El club de las esposas prestadas
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Historia que pretende ser una novela corta en varias partes. La vida de nuestros protagonistas cuando conocen la existencia de un bar de carretera con secretos íntimos que ofrece cambiar sus vidas a mejor.
Esta novela corta no pretende ser la “incitación a nada”. Quiero decir que, a pesar de su trasfondo machista, la autora abomina del heteropatriarcado. Las mujeres no somos mercancía, claro está. Y ahí surge la pregunta obligada en relación a la historia que presento: ¿es lícito lo abominable en la literatura?, ¿es legítimo el mero divertimento a la hora de escribir e imaginar historias por retorcidas que sean y después disfrutar de ellas leyéndolas? Ese es siempre un debate abierto al que les invito a unirse, eso sí, después de leer esta historia.
Alfredo entró en aquel local con el pelo y la gabardina empapados. Fuera, la noche se había convertido en un páramo líquido; la lluvia caía con una insistencia que parecía vengativa, como si el cielo se deshiciera en una sola idea: borrar las formas del mundo. Durante un instante, al cerrar la puerta tras de sí, creyó que el silencio interior sería un alivio. No lo fue.
El aire del local estaba tibio, casi perfumado. Sonaba música suave, una melodía de los noventa filtrada por altavoces envejecidos, y el reflejo de las luces cálidas se extendía sobre el suelo de madera encerada. No era un bar de carretera al uso. Había algo demasiado cuidado en los detalles: las lámparas bajas, el orden meticuloso de las botellas, la pulcritud de los taburetes vacíos. Alfredo avanzó unos pasos. El agua goteaba de su abrigo, formando un charco discreto a sus pies. Notó el peso de la jornada sobre los hombros, un cansancio espeso que le bajaba por los brazos como plomo derretido. Pensó que quizás lo más sensato sería pedir un café, sentarse unos minutos y luego buscar una habitación donde pasar la noche.
El viaje de trabajo había sido largo. Dos reuniones canceladas, una comida insulsa en un restaurante de carretera y, por último, la avería del coche justo cuando la tormenta alcanzaba su apogeo. La ironía no se le escapaba: el vehículo llevaba semanas avisando con un ruido raro, un golpeteo que él había preferido ignorar. Como ignoraba otras cosas.
Sacó el teléfono del bolsillo y llamó a Vera, que descolgó al tercer tono. —¿Estás llegando? —preguntó ella, sin sorpresa ni entusiasmo. Le explicó lo del coche, la lluvia, el cansancio. Que se quedaría a dormir en algún motel. —¿Y los niños? —preguntó él. —Durmiendo. Como deberías estar tú.
Hubo una pausa que ninguno se atrevió a llenar. Luego él dijo algo torpe, un “te llamo mañana”, y colgó antes de que el silencio creciera demasiado. Guardó el móvil y se acercó a la barra. Tras ella, una chica joven limpiaba vasos con un paño blanco. Tenía el pelo rubio, cortado a lo chico, y una expresión que combinaba desgana y concentración, como si el simple hecho de estar allí requiriese toda su energía. Cuando lo vio acercarse, no sonrió; apenas levantó la vista un instante, lo suficiente para calibrar su presencia.
—¿Qué le pongo? —preguntó con voz neutra. —Un café, si tiene. —Tenemos de máquina. —Me sirve.
Ella preparó la bebida con movimientos precisos, casi automáticos. Mientras tanto, Alfredo echó un vistazo alrededor. Había tres mesas ocupadas, separadas entre sí con una distancia que parecía calculada para evitar cualquier confidencia. En una esquina, una pareja conversaba en voz baja. En otra, dos hombres de traje jugaban al ajedrez sin mirarse. Cerca de la puerta, un tipo solitario removía el hielo de su copa, observando la lluvia a través del cristal empañado.
El café llegó en una taza blanca sobre platito rojo. Alfredo lo sostuvo entre las manos para entrar en calor. —¿Hay algún motel cerca? —preguntó. La camarera dudó un segundo antes de responder. —Depende de lo que busque. —Solo dormir. Ella asintió, pero no dijo nada más. Alfredo percibió un matiz extraño en la frase, una sombra que no supo interpretar.
Bebió un sorbo. El café estaba demasiado amargo, pero le devolvió algo de energía. Se quitó la gabardina, la colgó en el respaldo del taburete y se quedó mirando el reloj de pared: las once y media. Todavía se oía el golpeteo de la lluvia contra los cristales, constante, hipnótico.
—Bonita noche para perderse —comentó, más para sí que para ella. La chica lo miró por primera vez de verdad. Sus ojos eran grises, fríos, como si todo en ellos hubiera sido ya observado antes. —Eso depende —dijo—. Hay quien se pierde para encontrarse.
La frase quedó suspendida entre ambos, como una nota de música que nadie se atreve a apagar. Alfredo sonrió con discreción, sin saber si había oído una broma o una advertencia.
La puerta del fondo se abrió y un hombre de unos cincuenta años apareció con un paño al hombro. Tenía el aspecto de quien manda sin tener que decirlo. Miró a Alfredo, luego a la camarera. —¿Todo bien, Lucía? —Sí, todo bien —respondió ella. El hombre asintió y desapareció por el mismo pasillo, dejando tras de sí un olor leve a colonia y madera vieja.
Lucía terminó de secar un vaso y lo colocó con los demás. —Si quiere pasar la noche, hay habitaciones arriba. No son de hotel, pero están limpias. Alfredo vaciló. —¿Es un hostal? —No exactamente. —Ella bajó la voz—. Digamos que es un sitio… tranquilo.
El modo en que lo dijo lo intrigó. Notó un impulso irracional de aceptar, de no volver a salir bajo la lluvia. Había algo en aquella calma artificial, en esa música que parecía repetir los mismos acordes, que lo mantenía allí, como si el lugar lo hubiera elegido a él.
—Está bien —dijo al fin—. Me quedaré esta noche.
Lucía asintió, sin sorpresa. —Espere aquí. Avisaré para que le preparen una habitación.
La observó alejarse por el pasillo y pensó que nunca había visto un lugar tan extraño ni una camarera que hablara con frases tan medidas, como si pesara cada palabra antes de entregarla.
El murmullo del bar siguió su curso. Alguien rió, una risa breve, contenida. En el exterior, la lluvia seguía cayendo con la misma intensidad, disolviendo la carretera y todo lo que quedaba más allá del cristal.
Lucía tardó unos segundos en volver. Cuando reapareció, traía en la mano una llave metálica colgada de un llavero de cuero, con un número grabado: 3. —La habitación está lista —dijo—. Pero antes, si quiere, puede cenar algo. Alfredo la miró, sorprendido. —¿Todavía sirven comidas a estas horas? —Solo para los huéspedes —respondió, con un leve gesto de hombros—. Nada complicado, pero caliente.
Él dudó un instante. El estómago le recordaba que llevaba más de seis horas sin probar bocado. —Está bien. Gracias. —Siéntese donde quiera. Enseguida le traigo la carta.
Lucía se alejó hacia una puerta batiente que daba a lo que debía de ser la cocina. Alfredo eligió una mesa junto a una ventana y un radiador cercano que le proporcionaría calor. Afuera, la lluvia seguía cayendo, tan densa que el vidrio parecía pintado con humo. Más allá, los faros de su coche estropeado lanzaban un resplandor oblicuo, triste, que parpadeaba con cada relámpago.
El local tenía algo de escenario. Todo parecía dispuesto con un propósito que él no alcanzaba a entender: la música, el orden de las mesas, el silencio atento de los pocos clientes. Los dos hombres del ajedrez seguían en la misma posición, inmóviles. La pareja de la esquina ya no hablaba; ella miraba la copa, él la pared.
Lucía regresó con una carta breve, escrita a mano con una bonita letra en un cuaderno plastificado. —Puede elegir entre sopa del día, tortilla francesa, pasta o estofado. —De primero sopa, me vendrá bien, y de segundo pasta —dijo él, sin pensarlo demasiado. —¿De beber? —Agua, por favor. Ella asintió, anotó el pedido y volvió a desaparecer tras la puerta.
Mientras esperaba, Alfredo se quitó el reloj y lo dejó sobre la mesa. Notó que el segundero se había detenido. Lo agitó con un leve golpe, sin resultado. Sonrió para sí: hasta el reloj se rendía aquella noche. Abrió el teléfono para comprobar la cobertura. Una sola barra. Intentó enviar un mensaje a Vera, pero el icono de envío se quedó suspendido. “Sin servicio”.
Respiró hondo. El cansancio comenzaba a mezclarse con una especie de calma forzada, como si el aislamiento de aquel lugar lo envolviera. Se dijo que, quizá, esa pausa inesperada era lo que necesitaba. Una noche fuera de todo.
Lucía apareció con una bandeja. Colocó ante él un plato humeante y un trozo de pan. —No parece mal sitio para quedarse tirado —dijo él, intentando una sonrisa. —Depende de lo que uno busque, ya le dije antes —contestó ella, con esa manera suya de hablar en frases que parecían tener más de un sentido.
La sopa estaba sorprendentemente buena. Picadillo tierno, caldo humeante y aroma a especias. Alfredo comió con lentitud, agradeciendo el calor del plato y la música de fondo, que ahora sonaba más lejana, como si viniera de otra habitación.
Lucía se apoyó en la barra, observando discretamente. Había aprendido a reconocer el tipo de clientes que llegaban sin querer. Alfredo no encajaba del todo con los habituales: tenía un aire decente, un cansancio limpio, sin la mirada opaca de quienes acudían allí buscando olvidar algo concreto.
—¿Viene de viaje? —preguntó cuando se acercó a retirar el plato. —De trabajo. Aunque parece que esta vez la parada va a ser más larga. —Eso suele pasar —dijo ella, bajando la voz—. A veces el destino tiene sus propias rutas.
Él la observó con una mezcla de curiosidad y desconcierto. Había algo en Lucía que no encajaba con su juventud: una especie de serenidad antigua, como si el tiempo la hubiera golpeado antes de llegar a los veinte. —¿Y usted? —preguntó, casi sin pensar—. ¿Lleva mucho trabajando aquí? Lucía lo miró directamente. —Lo suficiente. —Luego añadió—: Aquí todo el mundo lleva “lo suficiente”.
El modo en que pronunció esas palabras lo dejó en suspenso. No supo si era ironía, tristeza o un aviso velado. Ella tomó el plato vacío y se lo llevó sin decir más.
Alfredo se quedó un momento mirando la puerta por donde había desaparecido. Luego se inclinó hacia la ventana. Afuera, la tormenta seguía implacable. Por un segundo, tuvo la sensación de que el edificio flotaba, suspendido sobre el agua, aislado del resto del mundo.
Lucía volvió con el plato de pasta, una porción de tarta de queso y la cuenta, aunque él no la había pedido. —No se preocupe, está incluido con la habitación —explicó—. Cuando termine, le acompaño arriba. —Gracias —respondió él.
Pagó en efectivo, dejó las monedas justas. Lucía las recogió sin contarlas. —¿Hay mucha gente hospedada esta noche? —preguntó. —Algunos. —Ella hizo una pausa breve—. Aquí nunca se está solo.
Esa frase, pronunciada con voz suave, se le quedó pegada a la mente mientras ella lo guiaba hacia las escaleras. El pasillo olía a madera húmeda y a algo más, indefinible, como perfume diluido en polvo viejo, pero en absoluto desagradable.
La escalera era estrecha, de peldaños crujientes. Al subir, Alfredo notó que la música del bar quedaba atrás, sustituida por un silencio casi táctil. Lucía iba delante, llevando una linterna pequeña para iluminar el camino. —La luz del pasillo parpadea —dijo—. El de mantenimiento no viene hasta mañana.
Al llegar al segundo piso, el corredor se abría en una sucesión de puertas numeradas. Solo la última, al fondo, parecía tener luz encendida. Lucía se detuvo frente a la puerta con el número 3. —Aquí está —dijo, entregándole la llave—. Tiene toallas limpias y calefacción. Si necesita algo, el timbre está junto a la cama. —Gracias. Ella asintió, pero no se movió enseguida. Lo miró un instante, con algo parecido a una sonrisa contenida.—Descanse…, ¿me ha dicho que se llama?
—Alfredo —respondió él consciente de que no había pronunciado su nombre en toda la noche.
—Pues eso, descanse Alfredo —Y añadió, antes de irse—: Mañana puede que la lluvia le deje marchar… o no.
La puerta se cerró con un clic suave.
Alfredo quedó solo, en la penumbra. Encendió la lámpara de la mesilla. La habitación era pequeña, con una cama sencilla, una ventana velada por cortinas gruesas y un espejo antiguo colgado frente a la puerta. Sobre la mesilla, un cuaderno abierto mostraba una frase escrita con tinta azul:
La leyó dos veces, sin entender si era una broma de algún huésped anterior o parte del mobiliario. Afuera, la tormenta seguía rugiendo. Se sentó en la cama, aún con la ropa húmeda, y pensó en Vera, en los niños, en el coche averiado bajo la lluvia.
Durante un rato, Alfredo permaneció sentado en el borde de la cama, escuchando el rumor de la lluvia y el crujido intermitente de la madera. El sonido del agua contra el tejado tenía algo hipnótico, casi protector, pero también encerraba una cadencia que no le permitiría descansar. Se quitó la gabardina y los zapatos, los dejó a un lado y se frotó el cabello aún húmedo con una toalla.
El aire de la habitación olía a jabón viejo y a algo indefinido, un aroma leve a perfume femenino que no parecía reciente. Miró a su alrededor: la colcha era de un color indefinible, entre beige y gris; sobre el escritorio había un vaso con una flor artificial cubierta de polvo. Todo parecía ordenado con esmero, pero sin alma, como si el tiempo se hubiese detenido en esa habitación hacía años.
Abrió la ventana apenas unos centímetros. Una ráfaga fría lo golpeó en el rostro. Afuera, la lluvia caía oblicua, arrastrada por el viento, y el reflejo de los relámpagos convertía los charcos del aparcamiento en espejos efímeros.
Alfredo pensó en llamar otra vez a Vera, pero sabía que sería inútil. La cobertura seguía inestable, y además, ¿qué podía decirle? Que se sentía raro, que el sitio le producía una mezcla de calma y desasosiego, que no entendía por qué no había querido irse, porque podía haber pedido un taxi. Sonaba absurdo incluso dentro de su cabeza.
Cerró la ventana y fue al baño. Encendió la luz: un bombillo amarillento parpadeó antes de estabilizarse. El cuarto era estrecho, con un espejo ovalado que mostraba un reflejo ligeramente deformado, como si la superficie estuviera fatigada de tantas caras. Se inclinó sobre el lavabo y dejó correr el agua fría.
Se observó unos segundos. El rostro reflejado le devolvía una expresión que no recordaba como suya: una mezcla de agotamiento y una cierta melancolía. Pensó en los años de matrimonio, en la rutina, en esa sensación de haber llegado a una meseta sin horizonte. No era infeliz, se dijo; simplemente, había dejado de buscar algo distinto.
Abrió la ducha. El agua salió primero turbia, luego se aclaró. Se desvistió despacio, dejando caer la ropa en el suelo con un sonido apagado. El vapor comenzó a llenar el pequeño espacio, empañando el espejo, diluyendo las formas.
El agua caliente le recorrió la espalda y los hombros, borrando el cansancio del viaje. Cerró los ojos. Por un momento, sintió una extraña paz, como si todo —el coche averiado, la lluvia, la llamada interrumpida— quedara lejos, en otro tiempo.
Unos minutos después abrió la puerta del baño y salió al dormitorio, envuelto en la toalla. El aire era más frío allí. La habitación estaba en penumbra. Durante un segundo pensó que la lámpara se había apagado sola, pero al mirar vio que la bombilla seguía encendida. Simplemente, la luz parecía más débil, como si la sombra del pasillo hubiera avanzado un poco.
La lluvia seguía cayendo. En algún punto del edificio, una tubería goteaba con ritmo irregular. Afuera, el viento silbaba como un animal que busca refugio.
El cansancio acabó por vencerle. Se tumbó, dejando la lámpara encendida. Los ojos se le cerraron poco a poco, aunque su mente siguió alerta, flotando entre el sueño y la vigilia.
Cuando por fin se durmió, creyó escuchar una voz femenina, suave, muy cerca del oído. Solo una palabra, casi un suspiro:
La luz del amanecer entraba tenue, desleída, a través de las cortinas. Alfredo despertó sobresaltado, con la sensación de haber dormido demasiado o quizá de no haber dormido en absoluto. Durante unos segundos no supo dónde estaba; la habitación le resultaba ajena, como una escenografía en la que él había aparecido por error.
El reloj de la mesilla marcaba las ocho y media. Afuera, la lluvia había amainado, aunque las nubes bajas seguían cubriendo el cielo. Se incorporó despacio, frotándose los ojos. Se duchó de nuevo, esta vez sin mirar el cristal, se vistió con la ropa del día anterior y bajó las escaleras. El olor a café recién hecho lo guió hasta el bar.
Lucía estaba detrás de la barra, con la misma calma meticulosa de la noche anterior. Al verlo, sonrió apenas. —Buenos días. ¿Durmió bien? Él la observó, buscando alguna pista en su expresión. —Sí… creo que sí. —Se aclaró la voz—. ¿Aún llueve? —Poco. Pero la carretera sigue encharcada. —Le señaló una mesa—. Si quiere desayunar, puede sentarse.
Alfredo obedeció. Sobre el mantel había ya una taza humeante y un pequeño plato con pan tostado, mantequilla y mermelada. —¿Siempre sirven tan temprano? —preguntó. —Aquí la gente madruga. O no duerme —respondió ella, sin levantar la vista.
El café estaba fuerte, reconfortante. Por un momento, casi logró olvidar la incomodidad de la noche. Mientras untaba la mermelada, sacó el teléfono y marcó el número de la aseguradora. La llamada tardó en conectar; la cobertura seguía débil.
Una voz automática lo condujo por un laberinto de opciones hasta que finalmente habló con un operador. Explicó lo ocurrido: el coche averiado, la ubicación, la necesidad de una grúa. —Podemos enviar un servicio, señor, pero con el temporal hay demoras. Tal vez hasta mañana. —¿Mañana? —repitió, sorprendido. —Sí, no tenemos disponibilidad antes, aparte de que mañana es domingo y ya veremos qué sucede. Lo siento.
Colgó resignado. Se quedó un rato mirando la pantalla del teléfono antes de marcar el número de Vera. Ella contestó rápido. —¿Ya arreglaste el coche? —Aún no. La aseguradora dice que hasta mañana no pueden venir. —¿Mañana? Pero, Alfredo, eso es… —su tono se endureció—. ¿Dónde estás exactamente? —En un motel. Bueno, en un sitio cerca de la carretera. Está todo bien, no te preocupes. —Siempre dices eso —murmuró ella.
El silencio que siguió fue espeso, incómodo. Podía imaginarla en la cocina, con los niños aún dormidos en sus habitaciones por tratarse de un sábado, el teléfono pegado al hombro, conteniendo un reproche que ya no necesitaba pronunciar. —Tranquila, de verdad. Mañana a primera hora estaré de vuelta —dijo, aunque sabía que no podía asegurarlo. —Está bien. Cuídate. —Y colgó.
Guardó el móvil. Se dio cuenta de que Lucía lo observaba desde la barra, con una expresión que no era curiosidad, sino algo más parecido a comprensión. —¿Problemas? —preguntó ella. —Nada que no se solucione. —A veces las cosas tardan en arreglarse más de lo previsto —dijo, sirviéndole más café sin que él lo pidiera.
Alfredo la miró un momento, intentando descifrarla. Había algo en su serenidad que lo descolocaba. Ni distante ni amable, simplemente presente, como si supiera algo que él no. —¿Hace mucho que trabaja aquí? —preguntó. —Demasiado —respondió ella, sonriendo apenas—. Pero no todos se quedan tanto tiempo.
En ese instante, alguien cruzó el vestíbulo. Un hombre alto, con abrigo oscuro, saludó a Lucía con un gesto y desapareció por el pasillo que llevaba al fondo. Ella lo siguió con la mirada y luego dijo: —Es el encargado del taller que hay detrás. Suele venir a desayunar. Quizá pueda echar un vistazo a su coche.
Alfredo sintió una punzada de alivio. —¿Podría hablar con él? —Claro, pero termine el café. Aquí todo llega cuando tiene que llegar.
Él asintió, aunque las palabras lo dejaron con la sensación de que nada en aquel lugar ocurría por casualidad. Afuera, el cielo seguía gris, inmóvil, y la lluvia fina repiqueteaba sobre el cristal como un reloj sin agujas.