February 18

Lector Voyerismo

La puerta del cuartito no terminó de cerrarse.
Quedó apenas entreabierta.
Lo suficiente.
La luz tenue del interior dibujaba siluetas en movimiento contra la pared. Ella estaba de espaldas al marco, el cabello cayendo sobre sus hombros, la postura firme incluso cuando alguien más se acercaba a su cuerpo.
No había duda de quién dominaba.
Se escuchó el roce de tela deslizándose lentamente. Una prenda cayendo al suelo. Luego otra. El sonido suave de un beso que comenzó contenido… y se volvió más profundo, más urgente.
El observador permanecía en la sombra, respirando apenas, consciente de que estaba cruzando un límite invisible. No debía mirar. No debía escuchar.
Pero la puerta abierta era una invitación.
Dentro, el ritmo cambió. La espalda de ella se arqueó ligeramente contra la pared. Un suspiro escapó primero… bajo. Controlado.
Después un gemido.
No era débil.
Era firme. Intenso. Seguro.
El tipo de sonido que no suplica… sino que ordena.
La silueta de él se movía más cerca, pero era evidente que ella marcaba el compás. Sus manos se alzaron, guiando, sujetando, decidiendo. Cada movimiento proyectado en sombras era una declaración de poder.
El pequeño cuarto amplificaba todo:
Respiraciones aceleradas.
El leve golpe rítmico contra la pared.
Gemidos que subían de tono y luego se ahogaban en otro beso profundo.
El observador sintió cómo la tensión le recorría la piel. Aferrado a la penumbra, incapaz de apartar la mirada de esa rendija que revelaba demasiado y a la vez tan poco.
Cada sonido era más claro ahora.
Más intenso.
Más prohibido.
Ella no ocultaba su placer. Lo sostenía con orgullo, con dominio, como si supiera perfectamente que estaba siendo escuchada. Que alguien, afuera, vivía la escena desde la distancia.
Y eso parecía excitarla aún más.
Su voz —baja, firme— murmuró algo imposible de entender. Luego otro gemido, más largo. Más profundo. El ritmo se volvió más fuerte por un instante, el vidrio vibrando apenas con el movimiento dentro.
El observador apretó los puños, respirando agitado, atrapado entre la culpa y el deseo. La falda negra seguía sobre la silla cercana, testigo silenciosa de todo. El perfume de ella impregnaba el aire.
Adentro, el clímax del momento se sintió como una ola contenida que finalmente rompe. Un gemido más alto. Una pausa repentina. Respiraciones agitadas llenando el silencio.
Después… calma.
La puerta se movió apenas.
Ella salió primero.
Cabello ligeramente revuelto. Labios enrojecidos. La blusa acomodada con lentitud calculada, como si cada gesto fuera parte del espectáculo.
Sus ojos se dirigieron exactamente hacia la oscuridad donde estaba él.
No sorpresa.
No enojo.
Solo una sonrisa lenta.
Dominante.
Como si siempre hubiera sabido que miraba.
Como si lo hubiera querido así.
Y mientras caminaba hacia el escritorio, acomodando su falda con elegancia perfecta, dejó claro algo sin necesidad de decirlo:
Lo prohibido no era el acto.
Lo prohibido era haber sido testigo…
…y no poder dejar de desear mirar otra vez. 😈🔥