Corrompiendo a mamá 16
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De vacaciones con mamá. un fin de semana, en las cabañas, lejos de papá, donde todo pinta para ser terriblemente sexual y maravilloso.
CAPÍTULO 16//DE VACACIONES CON MAMÁ
Ya quiero ver a mamá a cuatro patas, con sus tanguitas puestas, con la negra haciéndole a un ladito la tira de la tela y con la roja separándole la abertura en medio de su vulva, con mis propios dedos, previo a la penetración.
Mientras subo nuestras cosas al coche que papá nos ha prestado a regañadientes, y mamá ayuda a terminar de hacer la maleta de Lucy, que se irá con los padres de su amiga Clarita, pienso en lo rico que la pasaremos este fin de semana.
Como mamá tiene un par de glúteos gigantescos, estoy casi seguro que el hilo de la tanga desaparecerá hundido entre las dos carnes en cuanto se la ponga. Me pregunto si será mejor desenterrarle el hilo con los dedos o con los dientes.
Pienso que si meto mi cabeza entre sus nalgas, podría morir asfixiado. ¿Pero hay mejor muerte que morir entre la cola lasciva de tu hermosa madre?
Lo que más me gusta de este viaje es que alejaré a mamá de Nacho. Un fulano que se ha ido metiendo a nuestra familia de manera alarmante, y yo apenas consciente de él.
También creo que ésta será una oportunidad ideal para descubrir lo que ella se trae con él. Me siento confiado de que podré persuadirla para sacarle cualquier tipo de información.
¿De verdad es su amante? ¿Lo fue? ¿Actualmente la tiene chantajeada? ¿Qué motivación llevaría a mi progenitora a tener una amistad con él, y luego, cuando vino a nuestra casa, mostrarse tan asustada? ¿Qué hay de todo esto con mi hermana Lucy, quien también lo conoce y parece tenerle un miedo brutal?
Este fin de semana lo tomaré como un momento oportuno para agarrar fuerzas, hacer el amor con mamá, y desconectar de todo. A lo mejor, también, en una descuidada puedo disfrutar de Elvira (y de paso le pido perdón por haberla dejado plantada aquél día).
—¡Quiero ver que me regreses el coche todo jodido, Tito, y no veas la que te esperará!
Es papá, que desde su cuarto, ha lanzado un grito.
—¡Voy a cuidar el auto, papá! —le recuerdo.
—¡Bien, pues ya váyanse, y abandónenme, entonces! Joder con la ingratitud. Toda una vida manteniendo esta casa, proveyendo vestido y sustento a esposa e hijos, dándoles colegio, servicios, para que un día todos, malagradecidos, decidan largarse un fin de semana y abandonarme como una rata solitaria.
Tuerzo un gesto. Ahí viene la parte chantajista donde papá pretende hacernos sentir mal tras su violencia emocional.
—Puedes venir con nosotros si quieres, papá —le recuerdo, encogiéndome de hombros.
Arrastro la última maleta a la puerta de la entrada de la casa, que corresponde a Lucy, pues los papás de Clarita ya avisaron que están por llegar.
—¡¿Y perderme la final nacional de futbol por ir a perderme entre lobos, a celebrar el cumpleaños de una fulana de dudosa reputación?! De ninguna manera.
Mamá se encuentra conmigo en el recibidor y hace un gesto que me indica que papá está loco y que no hagamos caso.
—¡Pero ojalá que cuando lleguen el lunes me encuentren muerto, y verán cómo los remordimientos no los dejarán estar en paz nunca más en sus vidas!
—¡Joder, papá! —digo, haciendo una mueca—. ¡Qué fatalista eres! Te estamos invitando a las cabañas de Arteaga y tú no quieres venir, así que no nos culpes de tu mal humor.
Alguien toca el claxon y Lucy sale corriendo de su cuarto, vistiendo una faldita muy corta que enseña sus bonitas piernas rosadas, su culito respingón, y una blusita de botones que difícilmente contienen sus dos bubis inflamadas que cada día que pasan se vuelven más grandes.
—¡Nos vemos el lunes, papá! —grita mi hermana hacia la segunda planta, donde nuestro padre respinga.
—¡Ahí va mi hija traidora, la más consentida! ¿Qué habré hecho yo para merecer tanta ingratitud, Dios mío?
Me tapo la boca para evitar la risa. En serio que papá se está pasando dos pueblos con sus chantajes.
Lucy le da un beso en la mejilla a mamá, mientras ella le advierte:
—¡No quiero que los padres de Clarita me den quejas de ti, Luciana, pórtate bien y nos vemos en un rato en Arteaga!
Lleva puesta también una mochila y dos coletas escolares. Al pasar junto a mí, se cuelga de mi cuello, me besa muy cerquita de la boca sin que mamá se entere, y pega bastante sus pechos duritos contra mí.
—¡Nos vemos más tarde, chango!
Veo cómo mi hermanita sale saltando hasta el coche de los padres de Clarita, y aprecio la forma en que su faldita, que la asemeja a un sexy personaje hentai, se alza hasta enseñarme sus diminutas braguitas.
Veo cómo mi hermana y la familia de su amiga se marchan y entro a casa de nuevo para decirle a mamá que se despida de papá, porque ya es momento de marcharnos.
***
Al final uno nunca sale de viaje a la hora que se había planeado. Ya pasan de las siete de la mañana, y después de una escenita de coacción que mi padre ha hecho a mamá, por fin vamos saliendo de la cochera de casa.
Mamá viste unos pantalones de mezclilla que aprietan completamente sus anchas caderas y su abombado culo, que rebota en su cola cada vez que camina. Primero uno, y luego otro. Por blusa se ha puesto una camiseta blanca ajustada, de cuello “V” que, de no ser por el abrigo que tiene encima, enseñaría hasta la mitad sus regordetas bubis.
—No te preocupes, má, lo de papá tira ya en el chantaje emocional. No le hagas caso. Sobrevivirá a este fin de semana sin ti.
—Lo sé amor, de todos modos no deja de preocuparme dejarle solo. Ahora veo a quién saliste de caprichudo.
Me echo a reír mientras tuerzo a la avenida.
—Lo que pasa es que papá no está acostumbrado a servirse solo. Todo el tiempo eres tú quien le lava la ropa y le hace la comida. Últimamente hasta le quitas los zapatos y los calcetines. Te he visto hacerlo.
—Bueno, que también a ti te lavo y te sirvo la comida, ¿eh, hijo?
—La diferencia es que yo también lavo de vez en cuando mi ropa, sé hacer comida y puedo servirme. Podría sobrevivir ante una hambruna. Papá no. Él es muy atenido, y en eso no salí a él.
—Lo sé, mi caballerito. En buenos modales e independencia sí que saliste a mí, a tu mami que te ama tanto.
—También en lo cachondo salí a ti —sonrío malicioso.
Mamá jadea y se pone colorada.
—Digo que salí igual de cachondo que tú, mami. Tú eres una hembra cachonda, que se pone caliente ante cualquier provocación. Ya lo he confirmado. Seguramente ahora mismo te estás humedeciendo por imaginar lo que viviremos este fin de semana en Arteaga.
Mientras conduzco veo que ella aprieta los muslos, como si quisiera contener la acuosidad que ha surgido en su entrepierna.
—¿Te has puesto duro, al imaginarme mojadita, amor?
—Sí, mami, mucho. ¿Quieres tocarme, para que veas?
Ella vuelve a jadear. Escucho un suspiro, y aunque era posible que rechazara mi invitación, siento cómo su pequeña mano traviesa está frotando mi entrepierna.
—Hummm, mi bebé —jadea, sorprendida—, lo estás, cariño, muy durito que estás.
—¿Y tú, mami? —digo conteniendo el aliento—, ¿he adivinado y estás tan mojadita como pienso?
Siento un cosquilleo en mi pubis mientras los dedos de mi madre acarician mi erección por encima de mi pantalón, con atrevidos movimientos.
—Uy, sí, bebé, estoy empapada.
—¿Por qué, mami, por qué estás tan mojadita?
—Porque fantaseo, mientras conduces, la forma en que me follarás, a solas, escondidos en una cabaña para ti y para mí, en la que nadie nos molestará. Alejados de todos, alejados de nuestra propia moral.
Su mano sigue frotándome mi paquete. Lo hace con tanto erotismo que no puedo evitar estremecerme.
—¿Verdad que podré follarte las veces que yo quiera, mami?
—Sí, mi bebé. Este fin de semana, mami será tuya completamente.
No puedo creer que mamá esté abriendo mi bragueta, mientras tomamos la carretera que nos llevará a las montañas de Arteaga, donde nos esperan las cabañas y un par de días de placer.
—Entre otras cosas, mi vida, voy a llevarme a la boca tu pene erecto, y frotaré tu glande con la punta de mi lengua, hasta que se ponga tan dura como ahora y empieces a secretar humedad, tus líquidos presiminales, los cuales saborearé en mi paladar, para luego tragármelos.
—¡Ohhhh, Diooos! —gimo, cuando los dedos de mi madre buscan mi falo entre el hueco de mi bóxer y lo saca al fin, estremeciéndome.
—Voy a jugar con tu pollita en mi boca, mi bebé. Chuparé desde la punta hasta tus huevitos, sin parar. Voy a frotar todo tu trozo con mi lengua y cuando llegue de nuevo a tu glande caliente, lo voy a morder con cuidado, hasta que un escalofrío recorra tu piel.
Sugey ha rodeado mi pene con su mano izquierda, y ahora lo frota, de arriba hacia abajo. Sus manos deben de percibir lo caliente de mi miembro, y mi corazón de no deja de palpitar desbocado.
—Si sintieras cómo estoy de mojadita, mi amor… —Su voz es erótica. Parece una actriz porno que hablara al protagonista de la escena. Hace un puchero sexoso, y aprieta con más fuerza mi circunferencia.
—Mejor te toco yo, mi caballerito, es más seguro mientras conduces.
—Y mejor sentirás más adelante, amorcito, cuando estemos solitos en esa cabaña, sobre una cama grande con sábanas lisas, en las cuales nos deslizaremos, desnudos, tú arriba de mí, luego yo arriba de ti… los dos friccionándonos, un cuerpo sobre el otro, con mis pezones en tu boca… con mi tu pene hundido dentro de mi útero caliente, chorreante…
Mi madre me sigue masturbando.
Ni siquiera soy capaz de mirarle los senos que ahora lucen turgentes dentro de su blusita, ahora que se ha abierto el abrigo. Sólo sé que se sigue friccionando las piernas, para no chorrearse demasiado.
Y su mano se desliza sobre mi tronco, abrasador, que ya gotea de la punta, con mis testículos repletos de leche.
Y justo cuando siento toda la adrenalina en el glande, mamá interrumpe la paja, se vuelve a su asiento, y me deja con el pene erecto, mientras acelero fortísimo.
Ella sonríe, perversa, mientras lleva los dedos a su boca. Los mismos dedos que están impregnados de la humedad de mi miembro.
—¡Sigu…e… mam…á! ¿Por qu…é has para….dooo?
—No voy a desperdiciar tu semen, mi bebé.
—¡Joder, mami… me duele…me duelee… hazme eyacular… Joder…!
—¡Lo quiero en mi boca, en mi panochita, en mi colita, en mis pezones, donde sea, menos en mi mano! No, hijo, no voy a desperdiciar tu semen. No ahora.
***
Hemos llegado a los límites de Arteaga, y lo hemos hecho en silencio. No le perdono a mi madre lo que me ha hecho.
—¡Podría demandarte por atentado de asesinato, má! —le reclamo—. ¡He sabido de hombres que han muerto por no eyacular, cuando estuvieron a punto!
Mamá se ríe sin culpa, sabiendo que ya hemos ascendido la montaña. Menos mal el coche de papá ha soportado la trepada.
—Me lo has dicho durante todo el camino, hijo, incluso mientras desayunábamos en aquel paraje.
—¡Es que te has pasado, mamá, te juro que te has pasado!
—¿Y qué pasaría si yo decidiera ya no tocarte, para que veas lo que se siente?
Nos estacionamos en la entrada del complejo de cabañas, donde un montón de vehículos están llegando, y la miro.
—¿De veras dejarías sin estrujar estas lindas bubis, que he cuidado para ti, amorcito?
Mami hace un puchero infantil que me excita, mientras junta sus dos pechos, sobre su camiseta, dando la impresión de que se desparramarán en cualquier momento.
Carraspeo, enojado, y mamá continúa, relamiéndose los labios, mientras me dice:
—¿En verdad dejarías que mami se tenga que dedear solita para saciar las ganas de ser follada que tiene? —Tiemblo de arriba abajo. Mi pene se pone duro otra vez, y mi vientre cosquillea—. ¿En verdad serías capaz de dejar que mami se tenga que limpiar solita con sus yemas toda la humedad de su conchita mojada, caliente y palpitante?
—Eres mala, mami, muy mala, sabes bien que no podría dejar de tocarte en cuanto te tenga desnuda.
Ella sonríe, victoriosa, y yo sólo trato de acomodarme el pene debajo de mi pantalón, para que el bulto no se note cuando nos bajemos.
Hago una mueca, pero no me de otra.
—Pero voy a vengarme, mami, un día de estos voy a vengarme.
Ella sonríe, y descendemos del vehículo.
Mucha gente piensa que México es un desierto, y mucha culpa tienen los yankees, que en sus dibujos animados o películas, muestran al país con tonos sepias, amarillos y feos, cuando justo ahora, entre montañas y verdor, constato que tenemos el mejor clima del mundo, pues no tenemos extremos como en otros sitios.
Bien puede nevar en invierno, o hacer calor en verano, como ahora. Pero los veranos son templados, a diferencia de muchos lugares, toda vez que las lluvias de las tardes refrescan los bosques, los árboles, las calles, los cielos, y ese frescor hace que el tiempo se vuelva propicio para disfrutar de paz y armonía.
Luego están las noticias, donde sólo se habla del narco, haciendo creer al mundo que estamos en guerra, o que cuando sales a la calle te matan al dar el tercer paso, cuando la realidad es que se matan entre ellos, y que toda la ciudadanía vivimos en paz mientras no cometas la estupidez de meterte en sus rollos.
¿Y qué tal las noticias tendenciosas donde nos ponen como que vivimos en la pobreza extrema, y que todos saltamos muros, cuando es bien sabido que la mayoría de mexicanos tenemos visa para viajar cuando se nos pegue la gana, y que desafortunadamente quienes a últimas fechas tienen que padecer la penosa necesidad de pasar ilegalmente, son muchos centroamericanos y sudamericanos?
Y es curioso, que ahora que hay guerra en Rusia y Ucrania, y con la inflación al extremo, ahora sean los estadounidenses quienes tienen que cruzar la frontera a robarnos (por decirlo de algún modo) la gasolina, ya que aquí, al ser un país petrolero, cuesta mucho más barata.
Hago esta acotación, porque llegamos a Arteaga casi al mediodía, ya que había una fila enorme en las estaciones de gasolina, porque se había terminado.
—No es posible que por culpa de los gringos, ahora se esté escaseando la gasolina en nuestro país —le digo a mamá mientras le ayudo a bajar del auto.
—Será temporal, cielo, mientras se estabiliza el suministro de petróleo. Vivir en un estado fronterizo con Estados Unidos puede traer repercusiones como estas. Ya ves en la época de la Covid, cuando se vaciaron las tiendas de Texas, y los gringos hacían filas en los supermercados de nuestras ciudades.
—¡Tardamos tres horas esperando gasolina! ¿Es lógico, en un país petrolero? Encima tú me dejas con la leche en la punta del glande.
—Ay, por Dios, hijo, ¿qué tiene que ver tu no eyaculación con la escases de gasolina?
Giramos hacia atrás, y casi se me salen los mocos por los ojos cuando veo a don Roberto, el marido de Elvira, que se acerca a nosotros.
¿Cómo se actúa ante el cornudo de tu amante?
—Sugey, querida, qué bueno que has llegado, quiero entregarte la llave de una de las cabañas que se han reservado para ustedes. Hola, muchacho, ¿Toto te llamas?
—Tito —digo, casi tartamudeando, notando que el hombre es un poco mayor que papá, y que tiene una gran alopecia—, quiero decir, Ernesto, pero me llaman Tito.
—Bien, bien. Elvira ha tenido que bajar al pueblo por más refrescos con mi hijo.
—¿Cómo? —pregunto aún más nervioso—, ¿Gerónimo está aquí?
—Claro. Vino a pasar el fin de semana para la fiesta de su madre. Mi mujer jamás se lo perdonaría.
Y encima mi mejor amigo estará aquí, también. ¿Cómo lo veré a los ojos, después de haberme beneficiado a su madre? Y yo pensando que podría tener una oportunidad para follármela en algún momento.
—Tu hija ya llegó hace rato con los señores Solórzano —nos dice el marido de Elvira, mientras mi madre se sujeta de uno de mis brazos—, está en la cabaña que está cerca del acantilado.
—Me alegra, Roberto, gracias por avisarme, más tarde la veremos. ¿Qué cabaña nos tocó a mi hijo y a mí?
—Quedan dos, pero seguramente ustedes querrán la que está cerca de donde Lucy, ya que la otra está casi en la orilla y está claro que t…
—La de la orilla —dice mamá de inmediato—, quiero quedarme en la cabaña de la orilla.
Don Roberto pela los ojos, asombrado.
—Creí que querías estar cerca de Lucy.
Trago saliva y me pregunto qué responderá mamá.
—Qué más quisiera, Roberto —se excusa ella, y veo cómo el marido de Elvira posa sus ojos en los grandes pechos de mamá, que sin el abrigo lucen brillantes por el sol—, pero ya ves cómo son los muchachos de hoy en día. Ella no se sentirá cómoda si cree que la estoy vigilando, así que le daré su espacio. Menos mal viene Tito conmigo, y me acompañará.
¿Quién podría ver raro que una madre y su hijo se quedaran solos en una cabaña alejada de las demás?
—Sí, me alegro por ti, querida, que hoy en día los hijos ya no quieren acompañar a sus padres. Es una pena que Lorenzo no haya venido, mira que trajimos una antena para ver mañana la final de futbol.
Joder. Menos mal papá no se ha enterado de eso, o aquí estaría.
—Bueno, Roberto, nos iremos a instalar.
—Bien, bien, Sugey. Nos vemos a las dos de la tarde, para la comida. Nos reuniremos en la cabaña central del complejo, junto al río, allí será la comida y otras actividades.
—¿Otras actividades? —pregunto con curiosidad, mientras sorprendo al cabrón cornudo degustando de la mitad de los pechos desnudos de mi cachonda madre.
—Sí. Elvira ha preparado varias actividades para estos dos días. Habrá bailes, comida, y por la noche, después de la cena, un organizará un juego sólo para adultos.
—¡Por Dios! —exclama mamá, contrariada.
Don Roberto me mira a mí, escrupuloso, diciendo:
—Los jóvenes tendrán sus propias actividades en otro sitio, para que no molesten. Pero bueno, los dejo instalarse. Nos vemos a las dos para la comida.
—Ahí estaremos sin falta, Roberto.
—Y tú, muchacho, cuida de tu madre, que la cabaña está un tanto alejada, y ella es muy guapa para dejarla sola por ahí.
—Descuide, don Roberto, yo cuido de mi madre, pero usted también cuide de su mujer.
Rabioso, llevo a mamá a nuestro coche para acercarlo a la cabaña que nos tocó.
***
—¿Por qué le has dicho eso a Roberto? —me regaña mamá cuando llegamos a nuestra cabaña—. Se lo podría haber tomado a mal. Has sido muy grosero, Tito.
—Te estaba viendo las tetas, mamá ¿no te enteraste?
—Tú también me las estás viendo, niñito majadero.
—¡Pero yo me las voy a comer, y él no!
Ella sólo ríe y entre los dos bajamos nuestras cosas y entramos a la cabaña, que a simple vista es muy acogedora.
Hay ventanas en los cuatro puntos cardinales, una pequeña sala de estar, una habitación al fondo, y una chimenea frente a un camastro largo donde bien podríamos caber mamá y yo.
La cabaña tiene un techo de dos aguas de prolija madera de pino, y todos los muros son de piedra caliza que le dan a la finca un esplendor delicioso.
—¡Hey, hey, muchachito, aplaca esas manos! —me dice mamá cuando me froto en ella y comienzo a amasar sus pechos—, no habrá ninguna clase de toqueteo hasta que no hayamos instalado nuestras cosas, ¿vale?
Hago una mueca de desaprobación.
—Ni siquiera una mamadita —responde—, ya podremos hacer todo lo que quieras más adelante, ¿entendido? Primero lo primero.
De prisa, empiezo a meter algunas cosas a la alacena mientras mi madre acomoda nuestra ropa en la única habitación que hay en la cabaña. Es una cama grande, a la que le daremos una gran utilidad en estos días.
Cuando entro al cuarto, veo que mamá se ha puesto un vestidito azul marino tan corto, que a cualquier movimiento se le ve lo redondo de sus nalgas. Los pechos se le figuran muy bien en la parte alta, así como el canalillo que sobresale en el escote. Menos mal estamos solos, o alguien podría pensar lo peor.
Verla así, tan sexy, tan relajada, con unas sandalias que enseñan sus uñitas de color coral, me pone caliente, y duro. ¡Ya quiero follarla, joder!
Pero lo haremos hasta que terminemos de instalarlo, me lo ha prometido. Mientras tanto, intento que mi mente me olvide que quiero comerme ese culote y esos melones de carne.
—Mamá, me preocupa un montón ese juego exclusivo para adultos del que habló don Roberto.
—¿Y por qué te asusta? —me dice, mientras dobla algunas prendas en el closet de madera.
—No sé. Tú sabes que Elvira está muy loca, y podría idear cualquier cosa que te perjudicara.
No puedo decirle a mamá que me he follado a Elvira, que hemos pasado momentos juntos, y que sé sus alcances cuando se trata de ser una verdadera zorra. Encima hará cualquier cosa para vengarse de mí, toda vez que la dejé plantada varias veces.
—¿Qué podría idear Elvira para perjudicarme, cielo?
—Yo qué sé —me encojo de hombros, echándome a la cama, que es tan blanda, que sé que los dos desnudos allí, será una experiencia fabulosa—, pero sé que algo malo podría pasar.
—No si estás a mi lado, mi niño —me sonríe.
Se pone de puntitas para abrir un cajón alto, y puedo ver cómo su braguita negra resplandece en su enorme y delicioso trasero que ya quiero perforar.
—Roberto ha dicho que es un juego para adultos, má, y que a los jóvenes nos enviarán a otro lado.
—Pero también entro en la categoría de joven. Cuando habló sobre los “jóvenes” me volteó a ver, o sea que me incluyó en el paquete. No querrá que esté contigo en ese juego. Me da mala espina, mami.
—No pienses en eso, cariño, y mejor ayúdame a desempacar, vaquetón, que luego quiero que busques a Lucy, que me preocupa que haya venido con su noviecillo.
—¿Su noviecillo? —me entra un temor de pronto—. ¿Por qué no me dijo que vendría su noviecillo?
—Evidentemente no lo hizo público porque tu padre no lo habría aprobado.
—¡Pues ni yo tampoco, má! ¡No apruebo que Lucy haya venido con su noviecillo!
—¿Ahora vas a celar a tu hermana, Tito?
—Trato de protegerla, mamá, así como intento protegerte a ti.
—Que hijo tan protector tengo.
—No te burles, mamá, que lo digo en serio. Ambas son mis dos mujeres, y voy a cuidarlas por igual. Y no me parece en absoluto que haya venido al complejo de cabañas su tal “noviecillo” y que tú se lo hayas solapado.
Cuando se pone de puntitas de nuevo, vuelvo a ver cómo su faldita se levanta y la mitad de su culazo brilla ante mis ojos. Trago saliva y cierro los ojos un momento.
—Cielo, no fue solaparla, fue tratar de ser condescendiente. Tú sabes que entre Lucy y yo no hay una relación tan armoniosa como quisiera y…
—Y solapando sus travesuras pretendes ganarte su confianza, ¿no?
—Lo prefiero antes que haga las cosas a escondidas, Tito. No seas tan duro con ella.
—¡Lucy es una niña! —le recuerdo.
Luego pienso en cómo le han crecido sus senos rosados, sus caderas y sus nalgas y el corazón me palpita fuerte.
—Ya es una mujercita, hijo, y precisamente por eso tengo que cuidarla.
—Pues no la cuidas bien si permitiste que se viniera con su novio aquí.
—No pasará nada, porque el muchacho se quedará con el hermano de Clarita. Fue un acuerdo. No se quedarán juntos.
—Tú no conoces las mañas de los chicos de ahora, má.
—Bueno, ya cuando tu hija salga preñada, entonces a mí no me digas nada.
—¡Pero qué fatalista eres, Ernesto, te pareces a tu padre en eso!
—Y tú qué confiada eres, Sugey.
—Mira, hijo, en este viaje conoceremos a ese muchacho mucho mejor. Será su prueba de fuego. Si vemos que es una mala influencia o algo parecido, entonces se lo contamos a tu padre, y que sea él quien prohíba a Luciana que no se vea más con él. Así Lorenzo asume el problema y yo no pierdo puntos.
—Será como tú quieras, mamá, pero como vea que ese cabrón le hace mimos exagerados, le daré un puñetazo.
—Ahora me voy a poner celosa yo, ¿eh?
—Celas más a tu hermana que a mí —hace un puchero que me estremece, volteándome a ver.
Aunque, a decir verdad, lo que yo más miro son sus gordos senos, que bambolean cada vez que se mueve.
—Mami, no digas tonterías, que sabes que a ti te amo de otra manera.
Ella vuelva a sonreír, y a doblar su última prenda.
—Irás con tu hermana para ver cómo está, amorcito, luego, mientras tanto, me preparé para que cuando regreses… hagamos el amor.
—¡¿En verdad, mamá?! —se me endurece mi miembro cuando sé que por fin ha llegado el momento.
—Sí, corazón, en verdad. Cuando vuelvas follaremos muy rico, como una preparación para lo de esta noche.
—¿Qué quieres decir, má? —no puedo evitar sobarme el bulto.
—Quiero decir que esta noche sea especial, cielo, por eso voy a usar la lencería negra que compramos en la tienda —me dice, acercándose al tocador del cuarto para hacerse una trenza en su rubia cabellera—. Mañana usaré la roja, pero hoy la negra.
Mientras avanza, me regodeo en las vistas de sus majestuosas nalgas que bambolean debajo de su vestidito.
—Uf, mami, ya quiero que sea de noche.
—No comas ansias, mi bebé. Estoy segura que te gustará mucho lo que me pondré.
—Y a unos tacones bonitos que contonearán mi figura.
¡Joder! No puedo parar de imaginarme lo que será verla así vestida.
—¡Uf, ya no sigas, mami, que no podré contenerme!
—Tendrás que hacerlo, cielo, mira cómo se te ha puesto de dura, según lo que veo en tu pantalón.
—Tú tienes la culpa, mami, por anticiparme mi fantasía.
—Sí, má. Mi fantasía siempre fue cogerme a una milf, como tú, con un conjunto de lencería de encajes, medias y ligueros, zapatos de tacón y muy maquillada. Me excita mucho eso, mami.
—Vaya con mi niño tan travieso.
—¿Tú tienes alguna fantasía que quisieras cumplir?
—¡Perdón, perdón, perdón! Prometo ya no mencionar su nombre. Mejor dime, mamá, ¿con quién?
—Contigo, obviamente, tontonazo.
Veo sus sensuales ojos azules mirándome a través del espejo, mientras yo me sobo la bragueta.
—Mami, ¿esta noche puedo cogerte de perrito?
Ella se asombra mientras se trenza, pero sus ojos se le iluminan tras mi petición.
—Sí, a cuatro patas. Quisiera tener unas vistas cachondas de tu cola mientras te follo duro.
—Hummmm, amor, eso suena muy bien.
—En esa postura podrás darme unos deliciosos cachetazos en las nalgas —me incita.
—Oh, sí, quiero darte nalgadas.
—Muchas, mamá, muchas nalgadas, hasta que tu culo se ponga rojo.
—¿Vas a nalguear a mami mientras mantienes tu pene dentro de ella?
—Sí. Quiero nalguearte mientras tengo mi verga dentro de tu concha.
—También tiraré de tu pelo. Mira, ahí en ese espejo por donde me miras, cogeremos muy rico justo en una posición que nos refleje. Así verás tu cara de lasciva mientras lo hacemos.
—¿Verdad que sí? A mí también me gusta la idea, mamá. Iré a ver a Lucy, que ya quiero volver para estar en la cama contigo.
Salto de la cama y voy corriendo, a pie, pisando pastizales, atravesando pinos y encinos. Busco la cabaña donde está mi hermana pero no la encuentro.
—¡Eh, Clarita! —le digo a la mejor amiga de Lucy—, ¿has visto a mi hermanita? La estoy buscando, para darle un recado de mamá.
—Estaba hace un rato aquí, Tito, andará con su novio.
—Bueno, le dices que nos vemos a la hora de la comida, que no se desbalague.
Vuelvo corriendo, caliente, durísimo, a mi cabaña, pues ya quiero estar entre las piernas de mi madre. Al entrar, cierro la puerta con llave, para que nadie entre sin avisar, ni siquiera Lucy. Me quito los zapatos y el pantalón en el camino, y al entrar al cuarto veo que mi adorada madre me espera desnuda, en el borde de la cama. A cuatro patas, ondeando su obeso culote de un lado a otro, con sus dos manos separando una nalga de la otra, y veo sus dos agujeritos brillantes.
—¿Por qué esperar a que me cojas de perrito hasta en la noche, amor, cuando podemos hacerlo desde ahora?
Mamá está completamente depilada de la vulva, como me lo prometió. Sus labios verticales babean un montón, se encuentran hinchados, mojaditos, acuosos, babositos, listos para darles una ricas chupadas.
Y su recto luce oscurito, sin dejar de lado lo rosado de su textura, cerradito, virgen. Y yo contemplo semejante manjar, caminando hacia la cama, notando cómo sus adorables tetas cuelgan gigantes y blandas sobre la cama.
—¿Sabes lo que más me gusta de estar en la cabaña más alejada de las demás? —me pregunta mamá, moviendo su culazo.
—¡Que así podré bramar como una auténtica puta mientras me follas!
Joder. Me estremezco al oírle decir cosa semejante. Es muy fuerte para mí que mi propia madre se considere así, “una auténtica puta” y que me lo diga sin ningún pudor. Aun si me excita demasiado y hace que se me ponga dura la polla, pero también, de pronto, tengo un ligero nerviosismo en mi interior.
¿Y si, después de las experiencias que hemos tenido, no doy la talla? Aquí ya no tendremos que escondernos ni contenerlos.
Aquí ya no podremos hacer más sino dar rienda suelta a nuestra pasión.
—¡Vamos, hijo, métele la verga a tu mami, que lo estoy deseando!
Y cuando me acerco, con las dos manos se abre aún más sus deliciosas nalgas para mí.