December 3, 2025

La tía de mi marido

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Ven, léelo y sumérgete en el mundo de la tensión sexual

Ese día pude darme el lujo de dormir un poco más. Hasta que, como era de esperarse, la voz entusiasta de mi pareja me despertó. Estaba especialmente animado: era el cumpleaños de su tío. Yo, sinceramente, no compartía el mismo entusiasmo, pero después de tantos años de casados, una aprende qué cosas hacen feliz al otro, incluso si eso significa sacrificar el tan anhelado descanso del fin de semana. Me levanté con el pelo hecho un desastre, arrastrando los pies. Me lavé la cara y desayuné mientras él ya me apuraba para que me metiera a la ducha.

Pero antes, lo primero: elegir la ropa adecuada para la ocasión. Me decidí por un pantalón tipo bahiano color verde agua y una remera ajustada de manga corta, en un tono similar. Quería lucir esos kilos menos, mostrar con orgullo ese pequeño logro personal.

Casi al mediodía arrancamos en su moto. El tránsito estaba imposible, parecía que todo el mundo había decidido salir al mismo tiempo. Yo iba atrás, ya medio resignada, mirando cómo el reloj avanzaba y pensando en lo que se venía: la reunión con la familia de él.

Lo que pasa con esas reuniones es que tienen una vibra medio rara. Toda esa gente, que claramente es de clase media como cualquiera, se esfuerza demasiado por parecer otra cosa. Se visten como si fueran al evento del año, hablan con un tonito que no usan en la vida real, y tienen esa obsesión por la puntualidad que no sabes si tomártela en serio o reírte. Todo es como una especie de teatro, donde cada uno actúa su papel de persona elegante, exitosa y perfectamente organizada.

Y yo, ahí, en la moto, con el viento despeinándome y el maquillaje medio derretido, pensaba: “Ya me van a mirar con esas sonrisas tensas y los comentarios pasivo-agresivos tipo ‘¡pensábamos que no venían!’”. Todo porque llegamos diez minutos tarde. Como si eso fuera un crimen...

Después de un buen rato en el tráfico, finalmente llegamos a aquel barrio cerrado. Ya sabes cómo son esos lugares: todo parece salido de un folleto turístico. Calles perfectas, casas enormes, todo tan pulido que casi te da miedo tocarlo. Estacionamos y, como siempre, mi pareja saltó de la moto con esa actitud de “estoy aquí para conquistar el mundo”, saludando a todo el mundo con un entusiasmo casi contagioso. Yo, por mi parte, trataba de mantener mi calma mientras me sumergía en el mar de perfección que rodeaba a ese lugar.

Entramos a la casa del tío y, como era de esperar, todo estaba en su lugar. La decoración, los muebles, la gente, todo parecía estar diseñado para que todo fuera tan impecable que te hacía sentir como si fueras el único que no encajaba. Pero lo peor era esa sensación de ser observada, como si todos estuvieran midiendo tus movimientos, esperando que te comportaras de acuerdo a la “norma” no escrita del lugar.

Apenas entramos a la casa, la primera en aparecer fue la esposa del tío. Siempre fue medio seca conmigo, cordial y punto, pero esa vez... esa vez vino con otra energía. Se me tiró encima con un abrazo larguísimo, de esos que te dejan pensando "¿y esto?". Me apretó como si fuéramos amigas íntimas de toda la vida, y cuando se separó, lo hizo lento, como si le costara soltarme. Me dijo “¡pero qué linda estás!” con una sonrisita rara, como si estuviera saboreando algo, no sé... fue raro.

Y lo más extraño fue que me sostuvo de los hombros mientras hablaba, con esa mirada intensa, como si me estuviera escaneando. Yo me reí medio nerviosa, porque no sabía si corresponderle o salir corriendo. Nunca me había saludado así. Nunca.

Después se quedó cerquita, demasiado cerquita. Me hablaba bajito, casi al oído, con esa voz suave que usan algunas mujeres cuando quieren que les prestes atención... o algo más. Yo trataba de actuar normal, pero por dentro estaba como: ¿esto está pasando o estoy alucinando? Me quedé ahí, sonriendo, como cuando no sabes bien qué está pasando pero tampoco quisieras armar un lío. Igual ya me había quedado claro que ese saludo no fue casual. Había otra intención detrás, y no tenía ni idea de qué hacer con eso.

Nos sentamos a la mesa y, como siempre en estas reuniones, la conversación agarró el mismo caminito predecible de siempre: médicos hablando de cirugías complicadas como si fueran recetas de cocina, marcas de autos que ni siquiera pueden llegar a verse en las calles, y viajes a lugares tan exclusivos que ni sabía cómo se escribían. Yo me acomodé tranquila, sin intención de competir con nadie. No es que no tuviera una vida interesante, simplemente no era de ese estilo. Me gusta viajar, claro, me gusta lo lindo, pero no siento la necesidad de tirar datos en cada oración eso me transmite vibes de autovalidacion y mientras todos estaban metidos en ese mundo de clínicas privadas y pasaportes sellados, yo escuchaba tranquila. Sonreía, asentía, me reía cuando podía, pero no forzaba nada. Lo raro fue que, en medio de todo eso, la esposa del tío parecía tener solo una misión en esa mesa: atenderme a mí.

Y no exagero. Era como si no hubiera nadie más. Se levantaba solo para preguntarme si quería más vino, si estaba cómoda, si quería mas ensalada. Me alcanzaba servilletas, me ofrecía el aderezo, me acomodaba la silla, me preguntaba si la temperatura estaba bien. A los demás, ni los miraba. Yo veía cómo el tío cortaba la carne en silencio, los primos hablaban entre ellos, y ella… era toda para mí.

En un momento hasta me incomodó. Le sonreía, claro, no quería parecer desagradecida, pero era evidente que no era normal. Había como diez personas en la casa y la mujer parecía convencida de que yo era la única invitada. Me hablaba con ese tono dulce, bajito, medio confianzudo, y cada tanto me tocaba el brazo o se inclinaba un poco más de la cuenta para alcanzarme algo. Empecé a mirar de reojo, como para ver si alguien más lo notaba, pero todos estaban en la suya. Y yo ahí, con la tía respirándome cerca y preguntándome por tercera vez si quería más agua, mientras los demás seguían hablando de sus logros y sus grandezas

En ese momento me empecé a preguntar: ¿esto es atención... o es otra cosa?

De un momento a otro estaba en la cocina con la tía, ayudándola a lavar los platos después del almuerzo. Yo pensaba que con eso iba a cortar un poco el ambiente raro de la mesa, pero no, resultó ser una escena rara por sí sola.

En un momento, mientras enjuagaba una fuente grande, se me resbaló un poco y ¡plash!, el agua me salpicó directo en el pecho. Me empapé toda la parte de arriba. La blusa se me pegó al cuerpo al instante y largué una mini carcajada nerviosa, más por la incomodidad que por otra cosa.

“¡Ay, qué desastre!” dije, mirando la mancha como si se fuera a secar sola.

Y ahí nomás apareció la tía, como salida de una película. Ni bien lo vio, agarró un paño del respaldo de una silla y se me acercó sin decir nada.

“Ven, te ayudaré a secarte”, dijo, casi en voz baja, como si estuviéramos en una especie de burbuja.

Me quedé medio quieta mientras me pasaba el paño por el cuello. Lo hizo con una suavidad inesperada, como si tuviera todo el tiempo del mundo para ocuparse de eso. Después bajó un poco más, por la clavícula, y empezó a secarme el centro del pecho con el mismo cuidado. El movimiento era lento, casi atento de más. Yo no sabía si mirarla, si hacer un chiste, o simplemente retroceder un paso, pero me quedé ahí, medio tensa, medio confundida.

El silencio entre las dos se hizo extenso, como si ninguna se animara a admitir lo obvio. Pero tampoco fue algo incómodo. Solo… espeso. Lleno de algo que no se nombraba pero se notaba. Su mano seguía ahí, y aunque ya no había casi agua que secar, el gesto seguía. Casi como si ya no estuviera ayudando, sino buscando otra cosa. O esperando una respuesta de mi parte.

¿Pero qué quería que hiciera en ese momento? Estaba ahí, mi marido conversando con su papá, los niños corriendo de un lado a otro, la abuela dando vueltas por la casa. Estaba claro que, por más que me estuviera empezando a sentir rara de la cabeza a los pies, no podía quedarme a “ver qué pasaba”. Había demasiado movimiento alrededor, demasiada gente. No podía arriesgarme a que alguien notara algo raro.

Mi corazón se aceleraba un poco, no sé si por la cercanía de la tía o por la sensación de estar atrapada en ese instante. Pero tenía que irme de ahí. Ya. No podía seguir en esa especie de trance, porque sabía que si me quedaba, las cosas se iban a complicar

Miré a los niños correteando y luego a mi marido, de espaldas, charlando con su papá. Fue como un click en mi cabeza. “¡Perfecto!” pensé. “Es el momento”. Hice lo que pude para zafarme de la situación sin que pareciera que me estaba escapando a toda velocidad.

“Gracias, ya está”, le dije, sonriendo un poco forzada, y traté de alejarme sin hacer que se notara mucho.

Vi en sus ojos que probablemente sabía exactamente lo que había pasado, lo que estaba pensando, pero no dijo nada. Solo asintió, dio un paso atrás, y la tensión entre nosotras se disipó, un poco.

Me di la vuelta, casi con un suspiro de alivio, y me encaminé hacia la puerta. No sé por qué, pero sentí que si me quedaba un minuto más, algo en mi iba a explotar. Y no quería estar ahí para ver cómo se desmoronaba todo.

Era el momento del pastel. Todo el mundo se agolpaba alrededor de la mesa, mirando con ansias cómo la tía cortaba la torta como si estuviera trabajando en una pieza de museo, asegurándose de que cada pedazo fuera perfecto. El dulce de leche, el chocolate, todo tan bien hecho que hasta daban ganas de aplaudirle.

Finalmente me pasaron mi porción, y mientras me servían, la tía ya tenía el tenedor en la mano, lista para dar el primer bocado. Con lo sabrosa que se veía la torta, no sé cómo pudo resistirse, pero ahí estaba, observando su pedazo de pastel, tan concentrada que ni siquiera notó cuando el dulce artificial empezó a gotearle por el dedo.

Y no fue solo un pequeño descuido. No. La tía se manchó de arriba abajo, en los dedos, en la palma, hasta en la muñeca. Se quedó mirando los restos de pastel pegados en sus dedos, y lo que hizo después fue casi automático: llevó la mano a la boca, como si fuera lo más natural del mundo, para lamerse los dedos.

Justo cuando eso pasó, escuchamos la voz del hermano de la tía, ese tipo que siempre tiene algo que opinar sobre todo, desde la política hasta de la higiene. No sé si por vergüenza o porque simplemente no pudo más, soltó:

—Ey, no te chupes los dedos, es muy antihigiénico.

La tía, que estaba en plena “operación pastel”, se detuvo de inmediato. Miró a su hermano, con esa expresión de “¿en serio?”, y entonces, sin decir palabra, simplemente se limpió los dedos con la servilleta, pero de una forma tan exagerada que casi me hace reír.

El hermano no dijo nada más, pero su cara lo decía todo. Era como si hubiera dado un consejo de vida. Los demás no sabían si seguir comiendo o si había algo realmente raro en la situación. Yo, por mi parte, traté de no perderme en la mueca de la tía que ahora pretendía parecer perfectamente educada, aunque en el fondo el pastel seguía desbordándose por sus dedos.

Después del comentario del hermano, la tía se limpió los dedos con una servilleta como quien se da por aludida, pero no convencida. Lo hizo con ese gesto exagerado, como diciendo “¿Contento ahora?”, y siguió sirviendo el resto del pastel con una sonrisita que era todo menos inocente.

Yo la miraba de reojo desde el otro lado de la mesa, con la boca llena de torta y los ojos atentos, porque algo me decía que no iba a dejar las cosas así nomás.

Y no me equivoqué.

Unos minutos después, cuando ya todo el mundo estaba en su segunda porción —o tercera, sin culpa—, la tía se sirvió otro pedacito. Esta vez lo hizo con más lentitud, como si estuviera armando una escena sin decir una palabra. Cortó el pastel, dejó que el relleno se derramara con total libertad, y cuando el dulce de leche le volvió a caer en el dedo... no usó la servilleta.

No.

Lo miró. Miró al hermano. Y sin sacarse la sonrisa de la cara, se llevó el dedo a la boca. Lento. Deliberado. Como si supiera exactamente lo que estaba haciendo.

La mesa quedó medio en silencio. Algunos se hicieron los distraídos, otros bajaron la vista como para no quedar pegados, y el hermano frunció la cara como si le hubieran puesto una mosca en el café. Pero ella ni se inmutó. Siguió comiendo como si nada, chupándose los dedos una vez más, ahora ya no por accidente, sino con toda la intención del mundo.

Y ahí fue cuando me miró. De costado. Solo un segundo. Pero esa mirada tenía una mezcla de burla y picardía que me hizo apretar fuerte la servilleta que tenía en la mano. Porque no era solo un acto de rebeldía familiar... era también un mensaje. Y era para mí.

¡Vamos, todos para la foto! —gritó el tio desde la punta de la mesa, agitando un celular como si fuera la última llamada del día.

Entre risas, sillas corriéndose y abrigos que volaban, empezaron a juntarse todos como si de repente fueran una familia perfectamente coordinada. Yo estaba todavía en la cocina, con mi taza de té medio tibio entre las manos, intentando desaparecer un rato más. Pero no hubo caso.

—tu también, ven, acércate! —dijo la tía, apareciendo con esa sonrisa suya que siempre parecía saber más de lo que decía. Tenía el pelo un poco suelto, el mismo brillo en la mirada de antes y ese tono amable, pero firme, que no dejaba lugar a excusas.

Me acerqué, un poco a desgano, pues no soy muy fan de tomarme fotos y cuando me acomodé en el grupo, ella ya estaba a mi lado. Ni bien me paré, su brazo se deslizó por detrás mío con naturalidad, hasta rodearme la cintura. Fue un gesto simple, típico de una foto familiar… pero había algo más en cómo lo hizo.

Su mano se apoyó con suavidad, pero no se quedó quieta. mientras cambiabamos de pose movia sus dedos suavemente, como reconociendo el terreno, deteniéndose justo donde podía sentir la forma de mi cuerpo a través de la tela. Me atrajo hacia ella un poco más, solo un poquito, pero fue suficiente para que sintiera su perfume, cálido y envolvente, justo detrás de mi oído.

—Así estamos mejor —murmuró cerca, apenas audible, como si fuera solo un comentario casual... pero no lo fue.

Yo no dije nada. Me quedé quieta, sonriendo para la cámara como el resto, pero por dentro sentía cómo la piel se me erizaba. El contacto era sutil, invisible para los demás, pero para mí, era imposible de ignorar.

Y justo antes de que el celular captara la imagen, noté cómo ella giró apenas el rostro y me miró de reojo, con una expresión serena, segura, como si estuviera disfrutando ese pequeño juego silencioso entre nosotras, en medio del bullicio.

Click.

La foto quedó. El momento también.

Y cuando se dispersaron todos, ella soltó mi cintura con la misma calma con la que la había tomado. Se alejó sonriendo, como si nada.

Pero yo, yo me quedé ahí, con el eco de su cercanía todavía pegado a la piel.

Mientras los demás se entretenían haciendo la sobremesa, yo me quedé quieta en un rincón, mirando la ventana como si ahí afuera pudiera encontrar alguna respuesta. Pero no había respuestas. Solo una inquietud creciente. Sabía que algo estaba pasando. No podía seguir ignorando lo que había sucedido entre nosotras, ni mucho menos el hecho de que estaba clara la tensión que había surgido, aunque nadie más pareciera notarlo.

Entonces, me decidí.

Dejé mi té a un lado, me levanté, y sin pensarlo demasiado, me dirigí al pasillo donde la tía estaba recogiendo algunas cosas de la mesa. Sentí el corazón acelerado, no porque tuviera miedo, sino porque sabía que iba a enfrentar algo que no podía seguir esquivando.

La encontré agachada, guardando las copas vacías, y la luz suave de la tarde iluminaba su cabello, que caía de manera perfecta sobre sus hombros. Ella no me escuchó entrar, así que aproveché el momento para acercarme, sin hacer ruido.

— Alejandra —dije con voz firme, pero no tanto como para que sonara desafiante.

Se levantó lentamente, y al verme, sus ojos se suavizaron, como si me hubiera estado esperando. Sin una palabra, me miró fijamente, y de inmediato supe que había algo más entre nosotras. Algo que no podía ser ignorado.

—¿Sí? —preguntó suavemente, y en sus ojos había una chispa que me hizo dudar, pero también me hizo avanzar.

Sentí una mezcla de inseguridad y determinación al mismo tiempo. Sabía que si no lo decía ahora, nunca lo haría.

—Creo que… creo que no puedo seguir ignorando lo que pasó. —Las palabras salieron más rápido de lo que pensaba—. Lo de la foto, lo de antes... no fue solo un gesto. Algo más está pasando entre nosotras, ¿no?

Ella no se movió ni un centímetro. Siguió mirándome, esperando, como si estuviera dejándome decidir cómo seguir. Y eso me dio el valor que necesitaba.

—No sé qué quieres de mí, pero... —comencé a decir, pero ella me interrumpió.

—No estoy buscando nada que no estés dispuesta a dar, querida —respondió, su voz tranquila pero cargada de algo que no podía identificar.

Hubo un silencio, largo, que llenó el espacio entre nosotras, antes de que ella finalmente diera un paso hacia mí. Fue un movimiento lento, controlado, y cuando estuvo lo suficientemente cerca, su respiración se volvió perceptible. y me besó

primero suavemente con sus labios calientes como los míos de tanta excitacion que estabamos sintiendo, luego sin pensárselo comenzo a jugar con su lengua dejandome saber que no dejaria espacio de mi boca sin ser degustado, yo en ese punto queria seguir... hasta el fin... sin pensar en las consecuencias, entonces a ella se le ocurrio una idea:

— Ven vamos hasta el cuarto de lavado, les dire a todos que pondre a lavar tu ropa, y que te dare algo para que te pongas

y asi lo hizo, me condujo por un pasillo que daba al patio de la casa, haciendo que me apresure corriendo

al llegar, ella inmediatamente me saco lo que llevaba puesto dejandome solo el panty

me corria el pelo para atras mientras me besaba el cuello dandome leves mordidas, en sus ojos habia algo que ardía

y alli estaban mis senos expuestos que devoraba sin hacer pausas, los juntaba, los mordia, los lamía, pellizcaba mis pezones, luego empezo a meter sus dedos adentro de mi panty, sabiendo exactamente que puntos tocar ella me tenia de espaldas, aprovechando para acariciarme, mordisquearme, tenerme... mi orgasmo llego mas rapido que de costumbre, entonces ella con mi flujo comenzo a chuparse los dedos, mirandome con lujuria, yo en ese mismo instante desprendi uno por uno cada boton de su jean, y le di una rica chupadita que la volvio loca, la senti temblar, mientras observaba como esos ojos verdes se le iban para atras, me tuvo asi por un largo rato, se ve que era lo unico que deseaba en esta vida, dejar de tener sexo mediocre... en ese momento ninguna de las dos hablaba porque sabiamos lo compleja que era la situacion pero no queriamos ahondar en eso

entonces le pregunte si deseaba continuar, a lo que ella respondio que con eso le alcanzaba... por ahora.

cuando terminamos, algo nos decia que debiamos apresurarnos a volver a la escena entonces ella me alcanzo una muda de ropa que me coloque lo mas rapido que pude, ella se subio su pantalon y volvimos a la reunion como si nada hubiera pasado...

© La Anonima