August 16

Corrompiendo a mamá 17

/ ENTRE LAS NALGAS DE MAMÁ

Tiempo estimado de lectura: [ 21 min. ]

Durante estas vacaciones en las Cabañas de Arteaga, me toca estar entre las nalgas de mamá

—¡Joder mamá! —exclamo, cachondo, y mi sexo erecto.

Se me hace agua la boca de solo verla.

La rosada rajita de mi madre brota hacia afuera, húmeda y sustanciosa. Las uñas largas de sus manos, de color coral, se entierran en la gordura de sus nalgas.

Sugey está en el filo de la cama, con su rubia cabellera atada en una trenza que le cuelga por el derecho de su cuello.

—¿Te gusta lo que ves, hijo? —me pregunta seductora, moviendo la cola de un lado a otro, abriéndose las nalgas y enseñándome sus dos orificios, el recto y la vagina.

Sus hermosos pies lucen sonrosados, y sus prominentes muslos y piernas tiemblan ante cada movimiento obsceno de mamá.

—Jamás creí verte tan… así… mami…

—¿Tan cómo, amor?

—Tan… —quisiera decirle tan “puta” pero empleo la palabra —“atrevida”.

—Acércate, hijo, y tócame suave, lento, pero profundo —la escucho gemir mientras ondea las nalgas de un lado a otro, en círculos, como péndulo—. Introduce tus dedos en mi abertura, amor, y báteme mis jugos. ¡Estoy muy cachonda, mi bebé! ¡Acaricia a mami, vamos…, vamos, cariño, toca a mami como quieras!

Mis manos están sudorosas. Mi corazón palpita fuerte, con ímpetu. Mi pene se endurece completamente y apunta la cabeza a su agujero. Mis testículos, que están llenos de leche, se comprimen y se ponen tan calientes como un comal al rojo vivo.

—Joder…

Levanto mi mano temblando. Estiro mis dedos medio y anular, y finalmente palpo su humedad de abajo hacia arriba, que se mojan y estilan al tacto.

—¡Hoooooh! —jadea mi progenitora, temblando.

—¡Ufff, má!

Mis dedos están estilando de su entrepierna. Los acerco a mi nariz y aspiro. El aroma a madre cachonda me excita demasiado.

Miro de nuevo su raja y devuelvo mis dedos a ella, que se vuelven a inundar al tacto. Mamá se estremece, lanza un nuevo jadeo, suelta sus uñas de sus nalgas y estas se cierran, dejando atrapados mis dedos en la entrada de su vagina.

—¡Hoh, hijo, hoooh!

Su entrepierna luce brillante, como si fuese una recóndita gruta recién descubierta con aguas termales que hierven al tacto.

Saco mis dedos y ahora me los llevo a la boca, así mojaditos como están. Los saboreo y el paladar prueba los sabores cachondos de mi mami.

—Estás cachondísima, mamá, mira cómo escurres —le digo impresionado.

Alicia, mi ex novia, jamás chorreó de esta manera. Es más, dudo que alguna vez se haya humedecido tanto. En cambio mamá, una hermosa milf calentona, no sólo chorrea, sino que escurre de placer. Sus muslos brillan de la humedad de sus propios flujos. Y a mí me fascina que esté tan cachonda.

—¡En verdad estás escurriendo, mami!

—Así me pones, amor, así me pones… anda, bebé, cómeme la choncha, por favor.

—¿Quieres que tu bebé le de unas chupadas a la concha de mami?

—Lo estoy deseando.

—Gime para mí, mami, por favor…

—¡¡Haaaaaaah!! —jadea, impulsada por mi pedimento y porque vuelvo a pasar mis dedos por su rajita.

—¡Chúpame amor…! —lloriquea, cachonda, ondeando el culo—, ¡chúpale la rajita a mami… ahora!

—Sí, má, sí… lo que quieras haré.

Me pongo de rodillas detrás de su enorme cola y la fragancia de sus pulpas encharcadas inundan mis fosas nasales.

Así, tan cerca de sus genitales, redescubro que mamá se ha depilado el pubis como una bebé recién nacida. Acerco más mi cabeza a ese trasero obeso y confirmo que sus labios vulvares brillan y que son tan acuosos como gorditos. No tienen un solo pelo.

—¡Luces divina, mamá! —la halago, tragando saliva y acercando mi nariz, que la cosquillean.

De nuevo me intoxico con su aroma a hembra, y es cuando abro la boca, saco la lengua y le doy la primer chupada a toda su rajita.

—¡¡¡¡Uuuuummm!!!! —llora de placer—, ¡¡¡sí, justo así!!!

—¡Joder, mamá!

Sus labios verticales gotean con frenesí. Apenas me puedo contener. Son tan rosados como sus pezones, un poco más oscuritos, quizá, pero rosados, como toda ella.

—¡Vamos, cariño, bésame ahí abajo! ¡Sigue!

De sus gordas caderas la sujeto, y la arrastro un poco más hasta el borde de la cama, donde acerco mi cara en su entrepierna, cuyo aroma sexual a madre libidinosa me hipnotiza.

—Estás chorreando, mami —insisto, porque de verdad su humedad es exorbitante.

—¡Ho… sí… síiii!

Y hundo mi cara en su conchita caliente y siento cómo mi lengua ingresa entre sus viscosos labios, dando grandes y prolongadas lamidas. Mi paladar se vuelve saladito, y cuando empiezo a chapalear, mamá cierra sus muslos y me aplasta la cabeza, seguido de un fuerte:

“¡¡¡¡¡Hooooohh!!!!”

“Muuuammmgmmhhh”

“¡¡¡¡¡¡¡HaaaaaaAAAAaaahhhh!!!!!!!”

“Muuuuammmahggga”

“¡¡¡Haaaaaahhhhaaaaa!!!”

Sugey desprende más secreciones por el estímulo que le da mi lengua, y con uno de mis dedos palpo con la punta su clítoris.

—¡¡Vamos, hijoooo, vamoooos!!

Muuuammmgmmhhh

—¡Qué gustoooo! ¡Sigue! ¡Sigueeeee!

¡¡¡Muuuammmgmmhhh!!!!

—¡Joder mi amorrrr!

Destensa un poco sus muslos de mi cara y aprovecho para enterrar un dedo en su interior.

—¡¡Hoooooh…. Diooos!!

Sobo su nalga derecha y luego le doy un cachetazo que enrojece su piel.

“Haaaaah” grita ella de placer.

Inmediatamente después hundo mi cara dentro de su sexo y le doy nuevas chupadotas de rajita. Su vagina palpita caliente. Y ante cada lamida, parece que desprende flujos sexuales.

De vez en cuando sobo mi polla, que está sumamente erecta y caliente.

Me separo, sobo ahora su nalga izquierda, y después le doy una fortísima nalgada.

“¡¡Hoooooh síiiii!!

—¿Te gusta que tu hijo te nalguee, mami?

—¡Sí, amor, sí!

—¿Te sigo nalgueando?

—¡Otra, sí, otraaaa!

¡Plash!

Mamá tiene la piel demasiado blanca, por eso la marca de mi palma se queda plasmada perfectamente.

Hundo mi cara otra vez y ahora hasta la nariz se introduce. Un dedo acaricia su clítoris, y ella se estremece y vuelve aplastar mi cabeza con sus nalgas. Saco mi lengua y la introdujo dentro de sus pulpas.

“Haaaaahhh”

Chupo, aspiro sus labios vaginales, y mi lengua golpetea su interior repetidamente.

“¡¡¡Qué rico, amor qué ricoooo!!!”

Aprieto sus nalgas y mis dedos se hunden en su carne. Mi lengua sigue empapándose de su vagina, y mi otra mano frotando su apuntado botoncito de placer.

Por la forma en que jadea y se estremece en la cama, mamá debe de estarlo disfrutando. Y yo con ella. Este es mi agradecimiento de ayer que me mamó el pene en la tienda de lencería. Ayer me hizo correr en su boca. Ahora es mi turno, y hago que se venga con insistente piedad.

—“¡Ho, sí, amor, sí, sí, sí!”

Cuando saco mi cabeza de su coño la tengo súper mojada. Sonrío, satisfecho, y mamá deja de temblar.

Me levanto, y me acomodo detrás de sus nalgas. Acerco mi pene a sus pulpas vulvares y froto el glande contra su humedad.

Mamá echa su culo contra mí, jadeando, como si quisiera enterrarse en mi dura longitud, pero yo evito encajársela aún. Necesito un juego previo.

—¡Frótala, amor, frótala contra el coñito hambriento de mami!

—Síiii —respondo obediente, restregándome contra su concha.

Respiro hondo, acariciando sus nalgas, pues la sensación de sus flujos mojándome la cabeza de mi pene es arrolladora.

Finalmente, después de seguir frotando el glande de abajo hacia arriba sobre su rajita ardiente, con mis manos la agarro de las caderas y separo sus nalgas.

—Te la voy a meter, mamá.

—Sí, hijo, vamos, lo estoy deseando.

—Ahí voy, Sugey.

Y entierro mi pene lentamente dentro de su hoyo calinoso hasta que mis testículos chocan contra su culo. Mi pene se desliza hasta el fondo gracias a la acuosidad de su interior y mi pecho se estremece.

—¡Me quemas mamaaaa!

—¡Cógeme, amor, cógeme fuerteeee! —dice ella, meneando las caderas, restregándose su útero completamente en mi falo.

Es ver la posición de mami, que está echada como perra a cuatro patas, y yo detrás de ella, mi diminuto cuerpo contra sus enormes nalgas. Desde lejos debo de parecer que estoy siendo abortado por ella, pero desde mi posición, solo soy Tito, un hijo caliente que tiene su polla ensartada en el pervertido coño de su madre.

—¡Hoooh, mamáaaa!

—¡Muévete dentro, báteme por dentro, cariño, báteme fuerteeeee!

Con sus enseñanzas, he podido ir aprendiendo lo que le gusta. Por eso no me cuesta nada comenzar a sacar y meter mi falo dentro de su vagina, haciendo movimientos de cadera que propician su placer.

—¡Eso essss! ¡Eso essss! —grita mamá

—¡Qué bien aprietas, mami, qué bien aprietas!

Mis embestidas toman ventaja cuando veo cómo todo su cuerpo se sacude. Sin verlos, por la postura, sé que sus senos bambolean sobre su pecho cuando se incorpora un poco más. Los pezones giran para arriba y para bajo.

—¡Cógeme duro, hijo, duroooo!

—¡Cómo te mueves, mami, cómo te mueveees!

Mamá echa la cabeza hacia atrás, para mirarme, y casi estallo en llamas de morbo al ver que su lengua babea por su boca, lasciva, entregada, satisfecha. Sus ojos azules se mantienen torcidos, y sus piernas más separadas que antes.

—¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! —grita constantemente.

—¡Uffff, mamáaaa!

Doy nuevas nalgadas a sus nalgas, y el rojizo color que se marcan en su tersa piel me enloquece.

—“Sácalo todo, hijo, y vuélvelo a meter con potencia”

—Sí, má.

Extraigo mi pene de su cuevita caliente, y después lo entierro más fuerte dentro de su sexo, y el sonido de los chapoteos me indican que mamá se está corriendo de forma abismal, sobre todo cuando comienza a gritar sin piedad.

—¡Haaaaaah! ¡Haaaah! ¡Haaaaah!

—Uffff.

—¡Más! ¡Dame más!

—¡Joder, mamá!

—¡Cógeme duro, más duro, ho, Titoooo!

El sonido de mis huevos chocando contra su culo convierten la habitación en un concierto de chasquidos, flujos calientes derramados de su concha y grititos de placer que nos envuelve a madre e hijo.

—¡Eres un hijo vicioso y pervertido! —me acusa entre eróticos gemidos.

—¡Y tú una madre cachonda y pervertida!

—¡Síiiii!

—Te amo, mami….

Y ella, lejos de responder a mi romántica declaración, mientras la follo, responde con un prosaico:

—¡Párteme la concha a pollazos, amor, así, así, asíii!

Su actitud tan suelta me calienta mucho más.

Siempre me sentí acomplejado. Como un chico que jamás tendría oportunidad de estar entre las sábanas con una mujer de verdad.

Físicamente soy un muchacho escueto y pálido, y mi pene tampoco es la gran anaconda. Y encima, con lo que me hizo Alicia con mi mejor amigo, mi complejo de inferioridad sólo se incrementó. Y ha sido gracias a mamá, que todo complejo se esfumó.

Sin embargo, heme aquí, con mi polla dentro de su coño, y yo en medio de su enorme culo, fornicándola, y ella gritando placerosa.

—¡Joder!

—¡Me corrooo!

—¡Yo también, mami… me corroooo!

El interior de mamá me comprime el pene más fuerte. Sus flujos se desprenden de sus carnes y me empapan. Mis testículos, que chocan y se agitan contra su trasero, tiemblan de gusto.

—¡Vamos, vamos, vamoooos! —grita mamá.

Mi pecho se estremece. Mi glande tiene un cosquilleo impulsado por las acometidas, hasta que siento que mi semen está por expulsarse.

—¿Te los echo en la espalda, mami?

—¡Sí, crúzame la espalda, con la promesa de que esta noche me dejarás toda tu leche dentro de mí!

—¡Jodeer!

—¡Haaaah!

—¡Joder, maaaaa!

Apenas alcanzo a sacar mi pene de su vagina cuando tres largos chorros espesos de mi semen cubren por completo la espalda de mi progenitora, que se estremece al sentir el semen ardiente de su hijo sobre piel.

Finalmente, agotados, agitados, nos echamos en la cama, luego la limpio con un pedazo de papel y nos quedamos dormidos.

***

La comida ha sido muy sabrosa. Como ha caído una tormenta al mediodía, nos han llevado carne asada, con chile de molcajete, a nuestras cabañas. Fue la mejor idea.

Mamá y yo, después de comer, volvimos hacer el amor, y esta vez me corrí sobre sus pechos. Ella sigue con el interés de que me corra dentro de ella por la noche, cuando, dice, será el mejor sexo que yo haya tenido en mi vida. Y le creo, porque ambos lo estamos esperando con ansiedad.

Ahora ya casi son las nueve de la noche y nos hemos metido a duchar individualmente. Mamá quiere que cuando volvamos, después de follar, nos metamos a la tina, por eso no ha querido que nos duchemos juntos por ahora, para reservar ese gran momento a más tarde.

Finalmente vamos a encontrarnos con la gente de Elvira para la cena. Yo ya me he puesto un pantalón de mezclilla y una camisa de lana. Con la tormenta de la tarde, todo está muy frío allá afuera, y de las copas de los pinos caen goterones de agua en cada ventarrón.

Estoy preparando la madera para encender la chimenea a nuestro regreso. Quiero que nuestra declaración de amor y el acto sexual que hagamos después sea muy especial.

—¿Hijo? —la oigo de pronto.

—¿Sí, má?

—¿Me ayudas, por favor? Que no quiero romperlo.

—¿Con qué te ayudo?

Cuando termino de amarrarme las botas y de apilar los maderos cerca de la chimenea, entro al cuarto de mamá y…

—¡Madre mía! —exclamo.

Mi sacrosanta madre está parada sobre la alfombra, descalza, con unas medias de seda muy sensuales que cubren desde sus pies, pantorrillas, y hasta los muslos, sexy, elegantísima. Jamás había visto en vivo a una mujer con medias de seda, encima que le quedaran tan bonitas.

El provocador sostén es el mismo que se probó ayer por la tarde, pequeño, con trasparencias, apenas conteniendo sus gordas mamas que se tensan sobre el sujetador. Son tan grandes que siento que si mamá se agacha un poco, sus pechos se desbordarán.

Las transparencias del frente visibilizan sus areolas rosadas y sus pezones paraditos.

¡Mierda!

El pelo rubio de mamá está suelto, en su espalda. Parecen destellos dorados. Se ha puesto sombras oscuras en los párpados, y se ha delineado los ojos con un tono muy negro que resalta su iris azul.

El rojo de sus labios los hace lucir más grandes y mamadores que antes.

—¡Joder, mamáaaa! ¡Es que estás hermosísima!

—Perdóname, hijo —dice ella. Se está mirando en el espejo, mientras se termina de vestir—. Quería que fuera sorpresa mi lencería negra, para cuando volvamos después de esta noche, pero no puedo ponerme la tanga por mí misma y necesito de tu ayuda.

No me había dado cuenta, por morbosearla de cabo a rabo. Pero, en efecto, una diminuta tanga negra de hilo minúsculo está atorada a la altura de sus piernas. No puede subírselas hasta la cintura.

—Creo que estoy demasiado nalgona, hijo, y si tenso la tanga un poco más, se romperá. Ven, amor, yo intentaré subirlas por delante, y tú las subes por detrás, ¿vale?

Una tienda de campaña luce en mi pantalón.

Mamá se percata y sonríe. Es que es imposible verla vestida así, y que no se me ponga dura.

—¡Mamá, joder, estás buenísima, estás hermosa!

—Anda, zalamero, que de todos modos seré tuya para ti toda la noche. Ven, ayúdame.

—Vale —digo.

Me pongo de rodillas detrás de ella y admiro sus lisas piernas. Sus blancas y redondas nalgas, abultadas hacia mi cara. Sus gordos muslos, y mamá intentando subirse la tanga por completo.

—Tiraré por delante, y tú ayúdame con el hilo de atrás, Tito.

—Sí, mamá.

—Con cuidado, o la romperemos, ¿eh, bebé?

—Sí, má, seré cuidadoso.

Mamá se agacha hacia adelante y sus pechos se desparraman. Sus nalgas se abren, y sus labios vaginales florecen en mi cara. Por instinto saco mi lengua y les doy unas chupadas.

—¡Ayyyyyy! —gime mamá, estremeciéndose—. Por Dios, Tito, pórtate bien.

—Lo siento, mami, no lo pude evitar.

Ella carraspea. Vuelve agacharse, y su culo se vuelve abrir. Su ano brilla, hermoso, como un lindo agujerito que sé que algún día penetraré. Su vagina se tensa y luego se abre cuando mamá llega a su máxima flexión.

Admiro lo rosado de su interior, lo gordito de sus labios mayores, la mucosidad brillosa de sus caldos, que me desconcentran hasta que mamá me pide que suba la parte de atrás de su tanga.

Con mis dedos estiro la tira delgada y entre los dos la subimos.

La tanga logra pasar con cuidado el gordo de sus muslos y sus caderas.

—¡Sí, sí, lo hemos logrado! —dice, contenta.

—Eso parece, má. Ahora abre un poquito tus nalgotas, para soltar el hilo de atrás, que aún no ha encajado.

Me pongo malo cuando mamá usa sus dos manos para abrirse cada uno de sus cachetes inferiores, y yo estiro el hilo de la tanga, lo suelto, y la tira se entierra entre su culote, hasta desaparecer.

—Joder, mamá, te has tragado el hilo de la tanga con tu gigantesco pedorro.

—Calla, grosero —responde ella echándose a reír.

—Ahora sí, estás lista —le digo.

Me levanto. Rodeo su figura pero mamá me hace una seña con las manos para que ya no la toque, o la arruinaré.

—¿Puedo morder tus pezones, mami?

—Claro que no. ¿Qué no ves que ya me puse el sostén?

—Es que se me antoja acariciarte.

—Arruinarás el sujetador, mi cielo, ahora no. No seas goloso.

—Tengo ansiedad.

—Pues te la guardas.

—¿Me puedes chupar el pene, aunque sea un poco?

Mamá, que está frente al espejo, detallándose el maquillaje, pone los ojos en blanco.

—¿Y que se me arruine el labial, que me ha quedado chulísimo? Ni loca, cielo.

—¡Pero mamá!

—Por Dios, Tito, es que tú no te quedas quieto.

—Ya te dije que tengo ansiedad.

—Anda, pues, al menos agárrame las nalgas si quieres, pero no más.

No se las agarro, pero sí las froto.

Mamá apenas se da cuenta, mientras se pone los pendientes en las orejas, que me he bajado el pantalón, y que mi sensible glande, con mi pene erecto, se hunde entre la rajita de sus nalgas.

—¡Por Dios, hijo!

—Tú dijiste que podía usar tus nalgas para calmar mi ansiedad.

—¡Pero con las manos, niñito vicioso, no con tu pene!

Se pone el otro pendiente, y veo cómo un hilo que sale de mi uretra moja la nalga derecha de mi madre. De vez en cuando hago la finta de hundir mi pene entre sus nalgas, pero mamá, moviendo las caderas, me echa hacia afuera.

—¿Ahora me estás mordiendo, Tito? —me pregunta.

De rodillas, estoy jugando con su culo. Lo he masajeado un par de veces, lo he apretado con mis dedos y ahora estoy lamiéndolo, dándole pequeñas mordiditas.

—¿Te gusta?

Escucho una risita de resignación.

—Anda, muchacho, ve y péinate, que con esos pelos sin goma pareces espantapájaros.

Finalmente me levanto, le doy un cachetazo, paso delante de mamá y sin que ella lo pueda evitar, me pongo detrás de ella, entierro un poco mi pene sobre sus nalgas y la abrazo por atrás, masajeando sus enormes melones.

—¡Ernesto!

—Ups —digo, mirándola por el espejo con cara de travieso.

***

La noche es un poco fría, pero a medida que nos acercamos a la fogata que se ha puesto cerca del conjunto de cabañas donde se quedan la mayoría de invitados, el calor es más acogedor.

Mamá se ha puesto un sensual pantalón de cuero (para el frío) que se le pega al cuerpo como un guante. La blusa es de lana oscura, también, y un gran abrigo del mismo tono la envuelve desde arriba. Trae unas botas de tacón, y aunque así como está luce demasiado sensual, me da un morbo tremendo saber que debajo de sus pantalones de cuero trae una mini tanga, y un conjunto de lencería negra, erótica, de la cual yo seré el único beneficiado.

—Hace frío —dice mamá, mientras avanzamos—, se han puesto los pezones duritos.

—Uy, mami, no empieces, o te los muerdo delante de todos, ¿eh?

Los dos nos reímos.

La fogata de los adultos es la más grande, y alguien nos dice que del otro lado del claro está la fogata de los jóvenes, donde se supone que Lucy, su novio y el resto de chicos me aguardan. Pero yo no quiero separarme de mamá. No vine con ella este fin de semana, para estar lejos de ella.

—Hay como unas diez personas —dice mi madre.

—Creí que habrían mucho más invitados, má.

—Yo también.

—Oye, má, yo me quedaré contigo.

—Sí, Tito, no tengo problema con ello.

—¿Y si Elvira y los demás se rehúsan?

—No te agobies ahora, mi niño, ya veremos cómo lo solucionamos.

Apenas voy a preguntar por el paradero de Elvira, pues en la fogata, asando bombones, solo distingo la figura de su marido, cuando esta mujer hace acto de presencia, a juzgar cuando escuchamos su voz procedente de detrás de nosotros.

—¡Sugey, querida! —dice Elvira.

Mamá y yo nos detenemos a la mitad del camino.

Nos giramos hacia atrás y vemos que Elvira se acerca a nosotros con un bulto masculino que al principio no logro distinguir.

—¿De dónde, vienes, Elvira? —le pregunta mamá, sonriente.

—Del estacionamiento general del complejo, querida, es que al final ha venido nuestro amiguito, de último momento.

La copa de los pinos ensombrecen al invitado misterioso de Elvira.

—¿Amiguito? —duda mamá.

—Sí, Sugey, ¿es que no adivinas a quién más invité a mi fiesta?

Y no hace falta que responda.

Todo mi cuerpo se tambalea cuando observo un poco más y logro distinguir al bulto que acompaña a la madre de mi mejor amigo.

—¡Por Dios! —exclama mamá cuando también lo distingue.

El hijo de puta de Nacho aparece detrás de Elvira con una sonrisa maligna que no puede contener.

Mamá queda petrificada, mirándolo con sorpresa, y yo siento que mi corazón se saldrá por mi boca en cualquier momento.

¿Qué mierdas está pasando aquí?

—¡Joder!

¿No se supone que este estúpido grandulón tenía que estar en casa de mi padre, donde verían la gran final nacional de futbol? ¿Entonces qué mierdas está haciendo aquí?

¿Ahora resulta que Elvira, mi madre y Nacho se conocen? Miro a Elvira con odio y ella me lanza una sonrisita procaz.

Todo esto me suena a una muy perversa encerrona. Y yo estoy asustado y con una rabia que reviento.

—¡Ignacio! —exclama mamá, tensándose en mi brazo.

—Buenas noches, Suge —le dice el cabrón de Nacho, acercándose a mi mamá, que todavía está sujetada de mi brazo, a quien le da dos besos en sus mejillas, con un atrevimiento que me saca chispas—. Un placer enorme saber que esta noche estás aquí y que la pasaremos increíble.

Mi boca se seca. Mis ojos se crispan.

Mis peores miedos se han cumplido.

¿Y ahora qué mierdas sucederá?