September 17

Campamento de Verano

Tiempo estimado de lectura: [ 33 min. ]

Manuel, un viudo de casi setenta años, acepta a regañadientes acompañar a su nieto Dani como voluntario en un campamento de verano. Allí conocerá a Zoe, una joven monitora cuya simpatía y belleza despiertan en él emociones que creía ya olvidadas...

Capítulo 1

Mientras caminaba agarrado de la mano de su nieto Dani, Manuel sonrió irónicamente al recordar la conversación que había mantenido con su hijo por teléfono.

—Vamos, papá, anímate. Yo creo que te vendrá bien ir y desconectar unos días. Además, Dani está deseando que vayas —le había dicho David.

—Pero vamos a ver... ¿Qué pinto yo, a mis sesenta y nueve años, en un campamento de verano lleno de chavales? Además, ¿no hay ya unos monitores para supervisarlos?

—Sí, pero este año se ve que hay más gente de lo previsto y están buscando familiares y demás para ayudar —le explicó—. Anímate, papá, tampoco está tan mal. Es como un camping enorme en mitad del bosque, hay varias piscinas...

—Que no, hijo, que no. No me vas a convencer. Yo estoy muy a gusto aquí en casa, saliendo a correr cada día, tomando tranquilamente mi café...

David lo había llamado varias veces más, recibiendo siempre la misma negativa.

Y, sin embargo, ahí estaba aquella mañana, de camino al autocar que los llevaría a pasar cuatro días en un camping. Cuando vio a lo lejos el vehículo repleto de juventud, se rascó la cabeza, cubierta por una abundante cabellera canosa, ligeramente ondulada, y murmuró:

—Cómo he acabado aquí...

—¿Decías algo, abuelo?

—No, no. Solo decía cuánta gente... Te lo vas a pasar en grande, ¿eh?

—Sí, sí, tengo muchas ganas —respondió un ilusionado Dani, que a sus diez años era un auténtico terremoto.

Tanto que, en cuanto vio a unos amigos suyos, se soltó de la mano de su abuelo y salió corriendo hacia ellos, dando saltos de alegría.

Manuel se mantuvo al margen, resoplando y llevándose una mano a su cuidada y muy corta barba gris mientras observaba el panorama: padres despidiéndose de sus hijos, niños revoloteando de un lado para otro y, algo más apartados, quienes parecían ser los monitores.

Eran cuatro: tres chicos y una chica. Todos iban vestidos igual, con una camiseta roja y unos pantalones cortos negros.

No era únicamente porque fuera la única chica, pero lo cierto era que resultaba difícil no fijarse en ella. Incluso desde lejos destacaban su piel morena y bronceada y, sobre todo, sus generosas curvas. Parecía una auténtica belleza.

Entre resoplidos y admitiendo para sus adentros que no había escapatoria, Manuel se acercó a los monitores con paso firme y decidido.

—¡Hola! Esto... Soy Manuel, uno de los voluntarios y abuelo del que seguramente será el niño que más guerra os dé —dijo con tono amable y simpático.

—¡Ah, hola! ¡Qué bien, bienvenido! —respondió uno de los monitores, estrechándole la mano—. Nos presentamos: yo soy Álex; el de mi derecha, Hugo; a mi izquierda, Raúl; y la chica del grupo, Zoe.

Ninguno aparentaba tener más de veinticinco años y, como bien había intuido, la tal Zoe era un bellezón. Su cabello era afro y rizado, de un color muy oscuro, prácticamente negro. Sus ojos, también oscuros, destacaban tras unas gafas de montura grande. Tenía un rostro sonriente y precioso, de facciones finas y muy simétricas.

A primera vista, todos parecían bastante agradables. Tal vez el que menos, el tal Raúl.

—Pues te llevo con el resto de voluntarios y ahora subiremos al autocar, que estamos a punto de salir —concluyó Álex.

Antes de marcharse, Manuel lanzó una última mirada hacia Zoe y sus ojos se encontraron. Ella le dedicó una amplia sonrisa, mostrando unos dientes blancos y cuidados.

El resto de voluntarios —cuatro en total, contando con Manuel— parecían estar en su misma situación: abuelos que habían sido engañados para pasar unos «tranquilos días» junto a sus nietos.

—En menuda nos hemos metido, ¿eh? —dijo Manuel.

Todos asintieron.

Capítulo 2

Mientras su nieto se acomodaba al fondo del todo con sus amigos, Manuel decidió sentarse en uno de los asientos delanteros. Sonrió para sus adentros cuando el autocar arrancó y comprobó que no tenía a nadie a su lado.

La soledad, sin embargo, le duró poco. Una voz con acento sudamericano llamó su atención.

—¿Te importa si me siento aquí? Es que, si me pongo muy atrás, me mareo —preguntó Zoe con amabilidad.

—Eh... Claro, claro, ningún problema. No estaría bien empezar el campamento con mareos, ¿no? —respondió él.

—Gracias, jeje.

Zoe se sentó y Manuel comprobó que su vista a lo lejos no le había fallado. Sus curvas eran para perderse, con unas tetas especialmente voluminosas y, al parecer, naturales, ya que al sentarse se movieron ligeramente.

—¿Con ganas de vivir estos cuatro días? —preguntó Zoe.

—Para no romper la alegría desmedida de la jauría de niños que hay ahí detrás, te diré que sí, va... —respondió Manuel.

Zoe comenzó a reírse. Manuel percibió entonces el agradable y dulce aroma que desprendía.

—¡Anímate, va! ¡Ya verás como lo pasaremos bien!

—Haré lo posible para que así sea... Prometido.

—Además, viendo que estás casado... —apuntó Zoe, fijándose en la alianza que llevaba Manuel—. Seguro que unos días de desconexión te vienen bien.

—Jajaja, bueno... En parte tienes razón, pero a mí esa desconexión del matrimonio no me hace falta. Soy viudo.

La sonrisa desapareció inmediatamente del rostro de Zoe, que se llevó una mano a la boca.

—Perdón, no sabía...

—Tranquila, ¡ni te preocupes! ¿Qué ibas a saber, mujer? Además, pasó hace ya tres meses y, créeme, era lo mejor. El cáncer destruye a una persona.

Se produjo un pequeño silencio. Zoe parecía sentirse realmente mal por aquella metedura de pata. Manuel lo notó y decidió cambiar el rumbo de la conversación.

—Con esa piel tan bronceada y ese acento... Deduzco que eres colombiana.

—Sí, señor, bien visto... Nací en Colombia, pero a los diez años me mudé con mi mamá aquí, a España.

—¿Las dos solas?

—Sí, bueno... Mi papá nos abandonó y, aprovechando que mi mamá tenía unos conocidos aquí, decidió que nos fuéramos para empezar una nueva vida. Y no le fue mal, ¿eh? Se volvió a enamorar y todo...

—¿Sí? ¡Qué bien!

Mientras la escuchaba, Manuel no pudo evitar reparar en algunos detalles de ella: los tatuajes de su brazo, su sonrisa y la seguridad con la que hablaba.

—Sí, de hecho siguen juntos... Y eso que él le saca veinte años. Mi mamá tiene cuarenta y cinco y él sesenta y cinco.

—¡Guau! Bueno, ya lo dicen, ¿no? Para el amor no hay edad...

—Y tanto que no la hay... Ese hombre es muy bueno. Me crio como si fuera su hija de sangre.

—¿Qué edad tienes? —preguntó Manuel con curiosidad.

—¿Cuántos me echas? —replicó Zoe con una amplia sonrisa.

Manuel se tomó unos segundos para observarla.

—Pues veamos... ¿Veinticuatro?

—¡Guau, acertaste de nuevo! —contestó Zoe entre risas.

Manuel sonrió. Empezaba a pensar que tal vez aquel campamento no iba a estar tan mal...

Capítulo 3

Su hijo no le había mentido: el camping se veía espectacular. Varias piscinas grandes en plena naturaleza y pequeñas y preciosas cabañas de madera repartidas entre los árboles.

—Qué chulo, ¿eh? Anda que no te lo vas a pasar bien —fue lo único que le dio tiempo a decirle a su nieto antes de que este saliera corriendo hacia la piscina junto a sus amigos.

Mientras sus pequeños y claros ojos observaban todo a su alrededor, Manuel vio que, tras unos árboles, estaban dos de los monitores: Hugo y Raúl. Se acercó a ellos y escuchó lo que decían.

—Joder, yo que quería sentarme con Zoe y se ha tenido que poner al lado del viejo ese —protestó Raúl.

—No pasa nada, aún tienes días por delante, tío.

—Ya, ya lo sé... Estoy seguro de que esta vez no se me escapa. Esas tetazas morenas van a ser mías —concluyó Raúl con tono chulesco, soltando una risa bobalicona.

No le había fallado su intuición con Raúl. Era un chico guapo, alto, de facciones marcadas y en buena forma, con abundante cabello castaño y ojos claros. Sin embargo, ya a simple vista transmitía cierta arrogancia y, después de escuchar aquello, Manuel confirmó que era un presumido y un fanfarrón.

Regresó con el resto y suspiró aliviado al descubrir que tenía una cabaña para él solo, lo que significaba que no tendría que dormir ni compartir su espacio con nadie. Además, estaba bastante bien equipada; incluso tenía un pequeño porche donde sentarse.

El primer día transcurrió prácticamente en la piscina, aunque Manuel se mantuvo bastante al margen y pasó gran parte del tiempo sentado en el porche de su cabaña. Apenas estuvo con el resto del grupo, salvo a la hora de cenar, ya que las comidas se hacían en un gran comedor cubierto.

Allí se cruzó de nuevo con Zoe.

—No te he visto en la piscina... —le dijo ella a modo de saludo.

—Ten en cuenta que mi nieto, con esa energía que tiene, ya hace suficiente ruido por los dos.

—Jajaja, la verdad es que es un torbellino, ¿eh? —replicó Zoe, sonriéndole mientras le agarraba suavemente del brazo durante unos segundos.

Raúl los observaba desde lejos. No le pasaron inadvertidas aquellas sonrisas ni aquel leve contacto, aunque terminó negando con la cabeza.

Sí que le ha caído bien el viejo..., pensó.

A la mañana siguiente, Manuel fue de los primeros en despertarse. Todavía no había nadie levantado. Asomado al porche de su cabaña, vio a lo lejos una de las piscinas, tímidamente iluminada por los primeros rayos de sol.

No se lo pensó dos veces y se puso el bañador.

Mientras nadaba, escuchaba el aire colándose entre los árboles. Dio unos cuantos largos, animado y de buen humor. A sus sesenta y nueve años se conservaba muy bien. Había trabajado toda su vida en el puerto como mozo de almacén, por lo que su cuerpo todavía conservaba una notable robustez y fortaleza.

—Pensé que no te gustaba la piscina...

Manuel sacó la cabeza del agua y vio a Zoe.

Llevaba un vestido blanco ceñido al cuerpo, confeccionado con un tejido de rejilla semitransparente que dejaba entrever el bikini que llevaba debajo. A través de la tela también podían distinguirse los laterales de sus piernas y parte de sus torneados muslos, incluido el tatuaje que adornaba uno de ellos.

—Bueno, tal vez no me expliqué bien... No me gustan las piscinas con muchos niños saltando y salpicando.

—¡Jajaja! Te entiendo... Por eso estoy aquí, para aprovechar un rato de relax antes de que esto se llene. ¿Te importa si te acompaño?

—Faltaría más... Adelante.

Zoe se quitó el vestido bajo la atenta mirada de Manuel, que procuró observarla con disimulo. Cuando se quedó en bikini, comprendió definitivamente por qué resultaba tan difícil que aquella chica pasara desapercibida.

Llevaba un bikini de dos piezas de un llamativo color naranja. La parte superior, anudada al cuello y a la espalda, realzaba sus enormes y abundantes tetas. La braguita, de corte alto, se ajustaba a sus caderas y acentuaba todavía más sus pronunciadas curvas.

Sin darle tiempo a recrearse demasiado, Zoe se lanzó al agua e hizo también unos largos antes de detenerse frente a Manuel.

—Uf... Qué bien, ¿eh? ¡Qué fresquita está!

Nadaron juntos durante un buen rato hasta que vieron que se acercaba la hora del desayuno y salieron de la piscina para secarse.

La piel morena de Zoe, intensamente bronceada, contrastaba con el vivo color naranja del bikini. Tenía una cintura estrecha que daba paso a unas caderas anchas y proporcionadas. Mientras se secaba, Manuel se dio cuenta de que ahora era ella quien lo observaba de arriba abajo.

—No quiero ser indiscreta, pero... ¿Qué edad tienes?

—Sesenta y nueve. Dentro de justo dos semanas cumpliré setenta.

—¡Guau! Pues te echaba muchísimos menos, que lo sepas... Estás fenomenal.

—Oír eso de una chica como tú... anima, y mucho. Tanto que hasta voy a proponer que amplíen los días del campamento.

Zoe comenzó a reír. Su risa hizo que todo su cuerpo se estremeciera ligeramente y arrancó una sonrisa a Manuel, que no pudo evitar sentir que aquella joven escultural empezaba a remover algo dentro de él.

Capítulo 4

Aquella mañana del segundo día de campamento la pasaron dando un largo paseo por los alrededores, entre bosques y montañas. A lo largo del recorrido, Manuel y Zoe intercambiaron conversaciones y risas, algo que irritó profundamente a Raúl.

—Joder, pero ¿este viejo de dónde ha salido? Qué pesado, no se separa de ella.

—A ver si a Zoe le van los maduritos... —apuntó Hugo entre risas.

—¿Qué dices? No digas tonterías.

Sin embargo, durante un fugaz segundo, la enorme seguridad que Raúl tenía en sí mismo pareció tambalearse al observar la complicidad entre ambos.

Volvieron justo a la hora de comer. Manuel y Zoe se sentaron juntos, hablando y riendo tranquilamente, aunque la conversación se vio interrumpida por Raúl, que llevaba un rato observándolos.

—Manuel, ¿verdad? —preguntó con falsa amabilidad.

—Sí, ese soy yo —respondió Manuel, limpiándose la boca.

—Verás, esta tarde vamos a hacer una competición de natación... Era por si querías apuntarte.

Sus miradas se cruzaron. A pesar de que Raúl sonreía, Manuel percibió cierta hostilidad en sus ojos.

—Pues... ¿por qué no? Allí estaré.

—Así me gusta, mostrando espíritu guerrero —dijo Raúl, dándole una sonora palmada en la espalda.

Ya por la tarde, Manuel abandonó la comodidad de su porche y se plantó en la piscina. A lo lejos vio a Raúl, que fanfarroneaba mientras calentaba y hablaba con varios niños.

—Demuestra que esos sesenta y nueve años son solo un número —le dijo Zoe antes de que entrara en el agua, acariciándole la espalda.

Llevaba la camiseta roja de monitora y la braguita del bikini. Manuel notó un cosquilleo que le recorrió todo el cuerpo, viniéndose arriba.

La competición era sencilla: tenían que recorrer la piscina de un extremo a otro dos veces y el último en llegar quedaba eliminado. Los niños fueron los primeros en caer y, a medida que avanzaba la prueba, fueron quedando menos participantes hasta que finalmente solo quedaron Hugo, Raúl y Manuel.

Para sorpresa de todos, el siguiente eliminado fue Hugo.

—¡Vamos, abuelo! ¡Tú puedes! —gritó su nieto, orgulloso y expectante, mientras Hugo salía del agua derrotado.

Raúl y Manuel permanecieron apoyados en el borde de la piscina, recuperando el aliento.

—Vaya, Manuel... Qué aguante tienes. Quién lo iba a decir, a tu edad... —comentó Raúl con sarcasmo y una sonrisa desafiante.

Manuel no respondió. Mantuvo la mirada al frente hasta que escuchó la voz de Zoe.

—¡Vamos, Manuel! ¡Que casi lo tienes! —gritó mientras saltaba para animarlo, haciendo que sus enormes tetas botaran bajo la camiseta.

Aquello irritó todavía más a Raúl, mientras una sonrisa aparecía en el rostro de Manuel.

Ambos arrancaron a nadar. La fatiga empezaba a hacer mella en Manuel, pero luchaba con todas sus fuerzas, manteniendo el ritmo de un sorprendido Raúl, que se vio obligado a exprimirse al máximo. Tanto, que al final logró imponerse.

—¡Vamos! —gritó Raúl con tono chulesco al salir del agua.

Después se acercó a Manuel y añadió en voz baja:

—¿Ves, abuelo? Al final, la tercera edad no tiene nada que hacer... Estoy en otra liga. Para todo...

Manuel lo vio alejarse para reunirse con varios niños, que lo recibieron entre vítores.

—¡Buah, abuelo, por qué poco...! Has estado a nada —le dijo su nieto con orgullo.

—Sí, por muy poco... —corroboró Zoe.

Se agachó junto al borde de la piscina mientras Manuel todavía permanecía en el agua. Al inclinarse, sus voluptuosas tetas se apretaron bajo la camiseta, acentuando todavía más su volumen.

—Para mí, tú eres el vencedor. Te has ganado que esta noche te invite a una copa en el bar del camping... Si quieres.

—No lo dudes, allí estaré. Solo vine al camping por eso, para que me invitaras a una copa.

Zoe rio y se alejó.

Manuel observó cómo sus caderas se balanceaban suavemente al caminar, mientras la braguita del bikini dibujaba el contorno de sus glúteos redondos y firmes. La siguió con la mirada hasta que su figura terminó perdiéndose entre el resto del grupo.

Capítulo 5

El resto del día se le hizo eterno a Manuel, que estaba deseando tomar aquella copa con Zoe. Cuando al fin llegó la noche, se dirigió con cierto nerviosismo al bar del camping. Ella ya estaba allí.

—Vaya... Pensaba que un caballero me estaría esperando al llegar —dijo Zoe con su característico acento colombiano, entre risas.

—Perdón, pero quería ponerme guapo para la ocasión. Aunque creo que no estoy a la altura de mi acompañante...

Manuel tomó asiento. Zoe estaba guapísima. Sus gafas de montura grande realzaban sus expresivos ojos oscuros. Vestía una camiseta negra de manga larga y elástica que se ceñía a su cuerpo. Varios cordones negros se entrecruzaban sobre el pronunciado escote de la prenda, provocando que sus tetas se vieran descomunales.

—¿Sí? Me puse guapa para la ocasión...

—Has superado las expectativas.

Ambos pidieron un par de cócteles y comenzaron a bebérselos mientras la conversación fluía con facilidad.

—¿Sabes? Creo que el tal Raúl montó esa competición para impresionarte...

—Pff... Pues lo lleva difícil. No me llama nada la atención. Veo a Raúl como uno de esos hombres con los que tan mal lo pasó mi mamá, incluido mi padre.

—Si te soy sincero... A mí tampoco me gusta Raúl para ti.

—Aunque también te digo una cosa: ahora mismo no busco pareja. Estoy bien soltera; tan solo quiero pasármelo bien... Pero tampoco con cualquiera.

—Entiendo... Y me parece muy bien esa postura. Además, no creo que te resulte difícil pasártelo bien.

—¿Ah, sí? ¿Y por qué crees eso? —preguntó Zoe con curiosidad y una sonrisa.

Manuel cogió su móvil, activó la cámara frontal y orientó la pantalla hacia ella. Zoe contempló su propio rostro en el teléfono, con su pronunciado escote asomando por la parte inferior de la imagen.

—Una imagen vale más que mil palabras, ¿no?

Zoe estalló en carcajadas.

—Esa no me la esperaba... ¡Jajajaja!

Manuel también comenzó a reír. Zoe jugueteó con la pajita de su cóctel y, antes de darle un sorbo, le preguntó:

—¿Y tú? ¿Qué me cuentas de tus relaciones?

—Pues conocí a mi mujer con veinte años... A los veintidós ya nos habíamos casado. Tuvimos dos hijos, luego vinieron mis nietos... Y así hasta estar juntos un total de cuarenta y siete años.

—¡Guau! Qué bonito... Pensaba que algo así solo pasaba en las películas, jeje. Entiendo que quizá no quieras hablar de ella, pero... ¿cómo era?

—¿Mi mujer? Se llamaba Cristina y era perfecta para mí. Aventurera, alegre, divertida, guapa... La verdad es que nuestra vida juntos fue muy buena hasta que... llegó ese maldito cáncer.

—Qué injusta es a veces la vida...

—Totalmente. Los dos últimos años ya no era ella, no era mi Cristina... Era solo su cuerpo.

—Quédate con los cuarenta y cinco años anteriores. Tuvo suerte de dar con alguien como tú.

Manuel sonrió, agradecido por aquellas palabras.

—Suerte tendrá quien logre pasárselo bien contigo.

—Jajaja... Bueno, yo no cierro puertas.

Zoe le guiñó un ojo con complicidad.

Manuel sintió de nuevo cómo algo se removía dentro de él, aunque aquella vez con mucha más intensidad. Un cosquilleo le recorrió todo el cuerpo.

Capítulo 6

Llegó el penúltimo día de campamento. Unos días atrás, eso era precisamente lo que Manuel más habría deseado. Sin embargo, ahora pensaba justo lo contrario. Le encantaba pasar tiempo con Zoe y la idea de que aquella experiencia estuviera llegando a su fin le producía una extraña sensación de vacío.

Al ser la última noche, el camping iba a celebrar una pequeña fiesta con música y baile en el gran comedor. Mientras los niños disfrutaban de la piscina, los monitores y los voluntarios se encargaban de decorar el salón para la ocasión.

—Esta noche... ¿nos tomaremos una copa juntos? —preguntó Raúl a Zoe con su habitual fanfarronería.

—Sí, bueno... junto al resto, ¿no?

—Ya brindaremos, ya verás... Lo pasaremos bien. Tiene que ser una noche especial.

Acto seguido, Raúl se acercó a Manuel, que estaba moviendo varias mesas.

—¿Te echo un cable, abuelo?

Manuel dejó la mesa en el suelo y levantó la vista hacia él. Raúl lo observaba con una amplia sonrisa, esperando alguna reacción.

—El abuelo se vale por sí mismo, créeme.

—Ya veo, ya... La verdad es que no pareces el típico abuelo que se pasa el día mirando obras, dando de comer a las palomas o diciendo aquello de «antes todo esto era campo» —comentó entre risas.

Manuel sonrió con tranquilidad.

—No, la verdad. Igual que tú tampoco pareces de los que vayan a hacer mucho más esta noche que tomarse unas copas.

Las sonrisas desaparecieron de ambos rostros. Durante unos segundos se quedaron mirándose fijamente.

Raúl no esperaba aquella respuesta.

—Eso ya lo veremos... Siempre que aguantes despierto. A vuestra edad soléis acostaros pronto, ¿no?

Sin esperar contestación, se dio la vuelta y se alejó, intentando mantener su aire de superioridad.

Zoe, que había presenciado desde lejos la conversación entre ambos, se acercó a Manuel en cuanto Raúl se marchó.

—¿Todo bien?

—Sí, jeje, no te preocupes —respondió Manuel con una amplia sonrisa—. No ha quedado nada mal, ¿eh?

Zoe recorrió el comedor con la mirada y asintió, satisfecha.

—Jajaja... La verdad es que sí. Al ser la última noche, qué menos, ¿no? En una cosa no se equivocaba Raúl: tiene que ser... especial.

Al pronunciar aquella última palabra, sostuvo la mirada de Manuel durante unos segundos más de lo habitual y le dedicó una sonrisa cargada de complicidad y picardía. Después, le pasó suavemente una mano por los hombros antes de continuar hacia el otro lado del comedor.

Manuel permaneció inmóvil unos segundos, siguiéndola con la mirada. Cada pequeño gesto de Zoe, por insignificante que fuera, parecía despertar algo nuevo dentro de él.

Capítulo 7

La noche llegó. Todo el camping permanecía en penumbra, salvo el gran comedor, completamente iluminado y con la música resonando entre sus paredes. Los niños bailaban, saltaban y reían sin parar.

Apoyado en la barra del pequeño bar, Manuel observaba con una amplia sonrisa a su nieto, que, sin duda, se lo estaba pasando en grande. Para la ocasión se había puesto una bonita camisa azul marino que realzaba sus anchos hombros y su todavía poderosa espalda, junto con unos pantalones a juego.

Al cabo de unos instantes, dejó de mirar a Dani y recorrió el comedor con la vista en busca de Zoe. Por el momento, no había ni rastro de ella.

—¡Pero bueno, Manuel! ¡Qué guapo te has puesto! —exclamó Raúl mientras se acercaba junto a Hugo.

Iba exageradamente perfumado y con varios botones de la camisa desabrochados, como si quisiera asegurarse de que todo el mundo reparara en él.

Manuel no respondió. Se limitó a esbozar una sonrisa educada mientras seguía mirando al frente.

Raúl se inclinó hacia él y le susurró al oído:

—Pásalo bien esta noche... Nunca se sabe cuándo será la última. Y más cuando uno va cumpliendo años.

Después le dio una sonora palmada en la espalda y se alejó junto a Hugo.

Manuel dejó escapar un suspiro y volvió a recorrer el comedor con la mirada. Una sonrisa se dibujó en su rostro cuando, finalmente, vio aparecer a Zoe.

Vestía un top negro de manga corta, muy ceñido al cuerpo y con un pronunciado escote en forma de V que dejaba al descubierto buena parte de sus tetas. Completaba el conjunto con un pantalón blanco de tiro alto, cuyo contraste con el negro del top hacía que su piel bronceada destacara todavía más.

Tras varios minutos en los que logró zafarse de Raúl y hablar con algunos niños, Zoe se dirigió directamente hacia Manuel.

—¡Guau! ¡Pero qué guapo!

—Nada comparado contigo... Estás increíble. Un poco más y me da un infarto al verte...

—Jajaja... Gracias, gracias. La ocasión lo merece, ¿no crees?

Durante unos instantes, ambos se quedaron mirándose. Al acercarse, sus dedos se rozaron levemente, casi por casualidad. Después pidieron un par de copas y se acomodaron frente a la barra.

La conversación, como había sido habitual durante aquellos días, fluía con una naturalidad sorprendente. Manuel luchaba por mantener la mirada fija en los ojos de Zoe, aunque de vez en cuando se le escapaba hacia el profundo escote de su top. Aquella noche estaba especialmente guapa y, por más que intentaba disimular, le resultaba imposible no fijarse en ella.

—Al final el campamento no ha estado tan mal, ¿no? —preguntó Zoe antes de dar un sorbo a su copa.

—Para nada... Pero que sepas que ha sido gracias a ti.

—Jajaja... ¿Y por tu nieto no?

—Claro, claro, también. Se lo ha pasado en grande; seguro que no lo olvidará nunca. Bueno... ninguno de ellos. Yo tampoco olvidaría tener una monitora como tú.

Zoe sonrió, divertida.

—¿Ah, sí? ¿Y por qué?

—Porque pocas veces se tiene una monitora tan simpática, divertida... y tan guapa. Si los niños fueran unos años mayores, más de uno estaría perdidamente enamorado de ti.

—¿Solo ellos? —preguntó entre risas, arqueando ligeramente una ceja.

Manuel soltó una pequeña carcajada.

—Bueno... Di por hecho que, desde que me preguntaste si podías sentarte conmigo en el autobús, yo ya estaba incluido.

Zoe rompió a reír.

Durante unos largos segundos ninguno de los dos dijo nada. Simplemente se miraron, sonrientes. Manuel terminó desviando la vista, incapaz de resistirse al pronunciado escote que tenía frente a él. Resopló para sus adentros antes de volver a levantar la mirada.

Entonces Zoe habló con una voz algo más suave.

—¿Sabes una cosa? Me recuerdas mucho a la pareja de mi mamá...

—Ay, si me pillaras más joven... —respondió Manuel entre risas.

Zoe sostuvo su mirada.

—Bueno... ¿No dijiste aquello de que para el amor no había edad?

Manuel sintió un calor recorriéndole todo el cuerpo. No era para menos. Zoe mantenía sus grandes ojos oscuros clavados en él mientras sonreía con una mezcla de dulzura y picardía. Estaban cada vez más cerca y Manuel podía percibir incluso su perfume.

Por un instante, ninguno de los dos dijo nada.

Fue entonces cuando una voz rompió el silencio.

—¡Aquí estabas! Mira que eres escurridiza, ¿eh? Pero, aun así, no te me vas a escapar para este baile. Te la robo, Manuel.

Raúl sonrió con suficiencia, tomó a Zoe suavemente del brazo y comenzó a alejarse con ella. Antes de darse la vuelta, le guiñó un ojo a Manuel.

Mientras sonaba la música, Manuel observaba desde la barra cómo Raúl y Zoe bailaban entre el resto del grupo. Sin embargo, no tardó en darse cuenta de un detalle: cada pocos segundos, ella levantaba la vista y lo buscaba con la mirada.

Raúl no dejaba de pegarse a ella. Intentaba acortar las distancias con cualquier excusa y, cada vez que Zoe parecía encontrar un hueco para alejarse, él llamaba a Hugo, al resto de monitores o incluso a algunos niños para mantenerla allí.

Solo cuando Raúl se marchó un momento al baño, Zoe aprovechó la oportunidad.

Se acercó rápidamente a Manuel.

—Madre mía... ¿Tú has visto? No había manera de quitármelo de encima.

—Aunque no sea precisamente santo de mi devoción... tengo que reconocer que entiendo al chaval.

Zoe rompió a reír.

—Jajaja... Pues a ver si entiende él que, por mucho que me saque a bailar, poco va a conseguir.

En ese momento, ambos vieron a Raúl salir apresuradamente del baño y recorrer el comedor con la mirada, buscándola.

—Pff... No me va a dejar en paz... ¿Por qué no hacemos una cosa?

Manuel la miró con curiosidad.

—Podemos quedar en mi cabaña. Allí estaremos... mucho más tranquilos. ¿Te parece?

Manuel sonrió.

—Es el mejor plan que he oído en todo el campamento...

Zoe volvió a reír.

—Nos vemos allí.

Le guiñó un ojo y, antes de que Raúl pudiera verla con Manuel, se escabulló entre la gente.

Capítulo 8

Con paso tranquilo, aunque con un ligero cosquilleo de nervios en el estómago, Manuel se dirigió hacia la salida del comedor. Antes de marcharse, se despidió de su nieto.

Cuando ya estaba a punto de cruzar la puerta, una voz lo detuvo.

—¡Eh, Manuel! Pero bueno, ¿ya te vas? —preguntó Raúl con una sonrisa burlona.

Manuel se giró despacio.

—Pues sí... Tenías razón cuando dijiste que, a mi edad, nos vamos a dormir pronto.

Raúl soltó una carcajada.

—Descansa, abuelo. Ya disfruto yo de la noche por ti.

Le dedicó una sonrisa chulesca y, acto seguido, comenzó a recorrer el comedor con la mirada en busca de Zoe.

Manuel no pudo evitar sonreír para sus adentros.

Todo estaba en penumbra. La cabaña de Zoe, situada en el extremo más alejado del camping, era una de las pocas que permanecían iluminadas. Mientras recorría el camino hasta ella, la cabeza de Manuel no dejaba de dar vueltas. Sentía una extraña mezcla de ilusión y nervios que hacía muchísimo tiempo que no experimentaba.

Nada más poner un pie en el pequeño porche, la puerta se abrió.

Zoe apareció al otro lado con una amplia sonrisa.

—Adelante... Estás en tu casa —dijo entre risas mientras se hacía a un lado para dejarlo pasar.

En cuanto Manuel entró, ella cerró la puerta con suavidad.

—He conseguido llevarme un par de cócteles... Y además bien cargados. Para amenizar la noche.

Sobre la pequeña mesa de madera descansaban las dos copas, todavía intactas.

La cabaña era prácticamente igual que la suya: construida por completo en madera, de estilo rústico, pero acogedora y bien distribuida. Contaba con un pequeño baño, una habitación y un salón en el que apenas cabían un sofá, una mesa baja y un par de sillas.

Zoe no había mentido cuando dijo que los cócteles estaban bien cargados. Aun así, mientras charlaban animadamente, Manuel terminó el suyo casi sin darse cuenta.

—Me parece muy bonito que sigas llevando la alianza —comentó Zoe antes de dar el último sorbo a su copa.

Manuel bajó la mirada hacia su mano.

—Qué menos. Aunque ya no esté, siempre la llevaré conmigo. Tuve mucha suerte de conocerla.

—También la tuvo ella, ¿eh? —respondió Zoe mientras se sentaba a su lado en el sofá.

Se hizo un pequeño silencio.

—Quién me iba a decir a mí que acabaría tomándome una copa en la cabaña de una de las monitoras...

—Jajaja. Y a mí, con uno de los voluntarios... Pero aquí estamos, ¿no?

Zoe estaba sentada de lado, completamente orientada hacia él. Al inclinarse ligeramente para dejar la copa sobre la mesa, el escote de su top atrajo inevitablemente la mirada de Manuel.

Intentó apartar los ojos de inmediato, pero ya era demasiado tarde.

Cuando volvió a levantar la vista, descubrió que Zoe lo estaba observando. Lo había pillado de lleno y Manuel se puso nervioso.

—Perdona... No quería... De verdad, perdón.

Zoe sonrió.

—Jajaja... No tienes nada por lo que disculparte. Cuando me pongo un escote así es porque quiero que alguien lo mire... Y esta noche quería que fueras tú.

Los nervios de Manuel se acentuaron. Le costaba creer lo que acababa de oír. Levantó la vista y se encontró con los grandes ojos oscuros de Zoe clavados en él. Lo observaba expectante, con una sonrisa cargada de complicidad.

Manuel tomó aire.

—Pues... objetivo conseguido. Era difícil no mirar...

Esta vez no trató de disimular y dejó que sus ojos descendieran hacia las enormes tetas de Zoe antes de volver a encontrarse con su mirada.

Zoe rio. No era la risa espontánea que Manuel había escuchado durante aquellos días. Esta vez fue más pausada, más baja, cargada de una picardía que hizo que a Manuel se le acelerara el pulso.

Zoe se acercó un poco más y se inclinó hacia él. Manuel percibió el dulce aroma de su perfume y notó cómo el corazón le latía con tanta fuerza que parecía querer salírsele del pecho.

—Ese era el primer objetivo de la noche... Ahora viene el segundo.

Antes de que Manuel pudiera reaccionar, Zoe acortó la escasa distancia que los separaba y posó sus labios sobre los suyos.

Fue un beso largo e inesperado.

Cuando finalmente se separaron, lo hicieron despacio. Ambos permanecieron unos segundos mirándose en silencio.

Zoe sonreía con una mezcla de satisfacción y picardía. Manuel, en cambio, todavía parecía incapaz de asimilar lo que acababa de ocurrir.

—Esto... ¿No es un sueño, verdad? —preguntó, intentando recomponerse.

Zoe soltó una suave carcajada.

—Créeme que no... Aunque quizá sí. El sueño de un campamento de verano.

Ambos sonrieron.

Y, casi de forma instintiva, volvieron a besarse.

Capítulo 9

Los besos se sucedían uno tras otro, cada vez más apasionados.

—Esto... Ni en mis mejores sueños yo... —comenzó a decir Manuel.

—...te lo hubieras imaginado —terminó Zoe por él.

Agarrándose a los extremos del top, lo miró fijamente a través de sus gafas de montura negra.

—¿Todavía sigues pensando que es un sueño? —preguntó con una voz en la que se mezclaban la dulzura y la picardía.

Tiró suavemente del top y dejó al descubierto sus tetazas, que se sacudieron hacia delante al quedar liberadas.

Los ojos de Manuel se abrieron de par en par. La sorpresa se mezcló con la incredulidad y la emoción, como si todo aquello siguiera pareciéndole imposible.

Tenía ante él, a escasos centímetros, las enormes y naturales tetas de Zoe, sin duda las más grandes que había visto en su vida. Lucían el mismo tono bronceado que el resto de su piel y estaban coronadas por unos grandes pezones oscuros, rodeados por generosas aureolas.

A Manuel le costó articular palabra mientras Zoe lo miraba, expectante y sonriente.

—Dios mío, Zoe... —logró decir, completamente extasiado.

Ella le tomó las manos con delicadeza y las llevó hacia sus pechos, sin apartar en ningún momento la mirada de él.

Tras unos segundos de vacilación, Manuel comenzó a acariciárselos con una mezcla de ternura e incredulidad.

Zoe cerró los ojos durante un instante y dejó escapar una sonrisa apenas perceptible. Con cada gesto, Manuel iba perdiendo parte de los nervios iniciales. Poco a poco, la inseguridad dio paso a la confianza y comenzó a dejarse llevar por el momento que ambos compartían.

Las suaves caricias fueron volviéndose cada vez más intensas. Manuel notó cómo una extraña sensación de vitalidad parecía recorrerle todo el cuerpo. A pesar del considerable tamaño de sus manos, era incapaz de abarcar por completo el enorme volumen de aquellas tetas morenas.

—Tienes unas tetas colosales... —murmuró.

A partir de aquel momento terminó de dejar atrás sus reparos y se entregó por completo al deseo que llevaba días conteniendo. Comenzó a besarlas y lamerlas, recreándose en los pezones.

La respiración de ambos se volvió cada vez más agitada y pronto los primeros jadeos comenzaron a llenar la cabaña.

—Uff, Manuel... —gimió Zoe, echando la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos. Notaba cómo la boca de un cada vez más desatado Manuel succionaba y mordía cada centímetro de sus pechos, dejándolos impregnados de saliva

—Uff, Zoe... Qué tetas... —replicó Manuel, que abrió mucho la boca y abordó uno de los generosos pezones, mordiéndolo.

Zoe dio un respingo y soltó un placentero chillido mientras Manuel daba rienda suelta a su lengua y relamía como un poseso el pezón que tenía dentro de la boca.

El móvil de Zoe, que reposaba sobre la mesa junto a las copas vacías, comenzó a sonar. En la pantalla iluminada apareció el nombre de Raúl.

Ambos lo vieron.

—¿Sabes? El primer día dijo, textualmente: «Esas tetazas morenas van a ser mías». Al final, mira tú por dónde... —comentó Manuel con una sonrisa mientras le daba un sonoro azote en la teta derecha.

Zoe miró fugazmente el teléfono y decidió ignorarlo.Se puso en pie y volvió la vista hacia Manuel.

—¿Qué tal va tu sueño? —preguntó.

La ropa fue quedando a un lado mientras Manuel seguía contemplándola.

—Tratando de asimilarlo —contestó él mientras comenzaba también a desvestirse.

—La noche promete... —respondió Zoe con una sonrisa mientras volvía a acercarse, llevando tan solo un ajustado tanga. Sus tetas relucían a causa de la fina capa de saliva que había dejado en ellas Manuel, que se dejó caer sobre el sofá, incapaz de apartar la vista de ella.

Mientras tanto, en la fiesta, Raúl insistía con sus llamadas sin obtener respuesta.

—¿Dónde se habrá metido? —repetía una y otra vez.

—Tío, se habrá ido a su cabaña a dormir... —respondió un cansado Hugo.

—Voy a ver... Tú quédate aquí con Álex y vigila a los mocosos.

Raúl salió con paso firme y decidido mientras volvía a llamarla.

En la cabaña, el móvil de Zoe comenzó a sonar de nuevo. Ninguno de los dos hizo ademán de contestar.

Capítulo 10

Raúl suspiró aliviado cuando, a lo lejos, vio la cabaña de Zoe iluminada.

—Seguro que me está esperando... Esta es la mía —dijo en voz alta, sonriendo con superioridad mientras apretaba el paso.

A medida que se acercaba, comenzó a oír unos sonidos procedentes del interior. Al principio eran apenas perceptibles, pero cada paso los hacía más claros. Entonces distinguió con nitidez una voz que pronunciaba un nombre:

—Oh, oh, oooooh... Sí, Manuel, sí...

Raúl se quedó inmóvil a escasos metros de la cabaña, con el rostro completamente desencajado. No podía creer lo que acababa de oír.

—No... No puede ser... —titubeó mientras reanudaba el paso.

Sin embargo, acercarse todavía más a la cabaña no hizo más que confirmar aquello que se negaba a aceptar.

Los gemidos llegaban ahora con total claridad desde el interior.

—¡Ah... aaah... aaaah, Manuel! ¡Dios mío! ¡Sííí!

Con el labio temblando, dio unos pasos más hasta distinguir una pequeña rendija entre las cortinas de una de las ventanas.

—No... No me lo creo... Es un... viejo... —tartamudeó en voz alta mientras se asomaba con cautela.

En el interior de la cabaña, el ambiente era cálido y cargado. Manuel, completamente desnudo, al igual que Zoe, permanecía sentado en el sofá. Ella cabalgaba encima de él, totalmente entregada.

—¡Uff, Manuel! ¡Qué ganas tenía de esto! ¡Aaah, sí!

Manuel se aferraba a sus poderosas caderas, admirando el espectacular y sudado cuerpo de Zoe, entregada por completo a él. Las grandes tetas le golpeaban el rostro sin cesar.

El sofá crujía bajo los movimientos y el peso de ambos. Con el paso de los segundos, la intensidad de la escena iba en aumento. Manuel aferró una de sus manos al carnoso glúteo de Zoe, clavando las uñas en él, mientras con la otra sujetaba uno de sus pechos.

Zoe echó la cabeza hacia atrás, casi con los ojos en blanco, mientras Manuel apretaba el ritmo y comenzaba a percutirla aún con más fuerza, haciendo resonar el choque de sus cuerpos.

—¡Uff, sí! ¡Así, así, así, Manuel! ¡Así... Ah, Dios! —jadeaba.

El generoso culo de Zoe vibraba sin cesar. Sus tetas rebotaban cada vez más, hasta el punto de que parecía que, en cualquier momento, iban a salir despedidas.

Durante una fracción de segundo, la mirada de Manuel se desvió hacia la cercana ventana. Allí vio el rostro desencajado de Raúl, que contemplaba la escena completamente perplejo.

Sus miradas se cruzaron.

Zoe, con la cabeza echada hacia atrás y de espaldas a la ventana, no vio nada.

Manuel sintió una enorme satisfacción, e incluso una renovada vitalidad, al contemplar por primera vez a Raúl desprovisto de su habitual fanfarronería. Sin apartar la vista de él, esbozó una sonrisa cargada de triunfo. Sin dejar de mirarlo, alzó una mano y propinó varios azotes al culazo de Zoe, que dejó escapar un grito con cada uno de ellos.

Cada uno de aquellos azotes fue como una puñalada para un abatido Raúl, que contempló la escena con una mezcla de incredulidad y envidia, sin poder evitar fijarse en las vibrantes tetas de una pletórica Zoe.

Derrotado, dio media vuelta y emprendió el camino hacia su cabaña, deseando olvidar cuanto antes lo que acababa de presenciar.

Aunque el encontronazo con Raúl le había insuflado un inesperado golpe de energía, la intensidad del momento y tener encima a una joven de veinticuatro años como Zoe comenzaban a hacer mella en Manuel. Notaba que no podría aguantar mucho más.

—Zoe, yo... No sé si voy a poder... aguantar mucho más. Esto está siendo... demasiado... —dijo Manuel, extasiado.

Una exultante y sudada Zoe se apartó de Manuel y, para sorpresa de este, se arrodilló ante él.

—Vamos a poner un buen broche final a esta fantástica noche, ¿no? —dijo, cogiendo aire y sonriéndole con satisfacción.

Comenzó a estrujarse las tetas con una mano, mientras con la otra agarraba la polla de Manuel.

Manuel jadeó y tembló al notar las suaves manos de Zoe subir y bajar por su erecto miembro, de un tamaño nada desdeñable y con un gran grosor. De él colgaban dos grandes testículos que se contoneaban bajo la paja que estaba recibiendo.

Mientras lo masturbaba, Zoe no dejaba de mirar a un absorto Manuel, que jadeaba cada vez más sin apartar la vista de ella y de sus tetas, que se sacudían al ritmo de la paja.

—¿Hace cuánto que no...? —preguntó Zoe, cada vez más jadeante.

—Mucho... Demasiado. Pero ha valido la pena poder vivir una noche como esta.

Zoe sonrió y aceleró el ritmo. Manuel jadeaba cada vez con más intensidad, hasta que comenzó a temblar.

El ritmo de la masturbación era tal que, debido al continuo vaivén de Zoe, sus tetas golpeaban las temblorosas piernas de Manuel.

Manuel notó cómo su cuerpo llegaba al límite. Los temblores se intensificaron hasta el punto de que tuvo que apoyarse en una de las sillas para no perder el equilibrio.

—Ya viene... Uff, ya viene... Dios... Ah... No puedo más... Dios... Dios... ¡Dios! —comenzó a decir entrecortadamente.

Soltando un enorme alarido, comenzó a correrse bruscamente, dejando escapar densos chorros de semen que fueron a parar sobre el pecho de Zoe, donde cayeron con fuerza.

—¡Ah... Aaah... Dios mío! ¡Aaah! —chillaba una y otra vez, temblando.

No dejaba de soltar más y más semen, resultando una corrida monumental.

Zoe, arrodillada, permanecía inmóvil. Recibía como podía la cuantiosa corrida, que estaba dejando sus bronceados pechos teñidos de blanco.

La eyaculación se prolongó durante largos segundos. Manuel no dejaba de jadear y gritar. Cuando finalmente dejó escapar la última gota, se dejó caer sobre la silla, completamente rendido.

—Uff... Esto ha sido... demasiado... —dijo, respirando entrecortadamente.

Su pecho subía y bajaba con rapidez.

Cuando bajó la mirada, contempló a Zoe, que seguía arrodillada frente a él. Sus tetas estaban totalmente cubiertas por copiosos chorros de semen que las cruzaban por todos lados.

—Madre mía, Manuel... —dijo Zoe, todavía recuperando el aliento mientras lo miraba con una mezcla de asombro y satisfacción—. ¿Seguro que vas a cumplir setenta años? —preguntó entre risas.

Manuel, aún recuperándose en la silla, esbozó una sonrisa y soltó una carcajada. Ambos se quedaron mirándose unos instantes, completamente satisfechos y rendidos el uno al otro.

El denso semen comenzaba a deslizarse lentamente sobre la piel morena de Zoe, cuyo intenso tono hacía resaltar aún más el blanco de aquel contraste.

Capítulo 11

A la mañana siguiente, desde bien temprano, el autocar de vuelta ya esperaba a la salida del camping. Manuel, con un aspecto alegre y jovial, contempló por última vez las cabañas, deteniendo la mirada unos segundos en la de Zoe.

—Vaya días hemos pasado, ¿eh, abuelo? —le dijo un entusiasta Dani—. Aunque me da pena irme.

—Y a mí, créeme... —respondió Manuel con sinceridad.

Quién me iba a decir a mí que acabaría diciendo esto..., pensó para sus adentros con una sonrisa.

Entre todos comenzaron a cargar las maletas en el autocar. Raúl también estaba allí, aunque había perdido por completo su habitual aire de superioridad.

—En el próximo campamento mi abuelo te gana —le dijo Dani a Raúl con un tono simpático pero directo.

Raúl levantó la mirada y observó a Manuel, que cargaba una enorme maleta sobre el hombro. No dijo nada; se limitó a esbozar una leve mueca.

—Dani, a veces se gana... y otras se pierde —respondió Manuel mientras se acercaba—. ¿Verdad, Raúl?

Sus miradas se cruzaron por última vez. Mientras la de Manuel irradiaba serenidad, la de Raúl reflejaba una mezcla de impotencia, derrota y rabia.

De nuevo, Raúl no respondió. Lanzó la última maleta al maletero del autocar y se dio la vuelta. Al hacerlo, se encontró de frente con Zoe, que acababa de llegar.

—Buenos días —lo saludó Zoe con su habitual simpatía.

Raúl se quedó mirándola unos segundos y emprendió el camino hacia el interior del autocar sin articular palabra.

—¿Y a este qué le pasa? —preguntó Zoe a Manuel, sorprendida.

—Creo que anoche las copas le sentaron mal... —respondió Manuel con una sonrisa de satisfacción.

Se miraron y sonrieron con complicidad. Al verla de nuevo con su vestimenta de monitora, Manuel no pudo evitar recordar lo sucedido horas antes y notó un agradable cosquilleo recorriéndole el cuerpo.

—¿Y tú qué tal, terremoto? ¿Te lo has pasado bien? —le preguntó Zoe a Dani.

—¡Muy bien! Y con mi abuelo aún más... Es el mejor —respondió con orgullo.

—Lo es, sí... Ha sido la revelación del campamento —concluyó Zoe con una sonrisa pícara, lanzándole a Manuel una mirada cargada de complicidad—. Así que espero que la próxima vez también lo convenzas para que venga.

—No hará falta que me convenza. Tengo motivos de sobra para volver... —dijo un rejuvenecido Manuel.

© SrLobo - TD261799