La señora Julia
Tiempo estimado de lectura: [ 39 min. ]
Siempre recordaré con mucho cariño a la señora Julia, la que fue mi patrona y algo más
Siempre recordaré con mucho cariño a la señora Julia, la que fue mi patrona y algo más en el último año de mis estudios en la escuela de ingenieros de Madrid, allá por el final de los años sesenta.
Soy de Cuéllar, un pueblo de Segovia a unos ciento cincuenta kilómetros de Madrid, pasé los cuatro primeros años de estudiante compartiendo un pequeño piso con otros tres chicos.
En el verano todos nos volvíamos a nuestras casas y el piso se quedaba vacío. Para el casero, eso era un inconveniente al no tener ingresos, decidió no seguir con nosotros y se lo alquilo a una pareja de recién casados que le ofrecían más dinero por todo el año.
Me quedaba un año para terminar mis estudios y en el verano que pasé en mi pueblo, Mis padres y yo removimos cielo y tierra, tratando de encontrar alojamiento antes que empezara el curso.
Por suerte un sábado por la noche estando con los amigos, una chica de Madrid que pasaba los veranos en el pueblo, me dio la dirección de una señora que posiblemente alquilaría una habitación de su casa.
El lunes sin falta, me acerqué a Madrid a conocer a la señora, tenía que saber si de verdad alquilaba una habitación.
La dirección era, calle de la sombrerería, segundo piso interior izquierda, cerca de la estación de Atocha y al lado del Price, lugar emblemático por sus matinales de música en directo los domingos por la mañana.
Para acceder a la casa, tuve que atravesar un patio interior y subir por una oscura y estrecha escalera, hasta llegar al rellano del segundo piso puerta izquierda, toqué el timbre y esperé a que me abrieran.
En seguida oí una voz diciendo ¡ya voy!, y unos pasos que se acercaban a la puerta.
Abrió la puerta una señora vestida con una bata veraniega sin mangas de algodón estampado, aparentaba unos cuarenta y pocos años, pelo oscuro recogido por detrás de la cabeza y un rostro agradable, me recordó a la Sofía Loren de las películas italianas.
- Buenos días, una amiga me dijo que usted alquilaba una habitación a estudiantes, y quería informarme.
- Pasa y siéntate, voy a la cocina a bajar el fuego y ahora vengo.
La casa me pareció que estaba muy limpia aunque algo pequeña, de la puerta de entrada pasabas a lo que parecía un recibidor, unido sin puertas a una pequeña sala de estar, con una mesa y tres sillas pegadas a una de las paredes, en la pared contraría dos silloncitos de enea con cojines y una ventana que daba al patio de luces, frente a mí, una puerta abierta que daba acceso a un pequeño pasillo en el que se encontraba la puerta de la cocina y otras tres puertas más que parecían ser del cuarto de baño y las habitaciones.
De la cocina salía un agradable olor a comida casera y el clásico ruido que hace la válvula de la olla exprés al cocinar.
- Como le he dicho antes, estoy buscando una habitación en alquiler, soy de un pueblo de Segovia, este será el último año de mis estudios aquí en Madrid y no puedo estar desplazándome todos los días hasta mi pueblo para pasar la noche y volver al día siguiente.
- En principio te diré, que mi idea es alquilar la habitación solo a chicas, también es verdad que hasta ahora eres la única persona que se ha interesado por la habitación y como a mí me hace falta el dinero y a ti la habitación creo que podemos llegar a un acuerdo.
- ¡Pues dígame cuanto pide por la habitación!.
- Más despacio jovencito, antes de decirte el precio, te diré cuáles son las normas en mi casa y si estás de acuerdo luego hablaremos del precio. Como verás la casa es pequeña, solo tiene dos habitaciones una la mía y la otra para alquilar, luego está la cocina, este cuarto de estar y el aseo, que evidentemente podrás utilizar siempre que lo necesites. No quiero gente escandalosa, vivo sola, me conoce todo el barrio y nunca nadie me ha tenido que llamar la atención por nada, lo que hagas por ahí fuera me da lo mismo, pero en mi casa tienes que ser educado y limpio, nunca vendrás a dormir más tarde de las diez de la noche, harás la cama todos los días y mantendrás ordenada la habitación, estás de acuerdo.
- Señora, mis padres me dieron una buena educación y sin ser la persona más limpia del mundo, tampoco soy un guarro, creo que sus normas son justas y no tengo ningún problema en seguirlas.
- Muy bien, pero llámame Julia, ya sé que soy mucho más mayor que tú, pero la palabra señora, no me gusta nada. Por cierto que edad tienes.
- Si no tiene inconveniente, comeré y cenaré con usted, para mí será más cómodo.
- ¿Te quedarás toda la semana o te irás a tu pueblo el sábado y domingo?.
- Solo me iré algún fin de semana para ver a mis padres y llevarme la ropa sucia.
- Lo de ver a tus padres, me parece muy bien, pero la ropa sucia te la puedo lavar yo cuando lave la mía y así no le das trabajo a tu madre.
- Por mí de acuerdo, dígame cuanto pide y se lo diré a mis padres.
- Por la habitación, la comida y la ropa limpia, doscientas cincuenta pesetas al mes.
A mis padres, el precio les pareció muy razonable y enseguida cerraron el trato con la señora Julia.
A últimos de septiembre me trasladé con todo mi equipaje a Madrid, las clases empezaban en octubre y tenía que hacer la matrícula de inscripción y pasarme por las librerías de segunda mano para comprar los textos que necesitaba.
La vida en casa de Julia, no se diferenciaba mucho de la que yo hacía en Cuéllar con mis padres, Julia se levantaba sobre las siete de la mañana, pasaba al baño para asearse y antes de preparar el desayuno, se acercaba a la puerta de mi habitación, tocaba con los nudillos y decía, ¡¡vamos dormilón que ya han pasado las burras de leche!!, frase que tardé mucho tiempo en entender y que ahora con gran nostalgia a mis cincuenta y ocho años me gustaría volver a oír de sus labios al despertarme.
La casa de Julia no tenía calefacción, como casi todas las casas de aquella época. Afortunadamente aquel invierno no fue muy frío y nos apañábamos con una estufa de gas que trasladábamos donde se necesitaba, principalmente al baño cuando nos aseábamos.
Por lo general, los dos salíamos de casa al mismo tiempo, yo me dirigía a la escuela y Julia se pasaba por las tiendas del barrio para comprar lo que necesitaba, hacia nuestra comida y también cocinaba para un bar del barrio las raciones típicas de Madrid, como callos o ensaladilla.
Todos los días, más o menos sobre las dos de la tarde llegaba de la escuela y Julia tenía la mesa puesta para los dos en el cuarto de estar. En la comida, algunas veces me solía preguntar por los estudios interesándose por el aprovechamiento que hacía de ellos, las calificaciones que tenía, o lo que quería hacer cuando me titulase al terminar la escuela, a veces me comentaba lo que se decía por el barrio o me preguntaba por la vida en mi pueblo, más que una casera se portaba conmigo como una madre, así poco a poco empezamos a tener más confianza entre nosotros. Después de comer, aunque ella me regañaba, siempre la ayudaba a recoger y limpiar la mesa antes de irme a mi habitación a descansar un rato antes de ponerme a estudiar.
Por las tardes, apenas salía de mi habitación, estaba totalmente entregado a mis estudios, no quería distraerme, Julia se sentaba en un silloncito de enea a escuchar la radio o leía alguna revista atrasada que le daban por el barrio. Algunas tardes, venía a verla Maruja una vecina muy amiga suya, pasaban la tarde hablando de lo cara que se estaba poniendo la vida, de quien se había casado últimamente, de lo guapo y buen mozo que era el hijo del frutero o de como se iban a llevar los abrigos ese invierno, en definitiva, pasando la tarde.
Julia era una mujer organizada, trabajadora y muy reservada, nunca hablaba de su vida y menos de su pasado, a la calle solo salía por necesidad y sin contar a Maruja o a mí, no parecía que tuviera más amistades.
Los días iban pasando monótonamente entre clases y tardes de estudio. Un fin de semana al mes, volvía a mi pueblo para ver a mis padres y recoger el dinero del alquiler. Algunas veces mi madre me daba una propina para cuando saliera con amigos o para algún imprevisto que me pudiera surgir.
Al acercarse las fiestas de navidad comenté a Julia que las pasaría en el pueblo con mis padres, le pregunte si tenía familia con la que pasar las fiestas, pero sin contestarme si tenía familia, me dijo que no me preocupase, que todos los años las pasaba en casa de Maruja.
Los fines de semana los aprovechaba para terminar los trabajos que me pudieran haber quedado en la semana. Por lo general no salía mucho a la calle, lo primero porque siempre había algo que hacer de los estudios y lo segundo porque no tenía dinero para salir con los amigos de la escuela.
En la segunda semana del mes de abril, se me habían dado bien los estudios y como el sábado y domingo no tenía nada que hacer, le pregunte a Julia si le apetecía que el sábado por la tarde diéramos un paseo, en principio, me dijo un rotundo ¡NO!, pero insistiendo y siendo un poco pesado, al final la convencí.
El sábado a eso de las seis de la tarde salíamos de casa para encaminarnos hacia el paseo del prado. Madrid no era el monstruo que es hoy en día y caminar por sus calles resultaba muy agradable, íbamos charlando animadamente disfrutando del paseo, al llegar al botánico dimos una pequeña vuelta por sus jardines, continuando después hacia Neptuno.
De regreso a casa, quise invitarla a tomar un café y por segunda vez volvió a decir ¡NO!, excusándose en que era un gasto innecesario, me costó un buen rato convencerla, pero al final entramos en una cafetería que nos pillaba de camino, nos sentamos en una mesa y pedimos unos cafés con churros. Esperando a que nos sirvieran, Julia hablaba y yo la miraba sin prestar mucha atención a lo que decía, veía delante de mí a una bella mujer que de una forma u otra, siempre trataba de ocultar su natural atractivo escondiéndose tras unas prendas de vestir que no la hacían justicia. Cada vez estaba más intrigado y no comprendiendo como una mujer así estaba tan sola, cuando la conversación me lo permitió, me armé de valor para preguntarle por esa parte de su vida.
- Julia, hace ya bastantes meses que nos conocemos y hoy es la primera vez que has salido a la calle a pasear, quizás me esté metiendo donde no me llaman, pero es que me extraña que no tengas amigos y siempre estés sola.
- Eso no es verdad, no estoy sola, nosotros viviendo en la misma casa, hablamos mucho, compartimos momentos muy agradables, nos reímos y Maruja mi amiga viene muchas tardes a verme.
- Ya, pero cuando yo me vaya, si estarás sola y Maruja solo pasa algunas tardes en tu casa.
- Como has dicho antes, te estás metiendo donde no te llaman, eres un buen chico y no te lo voy a tener en cuenta, pero tampoco tengo que darte ninguna explicación, ¿de acuerdo?.
- Perdóname Julia, no quería molestarte.
En ese momento me di cuenta que había metido la pata, mientras nos tomábamos el café, cambié de conversación e intente por todos los medios que volviera a sonreír, pero no tuve éxito. Terminados los cafés salimos de la cafetería para dirigirnos a casa, por el camino seguía intentándolo, pero Julia solo me contestaba con monosílabos. Cuando llegamos a casa, volví a disculparme ante ella y me fui a mi habitación.
No había pasado mucho tiempo, cuando oí a julia que me hablaba al otro lado de la puerta.
- Mario, ¿quieres que te haga algo de cena?.
- No gracias, no tengo hambre.
- Mario por favor, sal un momento, me gustaría hablar contigo, quiero disculparme por mi actitud.
Al oír sus palabras salí de mi habitación, pensaba que Julia no tenía que disculparse de nada, pero quería que esa desagradable situación terminase pronto para que volviésemos a la normalidad.
- Ven, siéntate un momento, discúlpame por ser tan grosera contigo, eres un buen chico, sé que tu intención ha sido buena, además llevas razón, desde hace mucho tiempo estoy muy sola y al llegar tú a esta casa, aún me he dado más cuenta de mi soledad.
- Julia, en ningún momento he querido hacerte daño.
- ¡Ya lo sé!. En estos meses en los que hemos convivido juntos, te he tomado mucho aprecio y aunque para mí no va a ser fácil, creo que si te cuento el motivo por el que me encuentro en esta terrible soledad, puede ayudarme por un momento a olvidarme de esta angustia.
- Nací en Guadalajara hace cuarenta y nueve años, allí conocí a Juan, un chico maravilloso de mi misma edad, nos hicimos novios y nos casamos en mayo del cuarenta y tres, éramos pobres como ratas y como la vida en nuestra ciudad no tenía ningún futuro, nos vinimos a Madrid pensando en que aquí prosperaríamos, Juan encontró trabajo de peón de albañil y yo fregaba platos en la cocina de un hotel, las cosas nos iban saliendo bien y alquilamos esta casa, éramos felices sin tener absolutamente nada, nos queríamos con locura y eso nos bastaba. Pero un maldito día la vida nos jugó una mala pasada, Juan calló de un andamio y se mató, todas las ilusiones se fueron al traste en aquel nefasto día, yo caí enferma durante mucho tiempo, tuve una gran depresión y grandes problemas de salud, desde entonces no he vuelto a tener el periodo, por lo que nunca podré tener hijos, y si no llega a ser por Maruja, que cuidaba de mí, probablemente hoy no estaría aquí. Todo este tiempo he estado encerrada en mi misma con mi dolor, sin querer darme cuenta qué la vida pasa y nada ni nadie me va a devolver a Juan. El día que llamaste a mi puerta cambió mi vida, al principio tenía muchas dudas, convivir con otra persona después de tantos años de soledad no iba a ser fácil y menos siendo un hombre, pero la realidad es que tengo que darte las gracias por ayudarme a sonreír y olvidarme de mis desgracias en algunos momentos.
- No sé qué decir Julia, no eres la primera persona, ni vas a ser la última que pierde a un ser querido y aunque yo no soy nadie para darte consejos, creo que si volvieras a compartir tu vida con otra persona, un hombre bueno alguien a quien con el tiempo pudieras querer tanto como querías a Juan, sería la mejor medicina y el fin de tu soledad. En mi pueblo se dice que la mancha de una mora con otra verde se quita.
- A veces en sueños, me veo paseando con un hombre a mi lado que me lleva cogida del brazo, pero al despertar vuelvo a la realidad, dándome cuenta qué solo ha sido un sueño.
Estábamos sentados el uno frente al otro, Julia me cogió las manos y se quedó mirándome sin decir nada, sus ojos vidriosos a punto de soltar una lágrima, me transmitían tristeza y desesperación al mismo tiempo. En ese momento apreté sus manos queriendo transmitirle confianza y serenidad.
- Mario, eres un buen chico y aunque sé que no disfrutaré de tu compañía para siempre, las puertas de mi corazón y de toda mi casa, siempre estarán abiertas para ti.
Cuando termino de hablar, seguíamos con las manos cogidas, me las apretó con cariño, me dio un beso en la mejilla y sonriéndome se levantó para irse a su habitación. Yo no sabía qué pensar, decir que las puertas de su corazón y de su casa siempre estarían abiertas para mí era una cosa, pero dejar la puerta de su habitación entorna sin cerrar como lo hacía todas las noches era otra.
Permanecí sentado un buen rato en la sala de estar, tratando de comprender sus últimas palabras, no entendía como una mujer que por edad podría ser mi madre, se me había insinuado, ¿o quizás todo era fruto de una mente calenturienta como la mía?. No sabía qué hacer, si me iba a mi habitación y me acostaba, quedaría como un imbécil, pero si entraba en su habitación tergiversando las palabras que Julia había dicho, me echaría de su casa para siempre y con razón.
Tragué saliva, me levanté, apagué la luz de la sala y fui a la entrada de su habitación, me paré en la puerta y con más miedo que vergüenza la fui abriendo poco a poco. La poca luz que entraba por la ventana me dejaba ver a julia acostada de espaldas a la puerta. Al oírme entrar se volvió hacia mí, se quedó mirándome un instante que a mí me pareció una eternidad y alargando su mano, retiró colcha y sabana para abrir un hueco en su cama, ya no había ninguna duda, respiré aliviado por no haber metido la pata, pero al mismo tiempo mi cuerpo se convirtió en un manojo de nervios.
Entre en la habitación, cerré la puerta y comencé a desnudarme, estaba tan nervioso que no atinaba ni a desabrocharme los zapatos, no hacía frío, pero mi cuerpo desnudo temblaba como un flan, me acerqué a la cama, me introduje dentro rápidamente y me quedé cerca de ella sin atreverme a tocarla, Julia que seguía de espaldas a mí, alargó su brazo invitándome a que me arrimase más a ella y pegándome literalmente a su espalda pasé una mano por encima de su costado y la otra por debajo de la almohada donde ella apoyaba su cabeza. Su cuerpo cubierto solo por un fino camisón me transmitía el calor que yo necesitaba para dejar de temblar y poco a poco nuestros cuerpos se fueron acoplando hasta llegar a ser uno solo.
Me quedé inmóvil junto a ella sin mover ni un músculo y así permanecimos un larguísimo rato, estar abrazado a Julia era una sensación muy agradable. El tacto de su piel y el suave y femenino aroma que su cuerpo desprendía, me hacían experimentar un mundo de sensaciones. Su pelo olía a limpio y me hacía cosquillas en la cara, lo retiré y aproximándome a su cuello lo besé acariciándolo suavemente con mis labios, Julia apretó mi mano dejando que mis labios recorrieran su cuello.
Estar pegado a una bella mujer de curvas voluptuosas que me doblaba la edad, me producía una gran excitación y empecé a tener una erección que no podía disimular, estaba muy nervioso, Julia continuaba sin moverse, era más que evidente que tenía que notarlo, pero lejos de retirarse, permaneció pagada a mí sin moverse ni un centímetro.
El solo hecho de estar junto a ella era suficiente para mí y creo que también para ella, pero el erotismo, poco a poco fue apoderándose de nosotros, comenzamos a movernos muy lentamente, nuestros cuerpos se rozaban delicadamente, nuestras manos se unían y mis labios no dejaban de recorrer su cuello, el deseo aumentaba por momentos envolviendo la atmosfera de su dormitorio. Julia muy pausadamente, aproximo mi mano a uno de sus pechos, era suave y firme con un pequeño pezón que se iba endureciendo con el tacto de mis dedos, mi boca mordisqueaba suavemente su cuello, inclinando ella la cabeza para facilitarme los movimientos. Estábamos tan unidos que formábamos un solo cuerpo y nuestra excitación era algo que ya no controlábamos.
Mis movimientos, cada vez eran más audaces acariciando sus pechos sin ningún tipo de recato, Julia se movía nerviosamente dejando salir de su boca unos casi imperceptibles gemidos de aprobación. Era tan agradable, que llegaba a ser mágico, el tiempo se había detenido y por mi mente no pasaba otro pensamiento que no fuera hacer feliz a aquella hermosa mujer con la que compartía lecho.
Sin dejar que nuestros cuerpos perdieran contacto Julia poco a poco se fue volviendo hacia mí hasta llegar a ponerse boca arriba, giró su cara hacia la mía, e instintivamente juntamos nuestros labios. Tímidamente rozábamos nuestras lenguas jugando con ellas para acabar en un húmedo e interminable beso.
Por un momento dejé de besarla y me incorporé sobre mi brazo izquierdo, mis ojos ya estaban acostumbrados a la tenue luz que entraba por la ventana y desde mi perspectiva podía contemplar su rostro que me miraba sin decir nada. Comencé a pasar mi mano por su cara acariciando su boca, Julia mordía suavemente las yemas de mis dedos, era muy excitante verla participar en ese juego erótico que empezaba a envolver todos nuestros actos.
Deslicé la ropa de cama hasta sus rodillas, subí su fino camisón por encima de sus pechos para que nada me pudiera impedir la contemplación de su espléndido cuerpo, no podía dejar de mirar aquellas curvas hechas para el pecado. Julia me miraba totalmente inmóvil mientras yo deslizaba mi mano suavemente por sus pechos, su vientre, sus caderas.
Las bragas me impedían ver el monte de Venus, sus piernas estaban totalmente cerradas guardando el delicado tesoro que escondían, poco a poco fui acercado mi mano hasta llegar a ponerla en el triángulo que sus bragas formaban con sus muslos, mis dedos jugaban pausadamente con su pubis y delicadamente fui introduciendo mi dedo corazón entre los muslos y la fina tela que cubría los labios de su vulva. Julia relajó sus muslos por un momento dejando que mi dedo la acariciara por unos instantes, pero volvió a apretar sus muslos y retiró mi mano.
Volví a costarme junto a ella, arropé nuestros cuerpos y me quedé observándola, se volvió hacia mí, me abrazó y entrelazó sus piernas con las mías. Sentía la cálida presión que su sexo ejercía sobre mi muslo, haciendo que mi erección rebasara la cinturilla de mi slip. Besándonos suavemente poco a poco me fui metiendo entre sus piernas hasta adoptar la posición del misionero. Desde que entre en la habitación, ninguno de los dos habíamos dicho ni una sola palabra, pero no hacía falta, en completo silencio aquella maravillosa mujer y yo nos entendíamos perfectamente.
Sin dejar de besarnos, fue abriendo las piernas y levantando las rodillas, me agarró de las caderas y con unos pequeños movimientos, acopló su sexo contra el mío. Sus caderas se movían lentamente frotándonos el uno contra el otro, sus ojos cerrados y su cara desencajada tratando de ahogar sus gemidos sin conseguirlo, era una de las visiones más maravillosas de mi vida.
Ser el objeto de deseo de esa mujer viendo como se autosatisfacía, me producía un placer infinito y para que ella pudiera moverse sin problemas, mantuve mis brazos estirados apoyando las palmas de las manos en la cama
Cada vez incrementaba más el ritmo de sus caderas emitiendo unos gemidos que anticipaban su inminente estasis. Mi excitación al verla y oírla era tan grande que no sabía si podría aguantar mucho tiempo sin derramarme sobre ella y pasados unos instantes, sin ningún tipo de control sobre mi cuerpo, comencé a eyacular sobre su vientre. Julia abrió unos ojos como platos, me miró fijamente y apretándome con todas sus fuerzas, estalló en un orgasmo que no olvidaré en toda mi vida, todo su cuerpo convulsionaba frenéticamente y sin poder reprimir sus pequeños gritos y gemidos de placer, se abrazó a mí de una forma desesperada.
Pasado un buen rato en el que permanecimos abrazados, sin que yo pudiera comprenderlo, del éxtasis paso al llanto. Permanecimos abrazados por un largo rato hasta que dejó de llorar y todo se calmó.
Al tratar de incorporarme me di cuenta que mi eyaculación, impregnaba nuestros vientres produciendo una sensación de frío. Me levanté rápidamente y busqué un pañuelo en mi pantalón para limpiar el vientre de Julia y después el mío.
Me acosté a su lado, Julia me volvió a dar la espalda, cogió mi mano, la paso por encima de su costado y sin soltarla, se hizo un ovillo acurrucándose junto a mí. Me imaginaba que sería ya muy tarde, pero me daba lo mismo, al día siguiente era domingo, no tenía clases y por lo tanto no madrugaba, lo único que quería era pasar la noche a su lado y así permanecimos sin decirnos ni una sola palabra hasta quedarnos dormidos.
Cuando abrí los ojos a la mañana siguiente, estaba solo en la cama, Julia ya se había levantado y oía como trajinaba en la cocina. Me levanté, recogí mis cosas y sin hacer ningún ruido fui directo el cuarto de baño para ducharme. Por mi cabeza pasaban todos los momentos vividos esa noche y como sería el encuentro con Julia después de todo lo vivido.
- Buenos días, Mario, hoy no he querido despertarte, es domingo y me imagino que querrías estar un poco más en la cama.
- Te lo agradezco, además hoy es uno de esos días que me hubiera tirado todo el tiempo en la cama. ¿Tú te has levantado temprano?.
- ¡Como todos los días!, siéntate y te pongo el desayuno.
- ¡Más o menos!, ¿quieres bizcocho con el café?
- Si un trozo. ¿Estás bien Julia, te noto rara?.
- Lo siento Mario, pero ahora no tengo muchas ganas de hablar, me da mucha vergüenza lo que paso anoche, cuando encuentre una explicación a todo esto y si es que la hay, te contestaré.
Cuando terminé el desayuno, fui a mi habitación para cambiarme de ropa, pensé que salir a dar una vuelta sería bueno, quizás me acercase al Price, al ser domingo seguro que habría alguna actuación y encontraría gente conocida.
- Julia, me voy a dar una vuelta, necesitas que traiga algo.
- ¡Toma un duro, compra el pan y pregúntale a Casimiro el del bar, que necesita para la semana que viene!, así no tengo que salir yo y me da más tiempo a hacer cosas. Si tienes ropa sucia, tráela a la cocina. Hoy comeremos tarde, tengo mucho que hacer, te lo digo para que no vengas pronto si no quieres.
- Hice un pequeño montoncito con la muda que me había quitado, pero no encontré el pañuelo con el que nos limpiamos la noche anterior, seguro que ella lo había cogido. La dejé en la cocina y me fui.
- El día era soleado, su luz iluminaba la ciudad y a mí me parecía el mejor día de mi vida, el invierno había terminado y no hacía frío. Con una sonrisa de oreja a oreja, fui caminando hasta la tahona y compré una barra de pan. El bar de Casimiro no estaba lejos, le di el recado de Julia, él me dio una nota con lo que necesitaba y le deje el pan para que me lo guardara hasta que volviera a casa, así no tendría que cargar con él todo el rato.
Por el camino hasta el Price, iba pensando en la extraña reacción de Julia, no parecía estar muy contenta por lo sucedido la noche anterior, yo creía que todo había sido maravilloso, pero por lo que se ve, ella no pensaba lo mismo.
En las inmediaciones del Price me encontré a dos chicos que estudiaban conmigo, me junté con ellos y como ninguno teníamos el dinero que costaba la entrada para el concierto, nos fuimos a dar una vuelta por los alrededores, estaba lleno de gente joven y enseguida se formaban grupitos de chicos y chicas, era divertido y a veces incluso se pillaba cacho.
A eso de las dos de la tarde, me despedí de la gente, me encaminé al bar de Casimiro para recoger el pan que me estaba guardando y me fui a casa.
- Ya estoy aquí, He comprado una barra y Casimiro me ha dado esta nota para ti, ¿te ayudo a poner la mesa?.
- Pon platos lisos, he hecho ensaladilla rusa que sé que te gusta, será plato único.
Mientras Julia terminaba sus quehaceres, puse la mesa con mucho esmero, como se pone cuando se quiere celebrar algo, encima de su servilleta coloqué dos margaritas que corté cuando regresaba a casa.
- ¡Señorita, su reserva está lista, puede pasar al comedor cuando quiera!.
Me miró extrañada y con una media sonrisa, me dio las gracias.
Tome asiento en mi parte de la mesa y esperé a que viniera.
Al llegar, inmediatamente se fijó en las flores, me miró y se sentó a la mesa.
- Muchas gracias por las flores, son muy bonitas, no tenías que haberte molestado, ¡¡te habrán costado un dineral!!.
- Todo es poco, para mi patrona, la mujer más guapa del barrio que además me cuida como los ángeles.
Me sonrío y esta vez su sonrisa fue mucho más sincera. Empezamos a comer y sin que ella me preguntara, le iba contando con quien estuve y lo que habíamos hecho.
Normalmente cuando terminábamos de comer, Julia enseguida se levantaba para recoger la mesa y fregar los platos, pero esta vez no fue así, recogiendo nerviosamente sus migas de pan con la servilleta y mirando el movimiento de su mano, me contesto a la pregunta que le había hecho en el desayuno.
- Esta mañana al despertarme, he pensado con arrepentimiento en todo lo que sucedió anoche, ya no sirve de nada lamentarse, pero creo que cometí un gran error, por edad podría ser tu madre y tener relaciones contigo no creo que sea lo más apropiado, anoche al término de todo me di cuenta de mi insensatez y por eso me puse a llorar, me sentía una mala persona pensando que lo único que había hecho era aprovéchame de ti, yo solo quería que pasáramos la noche abrazados, pero el deseo se apoderó de mí y no pude controlarme. Afortunadamente no llegamos a consumar, pero aun así siento mucha vergüenza de mí y de mis actos. No quiero que pienses de mí lo que no soy, yo solo quería olvidarme de mi soledad sintiendo tu calor sobre mí, pero poco a poco fui sintiendo una gran excitación y sin poderme controlar caí en la tentación. Por favor Mario perdóname.
Oír lo que me decía Julia, me dio mucha pena, una mujer que casi todo en su vida había sido sufrimiento y que por una noche que volvió a disfrutar del sexo se sintiera tan mal, me rompía el corazón. Cogí su mano e hice que me mirara a los ojos.
- Julia, lo siento, pero discrepo mucho de ti y no tengo que perdonarte nada, anoche en tu cama yo solo vi a una gran mujer y un hombre joven que disfrutaban de algo tan natural como es el contacto de sus cuerpos. No vi a ningún niño ni a ninguna mujer depravada, te veía a ti, la mujer más hermosa que he visto en mi vida, si las diosas del Olimpo hubieran existido te aseguro que serían como tú. Tengo veintitrés años soy acto para trabajar o para ir a la guerra, tú tienes cuarenta y nueve, estas en la flor de la vida, eres totalmente independiente, no tienes que dar explicaciones a nadie, pero según tú, no puedes disfrutar del sexo porque algunas absurdas barreras morales te lo impiden. Nunca nadie te podrá obligar a hacer lo que no quieras, pero si lo deseas, ¡¡cógelo!!, la vida es muy corta y desperdiciarla es un pecado que nunca te perdonaras. Julia yo no te digo esto porque quiera meterme en tu cama, pero si me gustaría que cuando volviera a Madrid dentro de unos años, te encontrara feliz con tu pareja, joven o viejo da lo mismo, pero feliz y con una sonrisa de oreja a oreja.
Julia me miraba haciendo pucheros y de sus ojos brotaban lágrimas que caían por sus mejillas. Me acerqué a ella, la abracé y sin dejar de llorar apoyó la cabeza en mi pecho.
- ¡Tengo una idea!, ahora cuando te calmes, vas a ir a tu habitación y te vas a echar una siesta recuperadora, yo recogeré todo esto, lavaré los platos y cuando te levantes, saldremos a dar una vuelta y hablaremos de nuestras cosas. No quiero una sola palabra en contra, hoy dirijo yo la orquesta.
Se separó de mí, secó las lágrimas de sus mejillas y dedicándome una sonrisa me besó en la mejilla antes de dirigirse a su habitación.
Después de recoger todo y fregar, me tumbé en mi cama a descasar, dejando la puerta abierta de mi habitación.
A eso de las seis de la tarde, Julia salió de la siesta y al ver mi puerta abierta se acercó para hablarme.
- Mario, voy a darme una ducha rápida, me arreglo y salimos, no tardo.
Cuando ella salió del baño, entre yo para lavarme las manos y afeitarme, por la mañana ya me había duchado. La puerta de su habitación no estaba cerrada del todo y la oía perfectamente cuando me hablaba.
- Estoy muy nerviosa, no sé qué ponerme.
- Pues es muy sencillo, el vestido azul de raso que te pusiste en el último cóctel que dio la embajada francesa, los zapatos de tacón de aguja a juego y el precioso mantón de manila que te regalo el emperador de Filipinas.
Escuche unas sonoras carcajadas seguidas de sus palabras.
- Llevas razón, no había caído en eso, le tengo que decir al servicio que ordene mejor los armarios, así no hay forma de ver lo que tengo. Y siguieron las carcajadas.
Terminé antes que ella y me senté en el cuarto de estar a esperarla, Julia no era una excepción y como todas las mujeres tardaba mucho en prepararse para salir.
- ¿No es muy atrevido?, hace tiempo Maruja me convenció para que me lo comprara y esta es la primera vez que me lo pongo.
Era un vestido rojo con un estampado de pequeños lunares blancos, ideal para lucir en primavera, cuello cuadrado, manga a medio brazo, falda midi de vuelo que se ajustaba a su cintura, todo esto acompañando de unos zapatos de salón con medio tacón y una rebeca negra de punto.
Con su pelo hubo pocos cambios, seguía con el gracioso y habitual recogido a la italiana.
Cerrábamos la puerta de casa y julia seguía pensando que su vestido llamaba demasiado la atención.
Al pisar la calle nos encontramos con una vecina conocida del barrio que salía a pasear con su marido.
- ¡¡Julia que guapa estas!!, esta primavera te ha sentado fenomenal y con este buen mozo que llevas al lado, formáis una buena pareja. Bueno a dios, nos vamos a pasear que hace muy buena tarde.
- Te das cuenta, hasta las vecinas te dicen lo guapa que estas. Si te apetece podemos ir a dar un paseo por el Retiro, hace una buena temperatura y la primavera está empezando a florecer, seguro que estará muy bonito.
- Claro que sí. ¿Te importa que te coja del brazo?.
- Estoy deseando que lo hagas, ir contigo del brazo es un orgullo para un hombre.
En nuestro paseo, no se volvió a comentar nada de lo sucedido la noche anterior, ni bueno ni malo, todo estaba hablado y lo único que importaba era vivir el momento.
Entramos al parque del Retiro por la puerta del ángel caído y andando pausadamente llegamos al Palacio de Cristal, nos detuvimos para contemplar su bonita fachada y proseguimos hasta las inmediaciones del estanque, donde nos sentamos en un banco a descansar y seguir charlando.
Estando ya avanzada la caída de la tarde, decidimos volver tranquilamente a casa y sin darnos cuenta nos encontramos en la puerta de la cafetería donde todo comenzó. Nos miramos, y con una sonrisa de complicidad, le pregunté.
Nos acomodaron en una mesa y pedimos nuestro café con churros.
- Nunca te he preguntado si tienes novia.
- No, no tengo, ni he tenido. Las pocas chicas a las que he conocido íntimamente han sido demasiado absorbentes y algunas muy obsesionadas con el matrimonio.
- No es que no quiera casarme, es que de momento no está en mis planes, casarme y tener niños no son las prioridades.
- ¿Tampoco te gustan los niños?.
- Quizás, estés malinterpretando mis palabras, los niños ni me gustan ni me disgustan, simplemente no están en mi libro de ruta de momento, ¿tú me ves estudiando una carrera y trabajando al mismo tiempo para criar a dos churumbeles?. Por cierto ¡¡los churros están cojonudos!!.
- Sí están muy ricos. Llevas razón, la vida ha cambiado mucho y a mí me ha pasado por encima.
- La vida es muy corta, tienes que aprovecharla, aunque tú no te lo creas, sigues siendo una mujer joven ¡¡y muy atractiva!!. El mundo está esperándote para que salgas a comértelo.
- ¡Sabes una cosa!, hasta que tú no has abierto una ventana en mi vida, nunca he sentido aire fresco en mi cara, te prometo que te aré caso y sin olvidarme nunca de mi querido Juan, ¡¡me voy a comer el mundo!!, o por lo menos lo intentaré.
- Si señor, esa es la actitud.
Con el buen sabor de boca que nos dejó el café con churros, iniciamos el camino de vuelta a casa.
Agarraditos del brazo como en la canción de María Dolores Pradera, caminábamos sin prisa disfrutando de nuestra cómplice compañía.
Abrí la puerta de casa, la cedí el paso y la seguí con la mirada, entró al cuarto de estar, se volvió hacia mí y extendiendo sus brazos, me llamó.
Me acerqué a ella, cogí sus manos y esperé sus palabras.
- Sin dudarlo, hoy ha sido uno de los mejores días de mi vida, he disfrutado muchísimo de tu compañía, de tus atenciones y de tu conversación, me has abierto los ojos y has despertado en mí las ganas de vivir, quizás te sorprenda lo que te voy a decir, pero es lo que deseo. Si tú quieres, me gustaría que volviéramos a pasar la noche juntos.
-¡Completamente!, tus brazos rodeándome me dan seguridad y el roce de tu cuerpo despierta a la mujer que soy.
Se acercó a mí, puso sus manos en mi cara y dándome un pequeño beso en los labios, me dijo con cariño, ¡¡Mario, te necesito¡¡. En ese momento nos abrazamos, juntamos nuestras bocas y jugando con nuestras lenguas nos fundimos en un larguísimo beso.
Al separarnos, me cogió de la mano, apagando la luz de la sala y me llevó a su habitación. Mi cuerpo era un manojo de nervios, sabía lo que quería aquella mujer que me doblaba la edad y que agarrándome de la mano me llevaba hasta su lecho. Meterme en su cama y poseerla, era algo que deseaba con todas mis fuerzas, pero las dudas me asaltaban, ¿sería yo capaz de satisfacerla?, una mujer como ella necesitaba un hombre que la hiciera estremecer y yo solo era un pipiolo con poca experiencia.
En su habitación, las cortinas no estaban echadas, la tenue luz que entraba por la ventana creaba una atmosfera ideal para la intimidad. De espaldas a mí, Julia se quitó la rebeca.
- Mario ayúdame con la cremallera.
Cosa que hice muy lentamente, descubriendo sus hombros y besándolos suavemente al mismo tiempo que desabrochaba los corchetes del sujetador. Tenía muy claro que debía tomarme todo el tiempo del mundo, las prisas con ella solo me conducirían al fracaso.
Deslizó las mangas del vestido y las tiras del sujetador por sus brazos quedándose desnuda de cintura para arriba, me pegué a su espalda y atrayéndola hacia mí, besaba y mordía suavemente su cuello y sus hombros, acariciando con mis manos sus pechos y su vientre. Julia con una de sus manos acompañaba a la mía para que siguiera tocando sus pechos y con la otra apretaba mi cabeza contra su cuello haciéndome saber lo que deseaba.
Se deshizo de los zapatos, dejó caer el vestido por sus piernas y sin cambiar de postura permaneció junto a mí disfrutando de mis caricias y mis besos.
La única prenda que cubría su cuerpo eran unas bragas blancas más parecidas a las que usaban las chicas jóvenes que las que llevaba la noche anterior. Se Volvió hacia mí, comenzó a desabrochar los primeros botones de mi camisa, y Yo continué desabrochándolos hasta quedarme desnudo de cintura para arriba, Julia acariciando mi pecho fue bajando sus manos hasta desabrochar mi cinturón, bajo la cremallera y metió su mano dentro. Me acariciaba por encima de la ropa interior, produciéndome un grado de excitación tal, que mi pene adquiriendo una gran dureza, comenzó a asomar por encima del calzoncillo. Después de un buen rato sobándome, me dijo mirándome a los ojos con una voz entre cariñosa y perversa. ¡¡Desnúdate, ya estás preparado para satisfacer a una mujer y yo no quiero perder ni un instante!!.
Me quité apresuradamente todo y quedándome en pelotas la abracé por la cintura atrayéndola hacia mí. Le mordía el lóbulo de la oreja, el cuello, los hombros, mis manos recorrían su voluptuoso cuerpo al mismo tiempo que apretaba mi erección contra su vientre.
- Abrázame muy fuerte, me gusta mucho que lo hagas, me siento protegida estando entre tus brazos, estos días y ayer sobre todo, me he dado cuenta de lo mucho que te necesito.
Agarrados de la mano nos acercamos a la cama como unos recién casados en su noche de bodas, se sentó en el borde, me acerqué a ella con mi erección frente a su cara, se quedó un rato mirando, acerco sus manos a mi sexo y con gran suavidad acariciaba mi pene y mis testículos, no me masturbaba, pero el placer de ver y sentir como lo hacía era infinito. Levantó su mirada hacia mí y dedicándome una bonita sonrisa, se tumbó de espaldas quedándose boca arriba.
- ¡¡Quítame las bragas!!, quiero ser tuya y volver a sentirme mujer entre tus brazos.
Inclinando mi cuerpo hacia ella, le quité las bragas muy despacio deslizándolas por sus muslos hasta sacárselas por los pies.
Para un simple mortal como yo, era increíble contemplar a la diosa Afrodita abrir sus piernas como las alas de una mariposa dejándome ver su bonito tesoro. Con una sonrisa, extendiendo sus brazos hacia mí invitándome a disfrutar del placer carnal.
Me tumbé sobre ella, me rodeó con sus piernas y abrazados fundiéndonos en un solo cuerpo la besé con lujuria,
- ¡¡Mario Penétrame!!, ¡por favor, penétrame!.
- No, todavía no es el momento, esta noche tiene que ser muy especial para los dos, recorreré tu cuerpo con mis caricias y mis besos, y cuando tu cuerpo este lleno de deseo, te haré el amor hasta que el placer te haga perder la noción del tiempo.
Y sin decir ni una sola palabra más, comencé a restregar mi cuerpo contra el suyo mordiendo y lamiendo todas las partes de su pecaminoso cuerpo, Julia se dejaba hacer entregándose a mí y clavándola suavemente los dientes en su cuello, fui bajando por sus hombros hasta llegar a sus firmes pechos de duros pezones. Julia acariciaba mi cabeza mientras yo chupaba sus pezones como un bebé lujurioso. Estaba totalmente entregada a mí, me sentía satisfecho sabiendo que ahora yo era su hombre, el hombre que aria realidad sus más íntimos deseos.
Mi objetivo era su tesoro y poco a poco mis caricias fueron bajando por su cuerpo desnudo, agarrado a sus caderas mi boca jugaba con su vientre. Hacía un buen rato que sus piernas estaban abiertas de par en par y a mí me llegaba su aroma de hembra que me embriagaba de deseo y me atraía hacia su sexo, cosa que hice hundiendo mi cara entre sus ingles.
- Soy un zángano atraído por el olor de mi abeja reina y libaré tu néctar hasta saciarme.
Aparté el suave vello que protegía su vulva, e introduje mi lengua entre sus labios carnosos.
Julia tensó su cuerpo mientras yo acariciaba con mi lengua la mojada entrada a su vagina. Atrapada en el ansia del momento, agarró mi cabeza con sus dos manos y abriendo sus piernas como solo puede hacerlo una hembra llena de deseo, pego mi boca a su botoncito de placer.
El olor y el sabor de sus abundantes fluidos, junto a sus gritos ahogados de placer y el movimiento de sus caderas acompañando a mi lengua, nublaban mi razón, no podía dejar de lamer frenéticamente ese trocito de carne que a Julia le hacía explotar en un orgasmo tras otro.
- ¡¡No puedo más!!, ¡no puedo más, pero sigue!, ¡¡sigue!!.
Al oír esto, atrapé su clítoris con mis dientes y ejerciendo una suave presión, restregaba mi lengua por toda su superficie.
- ¡¡Ya!!, ¡¡ya!!, ¡ya para por favor!, para.
Como ella me indico, paré, sus manos dejaron de apretar mi cabeza, separé mi cara unos centímetros y permanecí un rato contemplando la preciosa flor de pétalos sonrosados de mi amante. La dejé que se relajara mientras su boca exhalaba continuos quejidos entrecortados de placer.
Poco a poco, dándole besitos desde su vientre hasta sus pechos, e incorporándome encima de ella, metí mi lengua en su boca con la intención que probara su propio sabor.
Con las piernas abiertas de par en par, la agarró con su mano derecha, la puso en la entrada de su vagina y mirándome a los ojos me dijo. ¡Amor mío!, ¡¡¡FOLLAME!!!. En ese mismo instante sin poder controlarme, de un solo golpe de cadera, se la metí hasta lo más profundo de su ser, lanzó un quejido y abrazándome con piernas y manos siguió insistiendo en sus deseos.
- ¡Así! ¡¡FOLLAME!!, ¡Fóllame amor mío!.
Esa fue la primera vez que la oí llamarme amor mío, fue como un subidón de adrenalina, seguí penetrándola con furia apretando mi pubis contra el suyo y hundiéndome cada vez más en su interior notaba como su mojada vagina me succionaba. En el silencio de la noche solo se oían nuestros gemidos y el chapoteo que Yo hacía entrando y saliendo de su interior.
El placer que yo sentía copulando con esa mujer que por el día era recatada y vergonzosa, y que al llegar la noche se convertía en una hembra llena de lujuria hambrienta de sexo, era lo más morboso que me había sucedido en la vida.
Estremeciéndose a cada golpe de cadera me clavaba las uñas en la espalda y de su boca salía algo parecido a unos gruñidos que me animaban a seguir penetrándola.
- ¡Sigue mi amor!, ¡no pares!, ¡así!, ¡más dentro!, ¡¡¡MÁS!!!
A cada golpe de cadera que daba, hacía tope en el fondo de su vagina, Julia con sus manos me apretaba el culo pidiéndome más y yo la clavaba los dientes en su cuello a sabiendas que la pudiera estar haciendo daño.
- Dámelo mi amor, dámelo todo.
No quise hacerla esperar y aumenté el ritmo de mis embestidas entrando y saliendo con la mayor fuerza que mis caderas podían dar. Yo era su amor, el hombre joven que la colmaba de caricias y palabras bonitas y al mismo tiempo era su macho, ese al que toda hembra se entrega para saciar sus instintos más básicos. Sus ojos totalmente abiertos se clavaban en los míos y su boca abierta exhalaba una respiración entrecortada mezclada de pequeños quejidos de dolor. Ese era mi momento, Julia estaba totalmente entregada a mí, en nuestra íntima unión, su cuerpo y su alma me pertenecían. ¡Soy tuya!, me decía llorando. Por un momento pensé que la estaba haciendo daño, pero nada más lejos de la realidad, gritaba y tensaba su cuerpo, por los orgasmos que estaba sintiendo.
Llegados a este punto a mí ya no me importaba absolutamente nada, mi único objetivo era seguir penetrándola furiosamente y vaciarme dentro de ella.
Viendo las convulsiones que daba su cuerpo y sin poder aguantar más, empecé a correrme con unos gruñidos que probablemente holló todo el barrio y al notar como eyaculaba en su interior, grito tan alto o más que yo,
- ¡SI!. Sigue... Sigue... ¡¡Lléname!!
Abrazados íntimamente, compartíamos nuestros orgasmos. Julia dejó de convulsionar y yo permanecí encima de ella totalmente exhausto. Casi no nos movíamos, mi erección apenas había disminuido e instintivamente se la metía más dentro, notando el intenso calor de los viscosos fluidos que llenaban su vagina. Con las chicas que había estado antes, siempre lo hicimos con preservativo, pero hacerlo a pelo y llenar a tu hembra, era otra cosa. Como me hubiera gustado dejarla preñada.
- Voy a buscar algo para que te puedas limpiar.
- ¡No!, espera un poco, quiero seguir teniéndote dentro, es lo más maravilloso del mundo.
Cumpliendo sus deseos, me quedé encima sin deshacer nuestra íntima unión. Mi erección había empezado a disminuir y notaba como salía de su vagina acompañada de una buena cantidad de fluidos que escurrían por su perineo hasta manchar la sábana. Cuando ya no quedaba nada de mi erección, me levanté a por un pañuelo, se lo ofrecí para que se limpiara y después me limpié yo. Los dos permanecíamos acostados boca arriba descansando, nuestra fogosidad nos habían dejado agotados.
- Te pido Por favor que esto quede entre nosotros, me moriría de vergüenza si se supiese en el barrio.
- No seas tonta, lo que tú y yo hagamos pertenece a nuestra intimidad, no soy un bocazas. Pero si no quieres que se enteren los vecinos, tendríamos que ser más discretos y no dar tantos gritos.
- Madre mía, llevas razón, que vergüenza. ¡Anda abrázame!, y que sea lo que Dios quiera.
- Y tú, ¿se lo contarás a Maruja?
- Cuando tú no estés en casa, claro que se lo contaré, pero ahora no. Maruja es como mi hermana, tenemos mucha confianza entre nosotras, hasta ha llegado a contarme algunas intimidades de ella y su marido. Hace tres semanas, el día que tú fuiste por la tarde a la biblioteca, Maruja vino a pasar la tarde a casa, tú saliste en la conversación y lo que dijo me dejó sorprendida.
- ¡¡Mira Julia, si no fueras tan mojigata, seguro que ese chico te quitaba las telarañas!!.
- Nada, estaba muerta de vergüenza. Porque además yo ya estaba empezando a verte de otra forma.
- Tiene buen ojo Maruja, lo ha clavado.
- Tonto, no digas eso que me da mucha vergüenza.
- Joder Julia, eres como el doctor Jekyll y Míster Hyde, hace un rato eras la diosa de la lujuria y ahora te da vergüenza admitir que Maruja tenía razón.
- Bueno ya lo sé, pero me sigue dando mucha vergüenza.
Me dio un besito de buenas noches, y se dio la media vuelta. Abrazados y satisfechos permanecimos unidos hasta que los dos caímos en un profundo sueño.
A las siete de la mañana en punto, sonaban los infernales campanazos del despertador, Julia lo paró y sin remolonear ni un poquito, se levantó.
- Vamos niño, que nos pilla el toro.
Un nuevo día comenzaba, Julia ya estaba en modo trabajo y yo sin muchas ganas me puse en movimiento, la rutina diaria había comenzado y la única diferencia, era despertarme en otra cama.
Como todos los días, salíamos de casa a eso de las ocho de la maña, Julia a sus quehaceres por el barrio y yo a clase.
Esa mañana estaba un poco desconcentrado, pensaba, más en todo lo acontecido el fin de semana que en las clases a las que asistía, tanto fue así que el profesor de tecnología de mecanizado me preguntó "señor Sanz, le encuentro un poco ausente, ¿le pasa algo?", afortunadamente reaccioné a tiempo y volví a concentrarme en el estudio.
En casa todo seguía igual, la mesa estaba puesta al llegar yo y Julia faenaba en la cocina esperándome para comer.
Me acerqué a ella y le di un beso en la mejilla.
- Judías estofadas y de segundo, alitas de pollo. Lleva la cazuela a la mesa y sirve los platos, termino esto y comemos.
Sentados a la mesa, dábamos buena cuenta de las judías, Julia hablaba sin parar, parecía que la hubieran dado cuerda, me gustaba escuchar lo que hizo por la mañana, con quien se había encontrado y parado a charlar, la veía cambiada, era como si se hubiera quitado treinta años de encima, sus ojos brillaban y en su sonrisa se veía la felicidad. En cierta forma yo era el artífice de todo esto y viéndola me sentía bien.
- Después de hacer la compra, me he pasado por la mercería de Lola para comprar una cosa que no necesitaba, pero tenía muchas ganas de tener y sabes quién salía de allí ¡Maruja!, que en cuanto me vio, se acercó a mí y lo primero que hizo fue preguntarme de una forma socarrona por nuestro paseo.
"Ya me han dicho que ayer por la tarde ibas de paseo agarrada del brazo de un buen mozo" ahora tengo prisa y no puedo estarme a que me cuentes, pero esta tarde voy a tu casa. ¡¡Ya iba siendo hora que te diera el aire!!.
- Bueno, no hay nada malo en dar un paseo.
- ¡Claro que no hay nada malo!, pero en este barrio hay mucha portera chumeta y enseguida lo pregonan todo, imagínate que nosotros no fuésemos precavidos y alguien del barrio pudiera llegar a saber lo nuestro, ¡no me lo quiero ni imaginar!.
Terminada la comida y después de hablar un buen rato, recogí la mesa con la consiguiente reprimenda de Julia y me fui a echar la siesta.
Serian las cinco de la tarde cuando me despertó el timbre de la puerta, era Maruja y venía con ganas de charla.
- Hoy precisamente que tenía ganas de venir pronto, he tenido que coserle al pequeño los pantalones cortos del futbol.
- No hables tan alto, está Mario durmiendo y lo vas a despertar.
- Pobrecito, el niño está durmiendo y no se le puede despertar, ¡joder pareces su madre!
- Se levanta muy temprano y está siempre estudiando, habrá que dejarle descansar.
- Bueno vale, al turrón, cuéntame todo y no te dejes ni una coma.
Desde ese momento, Maruja preguntaba queriendo saber hasta el más mínimo detalle y Julia le iba contando todo menos los detalles comprometedores.
Me senté en la mesita de mi habitación y me puse a repasar unos apuntes. Pero me era difícil concentrarme, estaba más a su conversación que a los apuntes.
A eso de las ocho, se marchó Maruja. Julia se acercó a la puerta de mi habitación y tocando con los nudillos, preguntó si podía pasar.
- Hoy te habremos molestado, ¿se nos oía mucho?.
- No, no molestabais, además me he reído mucho oyéndote cómo contabas nuestro paseo sin dar un solo detalle comprometedor.
Se acercó a mi lado, puso su mano en mi nuca y acariciándome, me preguntó si quería cenar, le dije que no y ella continuó las caricias mesándome el pelo de la nuca, cerré los ojos y agache la cabeza, sus caricias me producían un gran placer.
- ¿De verdad no quieres comer nada?
- ¡¡Yo solo quiero comerte a ti!!.
Alcé la cabeza levantando la mirada hacia ella, hubo unos segundos de silencio y me sonrió.
- Dame la mano y levántate, acaso crees que yo no tengo ganas de estar contigo, mi cama es tu cama y si lo deseas, la compartiré contigo todas las noches.
- No, solo soy una mujer enamorada.
Cogidos de la mano, fuimos apagando todas las luces hasta llegar a su habitación. Cerró las cortinas de la ventana y encendió la luz de la mesilla.
- Me da mucha vergüenza que me veas desnuda con luz, pero quiero mostrarme ante ti tal como soy.
Comenzó a desabrochar los botones de su bata retirando la tela que cubría su cuerpo para mostrarse desnuda ante mí.
Su cuerpo de mujer madura, mostraba las huellas del inexorable paso del tiempo, pero eso no restaba ni un ápice a su atractivo.
Poniendo las manos en la espalda, desabrochó el sujetador, dejándolo caer al suelo para quedarse solo con unas pequeñas braguitas de color negro. Me quedé con la boca abierta sin poder articular palabra, verla desnuda con ese pequeño trocito de tela como única vestimenta, era lo más.
- ¿Te gustan?, las he comprado para ti.
A cada palabra, a cada gesto, a cada movimiento, aquella mujer me excitaba como ninguna lo había hecho hasta ese momento.
Se acercó a mí, sujetó su pecho izquierdo con una de sus manos y poniendo la otra en mi nuca, atrajo mi cabeza hacia su pecho.
Esa mujer me volvía loco, su pezón estaba en mi boca y la excitación me hacía morderlo con ansia. Me separo delicadamente de su pecho y dándome un besito en los labios, comenzó a desnudarme mientras me hablaba.
- Ayer cuando hacíamos el amor, me enseñaste a disfrutar de lo que nunca había disfrutado, para mí eso siempre ha sido un gran tabú, lo encontraba obsceno, repúgnate, horriblemente asqueroso de personas depravadas, sé que la mayoría de las parejas lo hacen, pero para mí era una línea roja. Tengo que darte las gracias por hacer lo que hiciste y abrir mi mente y mi cuerpo a otro mundo de sensaciones. Lo normal sería que por edad, yo te enseñara a ti, pero en realidad soy un lienzo en blanco para que tú con trazos gruesos, pintes sobre mí los placeres que desconozco.
Se sentó en la cama, me atrajo hacia ella cogiéndome de las caderas, abrió sus piernas para que me posicionase entre ellas y comenzó a jugar sobre mi cuerpo, acariciando todas las partes donde podían llegar sus manos sin dejar de estar sentada.
Estaba excitado con algo más de una media erección y cuando Julia la cogió entre sus manos jugando con ella, su tamaño aumento rápidamente. Con una de sus manos bajaba y subía el pellejo haciéndome una lenta masturbación y con la otra masajeaba mis testículos. Levantó su mirada hasta mí y sin dejar de masturbarme, me preguntó.
- Las chicas con las que has estado, ¿te lo hicieron?...... Con la boca.
- Julia escúchame, eso no es obligatorio, no lo hagas si no quieres.
Sin dejar de mirarme a los ojos, hubo un momento de silencio.
- Pero es que si quiero hacerlo amor mío.
Si antes la tenía dura, ahora al escucharla, la tenía a punto de reventar.
Bajó todo el pellejo hasta que mi capullo quedo totalmente libre, aproximo su boca y muy lentamente se lo introdujo por completo. Dios, que placer, cerré los ojos, mi mente quedó en blanco, todos mis sentidos estaban dirigidos a disfrutar de la mamada que me hacía. Pero como era posible que no lo hubiera hecho nunca antes, si desde el primer momento me pareció la mujer más experta en hacer una felación. Me la chupaba como si fuera un caramelo, sentía sus labios y su lengua lamiéndome el capullo, ni fuerte, ni flojo, ni deprisa ni despacio, de vez en cuando la miraba viendo como me lo hacía y mi excitación subía hasta los cielos. Estaba ya, a puntito de correrme y la avisé para que se retirara.
- Julia me voy a correr, ten cuidado.
No solo no se retiró, sino que agarrándomela con las dos manos, ejerció más presión con su lengua y sus labios. Me corría con sumo placer dentro de su boca y aún con toda boca llena de semen, no dejo de chupármela ni un solo momento. Cuando mis piernas empezaron a flaquear hasta el punto de no poder sujetarme en pie, aparte su cabeza con mis manos, alzó su vista hacia mí y mirándome a los ojos con la boca cerrada, vi con deleite como se lo tragaba todo. Hay pocos placeres tan morbosos como ver a una mujer tragarse todo lo que has dejado en su boca.
Sin apenas fuerzas, me separé de ella y me tumbé en la cama todo lo largo que era, julia se tumbó a mi lado y acurrucándose conmigo, hecho la sabana con manta por encima de nosotros.
- No creo que pueda expresar con palabras, el placer que me has dado, porque siempre me quedaría corto.
- Duerme y descansa mi amor, que yo velaré tus sueños.
Desde ese día, no hubo ni una sola noche que no durmiera en su cama, lo hacíamos, tumbados, de pie, de rodillas, por delante, por detrás, con la mano, con la boca, hacíamos el amor y follábamos, incluso algunas veces ni esperábamos a la noche, lo hacíamos sin desnudarnos en cualquier parte de la casa. Me decía, ¡Eres como un potrillo salvaje!, o me preguntaba ¿Mario mi amor, donde has estado tú todos estos años?.
Mi querida Julia, los años pasarán, pero yo nunca te olvidaré.