Mi sobrino me ayuda y acaba metido en mi cama
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Tras ayudarme con un tema inmobiliario, mi sobrino acaba seduciéndome
Hacía casi dos años que mi marido José Luis y yo nos habíamos separado, tras una aventura con una chica diez años menor que acabaron con veinticinco años de matrimonio. Aunque me pidió perdón y la dejó, no le perdoné.
A mis cincuenta y cinco años, me vi hundida durante un tiempo pero finalmente, conseguí recuperarme.
Tenía la intención de que ese verano fuera diferente. Con Pablito, mi hijo, en Londres, y con la ausencia de Esther, mi hija, a la que no vería hasta agosto, trataba de pasar los últimos días de julio en Madrid, de una manera agradable.
Durante el día, después de dejar la casa organizada, me iba regularmente al gimnasio del club social de la urbanización. Ya se habían marchado muchos conocidos de vacaciones, incluida Charo mi pareja de pádel.
Por la tarde me llamaron unas amigas y, aunque dudé de quedarme en casa, porque estaba siguiendo una serie de Netflix, finalmente acepté salir con ellas, con las que cada vez me sentía más alejada, ya que eran un poco conservadoras, casadas o viudas estrictas y mi proceso de evolución me hacía verlas mayores para mí.
Al día siguiente, después de una mañana normal, gimnasio y pádel, al terminar, tomé un vino en la cafetería del club con mi cuñada Elena a la que hacía tiempo no veía. Era la viuda de mi hermano mayor, Antonio, que falleció hacía ya cuatro años y que siempre me había protegido casi como una hija. Hablando de mi separación me contó algo que no sabía.
—Me encontré un día con Amparito y me dijo que José Luis la invitó a cenar y han seguido quedando.
La verdad es que ya me daba igual. No sentía nada por él.
—Por mi parte no hay problema. Que les vaya bien.
—¿Has solucionado bien todo lo del divorcio?
—Tenemos un tema pendiente respecto del piso que teníamos en régimen de gananciales y que yo quiero poner a nombre de Esther. Renuncié a alguna cantidad que podría haberle sacado, a cambio de ese favor.
—¿Te has quedado bien cubierta?
—Con mi sueldo de profesora en el instituto cubro bien los gastos. Él se quedó la casa de la playa y yo la de Madrid.
Le comenté que, a través de mi banco, me habían ofrecido la compra de un piso que se había adjudicado el propio banco, a muy buen precio, y que quería comprarlo para Pablo, pero estaba ocupado por unos okupas y me preocupaba no poder desalojarlos.
—Alvaro lleva temas como ese en su despacho.
—¿Alvarito? ¡Ya abogado! Cuanto tiempo hace que no le veo. ¿Por qué no se lo preguntas?
Llamó desde ahí a su hijo. Tras un breve saludo, después de años sin vernos, le expliqué la situación atropelladamente mientras él tomaba notas y hacía preguntas. Cuando colgamos, seguimos en nuestro rollo.
—Ya verás como Alvarito te ayuda, sabe lo que su padre te quería. Y ahora háblame de ti. ¿Sales con alguien? —me interrogó cotilla.
—Estoy desanimada desde que me separé —le sonreí con una mueca.
—Tenemos que espabilar —dijo riendo, quizás cansada de llevar tres años de viuda—. Tú siempre has tenido éxito entre los hombres.
Ese no era el problema, me sentía apática.
—Nadie llama mi atención ahora.
Cansada del ejercicio matutino, después de comer dormí la siesta, algo no habitual en mí y me levanté totalmente descansada. Mientras preparaba un zumo en la batidora, me llamó Elena y me dijo que su hijo nos había citado en su despacho al día siguiente. Al final, la familia podía servir para algo.
El despacho de mi sobrino era un lugar sobrio, unas oficinas compartidas con varios abogados, con estanterías llenas de libros de derecho que daban al espacio un aire de seriedad. Álvaro nos recibió con una sonrisa que manifestaba su alegría al ver a su madre, no sé si tanto a mí.
—Qué sorpresa verte por aquí mami—la saludó, dándole dos besos
—Ya que tú no vas verme, tengo que venir yo.
—Hola tía, estás más joven…estás estupenda.
—¡Tú sí que has cambiado! —reconocí sinceramente—. Ya todo un abogado.
Nos dimos dos besos y me gustó el olor de la colonia que usaba. Alvarito, como siempre lo había llamado, era un chico alto, bien vestido, con una mirada directa y poco mayor que mi hijo, tenía 28 años.
Se comportó como un profesional meticuloso, repreguntándome cuando no me explicaba bien. Se le notaba muy suelto y quedé encantada con su trato tan personal.
—Déjame ver el expediente y te confirmo si los podemos desalojar. Mientras tanto, llama al banco para que te lo reserve unos días.
Al terminar, le pregunté por los honorarios.
—¡Qué dices! —respondió Elena—. Está encantado de echarte una mano.
—Si tenemos éxito, ya te pasaré una minuta, simbólica.
—Muchas gracias —dije encantada de su trato—. Al menos, me dejaréis que os invite a comer para agradecéroslo.
—Yo no puedo, tengo asuntos que acabar —respondió Alvaro.
—Déjate de tonterías, vamos a comer —dijo su madre, autoritaria.
Aceptó sin excusas, porque cuando Elena se proponía algo, no había manera de detenerla. La conversación durante la comida fue fluida, recordando anécdotas de mi hermano.
Los diez años que me llevaba hicieron que desde niña fuera muy protector conmigo. Y Elena y Alvarito lo sabían bien y me dedicaron comentarios muy positivos y no pude evitar sentirme tremendamente halagada. Elena era el alma de la comida, llenando la conversación con humor y anécdotas. Álvaro, atento y amable, más comedido que su madre, con una forma tranquila de comportarse, seguramente sintiendo la barrera de tía - sobrino.
Acabada la comida, Elena se levantó de la mesa.
—Tengo cita con el odontólogo antes de irme de vacaciones. ¿Nos vemos esta noche en el club? —dijo dirigiéndose a mí.
Cuando hice amago de marcharme con ella, Álvaro insistió en que me quedara para acabar algunos detalles del piso. Le confirmé que nos veríamos esa noche.
—Hasta luego —me dijo a mí. Y dirigiéndose a su hijo, añadió—. Pórtate bien, aunque su marido sea un cabronazo, ella es nuestra familia.
Álvaro, ya no tenía prisa por regresar porque en el despacho hacían jornada continua y solo le esperaba un expediente abierto.
—Después de nuestra conversación de ayer, he hecho un par de gestiones. A mí también me interesaría comprar un piso en esas condiciones —comentó.
—¿En serio? Me tranquiliza, si tú también inviertes, te tomarás más interés.
—Me tomaría el mismo interés, tía. Sé lo que mi padre y tú eráis. Y, además, tu marido nos ayudó cuando falleció mi padre que no pudo dejarme un piso como vais a hacer con mis primos, por eso tengo que solucionarme yo la vida.
Cuando su padre falleció, él estaba en último año de carrera. Terminó ayudándose con trabajos temporales y también con alguna ayuda que les proporcionó mi marido a instancias mías. Seguía mostrando una cierta timidez aunque era cierto que al final de la comida, se había abierto un poco más.
Pidió unos chupitos para alargar un poco la comida.
—Lo más práctico es que me dieras poderes para actuar en tu nombre con los okupas y con el banco —aclaró—. Si confías en mí, claro.
Detrás de su fachada de abogado seguro se veía, no solo a mi sobrino, sino a un hombre honesto. Sonreí sin decir nada en contra.
—Por supuesto. Cítame en el notario e iré encantada.
—Ya firmé el divorcio. Tenemos separación de bienes, de males y de todo.
—Pensé que solo os habíais separado temporalmente —continuó, mirándome directamente—. Yo también me separé hace un año de mi novia, aunque no llegamos a casarnos.
Era curioso como pierdes la pista de personas que han estado cerca durante años. Me apetecía conocer un poco más de sus últimos años.
—No, no me queda tiempo ni ganas. Alguna salida con amigos pero siempre acabo borracho así que cada vez quedo menos. Y tú. ¿Has rehecho tu vida?
—¡Qué va! Aún no he sido capaz de establecer una rutina de vida. Echo de menos a tus primos, Esther viene poco, está de profesora en el Instituto Cervantes de París y Pablito acaba un Máster en Londres en unos meses y por eso estoy pensando en el piso para él.
—A ver si tenemos suerte y compramos los dos pisos. Me encantaría ser vecino de mi primo.
Se había hecho todo un hombre, su trato era tan agradable que alargamos la conversación sin prisa por ninguno de los dos en acabarla. En cierta manera me recordaba a su padre, al que echaba de menos a veces, tan ecuánime que incluso José Luis lo respetaba y escuchaba.
De pronto sonreí. Me sentía cómoda, como si Alvarito hubiera tomado el testigo de mi hermano y pudiera contar con él para cualquier tema, ya sea el de la compra del piso o para temas personales.
De camino a casa me llamó Elena, que había acabado ya la consulta y me propuso que nos quedáramos a cenar algo en el club, para no tener que meternos en cocina. Cuando nos encontramos, le comenté lo maduro que encontré a Alvarito.
—Él me ha dicho que le ha sorprendido lo joven que te ha encontrado. Me hace ilusión que Pablito y él, acaben siendo vecinos.
De jóvenes recuerdo que Alvarito tonteó con mi hija, salían en el mismo grupo y se gustaban. Pero mi hija Esther no duraba más de tres meses con ningún novio y era muy interesada en la posición de los hombres. Por aquél entonces, Álvaro solo era un chico atractivo que siempre andaba tieso de dinero, pero ahora, además de ser mucho más atractivo, era un abogado establecido. Y tenía unos ojos preciosos.
—Me ha dicho que dejó a una novia hace un año. ¿No sale con nadie? —reincidí
Elena además de madre, era una cotilla natural. No necesitó más para ponerme al día.
—No fue así, lo dejó ella. Mientras él hacía el Máster en Derecho Mercantil y hablaban de casarse, Marta se lió con un piloto de Iberia. Ahora mismo está centrado en el trabajo.
Puse una cara de sorpresa y ella continuó.
—Álvaro es un tío muy válido, ha trabajado dos años en el despacho de Garrigues. Pero no le gustaba ese ritmo de vida y ha preferido colaborar con el despacho actual en el que tiene mucha libertad y lo tienen en mucha estima —añadió.
—Pues me alegro de que esté metido en esos temas —le dije—. Te voy a echar de menos cuando te vayas.
—Anímate y te vienes unos días a Denia. Y me ayudarás a ligar, desde que te has separado, estás preciosa Pilar.
Sabía que era atractiva pero eso no había sido suficiente para mantener la fidelidad de mi marido. Pero un piropo siempre era de agradecer.
—A nuestra edad ya no somos preciosas. Como mucho, resultonas.
Al día siguiente, me desperté tarde. Desayuné, salí a caminar y después, decidí quedarme en casa. Álvaro me llamó, ya se había reunido con los okupas y estaban dispuestos a irse.
—Es que soy muy bueno —rió—. En realidad, colaboro con una empresa de desocupación que consiguen desalojar sin violencia. En este caso les han ofrecido otro inmueble en Vallecas. Tenemos que pagarles el traslado y 2.000 euros. Y 1.000 euros a mis amigos. Pero merece la pena porque conseguiré rebajarle al banco esa misma cantidad.
—No sabes cómo agradezco tu interés pero debes pasarme una factura. Es mucho trabajo.
—No te preocupes, como resultado de la reunión que he mantenido con el banco, me han sugerido establecer una relación comercial para que les ayude con otros inmuebles que tienen okupados y, además de conseguir que nos den facilidades, me van a pagar una comisión.
Sonreí, admirada de ver la habilidad con la que se movía para ganarse la vida.
Con la imposibilidad de jugar al pádel por falta de compañera, inicié una etapa de caminatas por la urbanización, que completaba por la tarde con salidas tranquilas con mis amigas de siempre, deseando que llegara pronto agosto para marcharme unos días a Marbella, aprovechando que José Luis se iría de viaje.
A los pocos días, Álvaro me llamó para que le acompañara a ver el piso. Cuando hicimos la reserva al banco no pudimos visitarlo por culpa de los okupas. Aunque hubo que darles un dinero a los okupas y había que hacer unos arreglos, la inversión había sido buena. Después de ver el que reservó para mí, fuimos a ver el suyo, en el mismo bloque y que compró en condiciones similares de precio y ocupación.
Cuando abandonamos el inmueble, acudimos a una empresa de reformas que dirigía un cliente del despacho y les emplazó a visitar los pisos y pasar un presupuesto.
—Pórtate bien Manolo. Son dos pisos y seguro que te traeré más clientes —le dejó ordenado.
Al salir de ese lugar, me propuso que le invitara a comer, como pago de sus servicios. Aunque me extrañó un poco, sabía que, en el mundo empresarial, se celebraban los éxitos con una comida.
Me llevó a un restaurante que no conocía donde nos pasaron a una terraza a la sombra y con irrigación de agua que generaba una temperatura muy agradable. Le saludaron como cliente que debía ser.
—Este lugar no es de menú de día —observé.
—Te lo puedes permitir con el ahorro que te he conseguido.
Se mostró mucho más abierto que en la comida con su madre cuya presencia siempre imponía. Había llegado a un acuerdo con el banco, que se quedó impresionado por su habilidad de negociación y, no solo le ofreció un 3%, de comisión, sino que además le propuso que actuara como su agente para resolver otros casos similares.
—Esta comida invitas tú. La próxima te invito yo, por haber facilitado mi acuerdo con el banco.
—Se lo deberías agradecer a tu madre —dije de manera ligera.
—De eso nada, gracias a ti. Deberías salir más con ella, necesita conocer gente. Aunque sois muy diferentes —añadió.
—Yo salgo muy poco, quizás nos viniera bien a las dos.
—Y cuéntame, ¿te has quedado bien después del divorcio? ¿Se portó bien mi tío? Sé que mi padre no habría permitido que tu marido te engañara.
—No me quejo. Mi sueldo me basta para vivir. Y es cierto, tu padre era al único que José Luis respetaba de veras.
—Pues ahora yo ocuparé su puesto, cuenta conmigo —sonrió.
—Muchas gracias —reí de su comentario—. Mi única preocupación ahora es conseguir el préstamo del banco para cubrir la parte del importe del piso que me falta.
—¿Y mi tío José Luis no participa en la compra? Perdona que me meta, pero el piso es para su hijo.
—Si se lo propusiera yo, se negaría. Es su forma de reprocharme que quisiera divorciarme. Ni siquiera he conseguido que firme la donación a Esther, del piso que mantenemos de propiedad conjunta.
Se quedó pensativo, sin decir nada. Tras la comida, me acercó a casa. En el trayecto de vuelta recuperó su simpatía y entre bromas y risas, hizo que me sintiera mimada. Había sacado lo mejor de su padre y de mi marido. Era trabajador y listo como su padre y simpático y atractivo como mi ex.
—Estamos en contacto. Te pasaré los presupuestos de la reforma. ¡Ah! Me tienes que echar una mano con la decoración ¿ok?
—Trato hecho, me encanta decorar.
A partir de esa comida, nos vimos algunos días, me llamaba desde el trabajo, nos mandábamos mensajes de risas, como si fuera un amigo de salidas, de los que no tenía ninguno. Un día, me acompañó a Ikea donde yo quería ver muebles para el piso y quería que le diera ideas para el suyo. Comimos allí e hicimos risas sobre el hecho de que pocos hombres soportan un recorrido entero de Ikea.
—Vais a tener pisos muy acogedores —le animé.
—Daremos una fiesta de inauguración, en ambos pisos.
—Una para los mayores —añadí yo.
—Para mi madre y tu marido. Tú vendrías a la de los jóvenes.
Sonreí halagada, me sentí muy bien con él. Pasados unos días, me sorprendió una llamada de mi ex.
—¿Como es eso? —pregunté extrañada.
—Quiero comentarte un tema de Pablito.
No quiso adelantarme nada. Nos citamos a las dos, en el club cerca de casa. Tras un saludo formal, fue directo al grano.
—Como siempre has querido que tus hijos tuvieran un piso, me ha llegado una operación inmobiliaria muy interesante para comprar un piso. Podría ser para Pablito.
Le miré sorprendida de ese cambio de actitud que iba en contra de lo que llevábamos hablado hasta entonces.
—Cuéntame la operación y cuál sería mi parte.
Tuve que hacer un esfuerzo para no saltar cuando me describió el mismo piso que tenía reservado y que fui a visitar. Me extrañó porque él no era cliente de mi banco.
—¿Cómo te ha llegado la información de ese piso?
—Me llamó Alvarito y me dijo que había comprado un piso de un banco y que había otro que era una oportunidad.
—¿Alvaro? ...—repetí haciéndome la sorprendida, tratando de atar cabos.
—Coño, Alvarito, tu sobrino. Me convenció de que es una super oferta y me animó para que se lo comprara a Pablito.
No salía de mi asombro. Álvaro había maniobrado de una manera increíble para conseguir que se implicara sin que percibiera su estrategia.
—No sé, tú eres el que entiendes. Y si le puedes echar una mano a Alvarito, mejor, ya sabes lo que me gustaría ayudarle —Necesitaba seguirle la corriente para que lo asumiera como algo suyo—. ¿Qué quieres que haga yo?
—No mucho. El cabrón de tu sobrino ya necesita poca ayuda, es un águila. Me ha mostrado unos beneficios fiscales a los que puedo acceder y he pensado, si te parece bien, que yo asuma la compra del piso frente al banco y tú te haces cargo de los gastos de desocupación, de la reforma y de amueblarlo. Como ves, tu parte es sensiblemente inferior a la mía.
No salía de mi asombro. ¡Era fantástico! Sentí un agradecimiento profundo por mi sobrino.
—Sabes que siempre he confiado en ti en el tema de negocios. Me alegro de que hayas pensado en Pablito —tras halagarlo, aproveché para cerrar la operación de mi hija—. Si te parece bien, cuando vayamos al notario, hacemos la donación a Esther del piso y así dejamos a los dos igualados.
Brindamos y acabamos la comida en un tono que hacía meses que no manteníamos, acabando de sellar la paz entre nosotros.
—¿Por qué no me invitas a casa? Podríamos dormir una siesta para celebrarlo.
¿Me estaba proponiendo que me dejara follar por haber hecho lo que le correspondía por sus hijos? Tenía que reconocer que, aunque era un cabrón, en la cama se portaba bien y yo llevaba meses sin sexo.
—¡Qué voy a tener novia! ¡Ah! Seguro que la cotilla de Elena te ha contado algo. Te aseguro que no hay nada con Amparo.
De todas formas, a mí ya no me importaba mucho. Cedí a sus deseos y lo invité a casa. De esas decisiones que luego te arrepientes. Llegó derecho a la cama como si no hubiera echado un polvo en su vida. Asumía que los años de matrimonio le daban derecho a no perder el tiempo con juegos y si me descuido, me la mete antes de desnudarme.
Yo andaba tan necesitada que me puse en modo muñeca hinchable y traté mentalmente de excitarme para disfrutar del sexo. Sin saber cómo, tan huérfana de amigos que me pudieran excitar, vino a mi cabeza Álvaro, al que ya no veía como a un jovencito, sino como un caballero protector. En mi cabeza monté una fantasía en la que era asaltada y él me protegía. A la vez oía a José Luis gruñir sin correrse, aguantando más de lo que acostumbraba de forma que comencé a disfrutar de su penetración. A la vez pensaba en Alvarito acercándose a mí y peleando con su tío por conseguirme. El grito de José Luis corriéndose me hizo desconectar de mi fantasía y acelerar para correrme, sin conseguirlo.
Parecía que sus muchas aventuras post matrimoniales no le habían servido para mejorar su faceta de amante. Al final me quedé insatisfecha sexualmente y enfadada conmigo misma por haber accedido a que viniera a casa.
—Podemos quedar algún día para cenar —me dijo al marcharse, como si fuera una de sus amigas.
—¿Cenita y polvo? ¡Así, para que quieres pareja!
—No es eso, sabes que aún te quiero. Si quisieras…
—Anda déjalo —le corté antes de volviera a decir que le diera otra oportunidad —. Pide cita en el notario y nos vemos allí.
Cuando se marchó, jodida de haberme quedado a medias, volvió Álvaro a mis pensamientos. ¿Por qué había fantaseado con él? Era mi sobrino… que extraño. No podía obviar que se había portado genial y le estaba muy agradecida, aunque no me gustó que lo organizara todo a mis espaldas. Decidí llamarlo.
—¡Podías habérmelo dicho! —Le solté de entrada.
Escuché su risa a través del teléfono.
—No quería hablarte de algo que no sabía si lo conseguiría.
Más tranquila, le reconocí su habilidad al planteárselo a José Luis.
—Perdona. No sé cómo darte las gracias.
—Yo sí. Me han regalado dos entradas para el musical Mamma Mía.
Tardé unos segundos en reaccionar. Parecía que había leído mi mente y descubierto que lo imaginé junto a mí mientras era asaltada por mi marido. Aún así, me resultaba extraño salir con él.
—Seguro que tienes amigos o amigas mejores que yo para acompañarte.
—No creas, durante el tiempo que salí con Marta me desconecté un poco de amigos. Además, muchos de ellos ya se han ido de vacaciones.
En realidad, no tenía ningún plan alternativo y me sentía en deuda con él. Sin obviar que me encantaba ir al teatro y a musicales.
—¡De acuerdo! Recógeme a las 7.
Llamé a Elena para contarle la gestión de Alvarito con José Luis.
—Ya puedes estarle agradecida, te ha ahorrado un montón de dinero.
—Os estoy agradecida a los dos. Muchas gracias.
—Su padre estaría orgulloso de él —añadió—. Anímate a venir a Denia. Tenemos que conocer a unos tíos buenos.
Cuando colgué, caí en que no le había comentado la invitación al musical. ¿Mi subconsciente lo entendía como una cita? ¿Qué pensaría Elena, en caso de saberlo? ¿Era realmente una cita o simplemente aprovechar dos entradas que tenía? Recordé las salidas que habíamos hecho por motivos del piso, me sentía halagada, mimada, con sus detalles, como me ocurría en la adolescencia donde jugabas a coleccionar admiradores. En cambio, cuando lo hice protagonista de mi fantasía, lo que me inspiró más fue su interés en ayudarme, en protegerme.
Tenía razón mi cuñada, tenía que pasar página del divorcio, no tenía sentido volver a lo que ya conocía. José Luis sería capaz de aguantar una semana, un mes, un año, pero volvería a las andadas y yo no soportaría pasar por eso de nuevo.
Ya era el momento de conocer a algún hombre con el que salir a comer, o a Ikea como había hecho con mi sobrino. Desgraciadamente Álvaro no entraba en la categoría de ese tipo de hombre, no porque no lo fuera y mucho, sino porque nuestra relación familiar lo impedía. ¿Qué pensaría mi hermano si nos viera? Sin olvidar su asquerosa juventud.
Según se acercaba la hora, comencé a sentirme nerviosa, incluso a la hora de elegir mi vestido. Me costó decidirme porque asistir a un teatro en la Gran Vía de Madrid requería un cierto atuendo, y a la vez, no quería parecer que me había esmerado demasiado.
Elegí un mono negro que se ajustaba a mi cuerpo y realzaba las curvas de mis caderas. Dejaba un generoso escote que destacaban mis pechos, generosos, pero no ya tan firmes por lo que, aunque podría no usar sujetador, decidí ponerme uno de copa ajustada que reafirmaba mi pecho bajo la tela ligera del mono. Además, aparecer sin sujetador a una cita con mi sobrino hubiera parecido un poco descarado, una provocación que no quería insinuar.
Me pinté un poco los labios, un rojo más intenso del que solía usar y dibujé una fina línea negra en el contorno de mis ojos. Alisé mi largo cabello. Me miré en el espejo mientras deslizaba las manos por la tela negra del mono, ajustándolo sobre mis caderas. El tejido se ceñía a mi figura como una segunda piel, algo atrevido sin ser descarado.
Me giré lentamente para observarme de perfil. No era la clásica figura de talla 36 que dominaba las redes sociales, pero nunca lo había sido y mucho menos pasados los 50. Aunque no sabía sus preferencias, no se trataba de gustarle a él. Me veía elegantemente atractiva, y eso bastaba.
Él apareció con chaqueta sin corbata, un aire de galán. No era excesivamente corpulento, pero sí era alto y tenía unos ojos muy expresivos, que, al verme, recorrieron mi figura por un instante antes de sonreír.
—Wow tía. Estás sencillamente preciosa —dijo como halago.
Reí, nerviosa pero satisfecha. Por su educación y por lo simpático que suponía salir al teatro con mi sobrino de pareja.
—Bueno, tú también estás muy...guapo —respondí halagada de que hubiera querido invitar a su tía cincuentona a una salida de ocio.
En el trayecto en coche, le pedí que me contara con detalle todo lo que había gestionado con mi ex. Dijo que le resultó fácil. Aduló a José Luis, le expuso, con números, la buena operación que haría, le soltó hilo para que sintiera que era iniciativa suya y finalmente, acabó convencido.
—Pues de esa manera me has ahorrado unos 100,000 euros.
—Es mi trabajo. Quería ayudar a mi primo…y a ti. Imagina que ha sido tu hermano que, desde el cielo, me ha guiado.
—¡Ojalá estuviera aquí! Lo echo mucho de menos, pero seguro que desde arriba se sentirá orgulloso de su hijo.
—¡Y de ti! Ahora si parecerías su hija, ¡estás increíble hoy!
Es cierto que los cambios en la vida a veces no se producen en un instante, sino que se van realizando poco a poco. Debió haberse producido poco a poco mi forma de verlo, pero esa tarde, admirada de la madurez que demostró negociando con mi marido, descubrí que Alvarito había llamado mi atención subconscientemente porque era un hombre atractivo. No lo percibía como un sobrino.
—Entonces seríamos hermanos, no tía y sobrino —dije riéndome, sin saber realmente que podríamos parecer.
Aparcamos en la Plaza de España. La Gran Vía estaba abarrotada de gente y me dio la mano para poder caminar sin perdernos. Me gustó la sensación de ir de su mano, disfrutando de una conversación madura. Hacía mucho que con mi ex no paseaba de esa manera.
El teatro reunía una mezcla de antigüedad y elegancia que hacía retroceder en el tiempo. Cuando las luces se apagaron y los primeros acordes de la obertura llenaron el aire, me sentí feliz. Era una forma de salida de las que me gustaba y, aunque la compañía era un tanto atípica, me sentía protegida.
Durante el musical me vi identificada con Sophie, la novia, la hija de Donna, que quería volar y salir de la isla antes que casarse. Yo me casé demasiado joven y no tuve ocasión de volar. Quizás podría permitirme ahora lo que no me permití entonces. Pero no había nadie en mi vida para llevarme fuera de mi isla sentimental.
En un momento de la obra, me deslicé en el asiento hasta acercarme a Álvaro, vibrando con cada nota. Por un momento, olvidé todo y sin saber porqué, esta vez le cogí la mano yo y me sumergí en las aguas azules de la isla griega. Me sentí viva, disfrutando del espectáculo.
En la salida del teatro, con el eco de la última nota aún vibrando en mis oídos, Álvaro me pregunto.
—Increíble. Había visto la película pero escucharla en directo es una maravilla.
No le dije que parte de mi valoración de la obra era su presencia, sus detalles, el cariño con el que me trataba y la sensación de tener a un hombre pendiente de mí, no como un sobrino ni un hermano, sino como la cálida compañía masculina de un amigo.
A la salida, me propuso tomar algo. Mientras lo decidíamos, observé las miradas de algunos transeúntes que se fijaban en nosotros. Una señora madura bien vestida con un joven a su lado. La típica MILF debían pensar.
Avergonzada de poder dar esa imagen, me excusé y le pedí regresar a casa. Mientras conducía, sus ojos negros no evitaban mirarme de reojo sin dejar de hablar, como si tratara de descubrir algún secreto oculto en mí.
—¿Sabes? —dijo—. Por extraño que te parezca, me gusta salir contigo, siento que puedo ser completamente honesto. Con Marta, mi ex, ambos jugábamos a reservarnos partes de nosotros.
Su comportamiento pausado, detallista, conversador, tan diferente al que estaba acostumbrada, despertaba en mí una sensación de calidez que echaba de menos desde que me quedé sola, desprotegida.
Al llegar a casa, detuvo el coche. Me resultaba una escena ya vivida. Adiviné presuntuosa la típica duda del hombre que no sabe si dar un beso al despedirse, consciente de que nuestra relación familiar impedía cualquier error. Era joven pero todo un caballero.
—Me habría gustado invitarte a tomar algo al salir del teatro —dijo resignado al despedirse.
Entendí que tenía razón. Una salida como esa se prestaba a cenar, o a ir a una terraza. Los dos nos habíamos arreglado especialmente.
—Habría parecido una salida de pareja —me excusé nerviosa.
—¿Y? Me habría encantado seguir conversando. Cuando estoy contigo el tiempo pasa volando.
A mí me ocurría igual. No tenía oportunidades de sentirme tan bien y sería una pena no disfrutar del resto de la noche, en la intimidad de mi hogar a salvo de miradas y cotilleos.
—¿Te apetece subir? Puedo prepararte un sándwich o algo ligero.
Al escucharme a mí misma, mi tono no era el de invitar a un sobrino a pasar a casa, sino el tono que una mujer emplea para decirle al hombre que la noche continúa.
Mientras preparaba una bandeja con un poco de jamón y queso, una ensaladilla que me quedaba de la mañana y una lata de ventresca, le ofrecí una botella de vino para que la abriera.
Seguía sintiéndome extraña, no sabía muy bien cuál era la situación ni lo que pasaría por su cabeza, pero si sabía lo que había pasado por la mía la tarde anterior. Sonreí imaginando a Elena si supiera que había salido vestida como para una boda a un musical con su hijo y después lo había invitado a tomar una copa en casa.
La noche era agradable y salimos a la terraza. Se oían chicharras con canto largo en el jardín de la comunidad. Él cumplía su papel de invitado formal, me preguntó por mis planes para agosto.
—Aún no he decidido nada. Tu madre me ha invitado unos días a Denia.
—Si te decides a venir, te enseñaré calas muy chulas.
—Mi madre estaría encantada, y yo...también.
Seguramente él no era consciente del efecto que sus continuos halagos de bajo nivel, producían en mí. Era como si estuviera preparando el terreno que llevaba tiempo sin ser trabajado, regándolo con un goteo continuo.
Continuamos charlando, tratando de mantener la conversación fluida acerca de otros musicales que habíamos visto. En un momento, regresó al que acabábamos de ver.
—Sophie, la protagonista de Mamma Mía, me ha recordado a mi novia Marta, no quería una relación convencional a su edad, deseaba volar. Lo deseaba tanto que se lió con un piloto —sonrió de su chiste fácil.
Aunque su forma tranquila de hablar, no lo mostraba, imaginé que tenía una espinita clavada.
—No, es una historia pasada. Pero no puedo evitar sentir rabia.
—La rabia tarda en desaparecer. Las ganas de volar no desaparecen nunca, también se pueden tener a los 50.
—¿Tú las tienes? —me preguntó—. ¿O son añoranzas del pasado? —sonrió.
—Quizás haya algo de eso. En mi época nos preparaban para el matrimonio y no nos planteábamos otra cosa.
—Ahora eres libre. No hay marido, los hijos son mayores —insinuó.
—Desgraciadamente no somos los mismos que éramos. Supongo que, en mi caso, la forma de volar sería diferente.
—Podrías hacer escapadas y regresar al nido. No tendrías por qué alejarte de él.
—¿Te refieres a poder tener una aventura y seguir con mi vida tal cual? —quise que me aclarara lo que pensaba, comenzando a alterarme su presencia.
—Atreverte a hacer lo que te apetezca sin organizar una revolución.
¡Atreverse! Qué fácil sonaba eso en la voz de un chico de su edad, sin responsabilidades familiares, ni mochilas a sus espaldas. Pero no tenía escusas, nunca había sido valiente, era más fácil amoldarse a lo que se tiene que romper moldes.
—Supongo que es lo máximo a lo que puedo aspirar.
—Puedes aspirar a lo que quieras tía, pero es mejor no provocar sin necesidad.
—Un poco, sí. Si lo sabes llevar, te apoyará en lo que necesites. Si le provocas, será un enemigo peligroso.
Con el segundo vino ya había superado mi estado de parálisis inicial. Ahora veía frente a mí a todo un hombre, sin ningún vínculo familiar, y del que admiraba su inteligencia.
Me miró directamente, una mirada de hombre, de hombre atractivo, que transmitía lo que deseaba, sin ambigüedad posible. Yo pertenecía a la generación que no llevábamos la iniciativa, pero dábamos los pasos adecuados para que el hombre se atreviera a darlos. Llevaba días ayudándome, lo había imaginado en mi cama previamente y ahora lo tenía enfrente.
En mi estado de cierta desinhibición, me acerqué un poco más a él. Él lo entendió como una forma de decirle, adelante. Me atrajo hacia sí y me besó con suavidad. Noté una dulce sensación de placer al recibirlo y cerré los ojos. Al abrir los ojos, me vino de golpe la imagen del sobrino, el primo de mis hijos, el hijo de mi hermano Antonio y me aparté.
—No hemos debido...—dije con la voz entrecortada y mis pezones erizados de la excitación.
—Creí que..., perdona Pilar. ¿Quieres que me vaya? —exclamó alterado.
—¡No! No te preocupes, es que.... no me lo esperaba —le mentí, porque lo esperaba y lo deseaba.
—Me he sentido confundido. No estoy acostumbrado a salir con una señora, perdona. Con una chica de tu edad.
—Puedes decirlo, soy una señora de edad. Y no ha sido solo culpa tuya, yo he dado pie —le dije mirándolo a los ojos.
Su mirada reclamaba que ampliara mi explicación.
—Durante estos días pasados, me he sentido protegida, mimada, halagada... deseada por ti. Cuando dijiste antes que atreverse a algo sería una forma de volar, pensé como sería si me atreviera contigo. Pero la realidad me ha superado.
—No seas tan dura contigo misma. Has dado un primer paso, eso ya es un signo de valor.
Qué diferente era tener a tu lado a alguien que te apoya hasta cuando fracasas, y no a alguien como mi ex, que criticaba cada decisión que tomaba.
—Pero cuando intentas avanzar sin éxito, sientes el fracaso —declaré bajando la cabeza.
Con suavidad, cogió mi cara con ambas manos y la alzó para que le mirara. Me acarició y muy despacio, se acercó y depositó un beso en mis labios, un suave contacto como el aleteo de una mariposa.
—No te rindas…Inténtalo de nuevo…—sonrió, provocando mi sonrisa.
A pesar de su juventud, tenía tablas. Me gustaba su serenidad y la forma adulta en la que trataba de aconsejarme. Le hice caso. Volví a intentarlo. Acerqué mi boca a la suya y le abrí los labios, atrapó mi lengua, mordió mis labios y volví a sentir ese placer eléctrico que supone besar.
—Me encantas tía...digo Pilar.
No recibí nunca un asedio de caricias como las que Álvaro me dedicó. Su boca no desertó de su labor de conquistarme, sin agobios ni intentos de dominio sexual. Con el rudo comportamiento de José Luis el día anterior, sin ninguna muestra de cariño, disfruté de cada beso como si fuera el primero que daba. Cuando ya me sentía agotada de tanto beso, pensé que por mucho que me gustara besar y ser besada, un chico de su edad esperaba algo más.
—¡Qué calor hace esta noche! —dije desprendiéndome del precioso mono que llevaba.
Dejé a la vista un conjunto de ropa interior blanco bastante sexy. Con la señal evidente de que estaba dispuesta a volverlo a intentar, se acercó acariciándome, preparándome, deslizando el sujetador y liberando mis pechos. Fui cediendo paulatinamente al ritmo en el que sus manos masajeaban mi cuerpo, despertando mi deseo, elevando mi temperatura emocional al punto de ebullición.
—No podía imaginarme en tus brazos. Me siento tan mayor para ti…
—Eres una diosa eterna Pilar, no tienes edad.
Claro que la tenía, había toda una historia secular que me había llevado hasta esa noche, sin atreverme nunca a traspasar la línea. Cuando se desnudó y vi la herramienta que asomaba, pensé que con ella se podría perforar hasta una cámara acorazada.
Lejos ya de considerar mi coño como una cámara acorazada para el género masculino, con elegancia, deslicé mis braguitas a lo largo de mis piernas para despejar el camino de su percutora. Desnuda ante él, le miré con cierta inseguridad y le pedí con mis ojos que me liberara de mis complejos y me echara a volar.
Alvarito era joven pero parecía experto en estas lides. Su padre también había tenido mucho éxito de joven. Antes de poner a trabajar la máquina que portaba entre las piernas, comenzó a bombear caricias, recorriendo mi piel con sus manos, hasta que llegó al final del camino e introdujo dos deditos, con suavidad, sin prisa, relajando mi vagina, repitiendo el movimiento de entrar y sacar sus dedos, hasta que, entre temblores, regué su mano con el líquido liberador.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó cariñoso mostrando que se preocupaba por mí.
—No lo sé, estoy en un estado intermedio entre la consciencia y el sueño.
Bajó sus sensuales labios a mi coño, que afortunadamente tenía recién depilado. Se introdujo con cuidado entre mis muslos, recorrió todo el perímetro con sus dedos mientras su lengua avanzaba y avanzaba, explorando el territorio que encontraba a su paso, maniobrando hacia adelante y hacia atrás, hasta que debió tocar un resorte y mis piernas se abrieron por completo, gimiendo y apretando mis uñas contra su espalda.
Mi coñito estaba húmedo y Álvaro bebió y bebió y… descargué. ¡Uff que orgasmo! Llevaba dos orgasmos y él ni siquiera se había despeinado. Comprendí inmediatamente que precisamente eso, lo que necesitaba. Ser derrotada por caricias y mimos antes de penetrarme.
—¿Te atreves a volar? —susurró con su boca en mi coñito.
Con su polla todavía en alto, desplegué mi vuelo para sobrevolar sobre una noche de locura.
Se montó sobre mí, le ayudé con mis manos a situarla en la boca de mi puerto e inició un lento trote, con su polla deslizándose entre mis muslos como un torpedo listo para ser expulsado. Cuando aceleró sus movimientos, se le salió su polla y reaccioné inmediatamente, metiéndosela de nuevo y abrazando su cintura con mis piernas. Con un movimiento cadencioso, subía su pelvis, metiendo y sacando su polla de mi coño como una bomba de extraer agua.
Le sentía tan excitado como yo, besándome la boca sin dejar de empujar. Conforme avanzaba el ritmo, su polla se iba introduciendo más y más en mi vagina hasta que me la ensartó entera. Cada sacudida me estremecía, no deseaba que parara.
—Sigue, sigue, estoy muy preparada —le pedí disfrutando de ser empotrada, relajando mi control.
Adivinando su final, Alvarito galopó y galopó, hasta que se disparó un resorte y escupió líquido, inundando mi vagina, sin que dejar de besarme con una dulzura que no recordaba de mi ex.
Intuyendo que me había dejado a las puertas de un nuevo orgasmo, con su polla algo flácida siguió empujando y se ayudó de sus dedos hasta que mi respiración le avisó que iba a correrme de nuevo.
—Sí, si…—dije recibiendo una nueva descarga.
Nos quedamos tendidos, recuperándonos, hablando, riéndonos de la situación.
—Desde que te vi en el despacho, fantaseé con esto —confesó—. Era como si nunca hubieras estado en mi vida, me resultaste fascinante.
—Inconscientemente, yo también fantaseé —le dije recordando su aparición en mi mente mientras me dejé follar por mi ex marido.
Después de unos minutos de recuperación, con su polla firme de nuevo, me cogió con sus brazos, me alzó a la altura de su polla y despacio, lamiéndola con cuidado, la fui metiendo en mi boca mientras él seguía jugando con sus dedos, en mi coñito. ¡Me excitaba ese sabor! Cuando sintió mi coño dilatado, sin que me hubiera saciado de chupársela, él decidió pasar a la siguiente fase.
—Mmm... Qué ganas tenía de follarte.
Ya no había necesidad de resistirse. Decidida a recuperar el tiempo perdido, elevé un poco mi pelvis y al contacto de su polla, abrí mis piernas para que metiera hasta dentro el animal que él montaba entre las suyas, deslizándose sin roce de lo húmeda que estaba. Desde esa posición su polla tocaba mi clítoris cada vez que entraba y salía. Me sentía muy excitada. A la vez que me penetraba, sentía la pasión de sus palabras. «Me encantas», «como te deseo», «eres divina».
—No pares por favor —le pedí alentada por sus halagos.
Aceleró sus movimientos, notando que mi coño se abría a su paso. Me retorcía aplastada por su cuerpo en modo misionero, ayudando a la maniobra para que su polla siguiera avanzando hasta ver desaparecer ese pollón en mi vagina, a la vez que le ofrecía mi boca para que no dejara de besarme mientras me follaba. Parecía que me había subido en un tío vivo del placer, con su polla frotando mis labios, entrando y saliendo. Subí hasta el infinito y desde allí caí en caída libre, disfrutando de una corrida increíble.
—Uff, me has subido al cielo —sollocé.
—Yo no he terminado. Acábame por favor —ordenó.
Con suavidad, me situé de rodillas ante él y me ofreció su polla dura y húmeda de mis jugos. Cerré los ojos, la tomé con mis manos y la fui lamiendo despacio primero, con avaricia después, cogiéndola con fuerza. Era mía. Sentía sus gemidos, ahora estaba en mis manos.
—¿Te gusta así? —le pregunté retirando mi boca de su polla.
Antes de responder, volvió a meter su polla en mi boca.
—Síii, sigue —dijo con voz entrecortada.
Aún necesité un buen rato chupando hasta que su maravillosa polla decidió regalarme su rico líquido. Apreté sus huevos para que expulsara todo el semen y se lo relamí, dejándolo satisfecho.
Abrazados, con una ternura que echaba de menos, nos quedamos dormidos hasta que me despertaron sus caricias cuando despuntaban los primeros rayos de sol. Seguía el guión de anoche, recorriendo a besos mi cuerpo desde las piernas, hasta mi boca, con parada en mi entrepierna.
Acaricié su cuerpo aún con los ojos cerrados, sorprendiéndome su ariete preparado para la faena.
—Mmm que rico —– exclamé sin abrir los ojos — ¡Ya está listo!
—Nunca me habían exigido tanto...
No tenía que esforzarse más, me serví directamente.
—No te preocupes guerrero, vamos a compartir esfuerzos —le dije.
Como contorsionistas, nos giramos y le ofrecí mi coñito a la vez que yo desayunaba polla a pelo, sin necesidad de pasarla por la tostadora ni añadirle aceite ni tomate. Su lengua en mi vagina me llevó al cielo, en cero, coma y fui la primera en caer, humedeciendo su boca con mi líquido, sin llegar a recoger el suyo por más que succionaba. Debía tener las reservas en mínimos desde ayer.
—Tienes que alimentarlo primero —me avisó—, pero no me dará tiempo.
Dispuestas a seguir mi papel de anfitriona y con la esperanza de que una vez desayunado, pudiera regalarme otro viaje por el espacio, me dirigí a la cocina. Mientras preparaba el desayuno, le confesé.
—¿Seguro que te tienes que ir? —dije insinuándome, dejando que mis pechos salieran del salto de cama que llevaba— Es viernes...
—Tengo que resolver un par de asuntos —dijo dándome un beso—. Llena el frigorífico, cuando vuelva nos vamos a meter en la cama y no saldremos en todo el fin de semana.
Alvarito, además de dejarme el cuerpo bien arreglado, me dejó algo que había olvidado. Ilusión. Salí a caminar con el recuerdo de todo lo vivido la noche anterior, desde que me recogió para ir al teatro. Era como un paseo por las nubes como el que realizó Aitana Sánchez Gijón con Keanu Reeves en aquella magnífica película, en la que Álvaro era mi Keanu.
De regreso, pasé por el súper para comprar algunas cosas. Me detuve en la farmacia para comprar una crema calmante de la irritación que sufría en mi coñito. También compré un frasco de crema lubricante, para prevenir.
Mientras la farmacéutica sacaba la crema de la rebotica, vi un display en el mostrador anunciando una crema para mejorar la función eréctil sin los efectos adversos de los tratamientos orales. De absorción directa y rápida, sin efectos secundarios al no pasar por el sistema digestivo.
—¿Necesita receta? —le pregunté, conociendo los problemas de José Luis para conseguir la viagra.
—No, no la necesita. Y funciona muy bien para los maridos de nuestra edad —dijo sonriéndome.
Si supiera quién iba a ser el paciente. Aunque había comprobado que Alvarito no la necesitaba, si de verdad cumplía su promesa, debería de ayudarle. ¡Me apetecía el plan de meterme en la cama un día entero y recuperar el año perdido! Aunque su potencia sexual me encantaba, su ternura y detalles me enloquecían.
Con mis cremas en el bolso, fui a casa. Tras una ducha reparadora, me unté un poco la crema calmante para la irritación y me vestí con un sencillo vestidito de verano que usaba para andar por casa.
Decidí preparar algo ligero de comida que sirviera también para la noche o para el día siguiente. A las dos, me preocupó que no me hubiera escrito ni llamado y de repente, comenzó a entrarme la neura de señora mayor y asumí que no volvería, una vez conseguido su capricho de follarse a su tía madurita.
Sumida en un sentimiento de culpa por la connotación familiar y de torpeza por no haberlo previsto, me vi sorprendida cuando me abrazó por la cintura sin haberle oído llegar.
—Hola tía —dijo besándome en el cuello y apretándome como si fuera un marido recién casado y llegara a casa después del trabajo.
—Cogí un juego de llaves para no molestarte —aclaró sin dejar de besarme.
—Que cariñoso vienes... —respondí echando la cabeza hacia atrás, riéndome de mis pensamientos negativos y feliz de sentirme abrazada.
—Tenía tantas ganas de verte… —murmuró mientras yo le dejaba la marca de mis uñas en sus manos.
Para confirmar cuantas ganas tenia, me giró hacia él, me levantó del suelo con sus manos abrazadas a mis muslos. En el aire, su boca devoró la mía, robándome el aliento y encendiendo en unos segundos la chispa del deseo en mi interior. No era una demostración de su deseo de verme, era un vendaval.
Cuando me sentó sobre la mesa de la cocina, el sencillo vestido de verano que llevaba se subió, dejando al descubierto las finas braguitas que apenas ocultaban mi coñito y mis nalgas.
De un tirón, arrastró mi vestidito hacia arriba y lo arrojó a un lado, sin titubeos, liberando mis pechos, dejando a la vista mis pezones erizados que rápidamente engulló en el calor abrasador de su boca, con una desesperación animal. Su boca se cerró alrededor de uno de mis pezones, succionándolo con brutalidad.
Tras quedar un pezón devastado, se dirigió al otro, atrapándolo con la misma avidez sin dejar de magrear mi trasero. Se había olvidado de la dulzura, parecía como si fuera un premio que le había tocado en una lotería, o que, tras una mañana sin verme, se le había abierto el apetito, aunque eso no era hambre, era devorarme sin pedir permiso ni ofrecer tregua.
Toda mi vida había necesitado juegos previos para desear el sexo, pero Alvarito consiguió acelerarme sin calentamiento. Le ayudé a bajarse los pantalones, le cogí sin reparo su enorme polla y comencé a pajearlo para ponerla a tono. Crecía por segundos y deseaba que me la metiera allí mismo. Qué verdad era ese dicho de que con buena polla bien se jode. Ya no era el momento de estrategias ni de fariseísmo. ¡Como lamentaba no haberme atrevido antes!
Cuando metió la mano en mi coñito, se le humedeció inmediatamente.
—Mmm. Estás calentita… —murmuró.
Yo no sentí necesidad de excusarme.
—¿Y qué esperabas? —respondí desafiándolo—. Te fuiste dejando el horno encendido.
Sonrió orgulloso de su reconocimiento como buen panadero.
—¡Tú no te has ido de mi mente en toda la mañana!
Con un solo movimiento, tiró de la tela de las bragas, desgarrándola con facilidad y fragmentando la realidad en mil pedazos.
—Álvaro… —mi voz se quebró cuando frotó mi clítoris, sin rodeos.
Sin atender mi súplica, sus dedos entraron por mi vagina como si recorrieran un territorio conquistado con la seguridad de quien no necesita tantear el terreno. Su otra mano se cerró sobre mi mandíbula, obligándome a mirarlo a los ojos mientras su dedo deslizaba círculos lentos pero implacables sobre mi punto más sensible.
El tono de su voz me desarmó. No era un ruego, era una declaración de guerra. Intenté desafiarlo, pero la presión de su mano y la embestida de sus dedos abriéndose paso en mi interior me hicieron rendirme sin plantear batalla.
En brazos y sin dejar de besarme, desplazó el campo de batalla y me llevó al dormitorio que ya había sido testigo de nuestro primer encuentro. Mientras se quitó la camisa como un malabarista, me tumbó sobre el colchón, se situó entre mis piernas y comenzó a devorarme el coñito. Su lengua y las caricias de sus dedos, tardaron poco tiempo en recibir el regalo de mi líquido saludándolo, en señal de agradecimiento.
Sin permitirme recuperar el aliento, deslizó tres dedos dentro de mí, hundiéndolos hasta el fondo para que no bajara de mi excitación.
—¿Me has echado de menos? —gruñó rozándome con sus labios, sin llegar a besarme.
Comprobado que mi coñito seguía en un punto de humedad y dilatación óptimo, sacó sus deditos de mi templo, me abrazó con fuerza por las caderas, sujetándome como si no pesara nada, mientras me alzó como quién levanta sacos en el campo y me subió sobre él, con las piernas abiertas y sus manos enganchadas a mi cintura.
—¿Qué…haces? —jadeé, sintiendo cómo mi equilibrio se desvanecía.
Con un solo movimiento, me alzó un poco, abrió sus rodillas y me sostuvo contra sus muslos, como si fuera una prolongación de su propio cuerpo. Su fuerza era brutal y ejercía un dominio inquietante.
—Ahora vas a bailar sobre mí —murmuró, sosteniéndome en el aire sin esfuerzo, sus músculos marcándose.
Imaginé el desgarro que me venía encima. Le pedí un minuto. Tomé mi crema lubricante para evitar quedarme fuera de juego al inicio del fin de semana.
Su mirada ante la crema era de ignorancia. Seguramente las veinteañeras que se hubiera follado no lo necesitaban.
—Es lo que tiene follarte a una madurita, necesito lubricarme un poco.
Ayudó a darme la crema, metiendo sus dedos en mi coñito, entre temblores de mi cuerpo tan poco acostumbrado a una ayuda de este tipo. Estiró la boca hasta mi cuello, con su lengua recorriendo mi piel, saboreando el temblor que se apoderaba de mi cuerpo.
No era capaz de procesar su forma de dominarme, solo podía sentir sus manos en mis caderas, la manera en que me sostenía como si mi cuerpo no fuera más que un juguete para él.
Descendí para que me entrara su polla. Cuando sentí la punta rozando la entrada a mi vagina, se me escapó un gemido.
—Vamos, ahora quiero que me folles tú —gruñó tirando de mí para que su polla entrara más.
La fuerza de la penetración me desagarró. Mi amor propio se tambaleaba con la crudeza de sus palabras a las que no estaba acostumbrada, pero aliviada con mi crema, no estaba dispuesta a ser vencida en el combate.
Dejé caer mi cuerpo sobre él cuando la sentí dentro por completo, como si se hubiera abierto un agujero negro, nunca mejor dicho, por donde un meteorito sexual me arrastró por el universo.
No me soltó, asegurándose de que no pudiera moverme y de que cada centímetro de su pene se hundiera hasta lo más profundo de mi vagina. Sin darme tiempo a que me amoldara, me inclinó un poco hacia adelante, ajustando su agarre y comenzó a moverme, subiéndome y bajándome con un ritmo implacable.
La vista de su joven polla follándome, me hizo entrar en un schock sexual y entonces, subida sobre él, con su polla bien incrustada, exigí a mi montura al límite y lo cabalgué como si me persiguieran los rangers de Texas. La tenía dura como una piedra y mi coñito hacía años que no sentía nada igual, ni con el José Luis más joven.
Cada vez que me levantaba y me dejaba caer sobre su erección, una corriente recorría todo mi cuerpo, haciendo que me arqueara y temblara entre sus brazos. Era una sensación indescriptible, mis pechos rebotaban con cada embestida, como si él tuviera el control absoluto de todo lo que podía sentir, devorándome sin piedad.
—Te gusta que te folle... —jadeó él, su mirada puesta en mi, con la misma fascinación con la que un depredador contempla su presa atrapada.
—¡Aggg! —Grité violentamente cuando empujó de nuevo su erección contra mí —. Sabes que sí…
Me sujetó con más fuerza. Sus manos me movieron con un ritmo feroz, cada embestida marcando territorio, enterrándome en lo más profundo de su polla. Atrapada entre sus brazos, con la piel húmeda y mi cuerpo temblando, no había reglas, no había límites. Solo conquista.
—Me ha costado seducirte, pero al final eres mía… —su voz era un susurro envenenado, pura lujuria concentrada en su autoridad.
—Lo has hecho con maestría —le reconocí.
Todo mi cuerpo ardía, cada músculo tensándose anticipadamente, cada golpe llevándome más y más alto, hasta el borde del abismo. Era imposible llegar más alto, no era normal disfrutar así. El placer se acumulaba en mi vientre con cada golpe preciso. Estaba exhausta, sintiendo el contacto de su miembro entrando y saliendo de mi coñito, a punto de ser arrastrada por un nuevo orgasmo y quise arrastrarlo conmigo. Apreté todos los músculos de mi pelvis, como había aprendido a hacer desde que di a luz a Esther, contrayéndolos alrededor de su miembro y uní mis manos para que apretaran su polla a la vez, estrujándola, mientras lo vi sufrir espasmos incontrolables. Su cuerpo se sacudió violentamente sobre mí, gritando, y con un último golpe, se dejó ir, llenándome por completo y provocando también que acabara corriéndome.
Cayó a un lado, con un suspiro satisfecho, deslizando una mano por la piel ardiente de mis muslos. Yo le sonreí con mi cabeza reposando en la almohada, aún con el pulso desbocado. En la habitación, el silencio solo era roto por nuestras respiraciones entrecortadas.
—Qué buena eres follando tía....
No tenía idea de si era buena o no, porque solo había follado con mi José Luis. En ese estado de placer postclimax, inevitablemente los comparé. Mientras estuvimos casados, siempre me había sentido amada cuando tenía sexo con mi ex, bien con gestos, bien con palabras, pero haciendo del post coito un momento de relax. Solo después de casados, sentí su frialdad tras follar.
No quise que eso sucediera con mi sobrino e intenté mantener una conversación relajada sobre nosotros, para no sentirme una mujer objeto. Le pedí que, si continuábamos viéndonos, mantuviera nuestra relación en secreto, sobre todo ante su madre. Sin responder, sonreía como si disfrutara de la situación de inseguridad que me generaba el hecho de ser la amante de mi sobrino.
—Tú ríete, pero tu madre no me hablaría más. Y si se entera tu tío José Luis, te mataría, literalmente —avisé.
—¿Antes o después de matarte a ti? —se río, conociéndolo.
No había pasado mucho tiempo, yo aún seguía desnuda, con mi piel húmeda y recuperándome del polvo reciente, cuando mi mano, acariciando su cuerpo, encontró su erección.
—¿Otra vez preparado? —exclamé sorprendida, deslizando mis dedos a lo largo de su pene—. Parece que iba en serio lo de estar 24 horas en cama.
Me desafió con la mirada. La sonrisa que me dedicó fue una delicia.
—¿Por qué solo 24 horas? Es viernes. Tenemos un fin de semana por delante.
Tuve que recurrir a otra dosis de lubricante esperando que no se gastara antes de la noche. ¡Dios mío, nos habíamos saltado la comida y solo eran las 4 de la tarde! Acostumbrada al sexo matrimonial, de un solo polvo y eso cuando me lo echaban, pensé que ese fin de semana batiría mi récord de polvos y orgasmos.
Como si estuviera en una olimpíada, ese potro salvaje dio por terminada la conversación y volvió a subirse sobre mí. Su boca invadió la mía, atrapando mi lengua en un beso de hambre pura, como si aún no tuviera suficiente.
Sus manos bajaron hasta mis pechos, amasándolos como un panadero amasa la harina, pellizcando los pezones con la impaciencia de quien los había probado y aún quería más. Se me escapó un gemido cuando él bajó la boca y atrapó un pezón con su lengua.
—Dios… —jadeé, aferrándome a su nuca, hundiendo los dedos en su cabello mientras él succionaba con avidez, marcando mis pechos con cada roce de sus dientes, mordisqueando con una intensidad que pensé que tendría que echarme crema también en los pezones porque nunca me los habían comido así.
Deseaba que me follara de nuevo pero su polla no terminaba de alcanzar la firmeza. Y es que incluso para un jovencito hay límites. Acaricié su polla, la masajeé con cariño, sin prisa hasta que la vi endurecerse y entonces la metí en mi coñito y acariciándole sus huevos, la ayudé a entrar y salir.
Ya bien instalada su polla dentro de mí, volvía a deslizarse por el tobogán de mi vagina, a la vez que yo sentía como mi coño abierto de par en par, se abría a su paso, como la proa de un barco rompe hielos, viendo desaparecer y reaparecer quince centímetros de polla.
Se entregó a mi poder y le zarandeé arriba y abajo, sin necesidad de su colaboración, estaba desatada y no paré hasta que comencé a oír sus gemidos y a continuación, su líquido inundándome, provocándome un nuevo orgasmo.
Me alegré de haber sido previsora porque intuí que la crema que compré en la farmacia para él le iba a hacer falta. Por mi parte no estaba dispuesta a renunciar a ningún disparo de los que su arma pudiera realizar de manera natural o ayudada artificialmente. Y el fin de semana acababa de comenzar.
Como pude me levanté y fui a lavarme. Me duché durante un largo rato. Me di más crema hidratante, sentía un leve roce de su polla. Sudorosa y rendida, le propuse levantarnos para comer algo.
Medio desnudos, con una camiseta ancha yo, y él con su camisa abierta, sin braguitas ni bóxer, salimos a la cocina.
El sexo abre el apetito y más si quieres volver a tenerlo. Álvaro vendió sus ganas de seguir follándome por un plato de lentejas, en este caso una riquísima ensalada César y unos huevos rellenos, igual que Esaú vendió su primogenitura a Jacob.
Cuando vio sobre la mesa mi crema lubricante, sonrió.
—¿Qué pasa? Mi coñito estaba aparcado y envejecido para ser traspasado por una polla tan joven.
Tomó la crema, leyó las indicaciones y sin cambiar el tono de voz, lo lanzó.
—Podemos darle descanso. La cremita también sirve para facilitar la penetración anal.
Sonreí, comprobando que era cierto que el sexo anal era la fantasía de todos los hombres. Tardé años en permitirle a José Luis estrenarlo, pero no llegué a disfrutarlo y solo lo hicimos un par de veces más. Quizás la firmeza de una polla joven aportara algo nuevo.
—El fin de semana puede dar para mucho —confirmé aceptando el reto.
Tras la comida-cena volvimos a la cama. Conecté la Tv por inercia.
—¿Te apetece ver una película?
—Me apetece empezar a verla y no terminarla…. —respondió.
—Pondremos una de Netflix para poder retomarla donde la dejemos.
Trastee el mando, mientras él me trasteaba a mí. Seleccioné una película francesa, a las que me había aficionado, pero no me fue fácil con un dedito merodeando por mi entre pierna como el tiburón de Spielberg merodeando por la playa.
Me acurruqué a su lado, acercándole mi coñito e invitándole a que me masturbara con la habilidad que había demostrado. Acababan de terminar de pasar los créditos de actores y director de la película cuando intuí que llegaba una nueva corrida.
—Uff, a este ritmo, me correré cinco veces antes de que termine la peli.
—No hay límite. Este fin de semana vamos a participar en un maratón de sexo.
¡Un maratón! Traducido a un orgasmo por km, serían 42 orgasmos. Con los que llevaba ya, y solo eran las 8 de la noche del viernes, quizás podría completar el maratón.
La sensación de ver la película con mi excitación arriba y sus manitos incansables acariciándome de nuevo, me llevó a decidirme. ¿Quería maratón? Pues habrá maratón. Me levanté a por su crema.
—¿Qué es? —preguntó extrañado.
—No preguntes, la necesitarás si quieres apostar fuerte.
Apagué la Tv y me di la vuelta ofreciéndole mi culo en una postura inconfundible.
—¿En serio? —exclamó entusiasmado.
Se lo confirmé con una sonrisa.
—Es mi primera vez —confesó sincero.
—Tranquilo, tienes suerte de que para mí no lo es.
Nervioso ante su gran ocasión, rodeó con sus dedos tímidamente mi agujerito trasero antes de embadurnárselos de la crema lubricante que le ofrecí y con sumo cuidado introducir, primero un dedo y al ver que entraba tan fácilmente, unió otro dedo.
Comenzó a hacer pequeños círculos sincronizados sin apenas presión, solo rozando mi ano hasta que noté que se abría un poquito.
—Usa la otra mano también —le pedí deseando acelerar.
Se abrazó completamente a mí, adelantando la otra mano a mi clítoris provocándome nuevos gemidos.
—Quiero hacer todo lo que te guste —añadió.
—Me gusta todo lo que me provocas. Ahora, unta tu polla de crema.
Cogió la crema, se embadurnó el pene y arrimó la punta del glande a la entrada anal, maniobra que facilité elevando aún más el culo.
—Ve despacio… hay que dejar que dilate…—le dije como si fuera una experta a la que hubieran dado por culo decenas de veces.
Cuando sentí entrar su cabeza, succioné mi esfínter y comencé a agitar mi culo a derecha e izquierda, apretando fuerte mis nalgas, en un movimiento circular que le provocó un gemido de placer.
Emocionado de ver cerca su sueño, con su polla bien firme, quiso meterla de golpe, como si estuviera follándome por delante. Sentí un tirón interno y abrí mi culo, provocando un efecto succión que facilitó que metiera la mitad de su polla.
Su grado de excitación lo tenía fuera de sí. Yo unía al placer que sentía, la sensación de poder al ver a mi sobrino entregado a mí.
Se había atrancado en la mitad de su polla y yo estaba preparada para recibir el resto.
—Vamos, rómpeme cabrón —le provoqué.
Estaba muy excitado, respiraba más y más fuerte cada vez. Me cogió por la cintura con una mano y comenzó una cabalgada de yegua como si estuviera en un rodeo asido con una mano a las riendas y aunque no fue capaz de meterla entera, le quedó muy poco. La excitación de estar enculando a su tía, le llevó a correrse. Sentí el calor de su lechecita en mi culo.
—¿Te has corrido? —le pregunté, sin escuchar respuesta.
Él no podía ni hablar, solo jadeaba como un animal, hasta que, con el último espasmo, cayó rendido y comenzó a sacar el pene del culo. No dijimos nada en un par de minutos hasta que con la voz entrecortada se confesó.
—Es mi primera vez por detrás y me he sentido un novato. Sé que lo has hecho por mí.
Me alegraba haberle podido regalar esa ilusión. Me levanté para lavarme. Con el culo abierto y lleno de semen, cogí toallitas de baño y me limpié bien. Al regresar le hablé y no hubo contestación... ¡se había quedado dormido!
Me sentía cansada pero orgullosa de haberme atrevido a volar. Había llegado a un punto de libertad sexual que jamás habría imaginado. Y como toda libertad, no vi límites en ella. Me sentía preparada para todo. Aún quedaba todo el fin de semana por delante.