May 30

Carcavera, una ciudad promiscua 1

Tiempo estimado de lectura: [ 36 min. ]

Mi vida es un desastre y mis padres deciden enviarme con un tío mío que tiene una empresa y que me dará trabajo.

La llegada a Carcavera

Acababa de cumplir los diecinueve y después de repetir curso, el último de secundaria, me habían quedado la mitad de las asignaturas. Mi madre estaba que trinaba, y mi padre me quería echar de casa. Eran finales de junio y mi madre decidió enviarme con mi tío Ramón, su hermano, a la costa donde vivía a un alto nivel con un negocio de transportes de mercancías. Vamos, que tenía pasta para aburrir.

Mi padre no quería, pues siempre le había caído mal. Decía que era un cabrón y un mafioso, pero dadas las circunstancias acabó cediendo.

Hice la maleta y me cogí un autobús para llegar a mi nuevo destino. Hacía cinco años que no le veía, ni a él ni a mí prima Laura, su hija. Según me había contado mi madre, se había separado hace dos años y ahora vivía con otra mujer.

Pensé en lo que dejaba atrás. Había sido un año cojonudo, menos para los estudios. Me había divertido, lo había pasado bien con los amigotes y había follado, aunque mucho menos de lo que me apetecía. Bueno, realmente es que me apetecía a todas horas. Era que me presentaran a una tía y mi mente solo pensaba en follar, y no hacía falta que estuviese muy buena.

Me consideraba un tío guapete, simpático, dicharachero y alegre. Solía caer bien a la gente, incluido a las tías, pero a veces era demasiado directo y me rechazaban. La falta de folleteo lo suplía a base de pajas, que caían de dos a tres diarias.

Cuando llegué a la estación y bajé del autobús, sentí ese olor a agua salada que desprende el mar y respiré hondo. No tenía ni putas ganas de trabajar, pero sabía que venía para que mi tío me diese trabajo, o quizás buscarme uno fuera de su empresa, pero viviría en la playa y eso era algo que siempre había deseado, pues el mar me flipaba.

Cuando salí de la estación llamé a mi tío, que se supone que me estaría esperando. Me dijo dónde estaba fiera y fui hasta el sitio señalado. Era bastante reconocible pues medía casi el uno noventa y era inmenso. Al momento le vi de pies, junto a un BMW deportivo de color azul turquesa.

Me dirigí hasta él y vi cómo comenzaba a sonreír según me acercaba.

- Vaya, mí sobrino preferido. – casi gritó dándome un fuerte abrazo.

- Hola, tío.

- Llámame Ramón, joder, que ya no eres un crío.

- De acuerdo, Ramón.

- Jajaja. – se rio escandalosamente mirándome – Joder lo que has crecido en estos cinco años.

- Bueno, no creo que te coja. – bromeé.

Yo media sobre el uno ochenta, y me sacaba un poco de alto, pero de cuerpo era dos como yo. A sus cincuenta años, tenía algo de barriguita, pero también estaba fuerte, por naturaleza propia. Yo tenía que ir al gim para poder mantener mi cuerpo medio en forma, pero el no lo necesitaba. Te acojonabas tan solo con verle.

Montamos en el coche y pusimos rumbo a su casa, donde iba a vivir temporalmente hasta que tuviese un trabajo y pudiera pagarme un alquiler.

- Me ha dicho tu madre que te has vuelto un poco cabroncete. – me soltó con su ancha sonrisa cubierta por un espeso bigote.

- No creo que te haya dicho eso. – sonreí.

- Bueno, con otras palabras, pero con el mismo significado.

- La verdad es que lo de estudiar no es lo mío.

- Eso no importa. Si estás dispuesto a trabajar duro puedes salir adelante.

- Nunca he trabajado en nada.

- Tranquilo. Te buscaré algo sencillo para empezar. – no dijo si en su empresa o en otro sitio – Pero de momento pasarás unos días de vacaciones para que te vayas haciendo con esta ciudad. No es muy grande, pero tiene de todo.

Nos callamos un momento y continuó.

- Supongo que sabes que ya no vivo con Laura.

- Si. Me lo ha dicho mi madre.

- Ahora vivo con otra más joven. – giró la cabeza para guiñarme un ojo.

Le devolví la sonrisa pero no dije nada.

- Supongo que no te parecerá mal.

- Eso es cosa tuya, Ramón. – quise agradarle – Vida solo hay una, y hay que aprovecharla.

- Jajaja. Me gusta cómo piensas chaval. Creo que nos vamos a llevar bien. – otro corto silencio - Sonia se fue a vivir con su madre, pero nos mantenemos en contacto, y cuando se enteró de que ibas a venir se puso muy contenta.

Sonia era mi prima, pero apenas la recordaba. La última vez que la vi ella tenía diecisiete años y yo catorce, y no es que me hiciese demasiado caso. Era normal, yo era un pipiolo y ella una adolescente con las hormonas a pleno rendimiento. Por eso no entendí que se pusiese contenta con mi llegada. Quizás mi tío exagerada.

- Entonces… ¿os seguís viendo?

- Si. Se cabreó al principio, cuando se enteró de que me había liado con otra, pero lo a acabado aceptando. Ahora viene por casa alguna vez. Supongo que esta tarde vendrá a verte. – otro silencio.

- Ahora conocerás a Raquel y a Palmira. Raquel es mi nueva compañera y Palmira es su madre.

- ¿Vive con vosotros su madre? – pregunté extrañado.

- Es una tía maja y no me importa. Así está Raquel acompañada cuando no estoy en casa. – volvió a mirarme retirando la vista de la carretera y me guiñó de nuevo un ojo – Te gustarán las dos, jajaja.

No entendí muy bien qué quería decir con eso, supuse que se refería a que me caerían bien.

Paramos a la entrada de urbanización cuando el vigilante subió la barrera al reconocer el coche.

- Hola Juan. Este es mi sobrino Daniel. Mañana os enviaré los datos para que le deis libre acceso de entrada y salida.

- De acuerdo, don Ramón. Deje que le haga una foto para que quede registrado y lo puedan identificar en los otros turnos.

Fue con una pequeña cámara de fotos al lado de mi ventanilla y me hizo la foto de la cara sin salir del coche y continuamos la marcha entre altos muros de piedra que rodeaban cada casa. Se abrió automáticamente una verja al llegar a la que supuse que sería la suya. Recorrimos unos treinta metros hasta llegar a la edificación, donde aparcó el coche bajo un voladizo.

La casa se veía grande desde fuera, de dos alturas. Un par de escalones daban acceso a un porche con barandilla donde en uno de los lados había un par de sillones de mimbre y una mesa redonda.

Entramos a un hall amplio del que salían unas escaleras por las que se subía al piso superior, y una puerta que daba acceso al salón. Cuando entramos al salón se levantaron las dos mujeres con amplias sonrisas. Me sobresalté quedándome parado. “¡Dios! ¡Qué pibón!” Pensé casi en voz alta al ver a una mulata con un cuerpazo tremendo, la cual supuse que sería Raquel.

Llevaba un vestido veraniego de tirantes ceñido a sus impresionantes curvas. Unas tetas y un culo que te nublaban la vista. El pelo largo y oscuro cubría parte de sus hombros desnudos, y adornaba su bonita cara de facciones redondeadas y sensuales.

No me di cuenta de que mi tío me miraba con una sonrisa pecaminosa hasta que giré los ojos hacia él.

- Jajaja. – rio exageradamente, como debía de hacerlo siempre.

- Te presentó a mi pareja, Raquel, y a su madre, Palmira.

Las dos se acercaron a mí (porque me había quedado paralizado) y me dieron sendos besos en las mejillas.

- Encantada. – comentó Raquel después de sentir sus sensuales labios sobre mi cara de idiota.

- Hola. – dijo Palmira – Que chico más guapo.

Ramón me dio una fuerte palmada en el hombro que zarandeó todo mi cuerpo, acompañada de otra risotada.

- Vamos, pasa. Te enseñaré el jardín. Sacarnos unas cervezas. – dijo al final de la frase dirigiéndose a las dos.

Salimos al jardín y aluciné de nuevo viendo la piscina rodeada de césped con algunos árboles. Me pareció enorme para ser la piscina de un chalet. El jardín era grande, y tenía árboles y arbustos por toda la extensión.

- A que es guapa, y está buena, ¡eh! – me susurró mi tío según nos sentábamos alrededor de una mesa redonda de hierro pintada de blanco.

- Joder, tío, menudo pibón te has echado. – le solté sin cortarme.

- Jajaja. Pues se mira pero no sé toca. – me volvió a guiñar un ojo con media sonrisa.

- Joder, Ramón. ¿Cómo puedes pensar eso? – dije poniendo cara de sorpresa.

- Es mejor avisar de antemano. Si eres un cabroncete, como me ha dicho tu madre, a lo mejor se te pasa por la cabeza, jajaja. – se rio socarronamente.

- No te voy a decir que no me gustan las tías, y que Raquel está como un tren, pero no se me ocurriría ni pensar algo así después de acogerme en tu casa.

Le solté una parrafada sin poder dejar de pensar en cómo sería follarse a ese pibón. Aunque esperaba que no se me notase en la cara.

- Solo te aviso. – me dijo con sonrisa falsa – Tienes diecinueve años y tendrás las hormonas que te salen por los poros, y eso lo sé, porque yo tengo cincuenta y todavía me revolotean. Así que te repito, solo mirar, y si quieres hacerte alguna paja a su costa, tampoco me importa, jajaja. – su risa socarrona de nuevo.

Me tenía desconcertado, mejor dicho, me había acojonado y no pude evitar enrojecer. Una hostia de mi tío podía ser de visita a urgencias. Pero me desconcertó más cuando me dijo.

- Con la vieja puedes hacer lo que quieras, si se te pone a tiró. Es más calentona que la hija y folla poco, jajaja. – inclinó su cuerpo hacia el mío – Te contaré un secreto. – me dijo bajando el tono de voz - Alguna vez me la he follado, y no se le da nada mal, jajaja. – levantó la voz al reírse.

No me cortaba fácilmente, pero me había dejado sin palabras y casi sin respiración. Lo que me había quedado claro es que era directo de cojones diciendo las cosas.

Salieron con las cervezas y volví a admirar la belleza de Raquel, siempre con la vigilante mirada de mi tío y su sonrisa socarrona. También le eché un buen ojo a Palmira.

Palmira era algo más baja que Raquel, con su mismo color de piel. El pelo también oscuro, aunque algo más rizado. Y con unas curvas más pronunciadas. Unas grandes tetas se descolgaban de su pecho que dejaba ver por el generoso escote de un vestido, también fino y ajustado, y muy floreado. El culazo era tremendo, y los glúteos bailaban a cada paso que daba.

Ramón no se cortó ni un poco en darle un buen azote con su manaza cuando se puso a su lado para dejar la cerveza sobre la mesa.

- ¡Zasss! Qué guapa estás hoy, Palmira. – me quedé de piedra la verlo.

- Qué tonto que eres, Ramón. – contestó ella con una sonrisa coqueta, pero sin inmutarse.

Se sentaron con nosotros y comenzamos a charlar. A los pocos minutos reíamos todos con las anécdotas de mi tío y, yo no me quedé atrás, haciendo alarde de mi charlatanería graciosa.

Noté que les caí bien a las dos, aunque Raquel se reía más tímidamente con el brazo puesto sobre los hombros de mi tío. Él, le había puesto la mano sobre la pierna, y se la sobaba con descaro subiéndola hasta el borde del vestido.

Mi mirada corría con rapidez intentando no fijarla en ningún sitio concreto, pero las tetas de ambas eran como un imán. Las de Raquel por bonitas, y las de su madre por grandes.

En un momento dado dijo mi tío.

- Anda, Palmira. Enséñale a Dani su habitación y que suba la maleta. – Después me miró a mí – Cuando deshagas la maleta te llevaré a la empresa para que la conozcas.

Asentí y me levanté junto con Palmira. La seguí hasta el hall, donde había dejado la maleta, y subimos las escaleras mientras observaba su culazo moverse graciosamente.

Salimos a un pasillo donde estaban las habitaciones, aunque la escalera continuaba. Supuse que habría una buhardilla, o quizás una terraza más arriba. Me enseñó las habitaciones diciéndome cuáles eran. La primera era la de mi tío y Raquel . Era la más grande y tenía baño propio. Después había tres más en el mismo lado, y al otro lado del pasillo había dos baños amplios. Me dijo cual usaba ella y que el otro sería para mí.

Pasamos la primera habitación, después de la de mi tío, y me hizo un comentario algo picantón.

- Ramón quiere que esta esté vacía, para que no los oiga cómo retozan por la noche, jajaja. – dejó caer una risita pícara mirándome con ojos insinuantes.

- ¿Es que hacen mucho ruido? – le pregunté con mi carácter dicharachero.

- Jajaja. – se volvió a reír parándose para mirarme – Tu tío es un buen toro y a veces se oye hasta crujir la cama, jajaja. – dijo inclinándose hacia mi como si me contara un secreto.

- Joder, pues con lo grande que es, tiene que tener fundida a Raquel.

- Jajaja. – rio con más ganas – Raquel es una buena potra, y le aguanta bien.

La conversación se había calentado y fluía de maravilla, como si nos conociésemos de años. La siguiente habitación era la suya, y abrió la puerta para mostrármela.

- Aquí duermo yo.

- Es muy bonita, pero te sentirás muy sola en una habitación tan grande. – ya no me cortaba, y menos después de la insinuación que me había hecho mi tío.

- Jajaja, que gracioso que eres. Estoy muy bien desde que vinimos aquí. Antes vivíamos las dos en un apartamento pequeño y ahora disfrutamos de este lujo… es como un sueño. – “Mi tío si que vive en un sueño con ese pibón” – pensé yo con sonrisa de cabrón.

Pasamos a la última habitación, la que iba a ser la mía. Era igual de grande que la de Palmira, pero con la decoración más sobria.

- ¿Te gusta? – me preguntó mostrándome sus dientes blancos rodeados de una amplia sonrisa.

- También es más grande que en la que vivía, pero me sentiré solo. – le dije poniendo cara de pena fingida.

- Jajaja. – volvió a reír haciendo que sus grandes tetas temblaran.

Me miró fijamente, como si quisiera adivinar mis pensamientos.

- Bueno, si te sientes muy solo alguna noche… puedes darme un toque en la pared y charlamos un rato.

Aquello comenzaba a ponerse bien. Esa respuesta había sido una invitación clara para dejarme entrar en su habitación, o ella en la mía.

Me acerqué hasta poner mi cara muy cerca de la suya mirando sus tetas por encima del escote.

- Eres muy amable, Palmira. ¿Me dejaras decirte cosas como las que te dice mi tío?

- ¿Cómo cuáles?

- Que guapa estás hoy. – la susurré poniendo la mano en su cintura, al inicio del culo.

Ningún aspaviento, ninguna mirada acusadora, ninguna palabra de reproche. Tan solo se rio.

- Jajaja. Tu tío es que es muy cariñoso… y ya veo que tú también.

Su mirada fue muy golosa, pero con esa frase no me dejó claro nada. Al final salió de la habitación y cerró la puerta. Deshice la maleta y colgué la ropa en el armario empotrado que ocupaba toda una pared. Me asomé a la venta, que daba al jardín, y vi a mi tío morreándose con Raquel. Se estaban dando un buen sobo, y ella parecía que le estaba tocando la polla por encima del pantalón.

Dejé de mirar pensando si eso ocurriría muy a menudo. Iba a ser un suplicio ver cómo sé besaban, o se metían mano con ese descaro sin importarles que estuviera en la casa.

Me cambié de camiseta y bajé hasta el jardín esperando encontrarme la escena, pero ya no había nadie. Volví al salón y miré en todas direcciones y oí que alguien hablaba. La voz procedía de uno de los pasillos que partían del salón. Me acerqué despacio, sin hacer ruido. La voz se hizo más clara y detecté que era la de mi tío.

- ¿Qué te ha parecido el chaval? Es simpático, ¿eh?

- Si. Muy simpático. – era la voz de Palmira.

Me acerqué un poco más, hasta la primera puerta, que es de donde procedían las voces. Asomé un ojo y era la cocina. Vi a mi tío que estaba tras la espalda de Palmira. Tenía las manos metidas bajo sus brazos y se restregaba contra su culazo.

- Espero que le cuides bien, y sobre todo que le vigiles. No quiero que Raquel despierte sus tentaciones y no sepa reprimirlas.

- Tranquilo Ramón, para eso estoy yo aquí, para que a Raquel no la toque nadie.

- Me alegro que te hayas venido a vivir con nosotros. No viviría si me fuera a trabajar dejándola sola.

- Ya sabes que la acompaño a todos lados y no dejo que nadie se le acerque.

- Lo sé, y sabes que te lo agradezco, pero ahora tienes que mantener a mi sobrino a distancia. No me fío de él. A su edad se hacen muchas tonterías cuando ves un buen chochete.

- Jajaja. Ya he visto cómo la miraba.

- Eso puede hacerlo todo lo que quiera. Seguro que tendrá que subirse a su habitación más de una vez a hacerse una paja.

- Jajaja. – Palmira soltó una carcajada.

- Pero que eso sea lo máximo de sexo que tenga con ella.

- No te preocupes. – dijo girándose para ponerse frente a él – Estaré muy atenta. Ya he visto que es bastante espabilado. Me ha dicho que si se siente muy solo, que si podría hablar conmigo por las noches, jajaja.

- Joder, no pierde el tiempo.

- La verdad es que no. Le he visto muy lanzado.

- Bueno, tienes mi permiso para quitarle esa calentura… si te apetece. – y la besó en la boca.

Salí de puntillas medio corriendo y me fui hasta el jardín para sentarme en una silla. Joder con mi tío, el muy cabrón se beneficiaba a las dos.

- ¿Ya estás aquí? – oí al momento a mi tío.

- Si. He bajado y como no he visto a nadie me he sentado a esperar.

- Pues me temo que vamos a tener que demorar la visita a la empresa. Me ha llamado Sonia y me ha dicho que ya venía para acá. Creo que te va a monopolizar lo que resta de día.

- Me alegrará verla. – le dije de forma que pareciese que lo sentía, porque en el fondo apenas la recordaba.

- Bueno. Pues yo me voy. ¿Tienes dinero?

- Algo me ha dado mi padre.

- Toma. Es una tarjeta de prepago y está cargada con dos mil euros.

- ¿Dos mil? – repetí abriendo los ojos. No había tenido esa cantidad en mi vida.

- Es para tus gastos, de momento. Supongo que tendrás que comprarte algo de ropa, o tomar una cerveza. No está bien que vayas por ahí sin un pavo siendo sobrino mío.

- ¡Gracias, tío!

- Qué no me llames tío, ¡joder!

- Vale, Ramón. Perdona. – me sonrió con su sonrisa socarrona cubierta por el bigote y me guiñó un ojo. Eso parecía que era una costumbre bastante arraigada en él.

Se fue, y al momento salió Raquel. Se había quitado la ropa y se había puesto un bikini de infarto, bueno, de infarto estaba ella, el bikini tan solo era un adorno que la favorecía aún más.

Se contoneó más de lo necesario para ver cómo estaba el agua, y me llevé la mano al pantalón instintivamente sintiendo cómo la polla intentaba crecer.

- Que pena que venga tu prima. Te podías dar un bañito conmigo. – me sonrió de forma insinuante.

“¡Joder, y menudo baño te iba a dar!” Saltó mi mente como un resorte. Pero al instante apareció Palmira, como buena carabina. Se fue hasta donde yo estaba, mientras Raquel se metía en el agua, y se sentó a mi lado.

- Es guapa, ¡Eh!

- Desde luego. Tienes una hija preciosa.

- Ahora es la mujer de tu tío y están muy enamorados.

La miré con una sonrisa falsa. “¿Enamorados? Ella está con él por la pasta, y él para follarse a un pibón todos los días” – Le contesté con el pensamiento.

- Lo sé, solo hay que verlos. – le dije irónicamente.

Mi prima no tardó en aparecer. Palmira salió a abrirle la puerta y la trajo hasta el jardín. Me levanté con una amplia sonrisa y nos dimos un abrazo y un par de besos.

- Vaya. Pues sí que has crecido desde la última vez que te vi. Qué tenías, ¿catorce años?

- Más o menos. Tú estás estupenda.

Sonia era una tía alta y delgada. No era muy guapa y tenía pocas tetas, pero de cintura para abajo estaba bastante bien. Llevaba el pelo corto y liso, tintado con mechas rojas. Ojos claros, algo saltones y nariz prominente. La boca era lo más bonito de su cara alargada con unos labios sensuales marcados con un carmín suave.

Saludó a Raquel haciendo un gesto con la mano, pero sin apenas mirarla, y después de echarme un vistazo de arriba abajo me dijo que nos íbamos.

Montamos en su coche y nada más cerrar las puertas, me soltó.

- No aguanto a esas dos zorras.

No contesté, tan solo reí tímidamente.

- Supongo que ya sabías antes de venir que mis padres se habían separado.

- Si. Me lo comentó mi madre. La verdad es que le afectó, pues apreciaba bastante a tu madre.

- Ella también os aprecia mucho a vosotros. Me ha insistido en que estaba deseando verte.

- Recuerdo que era la única de la familia que me llamaba Danielito.

- Jajaja. Siempre decía que eras un niño muy rico, bueno, y lo sigue diciendo, aunque cuando te vea va a alucinar viendo en lo que te has convertido.

Me miró cuando me dijo eso, y noté en su mirada algo más que ese afecto familiar. Sus ojos saltones brillaron de una forma especial y su sonrisa me pareció llegar a ser insinuante.

Tenía que devolverle el cumplido, y esas cosas se me daban bien.

- Bueno, los dos hemos crecido, y tú no lo has hecho nada mal.

- Jajaja. Gracias. Bueno, no me quejo por la altura. Soy la más alta de mis amigas, pero me faltan algo de tetas. – me soltó con naturalidad.

Llevaba una blusa bastante abierta y dejaba ver parte de sus tetitas de forma cautivadora, pero es verdad que las tenía pequeñas. La miré al canalillo con descaro.

- Bueno, lo que se ve, parece bonito.

Volvió a mirarme y sonrió de forma interrogante.

- ¿Tienes novia? – me preguntó de improviso.

- No tengo edad para eso.

- Jajaja, que gracioso que eres.

- ¿Y tú?

- Estuve saliendo con un chico, pero lo dejamos hace un año.

- ¿No te afectó?

- No era nada serio, y ya me aburría con él. Prefiero salir con mis amigas y divertirme con lo que salga. Te las presentaré esta tarde. Son muy majas.

Ese ”divertirme con lo que salga”, me sonó a “follar con el primero que encuentre”, pero no dije nada. Se hizo un corto silencio y aproveché para preguntarte.

- ¿Qué tal llevas lo de tus padres?

- Al principio lo pasé mal, incluso dejé de hablar a mi padre, pero ya lo llevo bien. Se que es un cabrón y un pervertido, pero es mi padre. Mi madre también ha cambiado. Antes era una ama de casa sosita, y ahora no para en casa. Algunos días llega más tarde que yo.

- Supongo que también le apetecerá divertirse.

- ¿Qué si le apetece? Nunca la había visto tan eufórica, vamos, que folla más que yo. – me soltó con naturalidad – Ya se ha llevado más tíos a casa que yo en estos últimos meses.

Me estaba quedando alucinado por la naturalidad con la que hablaba de follar, y no solo de ella, sino también de su madre. Empecé a darme cuenta que la separación les había afectado a las dos. Me daba la sensación de que se habían puesto a follar como si se acabase el mundo, aunque quizás lo hacían por despecho.

- Bueno, es normal que se quiera divertir. Si su marido se enrolla con otra ella tiene todo el derecho a hacer lo mismo.

- ¿Con otra? El cabrón de mi madre le ha puesto los cuernos con muchas. Lo de Raquel es un capricho pasajero que ha querido llevarse a casa, pero seguro que se hartará y le acabará dando una patada en el culo, a ella y a la zorra de su madre.

- La verdad es que no me extraña que se encaprichara. La pava está buenísima.

Me miró, pero no con enfado, más bien con perspicacia durante unos segundos.

- Jajaja. – rio por fin quitándome la tensión que había empezado a atenazar mi cuerpo – Seguro que ya has pensado en tirártela.

- Pensarlo puede, pero ni se me ocurrirá. No quiero que tu padre me envíe al hospital.

- Jajaja. El cabrón asusta, ¡he!

- ¡Joder que si asusta! Además, me lo ha dejado muy claro nada más presentármela. Me ha dicho: se mira, pero no sé toca.

- Jajajaja. – Sonia se partía el culo - Claro. Si se lleva a una putita a casa es que la quiere solo para él, jajaja.

Llegamos a su casa, que era un chalet junto a la playa. Bastante más modesto que la de Ramón, pero no estaba mal. Era de una sola planta, con dos habitaciones y un jardín con una pequeña piscina en la parte trasera, por donde se podía salir a una amplía acera que recorría toda la playa. Entramos al salón y lo atravesamos para salir al jardín, donde estaba sentada mi tía Laura con una copa de vino en la mano.

Tenía una pamela sobre la cabeza y cubría sus ojos con unas gafas de sol. Me llevé una tremenda sorpresa cuando se levantó para saludarme con una sonrisa deliciosa y afable. Llevaba un vestido veraniego con un amplio escote por donde se veían parte de unas tetas portentosas. Se ajustaba perfectamente a su cuerpo marcando un culito delicioso (eso sí que lo había heredado Sonia), y dejaba ver una gran parte de sus bonitas piernas subida en unas sandalias de alta plataforma. ¡Ni de coña la recordaba así! Para mí gusto estaba mejor que mi prima.

- ¡Ay, que alegría verte, Danielito! – exclamó dándome un caluroso abrazo y llenándome la cara de besos.

- ¡Madre mía! Lo que has cambiado. Menudo hombretón tan guapo te has hecho.

- Gracias, tía. Yo también me alegro mucho de verte.

Finalmente nos sentamos y tuve que contarles cómo estaban mis padres y porqué estaba yo allí. Se me daba bien contar las cosas con gracia, y se rieron con el relato de mis peripecias y el cabreo que habían cogido mis padres por haber repetido curso de forma desastrosa.

Ya era la hora de comer y, por supuesto, me quedé a comer con ellas. Durante la comida salió el tema de la separación, y mi tía soltó pestes de mi tío, pero acabó diciendo.

- En el fondo me ha venido bien para espabilar, y ahora me lo paso fenomenal. Salgo casi todos los días y me doy un caprichito de vez en cuando, jajaja. – dijo mirándome a la vez que me daba una palmadita en el muslo. Lo de el “caprichito”, había sido una insinuación sutil al sexo.

- Pues haces muy bien tía. La vida está para disfrutarla. – le contesté dándole una palmada en su muslo desnudo, como había hecho ella.

Se me quedó mirando fijamente con una sonrisa inquisitiva, y repitió.

- Madre mía, ¡que guapo que estás! - exclamó con entusiasmo retirándome el pelo de la cara.

Era una situación extraña, por la forma que lo había dicho y cómo me había mirado, en la que se hizo un silencio incómodo que, por suerte, lo rompió Sonia.

- He quedado luego con mis amigas para presentarles a Dani.

- Bueno, ahora que te vas a quedar aquí nos veremos más a menudo. – replicó Laura poniéndome de nuevo la mano en el muslo cariñosamente.

- Claro, tía. He venido para trabajar, pero me ha dicho el tío que esta semana me la tome sabática para conocer la ciudad y aclimatarme.

- ¡Perfecto! – exclamó Sonia – Yo me encargaré de enseñarte todo esto.

Recogimos los platos y Sonia me dijo que si tenía bañador. Le dije que sí, pero que me lo había dejado en casa de su padre.

- Pues ahora nos acercamos a una tienda que hay aquí al lado y te compras uno. Lo primero que te enseñaré es la estupenda playa que tenemos a un paso.

- Es una buena idea. – añadió Laura – Yo iré con vosotros.

Noté cómo Sonia arrugaba un poco el ceño, pero no dijo nada. Salimos Sonia y yo a comprar el bañador y a los quince minutos estábamos de vuelta. Laura ya se había cambiado y llevaba una camisola playera con el bikini debajo. Sonia fue a cambiarse a su habitación y después lo hice yo. Era una habitación grande, con dos camas, que tenía llena de posters, cojines, ositos y cachivaches de todo tipo.

Sonia se había puesto una camiseta sobre el bikini luciendo lo mejor de su cuerpo, unas piernas esbeltas muy bien esculpidas y un culito precioso.

Salimos por la puerta trasera a la playa y apenas había gente. Eran finales de junio y una hora calurosa, las tres y media de la tarde. Extendimos las toallas cerca de la orilla y ambas se quitaron la camisola y la camiseta.

Sonia, como ella misma había dicho, tenía las tetas pequeñas, pero se le marcaban los pezones con fuerza bajo la tela del pequeño sujetador. Mi tía, por el contrario, tenía un pecho imponente, posiblemente de una talla noventa o cien, y lo lucia esplendorosamente bajo el pequeño bikini negro. Su culito me pareció precioso, un poco más grande que el de Sonia, y un pelín caído, pero muy atrayente, sobre todo para mí mente calenturienta. Se quitó un instante las gafas de sol y contemplé sus grandes ojos ligeramente pintados. Si sonrisa era deliciosa con sus sensuales labios pintados con un carmín discreto. El pelo moreno, con mechas rubias, ondeaba con el viento y los bucle jugando por sus mejillas.

Era mi tía, pero tan solo porque se había casado con mi tío. Si no lo hubiese hecho, sería una completa desconocida. Había tenido poco contacto con ella en los últimos años, y ahora la veía como una madurita sexy y atractiva. Sacudí la cabeza pensando en lo inviable que era lo que estaba pensando cuando Sonia me agarró la mano, sacándome del bucle en el que había entrado mi perturbada mente, y tiró de mí.

- Vamos a bañarnos, primete. – me dijo con el apelativo familiar cariñoso.

Corrimos hacia el agua hasta que acabamos lanzándonos sobre las suaves olas. Nadamos un poco, y paramos donde nos cubría por el pecho. Se colocó el bikini a un metro de mí, y ya con la tela mojada, los pezones se le marcaban más claramente. Realmente los tenía grandes para el tamaño de sus tetas, y se pronunciaban vistosamente bajo la tela como si se hubiese pagado dos aceitunas.

- Está el agua estupenda. Y sin gente. – me dijo retirándose el pelo de la cara.

- La verdad es que sí.

- A veces me baño alguna noche desnuda. El agua está más caliente después de que le haya dado el sol todo el día.

- ¿Desnuda? – repetí incrédulo.

- Por la noche no viene nadie en esta época que todavía no hay veraneantes, y es un gustazo bañarse sin nada.

- Nunca lo he probado. – dije sonriendo

- Podíamos hacerlo esta noche. – me dijo con una sonrisa pícara poniendo una mano sobre mi hombro – Te puedes quedar a dormir en casa.

Le devolví la sonrisa pícara, y me atreví a poner una mano en su cintura.

- Pero solo tenéis dos habitaciones.

Se acercó un poco más hasta rozarme con la pelvis.

- La mía tiene dos camas. – me susurró con cara traviesa.

- Y a tu madre, ¿no le importará? – puse también cara traviesa y bajé la mano ligeramente hasta su culito bajo el agua.

Sonrió más perversamente al sentir mi mano en sus mojadas nalgas y se pegó aún más para frotarse descaradamente contra la polla. Las pequeñas tetas se habían pegado contra mi pecho y podía notar los erectos pezones rozándome la piel a través del bikini.

Sus ojos saltones parecía que se le iban a salir de las órbitas, y la prominente nariz, casi rozaba la mía.

- Estará encantada de que te quedes. He visto cómo disfrutaba hablando y riéndose contigo. – me susurró con voz insinuante.

Más que en la charla y en las risas, pensé en esa frase que me había dicho mirándome con fijeza, “¡que guapo estás!”. Había sido una frase normal y cariñosa dentro del contexto de tía y sobrino, pero de la forma que lo había dicho parecía que escondía algo más. No sabía si Sonia lo había percibido como yo, y de ahí su afirmación de que estaría encantada si me quedaba.

- Y... ¿quieres que nos bañemos desnudos? - volví al inicio.

La cosa se estaba calentando y quería saber hasta dónde estaba dispuesta a llegar. Era mi prima, y no estaba muy allá, pero nunca digo que no a un chochete nuevo.

- ¿Te da vergüenza? - alargó el brazo que mantenía sobre mi hombro para rodearme el cuello.

La verdad es que estaba más nervioso que ella pensando en que mi tía nos podría estar viendo tan pegados, pero a ella no parecía importarle.

- Bueno, si vamos a estar solos... no.

Sus ojos me miraban con intensidad y podía sentir su aliento sobre mis labios al hablar. El suave roce de su pelvis me la estaba poniendo dura, y se lo hice saber.

- Si sigues así... se me va a abultar el bañador.

Me paso el otro brazo por el cuello y me rodeó la cintura con sus largas piernas pegando su pelvis totalmente contra la polla.

- ¿No te gusta que se te abulte? - me susurró casi besándome.

- Me siento un poco incomodo pensando que tu madre nos pueda ver así.

- Desde esta distancia apenas nos ve.

Giró lentamente la cabeza y pegó sus labios a los míos para darme un beso corto, lento y suave.

- ¿Sabes qué pasará si nos ve? - me susurró con los labios casi pegados a los míos. Negué lentamente con la cabeza - Que le dará envidia. - eso si que me sorprendió.

Aunque tenía su cara pegada a la mía, percibió mi gesto de sorpresa. Volvió a besarme lentamente, con la misma suavidad y sin lengua, deleitándose con tan solo mis labios.

- Mi madre ya no es la que era. - siguió susurrando entre beso y beso – Después de la separación, lo pasó mal un par de meses, pero se repuso y descubrió lo que era pasárselo bien y... - otro beso lento y suave atenazando mis labios con los suyos – ahora folla más que yo, y se lo pasa genial. - otro beso más, y ya mi polla estaba que se salía del bañador - He visto cómo te miraba, y no lo hacía como una tía mira a su sobrino.

- ¿Tú crees? - me atreví a hablar con sus labios rozándome los míos.

- Cuando te ha dicho lo guapo que estabas, sus ojos clamaban deseo, y pensé que te iba a besar.

También ella se había dado cuenta, pero me resultaba difícil de creer. Sonia me había provocado un calentón tremendo, y tenía la polla como el martillo de un herrero, pero ella no parecía tener intención de despegarse.

- Si no te separas, no voy a poder salir del agua. - le susurré con delicadeza.

Me volvió a besar como lo había hecho hasta ahora y se separó lentamente. Todavía con las manos sobre mis hombros, me sonrió con esa cara de niña traviesa que ya me había puesto antes.

- ¿Te quedarás a dormir?

- Ufff... Según me lo estás poniendo, creo que no me voy a poder negar.

- Jajaja - cambió la expresión de su cara por otra más divertida – Me gusta tu estilo. A mis amigas les vas a encantar.

Nos salpicamos con el agua riéndonos y por fin la polla se me bajó. Íbamos a salir del agua cuando oí decir a Sonia.

- Vaya, ha llegado el club de las separadas.

Miré hacia donde estaba Laura y vi a otras dos mujeres de pies, junto a ella, que parecían mirar hacia nosotros ayudadas por el dedo de Laura señalándonos.

- ¿Quién son esas?

- Unas amigas de mi madre, separadas, como ella.

- Me imagino que no tenemos más remedio que ir.

- Si, claro. Antes o después las tendrás que conocer porque van mucho por casa.

Comenzamos a caminar despacio hacia la orilla.

- Les has llamado “el club de las separadas”. - me reí.

- Es que han hecho un grupo en el que todas estás separadas, por eso las llamo así. Se juntan muy a menudo a jugar a las cartas o a beber, y también se van de copas algunas noches. - no nos quitaban ojo según nos acercábamos – Creo que se van a mojar cuando te saluden. - soltó Sonia como frase final.

- Jajaja. Que bruta que eres. No creo que sea para tanto.

- Tu no las conoces como yo. Están más salidas que el palo de una escoba. La mayoría de sus conversaciones están relacionadas con el sexo, y hablan de pollas y rabos de forma babeante.

Me volví a reír, pero no dije nada, pues ya llegábamos a su lado. Las tres sonreían plácidamente, incluida mi tía. Saludamos al llegar y rápidamente Laura me presento.

- Este es mi sobrino, Danielito. - casi me reí cuando pronunció mi nombre en diminutivo, como siempre lo había hecho – Estas son dos amigas mías. Pepa y Nuria. - Nos dimos sendos besos y rápidamente llegaron los halagos.

- Uy, que guapo y que alto que es. - comentó Nuria.

- Pues de Danielito no tiene nada. - dijo Pepa, que parecía más cachonda, y las tres rieron a la vez.

- Bueno, es que yo siempre le he llamado así. - se sonrojó mi tía.

Nuria era algo bajita, pero tenía unas tetas y un culo que se le salían por todos los lados del bikini floreado que llevaba. Un bikini que debía de ser dos tallas menores a la suya. Su cintura era curiosamente estrecha en un pequeño tramo, dada su estatura. Pelo rubio, seguramente teñido, que lo llevaba recogido en un moño sobre la cabeza. Sus facciones eran redondeadas y afables y su sonrisa parecía permanente. Mostraba ligeramente sus dientes blancos tras sus labios regordetes, y cerraba levemente los ojos cada vez que se reía.

Pepa era delgada y más alta, pero tenía unas buenas tetas y un culo aparentemente prieto y redondeado. Sus atributos llamaban más la atención por su delgadez, con una cintura bastante estrechita que marcaba sus curvas con más vistosidad. Su pelo era rizado, color caoba, y caía entre sus mejillas sin llegar a los hombros. Ojos grandes, cara alargada y nariz puntiaguda. Los labios finos perfilaban una boca de buen tamaño, y la mandíbula se le alargaba afeándola un poco, pero en conjunto, resultaba atractiva.

Es verdad lo que había dicho Sonia. Sentí que me desnudaban con la vista con bastante descaro, y me atreví a hacer una gracia.

- Encantado de conocer a unas señoras tan guapas.

Las tres rieron estridentemente, pero con coquetería. - Mira que majo que es. - Añadió Nuria a mi comentario. Menos mal que Sonia me liberó diciendo que nos teníamos que ir.

Cogimos las toallas y corrimos hacia su casa riéndonos. - Te han devorado con la vista, jajaja. - Dijo Sonia, riéndose, mientras corríamos – Es verdad. He sentido sus manos por todo mi cuerpo. - Repliqué en plan broma, y Sonia se rio con más ganas.

- Vamos a cambiarnos. - me dijo al entrar a casa.

- Vale. Espero a que te cambies tú, - contesté, pues mi ropa estaba en su habitación.

- Anda, no seas tonto y pasa. - me dio una palmada en el culo.

Entramos en su habitación y se quitó la parte alta del bikini mientras yo ponía mi ropa sobre la cama. Sus tetitas afloraron desnudas con los pezones totalmente empitonados. “¡Vaya pezones!” Exclame en mi cabeza al ver las dos aceitunas en medio de sus tetitas. Se las agarró por debajo y se las miró.

- Estoy pensando en ponérmelas más grandes. ¿Tú que crees? - trague saliva mirándoselas.

Los pezones llenaban toda mi atención dejando las tetas en un borrón. Eran grandes, robustos, duros, tersos, lo tenían todo.

- Bueno, eso es algo muy particular en lo que no se puede aconsejar. Es una decisión muy personal.

No dijo nada. Se las soltó y buscó una camiseta en el armario. Se la puso, y se quitó la braga del bikini de lado a mí. Yo, mantenía los ojos mirando con discreción. Su culito era delicioso, ese sí que no necesitaba arreglos. Atisbé entre sus piernas para ver si le veía la raja, pero apenas pude vérsela mientras se ponía las bragas.

Retiré la vista y me quité el bañador con rapidez. Mi polla estaba blanda y caída, un estado en el que no gusta mostrarla. Me puse los calzoncillos con rapidez, pero por el rabillo del ojo me di cuenta de que había mirado. Intenté ver la expresión de su cara, pero se giró con rapidez para ponerse las bragas y una cortita falda. Volví a ver su precioso culo, y mi polla quiso dar un tirón. Me puse los pantalones y la camiseta, y salimos de la habitación.

Había sido una situación extraña. Nos acabamos de besar en la playa con los cuerpos pegados, y ahora nos habíamos desnudado y vestido con cierta incomodidad, por lo menos yo.

- Bueno, pues nos vamos. – dijo ya en el salón cogiendo un bolsito que había sobre la mesa.

Se pegó a mí y me besó en los labios. Un beso como los de la playa, suave, sabroso, pero sin lengua.

- Estoy encantada de que hayas venido. – me dijo cuando separó los labios.

Condujo a otra parte de la pequeña ciudad costera hasta llegar a una cafetería. Entramos y atravesamos la zona cubierta hasta llegar a una terraza descubierta. Estaba pegada a un pequeño acantilado desde donde se veía el mar. Me pareció un sitio bonito, pero Sonia no le dio importancia y se dedicó a mirar buscando entre la multitud de mesas y sillas que había ocupadas.

- Ah, están allí. – dijo señalando una mesa pegada a la barandilla.

Vi a dos chicas que movían las manos a modo de saludo, y nos acercamos. Una era rubia, de piel excesivamente blanca, y la otra negra, aunque no muy oscura, un contraste total.

Se levantaron al llegar nosotros y Sonia nos presentó.

- ¡Hola chicas! - Dijo con alegría – Este es mi primo Dani. Estás son MJ y Ruth. – dijo señalando a cada una de ellas.

MJ (María José), era la rubia, y Ruth la negrita. Nos dimos sendos besos en la cara, aunque cargados de sensualidad, y nos sentamos. Solo podía ver sus caras y sus tetas, pero las analicé con rapidez.

MJ tenía la cara alargada y su pelo rubio, lleno de bucles, caía por los lados tapándole las orejas. No era muy guapa. Ojos pequeños claros, nariz puntiaguda, boca pequeña de labios finos, pero muy bien pintados. Mi vista se fue rápidamente a sus tetas, pues eran impresionantes. Debía de tener una talla cien, y las llevaba bien elevadas luciéndolas a través del generoso escote de la camiseta.

Ruth era más guapa, muy guapa diría yo. Su pelo trenzado adornaba las facciones redondas de su cara de piel tersa y brillante. Sus ojos, grandes y oscuros, emitían una mirada intensa. Nariz algo achatada, y boca grande con labios gruesos y tremendamente sensuales.

También llevaba una camiseta con escote largo de pico por donde aprecian el interior de sus tetitas de piel brillante y tersa. No eran tan grandes como las de MJ, pero abultaban la camiseta vistosamente.

La conversación giró alrededor de mí, de mi vida anterior y del previsto futuro. Se rieron con mis chascarrillos sobre el instituto y mis rolletes con las tías con las que había estado los dos últimos años.

No tardaron en pedirme el contacto, y su insistencia en vernos de nuevo, ya que iba a vivir allí. Sonia sonreía con cara de póker y notaba su mente atenta a cada frase que decíamos.

Nos tomamos varias cervezas, y el alcohol provocó que las risas fueran más estridentes y las frases más burdas. Cuando se desataron, comenzaron a hablar de sus últimos ligues y no se cortaron en contar cómo les había ido en la cama ridiculizando un poco a los tíos con los que habían estado. Que si a uno no se le ponía dura, que si otro la tenía pequeña, que uno más se había corrido casi antes de meterla… Llegó un momento que me llegaron a asustar por su descaro, parecía que les importaba una mierda hablar de sus intimidades nada más conocerme, y poner a los tíos a parir delante de otro tío, que era yo. No entendía bien sus pretensiones, aunque pensé que quizás lo que querían era enviarme mensajes sexuales ocultos.

Finalmente nos fuimos, yo confuso y Sonia riéndose.

- ¿No te habrán asustado? – me dijo entre risas.

- Parece que ningún tío las ha satisfecho. – sonreí irónicamente.

- No les hagas caso. En el fondo no saben lo que quieren, y eso las frustra.

- Tu no has contado ninguna aventura.

- ¿Quieres que te las cuente?

- ¡No, por favor! Por hoy ya he tenido bastante. - me reí, y continuó - Son agotadoras, pero son buenas chicas. Las dos se han ido deseando que la llames.

- No quisiera ser una más de sus frustraciones.

- No te menosprecies. – me dio un azote en el culo – Anda, vamos, que mi madre nos estará esperando para cenar.

- Tengo que llamar a tu padre para decirle que no iré a dormir.

- Ya lo haré yo cuando lleguemos a casa.

Como había pronosticado Sonia, Laura ya tenía la cena preparada cuando llegamos. La cena fue amena y divertida, contando Sonia a su madre cómo sus amigas me habían abrumado.

Acabamos de cenar y nos tomamos una copa en el jardín hasta que dieron las once de la noche. En ese momento, Sonia dijo mirándome.

- Ya es la hora adecuada.

- Adecuada… ¿Para qué? – preguntó Laura.

- Nos vamos a bañar desnudos en la playa, que Dani nunca lo ha hecho.

Me arrugué en la silla diciendo, “tierra, trágame”. Pero Laura reaccionó con una naturalidad que no me podía creer.

- Pues la noche está fresca. A ver si os vais a resfriar.

Enarqué las cejas al no entender nada. A Laura le había parecido eso de lo más normal. Nos levantamos y nos fuimos a su habitación a ponernos los bañadores y otra vez me sentí incomodo ante ese cambio de ropa con desnudo incluido. Lo hicimos en silencio, sin ningún comentario, y volvimos a salir en bañador y bikini, sin toallas.

Atravesamos el jardín ante la sonriente mirada de Laura y salimos a la playa. No era una zona de ambiente. No había bares, ni chiringuitos, ni discotecas, y las luces de las farolas iluminaban débilmente la zona de la ancha acera, pero apenas llegaban hasta el inicio de la arena.

Corrimos hasta la orilla y nos fundimos en la oscuridad. La luna estaba en cuarto creciente, y el pequeño cuerno apenas reflejaba luz. Se oían las suaves olas al romper en la misma orilla, el único sonido de la oscura noche. Unos cinco metros antes de donde llegaba el agua, Sonia se quitó el bikini y lo dejo sobre la arena. La imité y me agarró de la mano para entrar lentamente en el agua.

Llevaba razón, a esa hora estaba el agua más templada que por la tarde. Avanzamos hasta donde nos cubría algo más de la cintura y me soltó para nadar en horizontal a la orilla. La seguí hasta que se paró.

- ¿Qué te parece? – me preguntó en la penumbra – A que se está de maravilla desnudo en el agua.

Noté mi polla arrugada entre las piernas y miré en todas direcciones. Estábamos aparentemente solos.

- Si. Se está bien. – contesté no muy convencido.

Se abrazó a mi cuello lentamente y enroscó sus piernas a mi cintura, como lo había hecho por la tarde. Me miró a los ojos y giró levemente la cabeza hasta unir sus labios a los míos. Era como si calcara lo que había hecho por la tarde.

Sentí de nuevo sus labios mojados, lamiendo los míos y abrazándolos con una suavidad y lentitud desesperante.

Puse mis manos bajo su culo y lo palpé desnudo bajo el agua. Mi mente calenturienta se puso en marcha de inmediato al pensar que estaba desnuda, y que tenía su chochete pegado a mi polla.

Abrí la boca y noté cómo penetraba con su lengua en ella. “¡Por fin un beso de verdad!” . Comencé a sobarle el culo llegando con los dedos muy cerca del coño, y sus besos aumentaron de intensidad. Al momento me devoraba la boca como una tigresa hambrienta a la vez que restregaba el coño contra mi polla.

Cuando separó los labios, los dos abrimos la boca para coger aire. El beso había sido largo e intenso y nos miramos a los ojos entre las sombras. Fue una mirada de deseo, y también de adivinar lo que estaba pensando el otro.

- Salgamos. – dijo ella.

La polla había comenzado a enderezarse, pero estando dentro del agua pronto cayó de nuevo. Salimos hasta la orilla, donde las suaves olas mojaban los pies al entenderse por la arena, y allí, me rodeó de nuevo el cuello con los brazos y me besó profundamente. Los grandes pezones se erguían entre las sombras como las puntas de dos cuernos amenazantes.

Ya no podía esperar más, y subí una mano mientras nos besábamos y acaricié uno de ellos. Su cuerpo dio una leve sacudida al sentir mis dedos rozar sus pezones, y sus labios presionaron los míos con más ímpetu. Ella bajó una mano y buscó mi polla, que volvía a hacer intentos para enderezarse. Sus finos y largos dedos la palparon con suavidad. Toquetearon los huevos, y al momento, se erguía majestuosa. Volvió a tocarla, pero ahora ya la podía abrazar con toda la mano.

Dejó de besarme para mirarme a los ojos con sonrisa traviesa, y se restregó el capullo contra su raja.

- Ummm... que grande se ha puesto.

Gire la cabeza con una sonrisa pícara, como diciendo, “es lo que hay”.

Se metió suavemente el capullo entre la raja y lo movió dentro haciendo que rozara el clítoris. Abrió la boca y emitió un largo jadeo sin dejar de mirarme.

- ¡Ohhhhh...! No sabes lo guarra que me pone hacer esto en publico.

Miré en todas direcciones y no vi a nadie. No había publico, pero bueno, no dejaba de ser un sitio publico. Otro roce en el clítoris y otro largo jadeo.

- ¡Ohhhhh...! Diosss... Que durita...

Moví las caderas en un intento de penetrarla, pero su mano la aferraba con fuerza y no me dejó.

- No, aquí no. Vamos desnudos hasta casa. – me dijo con cara traviesa.

- Joder, nos puede ver algún vecino.

- Pues ahí está la gracia, pensar que alguien te pueda ver.

- Pero tu madre estará en el jardín.

- No vamos a entrar. Nos esconderemos en el lateral, entre las dos casas. Ahí las luces de las farolas no llegan.

Cogimos los bañadores y corrimos hacia la casa con ellos en la mano. Miraba en todas las direcciones realmente asustado, con la polla dura balanceándose hacia los lados. Aquello me parecía insólito, nunca había hecho nada parecido.

Cruzamos la acera y nos camuflamos entre la casa de Sonia y la de al lado. Era un pequeño callejón de separación que daba acceso a la calle principal. Me puso contra la pared de su casa y comenzó a besarme con ardor. Sus labios eran deliciosos y sabía manejarlos de maravilla.

Volvió a agarrarme la polla para ponérsela entre la raja, y se introdujo el capullo, pero sin soltarla. Me quedó claro que la que me iba a follar era ella a mí.

Dejó de besarme, y poniéndome una mano en la nuca, me llevó la boca hasta sus tetas. Uno de los grandes pezones rozó mis labios en la semioscuridad, y comencé a lamerlo y a chuparlo con ansiedad.

No estaba caliente, estaba como una puta piedra de carbón incandescente. Y disfruté de esos duros y erectos pezones como si fueran un manjar.

Sus jadeos comenzaron nada más comenzar a chuparlos. Me agarraba el pelo con fuerza y la sentía temblar.

- ¡Ohhhhh! Siii… No sabes lo que me gusta eso. ¡Ohhhhh!

Movía las caderas lentamente haciendo que algo más que el capullo entrara y saliera. Su mano, aferrada al duro tronco, impedía que entrase más. Era como si no quisiera que se la metiese entera, tan solo una pequeña parte.

Sus piernas temblaban y la agarré el culo con fuerza intentando penetrarla más, pero era imposible. Hundí los dedos en la carne y se lo abrí como si lo fuese a desgajar.

- ¡Ahhhh! ¡Ahhhh! ¡Ahhhh! – gimió varias veces con las piernas temblorosas.

Se había corrido, pero continuó hasta que sintió los chorretones de leche saliendo de mi polla.

Jadeé ahogadamente con la boca totalmente abierta mientras soltaba chorretón tras chorretón. Ya me había sacado la polla de su chochito y la pajeaba esparciendo el semen por sus piernas y vientre.

“¡Vaya mierda de polvo!” Pensé mientras todavía me pajeaba para soltar la última gota. En ese momento me di cuenta de que quizás lo habría hecho porque no llevábamos protección, pero con lo que le había oído hablar de lo que follaba, me extrañó de que no tomase la pastilla, y se lo pregunté.

- ¿No estás tomando la pastilla?

- Llevo un diu.

- ¿Y por qué no me has dejado que te la metiera… más?

- Es que la tienes… muy grande. – me sonrió en la penumbra.

“¡Vamos, no me jodas!” Exclamé en el interior de mi mente con ganas de atizarle una ostia. La tenía grande, pero ya había entrado en varios coños y ninguna se había quejado. Resoplé para calmarme.

- ¿Te han hecho daño alguna vez?

- Tengo la vagina estrechita. – me susurró intentando ser graciosa – Y no me he atrevido con una polla tan grande. La verdad es que nunca había estado con un chico que la tuviese tan grande y gorda como la tuya. – me confesó de forma dicharachera.

Me volvió a besar, quizás para que me callase, pero insistí de nuevo.

- ¿Y no piensas probar?

- Otro día, jajaja.

© Alfonso