April 5

La fantasía de Octavio

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Está vez el bully de mi hijo me pidió algo.

Gracias por sus mensajes y correos en el último relato, me encanta y me calienta saber lo mucho que les gusta que les cuente mis anecdotas con el bully de mi hijo. Ahora les vengo a compartir una nueva donde el me pide cumplir más de sus fantasías.

Era el 13 de enero, un martes frío y gris que marcaba casi tres semanas desde esa Nochebuena inolvidable donde todo cambió para mí. Ahora, Octavio, me considero completamente tu puta personal, tu milf blanca sumisa y pervertida que vive para complacerte. Hemos tenido sexo varias veces desde entonces —al menos una docena, contando las rapiditas en el garaje o las sesiones maratónicas en mi cama matrimonial cuando la casa está sola—. Cada encuentro es más intenso que el anterior: me has follado en todas las posiciones imaginables, me has marcado con chupetones y azotes que tardo días en ocultar, y has vaciado tus bolas pesadas dentro de mí tantas veces que mi coño se siente permanentemente estirado, moldeado a la forma de tu verga negra enorme. Mi esposo sigue de viaje por trabajo, ajeno a todo, y mi hijo —ese joven blanco al que sigues molestando cuando vienes— ni sospecha que su amigo bully me ha convertido en una adicta a su polla. En secreto, cada vez que te veo empujarlo o burlarte de él, mi tanguita se moja al instante, recordándome mi lugar: soy tu trofeo, tu perra ojetuda que suplica por más. No hay día que no piense en ti, masturbándome con dedos que no bastan para imitar tu grosor, fantaseando con tu dominación total. Y ese 13 de enero, fue una de esas veces donde tú tomaste el control absoluto, ordenándome un roleplay que me puso al borde de la locura.

Todo empezó esa mañana. Me había despertado sola en la cama king size, con las sábanas revueltas oliendo todavía a nuestro último polvo del día anterior —un quickie salvaje en el baño donde me habías inclinado sobre el lavabo y me habías taladrado el culo hasta dejarme escurriendo semen por las piernas mientras preparaba el desayuno—. Mi cuerpo voluptuoso, de 32 años, piel blanca como leche, delgada pero con curvas explosivas —pechos grandes y pesados que se bamboleaban libres bajo mi camisón de seda, un culo enorme y redondo que estiraba cualquier pantalón, cintura atractiva que invitaba a ser agarrada, y piernas hermosas, largas y suaves que terminaban en pies delicados con uñas pintadas de rojo—, temblaba de anticipación. Sabía que vendrías, porque me habías mandado un mensaje la noche anterior: "Mañana a las 10, puta. Prepárate para algo nuevo. Serás mi profesora caliente y sumisa. Trae uniforme si tienes, o improvisa. No me hagas esperar".

El mensaje me había puesto cachonda al instante. Me consideraba ya tu puta, pero la idea de fingir ser tu profesora —una maestra blanca sumisa dominada por su alumno negro bully— tocaba mi lado pervertido más profundo. Antes de conocerte, había fantaseado con escenarios así: yo, la autoridad aparente, rendida ante un joven alpha como tú. Corrí a mi clóset y busqué algo que sirviera de "uniforme". Encontré una blusa blanca ceñida, de botones que apenas contenían mis tetas DD, una falda lápiz negra ajustada que abrazaba mi culo enorme hasta medio muslo, medias de red hasta las rodillas, y tacones altos negros. Debajo, nada: mi coño depilado y rosado ya chorreaba jugos solo de imaginarte ordenándome. Me maquillé con labial rojo puta, eyeliner que acentuaba mis ojos azules, y me recogí el pelo rubio en un moño severo, como una profesora estricta... lista para ser rota.

A las 10 en punto, el timbre sonó. Mi corazón latió fuerte, un pulso que bajaba directo a mi clítoris hinchado. Abrí la puerta, y ahí estabas tú: Octavio, mi amo negro muy jovencito, bajito de estatura pero con un cuerpo compacto y musculoso bajo esa sudadera gris holgada y jeans bajos que dejaban ver el borde de tus boxers. Tu piel chocolate oscura brillaba bajo la luz del sol invernal, tus ojos maliciosos me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mi escote donde mis pezones endurecidos perforaban la blusa delgada. Llevabas una mochila al hombro, como un estudiante, pero tu sonrisa arrogante gritaba "bully dominante". Entraste sin pedir permiso, cerrando la puerta con un pie, y me acorralaste contra la pared del pasillo.

"Buenos días, profesora Pamela. ¿Lista para la clase privada?", dijiste con esa voz ronca y mandona, tu mano subiendo directo a mi falda, rozando mis muslos suaves. Jadeé, entrando en el roleplay al instante. "Octavio... esto no está bien. Soy tu maestra, no puedes tocarme así", respondí fingiendo resistencia, mi voz temblorosa y sumisa, pero mis caderas se pegaron solas a tu entrepierna, sintiendo el bulto monstruoso que ya empezaba a endurecerse.

"¿No? Pero si eres una puta disfrazada de profe, blanca ojetuda. Te he visto mirarme en clase, meneando ese culo enorme cuando pasas por mi escritorio. Hoy me vas a dar lo que quiero, o le digo al director que eres una pervertida", gruñiste, pellizcando mi pezón derecho a través de la blusa. El dolor-placer me hizo gemir bajito, mis jugos escurriendo por mis muslos internos. "Por favor, alumno... no hagas eso. Soy tu profesora, tengo que enseñar... ¡ay!", exclamé cuando tu otra mano subió bajo la falda, encontrándome sin bragas, dos dedos gruesos entrando de golpe en mi coño empapado.

Me arrastraste a la sala, que había improvisado como "aula": el sofá como banco de estudiante, la mesa de centro con libros viejos como pupitre. Me sentaste en el borde de la mesa, abriendo mis piernas hermosas con tus rodillas. "Empieza la clase, profe. Enséñame biología... el cuerpo de una milf sumisa", ordenaste, bajándote la cremallera despacio. Saqué tu verga negra enorme —esa bestia venosa que tanto me encanta, cabezona morada goteando precum, bolas pesadas colgando como frutas maduras—, y la admiré con ojos sumisos. "Esto... esto es el pene masculino, Octavio. Grande y... dominante", murmuré fingiendo lección, pero mi boca salivaba.

"No, profe. Es tu dueño. Ahora, demuéstrame cómo una maestra puta lo chupa". Obedecí sumisa, arrodillándome frente a ti como una alumna castigada, pero en reverse. Abrí la boca y me tragué la cabezona, estirándome las mandíbulas hasta doler, babeando mientras lamía las venas gruesas. Tus manos en mi moño lo deshicieron, agarrando mi pelo rubio para empujar profundo, follándome la garganta. "¡Glug... glug!", tosía, lágrimas corriendo por mis mejillas blancas, pero seguí: "Así... se estimula el glande, alumno... con la lengua de tu profe sumisa".

Me levantaste del suelo, me volteaste sobre la mesa como si corrigiera un examen. Subiste mi falda, exponiendo mi culo enorme blanco, raja rosada escurriendo. "Hora de examen práctico, Pamela. ¿Qué es esto?", preguntaste spankeando mis nalgas con fuerza, dejando huellas rojas. "¡Zas! Es... mi culo de profe puta, para que lo uses", gemí, arqueando la espalda en sumisión total. Escupiste en mi culo y frotaste la cabezona ahí, amenazando con entrar. "Buena respuesta. Pero falla: es mío. Abre las piernas, maestra".

Clavaste tu deliciosa verga negra en mi coño de un empellón, partiéndome las paredes húmedas. "¡Aaaah, Octavio! ¡No, alumno, esto es inapropiado... pero no pares!", grité en el roleplay, mis tetas rebotando contra la mesa con cada embestida salvaje. Tus huevos azotaban mi clítoris hinchado, tus manos pellizcaban mis pezones mientras me taladrabas. "Cállate, profe. Eres mi puta sumisa ahora. Di que suspenderás a todos menos a mí si te follo bien". "Sí... suspenderé a mi hijo y a todos, solo apruebas tú con tu verga negra... ¡fóllame más, bully alumno!", supliqué, mis paredes convulsionando en un orgasmo rápido, squirt chorreando por tus muslos.

Me volteaste boca arriba en la mesa, desabotonando mi blusa para liberar mis tetas grandes, mordiendo los pezones rosados hasta dejarlos rojos e hinchados. "Clase de anatomía: estos melones blancos son para mamarlos como un bebé negro". Chupaste fuerte, dejando chupetones alrededor, mientras seguías bombeando en misionero, mi cintura atractiva arqueada bajo tu peso. Mis piernas hermosas se enredaron en tu espalda baja, tacones clavándose en tus nalgas prietas. "Por favor, Octavio... califícame, dime si soy buena profe puta", gemí, mis uñas rastrillando tu espalda sudorosa.

"Eres 100 en ser perra sumisa, Pamela. Ahora, toma tu premio". Aceleraste, clavándote al fondo, y te corriste rugiendo: chorros calientes y espesos inundando mi útero, desbordando por mi raja abierta. Me dejaste temblando, coño palpitante goteando tu semen amarillento sobre la mesa.

Pero no terminaste ahí. Me llevaste arriba, a mi cuarto —el "despacho de la profe"—, y continuamos: me hiciste cabalgarte en la cama, mis tetas rebotando en tu cara mientras fingía darte "notas extras". Me follaste el culo en cuatro, spankeando hasta que lloré de placer, llamándome "maestra ojetuda que falla en disciplina". Horas después, exhausta y marcada, me besaste la frente: "Buena clase, puta. Mañana repetimos".

Desde ese día descubrí que a Octavio de verdad le calienta su profesora y eso me llena de morbo y un poco de celos, quizas debería de darle una sorpresa incluyendo a su profesora favorita a nuestra relación.