El abogado
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Marcos es un abogado que va a afrontar el caso mas difícil de su vida con su nueva clienta Lia que guarda un enorme secreto, todos mis libro en amazon bajo el nombre m.m.t
Se llamaba Lía. Así se presentó, con una voz suave pero firme, y una sonrisa que parecía estudiada pero no por ello menos encantadora. Su cuerpo era de esos que obligaban a la mirada a recorrerlo sin permiso: alta, esbelta, piernas largas y torneadas bajo un pantalón de vestir ceñido, blusa blanca abierta en el escote con un sujetador negro apenas oculto, y una americana cruzada que jugaba con la ambigüedad de lo elegante y lo provocador. Tacones finos, uñas perfectas, labios delineados con precisión. Tenía el pelo largo, oscuro, recogido en una coleta baja que dejaba ver el contorno limpio del rostro. Y unos ojos... unos ojos grandes y almendrados, con un brillo que parecía saberlo todo.
Cuando entró en el despacho, él se levantó con rapidez. Tardó un segundo más de la cuenta en reaccionar, como si algo no encajara pero no pudiera ubicarlo. Lía se acercó con paso seguro, le tendió la mano, y él la estrechó sintiendo una presión cálida, cuidada, demasiado sensual para ser inocente.
—Gracias por recibirme tan pronto, señor Cortés —dijo ella, sentándose sin esperar invitación.
Él asintió, incómodo con el calor repentino en el cuello.
—Es mi trabajo… claro —carraspeó—. ¿Cómo puedo ayudarla?
Ella cruzó las piernas, y al hacerlo la abertura del pantalón dejó ver la línea marcada de unas medias sujetas por liguero. Él tragó saliva. Aquello no podía ser casual.
—Tengo un problema legal que prefiero explicarle en privado —dijo, y al pronunciar la palabra privado lo miró con una intensidad que lo obligó a bajar la mirada un segundo.
Había algo en ella que lo descolocaba. Era femenina, bella, elegante… pero también poderosa. Algo en su gesto, en la forma de ocupar el espacio, no coincidía con la dulzura de su voz. Como si no fuera una clienta cualquiera. Como si supiera perfectamente el efecto que causaba.
Y mientras hablaba, él ya no escuchaba del todo lo que decía. Su atención se había ido a su cuello, a la nuez apenas visible… ¿era una nuez o solo sombra? ¿Y esa mandíbula, tan marcada? ¿Y las manos? Delgadas, cuidadas… pero grandes. Demasiado grandes.
Sintió un latido incómodo en los pantalones.
Una parte de él quería seguir escuchando. La otra… tenía miedo de lo que podía llegar a descubrir.
—Le cuento brevemente. Vivo en un piso de alquiler desde hace casi tres años. Cuando entré, el acuerdo con la propietaria incluía una opción preferente de compra si llegaba el momento de vender. Pero hace unos días descubrí que ha vendido el piso a otra persona, sin comunicármelo y sin darme la posibilidad de ejercer mi derecho. Ni siquiera me avisó. Me enteré por el nuevo dueño, que llegó un día a enseñarle la casa a alguien.
Él frunció el ceño, tomando una libreta.
—¿Tiene copia del contrato donde se mencione esa cláusula?
—La tengo. Está en esta carpeta. También tengo los mensajes donde ella me confirma por escrito que mantendría esa opción.
—Ya. ¿Y usted estaría dispuesta a ejercerla ahora?
—Depende del precio, claro —sonrió, apenas—. Pero lo que no quiero es que se me ignore como si no existiera. Creo que hay motivos para impugnar la venta, o al menos para sentar ciertas bases.
Él asintió, hojeando los documentos mientras hablaba.
—Aquí hay margen para actuar. Si el contrato lo recoge, y hay comunicaciones que lo refuercen, se puede pelear.
Ella lo observaba mientras él leía. No con nerviosismo, ni con desconfianza. Solo con esa quietud elegante que incomoda a los hombres que fingen seguridad sin tenerla.
—Disculpe —dijo él de pronto—. Su nombre completo, por favor, para registrar el caso.
—Lía Montenegro —respondió, sin dudar.
Él lo anotó. Sintió de nuevo esa extraña incomodidad, una sensación difusa, como si algo no encajara del todo. Pero no había nada objetivo a lo que aferrarse.
—¿Y hay alguien más involucrado? ¿Algún familiar, pareja…?
—No. Vivo sola —dijo ella—. Siempre ha sido solo entre la propietaria y yo.
Cortés asintió, mirando sus manos. Eran bellas, cuidadas, pero de dedos largos, fuertes. No podía evitar fijarse. No por deseo, sino por algo más primario. ¿Qué era?
Ella se levantó antes de que él pudiera despedirla.
—Le dejo los documentos, si le parece. Espero su llamada cuando tenga una valoración.
—Gracias, señor Cortés —dijo ella, tendiéndole la mano una vez más—. Me alegra haberle conocido.
Y se marchó con la misma elegancia con la que había entrado. Él la siguió con la mirada hasta que la puerta se cerró. Y se quedó en silencio. No entendía por qué seguía pensando en ella. Ni por qué su voz se le había quedado grabada.
Y sobre todo… no entendía por qué tenía la sensación de que no le había contado todo.
Esa noche, en la cama, su mujer ya dormía. Respiración pesada, boca entreabierta. Una rutina ya sin misterio. Él miraba al techo sin encontrar el sueño. Había hojeado los documentos de Lía dos veces, como si esperara encontrar algo oculto entre las líneas. Pero no era eso. Lo que le inquietaba no estaba en los papeles.
Se frotó la cara con ambas manos. Llevaba años en ese despacho, había atendido decenas de clientas. ¿Por qué esa mujer se le había quedado tan fija en la cabeza? ¿Por qué esa sensación de… no saber?
No era atracción, o no exactamente. No era deseo, no aún. Era algo que no comprendía. Una especie de desafío latente, de ambigüedad en la mirada, de calma inusual. Su forma de hablar, de callar también. Su forma de estar.
Sintió una punzada de inquietud. ¿Y si había algo más? ¿Algo que no había visto?
Se giró en la cama. Su esposa murmuró algo en sueños y se acomodó hacia el otro lado. Él quedó mirando su espalda. Pensó en Lía. En su ropa medida al milímetro. En la forma exacta en que había cruzado las piernas. En sus manos.
Pasaron tres días. La llamó para concretar la siguiente reunión.
—¿Señor Cortés? —dijo ella al responder, con esa voz que él reconoció al instante—. Le agradezco la llamada. Precisamente quería preguntarle algo… sé que no es habitual, pero me ha surgido un imprevisto con el trabajo. ¿Le parecería bien que habláramos aquí en mi piso? Tengo todos los papeles, y podríamos revisar todo con calma. Entiendo si prefiere el despacho, claro.
Él dudó un segundo. Pero solo un segundo.
—No hay problema. Dígame la dirección.
El edificio era moderno, discreto, en una zona renovada del centro. Subió en el ascensor hasta la sexta planta, con el maletín en la mano y el corazón algo más rápido de lo habitual.
Ella abrió la puerta con una media sonrisa y un vaso en la mano.
—Buenas tardes. Pase, por favor.
Lo primero que notó fue el olor. Un perfume suave, floral, mezclado con incienso. Luego la luz: tamizada por cortinas blancas, cálida, acogedora. Y después… ella.
Lía ya no vestía como en el despacho. Esta vez llevaba un mono negro, de tela fina, escote cruzado hasta la base del pecho, sin sujetador. El tejido marcaba sus formas, su cintura estrecha, su cadera bien dibujada. Iba descalza, con las uñas pintadas de rojo. Y el maquillaje, aunque leve, tenía un brillo más sensual, especialmente en los labios.
—¿Le apetece un vaso de agua, vino, café…? —preguntó, girándose hacia la cocina con esa misma elegancia medida.
Él se quedó quieto un instante. Algo en su estómago se encogió, y no supo si era ansiedad o expectación.
—Perfecto. Tome asiento —señaló el sofá, un chaise longue de terciopelo gris claro, amplio, cómodo. Demasiado cómodo para una simple reunión legal.
Ella volvió con dos vasos y se sentó a su lado, no frente a él. No demasiado cerca, pero tampoco lejos. Cruzó las piernas con una suavidad que hizo que la tela del mono se tensara en sus muslos. Y al hacerlo, el escote descendió un par de centímetros más.
—Aquí tengo todo —dijo, apoyando una carpeta sobre la mesa baja—. Pero antes de entrar en eso… ¿le molesta que lo haya hecho venir? Me sentí un poco culpable después de colgar.
—No… no es molestia. Estoy aquí para ayudarla —respondió él, con un tono que le sonó más grave de lo normal.
Ella lo miró con calma. Y sonrió.
Y entonces empezó a hablar de nuevo del contrato, del nuevo propietario, de las opciones legales. Pero él ya no escuchaba igual. Porque esta vez, no era solo la presencia de Lía lo que lo confundía.
Él se inclinó hacia la carpeta con gesto serio, pero al hacerlo recogió el bajo de los pantalones con dos dedos para no arrugarlos. Un gesto mínimo, automático, aprendido desde siempre. Luego, al abrir el dossier, torció la muñeca con delicadeza, casi con coquetería involuntaria.
—¿Trabaja usted siempre tan elegante? —preguntó mientras se acomodaba mejor en el sofá. El cruce de piernas tensó aún más el escote.
Él dudó. Se acomodó las gafas con dos dedos, con ese toque suave y pulido que tan pocos hombres tienen.
—Es… costumbre. Me gusta mantener cierto estilo. Aunque ahora la moda está cada vez más relajada.
—No lo diga como si fuera malo —sonrió ella—. Hay personas a las que la rigidez no les pega.
—A que hay formas de moverse que dicen más que mil palabras. Gente que no necesita alzar la voz para hacerse notar.
Sus ojos lo atravesaron. Él notó cómo el sofá parecía hundirse bajo su cuerpo.
—¿Sabe que no me imaginaba que viviera en un sitio así? —cambió de tema con torpeza—. Su estilo en el despacho era más… comedido.
—Comedido —repitió ella, divertida—. ¿Y ahora? ¿Qué ve?
Él dudó. Lía se incorporó apenas y fue hasta un pequeño mueble bar.
—¿Está seguro de que no quiere un vino? Tengo uno bastante suave, casi afrutado. Nada que incomode su garganta —dijo, con una sonrisa que parecía acariciar.
Él no supo si lo decía por el vino… o por otra cosa.
—Está bien. Una copa —cedió, sintiéndose estúpido al decirlo con esa voz que se le agudizaba sin querer.
Ella sirvió con movimientos precisos. Volvió caminando con la copa entre los dedos, la espalda recta, las caderas marcadas bajo la tela del mono. Cuando se inclinó para ofrecérsela, el escote le dejó ver la curva redonda de un pecho que parecía desafiar el equilibrio.
Al tomar la copa, rozó sus dedos. Él sintió un leve escalofrío, y sin querer bajó la mirada a sus manos. Eran grandes, firmes, pero perfectamente cuidadas. Uñas pulidas, sin esmalte, pero con un brillo natural.
—¿Le incomoda que sea tan directa, señor Cortés?
—¿No lo sabe? —repitió ella, divertida—. Qué respuesta más… encantadora.
Él se tensó. Pero su gesto lo traicionó: se llevó la copa a los labios con un movimiento casi delicado, y luego giró una pierna sobre la otra, en un cruce que no era exactamente masculino.
—Eso no es asunto legal —intentó sonreír él, evasivo.
—No. Pero a veces la ley se mezcla con la vida —susurró ella—. Y la vida tiene reglas menos claras.
El vino, el perfume, el tono de voz. Todo empezaba a rodearlo como una red invisible. Él quería recuperar el control, volver al terreno jurídico, al contrato. Pero Lía lo tenía exactamente donde quería. No por lo que decía. Por lo que dejaba ver. Por lo que leía en él.
—¿Le gusta este tipo de ambiente? —preguntó de pronto—. Luces suaves, muebles bajos, telas que acarician la piel…
—Hay hombres que no soportan este tipo de espacios. Les incomoda lo íntimo. Les hace sentirse… menos hombres.
Él desvió la mirada. Se tocó la corbata. Intentó cruzar las piernas de otra manera. Pero ya no era posible esconder nada.
Lía sonrió. Y sin dejar de mirarlo, dijo muy despacio:
—Me alegra que usted no sea de esos.
Él se inclinó hacia los papeles, con la copa aún temblando ligeramente en su mano. Abrió la carpeta, buscando anclarse a algo concreto. Un contrato. Fechas. Números. Algo que le devolviera el eje.
—Perdón… —frunció el ceño, ajustándose las gafas—. ¿Quién es… Guillermo Montenegro?
Lía no respondió al instante. Solo sonrió, muy despacio, y apoyó la espalda contra el respaldo del sofá con ese aire de mujer que ya no necesita pedir permiso.
—Bueno… se supone que la inquilina es usted, ¿no?
—Entonces… —se quedó mirando el papel, perplejo.
Ella alargó el brazo, tomó su copa de vino y bebió un sorbo lento, humedeciéndose los labios con un gesto que parecía deliberado.
—Guillermo Montenegro —dijo, saboreando cada sílaba— era mi nombre antes. Antes de ser quien soy ahora.
Él parpadeó, sintió un cosquilleo en el pecho. Una confusión densa, húmeda. Su cuerpo lo sabía antes que su cabeza.
Lía se inclinó hacia él, sin dejar de mirarlo. Y esta vez sí, el escote se abrió lo justo para dejar ver más piel. Un centímetro más de lo necesario.
—No se preocupe, no es un error legal. Lo es… emocional, quizás. Pero eso ya no es cosa mía.
Él se quedó mudo. Sintió el calor subir por la nuca, por dentro del cuello de la camisa. El mundo se encogía, y al mismo tiempo algo dentro de él se dilataba, como si el aire entrara por primera vez a una zona prohibida.
—Soy Lía —interrumpió ella, firme pero suave—. Pero antes fui Guillermo. Durante años. Hasta que decidí que ya no quería fingir ser alguien que no era.
Él la miró, de arriba abajo. Como si la viera por primera vez. Su cuello fino, la clavícula marcada, el pecho lleno y natural, la piel lisa, sin una sola sombra. El rostro perfecto, sin barba, sin rastro de nada. Y de pronto recordó algo: su propia piel. Su propio cuerpo.
Él tampoco tenía vello. Ni en el rostro, ni en el pecho, ni en las piernas. Por vanidad, por manía, por una feminidad nunca confesada. Sintió un nudo en la garganta. Ella lo estaba mirando con otra intensidad ahora.
—No soy lo que esperabas, ¿verdad?
—No… —susurró él—. Pero tampoco sé qué esperaba.
—¿Y eso te asusta… o te excita?
La pregunta cayó como una gota caliente en el centro del pecho.
Él la miró, la boca entreabierta, sin respuesta. No podía moverse. No quería moverse.
Lía se acercó un poco más. Su perfume era ahora una niebla envolvente. Apoyó una mano en su rodilla, apenas. Un roce. Pero fue suficiente para que él contuviera la respiración.
—¿Puedo decirte algo, sin que lo tomes a mal? —susurró ella.
—Eres el hombre más delicado que ha pisado este piso. Y eso, cariño… me encanta.
Él tragó saliva, intentando recuperar la voz.
—Nunca… nunca había tratado personalmente con una mujer trans.
Lía ladeó la cabeza, como si evaluara el tono de su frase. No había rechazo. Solo verdad. Una confesión tímida, como la de quien se atreve a mirar algo que le prohibieron toda la vida.
—¿Y qué tal lo estoy haciendo? —preguntó ella con una sonrisa suave, cálida.
—No… no lo sé. Es todo muy nuevo para mí.
Ella se puso en pie sin prisa, dejando la copa sobre la mesa. Y con la misma serenidad con la que había abierto la carpeta minutos antes, se inclinó ligeramente hacia él y susurró:
—Dame un minuto. No te muevas.
Y desapareció por un pasillo. El sonido de una puerta al cerrarse. El silencio se volvió espeso. Él quedó solo en el salón, con el corazón acelerado, las piernas tensas, el vaso a medio terminar y las palabras “Guillermo Montenegro” aún resonando como un eco lejano.
Intentó levantarse, pero no pudo. Algo lo mantenía allí. Algo más fuerte que el deber, que el miedo, que la lógica. Era el cuerpo. El suyo. Que no quería marcharse.
Cuando Lía regresó, lo hizo despacio. Cada paso, una declaración. Había cambiado el mono negro por un conjunto que no dejaba lugar a dudas: lencería de encaje rojo intenso, un body de transparencias que marcaba su cintura, el pecho firme y perfectamente moldeado, y un tanga mínimo que se perdía entre las curvas redondas de sus caderas. Iba descalza, el pelo suelto, la mirada directa.
Se detuvo frente a él. No dijo nada. Solo dejó que la mirara.
Él abrió los labios, pero no encontró palabras. Su respiración se agitó.
—¿Sigues sin saber qué esperabas? —susurró ella.
—Yo… no sabía que… —se interrumpió. La mirada se le escapaba por todo su cuerpo, intentando disimular y fracasando.
—Esto también es ser mujer —dijo ella, despacio, llevándose las manos a las caderas con naturalidad—. Con mis curvas, con mi deseo, con mi historia… y con la forma en que ahora tú me estás mirando.
Se acercó un paso. Luego otro. Se inclinó sobre él, tan cerca que pudo sentir su aliento.
Él la miró, roto entre el no y el sí, entre la vergüenza y la rendición.
—No tienes que hacer nada —dijo ella, acariciándole apenas el cuello de la camisa con dos dedos—. Solo déjame enseñarte lo que soy. Lo que podrías desear, aunque aún no lo sepas.
Y entonces se sentó suavemente sobre sus piernas. No con brusquedad. No con vulgaridad. Con la delicadeza que solo tienen las mujeres que saben quiénes son.
Él cerró los ojos un instante. Sintió su peso, su calor, su olor. Y no se apartó.
Lía se acomodó suavemente sobre sus piernas, sintiendo cómo el cuerpo de él se tensaba de inmediato bajo el contacto. Sus muslos quedaron atrapados entre las suyas; sus pechos, a pocos centímetros de su rostro. Pero no se pegó del todo. Solo lo suficiente para que él sintiera el calor… y algo más.
Porque al inclinarse, su entrepierna rozó, leve pero deliberadamente, la parte baja del vientre de él. Un roce suave, apenas un pulso bajo la tela, pero real. Él contuvo el aire. No fue un bulto cualquiera. No era la presión blanda de un cuerpo femenino. Era algo… firme. Pesado. Inconfundible. Pero no podía ser. O no quería creerlo. Aún no.
Ella lo miró sin decir nada. Con esa sonrisa leve de quien lo sabe todo antes que tú.
Y entonces, sin prisas, se incorporó.
Volvió a caminar con calma hasta el otro lado de la mesa baja y se sentó de nuevo, esta vez de frente, con las piernas abiertas solo lo justo para dejar ver entre las transparencias del body el comienzo del monte púbico, donde la tela roja se perdía hacia dentro, tirante, como si algo la empujara desde dentro.
Cruzó las piernas y apoyó los brazos sobre los muslos, acercándose un poco hacia él. El gesto hizo que la tela del tanga se marcara aún más. Él no podía mirar directamente, pero tampoco podía apartar la vista.
—¿Te incomodé? —preguntó ella al fin, con voz suave.
—No —mintió él. O no lo sabía.
—¿O te gustó sin entender por qué?
Él tragó saliva. Se removió en el sofá, como si necesitara aire. Su entrepierna estaba visiblemente tensa. Él lo sabía. Ella lo sabía.
—Nunca… nunca había sentido algo así.
—¿Quieres seguir ayudándome con lo legal, señor Cortés?
Él asintió, sin saber si decía sí a la abogada… o a la mujer… o a lo que fuera que acababa de tocarle el alma —y el cuerpo— como nunca antes.
—Perfecto —dijo ella—. Entonces te espero el viernes, aquí, a la misma hora. Esta vez… con menos papeles.
Y su mirada descendió, directa, al bulto en los pantalones de él.
Sin risa. Sin juicio. Solo poder.
Aquella noche, no pudo callárselo. El silencio en la cama lo envolvía como una soga. Su mujer, Marta, leía en su Kindle con las gafas puestas y la cara lavada. Estaban en su rutina, cada uno en su lado. Hasta que él soltó la frase como quien deja caer una piedra en un lago:
—¿Tú crees que es normal… que un hombre pueda llegar a desear… algo con otro hombre?
Ella no lo miró de inmediato. Pasaron unos segundos antes de que marcara la página y bajara el lector con calma.
—¿Quieres que te diga lo que es normal o lo que es frecuente?
—Pues pienso que sí —dijo, como si hablara del tiempo—. Que muchos hombres sienten curiosidad. Y no lo dicen, ni lo aceptan. Pero la tienen.
—Claro. La sexualidad no es una caja cerrada. A veces el cuerpo quiere algo que la mente no entiende. Y a veces… uno quiere saber qué se siente. Qué es tener a otro hombre dentro. O ser tocado de una forma distinta.
Eso no te hace menos hombre. Solo más honesto contigo mismo.
Él sintió un escalofrío. El nudo en el estómago se hizo más denso. No la había mirado aún. Estaba clavado en el techo.
—¿Y tú…? ¿Qué pensarías si yo…?
—Si yo… hubiera sentido algo. Con una persona que no es exactamente una mujer… o no lo fue antes.
Ella se giró hacia él, sin alarma en el rostro.
Silencio. Él se mojó los labios.
—No lo sé. Creo que sí. Pero no lo entiendo. No… no quiero eso. No lo busqué.
Esa palabra, en boca de su mujer, lo desarmó.
—No lo vi. Pero… creo que sí. Y era… algo enorme. Se notaba. La forma. El cuerpo. El gesto. Era todo tan… femenino. Pero debajo…
Él apretó los dientes. No respondió.
Ella se acercó un poco, acariciándole el brazo.
—Escúchame, cariño. Tener curiosidad por una polla no te hace gay. Ni bi. Ni nada. Te hace humano. Hay hombres que fantasean con eso toda la vida y nunca lo dicen. Tú lo has sentido, y ya está. Ahora sabes algo más de ti.
—Pero nunca lo había sentido. Nunca.
—Y ahora sí. Pues quizás ese lado tuyo estaba dormido. O quizás no es “un lado”, sino solo una puerta. Y Lía la ha abierto.
Él se quedó callado al oír el nombre. Marta lo miró con más atención.
Ella no preguntó más. Solo acarició su brazo con suavidad.
—Te voy a decir algo que quizás no te esperas —susurró—. No me molesta que la hayas deseado. Me molesta que no sepas lo que quieres. Porque eso… eso sí puede hacer daño.
Él cerró los ojos. La mano de su mujer seguía en su brazo. Cálida. Cercana. Pero al mismo tiempo… tan lejos de lo que había sentido cuando Lía se sentó sobre él. El deseo ya estaba suelto. Y la excusa moral… se le acababa de romper.
—Cielo, ponte boca abajo —le dijo Marta, con esa voz suya tranquila, que siempre parecía estar al tanto de todo antes que él.
Él obedeció sin pensar, moviéndose lentamente entre las sábanas. El colchón crujió apenas cuando su pecho tocó el colchón. Quedó con la cabeza girada hacia un lado, la cara contra la almohada, el cuerpo desnudo, expuesto.
Ella se subió encima con naturalidad, colocándose a horcajadas sobre sus nalgas, con los muslos cálidos abrazándole las caderas. No pesaba, solo se apoyaba con ese toque justo que lo hacía sentir atrapado y contenido. Le apartó el pelo del cuello y se inclinó hacia él.
—Anda… cuéntame más sobre Lía. ¿Qué te hizo sentir? ¿Qué pensaste cuando viste ese cuerpo?
Él cerró los ojos, pero no respondió. Marta lo notó. Se incorporó un poco y empezó a acariciarle el culo con ambas manos, con calma, masajeando primero… y luego marcando un poco más los dedos. Subía y bajaba lentamente, dejando que sus uñas apenas rasparan la piel.
—¿Era guapa? —susurró—. ¿Más guapa que yo?
—No… no se trata de eso —murmuró él, con la voz apagada contra la almohada.
Ella bajó una mano, lenta, rozando la parte interna de un muslo, hasta rozarle el escroto por debajo con las yemas. Él se estremeció.
—Entonces cuéntame. ¿Qué fue? ¿El cuerpo, la forma de hablar… o saber que tenía polla?
Esa palabra, dicha así, tan suave, tan segura, le atravesó como un chispazo.
—Fue todo. Su voz. Cómo me miraba. Y sí… creo que… noté algo.
—Cuando se sentó encima de mí… lo noté. Abajo. Era… algo duro. Grande. Pero ella seguía siendo tan femenina… tan perfecta.
—No lo sé —susurró él, humillado, excitado.
Él no contestó. No hacía falta.
Marta bajó la mano y le acarició los huevos desde detrás, con cariño. Luego, con un movimiento preciso, separó suavemente las nalgas y le escupió encima, sin decir nada. Él jadeó por lo bajo.
—¿Sabes cuántos hombres sueñan con que una polla les empuje así, justo aquí…? —susurró, bajando de nuevo el cuerpo hasta que sus pechos tocaron su espalda—. ¿Y tú, cielo… lo has soñado alguna vez?
Él apretó los labios. El cuerpo se le estremecía bajo ella.
—No lo soñé —susurró—. Pero creo que ahora sí quiero saber qué se siente.
Marta sonrió. Y le besó la nuca.
—Ya estás más cerca de saberlo, amor mío.
Y mientras le acariciaba el culo abierto, con lentitud, con ternura, con precisión, él no pudo evitar mover las caderas hacia abajo. Como si buscara algo. Como si su cuerpo ya supiera lo que venía.
La dejó ahí, entre sus nalgas, abierta, caliente, con el pulgar presionando suave, como si ya supiera el camino de memoria.
Él respiraba contra la almohada, cada vez más hondo. No se movía… pero su cuerpo sí. Sus caderas hacían pequeños gestos involuntarios, buscando más contacto.
—Mírate… —susurró, apoyando el pecho en su espalda—. Si te estás ofreciendo tú solo.
Él sintió cómo le besaba la nuca, lento, húmedo.
—No tienes que tener miedo, cariño… estamos tú y yo. Nadie te juzga aquí.
Su mano bajó, rodeó su polla por delante, blanda todavía, pequeña, encogida contra el vientre.
—Siempre has sido así… tan recogidita… tan discreta —murmuró con una media sonrisa—. Nunca fuiste de presumir, ¿eh?
Él notó el rubor subirle por la cara.
—Shhh… —le besó detrás de la oreja—. No te estoy criticando. Me gusta. Es suave… manejable… casi coqueta.
La acarició despacio, sin intención de ponerla dura todavía. Solo jugar.
—Pero claro… —añadió—. Después de lo que me has contado de Lía…
—… supongo que la suya no será tan tímida.
—Cariño… la notaste a través de la ropa. Sentado. Y te marcó el vientre. ¿Tú crees que eso es normal?
—Seguro que la tiene enorme… pesada… de esas que llenan la mano entera. De esas que, cuando te empujan el culo… no te dejan pensar.
Su polla empezó a endurecerse entre los dedos de Marta.
—¿Ves? Solo con imaginarla ya te estás poniendo duro.
—Te pasa que eres curioso. Y que siempre has sido más sensible de lo que finges. Mírate… sin pelo, piel suave, culo redondo… —le dio una palmada ligera—. Si a ti te han hecho para que te acaricien, no para que mandes.
Esa frase le atravesó más que cualquier cosa.
Marta volvió atrás. Separó sus nalgas con suavidad y empezó a masajearle el ano con lubricante de la mesilla, despacio, paciente.
—Relájate… respira… yo te cuido.
Un dedo. Solo la yema. Presión circular.
—Claro que es raro. La primera vez todo lo es. Pero también es… rico.
Él soltó un gemido que no parecía suyo.
—¿Ves? —susurró ella—. Tu cuerpo lo entiende antes que tu cabeza.
Se movía despacio, entrando y saliendo con cuidado, besándole la espalda, acariciándole el pecho.
—Imagínate que no soy yo… imagina que es Lía… que te tiene así… abierto… enseñándote lo que se siente…
—Imagínala con esa polla enorme… empujándote… llenándote… —susurró—. Y tú temblando igual que ahora.
Su polla ya estaba completamente dura.
Marta la masturbaba lenta, mientras el dedo seguía dentro.
—No eres menos hombre por desear eso… solo eres más honesto.
—Y si algún día quieres probarlo de verdad… yo estaré contigo. No contra ti.
Sino por la voz de Marta sosteniéndolo.
Empujándolo suavemente hacia lo que siempre había escondido.
Marta no retiró el dedo. Se lo dejó dentro, quieto, sintiendo cómo el cuerpo de él palpitaba, cómo se abría un poco más con cada respiración. Con la otra mano, le acariciaba la polla, despacio, sin apurarse, solo para mantenerlo donde quería: al borde.
—¿Sabes por qué no me dan celos cuando hablas de Lía? —susurró ella, cerca de su oído.
Él gimió, apenas, sin fuerzas para hablar.
—Porque tú nunca has sido realmente mío. Al menos, no como hombre. Siempre fuiste otra cosa. Mía, sí… pero diferente.
Apretó un poco el dedo al decirlo, y luego lo movió dentro.
—¿Te acuerdas la primera vez que follé con otro delante de ti? —preguntó ella, con ternura sádica en la voz—. ¿Cómo te quedaste calladito en el sofá, con la polla en la mano, sin atreverte a acercarte?
Él asintió, con la cara hundida en la almohada.
—¿Y te acuerdas la vez que te puse de rodillas para que vieras cómo me la metía aquel chico… ese que tenía una polla negra y gorda como un brazo?
—Me corrí… —murmuró, humillado, excitado.
—Sin que nadie te tocara. Solo mirándome a mí… abierta… montada… llena.
Acarició sus huevos por debajo con dulzura.
—Esa es tu verdad, cielo. Nunca fuiste el que follaba. Siempre fuiste el que miraba. El que se aparta. El que se excita con lo que no puede tener.
El dedo se movió más hondo. Él jadeó fuerte.
—Y ahora… imagina que no soy yo. Imagina que Lía está aquí… que sube sobre ti, que te abre… que te la mete despacio, muy despacio… y tú ni siquiera te resistes.
Su polla estaba palpitando, dura, más que nunca.
—Y tú, con tu pollita de niño… comparándola con la de ella… sabiendo que es el doble. O más. Que te partiría en dos si quisiera.
Marta lamió su espalda con calma.
Ella se mordió el labio, complacida. Le sacó el dedo despacio, dejándole un vacío húmedo y sensible.
—Eres un amor de marido. Obediente. Discreto. Y tan fácil de corromper…
Se bajó de encima y se colocó a su lado, tumbada boca arriba, con las piernas abiertas.
—Ven. Métete aquí… solo un momento.
Él se giró, con la cara roja, la polla tiesa, el ano húmedo. Se arrastró entre sus piernas, colocándose sobre ella.
—Pero no me folles —susurró ella—. Solo frótate. Solo así. Eso es lo que eres… ¿verdad? Uno que se conforma con rozar.
Él gimió, restregando su polla contra el coño mojado de su mujer, pero sin entrar.
—Y mientras tanto, piensa en Lía. En esa polla enorme. En lo que pasaría si ella te viera así… tan obediente… tan entregado.
Ella le acariciaba la cara. Y le susurró justo cuando él iba a correrse:
Se corrió con un gemido largo, ahogado, entre su coño y su vientre. Sin haber entrado nunca. Como siempre.
Después de que él se corriera sobre su vientre, agotado y sumiso, Marta lo abrazó suavemente. Le acarició el pelo, le susurró cosas dulces, como si no acabara de desarmarlo por completo.
—¿Tienes el número de Lía? Por si hace falta mandarle algo del caso.
Él dudó un segundo, pero estaba tan vulnerable, tan entregado, que no pensó.
—Sí. Lo tengo aquí… —agarró el móvil del cajón y se lo mostró—. ¿Quieres que te lo pase?
Lo hizo. Y al instante, ella borró la conversación. Después, cuando él se metió en la ducha, cerró la puerta del baño y se tumbó en la cama desnuda, aún húmeda, con el móvil en la mano. Y escribió.
Marta (23:47): Hola, Lía. No nos conocemos aún, pero soy la mujer de tu abogado. Y creo que tenemos mucho de qué hablar tú y yo.
Lía (23:49): Vaya… qué placer inesperado. Estaba esperando este mensaje sin saberlo. Dime, Marta… ¿te ha contado algo interesante?
Marta (23:50): Todo. Y nada. Ya sabes cómo son… Vergüenza, erección, silencio. Pero no te preocupes. Lo estoy entrenando.
Lía (23:52): ¿Entrenando para qué?
Marta (23:52): Para recibirte. Para adorarte. Para que cuando te vea desnuda… no se atreva a huir. O peor aún… no quiera hacerlo.
Lía (23:53): Mmm… me gusta. ¿Puedo saber qué parte le excita más? ¿Mi voz… o mi polla?
Marta (23:54): Tu polla. Aunque aún no la ha visto. Solo la sintió, rozándole el vientre. Y desde entonces no duerme. Se toca pensando en ella. Se le pone dura con solo imaginar cómo es. Y lo mejor de todo… es que su pollita cabe entera en mi mano cerrada. ¿La tuya?
Lía (23:55): La mía necesita dos. Y aún sobra. ¿Quieres foto?
Marta (23:55): No. Quiero verla reventándole el culo. Pero a su tiempo. Primero quiero que te escuche. Que te huela. Que te rece. Y que cuando te la enseñes… no diga ni una palabra.
Marta (23:56): Así lo quiero. Quiero que lo mires a los ojos mientras sacas esa polla enorme. Quiero ver cómo se le cae la voz. Cómo se le encoge la polla. Y cómo se le abre el alma… por el mismo sitio por donde vas a metértela.
Lía (23:57): Dios… Marta. Eres peor que yo.
Marta (23:58): No. Yo soy su mujer. Y sé exactamente lo que necesita. Tú… serás el castigo. Y el premio.
Marta (23:59): Pronto. Te avisaré. Y tú solo tendrás que traer lo que ya es suyo: esa polla que lleva soñando… sin atreverse a pedirla.
Lía (00:00): Hecho. Lo vas a ver rogar, Marta. Y yo… lo voy a destrozar con dulzura.
Marta (08:14): Buenos días, preciosa. He cambiado de opinión.
Lía (08:15): ¿Ah, sí? ¿Sobre qué?
Marta (08:15): Sobre la foto. La quiero.
Lía (08:16): Pensé que preferías verla reventándole el culo en directo.
Marta (08:17): Lo prefiero. Pero ahora mismo tengo el coño mojado y el marido haciendo tostadas en la cocina. Y necesito algo que me recuerde por qué te deseo tanto.
Lía (08:18): ¿Quieres que sea una foto educada… o la polla entera, en todo su esplendor?
Marta (08:18): Quiero verla como es. Grande. Descarada. Y dispuesta a humillar su ridícula pollita sin necesidad de tocarlo.
(Pasan dos minutos. Marta se acaricia con una mano bajo la sábana, sin apurarse, con la respiración ya algo agitada.)
Lía (08:21): Foto enviada. (Imagen: Lía sentada en una butaca, piernas abiertas, el body rojo recogido bajo los muslos, la polla gigantesca apuntando hacia arriba, gruesa, venosa, húmeda en la punta. Una mano en el muslo. En la otra, un espejo de mano con el reflejo de su propia sonrisa.)
Marta (08:22): Dios, Lía… Ahora entiendo por qué se quedó callado cuando se le sentaste encima. Esa polla… eso no es una polla. Eso es un arma. Y te juro por lo que más quiero… que me voy a correr viéndola antes que él.
Lía (08:23): Pues si eso te excita… imagínate cómo será cuando esté de rodillas, mirándola por primera vez. Con su pollita dura… y temblando.
Marta (08:23): Se va a correr antes de que se la metas. Lo conozco. Solo con verte bajarte la cremallera… va a suplicar.
Lía (08:24): ¿Y tú qué harás mientras?
Marta (08:24): Me sentaré en una esquina. Piernas abiertas. Y me correré viendo cómo otra polla le da lo que yo nunca le di: miedo. Placer. Y sumisión de la que no se olvida.
Lía (08:25): Eso está hecho. Pero te advierto una cosa, Marta…
Lía (08:25): Después de esto… ya no va a desear nada más.
Marta (08:26): Mejor. Así será solo tuyo. Y yo tendré lo que siempre quise: un marido pequeño… humillado… y feliz.
Lía (08:30): Marta… Dime algo. ¿Cómo llegas a esto? ¿Cómo una esposa acepta ver a su marido rendido… a otra polla?
Marta (08:31): Porque no es "otra polla", Lía. Es la polla. La que lo va a romper. La que va a dejarle claro quién es. Y porque yo no necesito tener el control entre las piernas. Lo tengo en la mente.
Lía (08:32): Eso ya lo veo. Pero explícame… ¿qué clase de pareja sois?
Marta (08:33): Una donde él nunca manda. Donde cuando traigo a un hombre a casa, él prepara las copas, pone la música… y luego se sienta. A mirar. A veces se toca. A veces no. Pero nunca participa. Nunca entra. Nunca me posee.
Lía (08:34): ¿Y eso le excita?
Marta (08:34): Más que cualquier polvo. Verme montada, empapada, gritando con otra polla dentro… y él allí, con su pollita dura y humillada, sabiendo que no puede hacer nada. Solo mirar. O limpiar después.
Lía (08:35): Qué delicia. ¿Y alguna vez le has dejado verte correrte encima de otro… sin que él pudiera correrse?
Marta (08:35): Muchas veces. Es mi norma. Él no se corre si yo no lo decido. Y cuando lo hago… es después. Solo. Y muchas veces… en silencio.
(Pausa breve. Luego, otro mensaje.)
Lía (08:37): ¿Y tú? ¿Has estado alguna vez con alguien como yo?
Marta (08:38): Nunca con una mujer trans, no. Pero llevo toda la vida soñando con una polla como la tuya… sin tener que aguantar un hombre detrás. Solo belleza. Solo poder. Solo carne que impone… y mirada que domina.
Lía (08:39): Entonces… ¿también me deseas?
Marta (08:39): Claro que sí. Pero esta vez… quiero que seas suya. Suya para que lo destroces. Y si después me dejas… quizá me la comas a mí también.
Lía (08:40): Te voy a hacer gozar, Marta. Pero primero lo haré a él llorar de placer. Quiero verlo gemir sin tocarse. Quiero que se le caiga la voz cuando me vea sacarla. Y quiero que tú lo mires… y te corras sabiendo que no volverá a desear nada más.
Marta (08:41): Lo miraré. Me tocaré. Y me correré. Prometido.
Marta (08:43): Y una cosa más, Lía. Él no sabe que hablamos. Ni lo sabrá nunca. Esto es solo tuyo y mío. Un secreto entre mujeres.
Lía (08:44): ¿Ni siquiera sospecha?
Marta (08:44): Está en la cocina ahora, preparando café como si nada. Con su culito rojo todavía. Y mi corrida secándose en su ombligo.
Lía (08:45): Dios… ¿Y si supiera que mientras él mueve la tostadora, tú estás mirándome a mí?
Marta (08:45): Por eso me mojo más. Porque no lo sabe. Porque tú y yo ya lo estamos usando sin que él tenga idea.
Lía (08:46): Entonces te voy a regalar algo. Solo para ti. No se lo enseñes jamás. No lo merece.
(Unos segundos de espera… y luego llega.)
Lía (08:48): [Vídeo adjunto] Título: “Para ti, no para él.”
(El vídeo empieza con Lía de espaldas a la cámara, completamente desnuda. Su cuerpo es una obra de arte: espalda firme, cintura estrecha, curvas redondas, piel suave. Se gira despacio. Y ahí está: su polla colgando, enorme, pesada, semiempalmada. La acaricia con una mano mientras mira a cámara.)
—Marta… —dice con voz baja, casi ronca—. ¿Esto es lo que quieres para tu marido? ¿Esto es lo que quieres verlo mirar, temblando, sin poder hacer nada?
(Se la acaricia de raíz a punta, lentamente. La polla se endurece con cada caricia, ganando volumen, grosor, peso. Es monstruosa. Perfecta.)
—Porque yo… quiero clavársela entera. Pero primero… quiero que tú me digas si te gusta.
(Lía escupe en la mano. Se la unta con calma. Sube y baja despacio, mientras la cámara enfoca cómo se hincha, cómo se estira la piel.)
—Dime si estás mojada ahora, Marta. Dímelo mientras tu marido parte el pan en rebanadas… sin saber que su mujer se está tocando con mi polla en la pantalla.
(El vídeo termina con ella eyaculando apenas una gota espesa sobre su abdomen, como una amenaza anticipada.)
Marta (08:52): Me he corrido antes de que acabaras. Ni siquiera me toqué.
Lía (08:52): ¿Dónde lo tienes ahora?
Marta (08:52): Justo delante. Móvil apoyado en la almohada. Las piernas abiertas. Y las manos bajo la sábana.
Lía (08:53): Eres tan puta como imaginé. Y yo… te voy a premiar.