Paredes de Papel 50
Capítulo (50)
Ya volvía a tenerle en pie de guerra, casi totalmente rearmado para
atacarme con mayor contundencia que mi marido en su época de
gloria, pero me gustaba tanto su polla, que no pude resistirme a
metérmela en la boca para chuparla tranquilamente, agasajándola con
todo el calor, suavidad y jugosidad de mis carrillos, lengua, paladar y
labios.
La humedad de mi entrepierna se hizo más patente cuando sentí cómo
ese manjar terminaba de engrosarse dentro de mi cavidad oral,
poniéndose duro como la porra de un policía antidisturbios,
excitándome tanto, que comencé a succionar con más fuerza.
— Para, golosa, que te vicias —dijo Fer, sujetándome la mandíbula y
sacándome el trabuco—. Si sigues comiéndomela así, no voy a querer
que pares, y tenemos pendiente acabar lo de antes… Venga, date la
vuelta y ponte como la perrita que eres.
— No soy una perrita —le solté con orgullo.
— No, claro que no… Eres una leona, y como tal te pienso follar…
«¡Dios, cómo sabe accionar siempre la tecla correcta! Que haga
conmigo lo que quiera…»
Fui a quitarme los tacones, pero él me detuvo.
— Estás muy sexy con ellos. En mi opinión, te dan aún más clase —
añadió.
Ese comentario y el fuego de su mirada me hicieron sonreír, por lo que
obedecí sin dudar, volviendo a ponerme a cuatro patas sobre la cama,
ofreciéndole mi retaguardia.
Inmediatamente, me sujetó por las caderas, y con una potencia que
casi me hace dar con mi cara sobre el lecho, me arremetió brutalmente,
ensartándome hasta que nuestros cuerpos restallaron con una
profundísima penetración que hizo las delicias de mi encharcada
vagina.
— ¡Mmmm! —gemí mordiéndome el labio.
Con mayor bravura que antes de mi orgasmo, Fernando comenzó a
darme poderosas embestidas, con las que su ariete parecía querer
reventarme por dentro, a la vez que sus pelotas golpeaban mi vulva
como si pudieran atravesar sus inflamados labios para introducirse,
también, en mi gruta de lujuria.
El placer de tan salvaje arrebato era incontenible. Sentía que me
acuchillaba con su afilada bayoneta como si quisiera matarme de
gusto, y apenas conseguía ahogar los gritos que nacían en mi garganta
para amortiguarlos con mi boca cerrada.
El mástil se deslizaba por mi interior con la lúbrica facilidad de mis
descontrolados fluidos, a la vez que mis músculos internos se
contraían para volverme loca con el desquiciante grosor de una polla
que cualquier mujer desearía para ella.
Haciendo fuerza con los brazos para mantener la postura, aguantando
los empellones, sentí cómo, perseverando en taladrarme, el macho
masajeaba mis nalgas, acariciaba mi cintura, subía por mis arqueadas
lumbares, y terminaba agarrando con fiereza mis colgantes pechos
violentamente zarandeados. Los apretó apasionadamente,
estrujándolos con cada empujón, ampliando las indescriptibles
sensaciones que me hacían temblar, y disfrutó de su volumen y
turgencia disparando mi goce y excitación hasta cotas ya
insoportables.
— Me revientas, me revientas, me revientas… —repetí entre jadeos,
tratando de no alzar la voz
Iba a estallar ya, parecía inevitable pero, de nuevo, el tono de llamada
del móvil del chico llegó a mis oídos, impidiendo mi precipitación al
vacío y manteniéndome en ese intolerable estado de preorgasmo.
— ¡Joder! —protesté con frustración, escuchando la rockera melodía.
El jinete detuvo la cabalgada dejándome su v3rga dentro, y cuando
pensé que iba a tomar el aparato para acallarlo, me sorprendió
agarrándome por los hombros para tirar de mí, clavándome en su lanza
con más ahínco.
— Ni caso —le oí decir entre dientes—. Quien sea, que espere, que ya
te tengo otra vez donde quería.
La melodía se prolongó un poco más, tal vez medio minuto, tiempo en
el que mi amante me ensartó como si estuviera domándome, y cuando
al fin se detuvo, sentí cómo mi hombro derecho era liberado de su
sujeción.
Giré la cabeza y, por el rabillo del ojo, vi cómo el informático se
chupaba un pulgar. Lo siguiente que sentí fue la apoteosis, pues
poniendo la mano sobre mi grupa, sin dejar de taladrarme el coño, me
metió ese dedo por el culo con tal facilidad y gustazo para mí, que
aullé derramándome en un desgarrador éxtasis.
— ¡Auuuuuuu…!
Mi convulsionante coño expulsó a presión cálidos fluidos que mojaron
mis muslos y las sábanas, y todo mi cuerpo vibró llevándome al
olimpo, hasta que las aguas volvieron a su cauce y mi rostro acabó
sobre la almohada.
Estaba recuperando el ritmo respiratorio aprovechando la breve tregua
que me daba mi macho, quien con su enhiesta polla dentro de mí hacía
gala de su aguante para seguir complaciéndome, cuando la melodía del
teléfono volvió a inundar el dormitorio.
— Joder, voy a tener que cogerlo —protestó el joven desenfundando
su arma de mis carnes—. No te muevas, que solo será un segundo.
— Ahora mismo no puedo ni moverme —contesté con una sonrisa de
satisfacción, cerrando las piernas y bajando las caderas para descansar.
— ¿Sí, mamá? —preguntó Fer al descolgar la llamada, tras tomar el
móvil del bolsillo de su pantalón.
Un escalofrío puso toda mi piel de gallina.
— …
— ¿Y eso era tan urgente como para llamarme tres veces casi
seguidas?
— …
— Sí, sí que lo he oído, pero no podía contestar.
— …
— Porque, entre otras cosas, tenía las manos ocupadas —me lanzó un
malicioso guiño.
— …
— ¿Y a ti qué más te da? Cosas mías…
— …
— Venga, vale… Bueno, pues si no os vais a mover de ahí, ya llamaré
cuando vuelva. Pasadlo bien y no te preocupes por mí. Un beso.
Cortó la llamada y tiró el móvil sobre su ropa.
— ¿Qué pasa? —interrogué con preocupación, dispuesta a levantarme
de inmediato.
— Nada, solo quería decirme que me he dejado las llaves en casa. Ya
sabes, madres… Por cierto, que me ha dicho que tienen para rato con
tu marido, así que, ¿dónde lo habíamos dejado? —terminó
preguntándome, hipnotizándome con el movimiento de su monumental
monolito recubierto por mis fluidos.
Cualquier temor que momentáneamente hubiera pasado por mi cabeza,
quedó completamente eclipsado por semejante visión.
Continuará…