Belén y su vicio anal durante el embarazo
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Belu no era fanática del sexo anal, pero el embarazo cambió algo en ella.
Recuerdo que esta charla fue cuando estaba Belu con varios meses de embarazo, no recuerdo si 5 o 6 por ahí. Como ya les conté varias veces, iba seguido a la casa de ella para acompañarla, yo me sentía menos sola ya que tengo que lidiar con la ausencia de mi novio, ella se sentía menos sola, cuando su marido se iba a algún viaje laboral.
No recuerdo como, ni que estábamos haciendo, que Belu me tiró la siguiente pregunta:
- Jose, ¿Cómo te llevás con el anal? - Me pregunto con una curiosidad que a mí me pareció genuina.
- Y, sí me preparo lo suficientemente bien lo disfruto… igual vos ya sabés esto, lo hablamos varias veces - le comenté extrañada - ¿A que se viene esta pregunta?
- No, nada, curiosidad. A mi mucho no me gustaba, cómo sabés.
Cuando me dijo eso me di cuenta al toque que ella dijo “no me gustaba” en lugar de “no me gusta”. Pensé que ahí había algo para indagar, pero decidí darle tiempo para ella se anime a contarme cuando se sienta preparada. Ya intuía que se venía una buena historia.
En ese momento, después de esa pregunta, ver a Belu de ¿5? meses me dejó completamente consternada. Empecé a notar cosas que antes no había prestado atención. Su cuerpo, el que conocía de memoria desde la secundaria, estaba transformándose de una manera que me provocaba pensamientos inaceptables. La panza ya se le marcaba firme y redonda, sobresaliendo con una curvatura suave y perfecta que le daba un aire de madurez y fertilidad que antes no tenía. No era enorme todavía, pero sí lo suficiente para que cada movimiento hiciera que se notara cómo crecía por dentro, cómo su cuerpo se estaba preparando para dar vida. Esa panza, suave al tacto, me hipnotizaba: imaginaba el calor, la piel brillando apenas bajo la luz, y esa forma en que empujaba la ropa hacia adelante, reclamando espacio.
Sus tetas eran lo que más me impactaba: habían crecido notablemente, llenas, redondas como nunca. Se le veían más firmes por el embarazo, con esa plenitud que las hacía sobresalir incluso cuando usaba vestidos sueltos de maternidad. Se notaban las venitas suaves marcándose bajo la piel, delicadas pero visibles, y los pezones más grandes, más oscuros, transparentándose en esa ropa blanca que algunas veces usaba de entrecasa. Cada vez que respiraba profundo o se movía, las tetas se balanceaban con un peso nuevo, sensual, casi hipnótico. Me costaba no mirarlas fijamente, no imaginar su calor, su suavidad, cómo se sentirían más llenas, más sensibles al roce.
Todo en ella exudaba una sensualidad distinta, más profunda, más animal y al mismo tiempo más femenina. La forma en que caminaba ahora, más lenta y consciente de su centro, con una mano a veces apoyada suavemente sobre la panza. La curva de su espalda acentuándose para equilibrar el peso nuevo. Esa mezcla de vulnerabilidad y poder que le daba el embarazo la volvía irresistible. Era la Belu de siempre, pero ahora cargada de una sexualidad madura, fértil, que me provocaba cosas que ni yo misma entendía del todo: un deseo tierno y urgente al mismo tiempo, una fascinación por cada cambio de su cuerpo que me hacía sentir unas ganas de abrazarla y protegerla, y también mimarla.
Me sentía casi culpable por mirarla así, por notar cada detalle con tanta intensidad, pero no podía evitarlo. Era hermoso. Era un milagro. Era sexual. Era Belu embarazada, y nunca la había visto más mujer, más viva, más deseable. Me sentía excitada por mi amiga y necesitaba aceptar mis pensamientos para poder continuar.
Al poco tiempo Belu retomo el tema sin que yo se lo haya preguntado.
- Bueno, me daba un toque de vergüenza decírtelo, pero si no es a vos ¿a quién sino? - me dijo con un tono de voz feliz - desde que estoy embarazada estoy como más sexual.
La miré con ojos de sorprendida y antes de que yo pudiera meter un bocado ella continuó:
- Yo sé que lo hablamos en el pasado, que nunca me gustó el anal, que lo hice un par de veces con mi ex, y una vez con mi marido, que nunca me llamó la atención, pero desde que estoy embarazada, no sé, algo cambio. Probamos y fue diferente…
Me quedé muy sorprendida por lo que me acababa de decir, no por el tópico sexual, que es algo de lo que hablamos miles de veces desde que nos conocemos, sino por el tema del anal.
- ¿Cómo linda? ¿Volviste a probar el sexo anal? - Le pregunté con curiosidad.
- Si, no sé que pasó, ni como, pero sí, volví a probar. Hace ya varios meses, jajaja. Recién ahora me animo a contarte:
Belu se acomodó mejor, con una mano apoyada en su panza de 5 meses, y me miró con esa sonrisa medio avergonzada, medio traviesa que conozco tan bien.
- No sabés lo que me está pasando desde que terminé el primer trimestre - empezó, bajando un poco la voz aunque estábamos solas -. Estoy re caliente todo el tiempo, che. Es una locura. Antes del embarazo yo era normal, bah, un poco puta, un poco nomás, jajaja, pero ahora… no sé si son las hormonas o qué, pero me despierto queriendo pija, me acuesto queriendo pija y durante el día cualquier cosa me pone a mil.
Hizo una pausa, se mordió el labio inferior y siguió:
- Los primeros meses, sobre todo cuando recién se me empezó a notar la panza, cogíamos como conejos con mi marido. En serio, Jose. Todos los días. A veces hasta dos veces por día. Yo lo buscaba, ¿sabés? Me ponía encima como podía, o le pedía que me cogiera de costado porque la panza ya empezaba a molestar un poco para algunas posiciones. Me sentía tan… llena, tan sensible. Las tetas me dolían pero al mismo tiempo me encantaba que me las tocara, que me las chupara. Y él estaba fascinado, obvio. Decía que nunca me había visto tan mojada ni tan caliente.
Se rio bajito, acariciándose la panza con círculos lentos.
- Era como si mi cuerpo hubiera hecho un clic. Todo me daba, mejor dicho, me da más placer. Un roce en los pezones y ya estaba lista. Y la panza… no sé, me hacía sentir más mujer, más puta, más deseada. Mi marido no podía sacarme las manos de encima. Yo tampoco de él. Fue una etapa hermosa, Jose… caliente y hermosa al mismo tiempo. Y lo sigue siendo.
Belu suspiró y siguió hablando, todavía con la mano apoyada en la panza, como si necesitara sentirla mientras me contaba todo.
- Y cuando mi marido no está… ay, Jose, me tengo que tocar una o dos veces por día. En serio. No aguanto. A veces es apenas me levanto, otras veces a la siesta o a la noche cuando me acuesto. No tengo ningún juguete ni nada, así que uso las manos nomás. Me acuesto en la cama, me bajo el shortcito y me toco despacito al principio, pensando en él o en cualquier pavada que me ponga caliente. Con la panza ya se me hace un poco incómodo ponerme boca arriba, así que termino de costado o sentada, con una mano en la concha y la otra acariciándome las tetas. Acabo rapidísimo, che. Las hormonas me tienen re sensible.
Se rio bajito, un poco colorada, y siguió:
- Hace unos meses, te cuento, me pasó algo en el baño que no le conté a nadie. Estaba masturbándome en el bidet. Cuando el chorro de agua me dio justo en el culo… sentí algo raro. No fue fuerte, pero sí una especie de cosquilleo caliente. Me quedé un segundo más de lo normal, dejando que el agua me diera ahí, y noté que me mojé de verdad, no solo por el bidet. Me excité un toque. No le di bola en el momento, pensé que era pavada mía, pero desde ese día… no sé, me quedó la idea dando vueltas. A veces cuando me toco sola termino pasando los dedos más atrás, rozando apenas, y me calienta más de lo que me imaginaba.
Belu me miró con los ojos brillantes, medio avergonzada y medio divertida.
- ¿Viste? Estoy hecha una loca con esto del embarazo. Todo me da calor.
Belu se acomodó un poco más, acariciándose la panza con lentitud, y siguió contándome con esa voz bajita y confiada:
- Hace como dos meses, una noche estaba en la cama con mi marido. Yo ya estaba bastante incómoda con la panza, se me hacía pesado todo, así que me puse de espaldas a él, en cucharita, bien pegadita. Pensábamos dormir nomás, él me abrazaba por atrás con una mano apoyada en mi panza y yo sentía su calor. Pero de repente empecé a calentarme. No sé qué me pasó, Jose… el roce de su cuerpo contra el mío, su respiración en mi cuello, las tetas sensibles… me mojé al toque.
Hizo una pausa corta y sonrió con picardía.
- Me bajé despacito el shortcito hasta las rodillas, sin decir nada. Él se dio cuenta y se puso duro enseguida. Yo agarré su pija y la puse entre mis piernas desde atrás, para metérmela en la concha como siempre. Pero en un momento, cuando la moví para acomodarla, la punta le rozó justo el culito. Fue solo un segundo… pero me dio un chispazo fuerte. Me excitó muchísimo más de lo que esperaba. Sentí como un calorcito que me subió y la concha se me puso todavía más mojada. Me quedé quieta un segundo, con la pija rozándome ahí, y sin pensarlo mucho empecé a moverme apenas, frotándola contra mi culito.
Belu me miró a los ojos, medio sonrojada.
- Fue la primera vez que sentí algo tan claro ahí. Y me gustó. Me gustó mucho.
Belu bajó un poco más la voz, como si estuviera reviviendo el momento justo ahí conmigo, y siguió contándome:
- Me quedé ahí quietita un segundo, con la pija de mi marido rozándome el culito. No sé qué me pasó, pero empecé a moverme despacito, frotándome contra él. Con la mano le agarraba la pija y la maniobraba yo misma, pasándola una y otra vez por mi agujerito, presionando apenas. Cada roce me hacía temblar. La panza me pesaba, las tetas me tiraban, pero estaba tan mojada y tan caliente que solo quería sentirlo ahí.
- En un momento le pregunté bajito, casi en un susurro:
Él se quedó callado un segundo, sorprendido. Hacía un par de años habíamos probado anal una vez, compramos un lubricante especial y todo, pero ni fu ni fa… no me gustó mucho, aunque tampoco me dolió y nunca más lo repetimos. Pero esa noche yo estaba diferente.
- Sí, está en el cajón - me respondió con la voz emocionada.
- Andá a buscarlo - le pedí, sin dejar de frotarme contra él, todavía con su pija entre mis nalgas.
Belu me miró con una mezcla de vergüenza y excitación, esperando mi reacción.
Belu respiró hondo, se acomodó la remera sobre la panza y siguió contándome:
- Volvió rapidísimo con el lubricante. Me lo puso primero en el culito, despacito, con el dedo, y después se lo untó bien en la pija. Yo estaba temblando de anticipación. Me abrazó por atrás, me besó el cuello y empezó a empujar muy despacito. Centímetro por centímetro, Jose… con una paciencia que no te imaginás. Sentí cómo me abría, cómo entraba caliente y resbaladizo. Al principio era raro, una presión fuerte, pero después… ay, Dios. Me volví loca. Era un placer diferente, más profundo, más lleno. Con la panza tan sensible y las tetas gordas, cada movimiento me hacía gemir. Sentía la pija adentro mío, llenándome el culo, y la panza apretada contra la almohada. Todo mi cuerpo estaba hiper sensible. Me tocaba la concha con una mano mientras él me penetraba y no paraba de temblar.
Se rio bajito, casi incrédula.
- Acabé en menos de, no sé, 3 minutos, no lo podía creer. Fue un orgasmo brutal, de esos que te sacuden entera. Le pedí desesperada: “Sacala, sacala… acabame en la panza”. No aguantaba más adentro, estaba tan estimulada que sentía que me meaba o algo. Él se salió justo a tiempo y se acabó encima de mi panza, todo caliente. Me quedé ahí jadeando, con la panza mojada, las tetas hinchadas y el culo palpitando. Fue… intenso. Muy intenso.
Belu me miró con una sonrisa traviesa y agregó:
- Desde esa noche supe que el embarazo me había cambiado para siempre.
Belu se rio bajito, todavía con la mano en la panza, y siguió contándome como si no pudiera parar:
- Después de esa primera vez me volví adicta, Jose. Te juro. Las hormonas me tenían loca y el culo se me puso re sensible. Te cuento tres que me acuerdo fuerte…
La primera fue una siesta de domingo. Mi marido estaba en la cama mirando el celu y yo me subí encima de él como pude, con la panza apoyada en su pecho. Empecé a frotarme y le pedí que me diera por el culo otra vez. Me puse en cuatro lo mejor que pude, él me puso lubricante y me la metió despacito. Esa vez fue más rápido y fuerte. Yo mordía la almohada para no gritar. Acabé apretando tanto que casi se volvió loco.
La segunda fue en la casa de mis viejos, hace como un mes y medio. Habíamos ido a almorzar y nos quedamos a dormir la siesta en el cuarto de huéspedes, el que era mí cuarto cuando vivía allá. Yo estaba re caliente por una copita de vino que me tomé y porque todo el día había estado rozándome contra él. Cerramos la puerta con llave, me puse de costado en la cama chiquita y le susurré que me diera por el culo. Fue silencioso y peligroso… él me tapaba la boca con la mano mientras me penetraba y yo sentía que en cualquier momento entraba alguien. Acabé mordiéndole los dedos. Salimos como si nada, pero yo tenía las piernas temblando.
Y la tercera… ay, esta fue la más zarpada. Una noche que no podíamos dormir, me puse en el borde de la cama, con las piernas abiertas y la panza para arriba. Le pedí que me cogiera el culo parado frente a mí. Me miraba a los ojos mientras entraba y salía, me tocaba las tetas que ya largaban unas gotitas de leche y yo me tocaba la concha. Fue largo, lento y profundo. Cuando acabó adentro mío sentí que me explotaba todo el cuerpo.
- ¿Viste? Estoy hecha una puta con esto del embarazo. Nunca pensé que me iba a gustar tanto.
Belu se quedó callada un segundo, mirando su panza con una sonrisa suave y casi incrédula.
- Nunca pensé que iba a disfrutar tanto algo que antes casi ni me gustaba - me dijo bajito-. El embarazo me cambió todo, Jose. Me hizo más sensible, más puta, más mujer. Y el culo… bueno, ahora es uno de mis favoritos. No sé si es por las hormonas o porque me siento más libre, pero me encanta. Me hace acabar de una forma que no sabía que se podía.
Nos quedamos mirándonos un rato en silencio, con esa complicidad que tenemos desde chicas. Yo sentía la cara caliente y un cosquilleo entre las piernas de solo imaginar todo lo que me había contado. Belu se rio bajito y me agarró la mano.
- ¿Qué? ¿Te puse caliente contándotelo? - me preguntó con picardía.
- Un poco bastante… - admití, colorada como un tomate-. Sos una hija de puta, Belu. Me contás estas cosas y después querés que yo me quede tranquila sabiendo que tengo a mi novio en otro continente.
- Jajaja, te presto el bidet si querés.
Nos cagamos de risa las dos, como siempre. Ella me apretó la mano y me dijo:
- Algún día te va a tocar a vos también. Mientras tanto… gracias por escucharme siempre sin juzgarme. Sos la única con la que puedo hablar de estas cosas.
Nos dimos un abrazo largo, de esos que duran más de lo normal, y sentí el calor de su panza contra la mía.
Y esta historia que me contó contribuyó para que le entregase el culo a mi novio en nuestras vacaciones. Necesitaba que mi novio me rompa el culo.
Hace poco me junté con Belu, ya terminó la cuarentena. Estábamos tomando mate en su casa cuando, de repente, me miró con esa sonrisa traviesa y me dijo bajito:
- ¿Sabés qué? El anal me sigue fascinando. Pensé que cuando pariera se me iba a pasar, pero no… sigo pidiéndoselo. Mi marido no entiende nada, pero yo estoy feliz y él está aún más feliz. Creo que el embarazo me abrió una puerta que no quiero cerrar.
Me guiñó un ojo y nos largamos a reír, como si el tiempo no hubiera pasado. Yo solo pude pensar que mi amiga seguía siendo la misma desatada de siempre.