restriego lentamente justo en el centro, donde hace división una nalga de la otra.

Mamá lanza un erótico “Hummm, traviesito” menea el culo apretándolo contra mí durante un breve momento, y luego se levanta, con sus ojos azules brillando. Y yo siento que mi glande babea de calentura.

—¿Dices que te dijo tu padre que sí te presta el auto?

—No, tampoco.

—¿Entonces? —Se pone las manos en la cintura.

Mamá lleva un top muy ajustado del mismo color que sus leggins. Me relamo los labios al notar que sus gordas mamas están muy apretadas debajo de la prenda, y que no lleva nada debajo, a juzgar por el par de pezones que sobresalen en la tela y que lucen puntiagudos y duritos.

—No me dijo que sí —intento concentrarme en mi respuesta—, pero tampoco me dijo que no. Más bien me dijo que me fuera al carajo, y como he decidido llamar al coche “carajo” pues nos vamos.

Mamá se echa a reír.

—Eres un loco, mi bebé.

Intento acercarme otra vez a ella, con la intención de frotar mi dura bragueta en su entrepierna, de pegar mi pecho con sus bubis colgantes, de besarla de lengüita y de sobarle sus inflados glúteos que ahora están apoyados en la lavadora, pero me hace una seña de que mi hermana está por la cocina y yo trato de contenerme, pero no puedo.

—Mami, quisiera poderte follar aquí mismo.

—Qué más quisiera, mi bebé.

—¿Me dejas metértela aunque sea poquito?

—Aquí no se puede, bebé.

—Sólo la puntita, mami, que mi glande ingrese a tu coñito aunque sólo sea un poquito, mientras tú lo aprietas y lo mojas con tus fluidos.

Mamá aprieta sus piernas. Se imagina la escena y noto que se empieza a poner colorada.

—No podemos ser descuidados, hijo, menos con tu hermana ahí rondando.

—Entonces vamos a tu cuarto, nos encerramos y…

—¡Mi amor, por favor, llevemos esto con calma, cuando no se puede, no se puede!

Lucy está haciendo un desastre en la cocina, tal parece, y eso nos desconcentra un poco a mamá y a mí, pero ni siquiera eso calma mis ganas por poseerla ahí mismo.

—Bueno, mami —intento resignarme, pero pidiéndole concesiones—, si no quieres que te penetre, entonces bájate los leggins y déjame darte unas chupadotas a tu rajita mojada, que debe de estar ardiendo.

Ambos miramos su entrepierna, y nos sorprende ver una mancha húmeda en el centro de su leggins.

—¡Joder, mamá, sí que estás mojada!

—¿Ves, amor? —me recrimina, asombrada, suspirando un poco—, deja de decirme esas cosas, que me pongo cachonda y luego me chorreo.

—Ufff, qué rico, mami.

Mi erección es descomunal. Mi cachonda madre y su exuberancia también es descomunal.

—Serán solo un par de minutitos, mami, te lo prometo. Es que no aguanto más.

—¿Qué cosa, cielo? —me pregunta, observando la mancha de sus flujos adherida en las mallas.

No le contesto, sólo hago lo que tengo que hacer en automático. Cierro la puerta de golpe, le pongo el pestillo por si Lucy quisiera entrar de repente, y cuando me aseguro de que la puerta está bien cerrada, regreso donde estaba y, con mi panza cosquillándome, me echo sobre mamá, arrinconándola hasta que su culo choca contra la lavadora blanca que ha comenzado a mecanizarse.

—¡Ufff, mami, cuánto te deseo!

Mamá jadea mientras la rodeo con mis brazos, me mira extrañada, luego abre su boquita, cuyos labios son encantadoramente gruesos, y cuando ella paladea, mostrándome un gesto de lujuria, le meto la lengua dentro, y ella la recibe con la suya, gustosa, uniéndose las puntas hasta enredarse húmedamente una con la otra.

—¡Muuuackmmggg!

Restriego mi erección en la mancha de mamá, y meneo mis caderas sobre ella, restregándome sobre su cuerpo.

El beso es apasionado, muy líquido, ambos jadeamos, como si estuviésemos corriendo un largo maratón. Mamá mete sus manos debajo de mi camiseta y araña mi espalda. Yo, a mi vez, froto sus dos protuberantes nalgas, las cuales comprimo, levanto y froto ganoso.

—“Muuumgghmmg” “¡¡Muuumgghmmg!!” —nos pasamos saliva de una boca a otra, y la sigo devorando, porque eso es lo que hago, la devoro, la froto, la poseo.

Paso por delante mi mano derecha, y meto mis dedos dentro de su leggins, hasta encontrar el triángulo frontal de su tanguita empapada.

Nuestras babas forman un reguero en nuestra ropa cuando nos separamos un poco.

—¿Desde cuándo usas tanga, mami? —le digo mientras me acerco a su cuello para lamerlo, previo a llegar a una de sus tetas con el fin de morderla también aunque sea por arriba de su top.

—Desde que sé que puedes apreciarlas, amor…

—¿Lo haces por mí, entonces, mami hermosa?

—¡Todo por ti, mi niño!

Amo los jadeos de Sugey: son tan eróticos, tan húmedos, tan cachondos. Amo la forma en que mueve la boca cuando me besa, la manera en que saca su lengua mojada cuando gime, las formas en que tuerce los ojitos azules de placer cuando está entregada a mí y las maneras en que contonea su voluptuoso cuerpo cuando le acerco el mío.

—¿Papá sabe que las usas, las tangas?

Mi lengua repta en su seno derecho. La tela es suave aunque es de licra, y bastante gruesa, por eso me sorprende que logre percibir su pezoncito, que empuja sobre el top y se marca perversamente.

—Tu padre ¡Ufff! —gime—… ni siquiera ¡Haaah!... me mira, mucho menos se dará cuenta de la ropa interior que uso… ¡Hooooh!

—Qué imbécil es… mira que pasar desapercibido la belleza de semejante hembra… ¡joder!

Mi mano izquierda continúa apretándole el culo a mi progenitora, y la derecha hurga entre su vellosidad púbica.

Cuando encuentro su abertura y me doy cuenta de que el interior es un caudal hirviendo, me excito, mi glande cosquillea aún más y le hundo dos dedos y los empiezo a batir por dentro. La reacción de mamá es inmediata, separando los muslos y jadeando libidinosamente.

“Hoooh Diosss.”

Levanto la vista y noto que sus ojitos azules vuelven a brillar. Su boquita luce entreabierta. Sus gemidos los atrapo con mi boca cuando empiezo a besarla otra vez, y ella aprieta mi paquete con una de sus manos y la empieza a acariciar por arriba del pantalón.

—¡Hummm, mami! —le digo mientras nos lametamos.

—¡Hoooh, hijo, qué rico, qué ricooo! ¡Mastúrbame, mastúrbame… haz que me corraaaa!

Meto un tercer dedo en su vagina y los fluidos se vuelven más espesos y abundantes. Son tan calientes y tan copiosos que termino empapado.

Creo que lo nuestro ya es una maldición, pues cuando pretendo bajarme la bragueta para sacarme el falo y metérselo en su conchita, oímos que Lucy se acerca a la puerta y comienza a llamar a mamá.

—Sugey, es papá en el teléfono, que te está marcando y marcando y que no le contestas.

—¡Joder! —me da rabia cuando me separo de ella.

Mamá se recompone. Se relame los labios. Ambos nos limpiamos el sudor y yo tengo que girarme para que Lucy no me vea con mi tienda de campaña.

—¡Sugey, joder, ¿por qué te encerraste con llave?!

“Papá, siempre papá” ¡Siempre interrumpiéndonos y jodiéndolo todo!

Mamá se las ingenia para salir del cuarto de lavado y volver a cerrar. Lucy no se ha dado cuenta de nada, pero… a como vamos, ¿mamá y yo podremos mantener esta relación clandestina por mucho tiempo?

***

Antes del mediodía, mamá baja a la sala donde ya la estoy esperando con las llaves del coche de mi padre para irnos de compras. Sugey tiene el pelo atado en una coleta, y lleva puesto un vestidito con un estampado florar de margaritas, con un corte muy veraniego y vaporoso, que le llega a la mitad de sus sonrosados y brillantes muslos.

El escote es delicioso y sensual, pues tiene una abertura adelante que si bien le cubre una tercera parte de sus grandiosos pechos, hace también que estos luzcan gordos, y con el canalillo que separa un seno del otro pronunciado.

—Estás preciosa, má. Nunca pensé que podrías salir a la calle así.

—¿Crees que me veo vulgar? —se preocupa.

—¿Eh? ¡No, no, no, pero es… No me hagas caso, madre, a mí me gusta!

—Bueno, si te gusta entonces me lo quedo —sonríe—. Lo importante es que voy contigo, hijo, y así evitaré que me echen piropos de mal gusto.

Pareciera que no lleva sostén, pero no lo creo, porque no se le marcan los pezones como el top que llevaba antes.

—¿Nos vamos, madre hermosa?

—Como diga mi caballerito.

Mamá echa un grito a Lucy para decirle que volveremos más tarde y luego recojo su brazo y nos vamos a la cochera de la casa.

El perfume de mamá es delicioso e indescriptible. Sólo sé que huele a frescor, como su pelo, y toda ella, que está recién duchada. Sus sandalias también son muy botinas y de plataforma, de esas que enseñan sus pequeños y estilizados dedos. A causa de la plataforma, se ve más alta que yo por unos centímetros.

Apenas me puedo concentrar durante el trayecto. Los senos de mi madre lucen apretados en ese vestidito. Bambolean y vibran en cada sacudida del auto. La parte superior de sus obesas mamas amenazan con enseñarme las areolas si el coche da una nueva sacudida.

—Por Dios, Tito, mira al frente, que vamos a chocar.

—Lo… siento, má —me da un poco de penilla que me haya descubierto mirándole las tetas—, es que tus enormes melones me desconcentran. Parece que se fueran a salir del vestidito.

Mamá se echa a reír. Con sus dos manos acomoda los pechos en su prenda y yo intento mirar al frente.

—Mamá, ¿puedo hacerte una pregunta?

—Sí, claro, cielo, dime.

—¿Hace cuánto que no haces el amor con papá?

Mamá respinga. Le echo una hojeada rápida y veo que su vestido ha descubierto aún más sus muslos de como estaban antes. Ella se pone roja de la cara y mira al frente.

—Por favor, hijo, qué preguntas haces a tu madre. Me haces sentir incómoda.

Tuerzo a la izquierda, rumbo al centro comercial que tengo en mente, mientras escucho la respuesta de mi madre. Y le digo:

—Creo que hemos hecho cosas que en verdad sobre pasan nuestra relación filial.

—Nooo… es lo mismo, hijo. Esto que me cuestionas en verdad me incomoda.

—¡Mamá, te he comido la concha! ¡Te he metido el pene hasta el fondo, me has mamado la verga y los huevos! ¿En serio te parece más incómodo responderme el tiempo que tienes sin tener sexo con mi padre?

Sugey lanza un prolongado gemido.

—Tito, por Dios…

—Joder, mamá, sólo respóndeme.

—Es que ni siquiera logro recordar hace cuánto que no me toca tu padre.

No me lo puedo creer. Es increíble que el idiota de mi padre no la toque ni con un palo.

—¿En serio? ¿Cuánto más o menos?

—No sabría decirte, hijo.

—Aproximadamente, mami, ¿un año, dos años?

—Quizá más.

—¿Más?

Suspiro hondo. Es que yo teniendo en mi cama todas las noches una hembra como la que llevo de copiloto, ¡joder! No la dejo dormir toda la noche.

—Creo que diez años, hijo.

—¡Joder, mamá! ¿Tanto?

Es inaudito.

—A ver, cielo, tampoco es para tanto. Uno llega a una edad en la que el sexo no es tan… necesario.

—¡Pero tú eres muy cachonda, mamá!

—¿Eh?

—Yo noto, cuando te he frotado la vagina, cuando hemos hecho el amor; tú eres una mujer muy caliente, mami. La forma en la que te humedeces. Tus ricos gemidos. La manera en que te corres sobre mi pene y mis dedos. Uf, mami, la increíble forma en que se te paran tus pezones y se ponen duros a cualquier contacto conmigo. Joder, mamá, sólo de acordarme ya me calenté y se me puso dura otra vez.

—Bueno, hijo… es que… pues, de alguna manera, tantos años de abstinencia, a una le baja la libido. Pero es cosa de… recordar, lo que se siente sentirse deseada, amada… esa sensación de cosquilleo en el vientre, en la puchita, hijo… y ufff… no soy de piedra.

—Lo sé, mamá. Por eso me parece rarísimo que pasaras tantos años sin sexo.

—Tampoco es tan raro, Tito, una como mujer se llega a acostumbrar. Las prioridades cambian. Es una serie de factores femeninos que tú no podrías entender. Tú estás en plena edad de la calentura, cielo, por eso te parece inaudito lo que te cuento, pero es la verdad.

—¿Entonces qué hacías para calmar tus ganas cuando… te ponías caliente?

Mamá duda un par de segundos, luego responde.

—Pues… nada…

—¿Cómo que nada?

—Seguro te masturbabas.

—¡Dios Santo, Tito!

—Mamá, por fa, deja de ver esta conversación de forma tan… de santurrona.

—Es que es algo muy íntimo. A ver, Tito, a pesar de todo, me da pena expresarte estas cosas. Son muy mías.

—Déjame entrar en tu intimidad, mami. Ya lo estamos haciendo.

—Me cuesta trabajo… hablar estos temas contigo.

—Sólo dime si te masturbabas o no.

—Bueno… pues sí.

Claro que sí. Recuerdo sus días en la ducha. Esas formas tan intensas en que la escuchaba jadear, dedeándome para calmar sus calenturas.

—Dime, má, ¿por qué dejaste de hacer el amor con papá? Y deja de decirme que te sientes incómoda, por favor, que tenemos que pasar esto. Estamos iniciando una relación, mami, y no sólo sexual, sino también amorosa. Debe de haber confianza entre los dos.

—Es que me cuesta tanto…

—Vamos, mami… por favor. Me causa una intriga espeluznante no saber por qué papá dejó de hacerte el amor. Porque, con lo cachonda que eres tú, obvio tuvo que haber sido él quien se alejara y por un motivo. Es que se me hace ilógico, que teniendo a su lado semejante hembra, y perdón por la expresión, dejara de tocarte. Con lo hermosa que eres. ¡Porque eres preciosa, mamá! ¡Eres un mujerón que no pasa desapercibida por nadie, ni siquiera por mí, que soy tu hijo!

Mamá sonríe, todavía apenada.

—Gracias por tus halagos, amor.

—Mamá, papá es un tonto. Ningún hombre en su sano juicio, teniéndote de mujer, dejaría de follarte nunca. Eres tan linda.

—Hijo, siempre, al pasar el tiempo, una pareja deja de desearse. La monotonía llega y se pierde la libido. Es probable que eso haya pasado entre nosotros. No quiere decir que ya no nos queramos, eso es diferente, y tampoco quiero decir que ya no nos tocáramos. Claro que de vez en cuando había caricias de afecto, frotaciones, pero hasta ahí. Además… tu padre, pues ya tiene una edad, y tampoco es como si se mantenga… tan duro como tú.

—Basta con verte o pensarte, mamá, para ponerme durísimo. Ahora mismo estoy muy duro de pensar cómo pasaremos este fin de semana.

—Yo también estoy…

—¿Cachonda?

—Sí, muy cachonda.

—¿Y Nacho?

Entiendo que he arruinado la conversación cuando menciono a ese cabrón.

—¡Por Dios, Tito, como lo vuelvas a mencionar…!

—Ya, ya, perdón, mami, perdón.

Me queda claro que tendré que investigar a mi madre por otro lado. Ella no soltará prenda respecto a lo vivido con ese baboso ni aunque haga las pataletas que haga. Así que me doy por vencido y continuamos el camino.

***

Llegamos al centro comercial y me estaciono casi a la entrada. Al parecer a esa hora no hay tanta gente en el lugar.

Mamá cierra su bolso, y antes de bajarnos le digo:

—Má, ¿quieres que compre condones texturizados? Tengo algunos en mi cartera, pero son de los que regalan en la universidad. No creo que sea tan buena la experiencia usando esos.

Mamá se echa a reír.

—¿Para qué quieres condones, cielo?

—Veamos… ¿tú… yo… fin de semana… semen… vagina…?

Mamá rompe a risotadas otra vez.

—Lo sé, amor, lo sé. Pero no te preocupes, en verdad.

—Mami, es que… me preocupa que no te preocupe.

Sugey levanta las cejas, y a mí se me levanta otra cosa cuando vuelvo apreciar la enormidad de sus pechos dentro de ese vestidito.

—¿Crees que podría quedar embarazada de mi propio hijo?

—¡Ojalá! —se me ilumina la cara ante tal fantasía—, ¿te imaginas? ¿Teniendo ambos un hijo?¿Quién sospecharía si sale igual a mí?

Ella me da un manotazo dulce en mejilla y responde:

—No digas locuras, Tito.

—Es en serio, mamá. ¿No sería hermoso, que tuviéramos un bebé? Pero en fin, yo no me refería a eso, sino al hecho de que si no te preocupa que eyacule dentro de ti sin protección, es porque debes de tener un método anticonceptivo incluido, lo cual sería muy extraño, dado que dices que hace años que no tienes sexo con papá.

Pienso en Nacho, y me da cólera pensar en eso. No lo externo, porque sé que haría enfadar a mamá, así que espero su respuesta.

—Mi pequeño, tengo una edad en que no preciso de ningún tipo de método.

—¿De veras? —dudo.

Me pregunto si me está mintiendo, pero no digo nada.

—De veras. Anda, mejor vamos a la tienda de lencería.

Le ofrezco como un caballero mi brazo y nos dirigimos a las escaleras eléctricas, ya que, por lo que investigué en facebook, la tienda está en la segunda planta.

—¿Cuántas prendas vas a comprar, mami?

—Dos.

—¿Dos? —me sorprendo.

En efecto, el lugar está semi vacío. Eso es un punto a nuestro favor.

—Será sábado y domingo, hijo. Por lo tanto, serán dos juegos de lencería, uno para cada uno.

—¡¿Pretendes que hagamos el amor sólo dos veces en 48 horas, mamá?!

—A ver, cielo, que yo no he dicho eso. Serán las que tengan que ser.

—Muchas, mami, muchas veces, quiero.

—No seas glotón, bebé.

—¡Quiero cogerte muchas veces, mamá! ¿Tú no?

—Shhhh —me dice, mirando hacia todos lados—, baja la voz, amor, ¿quieres?

Hago una mueca y pongo los ojos en blanco.

Mamá se echa a reír y me dice:

—Esos pucheros me recuerdan a cuando eras bebé, Tito. Ay, mi niño, siempre has sido tan caprichudo, y yo, consentidora, siempre he cedido a todo lo que me pides.

—Pues ahora quiero cogerte muchas veces, mami —le digo con una gran sonrisa, bajando la voz.

—Lo haremos, cielo, en verdad te lo prometo que lo haremos cuantas veces se nos presente la oportunidad.

—Pero tú dices que sólo serán dos juegos de lencería.

—La lencería que compraré será para dos ocasiones especiales, hijo. Tendremos oportunidad de intimar las veces que precisemos, amor mío, pero yo, en particular, quiero que cada día tengamos una sesión que sea especial.

—¿Sexo romántico?

—Algo así. Y es cuando usaré la lencería que tú elijas.

—Joder, mami.

—Tranquiliza esas hormonas, Ernestito, que mira cómo va la tienda de campaña. Cualquiera dirá que eres un pervertido.

—Cualquiera dirá, mami, al verte, que tengo razones para estar cachondo y ser un pervertido.

Llegamos a la segunda planta y dirigí a mi madre por el pasillo izquierdo, repleto de locales con muros de cristal muy elegantes.

—¿En serio sólo dos juegos de lencería solamente, mamá?

—No tengo mucho dinero, amor. Y tu padre no quiso darme más de lo que precisamos en la semana para la despensa.

—Yo voy a pagarlas. Tengo dinero de la beca y ahorros de cuando papá me lleva a trabajar con él.

—Esos ahorros serán para la facultad.

—Pero mamá…

—Ningún pero. Que andemos de morbosos tú y yo no me quita mis facultades como madre. Eso significa que aún puedo y debo reprenderte ante cualquier irresponsabilidad de tu parte. No importa lo que pase en nuestra nueva relación, hijo, la universidad es la universidad, y por nada del mundo consentiré que desperdicies ese dinero por banalidades.

—Te recuerdo que hoy soy tu hombre, no tu hijo, así que no me puedes tratar como tu hijo.

—Pues bien, mi hombrecito, tu mujer quiere que esos ahorros sigan destinado para lo que es. ¿Entendido?

—Está bien.

—Entonces dos juegos de lencería. Piensa bien lo que tienes en mente, cielo, porque será como agua de mayo.

No era un Victoria Secret en forma, pero desde afuera parecía que la tienda tenía una gran variedad de lencería femenina muy erótica y convencional.

—No sé si sea conveniente que entremos juntos —me dice mamá un poco tímida.

—¿Por qué?

—¿Es normal que el hijo entre con su madre cuando ésta última va a comprar lencería?

—No tienen por qué pensar que soy tu hijo. Por eso te traje a esta tienda, que está a kilómetros de nuestra casa.

—¿Ah, no? ¿Y entonces qué pensarán? ¿Qué eres mi amigo gay?

—Qué extrema, mamá. Ellos podrían pensar que soy tu pareja.

Mamá se echa a reír, y a mi me sienta mal que ella ni siquiera piense en mí como su pareja.

—¡Cielo, con tu edad, ¿de veras piensas que creerían que eres mi pareja?!

—Probémoslo, ven.

Antes de darle tiempo a reaccionar, la tomo de la muñeca y la ingreso a la tienda tomada de la mano.

***

—Buen día —nos dice una dependienta, que no atina a decidir qué clase de relación llevamos mi madre y yo, toda vez que entramos tomados de la mano—. ¿Les puedo ayudar en algo?

Soy yo el que toma las riendas de la situación y responde, cuando noto que a mamá se le tiñen las mejillas.

—Mi mujer está buscando dos juegos de lencería, y para mayor comodidad, preferiríamos buscarlos los dos solos.

La chica abre mucho los ojos. Es obvio que ha notado la brecha enorme de edades que hay entre los dos. Mamá parece morirse de la vergüenza, pero a mí me llena de orgullo que la dependienta sepa que tengo por mujer a una hembra tan hermosa y buenaza como la que va de mi mano.

—Como ustedes gusten. Cualquier cosa me encuentran en el mostrador.

—Gracias, señorita —digo.

Avanzamos y mamá comienza a dar pequeñas risitas nerviosas.

—Así que tu mujer, ¿eh, pequeño listillo?

—Se ha quedado pasmada —río también.

—Era obvio que se quedaría con cara cuadrada, hijo. Ahora creerá que yo soy una vieja salta cunas.

—De vieja nada, mamá, que mírala, ella debe de tener algunos cinco años más que yo y parece una escoba parado. En cambio, tú, ufff, mami, cualquier mataría por tener el cuerpo que te cargas tú. Es más fácil que crean que yo me estoy aprovechando de ti, a que tú seas una asalta cunas.

—Anda, tú, meloso y zalamero —mamá aprieta mi mano con más fuerza y ambos miramos los aparadores y maniquíes—. ¿Y bien, cielo? ¿Cuáles elijes?

Avanzamos un poco más y la dirijo hasta donde hay varios conjuntos de colores electrizantes.

—Se me antoja que te pongas uno negro y uno rojo.

—El color negro es muy elegante, hijo —coincide conmigo, aunque no dice nada del otro color.

Yo sé que el rojo parece más al que se pondría una actriz porno o una prostituta, pero no le digo nada. Precisamente me excito al imaginar lo que sería ver a mi madre usando un conjunto rojo, con medias de red, tanga y sostén.

—¿Cuáles te gustan más, Tito?

—Todos —digo la verdad.

Ella sonríe, me acaricia la espalda y me recuerda que sólo podremos llevarnos dos conjuntos.

—Elíjelos tú, cielo, y me los pruebo. Mira, ahí hay un probador.

El juego de lencería negro que elijo es pequeño, elegante y sensual, lleno de encajes y trasparencias por todos lados. Estoy seguro que las transparencias del sostén harán que sus areolas y sus pezones se vean muy sexys.

Las medias parecen de seda, y los encajes superiores son de los que se adhieren a los muslos sin la necesidad de precisar de ligueros para sostenerlos.

La braguita es un sexy cachetero que le cubrirá poco menos de la mitad de su culote, y el triangulito frontal, con sus transparencias me enseñará el fino pubis peludito de mi madre.

Le pregunto a mi madre por sus medidas y me sorprende cuando me dice que de pecho es más de 110.

¡Joder!

—Este —digo, y lo pongo en una canasta.

El juego de lencería rojo que elijo es el más atrevido, no sólo porque el sostén es tan diminuto que estoy seguro que los enormes pechos de mamá no lograran contenerse allí dentro, sino porque la tanga que viene con el conjunto tiene una fina abertura en el área vaginal que me permitirá follarla sin quitársela. Encima, las medias rojas son de red, y los ligueros lucen tan finos como los que usaría una putita.

—¡Ufff!

De sólo imaginarme a Sugey con ese conjunto puesto la verga se me ha puesto dura otra vez.

Pongo el conjunto en la canasta de plástico que nos ha ofrecido la dependienta y se la entrego a mamá.

—Si gusta, señora —le dice la chica cuando ve que hemos elegido —, puede pasar al probador del fondo.

—¿Puedo pasar a ayudarle a mi mad… mujer a abrocharle el sujetador?

La dependienta levanta las cejas mientras me mira. Mamá se ha puesto roja de la pena otra vez. La chica traga saliva, duda un poco, y responde:

—Bueno, no es… sea muy usual esta clase de permisos, pero si usted gusta, puede hacerlo. Eso sí, las medias, bragas, tangas y variantes, por higiene no pueden probarse, sólo el sostén.

—Descuide, señorita —responde mamá, un poco más tranquila—, las prendas inferiores sólo me las mediré por encima de mi vestido.

—De acuerdo, señora —dice la chica, y con desconfianza nos indica el fondo del pasillo.

Con el corazón latiéndome fuerte, abrimos la puertita del probador y nos metemos.

—¡Las vergüenzas que me haces pasar, Ernesto! —me reprende mamá mientras yo hecho el seguro a la puerta—. ¿Tú te crees que la señorita no se imagina cosas?

—Que se imagine las cosas que quiera, má, de todos modos le vamos a pagar.

—¡Por Dios!

—Vamos, mami, desvístete, que quiero que te midas la lencería.

—Ya oíste que las braguitas ni las medias no.

—Pero los sujetadores sí.

El lugar es tan pequeño que apenas cabemos los dos.

Los cuatro muritos, incluido el de la puerta, son de cristal desde el techo hasta el suelo. Mamá vacila antes de hacer nada.

—¿Habrá cámaras aquí dentro, hijo?

—No —respondo seguro—. En este país está prohibido tener cámaras en baños y vestidores.

—Bueno.

—¿Te ayudo? —me ofrezco.

—Pero pórtate bien —desconfía ella.

—¿Qué es portarme bien?

—Cuando me ayudes a desanudarme el vestido, te sentarás en el sofá, y evitarás ponerme las manos encima. Tú sólo mirarás mientras yo me pruebo los sujetadores.

—¡Pero mamáaa! —me quejo.

—Pero nada, ¿quieres o no?

—Hummm. Está bien —digo desganado.

Mamá pone las prendas en el único sofá que está en el interior del pequeño probador, me pide que me acerque a ella. Se gira, quedando de espaldas a mí, y yo le restriego mi duro paquete en sus deliciosas nalgas paraditas que tiemblan a mi contacto.

—¿En qué quedamos, tramposo? —me reprocha.

—Dijiste que no te pusiera las manos encima, mami, y yo lo que te estoy restregando es mi paquete. En teoría estoy cumpliendo cabalmente tu petición.

Ella sonríe, dándose por vencida, justo al tiempo que hundo aún más mi bulto entre sus nalgotas y desanudo el cordón de detrás de su vestidito.

Suelto los cordones, y el vestido cae de la parte superior, atorándose en sus grandiosas caderas.

—Te ayudo, má.

Me pongo de rodillas, agarro los bordes del vestido y tiro hacia abajo, acariciando en el proceso la tersa piel de sus piernas y nalgas con mis manos.

—Estás muy culona, mamá, por eso no te baja bien.

—Más fuerte, pero sin romperlo.

Al fin lo logro, el vestido cae al suelo, y le digo a mamá que levante sus pies para sacarle el vestido por completo.

Desde esa posición, con mi cara cerquita del culo de mi madre, las vistas que tengo de la majestuosa milf que está delante de mí, con unas braguitas que apenas cubren la superficie de su pubis y la mitad de sus redondas nalgas al descubierto, son inmejorables.

—¿Te gustaría que me depilara mi pubis, amor, para lucirlo para ti este fin de esmana? —me pregunta sacándome de mi ensoñación.

—¿De veras lo harías por mí?

—Por supuesto.

—¿Lo has hecho antes?

Ella no responde. Doy por cierta la respuesta y me revienta pensar que lo hubiera hecho para el cabrón de Nacho.

Cuando mamá flexiona las rodillas para sacarse el vestido por abajo, sus glúteos brillantes y redondos se abren, y yo aprovecho para enterrar mi cara en su entrepierna y darle una deliciosa lamida, percibiendo una humedad en su braguita, así como un aroma a sexo de madre cachonda que me enloquece.

—¡Haaaaah! —lanza un gemido mi madre, cerrando las piernas y reprendiéndome por haberlo hecho—. ¡Por Dios, niño, es que no te quedas quieto!

—Lo siento, mamá.

Regañado, pero complacido me dirijo sofá, me siento y disfruto de tan bello cuerpo semidesnudo. Es un espectáculo viéndola maniobrar con su sostén, mientras las esferas de carne bambolean sensualmente.

—¿Te ayudo a quitártelo, mami?

—¡No, que eres un niño sin modales!

Lanzo un suspiro desesperanzador, pero la sigo viendo, excitadísimo. Por donde se le mire, la rubia Sugey está exquisita. Es que mi suerte no puede ser más bendita. El sujetador que lleva puesto no es llamativo, pero sí lo son sus inmensas mamas, que se desbordan en su pecho cuando logra desabrocharlo.

—¡Ufffff! —jadeo.

Sus pechos están vibrando todavía mientras le cuelgan pesados. Estira una mano para alcanzar el brassier negro que elegí para ella, y en ese movimiento, ambas bubis se desparraman sobre sí. Ambos vuelven a temblar, y yo no puedo con mi excitación.

—¡Estás riquísima, mami!

Ella sonríe.

—Levanta mi sostén del suelo, mientras me mido el que me elegiste.

Me vuelvo a poner de rodillas, y tardo el mayor tiempo posible mientras veo cómo sus tetas bambolean ante cada movimiento.

Evito tener un contacto físico con ella, recojo el sostén que llevaba puesto y vuelvo a mi lugar, desde donde sigo contemplando sus tetotas.

Tengo unas enormes ganas de levantarme y morderlas, poner en mis dientes sus duritos pezones sonrosados, pasar mi lengua en esas dos areolas que parecen salamis de lo grandes que son, que no me doy cuenta que me he bajado la cremallera de mi pantalón, y por el hueco de mis bóxer y mi bragueta, me he sacado mi erección, que froto con mi mano y distribuyo en mi falo los líquidos pre seminales que escapan con hilos desde mi glande.

Mamá se da cuenta de que tengo el pene de fuera cuando ya se ha colocado el sostén, que le queda apretado, pero muy sexy.

Como pensaba, las transparencias de zona de los pezones y la areola lucen divinos.

—¡Por Dios, Tito… podría entrar alguien y …

—Le puse seguro a la puerta —le recuerdo.

—¡Métete eso en el pantalón, Ernesto, por favor, y deja de mortificarme!

—Quiero correrme primero, mamá. Tengo lo huevos llenos de leche, y me duelen desde que papá nos interrumpió esta mañana. Viéndote así, creo que con una masajeada que me dé, seguro me vengo pronto.

—¡Tito, por favor!

En cada movimiento, las tetazas de mamá bambolean y más me excito.

—¡Me duele el glande de tanto semen contenido, mamá! ¡Necesito correrme!

—¡Pero la chica podrí…!

—Si quieres acelerar mi eyaculación, entonces has algo por mí.

Cuando dije que quería que ella hiciera algo para correrme pronto me refería sin duda a que me modelara el sujetador sensualmente o algo parecido. Jamás esperé que hiciera lo que está haciendo.

—Ven, hijo, levántate y recárgate en la puerta.

—¿Mami?

No sé lo que intenta, pero hago lo que me pide.

Tengo el pene de fuera, y ante una expectativa inusual. Apenas me recargo, siento que el cosquilleo de mi vientre se vuelve voraz.

—¡Joder, má!

Mamá se ha puesto de rodillas frente a mí, y todavía con el sujetador que le di a probarse puesto, se ha bajado las tensas copas y las ha acomodado en la parte inferior de sus obesos senos, de manera que sus pezones están apuntando directamente a mi polla, y mi polla, a su vez, está apuntando directamente a sus bubis.

—Quiero que eyacules pronto, hijo, ¿vale?

—¡Pe…rooo! ¡Hoooooh mierdaaaaa!

Es imposible no gemir cuando tu madre te agarra la verga muy fuerte con una de sus manos y te la pone entre sus dos tetotas, para luego decirte:

—Fóllame las chichis, cariño.

—¡Hooooh!

Ella abre la boca, con sus dos manos levanta sus bultosas y pesadas mamas y las aprieta contra mi pene, para que la fricción sea más estimulante. Luego saca la lengua y yo siento que con solo esa postura tan guarra que ha adoptado ya me quiero correr.

Su intención es que yo comience a cogerle las tetas, mientras hago que choque mi glande con su lengua húmeda, con la cual lo lamerá en cada impacto, a fin de estimularme hasta eyacular.

Aquella estrategia no es la de una madre y esposa fiel y abnegada que tiene diez años sin follar con su marido. Más bien me parece experta.

Y eso me tiene loco. De pronto mamá es muy inocentona, se comporta con pavor, con vergüenza, y de repente, sin fa ni fe, se descubre como una golfa cualquiera que es capaz de hacer correr a su propio hijo haciéndole una rusa/cubana.

Este fino dolor en el pecho se me esfuma en cuanto inicio el vaivén. Mi pene se ve minúsculo entre esas dos enormísimas mamas. Vuelve a cobrar grosor y tamaño cuando mi glande se encuentra con la lengua de mi madre para darme unas ricas chupadas.

—Fóllame las tetas, hijo… ¡Fóllamelas!

—Ufff, mami… sí…

Acelero mis vaivenes. Ella aprieta más fuerte sus pechos contra mi verga, y sus pezones endurecidos se hunden muy fuerte contra mi pubis ante cada encuentro.

Las tetas de mamá son duras, su lengua ha soltado desde su boca una cantidad de babaza en cada impacto con la punta de mi falo, que la superficie de sus pechos se han empapado ya y se han vuelto muy viscosos.

Temo que el sujetador que ni siquiera hemos comprado se vaya a manchar, por lo que acelero mis vaivenes para correrme pronto.

—¡Splash plashs!

En cada golpeteo en aquella masturbación mamaria mi glande se vuelve más sensible. Sin advertirlo mi trasero golpea la puerta del probador insistentemente, y mis jadeos suben en volumen ante cada embestida.

—¡Huuuumhhhhggg!

Estoy muy cachondo. La calentura me ha llegado a la cabeza. La forma en que se desparraman las tetas de mi madre contra mi longitud me aturde, me erotiza. Encima está de rodillas delante de su hijo, y con la boca intentan sacarle la leche.

Ni mi madre ni yo nos esperamos oír la voz de la dependienta cuando doy un nuevo portazo, desde mi espalda y hasta el cristal.

—Señores, ¿todo bien? Llevan rato ahí dentro y…

—¡Señorita… se trabó… la puertaaa! —dice mamá, sacándose la carta bajo la manga como una experta—, estamos intentando abrigla pego go pogemos…

Mamá sigue con mi verga entre sus tetazas haciéndose una rusa. Mi glande golpetea una y otra vez su boquita mamoma, y de vez en cuando ella suelta un pecho para acariciarme los testículos.

—¡Hooooggg!

La mujer intenta abrir la puerta y manipula la perilla con fuerza, mientras las uñas largas de Sugey frotan mis huevos con cuidado.

—Parece que se ha atorado con algo —dice la dependienta desde el otro lado.

—¡Segugamente! —dice mamá, que suelta sus pechos y decide meterse de una vez por todas mi falo en su boca, cuya lengua empieza a frotar toda mi longitud.

—¡Iré por las llaves, señores! —nos dice.

—¡Aquí la espegamos! —responde mi madre con tal frialdad.

Yo estoy que me quemo de erotismo. Quiero gritar de placer, pero no puedo.

Las mamas de mi madre bambolean mientras ella me mama la verga con más ahínco. Sigue frotándome los testículos y la babaza definitivamente ya ha llegado hasta el suelo.

—¡¡¡Mamá!!!

—¡No vayas a manchar el sostén, cielo… no lo vayas a manchar!

—¡Me corro!

—¡Tampoco puedes manchar el piso! —me dice, sin solarme mi falo, que ahora lo masturba.

Su capacidad de respuesta ante una contingencia como esta es rápida. Como no podemos dejar rastros de mi semen, mi madre se quita con habilidad sus braguitas, logra hacerse hacia atrás, apartando las tetazas, y me cubre el glande por completo con ellas, recogiendo mis espermas cuando finalmente exploto.

Yo me estremezco sobre la puerta. Mamá sonríe, se levanta, se quita el sostén que le di a probarse, y se limpia sus enormes pechos mojados de tanta babaza. Finalmente limpia el sostén de la tienda y se pone el que traía.

—Vamos, Tito, límpiate la polla con mis bragas y acomódate el pantalón, que no tarda en venir la dependienta.

Estremecido, intento hacer lo que mi madre me dice. Lo cierto es que estoy casi por caer al suelo del éxtasis. El morbo que he pasado allí dentro ha sido indescriptible. Mamá chupándome la polla mientras la dependienta nos hablaba del otro lado de la puerta.

Cuando me doy cuenta, las braguitas que se quitó mamá han quedado manchadísimas de semen, y ella menea la cabeza, diciendo:

—Y ahora volveré sin bragas a la casa.

Una idea perversa se me ocurre mientras me recompongo, y ella lo nota al ver mi cara maliciosa.

—Póntelas así, mamá.

—¿Qué, Tito? ¿Así cómo?¿Estás loco?

—Por favor, má, me dará mucho morbo que las lleves puestas.

Mamá lanza un gran suspiro mientras se acomoda el vestido, y ambos escuchamos que a lo lejos alguien se acerca con un manojo de llaves.

—¿Mi bebé quiere que mami se ponga las braguitas llenas de la leche caliente de su propio hijo?

—Por fi, por fi…

Antes de que la dependienta manipule la cerradura, mamá mete un pie dentro de las bragas y luego el otro. Con una rapidez inusual se las sube y ella hace un gesto lujurioso acompañado de un pequeño gemido cuando siente mis calientes mecos adhiriéndose a su vagina mojada.

No sé qué ve la mujer cuando por fin abre la puerta, porque su mirada es de terror y curiosidad.

—No entiendo qué pudo pasar —es lo único que puede decir.

—Descuide —digo yo, saliendo de ahí rápidamente para quitarle hierro al asunto, entregándole los dos juegos de lencería que compraremos—. Pónganos estas para llevar, por favor.

La dependienta suspira, rarísima, y yo miro a mi madre con complicidad.

Me parece muy chistosa la forma en que mamá camina.

—Caminas como pingüino, mami.

—Cállate, majadero, que intento caminar con los muslos apretados porque tengo la impresión de que me va escurrir tu semen por las piernas de un momento a otro.

Me echo a reír, mientras mamá, enfadada, me da dinero para que pague las prendas. Trato de acomodarme la bragueta cubriéndome con el mostrador. Al poco rato recibo la bolsa con las prendas y la dependienta me echa una mirara rara.

Siento que ella sabe lo que hicimos dentro Sugey y yo pero no dice nada.

Finalmente salimos de la tienda, mi madre lo hace con precaución, andando lentamente y de mi brazo hacia la escalera eléctrica para volver a bajar, con sus bragas empapadas de mi lechita.

—¿Crees que huelo a semen, amor? —me pregunta ella, nerviosa.

—Hueles a mí, mami, sólo a mí.

Quiero besarla, pero ella me dice que no, que ya hay más gente que antes.

—Ahora sí, mami, considero que todo está listo para el viaje de mañana.

Ella respinga, todavía molesta, pero no deja de excitarle lo que ha pasado y de provocarle morbo llevar la leche de su único hijo varón entre sus piernas.

La ayudo a subirse al coche y cuando lo hace le aprieto una de sus redondas nalgas.

—Te amo, mamá.

—Y yo a ti, hijo, pese a tus locuras.

Mañana nos iremos a las 6:00 de la madrugada, para aprovechar el día.

Y yo sólo puedo pensar en que este fin de semana, entre las piernas de mamá, será el mejor que haya tenido en toda mi vida.