Paredes de Papel 49
Capítulo (49)
El macho bufaba, clavando sus dedos en mis prietas carnes y
acelerando el compás de sus embestidas como claro indicativo de que
él tampoco tardaría en llegar al clímax. Pero yo fui más rápida que él.
Todo el día arrastrando una calentura con momentos álgidos entre los
que sobresalía ese joven semental follándome a cuatro patas, sin
siquiera desnudarme, en un “aquí te pillo y aquí te mato”, fue
demasiado para mí.
— Ummm… —gemí desesperadamente, cerrando los ojos y la boca
mientras un seísmo sacudía toda mi anatomía.
— ¡Joder, cómo tiras, pedazo de jaca! —escuché a mis espaldas.
Vibré con un profundo orgasmo en el que todos mis músculos se
tensaron exprimiendo la vara inserta en mí, ansiando recibir su fogosa
descarga en mis adentros. Y hasta me pareció escuchar música en mi
delirante apogeo.
— ¡Qué oportuno el puñetero móvil! —escuché al chico,
esclareciéndome el motivo por el cual, a pesar de estar al borde del
colapso, no se había derramado en mi interior con mi furia orgásmica.
Como si estuviéramos enlazados por bluetooth, el final de mis fuegos
artificiales coincidió con el de la música del dispositivo, cortándose la
llamada y la posible liberación del informático.
«Si ha estado a punto de correrse tan pronto conmigo», vino a mis
pensamientos, «es porque le pongo muy burro, y a lo mejor no ha
estado con ninguna otra en toda la semana…»
— ¡Quiero tu leche ya! —me sorprendí a mí misma diciendo, a la vez
que gateaba sobre la cama para desenvainar la espada de mi cuerpo.
Ante un sorprendido Fernando, me di la vuelta y avancé a cuatro patas
hasta que me introduje la gruesa lanza en la boca, engulléndola hasta
que su punta atravesó mi garganta y me provocó una arcada que me
obligó a retroceder un poco para no ahogarme con mi propia gula y
lujuria.
— ¡Joder, y así la vas a tener ya!
Sus manos me agarraron de los negros cabellos y, lanzando el
avellanado fuego de su mirada a las verdes lagunas de la mía, me folló
la boca sin contemplaciones.
Su dura carne sabía a coño, a mi licuado coño, que seguía
contrayéndose con esa excitante y exigente profanación oral, y era
deliciosa.
En menos de un minuto, mi amante demostró cuán inminente había
sido su orgasmo cuando el teléfono se lo había arrebatado, tirándome
de la melena para colocarme la cabezota de su polla entre la lengua y
el paladar, y gruñir con su impetuosa polución llenándome la boca de
cálido y denso elixir seminal, que saboreé y tragué mientras los
espasmos se sucedían en mi cavidad, colmándomela nuevamente para
que rebosara entre mis labios y su estaca.
Con una última succión, y Fer relajando el tirón de mis cabellos, me
saqué la v3rga de la boca, paladeando el exquisito sabor de la generosa
y juvenil leche candente que sus testículos habían fabricado para mí.
— Qué maravilla de perrita complaciente y golosa eres —me dijo,
meneando su falo ante mi rostro y observando cómo me relamía los
labios con dos regueros que partían de mis comisuras adornando mi
barbilla.
— Tú me has hecho así —le acusé sonriente, llevándome un dedo a la
barbilla para recoger y degustar el néctar que había escapado a mi
glotonería.
— ¡No! —me detuvo sujetándome la muñeca—. Estás preciosa así, es
una muestra de lo cachonda que eres…
— Pero ya hemos terminado, ¿no? —objeté—. Uno rapidito para
calmar el calentón y ya está. No deberíamos seguir tentando a la
suerte…
— Esto solo ha sido el aperitivo, demasiado rápido. Será porque llevo
toda la semana reservándome para ti…
— ¿Ah, sí? —pregunté melosamente, sentándome sobre los talones y
sintiendo el peculiar tacto de los estilizados tacones sobre mi culito
desnudo; olvidando por completo la remota posibilidad de que
apareciera Agustín en cualquier momento—. ¿No le has dado duro a
ninguna de tus amiguitas o a la asistenta?
— Qué mala eres… Cuando se ha probado el caviar, uno ya no se
conforma con sucedáneos.
— Uf, me halagas mucho —confesé, sintiendo cómo enrojecían mis
mejillas.
— No es halago, sino un hecho. Eres mucho más interesante que
cualquiera de ellas, con ese erotismo de mujer madura que te convierte
en diosa… ¡Me das muchísimo morbo! Y estás buenísima, follas como
la reina de las putas, eres complaciente, y encima puedo montarte a
pelo… ¡uf!
Con sus palabras y cimbreante v3rga ente mi rostro, habiendo perdido
apenas consistencia tras la eyaculación, mantuvo mi libido en niveles
que me emborracharon más que todo el vino que había tomado.
— ¿Entonces, me lo vas a dar todo a mí? —pregunté, sacándome por
la cabeza el ajustado vestido que ya me incomodaba por estar recogido
en mi cintura.
El veinteañero resopló contemplándome, y hasta me pareció percibir
un espasmo de su miembro a media asta cuando me quité el sujetador.
Mis pechos se liberaron con un bamboleo, mostrando sus rosados
pezones erectos como pitones, y el chico no pudo evitar alargar la
mano para acariciarlos suavemente.
— Aún me pesan los huevos —contestó—, no estoy acostumbrado a la
abstinencia. Y, como puedes ver, no voy a tardar en volver a estar a
tope para darte lo tuyo…
— Mmm… a ver cómo los tienes…
Con mi mano tomé sus testículos, sopesándolos con delicadeza a la
vez que acariciaba todo el escroto.
— Sí parecen cargados, sí —comenté.
Las yemas de mis dedos alcanzaron el perineo, delineándolo
suavemente mientras la palma de mi mano abarcaba las tremendas
pelotas, sujetándolas.
Un leve jadeo masculino y espasmo de la vara semirrígida, me
confirmaron que el semental no exageraba. Con poco que le hiciera, ya
tendría esa maravillosa polla como un barrote para reventarme el
coñito.
Masajeando con delicadeza la región testicular, mi otra mano tiró de la
piel de la gruesa pieza de embutido para descapuchar completamente
la redondeada cabeza, que parcialmente había quedado resguardada en
ese estado de erección a medias.
Ignorando los restos de semen que habían fluido de mis comisuras
para no limpiármelos y lamerlos como pedían mi instinto y gula, mi
lengua se alargó a través de los labios para alcanzar el rosado glande y
lamerlo de abajo a arriba, punteando jugosamente en el frenillo.
Otro jadeo y un aumento de calibre corroboraron que estaba en el buen
camino.
Mi húmedo músculo recorrió la viril herramienta, desde la punta hasta
la base, donde mi mano apretaba cariñosamente sus colgantes
gemelos, y constaté que ya no necesitaba sujetar la vara con la otra
mano para mantenerla erguida. Besé sonoramente el tronco en su
nacimiento con mis esponjosos labios, y fui recorriendo toda su
extensión, ascendiendo poco a poco por su longitud para que mis
pétalos, finalmente, dedicaran sus golosas atenciones al balano, que ya
permanecía completamente descubierto por sí solo.
— Ufff, Mayca, qué boquita tienes….
Continuará