June 16

Carcavera 4

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Mi tío me presenta a la que va a ser mi compañera de trabajo.

Una compañera de trabajo

Pedí un taxi y me llevó hasta la casa de mi tío. No tuve problemas para entrar, aunque ya era casi la una de la madrugada. Las puertas, tanto la verja de entrada al recinto como la puerta de la casa, se abrían con clave, y las dos se abrieron al pulsar los botones.

Estaba todo apagado, y entré sin hacer ruido hasta llegar a mi habitación. Había sido un día inmejorable para mí. Un polvo por la mañana, otro por la noche, y una mamada estupenda entre medias. Pensé que nunca lo olvidaría ya tumbado sobre la cama.

Dormí como un bebé hasta las nueve de la mañana del día siguiente. Me puse unos pantalones cortos y una camiseta para bajar a desayunar. En la cocina solo estaba mi tío, que ya había desayunado y leía el periódico en una tablet.

- ¿Qué tal campeón? – me dijo con su sonrisa socarrona – Anoche llegaste tarde. Se debieron dar bien las copas con Ángel.

- No estuvo mal. – sonreí poniéndome un café.

- Tengo una sorpresa para ti.

- Ah, ¿sí? – le miré con expectación.

- Ahora sales fuera y ves lo que hay.

Di un sorbo al café y salí a la entrada. Había una moto, de baja cilindrada, en medio del patio de entrada. La miré y la toqué ensimismado pensando en que sería para mí. Volví entusiasmo a la cocina.

- ¿Esa moto es para mí?

- Jajaja – rio mi tío – Es para que te puedas desplazar por la ciudad. Te aseguro que es mejor que el coche. Espero que tengas carnet.

- Si, si, claro. Tengo carnet de coche, y con el puedo conducir motos de baja cilindrada. ¡Gracias, Ramón!

- Solo es un préstamo, para que puedas pasear a las chicas, jajaja.

Desayuné. Me puse el bañador y una camiseta, y en una pequeña mochila guardé una toalla.

- Espero verte por la empresa antes de comer. Quiero presentarte a más gente y después comemos juntos.

- Por supuesto, Ramón.

Salí y me puse el casco que colgaba del manillar. Me di cuenta que había otro en la pequeña maleta que llevaba en la parte trasera.

Hacía un día espléndido y soleado, y cogí rumbo hacia el centro de la ciudad. Me di una vuelta observando calles, establecimientos y gente moviéndose de un sitio a otro.

Salí hasta la calle que iba al lado de la playa para recorrerla entera. Era una playa larga, de más de cuatro kilómetros. Reconocí el chalet de mi tía cuando pase frente a él. Continúe hasta llegar al final, donde una pequeña montaña acababa con la playa.

Paré en una zona destinada para motos donde había unas cuantas aparcadas y me adentré en la arena muy cerca del final. Me quité las deportivas y comencé a caminar. Llevaba pocos metros andados cuando oí mi nombre.

- ¡Dani! ¡Dani!

Miré hacia la arena y vi a Ruth acercándose corriendo. Cuando me la presentó mi prima, me pareció la más guapa de las tres, pero en bikini estaba aún más estupenda. Su piel oscura brillaba con esplendor bajo los rayos del sol. Era delgada, pero se marcaban bien las tetitas y un culo redondito y elevado.

- ¿Qué haces por aquí? – me preguntó al llegar a mi lado a la vez que me daba un par de besos.

- Pues… me han dejado una moto y he venido a probarla. ¿Y tú?

- Yo vivo aquí. – dijo señalando uno de los chalets que se apilaban al otro lado de la calle que surcaba la playa.

- Ah, no lo sabía.

- Si me hubieses llamado te habría invitado. – me dijo sonriendo.

- La verdad es que no he tenido tiempo. Como sabes, acabo de llegar y mi prima, mi tía, mi tío, todos están copándome el tiempo.

- Yo me tengo que ir a trabajar ahora, y he salido un rato con mi madre a tomar el sol. ¿Quieres que te la presente?

No me apetecía nada, pues había salido a disfrutar de la moto y la playa en soledad, pero no pude negarme.

Nos acercamos hasta donde estaba, sentada en una toalla con las manos apoyadas sobre la arena, y mirándonos a través de unas gafas de sol.

Cuando llegamos y se levantó casi me quedé paralizado. Si la hija estaba estupenda, me había quedado sin apelativos para definir a la madre.

Era casi igual de alta que yo. Con el pelo rizado revoloteando por la cara por las finas ráfagas de viento. Del mismo color de piel que Ruth. Ojos oscuros como el carbón, pero grandes y atrayentes. Nariz pequeña y algo achatada, y una boca tremendamente sensual, de labios voluminosos y dientes blancos.

Delgada, de cintura estrecha, que se abría para formar un culo sensacional, del que partían unas piernas largas y muy bien contorneadas. Llevaba un biquini blanco, que resaltaba aún más el color café de su piel, sobre todo el de sus tetas, que debían ser de una talla noventa, o quizás más, y que se erguían desde su pecho sujetas por el bikini.

- Mira mamá. Este es Dani, el primo de Sonia. Dani, mi madre.

- Encantada Dani. Ruth me ha hablado mucho de ti. – dijo saludándome con un suave apretón de manos.

- Encantado, señora. – la saludé con la mejor de mis sonrisas.

- ¡Uy, por dios! – exclamó riéndose – No me llames señora, que no soy tan mayor.

- Se llama Beatriz, Bea, jajaja. – replicó Ruth riéndose.

- Pues encantado, Bea. Espero que Ruth le haya hablado bien de mi.

- Bien no, mejor. Me ha dicho que eras muy simpático y que se lo pasaron muy bien contigo.

Recordé la conversación cuando despotricaban de los tíos, aunque Ruth estuvo más comedida que MJ.

- Yo también me lo pasé bien con ellas. Son muy divertidas.

- ¿Divertidas? Son unas locas. Como te dejes llevar por ellas estás perdido. – me dijo en plan simpático y nos reímos los tres, aunque pensé que mis ojos me delatarían atravesando la tela blanca de su bonito bikini.

- Bueno. Yo me tengo que ir ya. – apuntó Ruth - A ver si me llamas.

- Claro. Lo haré.

Me dio un par de besos en las mejillas y se fue casi corriendo, dejándome allí colgado con su madre.

- Ya me ha dicho Ruth que te vas a instalar aquí.

- Pues sí. Mi tío me va a conseguir un trabajo y me quedaré un tiempo a ver cómo me va.

- Seguro que te va bien. Este sitio es muy bonito y tiene un gran ambiente, sobre todo los meses de verano.

- Ya he visto esta mañana que hay mucha actividad. Y anoche estuve en El Canal, una zona de marcha y había bastante gente para ser un día de diario.

- ¿Y en qué sitios estuvisteis?

Me quedé pillado. Me había ido de la lengua y ahora, o le decía la verdad o tendría que inventarme algo.

- Pues es que me llevó un amigo, vamos, es un chico que acababa de conocer en la empresa de mi tío, y fue él el que eligió el sitio.

- ¿No sabes cómo se llama? O ¿Cómo era por dentro? Yo conozco casi todos los garitos de por allí. Llevamos aquí diez años, y ya me queda poco por conocer.

“¿Se lo digo, no se lo digo?” Mi mente trabajaba a destajo para no cometer errores. No quería que me tachara por mentiroso nada más conocerme. “Pues se lo digo y ya está. ¿Qué cojones puede pasar? ¿Qué se lo cuente a Ruth y que Ruth se lo cuente a Sonia? Y que más me da”

- Pues primero estuvimos en uno pequeño tomando una cerveza y después me llevo a El Cometa.

Pude ver una mueca a modo de sonrisa perversa en su boca.

- ¿A El Cometa? ¿Qué edad tiene tu amigo?

- Veinticinco, creo.

- Parece que le van las mayorcitas, porque no creo que encontráis a nadie de vuestra edad. – sonrió perversamente con mirada felina.

- Pues la verdad es que todas eran mayores que nosotros. – contesté con algo de bochorno.

Aquello ya me sonaba a interrogatorio, pero cambio radicalmente de tema.

- Te apetece un café. Vivo ahí al lado. Seguro que estamos más cómodos sentados en una silla que aquí de pies.

- Vale. – accedí pensando que sería algo grosero decirle que no.

Se puso una camisa floreada. Cogió la bolsa playera y la toalla y nos dirigimos a su chalet que estaba casi en frente de nosotros. Tan solo había que atravesar los cincuenta metros de arena y la calle por donde había pasado con la moto.

- ¿En qué has venido? – me preguntó de camino.

- En moto. La he dejado al final de la calle porque había más motos aparcadas.

- Si, ahí está bien. Esas son de gente que viene a pescar al lado de las rocas.

Cruzamos la calle y abrió la puerta que daba al jardín. La casa era de una sola planta, pero algo más grande que la de mi tía, y el jardín era parecido. Una pequeña piscina con césped alrededor y tres árboles. La entrada a la casa tenía un porche donde había una mesa y cuatro sillas. Una colchoneta de aire flotaba sobre el agua y un par de hamacas yacían bajo uno de los árboles con una pequeña mesa baja entre ellas.

Acababan de dar las diez de la mañana y el sol comenzaba a apretar. Me senté resguardado bajo el porche mientras ella entró a por la cafetera y las tazas.

Cuando salió admiré su estupendo cuerpo de nuevo. Llevaba la camisa floreada abierta y podía ver parte de sus bonitas tetas y los labios vaginales marcándose poderosamente bajo la braga del bikini blanco.

Me había sentado contra la pared para poder ver el mar por encima de la valla, y se sentó a mi lado cruzando sus largas y estilizadas piernas con parsimonia. Me dio la impresión que esa lentitud fue a propósito, y los marcados labios vaginales quedaron semitapados, pero no obstante, se los miré con disimulo.

- Y que tal El Cometa ¿Te gustó el sitio? – me pilló de improviso volviendo a ese tema.

- Si… bueno… está bien. Un poco oscuro.

- Es que la gente va ahí a lo que va, jejeje. – rio con ligereza – Y… ¿Ligasteis?

Tragué saliva pensando la respuesta, pues esa pregunta si que no me la esperaba.

- Ángel me presentó a un par de amigas suyas.

- Supongo que serían de mi edad, o más mayores.

- Más mayores. A ti te veo muy joven.

- Gracias. ¿Cuántos años me echas? – me preguntó de forma insinuante a la vez que cambiaba el cruce de piernas.

Esa tipa sabía manejar a un tío. Me tenía con la vista fijada donde ella quería en cada momento. Pensé con rapidez. “Si Ruth tenía veinte años, ella como mínimo tendría treinta y ocho. Le pondré dos más para no quedarme corto, pero con algo de adulación”

- Aparentas treinta y cinco, pero seguro que tienes alguno más. ¿Quizás… cuarenta?

- Jajaja. Tengo treinta y nueve. Eres un adulador, pero también realista. Y pareces listo. Seguro que triunfaste en El Cometa.

Joder, la que era lista era ella. Me dio la impresión de que era capaz de leerme el pensamiento mientras hablábamos. Se inclinó hacia delante, como si me fuese a contar un secreto.

- Puedes contármelo. No le diré nada a Ruth. – me dijo a pocos centímetros de mi cara – Además, no creo que esas loquillas de veinte años te interesen, me da que aspiras a algo con… más experiencia.

Me sentí acorralado. Bea estaba dominando totalmente la situación y eso no me gustaba. ¿Qué pretendía, sonsacándome ese tipo de cosas? ¿Por qué le interesaban tanto? Finalmente le conté la verdad, o parte de ella. Era la única forma de saber a dónde quería llegar.

- Bueno… la verdad es que tuve suerte y me enrollé con una de las amigas de mi amigo.

- Jajaja. No creo que fuera suerte. Estás muy potable y seguro que se iría encantada con un chico joven y guapo como tú.

- ¿Sueles ir por allí? – intenté coger la iniciativa.

- Alguna vez, aunque me gusta más El Molino.

- Ese no le conozco.

- Está en otra zona más alejada de la ciudad que le llaman La Colina.

- ¿Y que tiene de especial para que te guste más?

- Es más grande y la gente es más diversa. En El Cometa va gente más asidua. Me ha dicho Ruth que eres sobrino de Laura, ¿verdad?

- Si. ¿Por qué? ¿La conoces? – me puse nervioso.

- No mucho, pero la he visto alguna vez en El Cometa, por eso te lo digo. Si empiezas a ir por allí, quizás te la encuentres. – sonrió de forma malévola.

Miré hacia el frente con la vista perdida en el horizonte del mar que se veía por encima de la valla. Me seguía teniendo despistado sin saber sus pretensiones. “¿Eso es lo que quiere? ¿Advertirme? Me da que hay algo más” Pensé con mi cerebro trabajando al máximo. Si estaba insinuando algo más lo tenía que saber.

- La verdad es que no me gustaría encontrármela. Sería un poco bochornoso tener que explicarle lo que hago allí. Sobre todo, si me ve bailando con alguien de su edad.

Sonrió con sorna y dio un sorbo al café.

- No me has dicho si te gustó la cita con esa mujer madura. – volvió al ataque – Supongo que sería tu primera vez.

Bueno, en eso no me había pillado. No pudo adivinar que ya había estado con otras dos, y que tenía una tercera a la espera. Pero la pregunta era lo suficientemente indiscreta e insinuante para que yo pensara que su interés iba más allá de la curiosidad. Ahora tenía que buscar una respuesta adecuada y clara, para que viese mis intenciones, si es que es lo que quería saber.

- Era la primera vez y la verdad es que fue muy bien, mejor de lo que me esperaba. – hice una pausa, y añadí – Repetiría.

No dijo nada, y dio otro sorbo al café mirándome por encima de la taza con ojos escrutadores. Esta vez no desvié la mirada y se la mantuve haciéndome el fuerte.

- Pues si te gustan los sitios de ese tipo… yo te podría enseñar algunos.

Por fin puso sus intenciones sobre la mesa. “¡Menuda puta ciudad! ¿Es que todas las tías solo piensan en follar?” Exclamé en mi cerebro a la vez que me lo relamía, metafóricamente hablando.

- Estaría encantado de que me los mostraras.

- Pues nos pasamos los móviles y estamos en contacto. – me dijo con un tono de voz pecaminoso a la vez que descruzaba las piernas para dejarlas abiertas.

Mis ojos se lanzaron a esa deliciosa raja marcada bajo la tela por los dos voluptuosos labios. Cuando levanté la vista estaba sonriendo. La muy cabrona me estaba manejando a su antojo. Creo que se me puso cara de tonto con una sonrisa acorde a esa palabra.

Nos pasamos los contactos y me dio un beso en los labios para despedirse, pues se tenía que ir a trabajar. Fue una delicia sentir esos morros carnosos y suaves sobre mis labios como un anticipo a lo que podría suceder en un futuro cercano.

Cogí la moto sin rumbo por la carretera de la playa y cuanto pasé frente a la casa de mi tía paré a unos metros pensando qué hacer. Bea me había descolocado y me sentía inquieto, sin saber qué hacer. Pensé en entrar, pero tampoco me apetecía tener una charla con mi prima, aunque si con mi tía. Me apetecía oír su voz dulce y relajante, pero si estaba mi prima en casa, eso sería imposible. Al final decidí llamarla por teléfono para saber si estaba.

- Hola tía.

- Hola cariño. ¿Qué tal estás?

- Bien, ¿y tú?

- Bien, aquí en casa. ¿Y tú que haces?

- Pues dándome un paseo con una moto que me ha dejado Ramón.

- No está Sonia, pero si quieres pásate por casa nos podemos tomar un café. - con esa sola frase me había ofrecido lo que quería. No estaba Sonia y podría estar a solas con ella disfrutando de la tranquilidad que me daba su voz y sus halagos.

- Me parece estupendo. En cinco minutos estoy.

Arranqué la moto y me di una pequeña vuelta para que pasasen los cinco minutos. Aparqué frente a la valla del jardín y llamé al timbre. Me abrió la puerta mostrándome una estupenda sonrisa.

- ¡Qué alegría verte, cariño! - me saludó con un par de besos sonoros y un corto abrazo.

Llevaba un conjunto floreado, compuesto de unos shorts de tela fina y una camisa a juego anudada a la cintura, dejando ver parte del vientre. Me pareció que estaba más buena que la primera vez que la vi. Cruzamos el jardín hasta donde estaba la mesa con las sillas.

- ¿Te vas haciendo con la ciudad? - me preguntó mientras me servía un café.

- Ya me voy ubicando. Anoche estuve con un chico que trabaja en la empresa de Ramón en una zona que la llaman El Canal.

- Ah, sí. Alguna vez voy por allí con las amigas a un sitio que se llama El Cometa. - sonreí por dentro.

- En ese no estuvimos. – mentí como un bellaco.

- Bueno, es que en ese vamos los más mayorcitos, jajaja.

- No eres tan mayor, tía. Yo te veo muy joven y estupenda.

- ¡Uy! ¡Qué cielo que eres! - exclamó soltando la cafetera para cogerme con las dos manos la cara y soltarme un sonoro y largo beso.

Al inclinarse puede ver gran parte de sus hermosas tetas a través de la abierta camisa. Llevaba un sujetador pequeño, de color claro, para que no se le notara a través de la coloreada camisa, y dejaba libre una gran parte de las tetas.

- ¿De verdad que me ves joven? - insistió. Supongo que deseaba oír ese tipo de cosas, y más de un chaval de mi edad.

- Claro que es de verdad. Si no te conociese y te encontrara en una discoteca, seguro que te sacaba a bailar.

- Jajaja. - rio escandalosamente a la vez que se colocaba el pelo en plan coqueta.

- Pues yo estaría encantada de bailar con un chico tan guapo y simpático.

Se me cruzó el cable y sentí un impulso lujurioso.

- Pues uno de estos días, nos vestimos para la ocasión, y salimos de copas juntos. - le solté sin pensarlo.

Se le quedó la cara a cuadros ante tan inesperada sugerencia. Ojos abiertos, boca semiabierta y cejas levantadas.

- ¿De verdad que saldrías a tomar una copa conmigo? - preguntó después de unos segundos de pasmo como si no se lo creyese.

- Pues claro. - contesté con decisión - Seguro que iba a ser la envidia de muchos.

Me miraba fijamente en un estado de incredulidad total, cuando sonó el timbre. Finalmente reaccionó levantándose nerviosa.

- Debe ser Sandra. La estaba esperando para tomar café. - casi lo dijo con pena.

Me sentí jodido. Estaba súper a gusto hablando con ella, y habíamos llegado a un punto interesante.

Entró en la casa para abrir por la puerta principal y al momento apareció con la tal Sandra. El mundo se me vino encima cuando la reconocí. Era la mujer que se había acercado a mí en El Cometa y que había salido corriendo al ver a Ángel. Creo que ella también me reconoció, pero puso cara de póker.

- Mira Sandra, este es mi sobrino Danielito. Esta es mi amiga y antigua vecina Sandra.

Nos presentó y nos dimos sendos besos en las mejillas sin que ninguno dijésemos nada de lo ocurrido.

- Encantado, Sandra. - dije tragando saliva.

- Hola guapo. Encantada de conocerte. - respondió con una naturalidad total.

- Acaba de llegar - añadió mi tía – y va a trabajar con Ramón. De momento se ha instalado en su casa, aunque le he dicho que puede quedarse aquí si quiere.

- Vaya, entonces somos vecinos. - dijo Sandra con una espléndida sonrisa – Vivo a unos metros de su casa.

- La verdad es que no conozco a nadie de la urbanización. Las veces que he entrado o salido no he visto a nadie por la calle.

- Es que la gente entra y sale en coche, y tan solo pasean los que salen con perros, jajaja. - rio con soltura.

Se sentó y me fui relajando. Estaba claro que no tenía intención de decir nada sobre lo ocurrido. A la luz del día pude observarla bien. Era bajita, como me había parecido la primera vez, y en esta ocasión llevaba unas sandalias con una plataforma impresionante, pero parecía manejarse bien sobre ellas. Era guapilla, aunque la nariz aguileña la afeaba un poco. El vestido claro, con adornos de hojas verdes, se le ceñía a su estrecha cinturita y a su pequeño culito muy bien redondeado. Las tetas destacaban de su pequeño cuerpo con un buen tamaño, que las lucia elevadas con un generoso escote.

Después de preguntarme por mi vida, salió la conversación del marido y del exmarido. Ninguna de las dos se cortó en vomitar improperios sobre ellos, hasta que Sandra soltó.

- Bueno, al final hago lo que me da la gana y vivo de lujo, jajaja.

Su voz no parecía la de una persona como ella, era algo bronca, posiblemente porque fumaba, pues no tardó en encenderse un cigarrillo.

- A ver si te pasas un día por mi casa a tomar un café o una copa. - dijo en un momento dado sin cortarse – Apunta mi teléfono y me llamas. - y esperó a que sacara mi móvil para darme el número, y yo a la vez le di el mío.

Mi tía se levantó a preparar más café, y nos quedamos solos. Su cara cambió y me ofreció una sonrisa perversa. Se había sentado a mi lado, entre Laura y yo, e inclinó su cuerpo hacia mí poniéndome la mano sobre la pierna.

- Ya he notado que no querías decir nada. Yo tampoco, jijiji. – la sonreí expectante.

- Fue una pena que apareciese ese mamarracho – continuo.

- Bueno, si te digo la verdad, le acababa de conocer. Trabaja con mi tío, y después de enseñarme parte de la empresa, me invitó a que fuera con él a tomar una copa.

- Es un poco gilipollas, sobre todo cuando bebe. Le he visto varias veces por allí, pero no le dejo ni que se acerque.

No dije nada, tan solo la miraba con una sonrisa tonta.

- ¿Te gustó el sitio?

- No estaba mal.

- Bueno, la mayoría somos un poco mayorcitas. – me sonrió pícaramente - ¿Te gustan las maduritas? – sin dejarme contestar continuó – Ya te vi bailando con una muy apretaditos, jijiji.

- ¿Me estuviste vigilando? – le pregunté enarcando las cejas.

- Yo y alguna más, jijiji. Eras lo mejorcito que había por allí anoche.

- La verdad es que me pilló por sorpresa. No me esperaba entrar en un sitio como El Cometa en mi primera salida nocturna.

- Pues yo me conozco Carcavera como la palma de mi mano. Te podría informar de todos los garitos y de que va cada uno.

- Sería interesante. – sonreí cambiando la cara de pasmado a un poco de picardía, a la vez que inclinaba mi cuerpo hacia ella en demostración de complicidad.

Apretó con la mano mi muslo desnudo y me susurró.

- Podrías pasarte esta tarde por mi casa a tomar una copita y hablamos. – me dijo con una cara traviesa súper graciosa.

Me estaba tirando los tejos de una forma descarada, y ya no me corté.

- Estaría bien pero, ¿y tú marido? – le dije con tono gracioso.

- Ese cabrón no llega hasta por la noche. Estaremos solitos. – añadió guiñándome un ojo.

No me dio tiempo a contestar porque mi tía apareció con la cafetera. Al final rechacé otro café y me fui. Iba a estar incómodo charlando con las dos después de lo que habíamos hablado Sandra y yo.

Me fui hasta la empresa de mi tío y me estuvo comentando lo que había pensado para mí. De momento iba a llevar una furgoneta de reparto con un compañero para familiarizarme con la ciudad.

Bajamos al garaje y me presentó a la que iba a ser mi compañera. Era una chica delgaducha con el pelo lacio, ojos pequeños y boca grande. Llevaba el uniforme de la empresa. Una camisa azul marino con una raya vertical blanca en la zona izquierda, y unos pantalones a juego. No era muy atrayente, pues apenas se le apreciaban las tetas ni el culo, aunque pensé que podía ser por el uniforme.

- Esta es Gloria. Ya lleva aquí un año y se conoce bien esto. Ella te enseñará. – me dijo después de presentarnos. – Podéis ir a tomar un café al bar de enfrente y os vais conociendo.

Se fue y nos dejó solos al lado de una pequeña oficina donde había un tío con un ordenador.

- Roberto, me voy a tomar un café al bar. Si me necesitas me das un toque por el móvil. – le dijo al tío de la oficina. El hombre asintió y nos fuimos.

- Así que tú eres el sobrino de Ramón. – me dijo con una mueca a modo de sonrisa.

- Pues si. – contesté inquieto.

- Ya se había corrido el rumor de que ibas a entrar a trabajar.

- Pues he llegado hace dos días.

- Aquí los rumores corren rápido, jejeje. – se rio torciendo la boca.

Cruzamos la calle y andamos unos metros hasta la cafetería. Nos sentamos en una mesa de las muchas que había vacías y ella pidió un café y yo una cerveza.

- ¿Me conoces? – me preguntó de repente.

Levanté las cejas pensando en lo absurdo de la pregunta. ¿Cómo coños la iba a conocer?

- Pues no. ¿Debería?

- Quizás. – dijo torciendo el gesto a modo de sonrisa – fue un momento, pero nos vimos anoche.

Continúe con cara de sorpresa intentando recordar si la había visto estando con Ángel.

- Pues lo siento, pero no te recuerdo.

Nos trajeron las bebidas y dimos sendos sorbos.

- Yo a ti te vi más tiempo, por eso te recuerdo.

- Joder, me tienes intrigado. – le dije ya algo molesto.

Hizo un corto silencio y contestó.

- Estabas en casa de mi tía… follándotela. – me soltó sin rodeos.

Tragué saliva sin saber que decir. Era la sobrina, la chica que había entrado un momento, y que aparentemente no nos había visto.

- Vaya. Eres… su sobrina.

- Si. Pensabais que no os había visto, pero cuando apagué la luz no me fui.

- ¿Entonces… estuvisteis mirando? – sonreí de forma interrogante.

- Todo el tiempo, y no veas que pajote me hice. – giró los labios haciendo la mueca que le deformó la cara.

Nos habíamos quedado mirándonos con caras interrogantes, y decidí decir algo.

- ¿Es que te gusta mirar?

- Me gusta más follar, pero no desaprovecho la visión de un buen polvo, y viendo cómo gritaba mi tía, debió de ser de los buenos. La verdad es que me alegro por ella. La primera vez que se estrena después de dejar al gilipollas de su marido y hace un pleno.

Su forma de hablar torciendo el morro me hacía gracia. El lenguaje también era algo burdo. Recordé lo que me había dicho Daniela de su madre, que era más bruta que ella, y viendo a la hija intenté imaginármela.

- ¿Se lo has dicho? Lo de que estuviste mirando.

- Nada más levantarme está mañana, y le ha faltado tiempo para contarme los detalles. Estaba totalmente entusiasmada. Según ella, nunca la habían echado un polvo así, aunque claro, solo ha follado con su marido. – otra vez la mueca a modo de sonrisa.

Tenía bastante desparpajo hablando y apenas necesitaba yo decir nada, aunque tampoco sabía que coños decir.

- También me ha dicho una cosa curiosa. – comentó.

- ¿El qué? – pregunté dando un trago a la cerveza.

- Que tienes un pepino de la ostia.

Se me atragantó la cerveza al darme un arrebato de risa y casi se me sale por las narices. Esta vez sí que se rio, aunque torciendo un poco la boca. Dio un sorbo al café mientras me limpiaba las gotas de cerveza desparramadas manteniendo una ligera risita.

- Joder, avísame antes de soltarme algo así.

- No pensaba que te iba a hacer tanta gracia. – dijo riéndose a su modo.

- Es que lo de pepino… no lo había oído nunca hasta que me lo dijo anoche.

- Solo he transcrito sus palabras. Yo no lo llamo así. – hizo una pausa – Entonces… ¿es verdad, o exageraba?

La miré sin poderme creer la conversación que estábamos teniendo, y le dije en plan broma.

- ¿Quieres que te lo enseñe y tú decides?

Pero su respuesta fue simple y concisa.

- Vale.

Aquello me parecía increíble. Nos acabamos de conocer y, medio en broma, medio en serio, me había sugerido que le enseñase la polla. Di otro trago a la cerveza mientras mi mente alucinaba en colores, y decidí vacilarla un poco.

- Qué quieres, ¿Qué me la saqué en medio de la cafetería?

- Jajaja. – finalmente se rio abiertamente – No sería muy decoroso, pero conozco un sitio más íntimo muy cerca de aquí.

Volví a alucinar viendo que iba en serio.

- ¿Y dónde es ese sitio? – pregunté por curiosidad.

- Te lo diré si estás dispuesto a enseñármela.

- No creo que te guste verla hecha un guiñapo.

- Eso no es ningún problema. Ya me encargo yo de que se te ponga dura.

“¡Joder, que va totalmente en serio! Ahora si me echo atrás voy a quedar como un gilipollas” – pensé algo confuso.

- ¿Y qué saco yo enseñándotela?

- Si me gusta… te puedo hacer una mamada. – me dijo torciendo la boca.

Aquello parecía de risa, pero ella seguía sería, a su manera.

- ¿Completa? – me atreví a preguntar intentando no reírme.

- Claro. Lo que más me gusta es el final, cuando se me llena la boca de leche.

- De acuerdo.

Contesté finalmente disimulando una sonrisa más bien incrédula, pues aquello era surrealista. “¿Es que en esta puta ciudad solo se piensa en el sexo?” Me pregunté a mí mismo con la mente alucinando. “Una buena mamadita antes de comer estaría de lujo” Seguí dándole a la cabeza con una sonrisa interna mientras nos levantábamos.

Pagué la cuenta, con la tarjeta que me había dado mi tío, y comencé a maquinar pensando el sitio donde me podía llevar. La zona era un polígono industrial lleno de naves y algunos bares. Era una calle larga y entre las naves había pequeños callejones de separación que daban al campo. Mi primer pensamiento, al salir del bar, es que me metería por uno de esos callejones, pero volvimos a entrar en la nave donde tenía la empresa mi tío.

Accedimos por la puerta principal, pero giramos hacia las escaleras que daban al garaje subterráneo. Había dos, uno en la planta baja, y otro más abajo, al que íbamos ahora. Nos encontramos a dos tíos uniformados que subían por las escaleras, y Gloria les saludó con toda tranquilidad. Llegamos al garaje y no se veía a nadie. Era un sitio alargado y poco iluminado. Había furgonetas aparcadas a ambos lados del pasillo central y algunos huecos libres.

Anduvo hasta el fondo, unos cuarenta metros, mirando a ambos lados cada vez que pasábamos entre cada una de las furgonetas, y yo la seguí expectante. Cuando llegamos al final, volvió la vista hacia atrás para cerciorarse de que no entraba nadie por las escaleras que habíamos bajado, y me agarró de la mano para meternos entre la furgoneta y la pared.

Se desabrochó un par de botones de la camisa y se la abrió para mostrarme las tetas. Supuse que eso era parte del folclore para que la polla se me pusiese dura. Un pequeño sujetador, azul celeste, las cubría mínimamente. Las tenía pequeñas, como había supuesto, pero empinadas y duras, y los pequeños pezones surgían erectos bajo la tela.

Bajó las manos y comenzó a manosear mi bañador mientras me miraba a los ojos. A su vez, subí las mías y las puse sobre las tetas. La mueca de su boca se amplió al notar cómo se me endurecía el miembro, y metió una mano por encima del bañador buscando la carne creciente.

Cuando aferró con los dedos el tronco venoso y terso, abrió más la boca torciéndola exageradamente a modo de sonrisa extraña. Con la otra mano, tiró del bañador hacia abajo hasta dejarla libre, y agachó la cabeza para mirarla.

- ¿Te gusta? - le pregunté haciendo referencia al acuerdo.

- ¡Ostias! Es más grande de lo que pensaba.

Es la primera vez que notaba algo de asombro en su cara.

- A lo mejor es demasiado grande para tu boquita.

- ¡De eso nada! - contestó con rotundidad - Hasta ahora no se me ha resistido ninguna, y me he comido unas cuantas.

Parecía que estaba orgullosa de comerse muchas pollas y es algo que no acababa de entender. Está bien que te la coman, pero donde esté un buen polvo...

Se agachó sin soltarla a la vez que la miraba con ojos fijos y golosos. Noté cómo la saboreaba con la vista antes de dar el primer lengüetazo. Un par de lamidas más y la engulló con una tremenda succión. Pegué un respingo al sentir mi capullo en su boca y puse las manos sobre su cabeza. Sus labios fueron avanzando lentamente por el venoso tronco presionándolo de forma precisa. “¡Joder! Pues sí que se le da bien” Pensé mientras disfrutaba de esa delicia.

Al momento se había tragado media polla, y me puso una mano en el culo mientras mantenía la otra en la base de la polla. Comenzó a chupar más deprisa impulsando la cabeza con fuerza hasta provocar que el endurecido glande atravesara su garganta. Las piernas me temblaron y la boca se me abrió sin poder evitar un largo jadeo.

- ¡Ahhhhhg! Diosss... que bien la chupas, ¡zorra!

Me agarré bien a su cabeza y comencé a ayudarla en los movimientos, y me dio la sensación como si me la estuviese follando. Sus labios acabaron al final de mi rabo y noté la suave presión de su garganta. Le entraba y salía por ese pequeño espacio con una facilidad asombrosa. “¡Diosss! La de pollas que se debe haber tragado esta guarra” Exclamé en mi cerebro que estaba completamente perturbado. Me olvidé de todo, del sitio donde estaba, de que la acababa de conocer, de que iba a ser mi compañera, y comencé a follarle la boca como un puto animal.

Ni mi cuerpo ni mi mente pudieron aguantar más y experimenté esa deliciosa sensación que te da antes de correrte.

- ¡Sigue! ¡Sigue! - jadee moviendo las caderas con violencia.

Mis piernas me temblaron de nuevo al sentir como la leche fluía por mi polla hasta saltar dentro de su boca. Puso las manos sobre mis muslos para aguantar las embestidas que le estaba dando mientras tragaba cada chorretón que entraba en su garganta.

La oí ronronear con la boca llena de carne, pero no le dio ninguna arcada, ni se retiró. Siguió chupando con ahínco, hasta que le solté la cabeza. Poco a poco fue bajando el ritmo mientras yo jadeaba con los ojos cerrados y el corazón desbocado disfrutando del fuerte orgasmo que hacía vibrar mi cuerpo. Las chupadas se fueron haciendo más lentas, hasta que paró sacándosela de la boca.

Su respiración estaba agitada cuando levantó la vista para mirarme.

- ¿Te ha gustado? - me preguntó con los labios blanquecinos.

- Buff... ha sido... la ostia.

- Es que soy la mejor. - dijo con orgullo.

- ¿Tanto te gusta chupar pollas? - pregunté con sonrisa de cabrón.

- Me da mucho morbo hacerlo en sitios públicos. - respondió al ponerse de pies limpiándose los labios impregnados de semen.

Enarqué las cejas sonriendo.

- ¿En sitios... públicos? - repetí como si no lo entendiera.

- En un bar, en la playa, en un coche. - me aclaró como si fuese tonto, y añadió - Una vez se la chupé a un compañero mientras conducía la furgoneta y casi nos damos una leche, jajaja. - se rio abiertamente, sin muecas.

- Joder, yo no sé si me atrevería.

- Pues si vas a ser mi compañero, a lo mejor te tienes que atrever, jajaja.