Mi novio me exhibió
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Una demostración de un aparato hace que la pena se me quite.
Soy Ana.Era un jueves de mucho calor en la Ciudad de México, de esos en los que el aire se siente pegajoso y hasta el vestido más ligero parece de más. Habíamos quedado en la farmacia-consultorio familiar de mi novio, que está en una colonia tranquila pero transitada, de esas que todavía conservan el olor a formol y alcohol de los 80 mezclado con el aroma dulzón de los jarabes infantiles.
La mamá de mi novio, la doctora Adriana, es médico de toda la vida y maneja la parte de medicina general y algunos estudios. Mi novio, Pepe, tiene su consultorio dental en la parte de atrás. Entre los dos comparten pacientes, recetas, y sobre todo, la sala de espera que siempre está llena de señoras mayores, mamás con niños y algún que otro señor que llega “nada más a que le tomen la presión”.
Un par de semanas antes, en una convención el Word Trade Center, a Pepe y su madre les habían ofrecido un láser terapéutico de esos que prometen todo: analgesia, antiinflamatorio, bioestimulación, cicatrización rápida… y, según el vendedor con mucha labia, también “modelado corporal no invasivo” y reducción de grasa localizada. El hombre se veía tan convencido que se ofreció a llevar el equipo al consultorio y hacer una demostración en vivo sin costo. Pepe, que es de los que siempre quiere probar cosas nuevas para sus pacientes, dijo que sí de inmediato.
Llegó el día. El señor del láser se presentó con su maletín metálico brillante, su playera polo con logo y una sonrisa de comercial de televisión. Trajo el aparato: un láser de diodo de color rojo-anaranjado con una punta que parecía más bien un micrófono grande. Empezó con Pepe. Le aplicó el láser en la espalda, en la articulación temporomandibular, en los hombros… todo muy profesional. Luego le enseñó la técnica de “masaje de drenaje con fotobiomodulación” para mover supuestamente la grasa hacia donde uno quiere. Pepe se entusiasmó tanto que dijo que lo iba a ofrecer como tratamiento complementario en odontología.
Mientras tanto, la sala de espera se había llenado. Habían citado a varios pacientes “para que vieran la demostración” y también llegaron algunos amigos de la doctora Adriana. Había unas diez o doce personas sentadas en las sillas de vinipiel color beige, hojeando revistas viejas de Vanidades y TVyNovelas.
Pepe se quedó atendiendo pacientes en su consultorio grande. La doctora Adriana también se metió a revisar a dos señoras que llevaban cita desde las once. Y yo me quedé platicando con ella entre paciente y paciente, medio aburrida, con calor, sudando por la espalda.
En eso se acercó el señor del láser, muy amable, y me dijo:
—Mire, señorita, ya que está aquí… ¿no le gustaría que le haga la demostración completa? Así entiende bien cómo funciona y luego puede explicárselo a los pacientes cuando su novio lo ofrezca. Es muy sencillo y se siente increíble.
Yo, que peso 58 kilos y nunca me he considerado gorda, pero sí tengo esa manía de querer “acomodar” lo poco que tengo (más nalga, menos cintura, más pecho, menos abdomen), dije que sí sin pensarlo demasiado. El calor me tenía medio atontada y la idea de salir de ahí con “mejor repartida” la grasa me pareció tentadora.
Me llevó al consultorio más pequeño, el que usan para exploración general y curaciones rápidas. Una camilla estrecha con papel desechable verde, un escritorio viejo, un lavabo chiquito y —lo peor— dos ventanales grandes que daban directo a la sala de espera. Tenían una película esmerilada, pero de esas baratas que dejan ver siluetas y, si te fijas bien, bastante más que siluetas.
—Para que el masaje con láser funcione al 100% tiene que ser sobre piel limpia y sin ropa. Es un protocolo. Pero si quiere, puede quedarse con la ropa interior y le doy un sujetador desechable para que no se manche con el gel conductor.
Yo me quedé con cara de “¿qué?”.
—Tranquila, es muy común. Mire, le dejo este top desechable y el calzón se lo deja puesto. Yo salgo cinco minutos para que se cambie.
Principalmente porque tenía un calor infernal y sentía que el vestido me asfixiaba. Me quité todo menos la tanga roja microscópica que traía ese día (error garrafal). El “sujetador desechable” era una especie de trapito de papel no tejido, más delgado que una servilleta de McDonald’s y semitransparente. Prácticamente era como no traer nada.
Me acosté boca arriba en la camilla, crucé los brazos un momento por pudor… y luego los bajé. Total, el top era tan ridículo que cubrirme con las manos o con una sábana me parecía aún más vergonzoso.
El señor regresó. Empezó con el láser en modo frío, un zumbido suave, luces rojas moviéndose por mi abdomen, mis costados, mis muslos. Hasta ahí todo “normal”. Luego puso gel frío y empezó el “masaje de redistribución”.Y ahí cambió todo. Agarraba mis brazos con fuerza, como si fueran masa, y los deslizaba hacia arriba, hacia mis senos, como queriendo “subir” la grasa. Luego los muslos: apretaba desde la rodilla hacia la ingle y después hacia afuera, hacia las caderas y glúteos. El movimiento era tan intenso y tan descarado que en un momento me di cuenta de que me estaba tocando de una forma que ningún masajista profesional haría jamás. Sus manos pasaban por los lados de mis senos, rozaban los pezones a propósito, bajaban hasta casi el borde de la tanga y volvían a subir.
Una mezcla de vergüenza, calor, confusión y —lo admito— una excitación traicionera que no podía controlar.
Y entonces pasó lo peor.La puerta se abrió de golpe.Pepe entró sin tocar, como siempre hace cuando va de un consultorio a otro. Se quedó congelado al verme prácticamente desnuda en la camilla, con las manos del señor en mis muslos y mi tanga roja empapada marcando todo.
Antes de que pudiera decir nada, el vendedor soltó con toda naturalidad:
—Pase, doctor, justo le estaba mostrando la técnica de redistribución adiposa con fotobiomodulación. Venga, acérquese, le enseño cómo se hace para que usted lo replique.Y Pepe, en lugar de cerrar la puerta o ponerme una sábana, entró.El señor le indicó:
—Mire, así se agarra el tejido desde abajo y se empuja hacia la zona que se quiere aumentar. Vea.Y puso las manos de Pepe en mis muslos.En ese momento mis pezones estaban duros como piedras y se marcaban brutalmente a través del papelito transparente. La humedad en la tanga era imposible de disimular; había una mancha oscura evidente. Y la puerta seguía abierta de par en par.Un paciente que pasaba por el pasillo se detuvo en seco. Miró. Se quedó mirando.El señor, en vez de cerrar, dijo:
-Doctor, creo que sería muy ilustrativo que los pacientes vieran el procedimiento en vivo. Así entienden los beneficios y se animan a probarlo. ¿No le parece? Pepe dudó un segundo. Lo vi en sus ojos: una mezcla de sorpresa, confusión y… algo más. Algo que yo ya conocía, aunque nunca lo habíamos hablado abiertamente. Asintió casi sin pensar.
—Está bien… que pasen unos cuantos. Pero solo para que observen.
Entraron seis personas. Tres mujeres y tres hombres, todos mayores de 35 o 40 años. Se formaron en semicírculo alrededor de la camilla como si estuvieran viendo una demostración de electrodomésticos en una tienda departamental. Algunas señoras se cruzaban de brazos con cara de curiosidad científica; otras sonreían con disimulo. Los hombres… los hombres miraban diferente.
Uno de ellos, un señor de camisa polo azul claro, cabello entrecano, barriga prominente y mirada fija, no disimulaba en absoluto. Sus ojos recorrían mi cuerpo de arriba abajo, deteniéndose en mis pezones marcados, en la mancha oscura de la tanga, en la forma en que mis muslos temblaban ligeramente cada vez que Pepe me apretaba.
Pepe lo notó. Lo notó y, en lugar de cerrar la puerta o pedirle que dejara de mirar, hizo algo que nunca imaginé que haría.
—Señor… —le dijo directamente al hombre de la camisa azul—, ¿le gustaría ayudarme un momento? Así ve exactamente la presión y el movimiento que se necesita. Es importante que quede claro para todos.
El hombre sonrió de inmediato, una sonrisa amplia, satisfecha. Asintió varias veces.
Se acercó. Pepe se hizo un poco a un lado, dejándole espacio junto a la camilla.El señor puso sus manos grandes y algo ásperas sobre mis muslos internos, justo donde terminaba la tanga. Apretó con fuerza, más de la que Pepe había usado. Sus pulgares se deslizaron peligrosamente cerca del borde de la tela, rozando la piel húmeda. Subió despacio, muy despacio, hasta llegar a la parte baja de mis senos. Los levantó como si estuviera pesándolos, los apretó hacia el centro y luego los empujó hacia arriba y hacia afuera, diciendo en voz alta:
—Así, doctor, ¿verdad? Para concentrar el tejido en la zona deseada.
Yo estaba temblando. Intenté cerrar las piernas por instinto, pero él las mantuvo abiertas con firmeza. Sentía todas las miradas clavadas en mí: las señoras que ya no disimulaban su asombro, los otros hombres que se habían acercado un paso más, Pepe que observaba todo con la respiración acelerada y los ojos brillantes. El señor bajó de nuevo las manos. Esta vez no fingió que era parte del masaje “terapéutico”. Deslizó los dedos por la cara interna de mis muslos, muy cerca del centro, y luego presionó con el pulgar justo sobre la tela empapada, en el punto donde más lo necesitaba. Lo hizo con movimientos circulares lentos, deliberados.
Mi cuerpo me traicionó por completo. Un gemido se me escapó sin querer. Intenté morderlo, pero salió igual. Mis caderas se levantaron solas, buscando más presión. El señor lo entendió y aumentó el ritmo. Sus dedos se colaron por debajo del borde de la tanga, apenas un centímetro, pero suficiente para rozar directamente la piel hinchada y resbaladiza. Yo ya no podía controlar la respiración. Era jadeo tras jadeo, cortos, desesperados. Sentía que todo el consultorio se había quedado en silencio excepto por el sonido húmedo de sus dedos y mis propios gemidos que ya no podía contener. Pepe seguía ahí, a un metro, mirando. No dijo nada. No me cubrió. No cerró la puerta. El señor aceleró. Presionó más fuerte, más rápido, en círculos pequeños y precisos. Sentí que algo se rompía dentro de mí, una cuerda que llevaba minutos tensa al límite.
El orgasmo me atravesó como una corriente eléctrica. Me arqueé sobre la camilla, los dedos de los pies encogidos, las manos agarrando el papel verde hasta romperlo. Un grito ahogado se me escapó y luego solo jadeos temblorosos. La humedad se desbordó, empapando la tanga, los dedos del hombre, el papel debajo de mí. Todo el cuerpo me temblaba en espasmos que no podía detener.
Cuando por fin abrí los ojos, vi las caras. Las señoras con la boca abierta. Los hombres con sonrisas torcidas. Pepe, inmóvil, con la mirada perdida entre vergüenza, excitación y algo que parecía orgullo enfermo.El señor sacó la mano despacio, se limpió los dedos en una toalla de papel como si nada y dijo con voz satisfecha:
—Excelente respuesta al estímulo, ¿verdad, doctor? Así es como se ve cuando el tratamiento realmente funciona.
Cuando por fin cerraron la puerta —diez minutos y un orgasmo demasiado tarde— el consultorio quedó en un silencio pesado, roto solo por mi respiración entrecortada y el crujir del papel verde hecho trizas bajo mi cuerpo. Me quedé acostada, inmóvil, con las piernas todavía temblando, la tanga empapada pegada a la piel, los pezones tan sensibles que el simple roce del aire me hacía estremecer. Las lágrimas seguían rodando por mis sienes, mezclándose con el sudor. No sabía si llorar de humillación, de rabia, de placer o de las cuatro cosas juntas.
Pepe se acercó despacio. No me tocó de inmediato. Se quedó de pie junto a la camilla, mirándome como si estuviera viendo algo al mismo tiempo hermoso y prohibido. Tenía la mandíbula apretada, los ojos brillantes, la respiración acelerada. No parecía enfadado. Parecía… hambriento.
—Perdóname —dijo por fin, con la voz ronca—. No debí… no debí dejar que siguiera. No debí invitarlo. No debí…Se le quebró la frase.
Bajó la mirada un segundo, luego volvió a subirla hacia mí.
—No pude parar —confesó casi en un susurro—. Cuando te vi ahí, expuesta, temblando, con todos mirándote… no pude parar. Me gustó. Me gustó demasiado.
Me incorporé un poco, apoyándome en los codos. El sujetador de papel se había roto por completo; mis senos quedaron al descubierto otra vez, pero ya no intenté cubrirme. Ya no había nada que esconder.
—¿Te gustó? —repetí, la voz temblorosa—. ¿Te gustó que me tocaran delante de todos? ¿Que ese señor… que yo…?
—No solo eso. Me gustó verte así. Desnuda. Vulnerable. Deseada. Me gustó ver cómo te miraban, cómo te tocaban, cómo te rompías frente a ellos. Me puse duro solo de verte perder el control. Y cuando te viniste… Dios… nunca te había visto tan… tan…
No terminó la frase. No hacía falta.
Me quedé mirándolo, con el corazón latiéndome en la garganta. Debería haber sentido ira. Debería haberlo abofeteado, haber salido corriendo, haberle gritado que era un enfermo. Pero no lo hice. Porque una parte de mí —esa parte oscura que había intentado ignorar todo el tiempo— también lo había sentido.
—También me gustó —admití en voz tan baja que casi no se escuchó—. No todo. No al principio. Pero cuando vi que no podías quitarme los ojos de encima… cuando sentí todas esas miradas clavadas en mí… me sentí poderosa. Deseada. Como si por una vez mi cuerpo valiera algo más que solo ser “bonita” o “delgada”. Me sentí… vista. Realmente vista. Y eso me excitó tanto que no pude parar.
Nos quedamos en silencio varios segundos. El ventilador seguía girando, inútil, moviendo el aire caliente y cargado. Pepe se acercó por fin. Se arrodilló junto a la camilla y apoyó la frente contra mi muslo, como si necesitara tocarme para anclarse.
—Entonces… ¿no me odias? —preguntó, casi con miedo.
—No te odio —respondí, y pasé los dedos por su cabello—. Pero no sé qué significa esto. No sé si quiero que vuelva a pasar… o si quiero que pase otra vez. Solo sé que hoy, por primera vez, sentí que me deseaban de verdad. Y tú también lo sentiste. Y eso… eso me da miedo. Pero también me gusta.
Levantó la mirada. Sus ojos estaban húmedos.
—A mí también me da miedo —dijo—. Pero no quiero mentirte. Quiero volver a verte así. Quiero que otros te miren. Quiero que se mueran de ganas y sepan que eres mía. Y quiero que tú lo sepas. Que te sientas deseada hasta que no puedas más.
Me incliné hacia él. Lo besé despacio, con sabor a lágrimas y a sudor y a algo nuevo, algo peligroso.
—Entonces… ya veremos —susurré contra sus labios—. Pero la próxima vez… cierra la maldita puerta antes.
Sonrió, apenas, una sonrisa culpable y aliviada al mismo tiempo.
Y por primera vez en todo el día, sentí que, aunque todo había salido mal, algo entre nosotros había encajado de una forma torcida, pero real.
Nunca volvimos a hablar de ese día con detalle.
Pero a veces, cuando estamos solos, me pide que me quite la ropa despacio frente a la ventana entreabierta. Y yo lo hago.
Porque los dos sabemos, aunque no lo digamos, que ya no hay vuelta atrás.