February 17

A la salida

Estabas saliendo del trabajo y el clima estaba frio debido a que la lluvia caía con fuerza sobre la ciudad, te irías en el metro, el cual, estaba más lleno de lo habitual. Tú bajabas las escaleras con prisa, tu falda pegada a las medias por la humedad, traías un abrigo cubriendo apenas la silueta de su cuerpo. Habías trabajado todo el día, y lo único que te mantenía despierta era el pensamiento de que pronto nos veríamos.

El vagón en el que entrabas iba saturado. El calor humano y el olor a humedad se mezclaban en un ambiente sofocante. Apenas había espacio para moverse, y los cuerpos se apretaban unos contra otros a cada sacudida del tren.

Respirabas con dificultad, pero una sonrisa traviesa se dibujó en sus labios al sentir cómo su falda se levantaba apenas con el roce de una mano desconocida. Un accidente, podría pensarse… pero no lo apartaron. La presión de un brazo contra su cadera, el contacto sutil de unos dedos sobre el encaje de su media, todo eso la encendía.

Cerrabas los ojos por un instante, recordando la lencería que habías elegido esa mañana: un conjunto negro de encaje fino, tanga diminuta y un brasier que le hacia juego. Te gustaba saber que debajo de la ropa formal siempre estaba ese secreto sucio y provocador, y ahora, entre el gentío, era como si lo hubieras planeado para esa ocasión.

Una nueva sacudida del tren, y la mano subió apenas, rozando más arriba de su muslo. Tragabas saliva, el corazón se te aceleraba, la humedad creciendo entre tus piernas. No decias nada. No te apartabas. Solo te dejas llevar por la marea de cuerpos que te arrastraban, mientras que tus pezones se endurecían bajo la blusa.

El roce se convirtió en una caricia más clara. Unos dedos apretaron suavemente la parte alta de tu pierna, escondidos entre la multitud. Tú contuviste un gemido, mordiéndote el labio inferior, con los ojos brillantes de deseo. Nadie parecía notarlo, y esa era precisamente la perversión, el secreto de estar siendo tocada en medio de todos, excitándote más y más.

Sabías que cuando me vieras, me ibas a contár todo. Ibas a confesarte cómo te habías mojado en ese vagón, cómo las manos de un desconocido habían encendido tu cuerpo… para después dejar que yo fuera quien te reclamara, quien te castigara y te hiciera mía.

En el transcurso te agarrabas del tubo con fuerza cuando el metro volvió a sacudirse. La gente estaba tan apretada que apenas había aire para respirar, y sin embargo, tu empezabas a sentirlo; un bulto duro, firme, rozando contra tus nalgas. Al principio pensabas que sería un simple empujón por la multitud, pero la presión se mantuvo.

La tela de tu falda apenas era un obstáculo. Cada movimiento del metro hacía que aquel contacto se deslizara contra ti, lento, persistente. Tus mejillas se encendieron, pero en lugar de apartarte, cerrabas los ojos y apretabas los labios, dejando que tu respiración se agitara.

Las manos que antes habían acariciado tus muslos ahora te sostenían de la cadera con sutileza, como si evitaran que te cayeras. Pero sabías la verdad te estaban acomodando para frotarse mejor contra ti.

El calor se concentraba entre tus piernas. El encaje de tu tanga se empapaba cada vez más, al grado de que sentía la humedad pegada a tus medias. Mordias tu labio inferior, y en tu mente aparecia yo, con mi voz diciéndote al oído que te dejaras, que disfrutaras, que todo lo guardaras solo para mí.

Un nuevo empujón del vagón, y ahora eran dos cuerpos contra el tuyo, un hombre delante, otro detrás. El de enfrente rozaba tu abdomen con algo duro que latía bajo el pantalón; el de atrás, tu trasero, empujando con descaro.

La sensación era abrumadora. Dos erecciones apretandote entre en medio de la multitud, como si fuera una fantasía hecha realidad.
Tenías una respiración entrecortada, apretando los muslos, pero el calor húmedo entre tus piernas solo aumentaba.

Tu falda se había subido un poco, y el encaje de tus medias estaba al descubierto. Una mano rozó ese borde y bajó apenas, como tanteando terreno prohibido. Gemias en silencio, inclinando apenas la cabeza hacia atrás, como si buscaras aire, pero en realidad te estabas entregando al roce, a esa perversión de ser tocada entre desconocidos.

La tensión te tenía al borde. Cada golpe del metro hacía que el roce fuera más intenso, cada respiración contra tu nuca ta estremecía. Estabas húmeda, muy húmeda, empapando la fina tela de la tanga que llevabas solo para mi, amor.

Y en ese momento, entre la multitud, sentiste que tu cuerpo temblaba, que la ola de placer subía sin control. No llegabas a venirte por completo, pero la sensación fue tan fuerte que tuviste que morderte el dorso de la mano para no gemir.

Sabías que cuando te bajarás del metro, tus medias tendrían marcas de humedad, y tu ropa interior estaría completamente empapada. Y lo mejor era el pensamiento que te consumía, todo esto me lo ibas a contar a mi, con lujo de detalle, antes de entregarte entera a mis brazos para que reclamara lo que es mio.

El metro seguía avanzando lento, con sacudidas que empujaban los cuerpos unos contra otros. Ya no podías distinguir qué roces eran accidentales y cuáles deliberados; lo único que sabías era que tu piel ardía bajo la tela, y que tu humedad crecía sin control.

Detrás de ti, aquel bulto duro seguía rozando tus nalgas con insistencia, empujando en cada vaivén del vagón. Delante, otro cuerpo te apretaba con la misma firmeza, como si te atraparan en medio. Cada contacto era un recordatorio de lo prohibido, de lo sucio… y tú no te apartabas.

Cerraste los ojos y en tu mente apareci nuevamente yo. Te imaginas que te miraba desde un rincón del vagón, con esa sonrisa cargada de deseo, excitado al ver cómo varios hombres te rozaban, cómo sus manos buscaban tus muslos, cómo te humedecías pensando en mi y en esa perversión.

El calor era insoportable. Sentiste una mano subiendo por la parte posterior de tu falda, acariciando el encaje de tus medias, apretando apenas la curva de tus nalgas. Otro empujón, y la fricción contra tu sexo era tan claro que un gemido se escapó de tu garganta, ahogado entre el ruido del metro.

“Mi… amor… si me vieras ahora”, pensabas, mordiéndote el labio. Imaginabas mi mirada fija en ti, disfrutando de verte rodeada de hombres, casi poseída por manos ajenas, pero con la certeza de que al final todo eso sería mio.

La fantasía se volvió más intensa. En tu mente, no eran solo roces. Era yo quien te empujaba hacia esos hombres, susurrándote al oído:
Déjalos tocarte, amor… quiero verte perder el control.

Ese pensamiento te hizo estremecer. El roce contra tu sexo se sentía ya demasiado claro, húmedo, como si incluso a través de la ropa interior del desconocido pudieras sentir su dureza marcándose contra ti. Tus piernas temblaban, y la humedad de tu tanga era tan grande que se pegaba a tus labios, haciéndola más sensible, más vulnerable.

Te faltaba el aire. El vagón estaba lleno, pero la sensación era que todo giraba en torno a tu persona, a tus pezones duros rozando la blusa, a las manos que se deslizaban en lo prohibido, a tu imaginación que volaba hacia mi, excitándote aún más con la idea de un tercero compartiendo en este juego.

Cuando la estación se anunció por los altavoces, apenas pudiste reaccionar. Te sujetabas con fuerza del tubo, los muslos apretados, la respiración entrecortada. Habías estado al borde de venirte allí mismo, rodeada de extraños, pensando solo en mi y en lo que pasaría cuando me lo contaras todo.

El aire del vagón estaba espeso, húmedo, cargado de respiraciones y cuerpos apretados. Sentias tu blusa pegada al pecho, los pezones duros marcados en la tela; entre tus piernas, la humedad era tanta que el encaje de tu tanga ya estaba completamente empapado, transparente, como si gritara tu excitación a todos los presentes.

El hombre detrás de ti tepresionaba más fuerte, su verga dura rozando tus nalgas con descaro, siguiendo el vaivén del metro. El otro, a su lado, dejó que su mano se deslizara por debajo de la falda, acariciando el encaje de tus medias y rozando con los dedos la tela húmeda de tu sexo. Gemiate bajito, incapaz de contenerte.

Te mordias el labio y en tu mente solo estabas mi. Todo lo que permitias era para mi, como si lo hicieras sabiendo que luego me lo contarías y me encendería aún más.

El roce en tu clítoris, aunque apenas era por encima de la tela, fue demasiado. Te arqueabas un poco, empujando la cadera hacia atrás, buscando más. Una respiración caliente en tu oído te erizó la piel, y en ese momento sabias que habías cruzado la línea, estabas entregándote a lo prohibido.

Tu mano, temblando, bajó casi por instinto, y alcanzó el cierre del hombre frente a ti. Sentiste la dureza palpitante bajo la tela. El tipo apenas se movió, pero un gruñido ahogado confirmó que lo habías enloquecido. Con un movimiento rápido, le sacaste la verga, apenas, cubriéndolo con tu palma. Estaba caliente,duro y húmedo ya en la punta.

El vaivén del metro te movía, y cada sacudida hacía que lo masturbaras, mientras que el frotaba su sexo en ti y el de atrás se rozaba descaradamente contra tus nalgas.

El calor explotó en tu vientre. Tus piernas temblaron, tu respiración se quebró, y con un gemido ahogado entre dientes, te veniste allí mismo, mojando aún más tu ropa interior, empapando incluso las medias. El orgasmo te sacudió, haciéndote apretar más la verga que tenias en tu mano.

El hombre que tenías delante no resistió. Y un chorro caliente te sorprendió, manchando tus dedos, tu falda, incluso la parte descubierta de tus muslos. El olor fuerte y el calor de la corrida te hicieron jadear más, sintiéndote aún más sucia, más perversa.

El de atrás apretó su pelvis contra tu cuerpo, marcando tu trasero con su dureza, mientras las manos en tu entrepierna se retiraban despacio, como si quisieran saborear lo último de tu humedad pegajosa.

Cerraste los ojos, jadeante, temblando aún del orgasmo. Y en medio de la multitud, con la corrida fresca en tu piel, solo pensabas en mi, en cómo me contarías esto, en cómo me excitaría escuchar cada detalle mientras te hago mia.

Llegó el punto en el que ya llegaste a la estación en la que bajabas y cuando las puertas del metro se abrieron, saliste con pasos temblorosos. Sentías aún la humedad pegajosa en tus muslos, el calor entre tus piernas, el temblor de tu cuerpo recién sacudido por el orgasmo. El olor fuerte en tus dedos te recordaba la corrida que habías recibido, y en cada paso pensabas en mi, en cómo iba a reaccionar cuando te me presentaras así, tan sucia, tan mojada, tan mia.

Al verme esperándote, y apenas llegaste y te abrace, me mordiste el labio, besándome con desesperación, con saliva que chorreaba entre nuestras lenguas al mezclarse.

Y me decías
Amor… no sabes lo que pasó en el metro —susurrabas jadeando contra mi boca—. Me tocaron… me rozaron… me vine ahí mismo… y uno… uno se vino en mis piernas…

No necesite más. Te pegue contra la pared más cercana, levantándo tu falda con un tirón. El encaje de tu tanga estaba tan empapado que sonaba al despegarse de tu sexo, un hilo de humedad cayendo entre tus muslos.

Lleve mi mano a tus medias y senti el rastro caliente y viscoso que no era solo tuyo. Tu me mirabas con los ojos encendidos, retándome.
¿Lo sientes, amor? —susurrabas, guiando tu dedo hacia la mancha—. Es de otro… pero es para ti…

Eso me rompió el control. Te gire y hundi mi boca en tu sexo, lamiendo sin piedad, mezclando el sabor de tuyo con la salinidad de lo que había quedado. Gritabas, arqueando la espalda, temblando con la lengua que te devoraba.

Eres mía… —gruñi contra tu entrepierna—. Todo esto es mío, aunque te manchen, aunque te rocen, aunque juegues con ellos.

Tu jadeabas, bajando tu mano para hundir tus dedos en mi cabeza, empujándome más contra tu humedad. La saliva chorreaba por mi boca al succionarla, mezclándose con los jugos que seguías soltando sin control.

Cuando me levante, te bese otra vez, haciéndote probar la mezcla de sabores. Gemiste, mordiéndote los labios, y bajaste de golpe mi pantalón. Sacaste mi verga dura, la cubrias con saliva abundante, escupiéndole en la punta antes de chuparla con fuerza, se generaban ruidos obscenos que resonaban en el pasillo vacío.

Me decías, Te extraño tanto, amor… mírame… mírame mientras te la limpio… mientras me la trago toda…

La vista era brutal, tu maquillaje corrido, la boca brillante de saliva y semen, los dedos manchados de fluidos, mientras te devorabas mi verga como si quisieras tragartela toda.

Te levante de un tirón, te voltee y te penetre ahí mismo, sin compasión, contra la pared. El eco de las embestidas llenaba el lugar, el sonido húmedo de tu sexo mezclado con nuestros jadeos. Gritabas mi nombre, me arañabas los hombros, mientras yo te dominaba con golpes secos, profundos, reclamando lo que es mio.

Cada estocada era una mezcla de lujuria, celos y adoración sucia. Ya teníamos meses esperado, y ahora te tenía allí, marcada por otros, pero entregándote toda a mi, solo a mi.

Y cuando te senti convulsionar otra vez, gritando mi nombre, yo también explote dentro de ti, llenándote, desbordando lo que ya estaba húmedo, sucio y delicioso.

Nos quedamos jadeando, pegados, sudorosos, con mis labios buscándote una vez más. Sonreias, aún temblando, y me susurrabas:
—Te lo guardé todo, amor… porque al final, eres el único que me hace realmente tuya.

Después de ese momento tan intenso, llegamos a la habitación de un hotel, en el cual estaba impregnada del olor de sexo. El sudor nos corría por la piel, aún temblando por el encuentro contra la pared. Te lleve a la cama, te tiré de espaldas y ne acomodó entre tus piernas abiertas, viendo cómo los líquidos chorreaban de tu sexo enrojecido: mi semen mezclado con tu humedad, bajando en hilos brillantes hasta empapar las sábanas.

Tú, con la respiración entrecortada y el maquillaje corrido, sonreias traviesa, lamiéndote los labios antes de hablar:
—Amor… ¿quieres que te cuente todo lo que pasó en el metro?

No espere respuesta. Me incline a besarte, hundiendo la lengua en tu boca. Tu me chupaste los labios, me mordiste y luego escupiste un hilo de saliva dentro de mi boca, gruñendo bajito al sentir que te devorabas.

Mis dedos bajaron directo a tu sexo, abriéndote. Estabas chorreando.
—Cuéntamelo… todo —ordene, lamiéndote el cuello con saliva excesiva, chorreando hasta sus pechos.

Gemiste cuando mi mano se hundió en ti, y con la voz ronca y entrecortada empezaste:
—Cuando subí al vagón… estaba lleno, apretado… y sentí una verga dura contra mis nalgas. No se apartó… al contrario, me empujaba más…

Mi lengua bajó hasta tu pezón, succionando fuerte, dejando hilos de saliva que caían por tu piel. Arqueabas la espalda. Mientras me seguías diciendo lo sucedido
—Me agarraban de la cadera, amor… otra mano bajó hasta mi falda… me tocaron el borde de las medias… y sentí un dedo… justo ahí… tan cerca de mi clítoris que me temblaban las piernas.

Mis dedos te penetraron con fuerza, sacando de ti un chorro espeso de jugos. La humedad se desbordó, mojando mi mano y las sábanas. Se lo llevaste a la boca y lo escupiste encima de sus labios para luego besarla, compartiendo el sabor de su excitación.

Gemias, y siguiendo con el relato me decías:
—Y yo… yo estaba tan mojada que no lo pude evitar. Bajé mi mano y agarré una verga. Estaba caliente, palpitando… lo saqué un poco y lo masturbé… rápido, fuerte… hasta que se vino, amor… se vino en mis piernas, en mi falda… ¡sentí el calor de su semen chorreando!

El recuerdo te hizo estremecerte. Yo gruñiste, bajando directo a tu sexo. Lo abri con mis dedos y le escupi dentro, dejando que mi saliva se mezclara con lo que quedaba de mi corrida anterior. Mi lengua se hundió en ti, chupando con ruido sucio, bebiéndo sin compasión.

—¡Ahh Mi amor! —gritaste, arqueando las caderas—. Sentí tanto que casi me corro ahí mismo… y sí… me corrí… en medio de todos, embarrando mi tanga…

Te interrumpi levantando la cabeza, con la boca brillante de jugos. Escupi encima de tu clítoris y luego te lo lami despacio, con hilos de saliva colgando.

Me decías —Dime… ¿te gustó, amor? ¿Te gustó que otro te manchara?

Me mordiste el labio, y los ojos lo tenías encendidos. Me decías
—Sí, amor… me encantó… pero todo era para ti… todo para que te lo contara y me hicieras tuya así, como ahora…

Mis embestidas fueron rápidas, violentas, hundiéndome en ti hasta el fondo. El sonido era un escándalo: mi verga entrando y saliendo con chorros de saliva y semen mezclados, escurriendo por tus muslos. Gritabas mi nombre, arañándome la espalda, jadeando con la voz quebrada.

Cuando senti que estaba a punto de venirme, te la saque y te abri la boca. Tu entendiste. Te inclinaste, sacando la lengua, y yo te escupia varias veces dentro de tu boca antes de venime en ella, bañándote los labios, la lengua, las mejillas. Te lo tragaste todo, gimiendo de manera obscena, y luego te inclinabas a lamerme, succionando hasta la última gota mientras el exceso escurría por tu barbilla y su pecho.

Tú, empapada, sudorosa, cubierta de fluidos, me abrazaste con una sonrisa lujuriosa:
—¿Ves, amor? Todo lo del metro fue solo un adelanto… porque al final, lo más sucio y delicioso siempre es contigo.