December 4, 2025

Chantaje a una joven viuda

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La necesidad económica obliga a una joven viuda a entregarse como moneda de cambio para pagar todas las deuda existentes.

Chantaje a una joven viuda

Emma, una joven mujer, terminaba de quedar viuda por el accidente de coche de su esposo... Tras el funeral y los días de duelo, se tuvo que enfrentar a una serie de problemas económicos tan graves que materialmente le resultaba imposible hacer frente.

Aconsejada por su abogado, la única posibilidad que tuvo para poder hacer frente a todo esto era hablar con un adinerado matrimonio, los Smith, cuya reputación era conocida por lo viciosos que eran.

La entrevista fue con la Sra. Smith, y tras exponerle su difícil situación, se le ofreció la posibilidad de entrar a su servicio durante 5 años... Esta señora le explicó con claridad lo que pretendían de ella y Emma quedó realmente horrorizada.

- “Si aceptas, la reputación de tu marido y todas las deudas que ha dejado a su muerte serán canceladas... Además, tu hijastro tendrá acceso a una educación de primera al terminar el colegio y cuando acabe los estudios serán suyas todas las ganancias que obtengamos de su estancia en nuestros establos, con un mínimo de un millón de dólares garantizados.”

“Comprendo que mi oferta le parecerá totalmente inusual, así que es mejor que no me respondas ahora... Piense en ello y mañana, a la hora del desayuno, me contestas... Está en juego el honor de tu marido y el futuro de tu hijo... Si no acepta, el chico no podrá ir a la Universidad y trece años es una edad muy crítica, ya sabes... Podría descarrilarse y culparte a tí el resto de su vida... Al fin y al cabo tú no es su madre.

Emma rompió a llorar... Era demasiado... Primero Frank, su marido, muerto en un accidente y después toda su fortuna se desvanece como el humo.

Llevaba dos meses buscando los códigos secretos de las cuentas bancarias que sabía debían existir en alguna parte pero no sabía dónde... El dinero en efectivo que tenía apenas le llegaba para comer y tuvo que despedir a todo su servicio... Y ahora los acreedores la amenazaban con dejarla en la bancarrota y manchar el nombre de su marido.

Sólo cuando se encontró contra las cuerdas y sin ninguna alternativa se decidió a visitar a la Sra. Smith... Era su última oportunidad... Sabía que si ella le ofrecía su ayuda, el precio que tendría que pagarles sería alto, pero aún así, no podía dar crédito a lo que acababa de oír.

- “Pero Sra. Smith, lo que usted me propone es esclavitud pura y simple... ¿Cómo puedo aceptar eso?”, se atrevió a decir después de haber estado unos minutos en silencio, luchando por evitar las lágrimas.

- “No, mi querida Emma... Tú no serás una esclava, serás una yegua... Una bonita yegua humana... Mi yegua.

Por la mañana, Emma tenía muy mal aspecto... Apenas había dormido un par de horas... Toda la noche la pasó dándole vueltas a la increíble proposición de la Sra. Smith... A pesar de todo había decidido aceptar.

El desayuno fue servido en el invernadero y transcurrió en el más absoluto silencio... La Sra. Smith quería que Emma tomara la iniciativa y no dijo palabra.

Emma no osaba levantar los ojos por miedo a encontrar la dura mirada de la Sra. Smith... Tampoco tenía apetito.

Cuando la criada retiró su plato, aún intacto, no pudo soportar por más tiempo el angustioso silencio y dijo:

- “Acepto”, con voz apenas audible.

- “¡Perfecto!... Mi abogado redactará el contrato... Estará listo esta tarde para tu firma.”

Era un tiempo más que suficiente para que la indecisión siguiera torturando a Emma... Ella había oído rumores sobre los espeluznantes pasatiempos de la Sra. Smith, pero no les daba crédito, ahora tendría tiempo para comprobarlo.

A las cuatro en punto llegó el abogado de la Sra. Smith... La reunión para la firma del contrato tuvo lugar en la biblioteca donde se leyó el contrato.

Mientras el abogado leía, llegó otro automóvil... Una criada interrumpió la lectura para anunciar la llegada del Sr. Smith.

- “Dile al Sr. que lo tenga todo dispuesto... Hay acuerdo y estaremos listas en un momento”, ordenó la Sra. Smith.

Diez minutos después el contrato estaba firmado... Era muy simple... Todas las deudas serían cubiertas, el futuro de su hijastro resuelto y en compensación, Emma aceptaba convertirse en una yegua más del nutrido establo de la Sra. Smith... Ahora tenía 26 años y el contrato finalizaría al cumplir los 31 años, con posibilidad de renovarlo por cinco años más.

El abogado abandonó la sala de la biblioteca... Un brillo perverso se dibujó en los ojos de la Sra. Smith al mirar a Emma, obviamente satisfecha con su nueva adquisición.

- “Ya está... ¿Te das cuenta?... Tampoco te ha resultado tan difícil.”

Emma levantó la vista hasta encontrar los ojos de la Sra. Smith... Eran ojos de un predador... Ni siquiera se había dado cuenta de lo que ahora la impresionaba.

La Sra. Smith vestía un traje de montar de color rojo, blusa blanca de manga larga, pantalones bombachos acolchados y botas hasta las rodillas... Cuando ella cogió la fusta de encima de la cómoda, el uniforme quedó completo.

A Emma le faltó valor para mantener la mirada, humilló la cabeza y miró al suelo... Pero la Sra. Smith se aproximo y con el extremo del látigo le alzó la cabeza por la barbilla diciéndole:

- “Vamos, querida, alegra esa cara... No hay ninguna razón para estar triste, al contrario, todos tus problemas se han solucionado en un abrir y cerrar de ojos... Quiero verte sonreír.”

Emma esbozó una patética sonrisa... La Sra. Smith le rodeó los hombros con el brazo que empuñaba el látigo, que quedó colgando frente a ella.

Poco a poco, Emma pasó de la tristeza al miedo... Miedo de que la Sra. Smithla golpeara con ese látigo... Horrorizada se dio cuenta que daba por buena tan extravagante situación y la aceptaba... Su mente, por alguna lógica aberrante, concedía a la Sra. Smith el derecho a azotarla con el látigo que le mostraba.

La Sra. Smith sabía por experiencia cómo se sentía Emma... No era la primera pony humana que poseía... También sabía que las siguientes dos semanas serían un verdadero infierno para la nueva yegua.

La parte más difícil sería la adaptación psicológica a su nueva situación en la vida... Una vez aceptara que ya no era un ser humano sino una mera bestia, su adiestramiento sería mucho más sencillo y progresaría con gran rapidez.

La Sra. Smith sacó con la mano libre un pequeño objeto del bolsillo y le ordenó a Emma abrir la boca... ¡Era un terrón de azúcar!

- Vámonos de aquí... Una biblioteca no es el lugar más adecuada para una yegua y además, el Sr. Smith nos está esperando.

El sótano de la mansión de los Smith era como cualquier otro... Se utilizaba como alSmithén, trastero y también como bodega... La única diferencia la constituía el espacio dedicado al peculiar pasatiempo del matrimonio.

- “Bienvenida al establo”, le dijo la Sra. Smith al cruzar la pesada puerta de acceso.

Si Emma albergaba aún alguna duda acerca de los rumores que corrían sobre los Smith, desapareció en aquel preciso instante... La estancia era un verdadero establo para monturas humanas.

Emma dio la vuelta tratando de huir, pero la Sra. Smith le cerró el paso... La docilidad que Emma exhibía hasta aquel instante desapareció de repente y forcejeó con todas sus fuerzas para defender la libertad que se desvanecía por momentos, pero resultó inútil... La Sra. Smith era infinitamente más fuerte que ella y cuando el Sr. Smith le ató los brazos a la espalda por los codos, no le quedó otra opción más que rendirse.

Sólo le quedaba la voz y Emma pidió auxilio, pero su llamada no traspasó los gruesos muros del sótano.

Los Smith arrastraron a su victima que seguía debatiéndose y gritando, hasta una sólida estructura ajustable de hierro... Una vez allí, levantaron una de las barras del artefacto hasta que quedó entre la espalda y los brazos agarrotados de Emma y le ataron las muñecas con una larga correa cuyo extremo suelto fijaron a la base de la estructura del artefacto.

A continuación le soltaron los codos y alzaron la barra al máximo.

Luego cogieron cada uno una rodilla de Emma y la ataron con cuerdas al marco, a la altura de la cadera, formando los muslos un ángulo recto con el torso.

A pesar del dolor que la barra le causaba en la espalda, Emma se revolvió enloquecida pero lo único que consiguió fue levantar la falda del vestido y dejar a la vista sus bragas.

- “¡No tienen ningún derecho!... ¡Esto es indecente!... ¡Basta!... ¡Suéltenme!... He cambiado de idea... ¡Socorro!... ¡Socorro!”, gritó Emma batiendo las pantorrillas al aire.

La Sra. Smith levantó el látigo desde abajo y la golpeó en el coño... Emma, amarrada al marco, aulló de dolor... Era lo único que podía hacer... ¡Aullar de dolor!

- “Será mejor que te calmes, querida... Puedo azotarte ahí, en tu coño, las veces que quiera”, amenazó la Sra. Smith.

Emma, que para nada quería repetir la dolorosa experiencia, se calmó, aunque le resultaba muy difícil controlar sus reacciones ante lo que siguió a continuación.

La Sra. Smith, con unas tijeras en mano, empezó a cortarle el vestido por delante hasta abrirlo por completo, dejando al descubierto el sostén y la tanga a juego que llevaba puestas... Luego, le arrancó con brutalidad el vestido y le cortó también el sostén y la tanga hasta dejarla completamente desnuda

Emma no cesó un solo instante de protestar, pero la Sra. Smith, ni la escuchaba... Ella iba a lo que le interesaba: desnudarla totalmente.

- “¿No te resulta extraño, querida?... La yegua que has comprado sabe hablar... Un bozal solucionará el problema... ¿Quieres que le coloque la brida también”, le dijo el Sr. Smith.

- “No Jack, aún no... Tengo primero que arreglarle el pelo... Lo que si podrías hacer es empezar la inspección veterinaria”, le respondió la Sra. Smith.

La ‘inspección veterinaria’ consistió en una exploración que le hizo el Sr. Smith que fue degradante en extremo... El examen de boca, ojos y todo lo demás fue satisfactorio... Emma, tremendamente humillada, por la obscena postura en que era reconocida, enrojeció sus mejillas.

Y enrojeció aún más cuando el Sr. Smith le puso la palma de la mano en su coño y dijo a su esposa que tendrían que ocuparse de eliminar el vello del pubis antes de examinar su coño... Emma protestó con toda su energía.

- “Seamos serios, querida, ¿has visto alguna vez una yegua con pelos en el coño?”, respondió la Sra. Smith con lógica aplastante.

La Sra. Smith cogió la brocha, el jabón y la navaja y en unos minutos, Emma quedó totalmente afeitada... Se vió más desnuda que nunca... No pudo reprimir un repentino sollozo... Se daba cuenta por fin de que nada de lo que en adelante le hicieran sería decisión suya.

Asustada y con el labio inferior temblando, vio al Sr. Smith colocarse unos guantes de goma y lubricarlos con vaselina... Iba a examinar su coño.

Lo primero que hizo fue meter un dedo torciendo la mano a derecha e izquierda... No fue doloroso pero si incómodo y vergonzoso.

Cuando introdujo el segundo dedo, Emma además de notar tirantez en los labios vaginales, sintió mucha más vergüenza... La facilidad con la que era penetrada no obedecía a tan sólo la vaselina... Ella estaba sorprendida por la inesperada excitación que sentía.

Cuando el tercer dedo se abrió camino en su coño, Emma pensó que el Sr. Smith iba a desgarrarla... Nunca nada tan ancho la había penetrado... Por suerte para ella, el Sr Smith sacó pronto los dedos de su coño.

- “Necesita la talla 4”, comento el Sr. Smith a su esposa.

Pero el examen no había concluido...El dedo índice del Sr. Smith se deslizó hacia atrás y sin ninguna advertencia se lo metió por el orificio anal.

Emma se retorció tratando de expulsar al intruso y apretó el abdomen en un esfuerzo absurdo por expulsarlo... Un segundo dedo acompaño al primero... Se sentía odiosamente empalada y aulló de dolor.

- “Es bastante más estrecha por el culo... Tendremos que ensancharla... Empezaremos por el número 1... Con estos datos ya podemos colocarle el braguero”, le dijo, de nuevo, el Sr. Smith a su esposa.

Emma siguió con los ojos aterrados a la Sra. Smith, que se desplazaba a una mesa en la que había todo tipo de artilugios sexuales... Vió cómo eligió un grueso cinturón de unos 15 cm de ancho abrochado mediante cinco pequeñas hebillas.

Pero antes que nada a Emma se le mostro el ‘numero 4’, un gigantesco y reluciente consolador metálico provisto de varios protuberantes aros a lo largo de su desmesurada longitud... Tenía la base más ancha para evitar que se hundiera por completo en su coño, pero Emma sospecho que tal precaución era del todo innecesaria.

El consolador era tan largo que una vez dentro sólo podría moverse hacia afuera... El metal estaba frío y la hizo estremecerse... Pero eso era lo que menos le preocupaba... Era tan grueso que cuando el Sr. Smith se lo metió hasta el fondo, el extremo le pareció que los labios no aguantarían sin rasgarse.

El cuerpo del consolador era algo más estrecho que el abultado grande y cuando éste desapareció en el interior de su coño, los distendidos labios se cerraron con fuerza abrazando al frío metal.

El Sr. Smith apartó la mano y el consolador quedó obscenamente insertado unos instantes antes de caer pesadamente al suelo... El Sr. Smith lo recogió del suelo y se lo volvió a insertar, venciendo la resistencia que ofrecían los dilatados labios vaginales a cada uno de los aros, hasta que la base quedo enrasada con el pubis.

Con ‘numero 4 colocado, la correa central del cinturón fue pasada por entre los muslos y abrochada firmemente a la espalda, hundiendo aún más el consolador en el coño de Emma.

- “Así los sementales no la molestarán hasta que esté en celo”, dijo el Sr. Smith.

A esto le siguió el arnés para los pechos... Varias correas que partían de la parte superior del cinturón rodearon los pechos de Emma, sujetándolos pero no ocultándolos.

El resto de cinchas que tenía el cinturón quedaron de momento colgando sin utilizar.

El Sr. y la Sra. Smith se apoderaron cada uno de un pie de su yegua... Dándole la espalda a ella le cortaron las unas lo más cortas posibles... Luego le colocaron unas extrañas botas que llegaban justo por encima de los tobillos... Eran rígidas y forzaban los pies en la línea de la pierna... Sólo dos dedos se apoyaban en el suelo en ángulo recto con el empeine.

Emma en la postura en la que estaba atada no podía ver las botas, sólo sentirlas... Cuando terminaron pudo verlas... Parecían que la hubieran herrado... La sección del extremo, la que encerraba los dedos, tenía la forma de una herradura.

Las botas estaba abiertas por atrás dejando a la vista los talones y se abrochaban también por atrás... Los dedos fueron la única parte de los pies que quedaron con cierta movilidad... Al estirar las piernas comprobó horrorizada que parecían las de un caballo y los pies, unas pezuñas... Incluso las botas llevaban herraduras pegadas en la suela.

Le desataron las piernas y la dejaron practicar con su nuevo calzado... Emma esperaba que el peso del cuerpo descansara sólo en los dedos pero estas botas repartía el peso por todo el pie.

Para evitar que coceara, le ataron los pies con una cadena a una argolla clavada en el suelo.

El Sr. Smith se le acercó con un artefacto metálico forrada de cuero en la mano... Le ordenó abrir la boca y se lo colocó... Era una especie de tenaza con muescas en la que encajaban los dientes

Girando un pequeño tornillo, el Sr. Smith la abrió separando las mandíbulas hasta casi desencajarlas... Luego atornilló en el centro una barra metálica que inmovilizó la cabeza de Emma ligeramente inclinada hacia delante... Ahora ella podía ver sus pechos levantados en señal de ofrecimiento, por las cinchas de cuero.

- “Ahora que esta inmóvil podemos aprovechar para taladrarle la nariz”, le dijo el Sr. Smith a su esposa.

Bajo la mirada horrorizada de Emma, el Sr. Smith cogió un algodón con alcohol y un clavo afilado... Sin mediar palabra, le perforó el tabique nasal dejando el clavo para a continuación insertarle un aro.

Emma temió que el dolor la matara... Las lagrimas salieron a chorros de sus ojos y el grito distorsionado por la mordaza, fue conmovedor.

El Sr. Smith no se detuvo a contemplarla... Con serenidad continuo con los pezones de Emma... En pocos minutos y con la muchacha rota de dolor, los pechos quedaron adornados con dos anillos de oro de las que colgaban un par de cascabeles.

A continuación, la Sra. Smith humedeció el pelo de Emma con un pulverizador y con la ayuda de un peine, separó y trenzó una docena de pequeñas colas de caballo por el centro de la cabeza, desde el frente hasta la nuca... Luego, con la ayuda de unas tijeras, una rasuradora y una afilada navaja, le rapó el cráneo hasta quedar perfilada la crin que toda yegua lleva sobre la cabeza.

El pelo sobrante fue a su vez trenzado cuidadosamente desde la base y trabajado hasta conseguir el máximo volumen... A continuación lo metieron por un extremo a una cánula y apretado con tenazas... Al terminar parecía el rabo de una yegua.

El Sr. Smith se plantó ante Emma y le mostró un objeto en forma de V... Era ‘número 1’, un tapón muy especial para el ano... Tenía forma truncada y debido al desmesurado grosor de la base y a la dureza del caucho... El ingenioso tapón con una base de unos 5 cm de diámetro y una longitud de 10 cm, tenía un tornillo para dilatarlo... Esto hizo que Emma quedase horrorizada.

Un anillo en la cincha que le sujetaba el consolador insertado en su coño, permitía el acceso a su ano, acceso que el Sr. Smith aprovechó para introducirle el tapón hasta que el vértice V quedó enganchado en la anilla.

Emma, indefensa, sentía el diabólico tapón ensancharse poco a poco en su interior con cada giro de tuerca que le daba el Sr Smith... Cuando el tornillo salió por completo, el sudor caía a raudales por la frente de Emma y el dolor en el recto le resultaba insoportable.

En el extremo de la ‘V’ que daba al exterior, el Sr. Smith fijo la cola que minutos antes había confeccionado su esposa con la melena rubia de la propia Emma.

El Sr. Smith, dando un paso atrás, se dispuso a admirar su creación... Con la cola al aire en un vistoso ángulo de 45º, Emma parecía cada vez más una verdadera yegua... y esto aún no había terminado.

Con la cabeza aún sujeta por la tenaza, le liberaron las manos y retiraron la barra de debajo de las axilas... Los Smith, trabajando en equipo, le colocaron unos guantes largos hasta medio brazo donde los sujetaron con unas correas dispuestas en el arnés que aprisionaba el torso.

Los guantes no tenían dedos y los puños quedaron cerrados sin posibilidad de abrirse... Un largo lazo que los recorría de extremo a extremo los adhería a sus forma como una segunda piel... Finalmente le doblaron los codos hasta quedar los antebrazos bien pegados a los brazos.

Como último detalle, pasaron dos cortas correas que pendían a cada lado del cinturón por las anillas cosidas a los codos de los guantes y las anudaron estrechamente... Emma quedó atrapada de tal forma que sólo podía mover ligeramente los puños.

Para completar el atalaje, sólo faltaban las bridas y los arreos de la cabeza... Primero le colocaron un collar, alto y duro, que le inmovilizó la cabeza al frente y el mentón hacia arriba... Luego el arnés de la cabeza, con dos laminas a los lados de los ojos que sólo le permitía mirar hacia el frente.

Quedaba ponerle un bozal a modo de freno... Era curvado, en forma de ‘U’ y caía por detrás de los dientes... Esto hacía que los labios quedaran distendidos al máximo pero sin correr el riesgo de desgarrarse... En su parte central y hacia el interior, salía una protuberancia en forma de cuchara que le aplastaba la lengua y le impedía el habla... También le provocaba incontenibles arcadas a las que Emma no lograba acostumbrarse.

Cuando la liberaron de la estructura de hierro, la Sra. Smith tuvo que ayudarla en sus primeros pasos hasta el carrusel, una estructura con un brazo largo que daba vueltas para el aprendizaje de las yeguas.

Emma, con sus nuevas herraduras, cada paso era un ejercicio de equilibrio... Una correa que colgaba del brazo del carrusel, fue abrochada a sus ‘crines’ de la cabeza, de tal forma que si tropezara y caía, se haría mucho daño.

El Sr. Smith accionó el motor del carrusel que empezó a rodar... Emma no tuvo otra opción que seguirlo.

Al principio, encontraba en la correa del pelo el frágil soporte que necesitaba, pero poco a poco fue logrando mantener el equilibrio en el infame calzado.

Cuando la Sra. Smith juzgo suficiente su pericia, empezó a azotarla en las nalgas ordenándole alzar las rodillas por encima de la cintura con cada zancada.

Cuando por fin Emma logro coordinar sus movimientos y adaptarse al nuevo paso, tenía las nalgas al rojo vivo... Fue también cuando la odiosa presencia del consolador en la vagina y el grueso tapón en el ano se hizo más patente e insoportable.

Emma pasó varias horas sometida a tan odiosa disciplina de doma.

Cuando al fin la Sra. Smith la liberó del carrusel y la llevo sujeta al extremo de una correa a la manguera, pasaron junto a un reducido cubículo con el suelo de paja, un cubo de agua, otro de pienso y una inscripción en lo alto de la entrada sin puerta: ‘Crin de Oro’

Al final del corredor, junto al desagüe donde su dueña iba a regarla, Emma, siempre al paso con las rodillas alzadas por encima de la cadera, vio por primera vez su imagen reflejada en el gran espejo del muro.

No pudo reconocerse de las modificaciones que le hicieron.

Esas fueron sus primeras horas de cinco interminables años que había firmado en el contrato.

F I N

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