August 19

Mi nuevo trabajo

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Me llamo Daniela. Dieciocho años. Primer día de prácticas en la farmacia del barrio.

Me llamo Daniela. Dieciocho años. Primer día de prácticas en la farmacia de Don Fernando, en el barrio de siempre.

El cuerpo lo tengo normal: tetas de sujetador de copa B que se marcan un poco bajo la bata blanca cuando me agacho, cintura estrecha, culo redondo y firme que se nota en la falda negra, piernas torneadas, vientre plano. Nada de modelo. Pero todo en su sitio. Y esa mañana, nada más cruzar la puerta, noté cómo me miraba él.

Don Fernando. Cincuenta y dos años. Dueño. Alto, hombros anchos, canas en las sienes, manos grandes de dedos gruesos, voz grave que parecía salir del pecho. Llevaba la bata abierta sobre una camisa azul celeste y olía a colonia cara, a tabaco de pipa antiguo y a algo más… a hombre hecho.

—Tú eres la nueva —dijo sin sonreír—. Daniela, ¿verdad? Ven conmigo.

Me llevó al trastienda. El olor a medicamentos, a cartón y a alcohol de farmacia llenaba el aire acondicionado. Cerró la puerta con llave. El clic metálico sonó demasiado alto en el silencio.

—Aquí se trabaja en silencio y se obedece. ¿Entendido?

Asentí. Él se acercó hasta que sentí el calor de su cuerpo. Me miró de arriba abajo sin ningún disimulo. La mirada se le detuvo en la curva de mis pechos, en la línea de mi cintura, en el bulto de mi culo, en mis labios.

—Quítate la bata.

Parpadeé.

—¿Perdón?

—Que te quites la bata. Quiero ver qué tipo de chica me ha mandado la universidad esta vez.

Me la quité con dedos torpes. Debajo llevaba una camiseta blanca fina de algodón y una falda negra corta hasta media muslo. Los pezones se me marcaron al instante por el frío. Él soltó un sonido bajo, casi un gruñido de aprobación.

—Camiseta también.

Obedecí. Me quedé en sujetador negro de encaje. Él dio un paso más. Me rozó el pecho con el dorso de los dedos, despacio, como quien prueba la textura de una tela cara. Después bajó hasta el borde del sujetador y lo bajó un poco, dejando al aire un pezón rosado y ya duro.

—Bonitas. Firmes. Exactamente lo que esperaba de una de dieciocho. Se te ponen duros solo con que te miren, ¿eh?

Me giró de espaldas. Me bajó la falda de un tirón. El tanga negro se me quedó solo, metido entre los glúteos. Me dio una palmada seca en un lado del culo. El sonido resonó en el trastienda y el escozor me subió directo al coño.

—Culo de putita nueva. Redondito. Perfecto para agarrarlo.

Me empujó hacia la mesa de acero inoxidable donde preparaban los pedidos. Me dobló sobre ella. El metal frío me pegó en la barriga y en los pezones. Él se arrodilló detrás de mí. Sentí su respiración caliente contra mi entrepierna. Me bajó el tanga hasta los tobillos con dos dedos y me abrió los muslos con las manos grandes.

—Ya estás mojada y todavía no te he tocado de verdad. Qué ganas tenías de que un hombre de verdad te mirara el coño, ¿eh?

Me lamió. Lento. Ancho. Desde el clítoris hinchado hasta el agujero, subiendo y bajando varias veces. La lengua era gruesa, experta, de alguien que sabe exactamente la presión que hay que hacer. Me agarró los muslos y me abrió más, como si quisiera comérmelo entero. Chupó mi clítoris con fuerza, succionando, mientras metía dos dedos de golpe hasta el nudillo. El sonido húmedo y obsceno llenó el cuarto. Mis jugos le resbalaban por la muñeca.

—Joder, qué apretada. Cómo se nota que eres nueva. El coño se te cierra solo alrededor de los dedos.

Me folló con los dedos en tijera, abriéndome, buscando el punto exacto dentro. Cuando lo encontró, presionó y frotó sin piedad. Me corrí temblando sobre la mesa, mordiendo mi propio antebrazo para no gritar. Las piernas me fallaron. Él no paró. Siguió lamiendo y dedos hasta que me sacó un segundo orgasmo más corto y violento que me dejó jadeando y con la baba en la mesa de acero.

Se levantó. Escuché el ruido de la cremallera y el roce de la tela. Cuando me giré un poco por encima del hombro vi su polla: gruesa, venosa, curvada hacia arriba, con la cabeza morada y ya brillante de precum. Nada de chico de mi edad. Polla de hombre de cincuenta y dos años que sabe lo que quiere.

Me la puso en la boca sin pedir permiso. Me agarró del pelo con una mano y me embistió la garganta. Lágrimas me saltaron a los ojos. Babeé alrededor del tronco. El sabor era salado, fuerte, a hombre. Él gemía bajo, llamándome “putita de prácticas”, “nueva gorrina”, “la mejor que ha entrado por esa puerta en años”. Me folló la boca despacio al principio, después más profundo, hasta que sentí la cabeza golpeándome la garganta y las bolas en la barbilla.

Cuando le temblaron las piernas me sacó de la boca. Un hilo de saliva y precum me unía a la punta. Me volvió a doblar sobre la mesa, me abrió los glúteos con las manos y me entró de un solo empujón.

El grueso me abrió del todo. Me llenó. Noté cada vena, cada centímetro. Empezó a follarme con golpes secos, profundos, agarrándome de las caderas con fuerza. Cada embestida hacía que mis tetas rebotaran libres y el metal de la mesa crujiera. El sonido de su carne chocando contra mi culo llenaba el trastienda.

—Di quién te está follando el coño apretado.

—Don Fernando… —jadeé.

—Más alto, putita.

—¡Don Fernando me está follando el coño!

Cambió de postura. Me levantó como si no pesara nada y me sentó sobre la mesa, de frente a él. Me abrió las piernas en V y volvió a entrar. Ahora me miraba a la cara mientras me embestía. Me agarró los tobillos y me los puso sobre sus hombros. La nueva profundidad me arrancó un gemido agudo. Cada embestida me daba en el fondo. Él se inclinó y me chupó un pezón mientras seguía follándome, mordisqueando, tirando un poco con los dientes.

Me corrí otra vez, contrayéndome a su alrededor. Él no paró. Me bajó de la mesa, me puso de pie, me giró y me obligó a apoyarme con las manos en la estantería de los medicamentos. Me entró por detrás otra vez, más profundo todavía. Una mano me rodeó la cintura y me subió hasta el clítoris, frotándolo en círculos rápidos mientras me daba por detrás.

—Vas a correrte otra vez. Quiero sentir cómo me aprietas.

Obedecí. El orgasmo me dobló las rodillas. Él me sujetó. Seguí recibiendo embestidas mientras me corría, el coño espasmódico, los jugos resbalándome por los muslos.

Me hizo arrodillarme otra vez. Me folló la boca un rato más, lento, mirándome a los ojos, hasta que sacó la polla y se corrió en mi cara y en mi lengua. Chorros calientes, espesos, que me bajaron por la barbilla hasta los pechos. Me obligó a tragar lo que tenía en la boca y a lamer lo que había caído en mis tetas.

Me levantó, me limpió un poco con un papel de la farmacia y me dio una última palmada en el culo, más suave esta vez.

—Límpiate bien. Ponte la bata. Y vuelve al mostrador como si nada. Esta tarde, cuando cerremos la persiana… repetimos. Pero más despacio. Quiero probarte en el sofá de mi despacho. Quiero que te montes tú. Quiero metértela en el culo también. Y quiero que me mires a la cara mientras te lleno.

Me vestí temblando. El semen todavía me resbalaba por los muslos y me manchaba los calcetines blancos. El coño me latía, hinchado, usado. Salí al mostrador con las piernas blandas, la cara sonrojada y el sabor de él todavía en la lengua.

Don Fernando sonrió por primera vez en el día. Una sonrisa lenta, de poseedor.

Y yo supe, mientras atendía a la primera clienta con la voz un poco rota, que mis prácticas iban a ser largas. Muy largas.