Vacaciones con mirón
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- Decidimos coger una casa con piscina ya que, aunque la playa nos quedaba a unos 15 minutos en coche, no estábamos seguros de si el tiempo nos iba a acompañar como para pasar los días enteros tumbados en la arena.
El relato que se expone a continuación es completamente real, salvo los nombres que son ficticios.
Tras la visita de nuestro amigo universitario, estuvimos unas semanas con la lívido por encima de nuestros niveles habituales, era algo que nos había ocurrido las 2 o 3 ocasiones anteriores en las que habíamos tenido experiencias sexuales con terceras personas, supongo que es lo habitual.
Tanto Marta como yo, no dejábamos de buscarnos el uno al otro para fantasear, recordar las distintas escenitas que se produjeron y calentarnos mutuamente. Estuvimos bastantes semanas así, hasta que volvimos a coger vacaciones y comenzamos a darle vueltas a la cabeza acerca de qué podíamos hacer.
Era el mes de mayo y el hecho de no saber muy bien con qué restricciones nos íbamos a encontrar, nos hizo decidirnos de nuevo por una casita rural, tal y como creo que hizo la mayoría de la gente. Esta vez la casa estaba ubicada cerca de la playa, en un pequeño pueblecito turístico muy tranquilo a pocos kilómetros de nuestra casa.
Decidimos coger una casa con piscina ya que, aunque la playa nos quedaba a unos 15 minutos en coche, no estábamos seguros de si el tiempo nos iba a acompañar como para pasar los días enteros tumbados en la arena.
La tarde antes de salir habíamos hecho una compra lo suficientemente grande como para poder estar toda la semana en la casa cómodamente, nuestra idea era playa y piscina y poco más, aunque claro, en nuestros planes ese poco más significaba intentar disfrutar sexualmente todo lo que pudiésemos. Mientras estaba haciendo la maleta, vi que Marta tenía preparado sobre la cama casi todo su repertorio de bikinis, tangas y lencería, cosa que me sacó una sonrisa.
Teníamos ya casi todo cerrado para salir a la mañana siguiente, digo casi todo porque me desperté temprano para preparar el desayuno y me di cuenta de que Marta no estaba en la cama, la luz del cuarto de baño se colaba por debajo de la rendija de la puerta. Cuando la abrí, vi a mi mujer apoyada en el filo de la bañera terminando de depilarse su rajita, tenía las piernas completamente abiertas, casi en 180 grados, con una mano se estiraba la piel de su coño haciendo que se quedara bastante abierto, mientras con la otra sostenía la cuchilla de afeitar con la que iba retirando la poca crema que quedaba ya en su monte de venus. Tenía un barreño de agua caliente y una toalla en sus pies.
- Pero bueno, qué buena escena de buenos días me das – le dije en tono de broma
- ¿te gusta? Estaba pensando en dejarme algo de vello, pero al final me he liado y lo he quitado todo, como siempre – me respondió ella
- No te preocupes, me gusta de todas maneras…
Salí del baño casi empalmado y me costó un buen rato quitarme la imagen de Marta de la cabeza mientras preparaba un par de cafés y unas tostadas. Empezar el día así hace que al menos prometa cómo lo vas a acabar y más conociendo lo caliente que se pone Marta cuando salimos de vacaciones.
Casi una hora más tarde estábamos cogiendo el coche. Marta se había puesto un vestido playero, así que aproveché parte del camino para acariciarle las piernas, el interior de sus muslos y su coñito por encima del tanga, aunque tampoco tuve demasiado tiempo ya que el trayecto no era muy largo.
Dejamos atrás la autopista y llegamos al punto acordado con la propietaria de la casa a través de la plataforma de alquiler. Ella esperaba allí con su coche ya que, para llegar a la casa, debíamos seguirla a través de una pequeña carretera que daba acceso a un serpenteante carril de tierra el cual iba recorriendo la ladera de un monte y permitía acceder a las distintas casitas y fincas ubicadas en él. Era un paraje bastante bonito, con multitud de árboles frutales y vegetación y, a pesar de que estaba lleno de cultivos y pequeñas casas, todo estaba muy cuidado. Después de recorrer un par de kilómetros desde que nos habíamos salido de la carretera, la propietaria de la casa detuvo su vehículo delante de una pequeña verja negra, se bajó, la abrió y apartó su coche para que pudiésemos pasar con el nuestro y aparcar dentro de la casa puesto que sólo había espacio para un solo coche. Tras dar la vuelta en algún lugar del carril, volvió a la casa para darnos las indicaciones correspondientes y la llave de la misma.
Dejé el coche aparcado debajo de un parral que proporcionaba una sombra muy agradable a la zona trasera de la casa y nos bajamos a esperar a la propietaria. Cuando la vimos llegar, nos sorprendió la edad, era mucho más joven que nosotros, era morena, bajita y muy delgada con cara de niña y voz muy dulce.
- ¡Hola! Soy Claudia, la hija de los propietarios. Vosotros sois Raúl y Marta, ¿verdad? – nos saludó con una gran sonrisa dibujada en su rostro.
- Hola, sí, yo soy Raúl y ella es Marta. Ya decíamos que eras muy joven como para tener una casa – le contesté en tono de humor
- No, yo soy la encargada de recibir a los huéspedes y gestionar todo lo que necesitéis. Ellos están jubilados y se desentienden, me lo dejan todo a mí – nos respondió amablemente.
Tras la breve conversación, nos mostró toda la casa. Se trataba de una pequeña finca en la ladera del monte. La casa estaba al pie del carril, era un rectángulo de unos 200 metros cuadrados con el espacio justo para una casita de una planta compuesta de dos habitaciones, un pequeño salón-cocina y un cuarto de baño. En el exterior, tenía una escalera en un lateral que daba acceso a una azotea con vistas a la ladera del monte y al mar, en la que cabía una mesa con 4 sillas. En el jardín tenía una piscina de unos 7 u 8 metros de longitud y el espacio suficiente para 4 tumbonas y una pérgola de madera debajo de la cual había una barbacoa de obra y una mesa para 4 personas. Todo el espacio estaba perfectamente repartido, incluso la piscina tenía un tamaño considerable en comparación con la casa. Debajo de la casa, dirección a la ladera del monte, había unos bancales con algunos árboles frutales que pertenecían a la propia finca.
El perímetro de la finca estaba delimitado por la clásica valla metálica. Cuando la chica nos estaba enseñando la parte exterior de la casa nos llamó la atención la parte de la valla que recubría el lateral que daba a la piscina y que colindaba con otra finca llena de árboles.
- Una pregunta, ¿hay algún motivo para que la valla esté recubierta por una tela? – le pregunté
- Pues bueno, en toda la casa hay bastante intimidad, de hecho, incluso desde la azotea es difícil que te vean, pero ya nos han comentado varias personas que han estado aquí que el vecino de este lado es un pelín entrometido y a veces deja de regar o podar y se pone a mirar por la valla, por eso colocamos esta tela y así evitar molestias. Llevamos toda la vida siendo vecinos, pero desde que mis padres decidieron alquilar la casa parece que no le gusta que venga gente de fuera. Aunque no tenéis de que preocuparos, es inofensivo – contestó la chica.
Marta me miró con cara extrañada, aunque no le dimos demasiada importancia.
Sin más, la chica terminó de darnos todas las indicaciones oportunas y se marchó. Descargamos el coche, colocamos todo lo necesario en la casa, comida y bebida en el frigorífico, ropa, etc.
Serían las 12:30 de la mañana, por lo que aún nos daba tiempo a un baño en la piscina y a tomar una cerveza antes de comer. Una vez que lo tuvimos todo colocado fuimos a cambiarnos para darnos el baño y hacer tiempo para que se enfriase la cerveza. Como siempre que viajamos, y más aún si hay playa o piscina de por medio, yo estaba expectante ante los posibles modelitos de Marta. Normalmente, antes de salir de casa, me suele enseñar los bikinis o bañadores que se va a llevar, ya que le encanta calentarme y jugar, pero en esta ocasión no me los había enseñado. Es cierto que habíamos acordado ir de relax y que nuestra idea era disfrutar de la casa y la piscina más que de hacer otra cosa, con lo cual íbamos a estar en la intimidad así que el gusanillo por la exhibición que solíamos tener en otras ocasiones que viajábamos, no lo teníamos…a priori.
Cuando terminó de cambiarse y salió del baño, vi que llevaba puesto su bikini amarillo, pasó por mi lado y me sonrió. Era un bikini normal, quizás muy llamativo por su color pero nada más, con una braga brasileña metida ligeramente por el culito y la parte de arriba sin relleno, ya que el tamaño y lo bien puestas que están sus tetas hacen que no sea necesario llevarlo. Cuando pasó por mi lado, se dio cuenta de que mi cara extrañada.
- ¿qué? ¿pasa algo? ¿por qué me miras así? – me preguntó sin saber muy bien a qué se debía mi extrañeza
- Pues no sé, esperaba más atrevimiento, un tanga minúsculo, que salieras sin parte de arriba o algo así – le contesté en tono de broma
- Ya sabía yo, jajaja, cómo eres. He pensado salir desnuda porque total, aquí no nos ve nadie, pero me da un poco de vergüenza que aparezca el vecino y le demos el espectáculo, no hace ni media hora que hemos llegado y ya nos va a odiar…
- Bueno en cuanto te vea las tetas, igual no nos odia tanto…
Nos dimos el baño, nos tomamos un par de cervezas y almorzamos, aunque el día no era el más soleado, se podía estar perfectamente en el exterior y tomar un poco el sol, así que tanto Marta como yo, acoplamos un par de hamacas y nos relajamos para reposar la comida. El calorcito del sol medio nublado, la agradable brisa que corría y el silencio más absoluto, provocó que ambos nos quedásemos dormidos. Era imposible encontrar un lugar más plácido para echar una buena siesta.
No debió pasar mucho tiempo cuando me desvelé, tengo que decir que tengo el sueño muy ligero. Cuando me espabilé un poco, oí el motor de un coche en el carril cercano y supongo que eso fue lo que me despertó. El motor se apagó y al instante escuché cómo abrían una cancela, estaba tan cercano que pensaba que era la de nuestra propia casa pero estaba claro que era el vecino de al lado.
Miré a Marta, ella permanecía tumbada bocarriba con las gafas de sol puestas y un sombrero de paja reposando prácticamente sobre su frente que le cubría la cabeza y la mayor parte de su cara, ni se inmutó, estaba profundamente dormida. Seguí a lo mío, aunque ya no volví a conciliar el sueño. Cerré los ojos e hice el ejercicio de disfrutar del sonido de los pájaros y de la brisa moviendo las hojas de los árboles. Aunque, a decir verdad, sentía curiosidad por lo que nos había comentado la propietaria, el vecino había debido ver nuestro coche al pasar por delante de la casa, así que probablemente husmearía quiénes eran los inquilinos de la casa de al lado.
Pasaron algunos minutos en los que se oía cómo el señor trasteaba con algunos utensilios del campo y tras oír el típico sonido del agua recorriendo tuberías mientras era empujada por una bomba desde el fondo de un pozo, deduje que se había puesto a regar. El pobre vecino no estaba haciendo ni más ni menos que sus quehaceres de mantenimiento de su huerto. Poco a poco los chorros de la manguera se oían más cerca, estaba regando los frutales más cercanos a la valla que separaba ambas casas, los chorros de agua golpeaban la típica malla verde que recubría dicha valla. Me mantuve un buen rato con los ojos cerrados y con el oído tratando de seguir los pasos del vecino, hasta que el sonido del agua golpeando de forma constante en la malla terminó por romper mi curiosidad y me hizo abrir los ojos.
Miré a Marta de nuevo de reojo y continuaba totalmente dormida. Mis ojos se acostumbraron a la claridad enseguida gracias a mis gafas de sol. Desde mi posición podían ver perfectamente la sombra del vecino parado detrás de la valla dibujada sobre la malla que la recubría. Estaba parado y parecía tener la cabeza semi agachada, me fijé bien y el cabrón había rasgado una de las esquinas de la malla de plástico para poder husmear. No podía distinguir bien qué edad tendría pero desde luego era obvio que la chica de la casa tenía razón, el vecino era un entrometido… aunque eso a nosotros no era algo que nos disgustase, al revés, yo estaba dispuesto a sacarle partido.
El hombre se dio cuenta de que se había dejado la manguera abierta a unos metros y el agua estaba golpeando la verja, con el correspondiente ruido de los chorros cayendo sobre la tela de plástico, así que fue a cerrar el agua.
Fue entonces cuando pasaron por mi cabeza mil pensamientos para divertirnos un rato. Rápidamente pensé cómo podía exhibir a Marta sin que ella se diese cuenta y sin que fuera demasiado descarado. Ella tenía el bikini puesto, aunque la parte de arriba estaba sin anudar, únicamente reposaba sobre sus tetas para evitar quemarse durante la siesta. Además, tenía las tiras que lo sujetaban al cuello recogidas sobre su propio pecho para evitar que se le quedasen marcas. La miré, tampoco tenía demasiado tiempo para actuar, así que sutilmente tiré de una ellas hacía abajo dejando su pezón izquierdo ligeramente al descubierto, realmente casi que no se veía el pezón propiamente dicho, pero sí su aureola rosada coronando su teta como el pico nevado que culmina una gran montaña. Hice lo mismo con la parte de abajo, al estar anudada a ambos lados de la cadera, tiré de la cinta que me pillaba más cerca y le solté el nudo. El otro extremo me resulto algo más complicado, aunque pude llegar a soltarlo evitando que Marta se despertase, mi idea era que la braguita del bikini no se moviera de su sitio, pero el rápido intento por soltarle el nudo y que el vecino no se percatase, hizo que me la tela se arrugase un poco sobre el bajo vientre de Marta, intuyéndose uno de los carnosos labios de su coñito. Honestamente, casi no se le veía nada… casi. Agudizando un poco la vista, se podía ver un poquito mejor unos centímetros de la preciosa anatomía íntima de mi mujer.
Cuando acabé mi maniobra, volví a la posición tumbado bocarriba fingiendo que seguía durmiendo, con el corazón a 180 pulsaciones y súper excitado por la situación. El vecino volvió a aparecer detrás de la valla, yo seguía sin poder ver bien quién y cómo era, pero creo que él se dio cuenta rápidamente de los detalles. Nosotros estábamos situados a unos 5 metros en perpendicular a la valla, tumbados bocarriba en dos tumbonas, con lo cual no necesitaba tener vista de lince para vernos.
El vecino continuaba allí y no parecía tener intención de marcharse. Pasaron unos 10 minutos hasta que Marta abrió los ojos, era totalmente ajena a lo que estaba pasando y por supuesto también a mis malas artes, así que se quitó el sombrero y las gafas de sol, los dejó en el suelo y se incorporó sobre la tumbona. La gravedad hizo el resto y mi plan había funcionado. La parte de arriba de su bikini cayó sobre la tumbona dejando sus dos grandes tetas inmediatamente a la vista, el sol hacía que apenas se pudiera distinguir el rosa de sus pezones del blanco de la piel de sus tetas.
- Uff que buena siesta me he pegado – continuó mientras se percataba de que se le había caído la parte de arriba del bikini – ¡Anda mira! Ellas te saludan… - dijo mirándose las tetas y riéndose
- Pues sí, la verdad es que ha sido buena siesta – le dije mientras le miraba las tetas y de reojo observaba al vecino, el cual seguía tras la valla.
Al estar los dos solos, no se inmutó al caérsele el bikini, todo lo contrario, se lo tomó a broma. Yo también le había desanudado la braguita mientras dormía, así que en el momento de incorporarse la parte delantera se le movió cayéndose hacia adelante y dejando su depilado monte de venus totalmente descubierto. Marta se miró hacia abajo y me devolvió la mirada.
- ¿y esto? ¿qué he hecho hoy con el bikini, joder? – exclamó a sí misma extrañada
Yo no pude aguantarme la sonrisa. Ella me miró y se dio cuenta de que algo pasaba.
- ¿qué, te has estado divirtiendo? Qué tontorrón eres de verdad…
- Jajajja calla…no seas descarada, pero tenemos al vecino que nos ha comentado la chica de la casa justo detrás de la valla – le dije casi entre dientes sin poder evitar soltar una carcajada al ser descubierto y tratando de que el vecino no me escuchara.
Marta se quedó congelada durante unos segundos, se le había caído “involuntariamente” la parte de arriba y la braguita de su bikini, se había quedado en topless enseñándole las tetas y casi el coñito a un desconocido, su rajita no se le llegaba a ver ya que estaba incorporada sobre la tumbona, pero tenía todo el bajo vientre y su monte de venus destapado y podía apreciarse bien el inicio de su hendidura. Con los ojos clavados en mí y sin mover su cabeza, miró de reojo hacia el lugar de la valla donde se encontraba el vecino. De forma casi instintiva se llevó su antebrazo derecho a sus tetas para taparse, pero continuó con el gesto, subió el brazo pasándolo por su cabeza, se acomodó el pelo con ambas manos y volvió a inclinar su espalda sobre la tumbona quedándose totalmente tumbada. A continuación, subió sus piernas a la tumbona, apoyando la planta de los pies en la misma y dejando así las rodillas flexionadas en alto, alzó ligeramente el culito y con su mano izquierda tiró de la braguita del bikini sacándola hacia afuera, la tiró lejos de ella y se quedó desnuda.
- Ea, listo con el bikini, ya no se me cae más… - dijo en voz alta mientras se colocaba de nuevo sus gafas de sol y se acomodaba sobre la tumbona.
Ahora sí que el espectáculo era total. Nuestro espectador debía estar pasándoselo genial, no sé si era eso lo que se esperaba cuando vino a husmear pero permanecía allí inmóvil, tratando de no hacer ningún tipo de ruido, aunque completamente delatado por su sombra tras la malla que cubría la valla. Era más que obvio que o bien había sentido mucha curiosidad o bien estaba a punto de sacarse la polla y hacerse una paja.
Marta por su parte estaba tumbada bocarriba desnuda, con las piernas semiabiertas subidas en la tumbona ofreciéndole una visión perfecta de su rosado coñito al vecino. Yo, viendo que mi mujer había entrado al trapo y no le parecía mal jugar, pasé a la acción y tiré de un clásico que nunca falla.
- Marta cariño, te vas a quemar. Te confías porque el día está medio nublado y luego pasa lo que pasa… - le dije con voz algo más alta para que el hombre me pudiera oír.
Ella no dijo nada, se llevó la mano a la frente para taparse el sol y me clavó la mirada por encima de sus gafas. Yo me levanté intentando disimular mi erección, entré en la casa y cogí el bote de crema solar.
Volví a la tumbona junto a Marta, me senté mirando hacia ella y me preparé para embadurnarla en crema.
Abrí el bote y fui dejando hilos de crema por todo su cuerpo. Cuando sintió la primera gota de crema susurró un “ya te vale cabronazo”, sonrió levemente y la vi acomodarse. Era evidente que había entrado ya en modo golfa y se estaba preparando para disfrutar.
Empecé volcando la crema sobre su vientre, con un hilo alrededor del ombligo, a lo que ella respondió con un par de leves espasmos provocados por la frialdad de la crema. A continuación, le restregué la crema por toda la superficie, fui masajeando en círculos desde su ombligo hacia la parte de debajo justo de sus dos tetas, rozándolas con los dedos y provocando que sus pezones se comenzaran a erizar. Posteriormente, volví al ombligo e hice lo propio desde allí hacia su bajo vientre, parándome justo delante de su monte de venus.
Seguidamente le puse crema por la parte de arriba de sus hombros, extendiéndola por cada uno de sus brazos. Nuestro observador seguía allí, inmóvil, sin hacer ruido, semi agachado mirando a través de un agujero, viéndonos perfectamente aunque nosotros sin poder identificarlo a él. No sabíamos si era joven, viejo, rubio o moreno, lo único que sabíamos es que parecía gustarle lo que estaba viendo.
Yo continué con mi labor. Lo siguiente fue dejar caer dos buenos pegotes de crema, uno en cada una de las tetas de Marta, apunté a sus grandes pezones y apreté el bote con la intención de ser lo más generoso posible. Dejé el bote apoyado en el suelo y comencé a esparcir la crema por cada uno de sus pechos. Poco a poco, primero sin apretar, suavemente desde el pezón hacia arriba y hacia abajo, cubriéndolo todo con una fina capa de crema blanca, parecía que se habían corrido sobre ella 5 o 6 pollas. Cuando ya había extendido toda la crema, comencé a masajearle las tetas con mayor intensidad, extendía mis manos por completo sobre ellas. Conforme iba masajeándolas, notaba cómo los pezones se iban endureciendo cada vez más debajo de la palma de mi mano, así que decidí terminar de endurecerlos. Bajé mis dedos y aprisioné cada uno de sus pezones entre ellos, aplicando un poco más de fuerza mientras no dejaba de masajearle las tetas. La cara de Marta era ya de placer, el cuello levemente reclinado hacia atrás sobre la tumbona y su boca entreabierta. Sabía que le estaba poniendo muy cachonda mi masaje y más aun estando completamente desnuda delante de un hombre al que no lograba identificar. Le encantaba sentirse expuesta.
Cuando acabé de sobar bien sus tetas, volví a tomar el bote de crema, me levanté y me dispuse a elevar un poco más la temperatura del show. A estas alturas yo ya estaba completamente empalmado, así que intenté disimularlo, colocándome la polla sujeta con el forro del bañador, aunque me resultó bastante complicado.
Me quedé de pie al lado de Marta para evitar impedir la vista al vecino y seguí en mi tarea. Puse el bote a la altura de su pie, apreté dejando caer un fino hilo de crema y recorrí toda su pierna hasta la cintura, hice lo mismo con su otra pierna, dejé el bote de nuevo en el suelo y recorrí sus piernas con ambas manos de abajo hacia arriba, cuando llegué a la parte alta de las mismas, dejé que mis dedos rozasen su entrepierna, presioné un poco con mis dedos gordos y volví a bajar. Ella separó un poco más sus piernas para facilitar mi labor.
Finalmente, volví a tomar el bote, le dejé caer un buen pegote de crema sobre su depilado monte de venus y fui directamente a masajear su coñito. La suavidad de la piel de la zona recién depilada, hacía que la cremosidad de la crema fluyera con facilidad. Nuestro vecino debía estar flipando.
Después de un buen rato masajeando la parte superior de la pelvis de Marta, llevé mis dedos directamente a su coñito. Abrí mucho más sus piernas, provocando que Marta las separase, poniendo los pies en el suelo, uno a cada lado de la tumbona y así, completamente abierta, me coloqué a su lado agachado en cuclillas y empecé a separarse el coño con los dedos de una mano mientras le untaba crema con la otra. Recorría su rajita de arriba abajo.
Ella empezó a emitir pequeños gemidos que pronto elevaron su intensidad y frecuencia y noté como su mano buscaba mi pierna hacia el interior de mi bañador. Tardó poco tiempo en encontrar un hueco y agarrar mi capullo, el cual estaba casi fuera del bañador dada mi posición.
En menos de 2 minutos, yo le estaba metiendo dos dedos en su coño mientras ella me pajeaba. Marta se incorporó, me agarró por mi bañador y tiró hacia ella. Cuando estuve lo suficientemente cerca, soltó el nudo que ataba el bañador a mi cintura y tiró de la prenda hacia abajo, provocando que mi polla saltara como un resorte.
Miré hacia donde estaba el mirón y no lo vi. Me extrañó ya que no lo había escuchado moverse. Había cambiado de posición, ahora estaba justo delante de Marta. Seguía oculto tras la malla que cubría la alambrada metálica pero mucho más cerca, estaba de rodillas y parecía estar pajeándose.
Marta me miró extrañada mientras me pajeaba.
- Nada, no te preocupes… - le contesté mientras le señalaba de reojo la nueva posición de nuestro amigo
- Parece que tiene ganas de divertirse. Pues nada, que disfrute – me dijo ella.
Inmediatamente se alzó su cabeza un poco más, retiró el pellejo que cubría mi capullo hinchado por la excitación, sacó su lengua y comenzó a lamerlo lentamente. Yo le facilité la labor sujetándome la polla y para ello, tuve que dejar de tocarle el coño. Literalmente cambiamos de posición. Yo me la agarré mientras Marta me la mamaba y ella comenzó a tocarse el coñito.
Estábamos super excitados y no tardamos en mirarnos y entender que ambos necesitábamos follar. Marta se levantó de la tumbona, dejándome el espacio a mí. Me tumbé bocarriba y ella pasó una de sus piernas por encima de mí, cogió mi polla, se la colocó a la entrada de su coño totalmente dilatado y se sentó a horcajadas. Se metió toda mi polla dentro, bajo todo lo que pudo y apretó su pelvis contra la mí. Estuvo así unos segundos y comenzó a cabalgarme apoyando sus manos en mi pecho y subiendo y bajando el culo. Yo le agarré sus nalgas apretándolas fuertemente y las separé todo lo que pude, permitiendo que el mirón tuviera una visión perfecta del culito de mi mujer. A Marta esto la pone super cachonda.
El espectáculo que le estábamos dando a nuestro amigo, debía ser bastante importante ya que llevaríamos así como 30 minutos y él seguía allí. Ahora sí que era evidente que se estaba pajeando, incluso se colaban los crujidos de las hojas secas en el suelo mientras las pisaba entre los gemidos de Marta. Ella ya no se cortaba, intentaba no alzar la voz, pero le resultaba difícil no hacerlo.
- Joder Raúl, me quiero correr, estoy super cachonda
- Levántate, vamos a hacer que el mirón se vaya contento – le dije susurrándole al oído.
- Sí, date media vuelta y me follas dándole la cara, que vea cómo se te abre el coño – le dije
- Qué cerdo eres… - me contestó ella
Sabía que Marta no le haría ascos a la idea. Y así fue. No dijo nada más, se levantó, se dio media vuelta, volvió a pasar una pierna por encima de mí y comenzó a cabalgarme de cara a la valla.
Ahora el vecino podría ver como mi polla entraba y salía perfectamente del coño de mi mujer. Seguramente hubiera visto películas porno menos explícitas.
Tenía a Marta encima de mí, dándome la espalda y reclinada hacia atrás con su brazo apoyada en el cabecero de la tumbona mientras hacía sentadillas sobre mi rabo.
- Joder, joder, me corro me corro…. – exclamó
En unos segundos noté como su coño se contraía y me aprisionaba la polla. Se quedó con ella metida hasta el fondo mientras se corría. Yo no pude aguantar más, le sujeté el culo con las dos manos, lo elevé un poco y comencé a darle embestidas desde abajo. Mis huevos subían y bajaban golpeando el coñito hinchado y empapado de Marta A los pocos minutos noté como el semen salía de mis huevos y recorría mi polla pidiendo salir. En las siguientes tres o cuatro embestidas ya sentí que me corría así que le introduje la polla lo más profundo que pude y le llené el coño de leche.
La lefa empezó a brotar de su coño, resbalando sobre mi polla y empapando la tumbona.
De repente escuchamos como el vecino se levantaba a duras penas de su posición y tomaba el camino hacia la pequeña casa que había en la finca colindante.
- Jajajja pues nada, el primer día y ya hemos dado la nota – me dijo Marta riéndose mientras se levantaba