Carcavera 9
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Me presentan a una tía poderosa de Carcavera y comienzan los negocios. Unos negocios promiscuos.
El cuerpo me dio una sacudida, y sin moverme, escudriñe con la vista mi alrededor. No podía distinguir bien sus caras, pero la musculatura del muchacho era inconfundible. Se habían puesto dos coches más allá de donde estábamos, colocándose en la misma posición que estábamos nosotros; ella con el culo apoyado en el maletero del coche, y el pegado a ella manoseándola por todo el cuerpo como un puto pulpo. Nosotros seguimos con las cabezas sobre los respectivos hombros, sin movernos, por lo que no nos las podían ver.
Me sobresalté cuando el musculitos dejó de manosearla y levantó la vista mirando hacia nosotros.
- Hay gente muy cerca. – le dijo a mi tía.
- ¡Y qué más da! Aquí cada uno está a lo suyo.
- ¡Vale, vale! Venga, vamos dentro del coche. – dijo mi tía a la vez que se movían para entrar.
Levanté la cabeza cuando ya estaban dentro. Se habían metido en la parte trasera y ya no los podía ver bien.
- ¿Qué pasa? – me preguntó Bea al notarme tenso.
- Se acaba de meter mi tía en el coche con ese tío con el que estaba.
- Te lo había advertido, aunque ha sido una coincidencia que estuviesen los coches tan cerca.
La polla me había bajado y ya colgaba morcillona fuera de su coño. Bea sacó unos clínex del bolsito que llevaba colgado y se limpió las chorreras que resbalaban entre sus muslos.
- ¿Volvemos a terminarnos las copas? – me dijo con sonrisa pícara.
- Me has dicho que este tipo de sexo te provocaba morbo.
- Así es. Esto de que haya gente cerca me excita más.
- Qué te parece si nos acercamos al coche de mi tía. ¿Eso no te produce morbo?
- Me da que te producirá más morbo a ti que a mí, jejeje.
- Han dejado las ventanillas abiertas. Si nos ponemos en el coche de al lado no los veremos, pero los podremos oír.
- Si te apetece espiar, a mi me da igual.
- No es espiar… Joder… Es mi tía, y eso me produce morbo.
Dimos un pequeño rodeó para hacer parecer que llegábamos en ese momento y nos pusimos entre el coche que había a su lado y el siguiente. Desde ahí no los veíamos bien, pero les podíamos oír. Ya estaban liados y no se si siquiera se habían dado cuenta de nuestra presencia cercana, porque oí a mí tía jadear.
- Uffff… ¡Cómo estoy ya, diosss! – la oí perfectamente – Aaaaaah… Sigue machote… ¡Chupa cabroncete, chupa! Ya verás que corrida te suelto en la boca… Aaaaaah…
Miré a Bea, que sonreía divertida.
- ¿Estás seguro de que quieres seguir escuchando? – me preguntó en voz baja.
Esa misma pregunta me la acababa de hacer yo, y me la había contestado de inmediato. Estaba muy interesado en saber lo desmandada que estaba mi tía, y hasta dónde podía llegar.
- Totalmente seguro. – le respondí a Bea a la vez que la agarraba por la cintura para besarla.
Tenía que disimular que estábamos haciendo algo, por si les daba por mirar con atención, pero la mente y los oídos los tenía puestos en sus palabras y jadeos, algo en lo que mi tía no paraba con el tono de voz cada vez más alto.
- Aaaaaah… Diosss… ¡Vamos, súbete! – casi gritó mi tía después de soltarle una buena corrida en la boca.
- Vámonos, que ya ha sido suficiente. - me dijo entre risitas.
- Ves tú. Yo me voy a quedar un poco más y me voy a Carcavera.
Bea se marchó sin hacer ruido dando un rodeó por detrás para que no la viesen. Yo me agaché y me coloqué en la parte trasera del coche de mi tía. Desde ahí podía oírles mejor.
- Aaaaaah… Siiii… ¡Qué fuerte que estás, potro! – oí a mi tía mientras a él solo le oía bufar.
Me fui acercando por el lateral hasta situarme bajo la ventanilla que tenían abierta. El tío cada vez bufaba con más fuerza, como un oso enfurecido mientras mi tía no paraba de jalearle.
- Aaaaaah… ¡Así, torito! Asiiii… Aaaaaah…
Al momento, el musculitos jadeó como si le estuviesen clavando un puñal, y presentí que se estaba corriendo.
- Aaaaaah… No. Noooo… Sigueee… Aaaaaah…
Pero el coche dejó de zarandearse. El tío se había corrido y el parón fue total.
- ¡Joder, pues si que te has corrido pronto! – protestó mi tía.
- Es que… ya no podía más. – oí la voz del musculitos, una voz ligeramente aguda que no acompañaba a su cuerpo, y me reí.
Me moví con rapidez por detrás de los coches hasta desaparecer por el final del parking. Ya alejado, me incorporé y me dirigí hasta donde había aparcado la moto para irme. Por el camino me reía yo solo recordando la escena, pensando en cómo mi tía protestaba porque la había dejado a medias. Me costaba entender a mí tía, echando esos polvos en la trasera de un coche a su edad. Pero no solo a mí tía, Bea había hecho lo mismo conmigo. ¿Qué les pasaba? ¿Qué cojones tenían en la cabeza? ¿Es que se habían cansado de follar en plan normal y les apetecía experiencias morbosas?
Al día siguiente, cuando me levanté, estaba mi tío esperando en la cocina. También estaba Palmira, pero a una seña de mi tío se marchó de inmediato.
- ¿Bueno, qué? ¿Has tenido algún contacto con Elvira?
Fue su saludo mañanero, como si no le importase ninguna otra cosa.
- Buenos días, Ramón. – le dije con retintín mientras me servía un café. No contestó y esperó nervioso – He hablado por teléfono con ella y está interesada en verme, pero me ha dicho que nada de hablar de ventas de terrenos.
- Eso no importa. Lo que importa es que te la folles y lo grabes.
- No creo que sea tan tonta para dejarse grabar. Me gustaría llevar un segundo plan.
- ¿Y cuál es ese segundo plan? – me preguntó con sorna, con esa sonrisa socarrona tan habitual en su cara.
- Creo que aunque ha dicho que no quiere hablar de ventas de terrenos, podría sacar el tema, pero para eso necesito saber las condiciones actuales. Es decir, saber que oferta la has hecho para poder tantearla y saber a qué precio está dispuesta a vender.
Me miró elevando una ceja y torciendo su espeso bigote.
- ¿Es que crees que puedes negociar con esa arpía?
- No sé si podré, pero si llegará el caso, podría intentarlo.
Se rascó la cabeza y dio un par de paseos por la cocina mientras me tomaba el café sentado y tranquilo. Después de pensárselo un buen rato, se sentó frente a mí y me miró de una forma… diría que con desconfianza.
- Le he ofrecido dos millones.
- ¡Joder, eso es mucha pasta! – me hice el ignorante.
- Ya lo creo, pero a esa zorra todo le parece poco.
- ¿Y cuanto pide ella? Si es que te ha hecho una contra oferta.
- Se volvió loca y me pidió diez millones, jajaja…
Mi cara de asombro fingido era total, y mi tío se reía mirándome.
- ¿Y por qué pide esa barbaridad? ¿Es que valen tanto esos terrenos?
- El precio del terreno rustico está en dos millones, lo que le ofrezco, pero cuando se recalifiquen pueden valer veinte.
Yo seguía poniendo cara de asombro y mi tío sonreía viéndola.
- ¿Y por qué no pude ella pedir la recalificación?
- Porque no se la van a dar. Para eso hay que tener contactos y hacer alguna jugada, jajaja.
- Entiendo… lo del concejal, ¿no?
- Jajaja… - rio estridentemente – Veo que eres listo y lo vas cogiendo.
- Lo que no entiendo es que le ofrezcas tan poco. Si cuando los recalifiquen van a valer veinte millones, tienes margen para ganar bastante dinero sin apenas hacer nada.
- Ya te he dicho que el dinero no se hace trabajando, hay que ser espabilado, tener contactos y aprovechar las ocasiones. Además, también me costará dinero conseguir que los recalifiquen.
- Pero a ver. – le dije con mucha calma – En el caso de que pagarás diez millones por ellos, te quedarían diez de ganancias, aunque no sé que te costarán los chanchullos para que los recalifiquen.
- ¡joder! – saltó indignado – Los chanchullos, como tú dices, me costarán de uno a dos millones por lo menos y acabaría ganando menos dinero que ella.
- Quizás ella esté dispuesta a bajar… si tú subes. – intenté calmarle con mi sonrisa pilla.
Se quedó un poco confuso, pues no se esperaba mi reacción.
- ¡No creo que esa puta quiera bajar un céntimo!
- A eso es a lo que me refería; mi segunda opción. Si no puedo grabarnos, tendría que tantearla, pero para eso tengo que saber hasta que cifra estás dispuesto a pagar.
Volvió a levantar la ceja y a torcer el bigote. Su desconfianza persistía, como si todavía no se fiase de mi (realmente no sé fiaba de nadie).
- Joder, Ramón. Solo quiero ayudarte, pero necesito herramientas.
- Vale, vale. Como última opción, estaría dispuesto a pagar cinco millones.
- Uffff… No sé si aceptará bajar a la mitad. – dije poniendo cara de circunstancias, pero frotándome las manos virtualmente, pues esa era la cifra que me había dado Elvira.
- Pues no pienso subir un puto euro más. – dijo con rotundidad.
- De acuerdo. Si no tengo la oportunidad de grabarnos, intentaré poner el tema sobre la mesa.
Noté cómo se relajaba recostándose en la silla. Poco a poco, su bigote se fue levantando hasta esbozar una sonrisa.
- Al final va a resultar que eres un puto negociador, jajaja… Me gusta.
- No cantemos victoria. Ya te he dicho que no creo que quiera bajar tanto.
- No sé por qué, pero me da que vas a ser capaz de conseguirlo, jajaja.
- Si lo consigo de esa forma… ¿mantienes la oferta de dejarme un chalet para independizarme?
- Jajaja, lo dicho. ¡Menudo cabrón estás hecho! jajaja. Claro que lo mantengo, y con una buena propina para tus gastos.
Se levantó y se fue mientras me quedé pensando. Una buena propina estaría bien, pero si podía sacar tajada de la negociación, sería aún mejor.
Le confirme a Elvira, por WhatsApp, que iría a cenar, a lo que me respondió contenta y encantada. Después pensé qué hacer esa mañana, pues no tenía nada en la cabeza. Las cosas transcurrían de forma casi imprevista, pero me iban de maravilla. De momento seguía sin trabajar y con dinero en la tarjeta, pues mi tío me había hecho un nuevo ingreso de mil euros, y sobre todo, una moto para desplazarme. Pensé que mi mayor prioridad era conocer gente, más gente, y a ser posible con dinero, pues empecé a ver posibilidades de hacer negocios fructíferos sin tener que trabajar. Sandra, como si me hubiese leído el pensamiento, me había enviado un mensaje.
+ Hola guapo. Me dijiste que querías conocer gente y he contactado con una amiga que es importante en Carcavera, además de que tiene mucha pasta, lo que te daría un inmejorable acceso a conocer a personas de la alta sociedad de aquí.
Sin pensarlo dos veces, la llamé por teléfono.
- Encantada de hablar contigo.
- Acabo de ver tu mensaje y me he quedado un poco pillado. Una dama de la alta sociedad bufff. ¿Crees que estará interesada en conocerme?
- Claro que está interesada en conocerte. En el momento que le he dicho que eras un chico alto y atractivo que acabas de llegar, jajaja…
Empecé a mosquearme. Una tía de la alta sociedad que con tan solo decirle que era alto y majete, y que acababa de llegar ya estaba interesada en conocerme.
- Bueno, no es que no confíe en ti, pero me resulta extraño que con tan solo esos datos haya despertado su interés.
- Jajaja… Está claro que de tonto no tienes ni un pelo. La verdad es que le he dado alguno dato más, jejeje.
- ¿Y que datos me puedes dar de ella?
- Bueno, pues…. Es una mujer refinada y culta. Le gusta hacer reuniones y fiestas con los amigos. También contribuye, altruistamente, con proyectos para la gente necesitada…, no se más que decirte.
- Puedes decirme su edad. – la insinué con un tono divertido.
- Jajaja… Quizás te parezca un poco mayor. Tiene… sesenta años, pero se conserva muy bien.
Me quedé trastocado al oír la edad. ¿Qué iba a pintar yo con una tía tan mayor? Una cosa eran las maduras y otra las abuelas. Al ver que no decía nada, Sandra insistió.
- Creo que deberías conocerla, pues te puede abrir muchos caminos. No pierdes nada porque os presente.
Resoplé sin que Sandra lo sintiese a través del teléfono. “Tienes que mirarlo como un negocio” Me dije a mí mismo. La oferta de mi tío para trabajar en su empresa era un trabajo de mierda conduciendo una furgoneta de paquetería, y ya aspiraba a algo mejor.
- De acuerdo, Sandra. ¿Cuándo pensabas presentármela?
- Hoy mismo, si quieres. Le dije que cuando hablase contigo se lo diría.
- Pues nada. Tengo toda la mañana libre.
- Eso sí, lleva el bañador que quizás tengas que darte un chapuzón.
- Si claro. En diez minutos estoy en la puerta de tu casa.
Lo del bañador podía habérmelo evitado pues empezaba a ser mi ropa habitual. No obstante, me puse un pantalón corto por encima; me parecía algo burro presentarme en bañador ante una señora de sesenta años de alto postín. Una camiseta y unas deportivas conformaron el resto de mi vestuario.
- ¡Ufff, estás estupendo, niño! – me dijo Sandra nada más verme con brillo en sus ojos mirando mis fuertes y consistentes piernas, y también el pequeño bulto que se marcaba bajo los pantalones.
- No me ha parecido correcto presentarme en bañador.
- Da igual lo que te pongas, todo te sienta bien, Jajaja… Lola va a alucinar cuando te vea. Lo mismo moja las bragas, jajaja…
Los dos nos reímos con su ocurrencia y montamos en su coche, pero su comentario no me había dejado indemne.
- ¿Crees que alguien como me has descrito… iba a mojar la bragas por tan poco?
- Jajaja… Era una forma de hablar.
- Me da que le has contado algo más de lo que me has dicho.
- ¡Pues claro, joder! Tenía que decirle algo que despertara su interés.
- ¿Y que es “eso” que ha despertado su interés?
- Bueno… pues… le he dicho que me echaste un polvo que me dejaste baldada, y ella sabe muy bien que no me deja baldada cualquiera, jajaja…
De nuevo estábamos hablando de follar, como si en esa puta ciudad no hubiese otro tema. No obstante, no era algo que despreciara, por supuesto, pero empezaba a ser rutinario. Pensé que lo importante era que iba a conocer a alguien con mucha pasta y con contactos, y eso era prioritario en ese momento.
Eran las diez y media de la mañana cuando llegamos a la cafetería donde habían quedado. Era un sitio grande, con una cantidad de mesas importante repartidas bajo un gran toldo con vistas al mar. Me pareció un buen sitio para tomarse un café; sin ruidos y con la fina brisa que desprendían las olas al romper contra las rocas refrescando la cara de forma sutil. Estaba algo separado del núcleo de Carcavera y a esas horas tempranas se notaba la falta de gente.
Tan solo había tres o cuatro mesas ocupadas por gente que podía permitirse el lujo de no trabajar a esas horas.
Sandra echó un vistazo y vio a Lola sentada sola en una mesa pegada a la valla de madera que separaba el recinto de las rocas. Nos acercamos y Lola se levantó con una sonrisa discreta. Era una mujer relativamente alta y delgada. Llevaba un pañuelo estampado en la cabeza que cubría parte del pelo y las mejillas. Unas grandes gafas de sol ocultaban sus ojos y parte de la cara. El vestido, a juego con el pañuelo, se ajustaba a su busto y a su estrecha cintura y se abría en forma de vuelo hasta las rodillas, dejando ver una buena parte de una pierna a través de una raja lateral.
“No tiene malas tetas” Pensé al ver el canalillo que dejaba ver parte de ellas. La nariz alargada sujetaba las gafas, dando paso a una boca grande con finos labios pintados con un rojo discreto.
Ambas mujeres de dieron sendos besos en la cara a modo de saludo, pero a mí me ha estrechó la mano cuando Sandra nos presentó.
- Me ha dicho Sandra que te vas a instalar aquí.
- Bueno… si. Mi tío me ha ofrecido un trabajo, de momento, – puntualice para que notase que no era mi opción principal – y depende cómo vaya, decidiré si me quedo.
- Carcavera es un sitio agradable. Seguro que te gustará.
- Ya le he dicho que todo dependerá como me vaya.
- Si no te gusta el trabajo que te ofrece tu tío, podrías encontrar otro.
- Aquí hay muchas oportunidades para gente que quiere trabajar. Yo, ahora mismo, necesito gente.
Sandra no decía nada, nos miraba con atención y con una sonrisa casi perversa en sus labios. El camarero nos trajo los cafés que habíamos pedido, y cuando se marchó, Lola me contestó.
- ¿De qué te gustaría trabajar?
- La verdad es que no lo he pensado. Lo que si tengo claro es que tiene que ser un trabajo al aire libre. Nada de estar encerrado en una oficina.
Lola sacó un paquete de tabaco de su bolso y se encendió un cigarrillo.
- Quizás puedas encajar en uno de los trabajos que tengo en mente. Pero tendríamos que hablarlo con más calma.
- Estoy abierto a opciones. – la sonreí con mi cara simpática, y me devolvió la sonrisa, aunque la suya fue más discreta.
Dejamos ese tema y conversamos de otras cosas. Me dijo que conocía a mi tío, aunque no me dio su opinión sobre él. Me dio la impresión de que no quería descubrir lo que pensaba. Después hablamos de sus reuniones y fiestas, que debían de ser muy habituales, intentando demostrarme que era una tía marchosa, a pesar de su edad.
En un momento dado, se levantó para ir al baño, y percibí cómo le hacía una seña a Sandra para que fuese con ella. A los pocos minutos regresó Sandra sola.
- Le has gustado. – me susurró inclinándose hacia mí - ¿Qué te ha parecido a ti ella?
- La verdad es que está bastante bien para tener sesenta, y es amena, incluso simpática a ratos.
- He venido antes para hablar contigo. Quiere que comas con ella, y así poder hablar con más intimidad de…, bueno, diferentes cosas, incluido un trabajo que te quiere ofrecer.
- Joder, Sandra. Me parece algo precipitado.
- A ver, chaval. Si quieres algo tienes que lanzarte. No pienses que las oportunidades te van a esperar. Hay que cogerlas cuando llegan.
- Vale, vale. Pero dime, ¿Sabes de qué va ese trabajo?
- No exactamente, pero te aseguro que no te requerirá demasiados esfuerzos y estará bien pagado.
- ¡Pues claro que quieres algo más! – me dijo como si fuera tonto – Está como loca por probar tu rabo.
- ¡Joder, Sandra, que bruta eres en ocasiones!
- Es que me ha parecido que no entendías bien la situación, jajaja…
- Y así… sin apenas conocernos, ¿crees que lo que quiere es follar? Si yo fuese ella, tendría cierta desconfianza con alguien que no conozco.
- Ya me he encargado de darle buenas referencias de ti, jajaja… Te diré algo más. Si he venido antes es para saber tu respuesta; no le gusta ser humillada con un “no”. Así que tienes que decidirte ya para que vaya a confirmárselo.
- A qué te vayas a comer con ella y… a lo demás.
- Entiendo que “lo demás “ es follar, ¿pero que saco yo con follármela?
- Pues que te presente a gente de la alta sociedad, de tener un trabajo mejor que el que te ofrece tu tío, o incluso, que te haga participe de alguno de sus negocios.
- Por un buen polvo, aunque no creo que vaya a ser solo uno, jajaja…
- Joder, Sandra, tampoco quiero ser su amante por un puto trabajo.
- Te aseguro que como te la folles como me follaste a mí, no querrá un polvo diario, jajaja… Tendrá suficiente con uno… de vez en cuando, jajaja.
- Tampoco quiero que mi trabajo depende de follarme a una tía.
- Bueno, eso es cosa tuya. Pero si no te lanzas, no sabrás lo que la vida te ofrece.
Después de pensármelo un rato, acepté: Cómo Sandra decía, si no pruebas, no lo sabes. Sandra se marchó de nuevo y al rato regresaron las dos. El porte de Lola andando era impecable. Se notaba que esa mujer tenía estilo desde la cuna.
- Ya me ha dicho Sandra que te vienes a comer. – me dijo directamente sin llegar a sentarse.
- Bueno… si… claro. – dije algo azorado.
Miré el reloj y eran las once y media; un poco pronto para comer, pero no dije nada. Al salir al parking, Sandra y ella se despidieron y me quedé con Lola. Montamos en su coche y llamó por teléfono a alguien. Entendí que pedía comida fría para que la llevasen a algún sitio, pero solo eso. A La media hora vi que entrábamos al parking de un puerto deportivo de los dos que había en Carcavera. En este había menos barcos que en el que estaba pegado a la ciudad, pero los que había parecían de alta gama.
Anduvimos por una de las pasarelas del muelle donde estaban los barcos amarrados hasta llegar a uno bastante bonito con unos nueve metros de eslora. En ese corto paseo me di cuenta de la anchura de sus caderas y del extenso culo que escondía bajo el vuelo del vestido. Subimos a él y me dijo que bajara los dos paquetes que había sobre un asiento al camarote y que desanudara los amarres. Al momento nos poníamos en marcha, ella pilotando y yo atontado mirándola.
La parte donde estaba el timón y los manos estaban cubierta. Había una parte trasera descubierta conde había un par de asientos a cada lado, cada uno para dos personas, y un espacio sin nada en el que te podías tumbar. En la parte delantera también había una superficie en la que se podían tumbar un par de personas espaciosamente. El camarote, a donde había bajado los dos paquetes, no era muy grande. Una cama, relativamente grande, estaba contra la pared de un lateral, y un par de sillas y una pequeña mesa cubrían la superficie.
- En la nevera hay cervezas y refrescos, por si te quieres tomar algo mientras llegamos. – me dijo señalando un arcón que había en la zona cubierta.
- ¿Quiere usted algo? – le pregunté educadamente.
Giró la cabeza y me sonrió de forma sibilina.
- Me gusta que la gente sea educada, pero ahora estamos solos, en medio del mar. Creo que va siendo hora de que empieces a tutearme.
- De acuerdo, Lola. ¿Quieres algo?
Me volvió a mirar con la misma sonrisa.
- Quiero un trago de tu cerveza, pero ponte detrás de mi y me la pones en la boca. No quiero soltar el timón.
Me quedé algo traspuesto, más bien porque no me esperaba eso.
Había un asiento plegado hacia un lado para manejar el timón sentado, pero ella se había mantenido de pies. Me acerqué hasta ella y me puse a su espalda sin llegar a pegarme. Levanté la mano por encima de sus brazos y le acerqué la botella hasta la boca.
- Tienes que pegarte más a mí para evitar que se derrame con el movimiento del barco.
Creo que me sonrojé ante esa petición, pero lo hice. Me pegué a su delgado cuerpo hasta que sentí mi bragueta contra su culo, y volví a ponerle la boca de la botella contra sus finos labios. Dio un sorbo y se la retiré.
- Puedes seguir pegado. – me volvió a sorprender – A no ser que te intimide el contacto con mi cuerpo. – me dijo con ironía.
“¡Joder, Dani, espabila de una puta vez!” Me dije a mí mismo con el rubor todavía en las mejillas.
Me mantuve pegado y pasé una mano hasta rodear su estrecha cintura y puse la cabeza sobre su hombro con la mejilla casi pegada a la suya. Percibí su discreta sonrisa por el rabillo del ojo.
- Veo que lo vas entendiendo. – me dijo mientras nuestros cuerpos se rozaban por el suave bamboleo que producía el barco rompiendo las pequeñas olas.
Fui cogiendo confianza, y al rato ya estaba pegado totalmente a ella, con la polla contra su culo sintiendo cómo cogía consistencia. Mi mano se aferraba con fuerza a su cintura, y comencé a acariciar su vientre con más confianza. Giré la cabeza ligeramente y la besé en el cuello; un cuello estirado y largo de piel fina y tersos tendones.
- Me empieza a gustar el viaje. – me dijo moviendo el culo suavemente contra mi polla.
La volví a besar en el cuello a la vez que subía la mano por el vientre hasta llegar a uno de sus pechos.
- A mí también. – le grité suavemente contra su oreja, pues el ruido que había navegando no permitía hablar en tono normal.
No dijo nada al sentir mi mano abierta abrazando uno de sus pechos, pero si movió más su culazo contra mi polla, que ya daba síntomas de querer salir del pantalón.
Presione su teta con suavidad sintiendo la carne blanda a través del fino vestido, y pasé a la otra con lentitud haciéndola sentir el tacto de mis dedos.
- Ummmgg… - ronroneó – Deja la cerveza y usa las dos manos.
Está vez no me pilló desprevenido, y dejé la cerveza con rapidez en uno de los huecos que había para mantener las bebidas sin que se cayesen. Metí las dos manos bajo sus brazos y las subí hasta llegar a sus pechos. Abracé las dos tetas y hundí los dedos en la blanda carne mientras restregaba la bragueta con descaro contra su culazo.
- Ummmgg… - gimió de nuevo – Así el viaje es mucho más agradable.
Tenía que tomar la iniciativa y no dejar que fuera ella la que diese cada orden, y aposté por bajar una mano por su vientre hasta llegar al montecito que precedía a su oculto coño.
- ¿Quieres que sea más agradable? – le pregunté volviéndola a besar en el cuello.
- Eso espero… Ummmgg… - movió la pelvis hacia delante para hacerme saber que mi mano iba en la dirección correcta.
Bajé con los dedos lentamente hasta notar el bultito que formaban las bragas bajo el vestido. Lo toqué con suavidad y volvió a gemir, pero está vez con un resoplido de placer – Uffff… Si que es más agradable… - Presioné contra su coño mientras el viento azotaba ligeramente nuestras caras. Su pelo rubio, con tonos blanquecinos, ondeaba bajo el pañuelo que lo sujetaba. Mis dedos acariciaron el bultito de carne de forma torpe, dado de los movimientos del barco, pero la discreta sonrisa de su cara me hizo pensar que no lo estaba haciendo tan mal.
Íbamos bordeando la costa a cierta distancia, y giró bruscamente poniendo dirección a una pequeña cala situada bajo un gran acantilado. La pared de piedra se levantaba majestuosa con una altura impresionante. Presentí que allí solo se podía llegar en barco, pues no sé veía ningún sendero que bajase desde lo más alto.
Fue aminorando la marcha hasta quedarnos a unos metros de la arena. Una arena blanca que cubría apenas quince metros formando una pequeña playa. Fondeó el ancla con un sistema eléctrico y al poco el barco dejaba de balancearse. Las olas apenas eran perceptibles, tan solo unas finas líneas blancas que se perdían en la arena. Me pareció un sitio precioso, y así se lo hice saber cuando me preguntó.
Se quitó las grandes gafas y vi por primera vez sus ojos. Unos ojos grandes de un color verde muy claro. También se quitó el pañuelo de la cabeza, y su melena , ligeramente rizada, ondeó al viento como una vela cuando la liberan. “Joder, es guapa la abuela” Me dije a mí mismo sonriéndola divertidamente.
- Y, a parte del sitio, ¿te gusta lo demás que ves? – me puso una mano sobre el hombro a la vez que se pegaba a mí.
La pregunta había sido tan directa que me quedé algo traspuesto. Pero solo había una opción, decirle que si. Aunque decidí darle una respuesta amplia. Un “si” , sieso y solitario para una mujer como ella le parecería simple e insulso, y le sabría a poco.
- Eres una mujer interesante y bella. Creo que nadie podría negar eso.
Me sonrió sibilinamente y se acercó un poco más ofreciéndome su boca. Acerqué la mía a la suya y la besé suavemente, con dulzura, intentando no parecer un joven ansioso por el sexo. Nuestros labios se pegaron y las lenguas jugaron con timidez dentro de nuestras bocas. Tan solo fue un beso, sin arrebatos ni aderezos de sobos, pues nuestras manos permanecieron quietas: una suya en mi obro y una mía en su estrecha cintura. A pesar de lo que me había comentado Sandra, de que lo que quería Lola era follar, no quise adelantarme a sus deseos.
- Si quieres, date un baño antes de comer. – me dijo al despegar los labios – No vas a encontrar un agua tan cristalina en toda la zona.
Miré hacia el agua y vi el fondo. Realmente era cristalina, pues se veían las piedras y las rocas a la perfección.
- La verdad es que apetece darse un baño. ¿No me vas a acompañar?
- Quizás después. – hizo una pausa mirándome con esa sonrisa sibilina que mantenía casi constante - ¿Te importa que te grabe mientras te bañas? – me sorprendió con esa petición.
- Bueno… no… - contesté dubitativo.
Me quité la camiseta y los pantalones cortos mientras ella me grababa con su teléfono. La verdad es que me sentí incómodo, pero no dije nada.
Me deshice de las deportivas y me fui hasta la popa del pequeño barco para lanzarme al agua. Me zambullí y nadé hasta la orilla, que estaba a pocos metros. Allí el suelo era de arena blanca y fina, y era un deleité para los pies. Eché un vistazo a la pequeña playa rodeada de paredes rocosas adornadas por el color verde del musgo que las cubría. Un pequeño chorretón de agua caía por uno de los laterales formando un reguero entre las rocas hasta llegar al mar. Me sentí un privilegiado por poder estar allí disfrutando en solitario de ese preciosos lugar.
Volví a entrar en el agua para nadar hasta el barco mientras Lola no dejaba de grabar cada uno de mis movimientos. Subí por las escalerillas que había en un lateral con el cuerpo mojado y brillante al incidir el sol con fuerza sobre el. Lola ya había dejado una toalla sobre uno de los asientos traseros del barco y me sequé con ella mientras continuaba con la grabación. Una vez que me sequé, dejó de grabar, y no pude reprimir la pregunta.
- ¿Y lo de grabarme… para qué es?
- Quería saber cómo te comportas cuando te están grabando?
Hice una mueca de extrañeza y le volví a preguntar.
- Estaba pensando en ofrecerte un trabajo en el que habrá una cámara grabándote, y quería ver tus reacciones.
Esa respuesta tan solo me hizo extrañar más. ¿Qué tipo de trabajo era ese? Iba a preguntarle de nuevo, pero comenzó a quitarse el vestido y la mente me trastabilló.
Era sumamente delgada con una cintura que parecía que se le iba a tronchar en cualquier momento. Me pareció increíble cómo se le abrían las caderas hasta formar unas extensas curvas dando paso a unas piernas delgadas y largas, como su cuerpo. Tenía un amplio culo, algo caído, que ocultaba con un bikini estampado de diversos colores. Sus tetas, también algo caídas, eran de buen tamaño y se descolgaban como dos grandes peras que sobresalían de forma vistosa de su delgado cuerpo.
- ¿Y que te han parecido mis reacciones? – le pregunté cuando sacudí la cabeza para centrar las ideas.
- Muy bien. No has mirado a la cámara y has actuado de forma natural. Sentémonos a comer algo.
Ya había sacado una mesita (de no se de dónde) entre los dos asientos traseros y la comida, a base de marisco y embutido estaba sobre ella. Los cómodos asientos eran para dos personas cada uno y nos sentamos unos frente al otro. Mi vista no me obedecía y se iba sobre las dos hermosas peras, pero ella no me miraba, por suerte.
Nos pusimos a comer y me explicó el trabajo, que realmente eran dos. Uno era de dar charlas delante de gente para explicar proyectos y recoger fondos. El otro era de vendedor de apartamentos, chalets y locales comerciales.
- ¿Eres promotora? – le pregunté cuando acabó de hablar.
- Mi tío también lo es, o algo parecido.
La sonreí y me devolvió la sonrisa con su extensa boca.
- Conozco a tu tío, y se que se dedica a varios negocios.
Su tono de voz me dio a entender que no le caía demasiado bien, he hice hincapié en ello.
- Si te digo la verdad, le conozco poco, aunque es el hermano de mi madre, y sus negocios me parecen algo mafiosos.
- Por aquí abunda la gente como él. – contestó sin detalles.
La veía reacia a sincerarse sobre la opinión que tenía de él.
- Por eso estoy interesado en buscar otros trabajos. No quiero acabar metido en un lío por su culpa.
- ¿Es que te ha ofrecido algo ilegal?
- No exactamente, pero prefiero trabajar fuera de su entorno. No quiero deberle favores
- Trabajes donde trabajes, siempre deberás algún favor a la gente que te lo ofrezca.
Levantó la vista sin mover la cabeza y me ofreció otra sonrisa sibilina.
- Quizás los favores que yo te pida te parezcan más agradables.
No quise preguntar más y acabamos de comer. Recogimos las sobras y, después de ponerse el vestido de nuevo, arrancó el barco para regresar al puerto de donde habíamos partido. A la llegada, me dijo que si estaba interesado en saber más sobre los trabajos que me ofrecía, que la acompañará a su casa, y acepté.
Nos montamos en su coche y recorrimos un par de carreteras hasta llegar a una urbanización alejada de la costa. Nada más entrar me di cuenta del lujo exterior de las casas. Todas de grandes dimensiones separadas de la calle por altos muros de piedra. Se abrió una verja automática al llegar a la que debía de ser la suya, y condujo unos cincuenta metros entre un jardín bien cuidado hasta llegar a la puerta de la casa.
Parecía una casa de diseño, nada convencional. Dos plantas, pero la de arriba no ocupaba la casa entera, más bien parecía una parte extra con una de las pareces totalmente acristalada, pero que no se podía ver hacia dentro. Aparcó el coche bajo un voladizo y entramos.
Un gran hall muy bien decorado, daba paso a un salón inmenso donde me dio a impresión de que te podías perder. Era un gran espacio con columnas redondas dividido por diferentes habientes. Había plantas de hojas verdes y brillantes que ocultaban parcialmente unos espacios de otros. Llegamos hasta uno de los espacios en los que había un par de sofás y un sillón rodeando a una amplia mesa baja de cristal. Un mueble de madera lacado en blanco ocupaba parte de la pared, y en él había incrustada una gran pantalla de televisión. Dos ficus de hojas grandes y verdes nos separaban del resto del habitáculo.
Me ofreció una copa y le pedí whisky. Ella se puso un ron y se sentó en el mismo sofá que me había sentado yo, aunque sin pegarse del todo a mí. Puso en marcha la pantalla con un mando a distancia y comenzó a mostrarme chalets, apartamentos y locales comerciales.
- Cómo te he dicho, me dedico a la compraventa y alquiler de inmuebles. Este es uno de los trabajos que te puedo ofrecer. Te llevarías la comisión correspondiente por cada alquiler o venta que hagas. Supongo que se te puede dar bien, y si realmente es así, podrías ganar bastante dinero.
- Me parece interesante, aunque nunca he vendido nada.
- No te preocupes, tengo guiones para ventas que, junto con tu labia, serán suficientes para que puedas vender sin ningún problema.
- Pero… ya tendrás vendedores.
- Claro que los tengo, pero yo elijo quien vende cada inmueble.
Seguía pensando que todo era demasiado fácil, y que había gato encerrado.
- ¿Y por qué me quieres ayudar?
- Nada es gratis. – esa era la misma frase que le había oído a mi tío – Está lo del otro trabajo.
Me puse a la defensiva nada más oírla. ¿Qué tendría de especial el otro trabajo?
- Soy todo oídos. – le dije sonriendo con picardía.
- Eres un chico alto y atractivo, y en las charlas que tengo previsto que des, las señoras estarán encantadas de escucharte.
- Mujeres de cierta edad con dinero que están dispuestas a hacer donaciones si las pones en un ambiente adecuado.
Volví a sonreír recostándome en el sofá y di un sorbo al whisky. El sonido de la presentación que había en la pantalla era pegadizo y envolvente, y realmente me sentía a gusto y relajado. Supongo que era lo que ella pretendía.
- Un ambiente adecuado… - repetí con algo de sorna.
Se inclinó hacia mi y me ofreció sus labios por segunda vez. No los rechacé, más bien puse más ganas en ese segundo beso. Nuestras bocas se volvieron a juntar y las lenguas se buscaron con avidez. El beso se fue haciendo más intenso hasta que alargó una mano para rodear mi cuello. Yo llevé la mía hasta su estrecha cintura y nuestros cuerpos se juntaron hasta sentir sus tetas sobre mi pecho. Su otra mano comenzó a acariciarme la mejilla y yo bajé la mía hasta su pierna recorriendo todo el contorno por encima del vestido.
Sentí su muslo de carne flácida y lo apreté ligeramente. Percibí cómo se removía sobre el asiento sin dejar de besarme, y bajó lentamente una de sus manos por mi pecho y vientre hasta llegar al pantalón. La pasó por encima con suavidad notando la erección que se estaba formando. Sus movimientos eran suaves y delicados, sin parecer en ningún momento ansiosa, y después de ese ligero sobo, dejó de besarme. Dio un sorbo a su ron y me miró con sus bonitos ojos claros. Su mirada era intensa y penetrante, y realmente intimidaba.
- ¿No te importa estar con una mujer de mi edad? – me preguntó descolocándome de nuevo.
- Eres guapa y atractiva, y tienes un buen cuerpo. Eso es lo que me importa.
Su mirada era cada vez más penetrante, pero logré mantener la compostura.
- Gracias. – contestó con tranquilidad, sin cambiar ni un gesto de la cara - ¿Y si no te pareciese… atractiva?
Pensé que era una pregunta trampa, y que me la estaba haciendo por algún motivo.
- No sé… - dije con parsimonia mientras pensaba la respuesta – Me gustan las mujeres, independientemente de su edad, y siempre he pensado que no sabes lo que guardan hasta que no las conoces bien.
- A eso me refiero. – di un trago al whisky retirando la mirada para no ponerme nervioso.
- Entiendo que, en principio, no te importaría probar, aunque no te pareciese… digamos que atractiva.
Estaba siendo demasiado sutil con los rodeos, y decidí ir al grano.
- Vamos a dejarnos de juegos. Creo que quieres proponerme algo.
- Ya te he dicho que nada es gratis. Conozco a unas cuantas mujeres que estarían dispuestas a hacer suculentas donaciones para mis proyectos si les ofreciese un caramelito.
- Supongo que ese caramelito soy yo.
- Darías unas charlas para explicarles esos proyectos y seguramente después, estarían encantadas de invitarte a cenar, o a una copa. Eso las animaría en sus donaciones.
Ya me lo había dejado todo bien claro. Iba a ser un gigoló de viejas.
- Joder, Lola, me parece un poco fuerte.
- Me acabas de decir que no te importa estar con alguien de mi edad, y que a una mujer no se la conoce bien hasta que no te acuestas con ella. – iba a decir algo para mí defensa, pero no me dejó y siguió hablando – Creo que lo pasarías bien y conocerías a gente de mucho nivel que no se atreven a hacer cosas fuera de un entorno seguro. Esa seguridad se la doy yo, y tú discreción, por supuesto.
Intenté volver a hablar, pero tampoco me dejó.
- Ven, te enseñaré la parte de arriba de la casa.
Me agarró de la mano y nos levantamos con los vasos en la otra. Subimos por unas bonitas escaleras que partían del gran salón al piso de arriba. Tan solo había dos habitaciones y entramos en una de ellas. Era amplia, muy amplia, con una cama de gran tamaño un armario empotrado con espejos en las puertas correderas, una cómoda con espejo en la pared y un cómodo sillón frente a ella. Una pared de cristal por la que se veía, bastante lejana, una parte de Carcavera y el puerto donde habíamos estado. El horizonte del mar formaba una línea que delimitaba el cielo, un cielo claro y azul que contrastaba con el intenso azul del mar.
En medio de la pared acristalada había una puerta que daba a una terraza también amplia.
- Tienes una casa muy bonita, y la habitación es espectacular.
- Sal un momento a la terraza hasta que te avise.
Obedecí como un cordero ante el asedio de un lobo y salí a la terraza. Rápidamente me di cuenta que no se podía ver el interior de la habitación desde fuera a través del cristal; como si fueran unas gafas de espejo con las que no te ven los ojos. Me apoyé en la barandilla y contemplé las bonitas vistas. Pasaron un par de minutos cuando oí un toque sobre el cristal. Abrí la puerta y entré. Lola se había cambiado y ahora lucia su cuerpo con una bonita ropa interior. Unas braguitas de color fucsia, tipo tanga, que dejaban todo su culazo al aire atravesado por la fina tira de tela que se enterraba entre la raja. El pequeño sujetador a juego tapaba sus grandes y caídas tetas mínimamente dejando ver como dos grandes pezones oprimían la tela intentándola rasgar. Se había calzado unas sandalias, también fucsias, con un fino tacón que la hacían más alta y más esbelta. Su melena, blanca y dorada, caía sobre sus hombros dándole un aspecto… digamos que más juvenil.
Me quedé parado, mirándola como un pipiolo atontado mientras ella se acercaba con paso firme clavando los tacones en el suelo y mirada sinuosa.
- Bueno, ha llegado el momento. – me dijo poniendo las manos tras mi cuello con su boca muy cerca de la mía – Veremos si es verdad lo que Sandra me ha contado sobre ti.
Me besó, pero está vez no fue un beso suave y controlado, fue un beso lascivo impregnado de deseo. Un beso incitador que puso en alerta todos mis sentidos. Pasé las manos por su estrecha cintura y lentamente las bajé hasta su culazo hasta atraparlo y hundir los dedos en la blanda carne. El beso se fue haciendo más desgarrador mientras sentía mis dedos tirar de los blandos melones y abrírselos como si los fuese a desgajar.
- Aaaaaah… - gimió a la vez que me mordía el labio inferior.
Su cara había cambiado y ahora el deseo se reflejaba en su rostro alargado y estirado. Me miró con desafío, y tiró de mi camiseta hasta sacármela por la cabeza. Sus ojos se clavaron en mi torso desnudo emitiendo un brillo fulgurante. Lo acaricio unos segundos sin dejar de mirarlo y me lanzó con suavidad contra la cama.
- Creo que les encantarás a esas putitas viciosas. – susurró (como si se lo dijese ella misma) y se lanzó sobre mi cuerpo para besarme por todo el pecho.
Sus labios y su lengua lo recorrieron por completo impregnándolo con su aliento y su saliva. Mientras, sus hábiles manos me desabrocharon el pantalón y al momento me lo sacaba por los pies a la vez que me quitaba las deportivas. El bañador se abultaba como una tienda de campaña y su vista se clavó en el enorme bulto. Me había quedado tumbado, inerte, mientras ella dominaba la situación. Tiró del bañador y la polla, en plena erección, salió majestuosa y tirante fuera de la tela. Pude ver cierta sorpresa en su cara al ver el miembro estirado sobre mi regazo, como si fuese una estaca clavada en él.
- ¡Joder, que si les encantará! – exclamó sin quitar la vista de la dura carne - ¡Más de una se va a volver loca!
La agarró con una mano y sentí sus largos y finos dedos rodearla con pericia. Después de esa reacción me sentí más relajado, más dueño de mi mismo, y alargué las manos para acariciarle las mejillas.
- Hablas de las demás, pero no hablas de ti. – la miré con una sonrisa firme y algo perversa.
Levantó la vista para mirarme a los ojos.
- Te hablo de las que tendrás que contentar con tus encantos. Yo ya lo estoy.
Miró de nuevo al glande que latía inquieto mientras su mano ahogaba las venas del tronco y le dio una buena lamida todo el contorno. Bajó con la lengua por el tronco dejándolo impregnado de saliva para acabar lamiendo los huevos. Volvió a subir con toda la lengua fuera de su boca y cuando llegó a lo más alto lo engulló con una suculenta succión. Mi cuerpo se tensó y apreté los puños en un acto inconsciente. No sabía que iba a hacer, si me la iba a chupar, o tan solo me la preparaba para un buen polvo.
No tardó en hacérmelo saber, después de darme unas buenas chupadas que me tensaron hasta los párpados de los ojos.
Se incorporó y se quitó el sujetador dejando que sus grandes peras se descolgaran balanceándose. Después se bajó las bragas y se las sacó por los pies. Ya, totalmente desnuda, miré su cuerpo delgado y las tremendas curvas que formaban sus caderas. Los labios vaginales sobresalían levemente abiertos con la piel arrugada.
Tiró del bañador y me los sacó por los pies antes de recostarse a mi lado sobre la cama. Las tetas se descolgaban de su pecho de forma irregular en esa postura, pero no por eso desmerecían.
- Quiero saber de lo que eres capaz. – me dijo mientras me acariciaba el pecho – Empieza por arriba y ves bajando. Te aseguro que soy bastante exigente y no soy de orgasmo fácil.
Se tumbó boca arriba y yo me recosté de lado. Si aquello era un examen pensaba sacar una nota alta.
Me coloqué encima de ella haciéndola sentir la dureza de mi rabo entre sus piernas abiertas, y comencé a lamerle las tetas a la vez que se las apretaba con suavidad. Eran dos masas de carne blanda, pero consistente. Llegué con la lengua a los pezones y comencé a chuparlos con suavidad. No sabía sus puntos álgidos y tendría que ir probando.
Su boca se abrió y oí unos leves jadeos. Me acarició la cabeza con una mano.
- Aaaah… A los hombres siempre les han gustado mis tetas. – oí orgullo en su tono de voz.
- Es que tienes unas tetas estupendas. – la halagué sin reparos.
- Aaaah… Sigue… un poco más fuerte…
Hundí los dedos en ambas peras y succioné con más fuerza mientras mordisqueaba las cerezas con delicadeza.
- Aaaaaah… Si… Asiiii… - me apretó la cabeza contra sus pechos – Aaaaaah…
Se estaba poniendo más caliente de lo que esperaba sin pasar de las tetas y comencé a dudar de sus palabras. Me había dicho que no era de “orgasmo fácil“, pero los jadeos y los retorcimientos de su cuerpo me decían lo contrario.
No puedo negar que sus carnosas tetas eran una maravilla y disfruté como un bebé amamantándose de esos gruesos pezones. Las chupadas y los mordisqueos fueron a más hasta hacerla rugir como una fiera.
Sintiendo cómo tenía una calentura tremenda que no dejaba parar su cuerpo, bajé por su plano y delgado vientre hasta llegar al centro de sus piernas. Sentí el flujo caliente que ya manaba entre sus arrugados labios vaginales y abriéndolos con los dedos comencé a lamer y a chupar en el interior de su raja. Sus jadeos aumentaron y apretó más mi cabeza contra su coño para sentir más profundamente mis labios y mi lengua.
- Aaaaaah… - casi rugía con su cuerpo tenso – Siiii… sigue… no pares… Aaaaaah…
Sus dedos nerviosos e inquietos se entrelazaban en mi pelo sin saber dónde posarse. Mi lengua penetraba profundamente en su coño percibiendo el sabor del jugo que derramaba. Su excitación aumentaba por momentos con movimientos de caderas impulsivos e incontrolados. Mis labios llegaron al clítoris, durito y enrojecido, como una estalactita colgando de una vieja cueva. Varios sorbetones la hicieron gritar con descontrol. Sus rugidos resonaron por toda la habitación como los de una fiera enjaulada. Un orgasmo tremendo la hizo botar y retorcerse sobre la cama como una anguila fuera del agua.
Dejé de chuparle el clítoris para que se serenase. Me había parecido un orgasmo demasiado fuerte y no me atreví a seguir de inmediato (temiendo un infarto por su edad, o algo parecido) y la miré a los ojos, que los tenía brillantes y perdidos en el techo de la habitación. Su boca abierta jadeaba cogiendo aire con insistencia, y decidí continuar. Quería saber de lo que yo era capaz, y se lo pensaba demostrar.
Con mi cuerpo sobre el suyo, levanté el culo para cogerme la polla. La orienté contra su ardiente y mojada raja y penetré con suavidad. Su cara se crispó de nuevo y sus dedos se clavaron en mis hombros. Solté la polla, y apoyando las manos contra el colchón, empecé a bajar lentamente sintiendo cómo entraba cada centímetro de carne dura dentro de su sexagenaria vagina. Una vagina que fue acogiendo mi polla con una suave presión, abriéndose para dejar paso al duro glande. A cada centímetro que entraba, sus uñas se clavaban con más fuerza en mis hombros y su cara enrojecía con la sangre que impulsaban los fuertes y rítmicos latidos de su corazón.
Continué apretando con suavidad hasta que toda la verga se introdujo en su mojada vagina. Su boca se abrió como si se fuese a tragar una manzana emitiendo un grito ahogado y profundo.
- Querías saber de lo que soy capaz, pues ahora lo verás.
Elevé el culo sacando la polla casi al completo y de un golpe seco la introduje de nuevo hasta el fondo. Volvió a gritar, a retorcerse, a clavarme las uñas, y comencé a follarla a un ritmo constante reventando mis huevos contra su coño en cada bajada. Sus piernas vibraban como si le diesen calambrazos y su pelvis se movía descontroladamente. No tardó en llegarle un nuevo orgasmo expresándolo con gritos ahogados y fuertes temblores. Seguí follándola, metiéndole el rabo hasta dentro de forma continua, como si fuese una máquina bien sincronizada. Y otro orgasmo invadió su delgado cuerpo; un cuerpo desmadejado que ya no controlaba.
El tercer orgasmo fue casi seguido, y casi me reí pensando en sus palabras “no soy de orgasmo fácil”. Según lo estaba teniendo, me lancé sobre sus tetas y le devoré los gordos pezones a la vez que se las exprimía como si fuesen limones. En ese momento su cuerpo ya parecía una muñeca de trapo.
Deje de follarla y me incorporé quedándome de rodillas entre sus piernas. Miré como todo su cuerpo latía descontrolado. Sus ojos casi en blanco, la cara desencajada, la boca totalmente abierta. “No ha sido tan difícil, y sin correrme” Me dije a mí mismo sonriendo con el ego ensalzado.
- Qué tal si te das la vuelta… para acabar. – le dije con serenidad.
- ¿Todavía no te has corrido? – exclamó abriendo los ojos para mirar la erección que mantenía la verga.
- Tengo para un buen rato. – le dije subidito y con sorna.
- Pues yo… ya no puedo más. – contestó rendida, espatarrada y sudorosa.
- De acuerdo. Acabaremos en otro momento.
Me levanté de la cama y cogí el vaso de whisky, que había dejado sobre la mesita, y le di un trago.
- ¿Puedo salir desnudo a la terraza? – le pregunté mirando cómo brillaba el sol a través del cristal tornasolado.
- Si. En esa zona no puede verte nadie cercano.
Abrí la puerta y me apoyé sobre la barandilla mirando al mar. Era un sitio privilegiado y me sentía feliz, mirando desnudo a esa ciudad lejana, Carcavera, donde la promiscuidad la llevaban como bandera.
Al momento sentí a Lola detrás, pegándose a mí cuerpo a la vez que me besaba en la espalda y el cuello.
- Creo que pronto te harás famoso entre la alta sociedad de Carcavera. – me susurró tras la nuca – No te faltarán ni fiestas ni dinero, y yo te contaré lo que le gusta a cada una de estas perras viciosas.