July 15

Carcavear 8

Tiempo estimado de lectura: [ 36 min. ]

Empiezo a pensar que puedo sacar rentabilidad a los negocios sucios de mi tĂ­o.

uerdos imprecisos y polvos inesperados.

Cuando salí de casa de Sandra cogí la moto para conducir sin rumbo fijo; quería ordenar mis ideas. Mi tío me estaba metiendo en un mundillo que no conocía ni dominaba, y eso me producía cierto temor. Lo que pretendía era hacer extorsión y yo iba a ser cómplice de ello. Lo de enrollarme con la hija del concejal de urbanismo, o incluso con la mujer, tenía un pase, y eso tampoco me comprometía a mí, pero lo de grabarme follando con Elvira era más jodido, pues eso sí que me podía implicar directamente si por algún motivo salía a la luz o llegaba a los tribunales. Pensé que tenía que hablar con mi tío para intentar que no me metiese en ese tinglado.

Al final le llamé por teléfono y quedé con él en una cafetería que, por supuesto, eligió él.

- Tío, no estoy convencido de grabarme con Elvira. – le dije ya sentados.

- Pero si no va a pasar nada. En el momento que vea el vídeo aceptará todo lo que le proponga. Eso nunca saldrá a la luz.

- ÂżY si la convenzo sin necesidad de la extorsiĂłn?

- ÂżY cĂłmo piensas hacerlo? Ya lo he intentado de mil formas, y no quiere vender.

- Quizás no la has propuesto una cantidad de dinero que la satisfaga.

Me mirĂł con una mueca en la boca bajo su espeso bigote. Su sonrisa siempre era socarrona y era difĂ­cil adivinar lo que pasaba por su mente.

- Tampoco pienso ofrecerle una fortuna y quedarme yo sin ganancias.

- Puedo tantearla a ver a cuánto está dispuesta a vender.

- Pero si la tanteas, se pondrá a la defensiva y será más difícil hacer un trato que me convenga. Nada, nada, tienes que hacer la grabación, y después ya veremos.

Era bastante cabezón, además de egoísta, y no me dejaba salidas. Y como si eso fuera poco me recordó a las dos brujas.

- Te recuerdo que tienes que ir pronto a ver a MarĂ­a y a Carlota y dejarlas bien servidas, jajaja.

Cada vez tenía más claro que yo le importaba una mierda, y que solo me quería para sus putos negocios. No quise insistir más y acepté sumiso.

- No te preocupes, las llamaré hoy mismo para ver si me invitan a café después de comer.

- ¡Así me gusta que hables! – me dio un manotazo en la espalda – Con convicción, jajaja.

Alargamos la charla y acabamos comiendo allí mismo. Me estuvo contando sus andaduras de los últimos años, regodeándose de sus negocios sucios y de las tías que se había follado. Me quedé alucinando cuando me insinuó que estaba dispuesto a ofrecer a algún baboso a Raquel, si era necesario para cerrar algún trato. No dije nada y también evité que notará el asombro en mi cara.

Cuando acabamos de comer, llamé a María delante de él, para que viese que estaba dispuesto a cumplir con sus pretensiones. Por supuesto, aceptó invitarme a café de inmediato.

A las cuatro de la tarde me despedía de él para coger la moto e irme a casa de María. Cuando llegué me encontré con la sorpresa de que estaba toda la familia, María, su madre, y también su padre. Alejandro me echó la mano y Carlota y María sendos besos en la cara. Tuve que sentarme con los tres a la mesa y recibir un interrogatorio exhaustivo. Para mí sorpresa, a las cinco de la tarde, María dijo que se tenía que ir, que había quedado, y me quedé como un pasmarote sin saber que hacer. Nada más irse María, Alejandro dijo que también se tenía que ir, y aproveché para poner la misma excusa, pero Carlota me retuvo.

- Espera, espera. Primero tienes que probar unos dulces que he hecho. – me dijo prácticamente sujetándome del brazo.

Me puse tenso, además de colorado, y me volví a sentar. Alejandro se fue y Carlota sacó una bandeja de rosquillas, que según ella, las había echo ella misma. Se sentó a mi lado mientras me comía una de ellas.

Iba con un vestido súper ajustado que parecía que podía estallar en cualquier momento. Se le apretaba a las tetas y al culo marcándole ambas partes de manera ostentosa. Las tetas casi se le salían por el escote y sus gruesos labios pintados de rojo pasión me acechaban a pocos centímetros de la cara. El pelo, teñido de rubio, caía por sus redondas mejillas, y sus ojos saltones me miraban amenazantes.

- Están muy buenas. – le dije mirándola de reojo mientras masticaba la espesa masa.

- Le gustan a todo el mundo que las prueba. – replicó con su chillona voz, pero al instante cambió de tema lanzándome una directa.

- ¿Qué, te lo pasaste bien con María?

Paré de masticar y giré la cara viendo la suya a escasos centímetros. No me esperaba algo tan directo, y debió notar mi cara de pasmado.

- Jajaja, ya me lo ha contado ella, pero quiero que me lo cuentes tĂş.

- Carlota… eso es algo muy íntimo.

- MarĂ­a me lo cuenta to, ella es asĂ­, jajaja. Aunque no hubiera hecho falta, ya la oĂ­ gritar desde abajo, jajaja.

- Pues… no era mi intención. – le dije abochornado.

Me puso una mano sobre la pierna y acercó su fea cara aún más.

- A mí no me vais a engañar. – me sorprendió de repente con esa frase – Tu tío quiere hacer negocios con Alejandro y por eso nos invita a cenar. Alejandro está encantado por ver a esa putita que ha metido en casa y babear cuando habla con ella, pero lo que no sabe tu tío es que Alejandro no hace nada sin mi consentimiento.

Estaba alucinando con Carlota. Tendría cara de boba pero era más lista de lo que parecía. Me sentí acorralado sin saber que decir.

- Pues… no se de que me hablas. Acabo de llegar y no conozco los negocios de mi tío.

- Jajaja… eres muy joven y mientes muy mal. Se que un chico alto y guapo como tú no se enrollaría con María si no fuese por algún motivo. Estoy segura de que tu tío te a aleccionado para que la embauques y volvamos a ir a su casa. Y que sepas que eso ya lo has conseguido, pues nada mas salir le dijo a su padre que teníamos que volver.

- Bueno… ¿Y eso que implica? ¿Otra cena más?

- Y más minutos para convencer a Alejandro.

Me quedé callado, sin palabras, con la mente en blanco. Aquella señora, con aspecto de bobalicona, me tenía cogido por los huevos. Levantó una mano y me acarició la mejilla con sus dedos regordetes.

- Tranquilo, cariño. Eres joven, y los jóvenes tenéis poca experiencia y sois fáciles de manejar. Entiendo que te sientas agradecido a tu tío y que quieras complacerle, y te voy a hacer una oferta que le gustará.

Acercó su boca a la mía y me besó con sus gruesos labios repletos de carne. La verdad es que no me disgustó, incluso a esa distancia evitaba verle la cara. Sus grandes tetas se abalanzaron contra mi pecho y sentí el contacto de toda esa apretada carne. Despegó los labios y volví a ver sus ojos saltones devorándome con hambre.

- Si me lo haces pasar tan bien como a María… podría darle un empujoncito a mi marido para que accediera a las propuestas de tu tío. – y me volvió a besar, pero está vez con más ímpetu mostrándome la lujuria que desprendía su boca.

Aunque ese era el plan, no dejaba de alucinarme su propuesta, o más bien chantaje, sobre todo por lo directa que había sido.

- ¿De verdad que… harías eso?

SonriĂł con perversidad al notar que estaba a punto de aceptar.

- Haría eso y más, si es verdad todo lo que me ha contado María, jijiji.

Está vez el beso se lo di yo comiéndole los morros con ganas. Llevé una mano hasta sus tetazas y las estrujé sin contemplaciones. Al momento tenía el vestido por la cintura y el sujetador por debajo de las tetas. Me lancé a sus gordos pezones y comencé a devorárselos como un puto perro salido. No quería perder el tiempo y pensaba ponerla como una perra en poco tiempo.

- Aaaaaah… ¡Qué fogosidad, dios! – exclamó apretándome la cabeza contra toda esa carne blanda y cimbreante.

Al momento la tenía más caliente que unas ascuas, como presuponía, y tiré de su ceñido vestido hasta sacárselo por los pies. Las pequeñas bragas rojas apenas eran capaces de tapar un mínimo de tanta carne. Sus gruesos muslos de juntaban apretando su coño que se abultaba bajo la escasa tela. Tiré de los lados de las bragas con cierta violencia hasta sacárselas por los pies. – Ahhhhg… Diosss… ¡Cómo me gusta ese brío! – gritó con su voz chillona abriendo las piernas. Su coño quedó a la altura de mis ojos y noté el fuerte olor que desprendía, pero ya no me podía echar atrás. Me quedé mirando la tremenda raja unos segundos y su voz estridente volvió a sonar. – Ahhhhg… ¡Joder, nene! ¿A qué esperas? Ahhhhg… ¡Vamos… cómetelo!

Cerré los ojos y abrí la boca hasta aplastarla contra su caliente coño. Comencé a lamer y a chupar como un perro con ese fuerte olor, y ahora también el sabor, abotargando mis sentidos. Su voz estridente y chillona se convirtió en gritos; era como oír un violín tocado por un principiante. La espesa carne de su cuerpo comenzó a retemblar y al momento me soltó una sensacional corrida en la boca. El sabor del fluido era aún más fuerte, y retiré la boca de su empapado coño limpiándome con el dorso de la mano. – ¡Ahora te voy a follar como me follé a tu hija! – grazné a la vez que me bajaba el bañador y sacaba la polla totalmente erecta.

Sus ojos saltones se hicieron más saltones al verla. Jadeaba y babeaba como una cerda mirando el estirado miembro. La expresión de su cara regordeta y ya sudorosa, me produjo risa, pero me controlé. Me incliné sobre su cuerpo, despatarrado sobre el sofá y coloqué la punta de la polla contra su sudorosa raja. Puse las manos sobre el respaldo del sofá y apreté con fuerza. – Aaahhggg… - rugió como una bestia al sentir cómo la verga entraba en su coño. – Aaaaaaaaag… - dio un gritó estridente al sentir la penetración. Se agarró con las dos manos a mi culo y tiró de él para que se la clavara entera.

Al momento embestía como un toro furioso clavándosela entera en casa empujón. Sus gritos se hicieron más fuertes y estridentes, apretándome el culo cada vez que la polla se insertaba en su coño. Su cuerpo rollizo volvía retemblar, y un nuevo orgasmo hizo que soltase otra buena corrida.

Quería dejarla satisfecha, muy satisfecha, y no me corté.

- A tu hija lo que más le gustó fue la cabalgada que le di por detrás. ¿Quieres probar eso?

- Aaaaaah… Diosss… ¡Qué toro… estás hecho! – respondió jadeante y con su estridente voz entrecortada - ¡Claro que quiero! Pero aprieta fuerte… cabrón. Quiero que me saques… Aaaaaah… el rabo por la boca.

- Pues date la vuelta, zorra, que quiero ver tu hermoso culazo.

Se giró sobre el sofá hasta quedarse de rodillas con los muslos abiertos. Se agarró con las manos al respaldo y agachó la cabeza. El hermoso culazo era tremendo; eso si que eran dos sandías de buen tamaño. Puse las dos manos sobre los grandes glúteos y los acaricié con la mente enturbiada de lujuria. Me agarré la polla y la restregué contra la babeante raja que asomaba bajó los gruesos muslos. – Aaaa.. Aaaa… - gimió entrecortadamente al sentirlo. La muy zorra estaba que se salía de gusto.

La apunté contra la raja y volví a poner las manos sobre la blanda carne de sus glúteos. Se los abrí y contemple el escondido agujero. La piel estrellada lo cerraba latiendo con intensidad. Todo su cuerpo vibraba, jadeante y sudoroso, y le di un azote en el culo. – Zasssss… - No dijo nada, ni quejido, ni gritó, ni reproche.

Apreté y la polla se coló casi hasta el fondo. – Aaaaaaaaag… - Un largo y estridente gritó volvió a llenar el salón. Me agarré con fuerza a sus nalgas y comencé a bombear con violencia. Su coño se tragaba mi polla a cada empujón como una boca hambrienta de carne dura y sabrosa. Al poco se volvía a correr de nuevo, pero ya no paré. Seguí embistiendo como un burro desbocado esperando que la leche llegara. - ¡Me encanta montarte, zorra! – le grité al sentir el primer chorretón de semen. Su cuerpo se movía adelante y atrás chocando contra el respaldo del sofá, y sus gritos eran ensordecedores.

No supe si se habĂ­a vuelto a correr o si habĂ­a tenido orgasmos encadenados, porque sus gritos y temblores se hicieron continuos.

Cuando saqué la polla, su coño chorreaba como un río, con una mezcla de semen y flujo. Me sentí agotado después de ese polvo salvaje, y me tiré sobre uno de los sillones jadeante y con los ojos cerrados.

- Ahhhh… Ahhhh… ¡Madre mía, niño! ¡Menudo potro salvaje estás hecho! – dijo espatarrada y jadeante.

- Espero que te haya gustado. – respondí con la respiración agitada.

- ¡Joder, que si me ha gustado! ¡Me ha encantado! Ya no se encuentran machos tan briosos, jajaja.

- Entonces… ¿Cumplirás tu palabra?

Se incorporó sudorosa y jadeante. Desvié la vista de su cara; no quería que la última imagen de aquel polvo fuera… eso. Me acarició la mejilla y me besó.

- Ya te dije que haría eso y más, y lo cumpliré como tú has cumplido.

Se retiró para dar un buen trago de whisky y vi su robusto cuerpo por la espalda. Su culazo me pareció más tremendo que antes, al igual que sus rollizos muslos.

- Una cosa más, Carlota. – se giró para mirarme – Me gustaría que no le dijeses nada a tu marido… todavía.

TorciĂł la boca a modo de sonrisa.

- Me da que tramas algo, mamoncete, jajaja. No hay problema. Le daré el empujoncito cuando me digas.

Me adecenté y le di un jugoso beso antes de irme para dejarla buen sabor de boca. Eran las siete y todavía me quedaba mucha tarde por delante. Cogí la moto sin rumbo fijo y mi cabeza comenzó a cavilar. Ya había conseguido uno de los objetivos, el más fácil, claro, pero me quedaba el más difícil, y al que mi cabeza se negaba. A Elvira la había visto durante una comida, y a pesar de las habladurías, de que se lo montaba con jovencitos, no daba esa sensación. Tenía que conocerla más para saber a lo que me enfrentaba. Recordé que tenía un mensaje de ella diciendo que estaba interesada por conocerme mejor, y sin pensarlo dos veces, pare la moto para contestarla.

+ Hola Elvira. A mí también me parece verte. Me has parecido una mujer interesante.

Esperé un poco para ver si contestaba de inmediato, y así fue.

+ Podemos vernos cuando quieras, si no estás muy liado.

+ Ahora mismo no tengo nada que hacer.

+ ÂżTienes algĂşn medio para desplazarte?

+ Tengo una moto.

TardĂł unos segundos en contestar.

+ No sé si conoces una zona que la llaman La Colina.

Recordé que Ruth me había hablado de esa zona diciéndome que le gustaba porque la gente que iba por allí no era asidua. Realmente no la conocía, pero con el GPS se va a cualquier sitio.

+ La conozco.

+ Pues si quieres nos vemos allĂ­ en una hora.

+ ÂżEn que sitio?

+ En La Cueva de Nass

Puse el nombre con rapidez en el Maps y vi que estaba a unos cuarenta minutos, algo alejada para mĂ­ gusto, pero no querĂ­a perder esa oportunidad.

+ De acuerdo. AllĂ­ nos vemos.

Cerré el móvil, pero antes de guardarlo, sonó otro mensaje.

+ Es un sitio grande y algo oscuro. Cuando entres verás que la barra está a la izquierda y los asientos a la derecha con un pasillo largo que los separa. Dirígete hasta el final del pasillo y gira a la derecha por otro pasillo que llega hasta una pequeña pista de baile. Hay mesas con sofás a ambos lados del pasillo. Te esperaré en los de la zona izquierda, en unos que hay contra la pared.

Me quedé algo estancado, pues aquello parecía una peli de espías. Estaba claro que no quería que nos viese nadie.

+ ¿Crees que te encontraré? – le pregunté mientras me reía.

+ Está un poco oscuro, pero si llegas a las ocho en punto, ya estaré yo allí.

Miré la hora y eran las siete y diez. Según el Maps llegaría a la ocho menos diez.

+ De acuerdo. AllĂ­ nos vemos.

Me puse en marcha y salí de Carcavera por una carretera que bordeaba la costa. Los chalés separados, hoteles y algún edificio de apartamentos se veían a lo largo de la carretera dando la impresión de que no había salido del pueblo, pero así era toda la costa en esa zona.

Se veían luces y se oía música al acercarme a lo que llamaban La Colina. No se complicaron la vida con el nombre, porque estaba en una colina a un kilómetro de la costa. Un par de calles anchas daban acceso a varios locales con letreros coloridos e iluminados. Un parking de tierra estaba al fondo de ambas calles donde ya se veían bastantes coches aparcados. También había uno de motos en una de las calles donde también se veían un par de decenas de motos. La dejé allí y recorrí la zona al completo leyendo los letreros de cada local. Había ocho gatitos de diferentes tamaños. Vi El Molino, del que me había hablado Ruth, y a continuación, pegado al parking de tierra estaba La Cueva de Nass, uno de los más grandes.

Miré la hora y ya eran las ocho y cinco. Entré y enseguida noté la diversidad. Había gente en la barra, tíos bien vestidos, otros con pantalones cortos y algunos con bañador. Respiré al pensar que no era el único que iba con bañador y camiseta. Las mujeres que vi en la barra, que era el único sitio donde la luz te permitía ver algo, iban mejor vestidas con ropa más elegante, aunque también había alguna con camisola y el bikini debajo. Atravesé todo el pasillo gracias a las pequeñas luces que había en el suelo, como en los cines, porque no se veía un pimiento. Giré por el de la derecha donde se veía la pequeña pista que había en el fondo. Fui despacio para aclimatarme a la escasa luz y pude ver que había gente sentada en los sofás que ocupaban todo el espacio, aunque era poca. Poco antes de llegar a la pista me fijé en las mesas de la izquierda, donde me había dicho. La zona apenas se iluminaba con unas tenues barras de luz que iban por el techo a lo largo de toda la pared. En esa zona, la pared formaba dos ángulos abiertos donde estaban las mesas que me había comentado. Al momento vi cómo alguien levantaba una mano a modo de seña. Era Elvira, que estaba sentada en uno de los sofás. Me metí entre las mesas hasta llegar a donde estaba y se levantó para saludarme.

Apenas podía distinguir su rostro delgado con el pelo negro cayendo hasta sus hombros. Nos dimos sendos besos en las mejillas y nos sentamos en el mismo sofá. Una mesa delante y dos sillones enfrente cerraban el sitio. En la mesas de al lado no se veía a nadie.

- Qué oscuro está esto. – le dije al sentarme.

- Me gusta la intimidad. – me respondió con su voz profunda, pero agradable.

- Supongo que no le has dicho a nadie que has quedado conmigo.

- No. Me ha parecido entender, desde el primer momento, que querías que fuese un encuentro… íntimo.

- AsĂ­ es. No me gustan los chismorreos, y en Carcavera se dan muy a menudo. Por eso hemos quedado aquĂ­. La gente que viene hasta la colina, son pocos, y los que son, tampoco quieren publicidad.

Poco a poco mi vista se fue haciendo a la escasa luz y ya la podía ver con más claridad. Su pelo negro como el azabache, su cara ligeramente alargada con ojos grandes y oscuros, nariz pequeña y perfilada y boca grande con labios pintados de un rojo discreto. Llevaba un vestido, que supuse que era azul oscuro, y suficientemente ajustado para marcar una tetas aparentes, más grandes de lo que me parecieron en el restaurante, y también menos caídas. El escote también era más generoso que el de su otro vestido, y mis ojos me traicionaron para divisar el suculento canalillo sin mi permiso. De ahí para abajo, de momento, no podía distinguir el resto de su cuerpo.

- Quedar para hablar en una cafetería pública… ¿también da lugar a chismorreos?

Noté una mueca en su boca a modo de sonrisa con desdén.

- La gente es perversa y envidiosa. Les vale cualquier cosa para chismorrear. Sobre todo con la gente conocida y con dinero, como es mi caso.

LlegĂł el camarero, que debĂ­a de ver mejor que nos otros, y les pedimos las bebidas. Ella vodka y yo whisky.

- Seguro que ya has oído algún chismorreo sobre mi. – me dijo al irse el camarero. Creo que no pude evitar hacer una mueca rara para no sonreír, y añadió – De tu tío.

Era bastante directa y me sentí acorralado. Sabía que no podía competir con una tía de cincuenta y cinco años, y más siendo culta y lista, como parecía. Mi objetivo era conocer sus intenciones, y sabiendo eso, podría combatirla dialécticamente; eso no se me daba mal. No quise mentirla de inicio.

- Algo me ha contado mi tío, es verdad. Pero no suelo dar crédito a los chismorreos cuando no conozco a la gente.

El camarero trajo las bebidas y se fue con rapidez. Ambos dimos un sorbo y las volvimos a dejar sobre la mesa. La música era suave, permitiendo que la gente charlará sin levantar la voz, aunque los más cercanos a nosotros estaban a varios metros.

- Me pareciste un chico listo desde que te vi, y tus palabras lo confirman. Está claro que no quieres mojarte.

- No es cuestiĂłn de mojarme. Es mi forma de pensar.

- Que te llevara tu tĂ­o a la comida no fue casual. QuerĂ­a mostrarte. Eres un chico joven y guapo, mejor dicho, bastante atractivo, y querĂ­a ponerte de cebo.

- ¿De cebo para qué?

- No te hagas el inocente. Tú tío lleva tiempo interesado en comprarme unos terrenos, y ya no sabe que táctica usar para que se los venda. Aunque eso tú ya lo sabes.

Lo dijo tan convencida que tampoco me atrevĂ­ a negarlo. Si me pillaba en una mentira, seguro que todo se irĂ­a al traste.

- ¿Y de qué serviría yo en estos… planes de compra venta de terrenos? – no se si me vio sonreír mientras le preguntaba, porque ella sonrió al acabar la frase.

- Eres más listo de lo que pensaba. – hizo una pausa mientras daba un sorbo al vodka - ¿No te parece feo hacer preguntas de las que ya conoces las respuestas?

- Solo conozco las habladurías y los chismorreos. – repliqué con rapidez.

Noté que se ponía nerviosa y volvía a beber. Tampoco quería incomodarla y quise darle confianza.

- He quedado contigo y no lo sabe nadie. Ambos nos querĂ­amos conocer mejor, y aquĂ­ estamos.

Puso las manos sobre la mesa y entrelazĂł los dedos nerviosamente.

- Lo siento, pero es que no me fío de nadie, y menos de tu tío. Lleva tiempo queriendo que le venda unos terrenos que no son edificables y por ese motivo me quieren pagar cuatro euros. Pero se que en el momento que se los venda los recalificarán. Ya ha sobornado al anterior concejal de urbanismo y hará lo mismo con el actual. – dio un sorbo al vodka – Si has venido para convencerme de que venda, ya te puedes marchar.

- Ya te he dicho que nadie sabe que estoy aquí contigo. – repliqué de nuevo con rapidez, pero con tranquilidad.

- Entonces has venido… ¿por qué te gustó? – dijo con desdén - ¿Te gustan las mujeres maduras? ¿De más de cincuenta? – otro trago – Me resulta difícil de creer.

Esta vez di yo un trago a mi whisky y la miré con cierta ironía. Se había puesto nerviosa y se había cabreado, y presentí que eso me beneficiaba para manejar la conversación.

- Hasta hace unos días no sabía que me podrían gustar las mujeres… de cierta edad. Pero lo he probado y he llegado a la conclusión que me gustan más que las de mi edad, y te diré por qué. Tienen las cosas claras y no dan problemas.

Me pasé un poco con el tono de chulito pero no sé ofendió, diría que hasta le gustó, o por lo menos le hizo gracia porque acabó riéndose a la vez que me obsequiaba con una palmas.

- Jajaja… Una buena respuesta, pero no me lo termino de creer.

- Es verdad que mi tío quiere que confraternicemos para sus negocios – volví a responder con rapidez, porque veía que la conversación se me iba de las manos – pero no estoy aquí por eso. Como quien dice, acabo de llegar, y mi mayor interés es conocer gente, y a ser posible, gente interesante.

- ¿Te parezco interesante? – otra vez ese desdén.

- Por lo que me ha dicho mi tío, eres una de las mujeres más conocidas de Carcavera y de las que más dinero tiene. Eso me parece interesante.

Cambié las perspectivas de mis intenciones. Supuse que si iba de chulito y aprovechado sería más fácil de encajar para ella que si iba de chico bueno y noble.

Dio otro trago al vodka mientras me miraba por encima del vaso con ojos escrutadores. Estaba seguro que quería, más bien que deseaba mi contacto. Darme un beso, sobarme y quizás hasta follarme, pero seguía remisa a lanzarse.

- Llevo casada muchos años con Gerardo y es bastante mayor que yo. Nos queremos, pero la diferencia de edad en esta etapa de la vida es… una carga. El me ama, y quiere que sea feliz, y por ese motivo me permite algunos deslices.

Empecé a notar que se quería sincerar.

- Ya vi en la comida que es bastante mayor que tĂş y que andaba un poco ajeno a todo.

- El dinero y las propiedades son suyas, pero ya llevo varios años manejando yo la economía familiar. Confía totalmente en mi, y me deja llevar los negocios y las cuentas.

- Por lo que has dicho, es consentidor de tus deslices.

- Él entiende que todavía soy una mujer suficientemente joven para divertirme y vivir la vida.

- Entonces… los rumores son ciertos. – afirmé.

- Son solo rumores, porque en el fondo nadie sabe nada. Me preocupo bastante en mantener mi vida privada fuera de la vista de nadie.

- ÂżComo esta cita?

- Como esta cita. Por aquí apenas viene nadie de mis conocidos de Carcavera, y si viene alguien será para esconderse, como hago yo.

Sus palabras ya eran tranquilas y suaves y su acercamiento se iba haciendo mayor, hasta que posó sus cálidos labios sobre los míos y me besó. Un beso suave y tierno, pero que endulzó mi boca y me hizo sentir el deseo que manaba de su alma.

- Es verdad que me gustan los chicos jóvenes. – me susurró con sus labios muy cerca de los míos – Para mayores, Ya tengo a Gerardo.

- ¿Todavía… hacéis el amor? – me atreví a preguntarle.

- Alguna vez, aunque tengo que hacerlo yo todo.

Volvió a besarme, pero está vez el beso fue más largo e intenso dejándome algo fascinado, pues no se qué me hacía, pero era capaz de nublarme la vista y trasladarme a una nube de placer exquisito. Solo eran besos, sin manoseos ni toques con las manos, pero su maestría era absoluta y la polla comenzó a palpitar bajo mi bañador.

Ella no me tocaba y yo tampoco me atrevía a tocarla o acariciarla, aunque era eso lo que me apetecía. Su lengua dentro de mi boca era como una caricia que abarcaba todos mis sentidos. Los besos se fueron haciendo más largos, más densos, más deliciosos, y la lascivia recorrió todo mi cuerpo como la brisa de un bello atardecer.

Casi con temor, acerqué una mano hasta sus pechos y los acaricié por encima de la suave tela del vestido. El sujetador los elevaba haciéndolos más turgentes y atractivos. Los fui abrazando poco a poco con mis manos sintiendo su carne blanda y su tamaño, nada desdeñable. Ella llevó una mano hasta mi pecho y me lo acarició con la misma suavidad. Sus dedos largos eran como finos tentáculos auscultando cada centímetro.

Fue bajando su mano con sutileza hasta llegar a mi bañador, que ya se abultaba de una forma grotesca. Acarició la pequeña montaña con la misma suavidad, sin prisas, sin arrebatos, deleitándose con cada caria con la que obsequiaba a mi miembro.

Con la misma temeridad, metí la mano en su escote y acaricié la sedosa carne de sus tetas. El pequeño sujetador que llevaba dejaba gran parte libre de la piel y disfruté de esas caricias hasta alcanzar los pezones. Me sorprendió su tamaño y su dureza, apretados bajo la fina tela del sujetador. Al sentirlo, su lengua se volvió más activa recorriendo mi boca con más ansiedad.

Sus finos dedos se adentraron por encima de la goma del bañador y sentí cómo abrazaban con delicadeza el venoso tronco, que buscaba hueco para salir de la prisión de tela. – Ummmgg… - la oí ronronear sin dejar de besarme mientras sus dedos se movían con habilidad masajeando mi polla bajo el bañador.

Su nivel de excitación se elevó como una montaña rusa y sentí cómo me agarraba el miembro con fuerza.

- Bufff… - resopló dejando de besarme – Vas bien armado. – puso una sonrisa perversa mirándome en la penumbra con sus ojos oscuros y escrutadores.

- Tú tampoco andas nada mal. – respondí con la mano en uno de sus pechos. Una respuesta tonta de la que me arrepentí de inmediato, pero me tenía tan obnubilado que no se me ocurrió nada más.

- Jajaja… Eso si que no me lo esperaba. Parece que se te ha olvidado la dialéctica de la que hacías gala hace un momento.

“¡Serás gilipollas!” me dije a mí mismo con sonrisa de bobo.

- Ha sido un impulso involuntario al sentir el placer de tocar una de tus tetas.

- ¿Te gustaría tocarlas con más tranquilidad y en un sitio más cómodo? – me dijo de forma sinuosa con sus deliciosos labios casi rozando los míos.

- Claro que me gustaría. – intenté parecer sereno.

- Podemos ir a mi casa, siempre y cuando seas un chico discreto, sobre todo con tu tĂ­o.

- Eso va a ser un problema, porque mi tĂ­o espera noticias sobre un posible encuentro entre tĂş y yo.

- Entonces no va a poder ser. – dijo con rotundidad separándose de mi.

- Te propongo una cosa.

Me mirĂł con ojos penetrantes y escrutadores.

- ¿Qué me puedes proponer que me pueda interesar?

- ¿Estás interesada realmente en vender esos terrenos?

- Si me ofrecieran un buen precio, si.

- ¿Cuánto te ofrece mi tío?

- Dos millones de euros.

- ¿Y cuanto valdrían si se recalificarán?

- Unos veinte millones.

FingĂ­ cara de asombro, incluso se me escapĂł un silbido. Tuve que dar un trago al whisky mientras hacia parecer que pensaba en esa enorme cifra.

- ÂżY no has pedido que te los recalifiquen?

- Eso funciona a base de sobornos y no me pienso rebajar a eso.

- Entiendo que si mi tío te los comprara, después tendría que sobornar a gente para que hicieran el terreno urbanizable.

- Por lo menos al concejal de urbanismo. Este no se cómo será, pero el anterior era un mafioso y un corrupto.

- ¿Y de cuánto dinero en sobornos estamos hablando?

- Supongo que de un cinco o diez por ciento de lo que valdrán ya recalificados, unos… dos millones.

- Entonces la compra y la recalificaciĂłn le costarĂ­an cuarto millones, y acabarĂ­a con unas ganancias de diecisiete millones.

- Tú tío también es promotor, que es donde se saca más dinero, y eso significa que si lo edifica puede duplicar las ganancias.

Me quedé un rato pensando con el vaso en la mano, totalmente evadido de él lugar donde me encontraba. Al cabo de unos largos segundos oí su voz.

- ¿En que estás pensando? Parece como si estuvieses en otro sitio.

- Estoy pensando en cĂłmo podrĂ­ais quedar los dos contentos.

- Jajaja… Quieres hacer de mediador. No conoces a tu tío. Es un puto cabrón que ya ha jodido a mucha gente, y no creo que acepte ninguna propuesta que no sea la suya.

- Supongo que ya le habrás hecho una, si te ha insistido en la compra.

- Si. Le pedĂ­ diez millones.

- Joder, eso es la mitad de lo que valdrán si los recalifican.

- Me parece lo justo.

- Bueno, piensa una cosa. Si no hay sobornos, nunca los recalificarán, y tú no estás dispuesta a meterte en esos líos.

- Correcto.

- ¿Estás dispuesta a bajar el precio dejando que sea él el que se pringue?

- No creo que quiera pagar más de lo que me ha dicho.

- Tú dime el precio al que estás dispuesta a vender, y el resto déjamelo a mí.

Me mirĂł con cara de sorpresa.

- ¡Vaya, vaya! ¿Te piensas que le vas a convencer? Jajaja… Está claro de que no le conoces en lo más mínimo. Perdona que te diga algo de él, aunque sea tu tío, pero ese cabrón cuando hay dinero por medio no conoce ni a su madre y pisa a quien haga falta.

- Por probar, no perdemos nada. Dame tu precio.

Me miró con una sonrisa sibilina. La veía algo desconcertada pues no sé esperaba que un niñato de diecinueve años le hablará de esa forma. Debía estar acostumbrada a tratar con verdaderos niñatos, pero yo había espabilado bastante en el último años que anduve de correrías. Tan solo tenía que saber cómo entrarle a mi tío para hacer que la oferta que Elvira me diera fuese golosa para él.

- De acuerdo. Estoy dispuesta a bajar a la mitad, cinco millones, pero me gustarĂ­a saber cĂłmo le vas a convencer.

La miré de forma sibilina, como me miraba ella a mí. Sus oscuros ojos brillaban atentos en la penumbra, como dos carbones a punto de resplandecer entre los rescoldos.

- Le diré que he hablado contigo, y que te he sonsacado que tienes otro comprador que está dispuesto a pagarte más.

- Jajaja… Me parece interesante, pero… ¿Qué sacas tú con esto?

- Quedar bien con él y poder hacerte alguna visita. Y ya puestos… meter algo de dinero en mi cuenta vacía del banco.

- Jajajaja… - su carcajada fue tremenda - ¡Vaya, vaya, con el sobrino! A ver si vas a ser peor que tu tío, jajaja.

- No creo que esto signifique pisar a nadie, como hace él, solo lo veo como un posible negocio en el que participar.

- Le tendrás que decir que ya has hablado conmigo. – me insinuó.

- Le diré que he hablado por teléfono contigo, y que quedaremos mañana.

- De acuerdo. ¿Eso significa que mañana nos volveremos a ver?

- Si, si sigues dispuesta a invitarme a tu casa.

Se acercĂł de nuevo para besarme de esa forma tan maravillosa como lo hacĂ­a.

- Te prepararé una buena cena. Solo el intento lo merece.

Salimos del garito y la acompañé hasta su coche. Después de despedirnos con otro buen morreo, se fue y yo me fui hasta donde tenía la moto. Ya eran las nueve de la noche y el estómago comenzaba a sonarme. Miré los gatitos que me rodeaban y encontré uno de comida rápida. Allí podía cenar algo antes de volver a Carcavera.

La zona estaba empezando a llenarse de gente, aunque supuse que la hora punta sería entre las diez y las once. Cruce la calle y oí una voz femenina gritar mi nombre. - ¡Dani! ¡Dani! – movía la cabeza en todas direcciones hasta que vi a una mujer agitando la mano. “¡Ostias, es Bea!” Exclamé en mi cabeza. Me puse nervioso pensando en si me podría haber visto con Elvira. Me había quedado parado en la acera, frente al chiringuito de comida rápida, y se acercó hasta mi.

- ¡Vaya! ¿Cómo tú por aquí? – me dijo con una sonrisa traviesa.

- He venido a conocer esto.

- ÂżTĂş sĂłlo?

- ¿Y para qué venir con alguien con la de gente que hay aquí?

- O sea, que acabas de llegar y Carcavera ya se te hace pequeño. – me dijo con una sonrisa traviesa.

- Bueno, como tĂş me dijiste, allĂ­ me puedo encontrar con gente conocida, incluida mi tĂ­a o con alguna de sus amigas que ya me ha presentado.

- Eso significa que pensabas entrar en zonas de maduros. – me insinuó poniendo la sonrisa más traviesa.

- Pensaba visitar varios locales para ver lo que hay. – le puse mi sonrisa de cabroncete – Pero pensaba comer algo primero.

- Yo también pensaba comer algo. Si quieres cenamos juntos.

Mi vista ya había hecho un examen rápido. La verdad es que estaba buena de cojones. Llevaba un vestido estampado repleto de colores. Ajustado a su cintura para después abrirse en forma de vuelo hasta por encima de las rodillas. El escote era bastante generoso, dejando ver una buena parte de sus hermosas tetas de ese color café tan excitante y atrayente. Sus densos labios sonrosados me volvían loco, pensando en cómo serían sus besos o sus mamadas. Las altas sandalias la ponían prácticamente mi altura, estilizando sus bonitas piernas.

- Si, por qué no. – accedí a su invitación.

Entramos en el chiringuito, y después de coger una hamburguesas con patatas nos sentamos en una de las mesas libres.

- Ya me ha dicho Ruth que estuviste con ella. – me soltó de sopetón.

Tragué con dificultad el trozo de hamburguesa que tenía en la boca, aunque ya sabía por boca de ambas que se contaban algunas cosas.

- Me pasé con la moto por allí y me invitó a tomar algo.

- Me lo ha contado todo. – dijo inclinando el cuerpo hacia delante con cara traviesa.

- Pues si te lo ha contado… todo, no creo que haya mucho de lo que hablar.

Bea dio un bocado a la hamburguesa y la acompañó con una patata. Nos miramos intentando auscultar nuestros pensamientos.

- Me dijo que no te la habías follado como otros chicos. – continuó incisiva – Que habías sido cuidadoso y tierno.

- No sé cómo follan otros. Supongo que cada uno tendremos nuestra forma particular de hacerlo.

Sonrió ante mi respuesta con esa cara perversa que mantenía y siguió atacando con voz suave, como si hablásemos de la comida.

- Estaba algo asombrada por tu miembro. Parece que es el más grande que ha visto hasta ahora.

No contesté a esa insinuación y seguimos comiendo. Ante mi falta de respuestas decidió no seguir por ese camino.

- ¿Quieres tomarte algo conmigo, o prefieres ir a tu aire? – dijo cuando acabamos.

- Me tomaré algo contigo. Al fin y al cabo, está zona no la conozco y prefiero que me guíes.

- A mĂ­ me gusta El Molino. Podemos empezar por ahĂ­.

El Molino era otro garito parecido a la Cueva de Nass, pero con más luz y una pista de baile central más grande. Cuando entramos eran cerca de las diez de la noche y ya había bastante ambiente. Un camarero nos llevó hasta una de las mesas vacías alejadas de la pista, pues las más cercanas ya estaban todas llenas. La mayoría de la gente era de cierta edad. Oscilaba entre los treinta y cinco y los sesenta, quizás alguno y alguna pasaban de los sesenta. Me sentí incómodo al ver que nadie iba en bañador, más bien iban todos bien vestidos, sobre todo las mujeres, con vestidos elegantes muchas de ellas.

- Ya veo que no hay nadie de mi edad, ni tampoco en bañador.

- De tu edad, quizás no, pero si que verás a alguno de veintipocos, jajaja. Y lo del bañador, baf…, tampoco pasa nada.

- Me resulta incĂłmodo ser la nota discordante.

- Pues yo estoy encantada en que lo seas. – me dijo a la vez que se acercaba para darme un beso en la mejilla.

La miré con mi cara de cabroncete y la besé en los labios de forma suave y tierna, haciendo gala de lo que le había dicho su hija. Creía tener claro de que Bea estaba dispuesta a follar, pero no sabía cómo ni donde. Me parecía un poco fuerte que me llevase a su casa siendo amigo de su hija, y tampoco me parecía de las que follasen detrás de un coche en el parking, aunque… nunca se sabe.

Estaba pensando a la vez que echaba un vistazo a todo el local y a la gente que lo concurría, sobre todo a las tías, maduritas con vestidos elegantes y sexys, pero sabedor que tenía a mi lado a una de las más guapas y sexys del lugar. “¡Ostias, pero si es mi tía!” Exclamé en el interior de mi cabeza mientras mi cuerpo se ponía totalmente tenso.

Laura caminaba hacia la pista agarrada de la mano a un tĂ­o relativamente joven para ella, pues no debĂ­a de llegar a los treinta. No era muy guapo, pero tenĂ­a un cuerpo musculoso, dirĂ­a que excesivamente musculoso, que lo exhibĂ­a con una camiseta muy ajustada.

El camarero nos acababa de servir las bebidas y Bea cogió su vaso para dar un trago sin darse cuenta dónde yo miraba, o eso pensé en ese momento.

- ¿Qué te parece el ambiente? – me preguntó sacándome del ensimismamiento.

La miré nervioso, con cierto arrebato.

- Está muy bien. Parece que aquí os reunís las más guapas de la zona. – intenté hacer una gracia.

- Jajaja… Gracias por el cumplido. – me beso de la misma forma que lo había hecho yo momentos antes.

Sus densos y carnosos labios eran un manjar para mí boca. Pensé que daba igual como me besase, pues en cada beso me arrebataría el alma.

- ¿Lo dices también por tu tía? – dijo al acabar el beso.

La tensión de mi cuerpo se hizo total. También la había visto ella.

- Me dijiste que por aquí venía poca gente conocida. – casi la increpé.

- Poca no significa ninguna. – me sonrió con perversidad.

- ¡Joder! Me alejo de Carcavera para no encontrarme conocidos y resulta que veo a mi tía.

- Bueno, no creo que sea para tanto. TĂş tĂ­a sale muy a menudo y frecuenta muchos sitios. Tarde o temprano te la ibas a encontrar.

Di un trago a mi bebida sin poder ocultar lo nervioso que me habĂ­a puesto.

- ÂżTe da vergĂĽenza que te vea conmigo?

- No, no es eso.

- Porque a ella no la va a dar vergĂĽenza que la veas con ese cachas.

- ¿Por qué dices eso? – le dije casi ofendido.

- No es una crĂ­tica. Me parece bien que todo el mundo disfrute libremente de lo que le gusta y tu tĂ­a lo hace, y con descaro.

- ÂżEs que la has visto otras veces?

Dio un sorbo a su bebida y miró hacia la pista. Yo también estaba mirando, y ambos vimos el sobo descarado que se estaba dando con el musculitos.

- Unas cuantas. – contestó finalmente – Aunque no sé si querrás saber más datos. Pareces un poco sensible ante este tema.

Intenté serenarme y no parecer un pipiolo estirado y nervioso.

- Está separada de mi tío, y es libre de hacer lo que quiera. ¿Por qué me iba a molestar verla disfrutando con un tío?

- No lo sé. Dímelo tú.

- Ya te he dicho que no me molesta. – respondí con indignación.

- ¿Y si vieses al cachitas follándosela… tampoco te molestaría?

Me daba la impresión de que me quería picar, y respiré hondo para serenarme. Saqué una sonrisa falsa y le respondí.

- ¿Qué pretendes, picarme?

- No. Solo quiero saber que opinas del sexo. Si lo ves bien vistas afuera y vale todo, o si ya no lo ves igual cuando hay familia de por medio.

- El sexo es sexo, y no reprocho a nadie lo que haga o cómo lo haga, incluida mi familia. Te diré más. – me puse chulito – Mi tío es el hermano de mi madre, y es un cabrón, algo que no le reprocho. Y Laura es mi tía porque se casó con él, algo que técnicamente ya no lo es porque están separados. Pero la aprecio casi más que a él y me alegro que disfrute y se lo pase bien.

- Entonces… entiendo que no te molestará que dentro de un rato salgamos al parking y la veas follando con ese tío detrás de un coche.

Se me descompuso la cara y di un buen trago al whisky.

- ¿Es que hace… eso?

- Solo dime si te molestarĂ­a.

- Pues… no.

Dio ella un trago a su vaso con esa sonrisa de cabrona que no desaparecĂ­a de su preciosa cara.

- Aquí ese tipo de cosas se dan a menudo. Dentro de un rato habrá unos cuantos coches balanceándose y otros, más descarados, estarán follando detrás de ellos sin importarles de que alguien los vea.

La miré con cara de incrédulo. No me podía creer lo que me estaba contando, no porque me pareciese algo extraño, sino porque lo hiciese gente de esa edad. Eso me sonaba más a polvos de adolescentes. Solo se me ocurrió una pregunta.

- ¿Tú también haces… eso?

- Claro que lo hago. – me dijo con una calma total – Es algo excitante, además de morboso, estar follando con gente cerca que está haciendo lo mismo.

“Morboso y excitante” Pensé mientras me imaginaba la escena. “Follando al lado de gente que hacía lo mismo” Nunca había hecho algo así y pensé que me daría un corte tremendo.

- Entiendo por lo que dices, que mi tía es una de… esas.

- Viene menos que yo por aquĂ­, pero la he visto alguna vez.

No podía creerme que mi tía se pudiese a follar detrás de un coche, y pensé que me estaba vacilando. Volví a mirar a la pista y habían bajado la iluminación. La penumbra camuflaba los cuerpos pegados y las acciones, y la curiosidad comenzó a carcomerme. Como si me leyera el pensamiento, me dijo.

- ÂżQuieres que vayamos a bailar?

- Si que me apetece. Pero no quisiera que me viese mi tĂ­a.

- La gente va a lo suyo y no presta atención a los demás. – me dijo levantándose con la mano extendida para que se la cogiera.

Noté las miradas lascivas de algunos tíos cuando pasábamos a su lado de camino a la pista, algo que no me sorprendió, porque Bea tenía un tipazo y estaba para comérsela.

Rápidamente nos confundimos entre los cuerpos pegados de las parejas que bailaban y divisé a mi tía, que se morreaba con el musculitos con un deseo apabullante, sin importarla una mierda quien había a su alrededor, o si alguien los miraba. Se besaban y se sobaban con desesperación, como si el mundo se fuese a acabar y no les diese tiempo a hacer todo lo que sus mentes calenturientas deseaban.

Mi tía llevaba un vestido estampado con el fondo blanco y cubierto de tonos verdes y malva. Los finos tirantes dejaban sus hombros desnudos y bajaban para cerrarse en un amplio escote que dejaba al aire gran parte de sus hermosas tetas. Por abajo era bastante corto, y acababa en un pequeño vuelo que se abría tímidamente.

El muchacho la besaba por la boca, el cuello, y hacia incursiones por el escote para lamer la parte visible de sus pechos. Mientras, abrazaba el culo con sus fuertes manos por debajo del vuelo y se podĂ­a apreciar cĂłmo le apretaba las nalgas como si fuese arrancar la carne de ellas.

Mis sensaciones fueron confusas, entre rubor, excitación, deseo, e incluso envidia, pues hubo un momento en el que envidié no ser yo quien la abrazase de esa manera.

Sin pretenderlo, o quizás sí, acabamos muy cerca de ellos, y Bea me sorprendió abrazándose a mi cuello para comerme la boca con sus carnosos y sensuales labios. Me sentí desubicado, perdido, pero me aferré a su precioso culo por encima del vestido y me olvidé de todo fundiéndonos en un ardoroso beso.

Me olvidé totalmente de mi tía, aplastado contra su cuerpo con besos y sobos incesantes. Su pelvis se restregaba contra mi polla y el bañador se erizó con la presión de mi miembro. Ella lo notó, y se restregó con más ganas provocándome una excitación tremenda.

- Creo que ya estás preparado. – me susurró despegando sus labios de los míos.

- ¿Para qué? – le dije excitado y perdido en ese momento de placer desenfrenado.

- Para salir a follar.

Todo mi cuerpo se tensó de nuevo. “¡Joder, que va a ser verdad lo que me ha contado!” Me dije a mí mismo algo perplejo.

- ¿Al parking? – pregunté como si no lo hubiese entendido.

- Ahí, mimo. – me sonrió con esa perfección que dominaba – Detrás de mi coche.

Lo habĂ­a contemplado como una historia ajena, pero habĂ­a llegado el momento, y era real. No le podĂ­a decir que no y quedar como un gilipollas, y por otra parte, me habĂ­a puesto el rabo como el martillo de un herrero.

Accedí con un movimiento de cabeza y salimos agarrados de la mano. El Molino estaba al final de la calle, pegado al parking de tierra donde reposaban los coches en la oscuridad de la noche. Vimos a alguna pareja que volvía del parking, y alguna otra que se perdía entre los coches. Pude oír ruidos y movimiento al pasar cerca de alguno de ellos con los cristales empañados y también distinguimos a una pareja follando tras uno de los coches cercanos al de Bea.

Apoyó su bonito culo contra el maletero y me rodeó el cuello con sus brazos. Miré nervioso en todas direcciones y vi a otra pareja más a lo lejos. Más que verlos, los podía oír jadeando sin importarles nuestra presencia.

Después de besarnos apasionadamente, Bea bajo las manos y tiró de la goma del bañador. La polla, estirada y recia, saltó como un resorte golpeándola en una mano.

- Ummmm… Ahora entiendo la tensión que pasó Ruth al ver esto. – me susurró agarrando la verga con una de sus manos.

- ¿Eso te dijo? – le pregunté tenso.

- La pobre no había visto nada parecido hasta entonces, jejeje. – se rio sibilinamente a la vez que subía y bajaba la piel de mi miembro.

- ¿Y tú si? – intenté parecer sereno y dominador de la situación.

- Yo he visto de todo cariño, pero lo que vale son los hechos.

Metió la otra mano bajo su vestido y se bajo las bragas hasta liberar su raja. Puso el duro glande contra ella y arqueó las piernas a la vez que tiraba de mi polla. El capullo entró abriéndose paso entre la caliente y húmeda vagina y su cara se estremeció levemente arrugándose a la vez que cerraba ligeramente sus grandes y oscuros ojos.

- Oooooooooh… - dio un largo y suave gemido al sentir la penetración – No sabes lo que deseaba esto desde el momento en que te vi.

Subió las manos para bajar los tirantes del vestido y dejar al aire sus preciosas tetas color café, apenas tapadas con un pequeño sujetador verde claro. Tiró lentamente de él hasta descubrir los negros y duros pezones provocando que mis ojos parpadeasen descontroladamente.

- Se que tú también tenías ganas de verlas y tocarlas. Ahora las tienes. Hazlo como más te guste.

Subí las manos de forma casi inconsciente con los ojos fijos en los negros y duros pezones. Las posé sobre las dos preciosas peras con timidez y con la mente difusa y perdida por la excitación. Puso sus manos tras mi culo y lo apretó suavemente contra ella.

- Aaaaaaaaa… - gimió de nuevo abriendo más su tremenda boca de labios carnosos y densos.

Apreté sus pechos inconscientemente al sentir el placer de la penetración. Mi polla había entrado en su ardorosa vagina casi al completo, con ese suave movimiento, y el placer aumentó desbocando mi aturdido cerebro. Incliné la cabeza y le devoré los gruesos y duros pezones con ansia, a la vez que le estrujaba las hermosas tetas con suavidad arrancando más gemidos de su garganta.

Bajé las manos hasta su culazo y las metí bajo el vestido para tocar la carne de sus nalgas, unas nalgas duras de piel tersa que dejaron que mis engarfiados dedos se hundieran en ellas. Tiré con fuerza de sus glúteos y mi polla se clavó en lo más profundo de su vagina. – Aaaaaaaaag… - otro largo y sonoro gemido se escapó de su garganta.

Comenzó un vaivén acompasado y tranquilo, pues intentaba retener mis impulsos animales, y mi polla comenzó a entrar y salir rítmicamente. Sus gemidos se hicieron más constantes con su boca cada vez más abierta. Mis labios devoraban sus preciosas tetas y de vez en cuando subían a comerme los suyos sintiendo el goce de su carne.

Unos cuantos empujones suaves y su cuerpo temblĂł. Su boca devorĂł la mĂ­a para ahogar los gemidos de placer. Su vagina se cerrĂł latiendo con fuerza y sus piernas vacilaron como si no encontraran el suelo firme.

Aumenté el ritmo de las embestidas y se agarró con fuerza a mi espalda. Me mordió los labios y acabó jadeando contra mi oreja mientras otro fuerte orgasmo zarandeaba su cuerpo. Flexioné ligeramente las piernas y comencé a embestir con más ganas, como si quisiera sacarle la polla por la boca apretando como un animal. Estaba totalmente fuera de mí, con una excitación que se salía de mi cuerpo. Mi polla entraba y salía como si la hubiesen embadurnado con aceite, pero no era aceite, eran los jugos de sus corridas que la envolvían como una deliciosa manta.

No me había dicho nada, y entendí que no habría problemas si me corría dentro, y eso hice totalmente eufórico y descontrolado. Con unas embestidas tremendas mi polla comenzó a soltar semen como si hubieran abierto un grifo. Mi cuerpo tembló junto al suyo en un baile de placer inmenso y desacompasado. Mis huevos chasqueaba contra sus muslos mientras los fluidos rebosaban por su coño empapándonos de placer.

Los dos jadeábamos como perros cansados, pero con la felicidad rebosando por nuestros cuerpos. Cuando paré, su cabeza reposaba en mi hombro y la mía en el suyo. Las bocas abiertas cogiendo aire de forma sonora, como si el espacio abierto no fuera suficiente.

Con los ojos cerrados oí una voz. ¡Aquí, aquí! – está la voz de mi tía.