June 12

Paredes de Papel 46


— ¿”Empresas cárnicas”? —preguntó Agustín. — Sí, así es como se las conoce en nuestro mundillo… —aclaró Fer, incidiendo nuevamente con su rodilla en mi muslo para comenzar a frotarlo lentamente. No pude atender a la explicación, pues el cosquilleo recorrió mi cuerpo incitando a mis globos oculares a dirigirse, una y otra vez, al atractivo abultamiento que parecía acrecentarse con ese clandestino roce, al tiempo que mis pezones también se endurecían. Afortunadamente, mis continuas miradas pasaban desapercibidas para el resto de comensales, pues todos estaban atentos a la exposición del informático. Y él se estaba recreando en ser el centro de atención, explayándose sobre su futuro laboral y las oportunidades que esperaba aprovechar, seguro de lo que estaba provocando en mí, ya que era la única persona consciente de cómo mis verdes ojos se dirigían bastante más abajo que los del resto de oyentes. Yo ya tenía los pezones como para rayar cristal, hecho que, con un vistazo indiscreto, se podría comprobar evidenciándose a través del ligero sujetador y la fina tela ajustada del vestido. Por suerte, la única mirada que percibí, de soslayo, fue precisamente la de aquel que estaba produciendo esa reacción, sonriendo mientras hablaba. — De todos modos —intervino de pronto Pilar—, también estamos pendientes de lo de mi empresa, del posible puesto libre en Zaragoza… — Sí, mamá —le atajó condescendientemente su hijo—. Pero esa es una posibilidad remota, y preferiría encontrar algo por mí mismo. Ya estoy más que crecidito… Con esa última afirmación, clavó su rodilla en mi muslo, obligándome a echar un último vistazo allá abajo. Sentí que me humedecía al comprobar el intencionado doble sentido con que se había expresado para que yo lo captase. En el pantalón corto se podía apreciar una tremenda hinchazón de fálica forma que se prolongaba desde la entrepierna hacia el mulso derecho del chico, como si bajo su ropa escondiese una boa constrictor que estuviera buscando la luz en la pernera de la prenda. «¡Dios mío, y tan crecidito que está!», me dije, mordiéndome el labio. Frotando mis muslos uno contra otro de forma nerviosa, traté de contener la natural lubricación de mi coñito desnudo, siendo en vano, por lo que, al igual que me había ocurrido estando arrodillada ante mi hombre, comencé a temer por la posibilidad de mojarme el vestido. — ¡Di que sí, chaval! —aprobó mi marido sobresaltándome—. Confiar en uno mismo y conseguir las cosas por tu propia mano es lo que más satisfacciones da, ¿verdad, cariño? —preguntó en última instancia, dándome un leve codazo. Ese gesto logró sacarme del trance en el que estaba sumergiéndome, e incluso, consiguió que Fernando apartase su rodilla de mí al convertirme, en ese momento, en el centro de atención. — Sí, claro —dije yo, serenándome y tratando de disimular mis erectos chupetes para dirigirme al chico—. Seguro que si confías en tus aptitudes, podrás conseguir cosas que antes parecían impensables, pura fantasía… Nuestras miradas se encontraron con un choque de fuego entre ambas, siendo imposible la interpretación de su correcto significado para el resto de tertulianos. Solo nosotros dos teníamos la clave para desencriptar el mensaje, ¡y cómo nos gustaba jugar a ello! El joven esbozó una sonrisa de medio lado. — Y la fantasía se puede cumplir —continué, animada por la ligera embriaguez y el morbo de que solo uno de los presentes entendiera a qué me estaba refiriendo en realidad—. Seguro que puedes abrir puertas que nadie más había abierto, y deslumbrar con tu talento y dura perseverancia… Así que tendrás que aprovechar la más mínima oportunidad para meter la cabeza… — Gracias, María del Carmen —contestó, manteniendo mi mirada—. La cosa se está alargando, y es duro… Pero tengo bien claro mi objetivo, así que en cuanto vea esa oportunidad, me aplicaré para entrar hasta el fondo… «¡Uf!, y tan a fondo que sabes entrar, cabronazo…», contesté mentalmente. — ¡Bien dicho, hijo! —cortó José Antonio la velada declaración de intenciones entre su vástago y yo—. Y eso también te valdrá si entras en la empresa de tu madre. ¿Quién sabe?, a lo mejor te sirve de trampolín para algo aún mejor, o hasta puede que te guste y vayas ascendiendo… Lo importante es lo que te ha dicho Mayca: confiar en uno mismo, aprovechar las oportunidades y dar lo mejor de ti. — Sin duda que eso haré —convino el veinteañero—. Agradezco tu consejo, María del Carmen —volvió a dirigirse a mí—, lo seguiré al pie de la letra. Entrar por la puerta de atrás, si la preparación es buena, puede conseguir éxitos inimaginables, ¿no? Por un instante, me quedé sin aliento, sintiendo un desasosegante vacío en mis entrañas. «Bien que lo sabes, experto empalador…». — Claro que sí —contesté, manteniendo la compostura—. Si sabes manejar tus armas, entrar por la puerta de atrás puede conseguir que se encadene un éxito tras otro… Sin olvidar que la precipitación no es buena compañera. Ya sabes que, sobre todo en los inicios, y para que las cosas no se disparen antes de tiempo, hay mucho que tragar… Los avellanados ojos de Fer refulgieron, mientras los otros tres seguían la conversación como espectadores de un partido amistoso de tenis, sin percibir que bajo la liza deportiva subyacía una exposición de encarnizadas batallas libradas por contrincantes que ansiaban enzarzarse en un nuevo cuerpo a cuerpo. — Por supuesto —asintió él—. Aunque no todos los tragos son amargos, ¿verdad? Y pueden dar buena medida de las profundas aspiraciones que se pueden alcanzar… «¡Joder!», grité por dentro, hambrienta a pesar del banquete que nos acabábamos de dar. «Te arrancaba la ropa ahora mismo y te devoraba, demostrándote lo profundo que puedo aspirar hasta conseguir ese trago dulce…» — Al menos eso es lo que dice mi experiencia —afirmé. — Y creo que la de todos —intervino Pilar— ¿Ves, Fernando, cómo hasta Mayca te dice lo mismo que yo llevo semanas diciéndote? «Sí, seguro que las mismas palabras y significado», no pude evitar reír internamente por el inocente desconocimiento de mi amiga. — Sí, mamá —volvió el informático a usar el tono condescendiente—, tenéis razón. Lo he entendido todo perfectamente, y actuaré en consecuencia. «Ummm… Lo que me espera en cuanto Agustín vuelva a marcharse el lunes…» Con un asentimiento y una petición de mi amiga para que su adorado niño le ayudase a traer el postre, la conversación se dio por zanjada. Fer acompañó a su madre a la cocina, no sin antes estirarse bajo la mesa los faldones de la celeste camisa para ocultar la erección que portaba, y volvió a mi lado cargando con una fuente rebosante de un espectacular flan casero. Al sentarse y recogérsele la prenda superior, con un discreto y rápido repaso, pude comprobar que, a pesar de haberse relajado el músculo cubierto por el inmaculado pantalón, el tremendo paquete seguía produciéndome unos calores que ya no había forma de disipar. Continuará…