PAREDES DE PAPEL 48
Capítulo (48) «¿Querrá comprobar que estoy bien y si ya me he quedado dormida? Es un amor, pero lo que yo necesito ahora es otra cosa…» Me sequé y me dirigí a abrir la puerta, agradeciendo al cielo por haberme dado tiempo a enmascarar mi vicioso pecadillo. — Cariño… —dije, abriendo la puerta y quedándome sin palabras. — No es cariño, precisamente, lo que vengo a darte… —me cortó Fernando, entrando directamente y cerrando la puerta tras de sí. — ¿Pero estás loco? —pregunté, aún conmocionada—. ¡No deberías estar aquí! — ¿Cómo que no? —replicó Fer con autosuficiencia, tomándome por la cintura para pegar su cuerpo al mío y hacerme sentir la rotundidad de ese paquete que no había dejado de captar mi atención durante la comida—. Aquí es donde debo estar… ¿Por qué hacerme una paja pensando en ti, cuando puedo follarte? Sus manos ascendieron por mi talle hasta alcanzar mis pechos y acariciarlos por encima de la tela, donde se volvían a marcar descaradamente mis erectos pezones, mientras su boca atacaba mi cuello besándolo y produciéndome un estremecimiento. — Mmm… No puede ser —traté de negarme, pero aun así, derritiéndome con sus labios y manos, a la par que las mías se sujetaban a su cintura—. Tus padres y mi marido están ahí al lado… Agustín podría venir en cualquier momento… — Sabes tan bien como yo que eso no va a pasar —me susurró al oído, a medida que su ímpetu presionándome con la pelvis me iba empujando por el pasillo en dirección al dormitorio—. Esos tres ya estaban arreglando el mundo entre tragos, y no se van a mover de ahí en mucho rato. Tienen su propia fiesta, así que vamos a montarnos nosotros la nuestra… Aprovechando cómo el vestido se ceñía a toda mi figura, sus manos siguieron recorriendo mi anatomía como si fuera un alfarero que le diera forma al barro, acariciando con su calor cada curva para volver a provocar la humedad en mi intimidad. — Yo no tenía intención…—traté de oponerme sin convicción, denotando en mi agitada forma de respirar cómo la excitación se adueñaba de mí. Las manos del veinteañero me voltearon, amasando mis pechos mientras su duro paquete empujaba mi culito hasta la puerta del dormitorio. Los tacones me daban la altura precisa para que sintiera, de forma terriblemente excitante, todo el armamento del chico incrustándose ente mis nalgas, desde su parte más baja. — ¿De qué no tenías intención, Mayca? —me preguntó, guiándome con su empuje hasta situarme a los pies de la cama—. Te pones este modelito para remarcar los buena que estás y te presentas en mi casa sin bragas… —aseveró, haciéndome sentir cómo una de sus manos recorría mi terso muslo, ascendiendo por él y colándose bajo la tela—. ¿No tenías intención de calentarme la polla? — Uf, sí —acabé confesando—. Pero no podemos ir más lejos… — Eres una auténtica zorra, ¡y me encanta! Tu boca dice una cosa, y tus actos otra… Así, sigue meneando el culo así, que ya me va a reventar el pantalón. En ese momento fui consciente del movimiento de mi trasero frotándose contra la dureza que tenía detrás, buscando sentirla más intensamente. — Me has calentado la polla a conciencia —continuó—, y no dejas de hacerlo. Quieres quemarte, ¿verdad? Y el que el cornudo esté casi aquí al lado te da más morbo, ¿eh? — Joder, sí —respondí jadeando. La mano que se colaba bajo mi falda me incitó a subir la rodilla sobre el lecho, a la vez que la otra me tomaba del hombro, obligándome a agacharme para acabar gateando sobre la cama. — Muy bien, así, a cuatro patas… Tienes un pollazo… —dijo, acariciando mis muslos y subiendo a mi culito alzado para magrear su acorazonada forma—. Toda una jaca para ser bien montada… — Mmm… ¿Vas a montarme así, sin quitarme la ropa ni los tacones? —pregunté, arqueando ligeramente la espalda para ofrecerle la más provocativa imagen de mi cuerpo. — ¡Uf, sin duda! Estás divina… Tan elegante y tan puta… Sus dedos tomaron los bordes de la falda y la subieron lentamente, recogiéndomela hasta la cintura como quien desenvuelve un regalo, dejándome el culo desnudo y expuesto para él. Hasta mí llegó el aroma de mi propia excitación, al quedarse mi mojado coñito sin la prenda que había actuado como retén de su perfume a hembra ansiosa. — No deberíamos —aún tuve la osadía de decir, teniendo la certeza de que no había vuelta atrás—. Todavía puede venir Agustín… “¡Zas!”. Un azote en mi nalga derecha, que me hizo proferir un quejido cargado de deseo, acalló mi pobre oposición. — Ya estará con el segundo whisky, y si viniera, me da que es de esos a los que les gustaría ver cómo su mujercita disfruta a cuatro patas de una buena polla, recibiendo lo que él no puede darle… Seguro que sabe que tanta hembra necesita un buen macho que la satisfaga… Nunca se me había ocurrido tal posibilidad. «¿Disfrutaría Agustín viéndome gozar con otro?», me pregunté. «No creo, es bastante tradicional, pero… ¡Uf, qué idea más morbosa!». Sentí los dedos de Fer acariciando mi congestionada vulva, arrancándome un largo suspiro. — Estás chorreando —observó—, necesitas rabo ya. — Sí… Giré la cabeza para ver, de soslayo, cómo el veinteañero se quitaba rápidamente la ropa para dejarla sobre la cama, regalándome por unos instantes la espectacular imagen de su trabajada anatomía, esculpida para mi goce personal, con su portentoso obelisco apuntando a mi cuerpo ofrecido. «Dios, que este Robin Hood vuelva a ser certero en la diana…» Sus manos se posaron sobre mis nalgas y, dando un paso hacia mí, sentí su glande abriendo mis hinchados labios vaginales con puntería, penetrando con fluidez a través de ellos, hundiéndose entre mis pliegues como un pico de pan en queso fundido. — Ooohhh —gemí, disfrutando de cómo la pétrea herramienta me iba dilatando por dentro, insertándose en mis lubricadas y ardientes profundidades hasta incrustarse en mi matriz, aumentando la intensidad de mi gemido—. ¡Dios, cómo lo necesitaba! — Uf, no hace falta que lo jures. Quemas por dentro… ¿Sientes cómo me la has puesto con tu vestidito y ausencia de tanga? —preguntó él, empujando para clavarme la polla con ahínco, aplastándome los cachetes con su pelvis. — Diosss… —solo pude contestar, vislumbrando un precipitado orgasmo. Con sus manos sobre mi grupa, sujetándome por la parte más elevada de mis glúteos como un auténtico cowboy, Fer empezó un lento mete y saca de fluido movimiento, con el que la cabeza de su ariete percutía en la boca de mi útero y nuestra carnes chocaban en rítmico palmoteo. Yo gemía tratando de no elevar el tono, muerta de gusto por cómo ese acerado trozo de carne me abría y horadaba en una postura con la que el balano frotaba todas mis paredes internas, estimulando sus regiones más sensibles, a la vez que mi cuerpo se mecía acompañando el vaivén e impactos en el trasero. Continuará…