February 11, 2025

De vacaciones con mis primos

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El calor del verano no era nada comparado con la tensión entre ellos.

La cabaña estaba aislada, perdida entre helechos y altos pinos, con un pequeño arroyo que discurría a unos metros, su agua clara reflejando el sol del atardecer. Era el refugio perfecto para unos días de descanso antes de volver a la rutina universitaria.

Camila se estiró en la hamaca de la terraza, dejando que la brisa tibia de la tarde deslizara su caricia sobre su piel bronceada, de un tono dorado profundo que recordaba a las diosas de los antiguos templos. Sus ojos almendrados, de un verde hipnótico y enmarcados por un delineado oscuro que acentuaba su intensidad felina, se entrecerraron con pereza bajo la luz del sol. Los rizos oscuros de su cabello caían sobre sus hombros desnudos, formando ondas rebeldes que atrapaban destellos dorados.

Su perfil elegante, su nariz recta y labios llenos evocaban la belleza de una reina de antaño, pero era su cuerpo lo que despertaba miradas con una naturalidad indiscutible: curvas generosas, pechos firmes y altos, una sensualidad que no necesitaba esfuerzo para hacerse notar. Desde la terraza, escuchó las risas de Julián y Matías bajando hacia el arroyo.

Eran familia desde siempre, primos que crecieron juntos entre reuniones bulliciosas y veranos interminables. Y aunque a veces alguien hacía comentarios sobre la forma en que Camila acaparaba miradas sin proponérselo, nunca había sido un problema entre ellos. Ella sabía lo que provocaba—sus caderas anchas, sus curvas generosas y la forma en que su voz ronroneaba en el aire—pero nunca lo usaba con intención. Lo tomaba como parte de sí misma, sin necesidad de fingir inocencia ni de explotar el magnetismo que la envolvía de manera natural.

Camila suspiró con desgano y se incorporó, pasando las manos por sus muslos antes de enganchar los dedos en la pretina de su short de mezclilla. Lo bajó con calma, disfrutando la sensación de la tela áspera rozando su piel hasta deslizarse por sus caderas redondas y firmes.

Cuando el denim quedó atorado un segundo en la curva de su culo, tuvo que mover las caderas para que terminara de caer, dejando al descubierto la generosidad de su trasero, apenas cubierto por la diminuta tela del bikini. Su piel se erizó con la súbita exposición, y una parte de ella—esa que disfrutaba saberse observada—se demoró un instante antes de dejar caer la prenda al suelo.

Luego, con un movimiento pausado, se llevó las manos a la blusa y la levantó con un tirón lento, dejando al descubierto su piel dorada centímetro a centímetro. Sus tetas rebotaron suavemente al liberarse de la tela, redondas, firmes, con los pezones oscuros y endurecidos por el roce, destacándose descarados contra el aire tibio de la tarde. Su cuello quedó expuesto en toda su extensión, con la línea de la clavícula marcada y la piel caliente brillando con un sudor ligero.

La parte superior del bikini apenas contenía sus pechos, elevándolos con descaro, mientras la parte inferior se hundía en la carne blanda de sus caderas, tensa contra la curva ancha de su culo. Sabía que la tela fina no dejaba mucho a la imaginación, pero justo por eso lo había elegido.

Sabía que el bikini no era la elección más recatada para una escapada entre primos. Tal vez por eso lo había elegido. Había algo excitante en sentirse observada, en notar el desliz de una mirada furtiva sobre su piel húmeda, en la posibilidad de provocar sin palabras.

Para ella no era un juego. Nunca lo había sido. Su cuerpo era su cuerpo, y moverse con esa naturalidad desinhibida le resultaba tan fácil como respirar. No buscaba provocar, al menos no de manera consciente, pero tampoco veía razón para contenerse, menos con ellos. La confianza que los unía le permitía ir un poco más allá, moverse con una libertad que con otros quizá mediría. Sabía que sus primos la miraban, a veces más de la cuenta, pero no era algo que la incomodara. Al contrario, le divertía esa tensión sutil, ese matiz apenas contenido en sus ojos cuando pensaban que ella no se daba cuenta.

Recordaba los veranos de adolescencia, cuando aún podían jugar sin que el roce de los cuerpos significara nada, cuando ella corría delante de ellos sin notar cómo sus caderas comenzaban a ensancharse o cómo su blusa se tensaba sobre sus pechos recién formados. Pero con los años, sus miradas habían cambiado. Ya no eran solo los ojos cómplices de unos primos que crecían juntos, sino algo más pesado, más consciente. Camila lo había notado desde hace tiempo, y lejos de incomodarla, le hacía gracia.

Bajó descalza por la pequeña pendiente hasta la orilla del arroyo. Matías, con su cabello desordenado y sonrisa fácil, ya estaba dentro del agua, salpicando a Julián, que aún dudaba en meterse.

—No seas cobarde —bromeó Camila, apoyando una mano en su cadera—. Si el agua está fría, te acostumbras rápido.

Julián la miró de arriba abajo antes de sonreír con diversión.

—Claro, porque seguro tú no sientes frío con ese bikini.

Ella rodó los ojos y entró al arroyo con un suspiro de placer. El agua estaba deliciosa, envolviéndola con un frescor justo en su punto. Caminó hasta quedar sumergida hasta la cintura, dejando que la corriente le acariciara la piel.

Matías nadó hasta ella, con su expresión traviesa de siempre.

—Ven acá, Cami. Te falta mojarte de verdad.

Antes de que pudiera responder, la sujetó por la cintura y la jaló hacia él, hundiéndolos a ambos en el agua. Camila salió a la superficie entre risas y jadeos, empapada y con el bikini pegado a su piel.

—Eres un idiota —le dijo sin enojo, sacudiéndose el cabello.

Matías sonrió con descaro, pero su mirada se demoró en ella un segundo más de lo normal. Julián se acercó también, chorreando agua mientras se pasaba una mano por el cabello castaño.

El agua estaba deliciosa, tibia y cristalina, deslizándose sobre sus cuerpos mientras se sumergían y salpicaban con la misma ligereza de siempre. Camila nadó unos metros hasta quedar con el agua a la altura del pecho, inclinando la cabeza hacia atrás para empaparse por completo. Sus rizos oscuros quedaron pegados a su piel, el agua resbalando por su cuello y bajando por su escote, donde el bikini color vino se adhería como una segunda piel.

Julián y Matías intercambiaron una mirada rápida, pero no dijeron nada. No necesitaban hacerlo. Ella siempre había sido así, cómoda en su piel, sin pretensiones ni vergüenza.

—Extrañaba esto —dijo Julián, estirándose en el agua con un suspiro—. Nada como desconectarse de todo un rato.

—Lo dices como si tuvieras una vida muy estresante —se burló Matías, dándole un leve empujón en el agua.

—¿Y si la tengo? —se defendió con una sonrisa—. No todos pueden andar despreocupados por ahí.

Camila los miró con diversión, cruzando los brazos sobre el pecho sin darse cuenta del efecto que eso tenía en el escote de su bikini.

—Ay, sí, pobrecito —bromeó—. ¿Tan difícil es salir con chicas y que te sigan llamando después?

Matías soltó una carcajada.

—Eso fue un golpe bajo.

—Pero cierto —replicó ella con una sonrisa astuta—. ¿Qué pasó con la última? ¿Cómo se llamaba? ¿Sofía?

—Sara —corrigió Julián con una mueca—. Y mejor ni me la recuerden.

—¿Tan mal terminó? —preguntó Camila, nadando con pereza hasta apoyarse en una roca a medio sumergir.

—Digamos que... intensa es poco —Matías se pasó una mano por el cabello, sacudiendo el agua—. Celosa, posesiva, y además… no muy buena en la cama.

Camila alzó una ceja.

—Qué feo eso de hablar mal de las ex, ¿eh?

—No es hablar mal, es ser sincero —Julián se encogió de hombros—. Pero sí, mejor dejémoslo ahí.

Matías, sin embargo, no parecía dispuesto a soltar el tema.

—¿Tú qué opinas, Cami? ¿Las mujeres también hablan de eso?

Ella ladeó la cabeza, divertida por la pregunta.

—Obvio —dijo sin vergüenza—. Y con mucho más detalle del que ustedes imaginan.

Julián soltó una carcajada, pero Matías la miró con curiosidad.

—¿Ah, sí? ¿Y qué tan detalladas pueden ser?

Camila sonrió, sintiendo el cambio sutil en la atmósfera.

—Depende de qué tanto haya para contar.

Matías apoyó los brazos en una roca cercana y la miró con una media sonrisa.

—Entonces... ¿qué tanto hay para contar?

Julián dejó escapar una risa corta, pero su mirada también estaba fija en Camila, expectante.

Ella no se inmutó. Sabía que estaban tanteando el terreno, pero en vez de retroceder, decidió tomar el control.

—Depende de qué quieres saber —dijo con naturalidad, dejando que su voz bajara un poco, más íntima.

Julián se pasó una mano por la nuca, como si sopesara la pregunta antes de hacerla.

—No sé… Algo que nunca le contarías a cualquier persona. Algo que solo dirías si de verdad hay confianza.

Camila ladeó la cabeza, mordiéndose el labio en un gesto pensativo, aunque en realidad sabía exactamente qué estaba haciendo.

—Mmm… bueno. —Su dedo trazó círculos perezosos en la superficie del agua—. Supongo que podría decirles que… hay ciertas cosas que me gustan más de lo que debería.

Matías arqueó una ceja.

—¿Cómo qué cosas?

Camila se tomó su tiempo para responder, disfrutando de cómo sus primos estaban completamente atentos a ella. Se inclinó un poco hacia adelante, lo suficiente para que el agua se deslizara más abajo en su escote.

—No sé si es algo que deba decirles… —musitó con una sonrisa pícara.

Julián soltó una carcajada.

—Oh, vamos. Ahora tienes que decirlo.

Camila hizo un gesto como si dudara, pero finalmente se encogió de hombros.

—Está bien, pero no se rían. —Hizo una pausa, disfrutando la expectación—. Me gusta cuando me miran.

Matías parpadeó.

—¿Mirarte cómo?

Camila sostuvo su mirada y dejó que su sonrisa hablara por ella.

—Como lo están haciendo ahora.

Julián exhaló lentamente, sin molestarse en ocultar cómo sus ojos recorrían su cuerpo con un nuevo matiz. Matías, por su parte, apoyó un brazo en la roca, inclinándose apenas hacia adelante, con una sonrisa que no lograba disimular del todo.

—Eso explica muchas cosas —murmuró Julián.

—¿Sí? —Camila ladeó la cabeza, fingiendo curiosidad.

—Sí —intervino Matías—. A veces me preguntaba si te dabas cuenta de cómo te miraban los hombres.

Camila rio suavemente.

—Siempre me doy cuenta. La diferencia es que a veces me gusta.

Matías silbó bajo.

—Vaya, Cami… Eso es peligroso decirlo.

—¿Por qué? ¿Porque están mis primos aquí? —Alzó una ceja, con una sonrisa juguetona—. Entonces tal vez no debería decir lo siguiente.

Julián se mojó los labios, expectante.

—Dilo.

Camila se tomó su tiempo, dejando que la tensión se espesara entre ellos. Luego, con la misma naturalidad con la que hablaría del clima, confesó:

—Siempre he tenido fantasías con tríos.

El agua pareció volverse más cálida a su alrededor. Matías no pudo ocultar la forma en que su mandíbula se tensó un segundo antes de soltar una risa incrédula.

—Definitivamente no esperaba eso.

—Lo sé. —Camila sonrió, divertida—. Pero no dijimos que solo íbamos a contar cosas predecibles, ¿verdad?

Julián se pasó una mano por la cara, como si intentara procesarlo.

—¿Y lo dices así, sin más?

—¿Cómo se supone que debería decirlo?

Matías dejó escapar una carcajada, pero había algo diferente en su expresión ahora. Algo más oscuro, más alerta.

—Bueno, no sé… con un poco más de advertencia, tal vez.

Camila inclinó la cabeza y los miró con astucia.

—¿Les incomoda?

Ninguno respondió de inmediato. De hecho, ninguno pareció capaz de responder. Julián se limitó a soltar el aire en un suspiro profundo, mientras Matías le lanzaba una mirada rápida a su primo antes de volver a enfocarse en ella.

—Depende —dijo Matías al fin, con la voz más grave de lo normal—. ¿De qué tipo de fantasías estamos hablando?

Camila sonrió y dejó que la corriente la acercara un poco más.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue denso, cargado de algo eléctrico que ninguno quiso romper demasiado pronto.

Camila los miró a ambos y sonrió con la seguridad de quien sabe que la decisión ya está tomada, aunque ninguno lo haya dicho en voz alta.

—Pero si vamos a jugar, hay reglas —dijo con suavidad, su voz apenas un murmullo sobre el agua.

Matías entrecerró los ojos, como si le intrigara esa elección de palabras.

—¿Reglas?

—Claro. —Camila se pasó las manos por el cabello mojado, estirando el cuello con una languidez casi felina—. Si vamos a hacer esto, quiero hacerlo a mi manera.

Julián tragó saliva, sin apartar la vista de ella.

—Te escuchamos.

Camila se inclinó un poco más hacia ellos, disfrutando de la forma en que sus cuerpos se tensaban con cada centímetro que recortaba la distancia.

—Primero… esto no cambia nada. Seguimos siendo nosotros, sin enredos ni dramatismos. —Su mirada pasó de uno a otro con intención—. Esto es solo… algo que queremos y que podemos tener.

Matías sonrió de lado.

—Eso suena más a una invitación que a una regla.

—Es ambas cosas. —Camila dejó que sus dedos se deslizaran sutilmente por la superficie del agua—. Segundo… No quiero competencia. No quiero que actúen como si esto fuera un juego de quién es mejor o quién hace más.

Julián asintió lentamente.

—Solo te seguimos el ritmo.

Camila sonrió.

—Exacto. Y tercero… —Se acercó un poco más, lo suficiente para que la corriente la llevara casi contra el pecho de Matías—. Se trata de placer. Del mío, del de ustedes. No hay prisa. No hay restricciones.

Matías exhaló un suspiro cargado de algo primitivo, sus ojos oscureciéndose.

—Eres peligrosa, Cami.

—Solo sé lo que quiero. —Su mirada se desvió hacia Julián, que la observaba con una mezcla de fascinación y deseo.

—¿Y qué quieres ahora? —preguntó él, su voz más grave de lo habitual.

Camila alzó una ceja y se mordió el labio con un gesto divertido antes de deslizar las manos por el agua, dejándolas vagar cerca de ellos, provocadora.

—Quiero ver qué tan bien siguen las reglas.

El aire alrededor de ellos se volvió espeso. No había dudas, no había resistencia. Solo tres cuerpos flotando en el agua tibia, atrapados en una corriente de deseo que ya no tenía vuelta atrás.

—Entonces —murmuró Matías, acercándose apenas—, será mejor que empecemos.

Pero ninguno se movió de inmediato.

Porque, a pesar de todo, a pesar de la atmósfera cargada y de la forma en que la piel de Camila brillaba con el reflejo del sol sobre el agua, a pesar de lo inevitable que parecía todo, Julián y Matías compartieron una mirada.

Una duda fugaz.

No era miedo, ni culpa, ni siquiera vacilación real, pero sí el reconocimiento de que algo estaba a punto de romperse. O tal vez de construirse.

Porque Camila siempre había sido hermosa, siempre había atraído miradas como si fuera un imán. Pero ahora… ahora no era solo la belleza. Era la forma en que se ofrecía sin reservas, la forma en que se sabía deseada y lo usaba a su favor. Se había convertido en algo más que la prima con la que compartían veranos y confidencias. Ahora era deseo encarnado, una promesa voluptuosa y peligrosa, con ojos delineados que parecían esculpidos en ámbar y una boca entreabierta como si invitara a perderse en ella.

Julián tragó saliva, sintiendo el pulso latirle en el cuello. Había visto a Camila con poca ropa antes, había compartido noches de fiesta y momentos de roce casual. Pero esto… esto era diferente. No había roces accidentales ni miradas robadas. Ahora ella se estaba entregando a sus ojos, permitiéndoles mirarla sin filtros, sin excusas.

Matías se pasó una mano por el rostro, como si intentara despejarse, pero sus ojos seguían fijos en ella. Su bikini mojado se aferraba a cada curva, a cada centímetro de su piel, y el contraste entre el color vino y su piel cálida la hacía parecer aún más prohibida.

—Cami… —Julián habló primero, su voz áspera—. ¿Estás segura de esto?

Camila sonrió, inclinando la cabeza con aire felino.

—Mírame, Julián. ¿Parezco insegura?

Julián exhaló, su cuerpo respondiendo antes que su razón. Matías dejó escapar una risa baja, entre incrédulo y excitado.

—Estas loca —murmuró, observándola con una intensidad casi primitiva—. Y lo peor es que lo sabes.

Camila se acercó, dejando que el agua la envolviera, que la corriente la empujara suavemente contra ellos. Sentía el calor que emanaba de sus cuerpos, el deseo contenido que palpitaba en sus miradas. Y le gustaba. Le encantaba.

—Dejen de pensar tanto —susurró, alzando una mano para rozar la clavícula de Julián con la yema de los dedos, antes de deslizarla por el pecho de Matías—. Solo síganme el juego.

Camila, de pie, dejó caer los tirantes de su bikini con una lentitud estudiada, como si saboreara la anticipación reflejada en los ojos de sus primos. Con un movimiento seguro, desató el nudo de la prenda y la dejó resbalar por su torso hasta que sus pechos quedaron expuestos bajo la luz temblorosa que se filtraba entre los árboles. El agua besaba su piel con cada corriente sutil, haciendo que cada gota resbalara por su vientre hasta perderse entre sus muslos.

Julián tragó saliva, su mirada vagando entre la silueta de Camila y la expresión tensa de Matías, como si esperara su reacción antes de actuar. Pero ella no les dio tiempo a dudar.

—Vengan —ordenó con suavidad, girando sobre sus talones para adentrarse un poco más en el agua, sin molestarse en cubrirse. Sus manos, ahora despojadas de todo recato, recorrieron su propio cuerpo con la ligereza de quien sabe que está siendo observada.

El arroyo se convirtió en un refugio íntimo, donde las reglas parecían disolverse con cada ola que rompía contra sus cuerpos.

Matías fue el primero en seguirla.

—Sabes que esto no tiene vuelta atrás, ¿verdad? —murmuró, acercándose lo suficiente como para que su aliento rozara su cuello.

Camila sonrió.

Matías deslizó sus manos por la espalda de Camila, recorriéndola con una lentitud deliberada antes de detenerse en la curva de sus caderas. Su piel, tibia a pesar del agua, se estremeció bajo el contacto. Ella no desvió la mirada cuando Julián finalmente se unió a ellos, la rodeó por detrás y dejó un beso tembloroso en su hombro desnudo.

El contraste entre ambos cuerpos la envolvía: el toque firme de Matías en su cintura y la suavidad contenida de Julián, que se atrevía a rozarla con la punta de sus dedos, como si aún probara los límites de la situación.

Camila, en cambio, no dudó. Se arqueó entre ellos, presionando su espalda contra el pecho de Julián mientras su vientre rozaba el de Matías. Sus pezones, endurecidos por la mezcla de agua y deseo, rozaron la piel de este último, arrancándole un suspiro bajo.

—Así está mejor —susurró ella, su sonrisa apenas visible en la penumbra.

Las manos de Julián descendieron por su abdomen, temblorosas al principio, pero más seguras con cada respiración compartida. Matías, por su parte, inclinó la cabeza y atrapó un pezón entre sus labios, explorándolo con la lengua mientras Camila se aferraba a sus hombros, dejándose llevar.

Matías fue el primero en hundirse. Sus manos, aún aferradas a la cadera de Camila, descendieron lentamente por sus muslos, acariciándolos con la reverencia de quien explora un terreno sagrado. La corriente jugaba en su contra, intentando apartarlo, pero él se aferró a su piel, a la calidez que contrastaba con el agua helada.

Camila sintió el cosquilleo de su aliento en su vientre antes de que sus dedos encontrasen los nudos de su bikini. La tela cedió sin resistencia, deslizándose por sus piernas hasta ser arrastrada por la corriente. Su primer instinto fue aferrarse a los hombros de Julián, que seguía pegado a su espalda, mordiendo con más hambre, más urgencia.

—No te sueltes —susurró él contra su cuello, justo antes de apresar su pezón con los dientes, esta vez con un dejo de dominio, un leve castigo por el escalofrío que lo recorrió al verla temblar entre ambos.

Camila no podía sujetarse de nada más que de ellos. Sus piernas, abiertas por la corriente, dejaron que Matías continuara con su labor, sus labios viajando desde su vientre hasta la cara interna de sus muslos, explorando la piel ahora completamente desnuda.

Julián deslizó una mano hasta su cuello, sosteniéndola con suavidad mientras su otra mano se apoderaba de uno de sus pechos, atrapándolo entre sus dedos, amasándolo con una intensidad que la hizo jadear. La mordida se volvió un juego más demandante, alternando entre succión y pequeñas punzadas de placer.

Bajo el agua, Matías encontró lo que buscaba. Sus labios reemplazaron sus manos, su lengua saboreando cada pliegue, cada estremecimiento de su piel. Camila se arqueó entre ellos, sus dedos enterrándose en la nuca de Julián mientras sus caderas buscaban más de lo que Matías ofrecía.

Camila se dejó ir, entregándose al flujo del agua y al calor que la envolvía entre los cuerpos de sus primos. Su respiración era errática, entrecortada por la mezcla de la corriente jugueteando entre sus piernas y los labios de Matías que la exploraban sin prisa.

Julián, aún detrás de ella, deslizó su mano por su vientre hasta aferrarse a su cadera, sosteniéndola firme contra él. Su otra mano seguía jugueteando con su pecho, sus dedos pellizcando con una mezcla de delicadeza y demanda.

—Abre más las piernas —susurró contra su oído, su aliento cálido en contraste con el agua helada.

Camila obedeció sin dudar. Se sostuvo de los hombros de Matías, que emergió con el rostro húmedo y una sonrisa satisfecha, sus ojos oscuros clavados en los de ella.

—Así estás perfecta —murmuró, deslizando sus manos por sus muslos, separándolos aún más.

Fue Julián quien se posicionó detrás, guiándose por la presión de sus caderas contra él. Con una mano en su cintura y la otra explorando el calor que el agua no podía enfriar, empujó con lentitud, hundiendo su pene en su interior mientras Camila se arqueaba entre ambos, un jadeo ahogado escapando de sus labios.

Matías no se quedó de espectador. Se inclinó para atrapar su boca con la suya, besándola con hambre mientras sus manos recorrían su cuerpo, sintiéndola temblar, aferrándose a cada estremecimiento que la recorría.

El agua corría alrededor de ellos, pero Camila solo sentía el calor de sus cuerpos, el roce de la piel mojada y la manera en que Julián la sostenía con fuerza, empujando cada vez más profundo. Sus manos buscaron apoyo en Matías, quien la tomó por los muslos y, con un movimiento seguro, la levantó apenas, haciendo que su espalda quedara apoyada contra su pecho.

—Así se siente mejor, ¿verdad? —murmuró Matías contra su oído, su voz ronca de deseo.

La nueva posición la dejó más expuesta, con el arroyo besando sus caderas y el cuerpo de Julián entrando y saliendo de ella con una cadencia lenta, tortuosa. Matías, aferrado a su cintura, mantenía su agarre firme, su aliento recorriéndole el cuello mientras sus manos viajaban por su vientre y entre sus piernas, acompañando el ritmo de Julián.

Cada embestida enviaba ondas de placer a través de su cuerpo, cada roce, cada mordida en su cuello la acercaba más al abismo. Se arqueó, hundiendo los dedos en los brazos de Matías, sintiendo la corriente intentar llevárselos, pero ninguno de ellos estaba dispuesto a soltarse.

El agua chapoteó cuando Julián gimió contra su pecho y se apartó, jadeante. Matías, sin darle tiempo a recuperar el aliento, la giró en sus brazos y la inclinó sobre una roca lisa, su vientre pegado a la fría superficie mientras el agua lamía sus muslos abiertos.

—Ahora yo —dijo con una mezcla de urgencia y adoración.

Camila apenas tuvo tiempo de asimilarlo antes de sentirlo adentrándose en ella, más firme, más intenso que Julián. Un jadeo escapó de sus labios, ahogado por el rugido del arroyo, mientras sus dedos se aferraban con desesperación a la roca lisa bajo su pecho. La sensación la recorrió como un latigazo, haciéndola arquearse, sus tetas presionándose contra la fría superficie húmeda, endureciendo sus pezones al contacto.

El contraste entre la piedra helada y el calor abrasador de Matías la desarmó por completo. Su cuerpo tembló bajo el agua, cada embestida lo sumía más en la corriente que se estrellaba contra ellos. Se mordió el labio, entrecerrando los ojos, sintiendo cómo él la sujetaba con fuerza por la cintura, manteniéndola firme contra él, dominándola sin darle tregua.

Pero mientras su espalda se arqueaba en un espasmo de placer, algo se filtró en su mente, perforando la bruma del deseo. Un atisbo de duda, una punzada de realidad que la golpeó con la misma intensidad que las olas rompiendo contra sus cuerpos. ¿Y después? ¿Qué pasaría cuando la adrenalina se disipará, cuando la excitación diera paso a la consciencia?

La respuesta se desdibujó cuando Matías se inclinó sobre ella, sus labios atrapando la curva de su cuello, sus dientes marcándola mientras sus manos recorrían sus caderas con hambre. Y en ese instante, la pregunta dejó de importar.

Camila apenas tuvo tiempo de recuperar el aliento cuando sintió que Matías se retiraba con una última embestida, dejando su cuerpo tembloroso sobre la roca. El agua fría lamía su piel caliente, un contraste que solo avivaba el estremecimiento que aún la recorría. Pero antes de que pudiera acomodarse, unas manos la tomaron con firmeza.

Julián, con la respiración entrecortada, la giró para enfrentarla. Su mirada ardía con un deseo que parecía haber crecido al verla en manos de Matías. Sin dudarlo, la atrajo hacia él, hundiendo su boca en la suya con una necesidad urgente. Sus labios la devoraron, su lengua se encontró con la de ella en un beso profundo mientras sus manos se apoderaban de sus tetas, amasándolas con la misma avidez con la que su cuerpo la reclamaba.

Camila jadeó contra su boca, sintiendo cómo la empujaba suavemente hacia la orilla, donde el agua ya solo les llegaba a las rodillas. Matías no se apartó, su aliento seguía cálido contra su nuca mientras deslizaba sus manos por su espalda, recorriéndola con una mezcla de adoración y posesividad.

Julián la alzó por los muslos, guiándola sobre él, su pene duro y palpitante presionando contra su entrepierna antes de hundirse lentamente en su cálida vagina. Camila se arqueó, su cabeza cayendo hacia atrás mientras un gemido escapaba de su garganta.

Matías no esperó. Se acomodó detrás de ella, su pecho pegado a su espalda, su boca atrapando su cuello mientras sus manos la sostenían en su vaivén. Sus dedos recorrieron la curva de su vientre hasta encontrar su punto más sensible, jugando con ella al ritmo en que Julián la llenaba una y otra vez.

El placer escaló en espiral, sus cuerpos moviéndose al unísono, los jadeos entremezclándose con el murmullo del agua. Camila se aferró a los hombros de Julián, sintiendo cómo la tensión se acumulaba en su vientre, cómo el deseo los arrastraba a los tres sin frenos.

Y cuando la ola de placer la golpeó con fuerza, cuando su cuerpo se estremeció entre ambos, el pensamiento que la acechaba antes regresó con brutal claridad.

El agua seguía moviéndose a su alrededor, arrastrando los últimos vestigios del placer mientras la respiración de los tres intentaba encontrar su ritmo. Camila apoyó la frente en el hombro de Julián, todavía atrapada en la corriente de sensaciones, sintiendo el calor de Matías a su espalda.

Ninguno habló de inmediato. No había necesidad.

Poco a poco, sus cuerpos se separaron, dejando que el agua tibia se deslizara entre ellos como un velo de realidad que volvía a caer. Camila se pasó una mano por el cabello húmedo, dándose un momento para recuperar el aliento, para escuchar el eco de su propio corazón desbocado.

Julián fue el primero en moverse. Se echó el cabello hacia atrás y soltó una risa baja, todavía entrecortada.

—Bueno… eso pasó.

Matías negó con la cabeza, sonriendo de lado.

—Sí, pasó.

Camila levantó la mirada, encontrándose con sus ojos. Había algo nuevo en ellos. Algo que antes no estaba.

No era incomodidad. No era arrepentimiento.

Era deseo, todavía encendido.

Caminó hasta la orilla, sintiendo las miradas de ambos sobre su cuerpo desnudo mientras el sol comenzaba a descender tras los árboles. Su bikini flotaba cerca, olvidado, pero no hizo ningún esfuerzo por ponérselo de inmediato.

Se giró hacia ellos con una media sonrisa, los labios aún hinchados por los besos, la piel brillando con la humedad del agua.

—Deberíamos regresar antes de que oscurezca —dijo con naturalidad, como si nada hubiera pasado. Como si todo hubiera cambiado y, al mismo tiempo, nada lo hubiera hecho.

Julián y Matías la observaron por un momento más, como si intentaran procesar la realidad tras lo que acababan de compartir.

Matías fue el primero en reaccionar.

—Sí… vamos.

Salieron del arroyo sin prisa, sin mirarse demasiado. Pero el silencio no era incómodo. Era espeso, cargado de algo que ninguno de los tres se atrevía a poner en palabras.

Camila recogió su ropa, pero en lugar de vestirse, la cargó en una mano mientras caminaba descalza por el sendero de regreso a la cabaña. Sabía que sus primos la seguían de cerca. Sabía que en sus mentes aún resonaban los ecos de lo que había ocurrido.

Y supo, sin necesidad de decirlo en voz alta, que aquello no había sido un evento aislado.

No había vuelta atrás.

La noche caía sobre el bosque, envolviendo la cabaña en sombras al tiempo que el calor dentro de ellos se negaba a disiparse.

Porque esto no había terminado.

Ni siquiera había comenzado del todo.

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