January 2

La fiesta de fin de año

Tiempo estimado de lectura: [ 35 min. ]

En la fiesta de fin de año, el alcohol los lleva a una habitación de hotel donde la tímida oficinista se transforma en una bestia insaciable. Una noche de sexo sucio y secretos compartidos.

Llegué rayando. El tráfico sobre Mariano Escobedo estaba a vuelta de rueda, típico de viernes en diciembre, y el Uber tardó media vida en cruzar Masaryk. Para cuando por fin subí a la terraza, el frío ya calaba sabroso, pero el ambiente estaba a tope. La barra libre de Gin y Mezcal ya estaba haciendo efecto y el ruido de las risas rebotaba por todos lados.Fui directo a la barra por un trago para ponerme al corriente y desde ahí escaneé el lugar buscando a mi "bolita" de siempre. Ya sabes, con los que me voy a las micheladas los viernes o con los que nos la pasamos mandando stickers en el grupo de WhatsApp de "Los de Confianza".No tardé en ubicarlos cerca de una de las estufas de exterior. Pero mi vista se frenó en seco antes de llegar a ellos. Se frenó en Victoria.Ver a Victoria en la oficina es pura rutina: pantalón de vestir negro, camisas que le quedan un poco justas pero siempre abotonadas hasta la garganta, y su suéter de "señora" porque siempre tiene frío con el aire acondicionado. Pero hoy... hoy era otra historia.Estaba parada de perfil, con una copa en la mano. Llevaba un vestido color vino, pegadito. Y ahí fue donde mi cerebro hizo cortocircuito. Sabía que Victoria era "tetoncita" —es imposible no notarlo cuando se estira para alcanzar algo en el archivero y uno se echa un taco de ojo discreto entre cuates—, pero el vestido de hoy no dejaba nada a la imaginación.Al ser tan chiquita —mide 1.53, literalmente me llega al pecho—, sus curvas resaltan el doble. El escote del vestido luchaba una batalla heroica por contenerlas, marcando ese "valle" profundo y suave que nunca nos deja ver de lunes a viernes. Además, el corte del vestido le marcaba perfecto esas nalguitas que también tengo bien ubicadas, pero que hoy se veían de campeonato con los tacones altos.Me acerqué, sintiendo esa mezcla de confianza de amigo y curiosidad de hombre que acaba de descubrir algo nuevo.—¿Qué onda, raza? —saludé al grupo en general, chocando puños con el de Diseño, pero me planté junto a ella.Victoria se giró. Traía sus lentes de siempre, esos de pasta negra, pero el labial rojo y el cabello suelto le daban un aire que me aceleró el pulso.—¡Hasta que llegas, Gabo! —me dijo, sonriendo y alzando su copa para chocarla con la mía—. Ya te íbamos a poner falta.—Cállate, el tráfico estaba infernal, casi me bajo a caminar —me excusé, y luego bajé la voz un poquito, inclinándome hacia ella con esa confianza que nos tenemos—. Oye... pero valió la pena la espera. Te ves muy bien, Vic. Neta. Creo que te habías estado guardando lo mejor para el cierre de año, ¿eh?No pude evitarlo. Mis ojos bajaron un segundo descarado a su escote y volvieron a subir a sus lentes. Ella se dio cuenta. En la oficina me hubiera puesto una jeta o me hubiera dicho "baboso", pero aquí, con una copa de vino encima y en confianza, solo soltó una risita nerviosa y me dio un golpe leve en el brazo.—Ya vas a empezar, tonto —me dijo, pero no dejó de sonreír, y noté cómo se acomodaba el vestido, no para taparse, sino para asegurarse de que todo estuviera en su lugar—. Tú no te ves mal, eh. Por fin te quitaste la camisa de godín aburrido.—Hago lo que se puede para no desentonar contigo —le guiñé el ojo.Nos quedamos ahí parados, hombro con hombro. El grupo seguía hablando de pendejadas, planeando el after, pero yo sentía una vibra distinta con ella. Ya no éramos solo los que se mandan memes; hoy la estaba viendo como mujer, y por cómo se le escapaba la risa y me miraba de reojo, creo que a ella no le molestaba para nada mi atención.Para las diez y media, la barra libre ya estaba cobrando factura. El de Diseño ya se había ido a vomitar o a ligar (no nos quedó claro) y las de Nómina se habían ido en bola al baño. De repente, sin planearlo, el grupo se disolvió y nos quedamos solo Victoria y yo, parados junto a una mesa alta que ya estaba llena de vasos vacíos.El aire estaba cada vez más frío, pero el mezcal nos tenía calientitos. Victoria ya llevaba algunas copas encima; lo sabía porque sus mejillas estaban rojas y se reía de cualquier estupidez que yo decía. Lo mejor era que, con la confianza del alcohol, ya no se preocupaba tanto por su postura "de oficina". Estaba más relajada, recargando un codo en la mesa, lo que hacía que su postura sacara el pecho de una forma que me tenía hipnotizado.—Güey, ¿viste lo que mandaron al grupo de "Sin Jefes"? —me preguntó, sacando su celular de la bolsita de mano.—No tengo pila, a ver —mentí. Tenía pila, pero quería acercarme.Ella desbloqueó la pantalla y buscó la imagen. Para que yo pudiera ver, tuve que inclinarme. Ella es tan bajita que prácticamente tuve que pegar mi cabeza a la suya.Ahí me golpeó su olor. No olía al café de la oficina ni a papel; olía a cítricos y a algo floral, dulce y rico.—Mira esta joya —dijo, mostrándome un meme estúpido sobre los aguinaldos.Nos reímos. Una risa cómplice, de esas que solo tienes con tu work bestie. Pero al reírse, ella giró la cara hacia mí. Estábamos a centímetros. Pude ver el detalle de sus pestañas detrás de los lentes y cómo se le marcaba una venita azul en el escote pálido por la fuerza de la risa.En ese momento, un mesero pasó hecho la madre con una charola llena de tragos, casi empujándonos.—Cuidado —le dije.Por instinto, pasé mi brazo por detrás de ella para protegerla y pegarla a mí. Mi mano aterrizó en su espalda baja.La tela del vestido era delgada. Sentí el calor de su piel y la curva perfecta donde su espalda terminaba y empezaban esas nalguitas que tantas veces había visto de reojo cuando caminaba delante de mí hacia la sala de juntas. Mi mano se quedó ahí, firme. No la quité.Ella tampoco se quitó.

Al contrario, se dejó llevar por el empujoncito y quedó pegada a mi costado. Sentí la suavidad de su brazo contra mis costillas y cómo su cadera encajaba justo con mi muslo.—Casi me bañan de tequila —dijo ella, alzando la vista hacia mí.—Yo te cubro, Vic. Aquí no te pasa nada —le contesté, bajando la voz.Mi mano, que seguía en su cintura, bajó un centímetro. Solo un poquito, rozando el inicio de la curva de su trasero. Fue un movimiento sutil, probando terreno. Ella sintió el cambio de posición de mis dedos y el calor de mi palma a través de la tela delgada del vestido.Se quedó quieta un segundo, procesando el contacto. Luego giró un poco la cara para verme a los ojos. No se quitó, ni hizo ningún chiste para romper el momento.—Gracias —me dijo, suave, pero sosteniéndome la mirada detrás de sus lentes.—Para eso estamos —contesté, apretando ligeramente su cintura, confirmando que mi mano no se iba a mover de ahí.Ella sonrió, una sonrisa pequeña y relajada, de alguien que se siente a gusto. Alzó su copa, que ya casi no tenía nada, y la acercó a la mía.—Salud por el rescate, entonces —murmuró.—Salud —respondí.Chocamos los vasos y bebimos lo que quedaba, pero lo importante no fue el trago. Lo importante fue que, mientras bebía, ella se recargó completamente en mi mano, dejando que su cuerpo descansara contra mi costado. Ya no había distancia de "amigos". La línea se había borrado en silencio. Estábamos pegados, y la electricidad entre los dos era evidente.Justo en ese momento, el DJ supo leer el cuarto y soltó una bomba de nostalgia. Empezaron los acordes de Detector de Metal de Moderatto. La terraza explotó. Los de Contabilidad aventaron los sacos y corrieron a la pista.—¡No mames, el detector de metaaaaallllll gueeeee! —gritó Victoria, riéndose y dándome un jalón en el brazo. El alcohol ya le había quitado la pena.—Vamos, pues —le dije, dejando mi vaso vacío en la primera mesa que vi.La seguí a la pista. Al principio era puro brinco y cantar a grito pelado con el resto del grupo. Estábamos rodeados de gente sudando y riendo. Victoria se veía increíble, con el pelo ya medio despeinado y los ojos brillantes detrás de los lentes, cantando el coro a todo pulmón mientras brincaba.Pero luego, el DJ hizo la transición. Dejó atrás el pop dosmilero y metió un beat pesado, actual. Algo de Bad Bunny que retumbó en las bocinas. El ritmo cambió de brincar a moverse lento, pegado al piso.La pista estaba atascada. Un grupo de Becarios nos empujó y quedamos prensados el uno contra el otro.Ahí fue donde la diferencia de estaturas jugó a mi favor. Al ser ella tan chiquita, su cara quedaba justo a la altura de mi pecho. Para no perder el equilibrio con el empujón, se agarró de mis hombros y luego sus brazos subieron a rodear mi cuello, poniéndose de puntitas.Yo bajé mis manos a su cintura por puro reflejo para sostenerla. Ya no era el toque sutil de hace rato en la mesa; ahora mis manos abarcaban toda la curva de su cadera bajo la tela del vestido. Se sentía sólida, suave y peligrosamente real.—Está llenísimo —me dijo al oído, gritando para que la escuchara sobre el bajo de la música.—Pégate más para que no te pisen —le contesté, usando la excusa perfecta.Ella me hizo caso. Se pegó completamente a mí. Sentí la presión de sus pechos contra mi abdomen. Era una sensación eléctrica. Esas curvas que tantas veces había imaginado detrás de sus camisas holgadas de oficina, ahora estaban ahí, aplastándose deliciosamente contra mi camisa con cada movimiento lento de la música.El beat estaba pesado, invitaba a moverse de lado a lado. En un momento, para ver algo que pasaba atrás de nosotros, Victoria se dio la media vuelta, quedando de espaldas a mí, pero sin soltarse de mis brazos que seguían en su cintura.Eso fue mi perdición.Victoria empezó a moverse al ritmo lento de la canción, recargando todo su peso contra mí. Sentí sus nalguitas —esas que siempre miraba de reojo cuando caminaba delante de mí hacia la copiadora— rozando contra mi entrepierna. No era un "perreo" vulgar, era un roce constante provocado por lo apretado de la pista y el ritmo de la música.La "calentura" me pegó de golpe. Sentí cómo me empezaba a poner duro contra su vestido. La fricción era demasiada. Intenté echar la cadera un centímetro para atrás para disimular, pero ella, tal vez por el alcohol o porque le estaba gustando el soporte, se echó hacia atrás, pegándose aún más, anulando cualquier espacio.Bajé la cabeza y mi boca quedó a la altura de su cuello, justo debajo de su oreja. Olía a su perfume dulce mezclado con el calor de la fiesta.—Vic... —le dije, con la voz ya ronca, y sin querer, mis dedos apretaron un poco más su cintura.Ella giró la cabeza para mirarme por encima del hombro. Sus ojos detrás de los lentes estaban oscuros, dilatados por el mezcal y la adrenalina. Se mordió el labio inferior y, en lugar de asustarse o quitarse al sentirme, se recargó más fuerte contra mí.El DJ volvío a cambiar la pista y soltó los primeros acordes de "Callaíta". Fue como si le hubieran puesto el soundtrack perfecto a la noche. Victoria, que en la oficina apenas y habla en las juntas si no es estrictamente necesario, soltó una carcajada y se giró para quedar frente a frente conmigo.Me rodeó el cuello con los brazos otra vez, colgándose un poco de mí para no perder el equilibrio. Sus ojos brillaban detrás de los lentes, con esa picardía que solo sale después del quinto trago.—Ella es callaíta... —empezó a cantar, mirándome directo a los ojos, señalándose a sí misma con un dedo en el pecho, justo en el escote, burlándose de su propia fama de niña buena.Yo me reí, pero el aire se me atoró en la garganta. Verla así, cantando Bad Bunny a todo pulmón, despeinada y sudando un poco, me pareció lo más sexy del mundo.—Pero pal sexo es atrevida... —siguió cantando ella, acercando su cara a la mía, retándome. No sé si fue el alcohol o si realmente quería mandarme el mensaje, pero la frase quedó flotando entre los dos.—¿Ah, sí? —le pregunté, sujetándola más fuerte de la cintura, pegando su cadera a la mía para que sintiera que yo no estaba jugando.Ella no contestó con palabras. Siguió moviéndose, un vaivén lento de caderas que chocaba contra mis muslos. Bajó la mirada a mi boca y luego volvió a subirla a mis ojos. La distancia entre los dos era ridícula. Podía sentir su respiración agitada mezclada con el olor dulce del Gin Tonic.—Gabo... —murmuró, dejando de cantar.La tensión era insoportable. Tenía que pasar.Victoria se puso de puntitas, estirándose todo lo que daba su 1.53 de estatura. Yo bajé la cabeza por instinto.Fue un "piquito". Nada salvaje todavía. Solo nuestros labios encontrándose en medio del caos de la pista. Un beso seco, rápido, de apenas dos segundos. Fue un beso de prueba, de esos que sirven para preguntar "¿Sí estamos haciendo esto?".Nos separamos apenas unos centímetros. Ella abrió los ojos y me miró, un poco asustada por lo que acababa de hacer, pero luego sonrió. Una sonrisa nerviosa, mordiéndose el labio inferior, como si acabara de hacer la travesura más grande de su vida.—Ups —dijo, pero no se alejó. Sus brazos seguían en mi cuello y sus dedos empezaron a jugar con el cabello de mi nuca.—¿Ups? —repetí, sonriendo como idiota—. A mí no me pareció un error.Ella soltó una risita y volvió a pegar su frente contra mi barbilla, escondiéndose un poco.—A mí tampoco —me confesó contra mi camisa—. Pero creo que quiero otro.El corazón se me aceleró a mil. —Concedido —le susurré.Me incliné y le di otro piquito. Este duró un segundo más que el anterior. Sus labios sabían a frutos rojos del gin y estaban calientes. Cuando me separé, ella no abrió los ojos de inmediato; se quedó con la cara alzada, esperando más, con una expresión de entrega que me revolvió el estómago de puras ganas.La canción seguía retumbando, ese bajo grave que te vibra en el pecho. Seguimos bailando, pero ya no había ni un milímetro de aire entre nosotros.Mis manos bajaron de su cintura a la parte baja de su espalda, justo donde sus caderas se ensanchan. Ella, por su parte, tenía las manos metidas debajo de mi saco, acariciando mi camisa, sintiendo mi calor.El baile se volvió instintivo. Yo movía una pierna entre las suyas y ella se montaba en mi muslo al ritmo de la música, frotándose descaradamente. Sentía la suavidad de sus pechos aplastándose contra mi tórax con cada respiración, y abajo... bueno, abajo era evidente que yo estaba más que listo. Ella tenía que estar sintiéndolo duro contra su vientre, pero lejos de incomodarse, se pegaba más, buscando esa fricción.De repente, el técnico de iluminación decidió ponerse creativo. Las luces de la terraza bajaron de intensidad y empezaron a parpadear flashes azules y morados, dejando la pista en una penumbra intermitente.Era el camuflaje perfecto.—Ya no aguanto —me dijo Victoria, o creo que lo dijo, porque más bien le leí los labios en la oscuridad.No esperé más.Aprovechando que las luces nos dejaban a oscuras por segundos, bajé la mano a su nuca, enredando mis dedos en su cabello suelto, y jalé su cara hacia la mía. Ya no hubo piquitos tímidos.La besé de verdad.Abrí la boca y ella hizo lo mismo, recibiéndome con ansias. Nuestras lenguas se encontraron con una torpeza desesperada, chocando, lamiendo, saboreando. Fue un beso sucio, húmedo, cargado de meses de miradas en la oficina y memes de doble sentido.Sentí cómo ella gemía contra mi boca, un sonido que se perdió en la música pero que yo sentí vibrar en mis labios. Se colgó de mi cuello con fuerza, casi trepándose en mí porque sus tacones ya no le daban abasto. Yo la cargué un poquito, lo suficiente para pegarla aún más a mi erección.Nadie nos veía, o al menos eso queríamos creer. Entre el humo de la máquina, las luces que parpadeaban y el alcohol que traían todos encima, éramos invisibles. Solo éramos Victoria y yo, comiéndonos la boca en medio de la pista, mientras mis manos empezaban a viajar peligrosamente cerca de sus nalgas y ella me jalaba el pelo como si quisiera arrancármelo.Cuando nos separamos un milímetro para tomar aire, mis manos ya no estaban en su cintura, sino descaradamente sobre su trasero, apretando la tela del vestido. Ella no se quedó atrás; sentí sus uñas clavándose en mi nuca, jalándome el pelo con desesperación.—Vámonos de aquí... hay mucha gente —me dijo al oído, jadeando.No tuvimos que decir más. La tomé de la mano y salimos de la pista, esquivando a un par de compañeros que bailaban "Payaso de Rodeo" en la orilla. Caminamos rápido hacia la zona de los baños, alejándonos de las luces de neón y del ruido ensordecedor.

Encontré justo lo que buscaba: un rincón en el pasillo que lleva a los sanitarios, justo antes de la entrada. Una de las lámparas decorativas estaba fundida o apagada a propósito, dejando esa esquina en una penumbra casi total.En cuanto estuvimos en la sombra, la pegué contra la pared.El choque de su espalda contra el muro fue suave, amortiguado por mi cuerpo que se prensó contra el suyo de inmediato. Volvimos a besarnos, pero esta vez fue mucho más intenso.—Ay Victoria... —le gruñí contra la boca.—Tú me provocaste... —respondió ella, mordiéndome el labio inferior.Mi mano derecha bajó con decisión. Ya no me conformé con tocar por encima de la ropa. Deslicé la mano por su muslo, subiendo la falda de su vestido. Sentí su piel caliente, suave, en contraste con el aire frío del pasillo. Ella soltó un suspiro entrecortado cuando mis dedos pasaron la barrera del dobladillo y tocaron carne desnuda.Subí más. Llegué a donde termina el muslo y empieza la curva de su nalga. Acaricié la piel suave justo debajo del elástico de su ropa interior. Era encaje, pude sentir la textura.—Gabo... —gimió ella bajito, abriendo las piernas un poco para darme acceso, recargando la cabeza en la pared y cerrando los ojos.Metí la mano un poco más, agarrando con firmeza su nalga derecha, amasando la carne suave. Ella se arqueó contra mi mano, buscando más presión, frotándose contra mi pierna al mismo tiempo. Estaba húmeda, o al menos eso me imaginé por cómo reaccionaba a mi tacto, y eso me puso aún más duro, si es que eso era posible.Estábamos al límite. Un movimiento más, un centímetro más de mi mano hacia el centro, y estaría sintiendo como estaba mojandose.De repente, se escuchó la puerta del baño de hombres abrirse y pasos saliendo. Nos congelamos. Me pegué a ella para taparla con mi cuerpo y bajé la mano rápido, alisando su vestido, fingiendo que solo estábamos platicando muy cerca.El tipo pasó de largo, demasiado borracho para notar qué estábamos haciendo en la oscuridad.Cuando el peligro pasó, Victoria soltó el aire que estaba conteniendo. Se acomodó los lentes, que estaban chuecos, y me miró. Tenía el labial corrido, el pelo revuelto y una expresión de deseo absoluto que me hizo temblar las rodillas.Me tomó de la corbata (o lo que quedaba del nudo) y me jaló hacia ella, mirándome con esa mezcla de miedo y excitación.—¿Y ahora? —me preguntó, con la voz rota, dejándome claro que no pensaba regresar a la fiesta a fingir que no había pasado nada.—Si regresamos a la pista así... —le dije, pasándole el pulgar por el labio inferior para limpiarle un poco el labial corridoElla soltó una risita nerviosa, acomodándose el tirante del vestido.—Tú tienes cara de que quieres terminar lo que empezaste —me contestó, y esa timidez de oficina había desaparecido por completo. Me tomó de la solapa del saco—. No quiero irme a mi casa todavía. Y definitivamente no quiero que tú te vayas a la tuya.Entonces soltó la bomba.—Pide un cuarto, Gabo. Aquí. Ahorita.Sentí un golpe de adrenalina en el estómago. Una cosa es el faje de borrachera en un pasillo y otra muy distinta es formalizar el asunto con una Amex. Pero verla ahí, despeinada y retándome con la mirada, hizo que mi cerebro dejara de pensar en consecuencias.—Vamos —dije.—Espera —me detuvo, poniéndome una mano en el pecho—. No podemos subir "a secas". Necesitamos suministros.Me señaló la barra que se veía a lo lejos al final del pasillo, donde el barman estaba distraído sirviendo shots a los de Ventas.—Vamos a llevarnos una botella y seguir la fiestaMe guiñó un ojo. Esa complicidad de "amigos haciendo travesuras" me prendió más que cualquier otra cosa.Regresamos a la zona de la fiesta, actuando lo más normal posible. Victoria se quedó vigilando cerca de una columna, fingiendo revisar su celular. Yo me acerqué a la barra. Aproveché que el mesero estaba discutiendo con alguien sobre hielos y, con una destreza que no sabía que tenía, tomé una botella de Ginebra que estaba medio llena sobre la barra de servicio. También agarré dos vasos vacíos.Caminé hacia ella con el botín.—Corre —le susurré.Salimos de la terraza hacia el lobby del hotel, riéndonos como adolescentes que se acaban de volar la clase. La mezcla de alcohol, deseo y el pequeño hurto nos tenía eufóricos.Llegamos a la recepción. El lugar era un contraste total con la fiesta: silencio, mármol frío, música ambiental bajita y recepcionistas perfectamente peinados.—Buenas noches —dije, tratando de sonar sobrio y ejecutivo, aunque traía el nudo de la corbata deshecho y una botella en la mano—. Necesito una habitación.El recepcionista nos escaneó. Vio a Victoria abrazada a mi brazo, vio la botella, vio nuestros ojos brillantes. No hizo preguntas estúpidas.—¿Sencilla o Doble? —preguntó, tecleando rápido.—Sencilla. Con cama King —respondió Victoria antes de que yo pudiera hablar. Me apretó el brazo al decirlo.—Tenemos una disponible en el piso 5. Son cuatro mil quinientos más impuestos.Ni siquiera lo pensé. Saqué la tarjeta y la deslicé por el mostrador. Mientras procesaban el pago, Victoria se acercó a mi oído, poniéndose de puntitas.—Espero que valga la pena la inversión, licenciado —susurró, rozando su nariz con mi cuello.—Vas a ver que sí —le contesté, firmando el voucher con un garabato ilegible.Nos dieron la llave electrónica. Caminamos hacia los elevadores tratando de mantener la compostura, pero en cuanto las puertas metálicas se cerraron y quedamos solos en la caja de acero, la botella y los vasos terminaron en el suelo (con cuidado) y nosotros terminamos pegados contra el espejo.El elevador empezó a subir.—Piso 5 —jadeó ella entre besos, mientras mis manos volvían a buscar desesperadamente su cintura—. Tenemos cinco pisos para calmarnos o vamos a romper la puerta.El elevador hizo ding en el piso 5 demasiado rápido. Nos separamos, jadeando, con los labios hinchados y la ropa hecha un desastre. Me agaché a recoger la botella y los vasos del suelo antes de que las puertas se abrieran.—Compórtate, por favor —me dijo Victoria, tratando de alisarse el vestido y acomodarse el cabello, aunque se le escapaba una risita nerviosa.Salimos al pasillo. El silencio del hotel era absoluto, un contraste brutal con el caos de la terraza. Caminamos buscando el número de la habitación, riéndonos por lo bajo, chocando hombros al caminar porque el alcohol nos tenía caminando un poco chueco.—502... 504... Aquí está —dijo ella, señalando la puerta.Batallé un poco con la tarjeta electrónica (manos temblorosas y vista nublada), pero cuando la luz verde parpadeó, entramos.La habitación olía a limpio, a aire acondicionado y a "lujo genérico". Había un ventanal enorme con vista a las luces de la ciudad y, al centro, una cama King Size que se veía inmensa, perfecta.—Lo primero es lo primero —dijo Victoria, quitándose los tacones de una patada en cuanto entró y caminando descalza sobre la alfombra. Se sentó en la orilla de la cama. Al ser tan bajita, sus pies apenas rozaban el suelo, lo que la hacía ver aún más pequeña en medio de esa habitación enorme.—Lo primero —confirmé.Fui a la mesita, dejé la botella de Ginebra "robada" y serví dos tragos generosos en los vasos. Sin hielos, sin agua tónica, sin limón. Gin tibio y directo. Una cochinada, pero en ese momento nos pareció el mejor cóctel del mundo.Le llevé el suyo.Ella lo tomó con las dos manos, como si fuera una taza de té, y me miró desde abajo. Sus lentes reflejaban la luz tenue de la lámpara de buró.—Salud por el robo hormiga —brindó, alzando el vaso.—Salud por la mejor decisión del año —contesté.Bebimos. El líquido bajó quemando la garganta, pero avivó el fuego que ya traíamos. Victoria hizo una mueca graciosa por el sabor fuerte, sacando la lengua un poquito, y luego se rió. Ese trago fue el combustible necesario para mantenernos en ese punto exacto: lo suficientemente borrachos para no pensar en consecuencias, pero lo suficientemente despiertos para sentirlo todo.Dejé mi vaso en la mesita de noche y me paré frente a ella, quedando entre sus piernas abiertas.Ella dejó su vaso también, pero no se movió. Se quedó ahí sentada, mirándome hacia arriba, con las manos apoyadas en el colchón, echando el cuerpo un poco hacia atrás. Esa postura hizo que el escote de su vestido se tensara al límite. Sus pechos se veían increíbles, subiendo y bajando con su respiración agitada.—Entonces... —murmuró ella, mordiéndose el labio, con los ojos brillosos por el alcohol—. Ya estamos aquí. Ya tenemos chupe. ¿Qué sigue, Gabriel?Me agaché despacio, poniendo mis manos sobre sus rodillas desnudas. Subí las manos lentamente por sus muslos, sintiendo la piel suave y caliente. Ella tembló, pero abrió un poco más las piernas, invitándome.Llegué a su cara. Con mucha calma, volví a repetir el gesto que ya se había vuelto nuestro ritual de la noche: tomé sus lentes de pasta negra y se los quité suavemente, dejándolos junto a los vasos.—Seguimos la fiesta, ¿no?—le susurré.Ella no esperó. Ni siquiera contestó.Se lanzó hacia mí, rodeándome el cuello con los brazos y estampando su boca contra la mía con una urgencia que casi me hace perder el equilibrio. Era de esos besos que tanto deseas en ese punto de la fiesta, sumado a las ganas acumuladas desde hacía meses.Ya no había frenos. Mis manos, que estaban en sus rodillas, subieron disparadas por sus muslos, arrugando la tela del vestido sin cuidado, buscando carne. Ella se arqueó hacia mí, frotando sus pechos contra mi pecho con fuerza, dejándome sentir lo dura que estaba a través de la ropa.Nos empezamos a recorrer con desesperación. Yo le apretaba las nalgas con una mano y con la otra bajaba por el escote de su vestido, intentando liberar esas curvas que me tenían loco. Ella, por su parte, jalaba mi camisa frenéticamente para sacarla del pantalón, metiendo sus manos frías bajo la tela para tocar mi espalda y arañarme un poco.Entre jadeos, risitas borrachas y el sonido de la respiración agitada, nos dejamos caer hacia atrás en la cama. El colchón rebotó bajo nuestro peso, pero no nos separamos ni un milímetro. Victoria se montó sobre mí a horcajadas, besándome el cuello, la mandíbula, mientras sus caderas se movían contra las mías, buscando fricción, buscando todo. Ya no era la oficinista tímida; era puro fuego.Victoria, montada sobre mí, empezó a mover las caderas en círculos, frotando su entrepierna con descaro contra la mía. A pesar de la tela de su vestido y de mi pantalón, la fricción era eléctrica.—Mmm... —gimió ella contra mi boca al sentir lo duro que estaba.No había forma de esconderlo, y ella no quería que lo escondiera. Al contrario, recargó todo su peso hacia adelante, presionando su zona más sensible contra mi erección, marcando el ritmo, dejándome claro que le urgía sentirme.Yo perdí el control. Mis manos bajaron hasta sus nalgas, agarrándolas con fuerza, amasando la carne suave a través del vestido. Eran perfectas, redondas y llenaban mis manos por completo. Le di un apretón firme que la hizo jadear y arquear la espalda, separándose un poco de mi cara pero pegándose más a mi cadera.Ese movimiento dejó su escote justo frente a mis ojos. Ya no pude esperar más.Solté una de sus nalgas y subí la mano con urgencia hacia su pecho. Mis dedos se engancharon en el borde de su vestido y, de un jalón decidido, bajé la tela y la copa del sostén de un solo movimiento.Su pecho izquierdo saltó, liberado de la presión.Me quedé sin aliento un segundo. Era magnífica. exquisita, con un pezón rosado que ya estaba duro por el frío del aire acondicionado y la excitación. Era mucho más grande y perfecta de lo que había imaginado en mis fantasías de horario laboral.—Dios... Victoria —jadeé.No pedí permiso. Llevé mi mano a su pecho desnudo, sopesándolo, sintiendo su calidez y su suavidad desbordándose entre mis dedos. Ella echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos y mordiéndose el labio, ofreciéndoselo por completo a mi tacto.Alcé la cabeza y atrapé su pezón con la boca. Lo succioné con ganas, pasando la lengua alrededor, saboreando su piel mientras mi mano apretaba la suavidad de su pecho. Victoria soltó un gemido largo y sonoro, echando la cabeza hacia atrás y enterrando los dedos en mi pelo, empujándome más contra ella, como si quisiera que me la tragara entera.Estuvimos así unos segundos, yo perdido en sus senos y ella jadeando, hasta que se separó de golpe, jalando aire.—Espérate... espérate —dijo, con la voz pastosa—. Me estorba el vestido. Me aprieta mucho.Se levantó de mis piernas y se puso de rodillas sobre el colchón. Con movimientos rápidos y algo torpes por el alcohol, terminó de bajar el cierre y se sacó el vestido por la cabeza, aventándolo a algún lugar de la habitación oscura. Se quedó solo en ropa interior: unas bragas de encaje que hacían juego con el sostén que yo ya había desacomodado. Verla así, chiquita pero con esas curvas impresionantes libres al fin, fue la mejor vista de la noche.Pero no me dio tiempo de admirarla mucho. Victoria volvió al ataque.—Ahora tú —ordenó.Se acercó a la orilla de la cama donde yo seguía recostado y sus manos fueron directo a mi cinturón. Batalló un poco con la hebilla (la coordinación no era nuestra fuerte en ese momento), pero en cuanto escuché el sonido del metal abriéndose, supe que iba en serio. Bajó el cierre de mi pantalón con urgencia. Yo alcé la cadera para ayudarla y ella jaló la tela hacia abajo, llevándose también mis calcetines en el proceso. Me quedé solo en bóxers y camisa.Entonces, gateó sobre mí otra vez.Sus manos subieron a mi pecho. Empezó a desabotonar mi camisa, uno por uno, pero no me la quitó. Solo la abrió por completo, dejando mi torso expuesto al aire frío del hotel.—Me gusta así... —murmuró, con una sonrisita traviesa, pasando sus palmas por mi pecho.Bajó la cara y empezó a dejar un camino de besitos húmedos sobre mi piel. Me besó el esternón, los pectorales, bajando despacio hacia el ombligo y subiendo otra vez. Sentía su aliento caliente y sus labios suaves recorriéndome, mientras su cabello suelto me hacía cosquillas en la panza. Yo tenía las manos en su espalda desnuda, acariciándola de arriba a abajo, sintiendo cómo su cuerpo pequeño vibraba contra el mío con cada beso que me daba.Sus labios siguieron bajando, rozando mi abdomen, pero su mano derecha tenía otra misión. Se deslizó por mi estómago y llegó al elástico de mis bóxers.Sin titubear, metió la mano.Sus dedos, que estaban un poco fríos, se cerraron alrededor de mi verga. Solté un jadeo ronco e involuntario cuando me agarró por completo. Me tenía en su puño. Empezó a acariciarme, subiendo y bajando la piel con un ritmo lento, midiendo el grosor, disfrutando del poder que tenía en ese momento.Entonces, dejó de besarme el pecho y alzó la vista. Se apoyó con la otra mano en mi torso para incorporarse un poco y me miró directo a los ojos. Tenía el pelo alborotado, los labios hinchados y esa mirada vidriosa que gritaba sexo.Apretó un poquito más su agarre, sintiendo cómo palpitaba en su mano, y sonrió de lado, con esa picardía borracha que me estaba volviendo loco.—Tan serio y portadito que te ves en las juntas de los lunes, Gabriel... —me susurró, arrastrando las palabras y arqueando una ceja—. Y mira nada más cómo te pones por tu "amiguita" de la oficina.No le respondí con palabras, no podía. La jalé del cuello y estrellé mi boca contra la suya para callarla, besándola intensamente. Ella soltó un gemido ahogado en mi boca y se acomodó mejor sobre mis caderas, abriendo las piernas para montarme a horcajadas otra vez.Empezó a moverse, frotando su sexo contra mi erección con un ritmo desesperado. A pesar de la tela delgada de sus bragas de encaje y mis bóxers, sentí el calor inmediato. Estaba empapada. Literalmente sentía la humedad traspasando la ropa, caliente y resbalosa, lubricando la fricción entre los dos. Saber que estaba así de mojada por mí me hizo perder la cabeza.—Siii —gruñí, separándome de su boca.—Todo... quítate todo —jadeó ella.Fue un caos de extremidades y tela. Ella se saco el sostén y las bragas. Yo me deshice de los bóxers y terminé de sacarme la camisa de un jalón.Quedamos piel contra piel. El choque de su cuerpo desnudo, suave, pequeño y curvilíneo contra el mío fue eléctrico. Pero Victoria no se quedó arriba para besarme. Tenía otra idea.Se deslizó hacia abajo por mi pecho, su piel rozando la mía, dejando un rastro de besos húmedos y calientes que pasaron por mi ombligo, haciéndome temblar. Llegó a mi entrepierna y se detuvo un segundo. Me miró desde abajo, con el pelo alborotado cayéndole por la cara y los ojos brillantes de lujuria.Sin dudarlo, abrió la boca y bajó la cabeza.Sentí la humedad caliente de su boca chupandome la punta. Solté un suspiro ronco, arqueando la espalda y enterrando los dedos en las sábanas del hotel. Ella empezó a chupármela con ganas, sin timidez. Sentía su lengua jugando, su saliva lubricando todo, y la succión rítmica de sus mejillas. Se movía con hambre, bajando hasta la base y subiendo, haciendo ruidos húmedos que resonaban en la habitación, demostrándome que la Victoria callada de la oficina era una bestia en la cama.Se separó apenas un centímetro, dejándome con la piel erizada y la respiración cortada. Sin decir nada, estiró el brazo hacia la mesita de noche y agarró el vaso de ginebra que habíamos dejado a medias.Me miró un segundo, con el vaso en los labios, y le dio un trago. Pero no se lo pasó. Mantuvo el líquido en la boca, inflando un poquito los cachetes como una niña traviesa, y dejó el vaso de nuevo en la mesa.Volvió a bajar.

Cuando su boca me envolvió otra vez, casi grito. La sensación fue una locura: el contraste de su interior caliente con el gin, que se sentía frío y al mismo tiempo picaba un poco por el alcohol, me mandó una descarga eléctrica directa a la columna. Sentía el cosquilleo del licor mezclado con su saliva recorriéndome, sensibilizando cada terminación nerviosa.Y entonces, lo hizo.Sin dejar de moverse, sin soltarme, alzó la vista.Me miró directo a los ojos desde abajo. Sus mejillas se hundían rítmicamente con la succión, y en su mirada no había ni rastro de timidez. Me sostenía la mirada con una intensidad descarada, viendo exactamente cómo me estaba haciendo perder el control, disfrutando de tenerme así, vulnerable y palpitando en su boca empapada de ginebra.Se detuvo, limpiándose una gotita de la comisura de los labios con el pulgar. Pasó saliva, tragándose la mezcla de mi sabor y el alcohol sin hacer ningún gesto de disgusto, al contrario. Se relamió, como si estuviera terminando un postre.—Sabe rico... —susurró con la voz ronca, y luego soltó una risita suave—. Sabe a ti y a ginebra.Con un suspiro de satisfacción, se paro y se dejó caer de espaldas sobre las almohadas blancas. Abrió los brazos y las piernas relajada, totalmente desinhibida, ofreciéndose a mi vista como si la cama King Size fuera su escenario personal.Me incorporé sobre mis rodillas, quedando entre sus piernas abiertas, pero no hice nada. Solo me dediqué a verla.La imagen era brutal. Ahí estaba la Victoria de la oficina, la que siempre trae suéter porque tiene frío, la que se esconde detrás del monitor. Verla así, completamente desnuda, fue un shock.Era una muñequita erótica. Al ser tan chaparrita, su cuerpo se veía concentrado, pura curva peligrosa. Su piel pálida resaltaba contra las sábanas blancas, ahora manchada de rojo en el pecho y el cuello por mis besos y la borrachera. Sus pechos, grandes, caían suavemente hacia los lados; su cintura se marcaba muchísimo al estar acostada, y sus caderas se veían anchas, invitantes.Me quedé hipnotizado viendo cómo su vientre subía y bajaba rápido. Era increíble pensar que debajo de esos trajes sastres aburridos se escondía este mujerón.—¿Qué tanto me ves? —preguntó ella, alzando un poco la cabeza, sonrojada pero orgullosa de saber que me tenía babeando.—Que eres perfecta, Vic —le dije, y no era choro de borracho. Le acaricié un muslo, subiendo la mano despacio—. Siempre me imaginé cómo te verías así... pero la realidad está mil veces mejor.No dije más. Me incliné de nuevo, pero esta vez no fui a su boca.Bajé despacio, dejando besos húmedos en su ombligo y bajando por el caminito de piel suave hacia su vientre bajo. Ella se estremeció, abriendo las piernas un poco más, invitándome a llegar al destino.Cuando llegué a su monte de Venus, me encontré con una sorpresa que me encantó: tenía un triangulito de pelo negro, recortado y cuidado. Me pareció lo más sexy del mundo.Hundí la nariz ahí primero, respirando su aroma natural y excitante. Le di besos suaves sobre el vello, sintiendo la textura cosquilleando en mis labios, preparándola.—Ah... Gabriel... —suspiró ella, moviendo las caderas, impaciente.Con mis pulgares, separé sus labios mayores revelando el rosa intenso y húmedo de su interior. Brillaba de lo mojada que estaba. No esperé más y le pasé la lengua de abajo hacia arriba, en una lamida larga y plana, probando todo su sabor.Ella pegó un brinco en la cama.Me pegué a ella, enterrando la cara en su entrepierna. Empecé a comerla con ritmo, usando la punta de la lengua para jugar con su clítoris y luego succionando con fuerza. Sabía deliciosa, a mujer excitada y caliente.—¡Ahhh! —gritó.Fue su primer gemido fuerte, real. Se le olvidó que estábamos en un hotel, se le olvidó la discreción de la oficina. Fue un grito de placer puro que rebotó en las paredes de la habitación. Sus manos bajaron a mi cabeza, jalándome el pelo, empujándome más contra ella, como si quisiera asfixiarme con su sexo.Escucharla gritar así, sabiendo que yo era el que le provocaba eso, me puso como piedra.Sin dejar de lamerla, sin sacar la cara de entre sus piernas, llevé mi mano derecha a mi propia verga. Estaba palpitando, dolorosamente dura. Empecé a acariciármela, siguiendo el ritmo de mi lengua.La imagen en mi cabeza era obscena y perfecta: yo devorando a mi compañera de trabajo, saboreando sus jugos, mientras me masturbaba pensando en lo rico que se sentía tenerla así, abierta y entregada solo para mí. Cada vez que ella gemía fuerte, yo apretaba más mi agarre, sintiendo que me iba a venir ahí mismo solo de escucharla y probarla.No pude aguantar ni un segundo más. La visión de ella retorciéndose, el sonido de sus gemidos y el sabor de sus jugos en mi boca me llevaron al límite. Me separé de su entrepierna, dejándola con un gemido de protesta, y subí rápido, arrastrándome sobre su cuerpo sudado hasta quedar frente a frente.Me acomodé entre sus muslos abiertos. Victoria sabía exactamente lo que venía. Sin que yo le dijera nada, alzó las piernas y las enganchó alrededor de mi cintura, abriéndose por completo para mí, dejándose vulnerable y expuesta.Me sostuve sobre mis brazos para no aplastarla con todo mi peso y guié la cabeza de mi verga hacia su entrada, que brillaba de humedad.La miré a los ojos. Ella me devolvió la mirada, mordiéndose el labio, con las pupilas dilatadas y el pecho subiendo y bajando con violencia.—Métela... ya —suplicó en un susurro desesperado.No tuve piedad.Empujé las caderas y me hundí en ella.—¡Aghhh! —gritó Victoria, echando la cabeza hacia atrás contra la almohada, cerrando los ojos con fuerza y clavándome las uñas en los hombros.Entré profundo, hasta el fondo, de una sola estocada. Dios, estaba apretadísima. Sentí cómo sus paredes internas me abrazaban con una fuerza increíble, calientes, resbalosas y estrechas. Al ser tan chiquita, la sentía en todos lados, me envolvía como un guante de terciopelo hirviendo. La sensación fue tan intensa que tuve que detenerme un segundo, apretando los dientes y cerrando los ojos para no venirme ahí mismo.—Victoria... estás... —gruñí, sin poder terminar la frase.Ella abrió los ojos y me buscó. Me jaló del cuello para besarme, un beso sucio y desesperado, mientras levantaba las caderas para recibirme mejor.Empecé a moverme.Salí casi por completo y volví a entrar con fuerza. El sonido de nuestra piel chocando llenó la habitación: un clap húmedo y obsceno cada vez que mis caderas golpeaban contra sus piernas y su pubis.El ritmo cambió rápido. Empecé a embestirla con fuerza, perdiendo la caballerosidad. Ella lo pedía a gritos, gimiendo mi nombre entre dientes, sacudiéndose bajo mi cuerpo.—¡Sí, Gabo, así! —gemía ella, y sentir sus piernas apretando mi cintura cada vez que yo entraba me volvía loco.Me incliné sobre ella, apoyando mi peso en los antebrazos a los lados de su cabeza para verla bien. Ver cómo sus pechos rebotaban con cada empuje, ver su cara descompuesta de placer, roja y sudada. Era la mejor vista de mi vida. Estaba cogiendo con mi amiga, con la de los lentes y el suéter, y resultaba que cogía mejor que nadie.Cada embestida me sacaba un gruñido. La fricción era deliciosa. Sentía cada centímetro de mi verga rozando contra su interior apretado. Ella me recibía todo, arqueando la espalda para buscar más profundidad, frotando su clítoris contra mi hueso pélvico en cada choque.Estábamos conectados, sudando alcohol y deseo, en una carrera frenética donde lo único que importaba era meterla más duro y más profundo.—Voltéame... —me ordenó con la voz rota, casi un gemido—. Ponme en cuatro, Gabo.No tuvo que decírmelo dos veces. Me hice hacia atrás y ella giró sobre el colchón.Victoria se puso de rodillas y apoyó los codos en la cama, arqueando la espalda al máximo. La vista fue brutal. Al ser tan chaparrita se veía minúscula en esa cama King Size, una figurita compacta y erótica. Pero sus proporciones eran una locura: cintura pequeña y esas nalgas... Dios mío, esas nalgas.Redondas, blancas, perfectas. Se veían mucho más grandes y apetecibles ahora que no estaban escondidas en sus pantalones de vestir negros. Se abrían deliciosamente ante mis ojos, invitándome.Me acomodé detrás de ella. La diferencia de estatura era evidente: yo me sentía enorme a su lado. Tuve que abrir bastante mis rodillas y bajar el torso para quedar a su nivel, cubriéndola con mi sombra, como un depredador sobre su presa.—Qué rica te ves así, Vic... —le dije, y no pude evitarlo: levanté la mano y ¡Plaff!Le solté una nalgada seca y sonora en el glúteo derecho. Su piel blanca se puso roja al instante.—¡Ahhh! —gritó ella, pero no se quejó; al contrario, echó las nalgas más hacia atrás.Sujeté su cadera con ambas manos. Mis dedos se hundieron en su carne suave. Apunté y, aprovechando la posición, empujé hacia adentro.Esta vez entré distinto. En esta posición, todo se alinea diferente. Entré muchísimo más profundo, tocando lugares que no había alcanzado antes.—¡Oh, mierda! —gimió ella, enterrando la cara en las almohadas, sintiendo cómo la llenaba por completo.Empecé a embestirla.La dinámica era increíblemente visual. Yo veía cómo mi pelvis chocaba contra sus glúteos redondos, deformándolos con cada impacto. Ella, siendo tan pequeña, se sacudía entera con cada empuje mío. Se veía frágil y al mismo tiempo increíblemente resistente, aguantando mi ritmo, recibiendo cada centímetro de mí.Desde mi altura, tenía la vista perfecta de su espalda curva y de cómo sus pechos colgaban libres, balanceándose adelante y atrás con la fuerza de mis estocadas.—Estás deliciosa, Victoria... —gruñí, perdiendo el control, aumentando la velocidad—. Me encanta cómo te ves así.—Más... más duro... —pedía ella, con la voz ahogada en la almohada, moviendo el trasero en círculos para recibirme mejor, disfrutando de sentirse dominada por mi tamaño.Ver sus nalgas rojas por el impacto anterior me encendió la sangre. No lo pensé. Alcé la mano de nuevo y descargué otro golpe, más fuerte, más seco, justo en el centro de su glúteo izquierdo.¡Plaff!—¡Ahhh! ¡Sí! —gritó Victoria, pero no era dolor, era puro placer sucio. Se giró apenas un poco, mirándome por encima del hombro con los ojos desorbitados y la boca abierta—. ¡Dame más, Gabo! ¡No pares!Le di otra nalgada, dejando mi mano marcada en su piel blanca. Ella gimió largo, temblando, y de repente, rompió la posición.Se giró con una agilidad sorprendente y me empujó el pecho para que me acostara boca arriba. No opuse resistencia. Victoria se montó sobre mí de inmediato, clavándome la mirada.Se dejó caer.Me tragó entero de un sentón.—Dios... —susurré, viendo la imagen gloriosa desde abajo.Victoria empezó a cabalgarme con un ritmo frenético. Al ser tan ligera y pequeña, se movía con una energía inagotable. Subía y bajaba rápido, rebotando sobre mis muslos, haciendo que sus pechos saltaran libremente frente a mi cara.Yo alcé las manos y agarré sus nalguitas con posesión. Mis manos abarcaban prácticamente todo su trasero. Apreté su carne, ayudándola a bajar con más fuerza, marcando el ritmo, golpeando mi pelvis contra la suya con violencia.La fricción era insoportable, deliciosa. Ella se inclinaba hacia adelante, apoyando las manos en mi pecho, y luego se echaba hacia atrás, moliendo su clítoris contra mí.Sentí cómo la presión subía. Mis testículos se apretaron. Estaba a segundos de explotar.—Vic... Vic, ya voy... —le advertí, apretando los dientes, preparándome para sacarla.Ella se detuvo un segundo, clavándome las uñas en el pecho, mirándome con una intensidad salvaje, sudada y hermosa. Negó con la cabeza.—No te salgas... —me dijo, jadeando fuerte—. ¡Vente adentro, Gabriel! ¡Hazlo adentro!—¿Qué? —pregunté, al borde del abismo.—¡Que te vengas adentro! —gritó ella, apretando sus músculos internos alrededor de mi verga—. ¡No pasa nada, lléname!Esa frase fue el detonante final. Saber que tenía permiso, que podía dejarme ir sin barreras dentro de ella, rompió cualquier control que me quedaba.La agarré de la cintura con todas mis fuerzas, inmovilizándola contra mí, y empecé a embestirla desde abajo con furia, una, dos, tres veces, tocando lo más profundo de su matriz.—¡Ahhhh! ¡Gabo! —gritó ella al sentir mis espasmos.Me vine.

Solté todo dentro de ella, bombeando chorro tras chorro de semen caliente, inundándola por completo. Sentí cómo ella también llegaba al orgasmo al mismo tiempo, contrayéndose rítmicamente alrededor de mí, ordeñándome hasta la última gota mientras gritaba mi nombre en la habitación del hotel.Nos quedamos así, ella colapsada sobre mi pecho, temblando, y yo abrazándola, sintiendo cómo nuestros corazones intentaban salirse del pecho.El silencio del cuarto solo lo rompían nuestros jadeos y el zumbido del aire acondicionado. Le acaricié la espalda, que estaba empapada de sudor, y bajé la mano hasta esas nalguitas que ahora tenían la marca roja de mi mano. Ella soltó una risita cansada contra mi piel y murmuró: "¿Cómo voy a ver a los de Contabilidad el lunes después de esto?". Yo me reí, besándole la frente sudada y apretándola más contra mí. "Con la misma cara de siempre, Vic. Pero tu y yo ya no".Nos acomodamos en la cama King Size, jalando la sábana para taparnos un poco del frío. Ella se acurrucó contra mi pecho, encajando perfecto como la pieza de rompecabezas que es, y en cuestión de minutos su respiración se volvió pesada, vencida por el alcohol y el orgasmo. Me quedé mirando el techo, sintiendo su cuerpo desnudo y suave contra el mío, sabiendo que la oficina nunca volvería a ser igual. Ya no éramos solo los amigos de los memes; ahora, cada vez que la viera en el pasillo con su traje sastre y sus lentes, me iba a acordar de cómo se ve gimiendo mi nombre.