Carcavera 3
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Conozco a un chico en la empresa de mi tío y me enseña el camino para invitarme con las maduritas de Carcavera.
Cuando regresó mi tío con Raquel, ya estaba vestido y sentado en el salón. Palmira no había bajado, pero no preguntaron por ella.
- Bueno, pues vamos a ver la empresa. – me dijo dándome una palmada en el hombro.
Ya en el coche, mi tío comentó con su sonrisa socarrona.
- ¿Que tal con Sonia y Laura? Habrán soltado pestes de mí.
- Jajaja. Me da igual. Ahora hago lo que me apetece sin tener que esconderme de nadie.
- Haces bien. – le halagué para ganarme su confianza.
- ¿Qué tal lo has pasado con Sonia?
- Bueno, ha sido como encontrarme con alguien desconocido después de cinco años. Es divertida.
- Al principio dejó de hablarme, pero se le pasó pronto. Sobre todo cuando vio que mi cartera la tenía abierta para lo que quisiera, jajaja.
- El dinero hace milagros. – me reí con él.
- Hablando de dinero. Puedes comprarte lo que necesites. No tengas ningún problema por el dinero. Cuando gastes lo que hay en la tarjeta te inyecto más.
- Gracias Ramón. Eres muy generoso.
- Puedo serlo. Tengo dinero para aburrir, jajaja.
Llegamos al edificio donde estaban las oficinas de su empresa y me mostró su despacho. Era grande, luminoso y cómodo, con unas estupendas vistas al mar. Después me presentó a un chaval de unos veinticinco años, un tal Ángel.
- Ángel te enseñará todo esto. Aprende de el y llegarás lejos. – sonrisa socarrona.
Ya eran casi las ocho de la tarde y apenas quedaba gente. Ángel me enseñó las oficinas y lo que se hacía en cada una de ellas. Después bajamos al garaje y me mostró las furgonetas que tenían para el transporte.
- Aquí tenemos unas pocas, pero el grueso está en una nave a las afueras, en Cabo Lastre. – me dijo.
- No te molestes en darme nombres. Acabo de llegar y no conozco nada de esto.
- Ya me ha dicho Ramón que te vas a quedar a trabajar.
- Eso espero, aunque no tengo ni puta idea de hacer nada.
- Jajaja. No te preocupes, si eres medianamente listo aprenderás rápido.
- Pues si es por las notas del último curso, no creo que de la talla. – soltó una carcajada.
Ángel era un chaval majete. No era guapo pero si resultón y dicharachero, como yo. Algo más bajo y menos musculado.
- Una cosa es estudiar y otra trabajar. No pareces tonto, más bien me pareces espabilado, y es lo que sirve para esto. Supongo que no tendrás novia.
- No tengo edad. – volví a repetir la gracia.
- Yo salgo con una chica, pero también me voy de copas de vez en cuando, a mí aire.
- Ayer estuve en una terraza con mi prima tomando unas cervezas.
- ¿Con Sonia? – hizo un gesto raro con la cara
- Si. Alguna vez se ha pasado por aquí.
- Parece que has puesto un gesto raro cuando la he nombrado.
- Bueno, perdona porque sea tu prima, pero me parece un poco rarita.
- Puedes hablar libremente. A mí también me lo parece, y si conocieras a sus amigas te parecería hasta normal. - Soltó otra carcajada.
- Eso me pareció en el corto espacio de tiempo que estuve con ellas. Fíjate de que me acababan de conocer y se pusieron a hablar de follar como el que habla del tiempo. – nada más pronunciar la palabra “follar” noté que ponía más atención – Pero no en plan de contar una anécdota, sino de poner a parir a todos los tíos con los que supuestamente habían estado.
- Me da que son unas frustradas que follan poco y mal. – otra carcajada.
- Jajaja. Suele pasar con las que hablan mucho del tema.
Le vi animado, con la impresión de que le había caído muy bien. Allí no tenía amigos, y necesitaba hacer amistades lo antes posible para poder moverme a mí aire sin depender de mi prima. Y volví a incidir en el tema de follar.
- Pensé que podría pillar cacho cuando me dijo que me iba a presentar a unas amigas, pero vamos, con esas no voy ni a mear. – otra carcajada.
- Joder, me caes muy bien, tío. Me río mucho contigo.
- ¿Tienes algo que hacer ahora?
- Pues… no sé que pretensiones tendrá Ramón.
- Si te apetece, nos podemos ir a tomar unas copas y te enseño un par de sitios.
- Estaría fenomenal. ¿Están lejos? Lo digo porque de momento no dispongo de coche.
- No te preocupes, yo te llevo.
- Vale, pero voy a decírselo a Ramón.
Subimos de nuevo a las oficinas y se lo comenté a mi tío.
- Me parece bien. Y como te he dicho, si necesitas más dinero dame un toque por el móvil.
- ¿Hay algún problema para entrar yo solo en la urbanización?
- No, para nada. Ya pasé tus datos y tienen tu foto. Si vuelves en taxi, le dejarán entrar hasta la casa. Y si te lleva Ángel, ya le conocen y tiene permiso para entrar.
Nos despedimos y me fui con Ángel a un garito donde nos bebimos un par de cervezas. Conectamos rápidamente, y no tardó en salir el tema del folleteo, de nuevo.
- Como te he dicho – comentó él – salgo con una chica de veintitrés años, pero de vez en cuando me doy un buen homenaje con otras, jajaja. – sonreí y continuó. – No es que no esté bien con ella, pero te contaré un secreto. Follar con una madurita con ganas no tiene precio, jajaja. ¿Has probado alguna vez?
- La verdad es que no. – le mentí – Pero las miro con ganas cuando veo alguna por la calle de las que están buenas.
- Si quieres vamos a otro garito. – dijo mirando el reloj – De nueve a once se pone hasta arriba de maduras de entre cuarenta y sesenta, y es fácil de que caiga alguna.
Mi experiencia con Nuria había sido fabulosa, y con Palmira casi mejor. Por supuesto no descarté en volver a probar con alguna más.
- Pues vamos. – contesté expresando entusiasmo.
Me dio una palmada en el hombro y salimos del garito.
- Está cerca. No necesitamos el coche.
Estábamos a las afueras de la ciudad, pero parecía el sitio de marcha de la zona. Se veían algunos bares de copas y un par de discotecas. Nos dirigimos a una de ellas, la más pequeña, y Ángel saludó al portero. Parecía conocerle.
- No te asustes cuando entres. Seguro que eres el más joven y te lanzarán sus miradas de fieras hambrientas, jejeje. – una risita sarcástica.
Entramos y vi una barra larga, que era el sitio donde había más luz. No estaba abarrotada, pero había gente pidiendo bebidas. El resto del espacio estaba más oscuro, y me costó un poco adaptar la vista. Había gente bailando agarrados en una pista que había en el centro, donde centelleaban ráfagas de luz intermitentes, aunque la oscuridad dominaba la mayor parte del tiempo. El resto eran cómodos sillones y sofás alrededor de mesas.
Cuando comencé a ver, me di cuenta de que estaba bastante llena, la mitad de sillones y sofás estaban vacíos, pero la pista de baile estaba a rebosar. No se podía vislumbrar la edad de la gente, pero estaba claro que la mayoría tenían… cierta edad.
Pedimos un par de copas en la barra y nos giramos para ver el ambiente.
- ¿Que te parece? – me preguntó Ángel.
- Está muy bien. Y me ha sorprendido que haya tanta gente a esta hora.
- A está gente le gusta este horario. Después, a partir de las once, se van la mayoría y entra gente más joven.
- Como te digo – me dio otra charla – las jóvenes están bien para salir, divertirse y echarte novia, pero a la hora de echar un buen polvo una madurita separada es lo mejor. El despecho y el error de sus matrimonio las hace voraces. Están dispuestas a todo, y cuando digo a todo, es a todo. – le miraba con una sonrisa interrogante.
- ¿Se la has metido alguna vez a una tía en el culo? – me preguntó por sorpresa.
- Pues… la verdad es que no. – contesté algo desconcertado.
- Pues a estas se la puedes meter por donde quieras, y no veas cómo disfrutan, jajaja. – continuó hablándome con euforia – Te hacen unas mamadas que te sacan hasta la leche que no sabias ni que te quedaba, jajaja.
Estaba alucinando un poco por su forma de contarlo, pero me reí con él porque era bastante gracioso.
- Voy al baño. – me dijo dejándome solo en la barra.
Di un sorbo a la bebida y miré a ambos lados de la barra. En el lado derecho vi a una mujer que me miraba sonriendo. Estábamos a unos tres metros y nos podíamos ver la cara perfectamente.
Debía de estar entre los cuarenta y cinco y cincuenta años. Pelo castaño hasta los hombros, ojos grandes, nariz aguileña y boca grande con labios pintados con un rojo intenso. Parecía tener buen tipo, con unas tetas y un culo que se le marcaban claramente bajo el corto y ceñido vestido.
Cuando la miré me hizo un gesto con la mano a modo de saludo, y me quedé algo parado pues no me lo esperaba, pero al final le correspondí con el mismo gesto. Se levantó del taburete donde estaba sentada y se acercó subida en unos tacones de vértigo. Era bajita, y ni con esos tacones se acercaba a mi altura.
- Hola guapo. Dijo al llegar a mi lado.
- No te he visto antes. ¿Es la primera vez que vienes por aquí?
En ese momento volvía Ángel y la mujer se dio medía vuelta y se marchó.
Me dejó a cuadros, sin entender lo que había pasado.
- Pensé que ya habías pillado. Jajaja. - me dijo Ángel.
- Bueno, ha sido raro. Se ha acercado ella, pero al momento ha salido corriendo sin decir nada.
- Culpa mía. - comento Ángel sonriendo.
Me quedé mirándole sin entenderlo.
- La abordé una vez en la que iba bastante puesto y se enfadó con mis modales. Ahora cada vez que me ve, huye, jejeje.
Al momento se acercaron dos señoras. Una debía de acercarse a los cincuenta y la otra estaría por los cuarenta y algo. Iban con vestidos elegantes y relativamente sexys.
- ¡Hombre, Ángel! Cuanto tiempo sin verte. – exclamó la mayor a la vez que le daba sendos besos en las mejillas.
- Hola Lucía. No he tenido tiempo últimamente.
- Me tienes abandonada, pillín. – le dijo dándole un pellizquito en la mejilla.
Ángel le pasó la mano por la cintura y la atrajo hacia el.
- Nada más lejos de mi intención. – la besó en la mejilla.
- Jajaja, que sinvergüenza que eres. Está es mi amiga Daniela.
- Encantado Daniela. – más besos.
Las dos me miraron de arriba a abajo con miradas inquisitivas, y rápidamente, Ángel me las presentó.
- Este es Dani. Acaba de llegar y le estoy enseñando un poco esto.
- Anda, se llama como yo, jijiji. – se rio Daniela.
- Eres muy joven, ¿No? – me dijo Lucía.
- Joven por fuera y maduro por dentro. – contesté intentando hacer una gracia, lo que les provocó risas que realmente exageraron.
- Jajaja. Qué simpático. – añadió Lucia, pero rápidamente se dirigió a Ángel – Me debes un baile de la última vez.
- Es verdad, pero déjame que charle un rato con Dani. Ahora nos vemos. – las despidió cortésmente y se fueron.
- ¿Qué te han parecido? – me dijo Ángel – A Daniela no la conocía, pero no está nada mal, ¡Eh!
- Y a Lucía, ¿la conoces desde hace mucho?
- Casi un año, y no veas cómo folla. Es una puta tigresa. – sonreí, y añadió – Si te gusta, puedes tirártela cuando quieras. Aquí nadie es de nadie, jajaja.
- Claro. Llevo un año viniendo por aquí y conozco a unas cuantas, aunque solo me he tirado a cuatro. Lucia fue la primera, y de vez en cuando nos damos un revolcón.
- ¿Y todas follan bien? – pregunté intrigado.
Me resultaba extraño ver a tantas maduritas juntas y que todas follasen cómo afirmaba mi nuevo amigo Ángel.
- Bueno, unas follan mejor que otras, pero en general todas llegan al notable. Se que también viene alguna casada, pero hasta ahora no he coincidido con ninguna.
- Alguna, aunque son más difíciles, pues no sé fían de cualquiera. A esas te las tienes que trabajar más, y no tengo tiempo para eso, jejeje.
Lo decía el todo, y yo tan solo escuchaba y aprendía. En ese momento se acercó otra señora, igual de elegante y sexy que las amigas de Ángel.
Cuando la vi claramente casi me da un parraque. Era Pepa, la amiga de mi tía. Intenté salir del trance respondiendo con un monosílabo.
“¿Qué le digo?” Intenté pensar con rapidez. En ese momento solo me preocupaba que le contase a mi tía que me había visto en un sitio de maduras. Acababa de llegar y no quería que le fueran con ese tipo de chismes.
- Pues no. ¡Ah! Espera… ya recuerdo. Si… eres Pepa.
Ángel me miraba sorprendido. Creo que pensaba que si acababa de llegar, ¿cómo es que conocía a una de las tías que iban por allí?
- Es una vecina de mi tío. – solté sin pensarlo demasiado, y los presenté.
- Ángel, está es Pepa. Pepa, Ángel.
Se dieron un par de besos y rápidamente pensé en llevármela lejos de Ángel.
- ¿Te apetece bailar? – miré a Pepa.
Asintió sin salir de su sorpresa.
- ¿Te importa, Ángel? – me dirigí a él.
- No… no. No tengáis ningún problema por mi. Voy a ver si veo a mis amigas.
Ya de camino a la pista, Pepa me preguntó riéndose.
Entramos en la pista y nos mezclamos con la gente. Miré a mi alrededor y vi que cada uno iba a lo suyo sin importarle el que había al lado. Puse las manos en la cintura de Pepa, a cierta distancia, y ella puso las suyas sobre mis hombros. Y comencé a soltarle la historia.
- Perdona por el arrebato, pero acabo de conocer a Ángel y me ha traído aquí. Yo no sabía de qué iba esto, y no quería decirle que eras amiga de mi tía. No es por nada, pero… si no te importa, no quiero que mi tía sepa que he estado aquí. – soltó una pequeña risita.
- Pues has tenido suerte, porque a veces viene por aquí y te la podías haber encontrado.
- Bueno, - intenté disculparme otra vez - no es que me preocupe mucho, pero de momento prefiero que no lo sepa.
- Tranquilo, por mi parte no vas a tener ningún problema. – me sonrió irónicamente – Se guardar un secreto. De hecho, de ella guardo unos cuantos. – me susurró alargando las palabras con la mirada fija en mis ojos.
Me relajé un poco y abracé más su cintura.
- Si son secretos, mejor no te los preguntaré.
Su sonrisa tenía trazas de perversa, casi intimidatoria, pero tras sus palabras ya me había relajado y tenía la mente en plena forma.
- Y qué, ¿te gusta el sitio? – me preguntó sin perder la sonrisa.
- Como verás, no hay nadie de tu edad. Tú amigo es algo mayor que tú, pero también joven para los que estamos aquí.
- Si… bueno. La verdad es que me había avisado de que posiblemente seríamos de los más jóvenes.
- A él le conozco de vista. De vez en cuando se pasa por aquí. Supongo que le gustan las mayorcitas.
- Y a ti, ¿también te gustan? – cambió la sonrisa hasta ponerla algo pícara.
- Depende. Si están como tú, sería difícil rechazar un dulce tan apetitoso. – la halagué esperando comprarla con palabras, pero no era nada tonta.
- Gracias, pero… ¿lo dices de verdad, o ¿solo quieres halagarme?
Ya no me quedó más remedio que lanzarme al charco, tuviese agua o no.
- Lo digo de verdad. Aquí no se ve mucho, pero te recuerdo de la playa cuando ibas en bikini. – no quise extenderme y esperé su reacción.
Fueron unos largos segundos de silencio incómodo, con su mirada taladrando mis ojos, pero se la aguanté con una ligera sonrisa tirando a pícara. Finalmente, alargó las manos que mantenía sobre mis hombros para abrazar mi cuello. Pegó su mejilla a la mía y también su cuerpo. Sentí sus tetas contra mi pecho y la pelvis contra mi polla. Tragué saliva pensando en qué podía acabar aquello.
No quise ser menos, y abracé su cintura poniendo las manos en el inicio del culo.
- Te contaré otro secreto. – susurró rozándome con los labios la oreja – Tu también me has gustado en bañador, y no sólo a mí, Nuria estaba que se salía, jajaja.
Otra vez tuve que tragar saliva al oír el nombre de Nuria. “¿Sabrá algo? Seguro que la muy zorra se lo ha contado” Comenzó a trabajar mi mente a gran velocidad. “Si se lo ha contado a esta, mi tía no tardará mucho en enterarse”
Creo que comencé a sudar y me debió notar el nerviosismo.
- Cómo estarás suponiendo, a Nuria le ha faltado tiempo para contármelo, pero tranquilo, a tu tía no le ha dicho nada. De hecho, me a pedido que yo tampoco se lo dijera. – respiré hondo, y lo notó.
- Como te he dicho, sabemos guardar secretos, sobre todo, los que son más delicados.
- Pues… os lo agradezco mucho. Acabo de llegar y esto me está superando.
- No creo que esto te supere, se te ve desenvuelto. – creo que me lamió la oreja y me dio un leve escalofrío.
Sus intenciones empezaban a ser claras y mis inconvenientes cada vez eran menores. Se pegó más a mi cuerpo y metió la pierna entre las mías hasta rozarme el paquete, que comenzaba a aumentar.
- Por cierto, a Nuria le ha encantado vuestro encuentro. – dijo comiéndome la oreja con descaro y lascivia – Y me ha contado otro secreto.
El roce de su pelvis contra mi polla, y la pierna metiéndose entre las mías, me habían puesto verraco, pero no me atrevía a sobarle el culo en medio de la pista. Era una estupidez, porque no se veía un pimiento, pero todavía estaba algo cortado.
- No te asustes, pero Nuria es así. Suelta las cosas como las piensa, y me ha dicho… que tienes una rabo de la ostia, con estas palabras. – volvió a comerme la oreja y ya estaba que me salía. No lo dudé más y bajé las manos hasta su culo agarrándoselo con ganas.
- Ummm… has tardado mucho. – susurró.
Retiró su mejilla de la mía y me besó profundamente en los labios. Su lengua era como una serpiente recorriendo mi boca, y sus finos labios chupetearon los míos de una forma deliciosa.
- ¿Vas a querer comprobarlo? – le pregunté chulescamente por la referencia que había hecho a mi polla.
Se frotó con más descaro contra el crecido paquete y me susurró con lascivia contra los labios.
- Lo estoy deseando. – alargó las palabras con lujuria, y pensé que era el momento de cortarla, sobre todo para reforzar ese deseo que expresaba.
- Estaré encantado de enseñártelo, pero tendrá que ser otro día. – le susurré poniendo voz profunda – Hoy he venido con Ángel por primera vez, y me parece feo dejarle.
Movió la cara bruscamente para mirarme a los ojos, y noté la tensión que manifestaba en ese momento, pero se relajó al instante volviendo a sonreír.
- Si, claro. Es lógico. Pero espero tu llamada. – casi me pareció una advertencia.
- Por supuesto. No dudes en que te llamaré… pronto.
Dejamos de bailar y nos pasamos los móviles. Ella desapareció entre la gente y yo busqué a Ángel. Estaba sentado con las dos tías que me había presentado en un cómodo sofá en una zona muy poco iluminada, vamos como el resto. Me senté frente a ellos en un sillón y di un sorbo al ron con cola que había pedido. Ángel había tenido la deferencia de llevarlo hasta la mesa.
- Te estábamos esperando. – comentó Ángel sin hacer ninguna referencia a Pepa – Las chicas tienen ganas de bailar y no queríamos dejar sola a Daniela.
- Claro. – miré a Daniela – Será un placer bailar con una chica tan guapa. – creo que se ruborizó, aunque ante esa oscuridad era imposible notarlo.
Volvimos a la pista, él con Lucia y yo con Daniela, y nos pusimos a bailar mezclados entre la gente. Al momento ya los habíamos perdido de vista.
Puse las manos en la cintura de Daniela, pero ella se abrazó a mi cuello pegándose completamente a mi. Era más baja que Pepa, y tuve que inclinar la cabeza para que nuestras mejillas coincidieran.
Daniela era de mediana estatura, tirando a baja. Llevaba el pelo rubio, aunque supuse que era teñido por la brillantez. Ojos pequeños y cara estrecha, con la nariz un pelín grande. Boca pequeña con labios regordetes pintados con un rojo intenso.
Llevaba un vestido corto, de color oscuro con algunos detalles brillantes. Se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel, y mostraba sus tetas a través de un generoso escote, unas tetas bastante potentes para su cuerpo delgado.
Por la forma en la que se había enroscado a mi cuello, no dudé en bajar las manos hasta su culo, un culito pequeño y respingón, que me pareció una delicia al tocarlo.
Después de un minuto bailando, no había abierto la boca, y tuve que ser yo el que empezara.
- Es la primera vez. – dijo con voz tímida.
- Vaya, para mí también es la primera vez.
- Es que… - intentó continuar con la misma timidez – me he separado hace dos meses.
- Vaya, lo siento. – dije pensando en la charla que se me avecinaba.
- No pasa nada. Ya estaba harta de estar todo el día en casa mientras mi marido apenas entraba.
- Esas cosas a veces pasan. No todos los matrimonios funcionan como un reloj.
- ¡Es un cabrón! – soltó con mala leche – Él de fiesta todo el día con unas y con otras y yo aburrida en casa. Lucia es mi vecina, y muy buena amiga, y me ha dicho que me olvidara y que tenía que salir a divertirme. Por eso he venido aquí con ella.
- Este sitio está bien. – dije por decir algo.
- Bueno… - comenzó, pero se paró un poco – Se a lo que viene la gente aquí.
- Supongo que a divertirse. Ya te he dicho que es mi primera vez.
- ¿Y eso te parece mal? – pregunté un poco mosqueado. Me había tocado la recién separada que tenía ganas de contar sus problemas.
- ¡No! ¡Que va! – exclamó como si no la hubiese entendido – Si me parece bien, por eso he venido con ella.
- Pero si acabas de salir de un problema de pareja, quizás no te quieras meter en otro tan pronto.
- Jajaja. No he venido a buscar pareja. – se paró un instante – He venido a pasármelo bien, pero… - otra parada – no me esperaba encontrar a un chico joven y guapo como tú. – volvió a su timidez.
- ¿Los prefieres de tu edad? – pregunté para responder yo mismo - Lo entiendo.
- ¡No, no! – exclamó de nuevo - ¡Joder, que mal me explico! – me sorprendió su reacción pasando de la timidez a soltar la palabra “joder” de esa forma tan espontanea - Perdona, pero es que no estoy acostumbrada a esto.
- Lo que quiero decir es, que estoy encantada de haberme encontrado con un chico joven y guapo como tú, algo que no me esperaba, y estoy un poco nerviosa.
- Pues relájate. Yo también estoy encantado de que nos hayan presentado.
- ¿Seguro que te gustó? – casi me reí ante esa pregunta tan simple y tan directa.
- Eres una chica atractiva y sexy. Creo que alguno de los que nos ven le estaré dando envidia. – saqué mi verborrea de adulador.
- Jo, que cosas más bonitas dices.
Su timidez iba desapareciendo, pero me iba dando cuenta de que era una mujer simple y sencilla, incluso graciosa. Seguro que se había casado de jovencita y no había vivido nada. Cómo había dicho hace un rato, “todo el día encerrada en casa”.
Me quedé un poco traspuesto sumido en mis pensamientos hasta que sentí cómo se apretaba a mi.
- ¿Tú marido no te decía cosas bonitas?
- Al principio si, pero al poco tiempo de casarnos, nada. Se iba a trabajar y volvía muy tarde, y a veces no iba ni a dormir.
- Pues con una mujer como tú – volví a los halagos – creo que siendo tu marido no me perdería ni una noche.
Me miró sonriendo y se apretó de nuevo con coquetería.
- Pues encima, la noche que a él le apetecía, hacíamos todo lo que quería. Nunca me negué a nada, y me esmeraba un montón. Pero no ha servido de nada.
Cada vez me hacía más gracia la forma que tenía de contar las cosas. Nada de rodeos, simpleza y naturalidad pura.
- ¿Te refieres al sexo? – le pregunté intrigado y expectante por cómo sería su respuesta.
- ¡Claro! – exclamó como si yo fuera tonto y no hubiese entendido nada – Me la metía por todos lados haciéndome poner posturas de lo más raras, y al final, no se quedaba a gusto ni yo tampoco.
Tuve que aguantarme para no soltar una carcajada. Su naturalidad y simpleza eran arrolladoras. Me controlé, y pasados unos segundos busqué su boca. Nada más notar mis labios, abrió su boca y me la ofreció sin reparos. Nuestras lenguas jugaron y el beso se fue haciendo más intenso. Casi se colgó de mi cuello para devorarme los labios como una leona hambrienta.
Bajé un poco las manos y encontré el final de su corto vestido. Las metí bajo él y las subí hasta tocar la carne de su pequeño y redondo culito. Lo palpé con las manos abiertas sintiendo que era capaz de abarcar las nalga con cada una de ellas.
Sus besos eran cada vez más intensos y devoradores, hasta que le abrí el culo como si lo fuese a desgajar.
- ¡Uy! ¡Uy! ¡Uy! – le solté el culo con algo de susto, pero ella seguía aferrada a mi cuello como una lapa.
- ¡Lo siento! – me excusé pensando que me había pasado – Eso no te ha gustado. – afirmé convencido.
- ¡No! ¡Si que me ha gustado! Lo que pasa es que… me he puesto muy calentorra, - casi suelto una carcajada - y aquí no quiero seguir. – acabó diciendo.
- ¿Te quieres venir a mi casa? – me sorprendió de nuevo con su forma simple y directa de decir las cosas.
- Bueno… si, pero tendría que decírselo a Ángel. He venido con él en su coche.
- Vale. Por el coche no te preocupes, yo he traído el mío.
- ¿Y tú amiga? ¿Cómo se va a ir?
- Qué la lleve Ángel, o que se coja un taxi. – dijo con su naturalidad habitual.
- ¡Qué va! Contestó con desparpajo casi riéndose.
Acercó sus labios a mi oreja y me susurró con voz traviesa.
- Me ha dicho que veníamos a follar, y que si pillaba, que me olvidara de ella, jijiji.
Esta vez sí que me reí, pero con moderación. Dejamos de bailar y se estiró el corto vestido. Miramos por la pista buscando a Ángel y a Lucía, pero ya no estaban. Fuimos hasta donde teníamos las bebidas y tuvimos que sortear varias mesas y sillones donde las parejas se metían mano ocultos en la penumbra. Cuando llegamos a nuestro sitio, Ángel Y Lucía estaban igual, besándose y metiéndose mano como si fuesen adolescentes, vamos, como lo hacía yo un par de años antes.
- Lucía, nosotros nos vamos. – dijo directamente Daniela sin que me diera tiempo para abrir la boca.
Los dos se llevaron un susto, y se colocaron la ropa arrebatadamente.
- Vale. – contestó Lucía intentando sonreír.
- Por mi no te preocupes, Ángel. Ya me apaño para volver a mi casa. – repliqué yo mientras se recuperaba del susto.
- Ok. Sin problemas. – contestó guiñándome un ojo.
La seguí a un paso rápido hasta la salida. Parecía que iba a apagar un incendio, andando deprisa y con la cabeza gacha, como si no quisiera mirar a nadie.
Fuimos hasta el aparcamiento y montamos en su coche. Me sorprendió que tuviese un Lexus, un coche de alta gama. Cuando nos sentamos, el corto vestido se le subió y casi podía verle las bragas. En ese momento me di cuenta de que tenía unas piernas bonitas. La verdad es que no se las había podido ver hasta ahora.
Arrancó y puso rumbo a su casa. No tardamos mucho en llegar a una urbanización de chalets en una zona rocosa de la costa. Giró al llegar a uno de los chalets y aparcó el coche bajo un voladizo que había a un lado de la casa.
- ¿Vives aquí? – volví a preguntar extrañado.
- Si. Esta casa es mía, bueno, de mis padres, por eso he podido echar al cabrón de mi marido.
Entramos, y nada más cerrar la puerta, se agarró a mi cuello y me besó con ardor restregándose contra mi cuerpo. Puse las manos en su culo y se lo acaricié con suavidad mientras nos besábamos.
Cuando dejó de besarme me sonrió en plan traviesa.
- Aquí ya puedes abrirme el culo lo que quieras, jijiji. – sonreí recordando la escena de la discoteca, cuando le abrí el culo y exclamó de aquella forma.
Preparó un par de copas y nos sentamos en el sofá a tomarlas, pero al momento estábamos comiéndonos las bocas y metiéndonos mano.
Por primera vez le toqué las tetas, por encima del vestido, pero eso fue suficiente para que se retorciera como una lagartija y ronronea como una gata besándome de forma arrebatadora.
Me soltó el cuello para bajar una mano acariciando mi pecho. Llegó hasta el pantalón y la metió bajo mi camiseta para sobarme el pecho. Mi cuerpo atlético parecía excitarla, pues me lo sobaba nerviosamente sin dejar de resoplar y ronronear mientras me besaba.
Bajó de nuevo la mano por el pecho hasta llegar al pantalón y palpó por encima de la tela el bulto que había crecido. Tocó repetidamente la abultada tela hasta que desabrochó el botón y bajó la cremallera.
No paraba de besarme, de meter su lengua en mi boca y de comerme los labios, pero cuando metió la mano bajo los calzoncillos y abrazó el endurecido tronco con los dedos, se paró en seco mirándome a los ojos. La sacó fuera del pantalón y volvió a mirar la carne dura que abrazaba con los dedos.
- ¡Madre mía! ¡Qué pepino! – sonreí aguantándome la risa.
- ¿Te parece grande? – seguí sonriendo.
- Comparado con el de mi marido… bastante.
- No. – pronunció con sinceridad - Solo en videos, en una página que me ha enseñado Lucía hace un par de semanas, pero eran tan grandes que pensaba que no eran de verdad. Hasta ahora no había estado con otro hombre que no fuese mi marido, y la de él es una cosita comparado con esta, jijiji.
No tuve más remedio que reírme oyéndola. Me miraba con ojillos vivarachos sin soltarla. Para ella debía de ser un acontecimiento totalmente nuevo y sorprendente.
- Me voy a quitar el vestido que se va a arrugar. – dijo levantándose del sofá.
Se bajó los tirantes de los hombros y tiró del vestido hasta hacer que cayese al suelo. No sé quiso quitar los zapatos de tacón para parecer más alta.
Llevaba un sujetador, azul marino con transparencias, que mantenía elevadas sus tetas. Las tenía de buen tamaño, y sobresalían de su cuerpo estrecho llamando la atención. La cintura se estrechaba dando paso a unas caderas poco pronunciadas y un culito redondo y empinado.
Las braguitas eran tanga, y parecía algo incómoda con él. Se lo intentó colocar para taparse algo más, pero era imposible que la escasa tela abarcará más piel.
Se fue a sentar de nuevo y la paré levantando la mano. Me levanté y la agarré de la mano para levantarle el brazo y hacerla girar sobre si misma. Me apetecía contemplar todo su cuerpo semidesnudo.
- ¿Qué haces? – me preguntó inquieta.
- Deleitarme con la visión de tu bonito cuerpo.
- Jo, que cosas dices. Me vas a poner colorada. – contestó de esa forma que tenía de decir las cosas, natural y espontánea.
- ¿Tienes prisa? – me miró sorprendida con el brazo en alto.
- Me gusta hacer las cosas con tranquilidad. ¿Por qué no me enseñas la casa?
Para ser mi primer día, ya llevaba un buen polvo y una mamada espectacular. No quería echar otro polvo de los de “aquí te pillo, aquí te mato”. Me había comentado que con su marido hacía de todo, bueno, sus palabras habías sido, “me la mete por todos lados”, y quería hacerlo con tranquilidad, comprobando esas afirmaciones.
También me divertía su forma de decir las cosas, y quería que hablase más, que me contara más cosas.
- Ah, vale. – me contestó todavía sorprendida, pero no dejó ahí la respuesta – No suele venir gente a casa y no se me había ocurrido, y con el calentón que tengo, menos.
Me aguanté de nuevo la risa. No me defraudaba con ninguna de sus respuestas llenas de sencillez y naturalidad.
Le bajé el brazo, y me guardé la polla dentro del pantalón, pero sin abrochármelo. Me agarró de la mano de nuevo y me hizo un recorrido por la casa hasta llegar a la puerta que daba al jardín. Apagó la luz del salón y salimos por una puerta acristalada, y me mostró el pequeño espacio (comparado con los jardines de las casas de mis tíos).
Tendría unos veinte metros cuadrados, y no tenía césped. Solo unas cuantas jardineras sobre el suelo embaldosado. Un par de tumbonas y una mesa redonda con cuatro sillas era todo el mobiliario.
Eran chalets adosados construidos en una pequeña colina sobre las rocas. Las vallas laterales, de piedra, las compartía con los chalets de ambos lados. Eran de metro y medio, por lo que se podían ver unos a otros si estaban de pies. La valla frontal, también de piedra y de la misma medida, daba a las rocas que llegaban hasta el mar, a unos treinta metros.
- Aquí me paso muchas horas, leyendo y tomando el sol. – me dijo al apoyarnos de cara al mar sumidos en la semioscuridad de la noche.
La brisa era fresca y me rodeó con un brazo por la cintura para acurrucarse contra mi costado. Pasé la mano sobre sus hombros e incliné la cabeza buscando su boca. Nos dimos un beso largo, con una mezcla de ternura y lascivia.
- Ufff, ni con este fresco se me va el calentón. - me dijo con una sonrisilla pícara. Ya no me corté y me reí abiertamente.
- Eres una tía muy cachonda. Me gusta cómo dices las cosas. – le dije para que no pensara que me reía de ella.
- Soy un poco bruta, ¿verdad? – me dijo con timidez.
- ¡Qué va! Tan solo eres sincera y dices las cosas como las piensas, y de eso abunda poco.
- Pues si conocieses a mí hermana… esa sí que suelta to como le sale, jajaja.
- Si. Solo una, dos años mayor que yo, y ese chalet es suyo. – dijo señalando el de la izquierda.
- No. Vive en el pueblo, con mis padres, pero viene de vez en cuando a ver a su hija y a verme a mí. Ya llevaba años diciéndome que me tenía que separar del gilipollas de mi marido, pero no la hacía caso.
- Está separada. En eso ha sido más lista que yo. Se separó a los dos años de casarse y se fue al pueblo.
- ¿Y no ha vuelto a enrollarse con nadie?
- Bueno, es más tímida que yo, sobre todo con los chicos, pero cuando bebe un poco se desmanda, jajaja.
- Ah, ¿sí? – insinué a la vez que me reía con ella.
- Buff, ¡no veas! – hizo un gesto gracioso con la mano llevándosela a la frente.
Me había quedado mirándola mientras me reía, como esperando una respuesta más amplia, porque no había seguido.
- Es que… no se si contártelo.
- Puedes contármelo con toda tranquilidad. No le diré nada. – incliné la cabeza hacia ella como indicándole que guardaría el secreto.
- Pero si no la conoces, ¿que coño le vas a decir? jajaja.
- Por eso. Jajaja. – ya nos reíamos los dos como si fuésemos colegas.
- Vale, te lo contaré. – puso una cara de traviesa encantadora – Una de las veces que vino a comprar un apartamento, porque ella es la que lleva esas cosas aunque el dinero es de nuestros padres, y el vendedor y el jefe de ventas la invitaron a cenar para celebrarlo y se metió una botella de vino, ella sola, durante la cena. Ya te he dicho que cuando bebe pierde la timidez y suelta lo que le apetece. Pues después de trincarse el vino, comenzó a decirles que vivía en un pueblo sola y que apenas follaba.
- Eso es lo que me contó ella, y la creo, porque no me suele mentir en esas cosas. Además, no me lo contó al día siguiente, lo hizo otro día que fui yo al pueblo y nos pusimos ciegas a whisky por la noche.
- ¿Y que pasó? ¿Se enrolló con uno de ellos?
- ¡Noo! Ahí es donde está la gracia, se enrolló con los dos, jajaja.
- ¿Con los dos? – repetí alucinado.
- Siiii. Según me dijo, el jefe de ventas, que era el más lanzado, la propuso irse de fiesta con el, pero la muy guarra les dijo que prefería que fueran los dos, y después de estar tomando copas en varios sitios acabaron en el apartamento que había comprado.
- Entonces… ¿Se la follaron los dos?
- ¡Los dos! – exclamó con los ojos abiertos y vivarachos.
- Joder… que fuerte. – comenté realmente sorprendido, pues nunca había oído un caso de ese tipo, pero aluciné aún más cuando prosiguió con el relato.
- Pues si te parece eso fuerte vas a cagarte cuando oigas el final, jajaja.
- Después de que se la follaran bien follada, porque según me contó se la metieron hasta por las orejas, la muy puta les dijo que si no tenían más amigos, que le había sabido a poco, jajaja.
Al final me contagió la risa y acabé riéndome como lo hacia ella. Cuando acabamos de reír, me pidió otro beso acercando sus labios a los míos. Nos abrazamos y nos sumimos en un beso largo y caliente. Ella se había enroscado a mi cuello con sus brazos y yo la había agarrado del culito apretándoselo con ganas.
Comenzó a ronronear de nuevo mientras se retorcía restregándose contra mi cuerpo. Le abrí el culo con los dedos clavados en casa glúteo y está vez no dijo nada, tan solo aumentó el ronroneo que emitía con la garganta mientras me besaba.
Pasé una mano por delante para meterla entre nuestros cuerpos y palpé el centro de sus piernas.
- ¡Uhhhhmmgg! – gimió guturalmente sin dejar de besarme.
Su cuerpo no paraba de moverse, como si no encontrase la postura adecuada para acoplarse al mío. Introduje los dedos entre la tela y toqué la raja. Una raja aparentemente pequeña, ceñida entre los suaves labios vaginales. Esta si iba depilada, y la humedad impregnó mis dedos con rapidez.
Introduje un dedo y el calor y la humedad se hicieron más patentes. Se retorció más intentando abrir las piernas para dar paso a mis dedos.
Oí gemidos más intensos desde el fondo de su garganta mientras su pequeña boca se abría, más de lo esperado, para devorarme los labios.
Metí un dedo suavemente, pero hasta el fondo, y su cuerpo tembló como un flan. Lo saqué buscando el clítoris en lo más alto de su vagina, y al tocarlo, dejó de besarme para explosionar en un alarido ahogado.
Bajó una mano con rapidez y buscó mi polla dentro del pantalón semiabierto. La aferró con fuerza y la sacó de un tirón para llevarla entre sus piernas. Retiré la escasa tela del tanga y noté cómo mi endurecido capullo chocaba contra su raja.
Aunque llevaba tacones, la diferencia de altura era notoria, y era difícil la penetración. Ella también se dio cuenta, y me jadeó con palabras ardientes.
No me costó elevarla del suelo y andar unos pasos, con sus piernas enroscadas a mí cintura, hasta llevarla a la mesa y sentarla sobre ella. Con el culito apoyado en el borde, abrió las piernas y agarrándome la polla de nuevo la puso contra la raja. Empujé suavemente, y mi hinchado capullo la abrió hasta penetrar.
- ¡Ahhhhhhhh… dios! – exclamó abriendo la boca a la vez que cerraba los ojos.
Notaba una suave presión en mi capullo, y me acordé de mi prima y su chochete estrecho (según ella). Sonreí al pensarlo, a la vez que miraba la cara y las tetas de Daniela. Ahora las tenía más cerca de mi boca, y la acerqué para besar los punzantes pezones que se marcaban bajo la fina tela del sujetador.
- Ahhhh… si, ¡si! – exclamó jadeante a la vez que tiraba hacia abajo del sujetador para descubrir sus tetas.
Con movimientos suaves y cortos, comencé a penetrar en su vagina. Su raja se fue abriendo con el calor y la humedad que manaba de su interior.
La suave presión de su vagina era deliciosa y sus escandalosos jadeos, aún más.
- ¡Ay dios! ¡Qué rabooo… Ahhhhhhhh…
Era graciosa hasta follando, y eso me encantaba.
Continúe con bombeos cortos hasta meterle la mitad de la polla, mientras la oía jadear y gritar improperios graciosos.
- ¡Ahhhh! ¡Madre de dios! ¡Ahhhh! ¡Me arde el chocho!
Apreté con más fuerza a la vez que chupaba los duros pezoncitos y mi polla penetró profundamente. Otro grito desgarrado.
Con la polla entera dentro, deje de chuparle las tetas para mirarla a la cara. La tenía desencajada. Su boca abierta jadeaba sin descanso y sus ojos me miraban con fijación, como si hubiese visto un fantasma. Saqué la polla lentamente, casi entera, y la volví a meter con la misma parsimonia hasta el fondo notando la suave presión de su vagina.
Lo hice varias veces mirándole a la cara. Su boca se abría hasta casi desgarrarse la comisura de los labios en cada penetración y sus jadeos se alargaban hasta quedarse sin aire. Era como si la metiese un cuchillo y la abriera en canal, pero su corrida, a las pocas penetraciones, me demostró que era todo lo contrario.
Su cuerpo tembló espasmódicamente, tensándose como las cuerdas de un violín y me soltó una corrida que casi parecía una meada.
Me retiré con suavidad y me senté en una silla, con la polla totalmente mojada, pero todavía en plena erección. La miré con una ligera sonrisa mientras todavía jadeaba abierta de piernas sobre la mesa con las manos apoyadas en los bordes. Sus tetas, con el sujetador bajo ellas, subían y bajaban a gran velocidad al ritmo de su agitada respiración.
- ¿No te has corrido? - me preguntó con una cara de asombro que casi me rio.
- No. - respondí con una sonrisa pícara.
- Joder... Pues yo me he pegado una corrida de la leche. ¡Tengo el chocho que me arde! - dijo tocándoselo a la vez que se lo miraba.
Me reí intentando evitar una carcajada.
- Mi marido no me ha echado un polvo así en la vida. ¡Menudo rabo tienes! Pensaba que me lo ibas a sacar por la boca.
Su forma de decir las cosas me hacía una gracia tremenda y al final me reí abiertamente.
- No te rías, que es verdad. - continuó provocándome más risas – Voy a tener el chocho escocido dos días. - ya me reía casi sin parar – Cuando se lo cuente a mi hermana no se lo va a creer.
- ¿Es que se lo piensas contar? - pregunté divertido.
- ¡Pues claro! - exclamó como si fuese algo obvio – Ella es la que más me animaba a que me separase de ese cabrón y a que hiciera esto. Además, cuando le diga que mi primer polvo después de separarme ha sido con un chico joven y guapo y con un rabo de la ostia, le va a dar una envidia tremenda, jajaja.
Se bajó de la mesa y se quitó el tanga mojado.
- Joder, que incómoda es esta mierda de braga. En vez de taparte el culo se te mete entre la raja. - no tuve más remedio que volver a reírme.
Se quitó también el sujetador y se sentó a horcajadas sobre mis piernas, con la polla erecta pegada contra su vientre. Se abrazó a mi cuello y volvió a besarme con fervor. Después de la corrida que se había pegado, la notaba todavía caliente.
- Has dicho que te animaba a... esto.
- Si. - respondió con naturalidad – Siempre me decía, “deja a ese cabrón y búscate a alguien que te eche un buen polvo.” - cambió por un instante la cara hasta formar una sonrisa pícara - Lo que no sabía es que iba a ser tan genial. - y volvió a besarme como si quisiese arrancarme el alma.
Comenzó a restregar el vientre contra mi endurecida polla y al momento su boca me devoraba labios y cara.
- Joder, que puta estoy otra vez.
Me sorprendió que se denominara así misma “puta”, y más con la naturalidad que lo había hecho. Se elevó sobre los tacones con las piernas arqueadas y cogió la polla con la mano para ponerla entre su raja. Me miró a los ojos con la boca entreabierta y comenzó a bajar muy despacio. Bajo hasta meterse la mitad de la polla, a la vez que abría más la boca, y se volvió a elevar.
Lo hizo varias veces, sin quitar la vista de mis ojos, hasta que se la metió entera.
- Ohhhhh... diosss... No pensaba que un pepino tan grande me gustaría tanto. - sonreí evitando la risa que se me escapaba.
- Has dicho que tenías el chocho escocido. - utilicé sus palabras.
- ¡Que se joda el chocho! Menudo gusto me da tener todo el pepino dentro, ufff...
Se me escapó una carcajada y me sonrió sujetándose con las manos tras mi cuello.
- ¡Es que tienes un pepino de la ostia! - insistió como si mi risa significara que no me lo había creído, y me provocó más risa.
- ¿A ti no te gusta tenerlo ahí dentro? - más insistencia con su sonrisa entre pícara e ingenua.
- Cómo no me va a gustar tenerla metida en un chochito tan rico. - le respondí a la vez que le comía las tetas.
- Ummm... También me la puedes meter en el culo, ¡sabes!
Solté otra carcajada atragantándome con uno de sus pezones en mi boca.
- Lo digo en serio... si te gusta, claro.
Así no se podía follar, pero me estaba riendo como hacía tiempo que no lo hacía. En ese momento oímos ruidos en la casa. Yo me sobresalté, pero ella ni se inmutó sentada sobre mi polla. Los dos giramos la cabeza en la oscuridad de la noche y vi a una chica moviéndose por el salón.
El corazón comenzó a latirme como si quisiera salirse del pecho. Nosotros estábamos en la penumbra, pero si le daba por salir al patio o encender la luz, nos vería claramente.
- Me has dicho que vivías sola.
- Si. Ya te he dicho que ella vive en casa de su madre, la de aquí al lado, pero se pasa a cenar algunas noches cuando vuelve tarde.
- Joder, ¿y no te importa que nos vea follando?
- No. ¿Por qué iba a importarme? En mi casa hago lo que quiero. Ya he pasado bastantes años jodida con el cabrón de mi marido.
- A ella le da igual. Cuando quiere se trae a un tío a su casa y se ponen a follar en el patio a plena luz del día sin importarle que yo la vea. Y después, incluso me lo cuenta, por si no la he visto.
Estaba alucinando, pero la luz del salón se apagó y no oímos más ruidos. Nos volvimos a mirar y Daniela me sonrió antes de comenzar a subir y bajar sobre mi polla. Yo seguía inquieto, pero esa penetración que se estaba provocando ella misma hizo que me olvidase de la sobrina en segundos.
Subí las manos para aplastarle las tetas y chuparle los pezones como si les fuese a sacar leche.
- ¡Ahhhhg! ¡Cómo me gusta... cabrónnnn! – gimió bajando su culito con ganas.
- Uf, ¿No te importará que te diga esas cosas? – me preguntó al instante al darse cuenta de lo que había dicho.
- En absoluto. Puedes decir todo lo que te apetezca.
- Es que… cuando me pongo tan perrona me gusta decir esas cosas y que me las digan a mí.
- Me parece perfecto. – sonreí.
- Tú también puedes decir lo que quieras. De hecho, me pone más caliente cuando me dicen puta, zorra y… esas cosas. – sonrió con una pizca de timidez.
Le devolví la sonrisa y la besé suavemente en la boca sin soltarle las tetas.
- Cuando mi marido comenzó a decírmelas, me resultó raro, pero al poco tiempo me di cuenta de que me ponía más caliente. ¡Ahhhh… diosss!
Según hablaba, había subido y bajado de nuevo hasta clavársela por completo, y mezcló las palabras con una largo jadeó.
- Me gusta cómo me follas, putita. – le solté después del jadeo, y comenzó a moverse con más ritmo.
Volví a chuparle los pezones con ganas hasta llegar a mordérselos con las tetas bien apretadas entre mis manos.
- ¡Ahhhgg! Siii, ¡cabrón! Muérdelosss…
Su cabalgada se hizo más brutal. Parecía ir montada en un rocín desbocado. Su culito sonaba al aplastarse sobre mis piernas rompiendo el silencio de la noche.
Dejé de agarrarle las tetas para sujetarla de su estrecha cintura, y comencé a tirar de ella con fuerza en casa bajada provocando que sus jadeos se convirtiesen en gritos.
Ya no podía más cuando mi polla estalló en lo más profundo de su vagina. No sé si fue eso, pero se retorció como una serpiente arrugando todo el cuerpo y nos corrimos a la vez.
Mi polla salpicó leche sin parar durante unos largos segundos y noté cómo su coño ardía apretándose contra mi polla.
Nuestros alientos chocaron entre jadeos incontrolados hasta que le solté el culo sin fuerzas. Sus nalgas se desparramaron sobre mis piernas con la polla dentro de su coño y noté cómo el denso liquido me empapaba los huevos.
Su cabeza cayó contra mi hombro y sus tetas contra mi pecho. Las respiraciones agitadas se fueron calmando como único sonido en esa noche silenciosa adornada con la cúpula de estrellas.
Finalmente, cuando nos calmamos, levantó la cabeza de mi hombro para mirarme con ojos brillantes y vivos.
- Joder… cómo me gusta tu pepino. – soltó con naturalidad haciéndome reír de nuevo.
Nos besamos tiernamente y desmonto de mi regazo mirándose el chorreante coño, a la vez que se pasaba la mano por él.
- ¡Madre mía! Aquí hay leche para llenar un tarro. - Otra vez que me hizo reír.
Se fue al baño a limpiarse y después lo hice yo. Ella se puso otras bragas y otro sujetador y yo me vestí. Se abrazó a mi cuello y nos volvimos a besar. Desde luego que era una mujer ardiente.
- Con un polvo así tengo para una semana, jajaja. – se rio de su propia gracia. - ¿Te volveré a ver? – me preguntó siendo consciente de la situación.
- Supongo que sí. He venido a trabajar aquí, por lo que pasaré una larga temporada.
- Pues cuando quieras me llamas. Entiendo que eres muy joven para mi, y a lo mejor no te gusta que te vean por ahí conmigo, pero no hace falta que quedemos a tomar algo o a cenar. Yo tampoco quiero que me vea nadie conocido con un chico tan joven. Si quedamos… - hizo una pausa – solo será para follar, jijiji.