June 23

Carcavera 5

Alfonzo

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Mi tío me la lía para que me folle a una tía que era de interés para sus negocios.

Una potra salvaje

Su actitud habĂ­a cambiado. Ya no parecĂ­a tan rara y hablaba haciendo menos muecas.

- ¿Se la has chupado a más de un compañero?

- A algunos. - puso cara traviesa.

No sabía cómo seguir ante esa respuesta. Me subí el bañador mientras ella se asomaba tras la furgoneta y me hacía una seña para que saliera del rincón.

- ÂżY solo la chupas? ÂżNo follas? - le pregunte ya caminando por el centro del garaje.

- Claro que follo, pero eso me gusta hacerlo en casa.

- Me dijo tu tĂ­a que a veces te oĂ­a cuando llevabas a algĂşn chico a casa.

- Es que soy algo escandalosa, por eso me gusta hacerlo en casa. AllĂ­ solo me oye ella.

- ÂżY te llevas a muchos chicos?

- Que va. A la mayoría solo quieren que se la chupe, porque saben lo buena que soy en eso, jejeje. – rio girando la boca - Tampoco tengo un cuerpo que les seduzca a la mayoría. - dijo con naturalidad.

No supe qué decir ante eso, pues llevaba razón. Era muy delgada, y apenas tenía caderas y culo. Tan solo las tetas eran las únicas merecedoras de algún tiento. Nos despedimos en la puerta principal y me fui hasta la oficina de mi tío, que me esperaba para ir a comer.

- ¿Qué tal con Gloria? - me preguntó ya en el coche camino del restaurante.

- Bien, es un poco rara, pero en el fondo es divertida.

- ¿Solo divertida? - me preguntó mirándome con ojillos vivarachos.

Le miré y sonreí. “¿Sabrá este algo?” Me pregunté con rapidez.

- ¿Qué más puede ser? No es guapa, y está muy delgaducha.

- Jajaja. - rio de la forma socarrona que lo hacĂ­a.

- Pero la chupa de maravilla. - me soltó dejándome pasmado.

- No te voy a preguntar si te lo ha hecho, pero si no lo ha hecho, te lo hará. A esa no se le escapa uno, jajaja.

Al final me acabé riendo con él y se lo confesé.

- Por eso te la voy a poner de compañera, para que el trabajo te resulte más agradable, jajaja.

- ÂżY tĂş cĂłmo lo sabes?

- Hijo, soy el puto jefe, y me entero de todo lo que pasa en mi empresa. Te diré que a mí también me la ha chupado un par de veces, en el despacho. La muchacha tiene bastante fama entre los chicos de la empresa, jajaja.

Otra vez que volvía a alucinar ante los comentarios de mi tío. Él había sido el que me la había puesto en bandeja sabiendo lo que iba a pasar. Y no solo eso, me acababa de confesar que se la había chupado dos veces.

- ¿Y hay alguna más de esas en la empresa? - intenté ser gracioso y dicharachero.

- Jajaja. Ya iras conociendo al personal, al de la empresa, y al de esta puta ciudad, jajaja. Si te gusta follar has venido al sitio adecuado. Esto es como Sodoma y Gomorra, jajajaja.

Su risa final fue escandalosa mientras la mía era más bien tímida y cortada. Ya no solo era lo que me había ocurrido en un par de días, sino lo que mi tío me pronosticaba. Aparcó el coche y entramos a comer. El sitio estaba lleno, pero le tenía una mesa reservada. Al pasar entre las mesas se paró a saludar a una pareja.

“¡Ostias! Pero si es Sandra” Exclamé en mi cabeza mientras me mantenía detrás de mi tío.

El saludo fue corto y rápidamente seguimos sin que me presentase.

- Esos son unos vecinos. - me dijo mientras continuábamos – ya te los presentaré, a quien si que te quiero presentar son a estos. – dijo al llegar a una mesa en la que estaban sentados una pareja de mediana edad y una chica joven.

Los tres se levantaron al pararse mi tío y este les saludó con una gran sonrisa para después hacer las presentaciones. Los saludé dándoles la mano con timidez mientras miraba con expectación a la madre y la hija, porque eran feas de cojones, pero con unas tetas impresionantes. Las dos me sonrieron con sus tremendas bocas pintadas de un rojo que hacía daño a la vista. Me saludaron acucando sus pequeños ojos sobre sus narices prominentes y me dio la sensación como si fuesen dos buitres husmeando la carroña, que en este caso era yo.

Después de los saludos, nos sentamos en la mesa que había reservado mi tío.

- Joder, que feas que son. – le dije sin poderlo reprimir.

- Jajaja. – soltó su risa socarrona – No todas van a ser bomboncitos.

- ¿De qué los conoces?

- Es el concejal de urbanismo y ando en tratos con él para… bueno, unos negocios.

- ÂżEs que no ganas bastante dinero con la empresa?

- Hay que invertir, para que no se lo lleve hacienda, jajaja.

Me quedé callado pensando en lo que acababa de decir. Estaba claro que los que tenían dinero siempre les parecía poco.

- Me ha venido bien que estuviesen aquí para presentártelos. – me dijo sin mirarme - Está noche van a venir a cenar a casa y así ya no seréis completos desconocidos.

- Joder, RamĂłn. ÂżVoy a tener que aguantar a esas dos arpĂ­as?

Me mirĂł con una sonrisa, dirĂ­a que malvada.

- Hijo, no todo es gratis en esta vida. A veces tiene sus costes. Son simpáticos, y me gustaría que te comportaras mostrando toda la amabilidad de la que dispongas.

Me lo había dicho sonriendo, pero noté la seriedad que encerraba el tono de sus palabras.

- Claro, RamĂłn. Se comportarme y ser muy amable cuando me lo propongo.

- Te diré algo más. – mantuvo esa seriedad en el tono de voz – Este negocio es importante para mí y no me gustaría perderlo. Quizás esa amabilidad de la que presumes tengas que llevarla al límite.

- ¿A qué te refieres?

- Si Alejandro ve que su mujer y su hija se sienten a gusto en mi casa, querrán volver otro día, y eso significará más contacto y más confianza.

- No te preocupes, Ramón. Desplegaré toda mi amabilidad.

- Quizás la amabilidad no sea suficiente. Quizá requieran… cariño.

Me quedé mirándole intentando asimilar lo que me había dicho, aunque realmente estaba claro.

- Te refieres a…

- Creo que sabes bien a lo que me refiero, la pregunta es… ¿Estás dispuesto a hacer eso por mi?

- Claro, Ramón. Haré lo que me pidas. – contesté sin dudarlo.

- Quiero que te hagas amigo de la hija. – me dijo finalmente – Una hija tira más de un padre que cualquiera otra cosa, y esa confraternización me irá bien para el negocio.

- Joder, no estarás pensando en que nos hagamos novios.

- Jajaja, estaría bien, pero no hace falta. Lo que quiere la muchacha es que le den unos buenos empujones. A ti te vendrá bien para conocer gente de la alta sociedad de Carcavera.

Desde que llegué me había tratado como a un hijo, ¿Qué digo?, mejor que muchos padres a sus hijos, y no quería fallarle. Si tenía que darle cariño unas cuantas veces estaba dispuesto a ello. Tan solo había visto a María un instante y aunque me pareció fea, quizás podría encontrarle otras virtudes.

- Pero ¿Y los demás? Raquel, Palmira, Alejandro y Carlota – me acordé de que no estaríamos solos.

- No te preocupes por ellos. Si ves que María quiere algo más que conversación les dices que si quiere les enseñas la terraza, que hay buenas vistas por la noche. Allí estaréis solos y ya me encargo yo de que no suba nadie más.

Cuando acabamos de comer me fui a su casa, ahora también la mía. No había nadie y aproveché para darme un baño y subir a esa terraza que no conocía. Quería conocer el terreno donde a lo mejor tenía que trabajar de noche.

Subí por las escaleras hasta el primer piso, donde estaban las habitaciones, y continúe subiendo hasta llegar a una buhardilla. Era un espacio diáfano lleno de trastos viejos. Sillas, sillones, una mesa de madera desconchada y un colchón tirado en un rincón. La atravesé y salí a la terraza por una puerta que estaba abierta. Era bastante grande, y había cuatro sillas alrededor de una mesa y un par de hamacas junto a una mesa bajita. Las vistas eran estupendas, pero supuse que por la noche apenas se vería nada. Me tumbé en una de las hamacas y me quedé dormido hasta las siete de la tarde. Cuando bajé me encontré con Palmira en la cocina, que se sorprendió al verme.

- ÂżEstabas en casa?

- Si. Me he quedado dormido en la terraza.

Como las otras veces que la habĂ­a visto, llevaba un vestido apretado denunciando sus sensuales curvas.

- Si me lo hubieras dicho, me habría echado la siesta contigo. – me dijo con tono pícaro.

La agarré por detrás y me restregué contra su culazo a la vez que le sobaba las tetas.

- Entonces no hubiera dormido. – le susurré tras la oreja.

No se cortó en mover su culazo para restregarlo contra mi polla acompañando los movimientos de mi pelvis.

- ÂżY no hubieras preferido otras cosillas en vez de dormir?

- Está noche tenemos invitados para la cena y quería estar bien despierto.

- Lo sé. Viene Alejandro y su familia.

- ÂżLos conoces?

- Estuvieron una vez, aunque apenas los vi.

- ÂżY eso?

- RamĂłn no quiere que ande por la casa cuando vienen visitas y me suelo quedar en mi habitaciĂłn.

- ÂżY Raquel?

- Ella si que se queda. A RamĂłn le gusta mostrarla ante sus invitados, incluso la anima a que se pavonee delante de ellos porque dice que le gusta verles babear ante la belleza de Raquel.

Cogí una cerveza y me fui al jardín pensando en lo que había dicho Palmira. El cabrón de mí tío usaba a Raquel como un objeto sexual ante las miradas de los amigos y ahora me iba a usar a mí, de forma parecida, con la hija de Alejandro. Tampoco es que me molestase demasiado, el problema iba a ser encontrar halagos mirándole a la cara.

Llegó la hora de la cena y se presentaron los tres en casa. Salió mi tío a recibirlos mientras Raquel y yo esperábamos en el cenador del jardín. Palmira estaba en la cocina con las viandas preparadas para servirlas. Me di cuenta de por qué mi tío le permitía vivir con ellos, para él nada era gratis como me había dicho, también la usaba como criada.

Alejandro era un tipo bajito con cara afable y una sonrisa constante. Estaba algo calvo y lucia una barriga que no podĂ­a disimular con la chaqueta abotonada. A Carlota y MarĂ­a pude verlas bien y con detenimiento. En el restaurante no me habĂ­a dado tiempo. Como recordaba, no eran nada agraciadas con la belleza de sus caras, pero la naturaleza les habĂ­a dotado de grandes atributos. Los vestidos ajustados dejaban ver unas tremendas curvas en sus cuerpos marcando unas grandes tetas y despampanantes culazos.

Sus sonrisas me parecieron algo bobaliconas resaltando sus gruesos labios con un rojo muy llamativo. Los ojos, algo saltones, me escudriñaron hasta hacer que me sintiese intimidado, aunque aguanté el tipo con una sonrisa llena de cinismo. Las dos llevaban el mismo vestido, algo que me hizo gracia. Los vestidos de tirantes, bastante escotados, de color beige, dejaban ver gran parte de sus hermosas tetas. Se ajustaban a su cintura y caderas como si fuesen a estallar en cualquier momento, marcando sus tremendos glúteos que se movían graciosamente al andar. Una raja lateral les permitía andar con comodidad, pero a la vez dejaba ver unos muslos de considerables dimensiones.

La mirada de Alejandro se fue con rapidez a Raquel olvidándose de mi al instante de saludarme. Se podía ver cómo se le descolgaba el labio inferior de forma babeante al mirar al pibón que tenía mi tío en casa.

Nos sentamos en el cenador y Palmira nos sirvió las viandas. Mi tío y Raquel presidiendo la mesa a ambos lados del rectángulo. Alejandro y su mujer en uno de los lados y María y yo en el otro.

Tuve que contener la risa al oír hablar a María, pues su voz era algo ronca y brusca, más bien bruta, todo lo contrario que su madre, que la tenía aguda y estridente. La conversación comenzó con rapidez. Parecía que mi tío lo tenía todo controlado. El hablaba con Carlota mientras Alejandro lo hacía con Raquel en un estado babeante continuo mirando las tetas que se le escapaban por el generoso escote. Por supuesto, a mí me tocó hacerlo con María.

La voz bruta y algo bobalicona de MarĂ­a me resultaba tan graciosa y tenia que contener la risa de continuo.

- ÂżEntonces te vas a quedar a vivir aquĂ­? Me preguntĂł con ese tono.

- De momento, si. Empezaré a trabajar en la empresa de mi tío en breve.

- Qué bien. Podremos vernos más veces. – replicó sin cortarse dando por supuesto que íbamos a ser amigos.

Más que mirarla a la cara, mis ojos se desviaban a sus tremendas tetas que no paraban de balancearse al son de sus movimientos algo bruscos. Su pelo rizado y oscuro, también se movía constantemente alrededor de su cara. Eran como infinidad de muelles entrelazados que azotaban su rostro alargado. Tampoco pasaban desapercibidos sus gruesos labios rociados con ese color rojo que los dibujaba de oreja a oreja.

Olvidándome de su cara, mi mente pervertida dio un corto paseo imaginando cómo sería una mamada con esa boca, o una flameante paja con esas tetazas, incluso llegué a imaginarme el tremendo culo puesto en pompa mientras lo embestía con ganas.

Su voz corpulenta y su tono zafio me sacaron de la nube en la que me habĂ­a sumido.

- PodrĂ­as pasarte un dĂ­a por mi casa a tomar algo.

- Pero si apenas nos conocemos. – casi lo dije riéndome.

- Pero nos podríamos conocer mejor. – añadió con una sonrisa burda y poniendo una mano sobre mi pierna bajo la mesa.

Di un suave respingo recolocando mi culo en la silla, pues no me esperaba ese gesto tan audaz, pero no retiró la mano, más bien me apretó el muslo como una muestra más clara de sus intenciones. Miré a los demás en un acto reflejo y me di cuenta de que nadie nos prestaba atención. Cada uno estaba a lo suyo.

- ¿Crees que sería mejor que estuviésemos solos para conocernos mejor? – le pregunté pensando que tocaba la maniobra de la terraza.

MoviĂł la cabeza hacia un lado ampliando la apertura de su tremenda boca.

- Mucho mejor. – contestó a la vez que subía con la mano por mi muslo de forma abrupta hasta llegar a la bragueta de mi pantalón de lino.

Me acerqué con disimulo a su oreja y le susurré en un tono de voz muy bajo.

- ¿No temes que noten que me estás tocando bajo la mesa?

Me miró con esa sonrisa amenazante y también bajó el tono de su voz grotesca.

- Lo he hecho muchas veces y nunca me han pillado, jojojo.

- ¿Y a quién se lo has hecho?

- A mí primo Damián. Va a menudo a comer a mi casa y le encanta que le sobé por debajo de la mesa mientras comemos.

Iba a preguntarle que si a ella le gustaba hacer eso, pero apareció Palmira con los postres y nos callamos. No obstante, María siguió sobándome el pantalón bajo la mesa con una mano mientras comía con la otra, consiguiendo que se me pusiera dura mientras yo intentaba comerme el postre tenso y expectante.

Ya no me quedaba más remedio que invitarla a subir a la terraza, pues es lo que me había pedido mi tío, así que cuando acabamos los postres y mi tío sirvió las copas se lo sugerí, pero con un tono de voz bajo para que los demás no se enterasen.

- ¿Te apetece subir a la terraza para… conocernos mejor? – le dije con sonrisa insinuante.

- ¡Claro, joder! – contestó de forma burda.

Comenté que nos íbamos a tomar las copas en la terraza para ver las estrellas y nadie se inmutó, más bien su madre nos animó. Su padre seguía con ojos incisivos sobre Raquel y boca babeante, y apenas nos miró un segundo.

La buhardilla tenía luz, y la di unos segundos tan solo para ver el camino hasta llegar a la puerta de la terraza, y la volví a apagar. María me había cogido de la mano nada más comenzar a subir las escaleras y me la apretaba con fuerza. Salimos a las terraza y necesité unos segundos para acostumbrarme a la penumbra que la cubría. La luna había crecido algo más que la noche en la que me bañé con Sonia y su resplandor proporcionaba una luz ligera cuando acostumbradas la vista.

Nos alejamos de la puerta y llegamos hasta uno de los bordes. Le solté la mano a María apoyé la copa sobre el muro de piedra. María dio un buen trago e hizo lo mismo, a la vez que me pasaba la mano por la espalda y me susurraba.

- Aquí ya nos podemos conocer mejor. – y me besó en la mejilla de forma jugosa mientras yo mantenía mis brazos apoyados sobre el muro.

- ¿Y que habías pensado para conocernos mejor? – le pregunté escondiendo una sonrisa en la oscuridad.

Se puso a mí espalda y llevó las manos hasta mi pecho para sobarlo mientras se restregaba contra mi culo a la vez que me besaba por la parte trasera del cuello. Estaba acostumbrado a que eso sucediera al revés, que el que se situaba a la espalda era yo en un estado de súper salido, pero María me superaba pareciendo una perra en pleno celo.

- ¿Qué te gusta? – oí tras mi nuca entre laminadas de cuello.

- Parece que estas muy caliente. – insinué de forma socarrona.

- Me he puesto perrona na más verte, porque estás la ostia de rebueno.

- ÂżEs que follas poco?

- Mu poco. Soy fea y no les gusto a los chicos.

- No eres muy guapa, - intenté quitarle hierro a su afirmación tan rotunda – pero tienes buen cuerpo.

- Eso me dice mi primo cuando me ve desnuda, jojojo. Le encanta sobarme las tetas y que le haga pajas con ellas.

- ¿Qué edad tiene tu primo?

- Treinta, y está casáo, pero es un golfo, jojojo.

Bajo una de sus manos y comenzó a sobarme la polla por encima del pantalón. Con el sobo que me estaba dando por detrás y los lengüetazos en el cuello, había logrado que el miembro cogiera su plena erección. Cuando tocó el bulto que se había formado exclamó de forma abrupta.

- ¡Madre mía! ¡Qué gordo lo tienes!

- ÂżQuieres verlo?

- Pos claro. Pa eso hemos subĂ­o.

Su lenguaje se había hecho más burdo desde que nos habíamos quedado solos. Me dio la impresión de que intentaba cuidar las formas delante de sus padres.

Me giré para ponerme frente a ella y agradecí la oscuridad que me impedía ver los detalles de su cara. Bajó las manos con rapidez y me desabrochó el pantalón. Bajo la cremallera y metió la mano para sacar el endurecido miembro con maestría. Otra impresión que llegó a mi cabeza, que eso lo debía de hacer con frecuencia. ¿Pero a quién? ¿Solo a su primo? Seguramente que habría alguien más.

- ¡Vayá! Pos es toavía más grande de lo que parecía.

- ÂżHas visto muchas?

- Cuando estaba en el instituto si, pero ahora ya no.

- Entonces… en el insti si que le gustabas a los chicos. – insinué de forma perversa.

- Les gustaban mis tetas, y que se la chupara. – sonreí perversamente, evitando reírme – Pero cuando se enteró mi padre me montó una gorda y me castigó.

- ¿Se enteró tu padre? – no pude evitar el asombro en la frase.

- Le llamó el director y le dijo que me habían pillado en los baños chupándosela a un chico, y no veas cómo se puso.

- Supongo que te gustaba. – seguí intentando no reírme.

- Me gusta mucho, pero también me gusta follar, jojojo.

- Pero me has dicho que follas poco porque no les gustas a los chicos. ÂżSolo lo haces con tu primo?

- Bueno, no les gustó a los chicos de mi edad, pero si a los tíos mayores. Mi padre me buscó un puesto en el ayuntamiento y allí me enrollé con un tío de cincuenta, y con ese lo hago de vez en cuando, pero el que me da bien es un vecino de cuarenta y cinco que es policía. Tiene una huerta con una caseta y vamos allí a retozar, jojojo.

- ÂżY tomas alguna medida para no quedarte embarazada?

- Mi madre me llevĂł a que me pusiesen un DIU sin que mi padre se enterase. Me dijo que era mejor prevenir que curar, jojojo.

Se había levantado el vestido y se restregaba la polla contra las bragas. Notaba sus cinco dedos aferrados a mi polla con fuerza, y también el fuerte roce de mi capullo contra la tela.

- Me has dicho que te gusta chupar. ¿Por qué no me haces una demostración a ver qué tal se te da?

- ¿No me la quiés meter? Tengo el chocho ardiendo.

Ya se había retirado las bragas y noté cómo llevaba mi polla entre una maraña de vello hasta colocar el capullo contra la raja. Sentí el roce contra la carne ardiente de la vulva después de atravesar la pequeña selva velluda. Me apetecía una buena mamada, pero ya en ese estado, no le pude decir que no.

Con los tacones era algo más baja que yo, pero con tan solo flexionar las piernas un poco, la tremenda raja engulló el capullo ayudado por su propia mano.

- Ohhhhh… ¡Qué gorda que es! – exclamó con su voz bronca.

- ¿No la tienen tan gorda tu primo y tú vecino? – le pregunté a la vez que ponía las manos sobre sus tetazas.

- Ohhhhh… que va… Ohhhhh… ¡Esta si que me gusta! Ohhhhh…

Apenas le había metido el glande y poco más y ya estaba disfrutando como una loca. Le apreté las hermosas tetas a través de la fina tela del vestido sintiendo cómo la blanda carne se hundía entre mis dedos.

- Buffff… - resopló como un toro - ¿Me las quieres chupar? – preguntó a la vez que se bajaba los tirantes para descubrir por completo las tetas cubiertas por un pequeño sujetador.

El semidesnudo que me hizo no fue muy sexy, pero ver esas tetazas no necesitaba de aderezos. TirĂł del sujetador hacia abajo con Ă­mpetu y las tetas desnudas botaron sobre su pecho. Los pezones eran dos cerezas endurecidas que me apuntaron amenazadores. Apenas me dio tiempo a admirarlas, porque me agarrĂł la cabeza y estampĂł mi cara contra los dos melones de carne blanda.

- Ohhhhh… ¡Chúpame los pezones que me pone mu guarra! – jadeó esas palabras sin dejar de mover las caderas.

Sus arrebatados movimientos provocaron que la polla penetrase algo más en su coño, no demasiado, pero lo suficiente para que se volviese más loca.

- Ahhhhg… ¡Joder! ¡Qué rabooo! Ahhhhg… - gimió con su voz grotesca mientras un fuerte orgasmo sacudía su cuerpo.

Apenas me había dado tiempo a comenzar a chuparle las tetas y ya se había corrido. Esa tía era puto fuego, y estaba más salida que el rabo de una sartén.

- Aaaaaah… Aaaaaah… ¡Qué rabo, diosss! Me ha puesto el chocho como una puta bañera. – soltó sus palabras contra mi cara mientras la miraba perplejo.

- Te has corrido muy rápido.

- Buffff… es que… con una polla tan gorda… no me he podido aguantar. Cuando se lo cuente a mi madre no se lo va a creer.

- ¿Cómo? ¿Es que se lo piensas contar a tu madre? – repliqué asustado.

- Vaya. Se me ha escapáo. – dijo poniéndose la mano en la boca.

- ÂżEs que le cuentas a tu madre tus aventuras?

- Jo… esto no lo debería de decir.

- Ya es un poco tarde, pero no te preocupes, quedará entre nosotros. – hice un esfuerzo y la besé con los ojos cerrados.

Cuando separé los labios estaba estupefacta. No la debían de besar a menudo y no se podía creer que yo lo hubiese hecho.

- Venga… cuéntame tus secretillos.

- Buf…es que… bueno… pues eso. Le cuento a mi madre cuando follo y ella me lo cuenta a mi. - me dijo con timidez.

- Entonces… le pone los cuernos a tu padre. – afirmé más que preguntar.

- Es que mi padre no le hace caso, y se pasa el dĂ­a protestando. Solo le interesa su trabajo

- ¿Y con quién se lo hace tu madre?

Seguía con las tetas al aire a pocos centímetros de mi cara y me era imposible centrar la vista mientras hablábamos.

- Con mi primo y… otros hombres.

- Joder con tu primo. Parece que sale bien servido cuando va a vuestra casa.

- Siiii. Lo pasamos genial con él. A mí madre también le mete mano bajo la mesa y nos reímos de mi padre sin que se entere, jojojo.

Lancé las manos sobre sus hermosas tetas y las estrujé con deseo. Seguía teniendo la polla como una piedra y no pensaba irme así. La muchacha había subido a follar y no pensaba defraudarla, ni a ella, ni a mí tío. Con las dos tetazas estrujadas entre mis dedos, empecé a comerle los pezones.

- Cuéntale a tu madre esto. – vocalicé mientras tiraba con los dientes de una de las golosas cerezas.

- Ahhhhg… Qué perra me estás poniendo otra vez. – rugió con su voz bruta y cavernosa.

Después de ponerle los pezones al rojo, tiré de su cuerpo para ponerla contra la valla de la terraza.

- Ahhhhg… ¿Me vas a follar otra vez? – me preguntó sorprendida. No se había enterado de que no me había corrido.

- Si. Pero ahora te voy a dar por detrás. Quiero admirar tu culito mientras te follo.

- ¡Si, si! Así me gusta mucho.

No tuve que decirle que se inclinara, lo hizo por iniciativa propia ofreciéndome su culazo. Ya tenía el vestido levantado y observé las enormes sandías apretadas y la tremenda raja que las dividía. Las bragas a medio bajar, le daban un toque más promiscuo y seductor. Abrió bien las piernas y se inclinó hasta que la raja de su coño apareció bajo sus piernas envuelta en una maraña de vello rizado. Me agarré el miembro envuelto de venas sanguinolentas y lo llevé hasta la raja. Pensé que entraría entera en ese chochazo al primer empujón, pero no fue así.

Cuando penetró el glande y unos centímetros más, su vagina se aferró a la dura carne a la vez que soltaba un bufido seguido de un improperio con su voz cada vez más ronca.

- Ahhhhg… ¡La madre que te parió! ¡Qué puto rabo tienes!

Me agarré a su culazo y comencé a mover las caderas dándole cortas embestidas

- ¡Ahhh! ¡Ahhh! ¡Ahhh! – comenzó a jadear repetidamente al ritmo de cada pollazo.

Su vagina se fue abriendo dejando paso a la endurecida carne.

- ¿Te gusta, puta? – le solté para ver su reacción.

- ¡Ahhh! Joder… ¡Ahhh! ¡Pos claro, cabrón! Dale fuerte.

Después de unos cuantos empujones la polla entraba profundamente y mis huevos comenzaron a chasquear contra su culazo. - Plof… Plof… Plof… - eso me empezó a sonar a música celestial. Le di un azote en el culazo, envalentonado, sin dejar de embestir, y lo acogió con naturalidad.

- ¡Zasss!

- Ahhhhg… Diosss… Que zorrón que estoy otra vez. ¡Dale fuerte, cabrón! ¡Caliéntalo bien, que me voy a mojarrr… !

Las embestidas ya eran brutales, pero su culazo se mantenĂ­a firme. Es verdad que se hundĂ­a a cada embestida, pero volvĂ­a con rapidez a su estado inicial cuando la sacaba.

De repente, comenzó a mover la cabeza como si le hubiese dado un parraque, y a gritar sin importarle que la oyesen. Me asusté, pero estaba a punto de correrme y seguí embistiendo como si quisiera atravesarla.

- Ahhhggg… Ahhhggg… Ahhhggg… - gritó repetidamente mientras todo su cuerpo temblaba estrepitosamente.

- ¿Te gusta, zorra? ¡Te voy a reventar! Aaaaaah…. – grité yo también, importándome una mierda que me oyesen al sentir cómo la leche saltaba con violencia dentro de su mojada vagina.

Seguí dándole como un puto animal hasta que sentí que me fallaban las piernas. Ella seguía gritando, pero con la voz más ahogada, hasta que paré con el corazón saliéndose de mi pecho.

Busqué una silla en la penumbra y me desplomé sobre ella. María seguía jadeante apoyada sobre el muro con las piernas abiertas y las bragas estiradas entre sus tremendos muslos, pero todavía podía notar cómo le temblaban las piernas. Disfruté por largos segundos de esa cabalgada que le había dado, y que no me había podido imaginar una hora antes.

Cuando se recuperó, se acercó hasta mí subiéndose las bragas mientras caminaba, algo que me produjo risa, pero no tenía fuerzas ni para reírme. Se inclinó ante mi regazo, y sin mediar palabra me agarró la polla, ya morcillona, y se la metió en la boca para darme una succiones tremendas que casi me levantan el culo de la silla.

- Jo, tío. ¡Cómo mas empotráo! – exclamó con su tono zafio y grotesco haciéndome reír de nuevo – Esto ma gustáo mas que cómo me lo hace mi primo, jojojo.

Intentaba reírme sin que los repetidos latidos del corazón me dejaran. Estaba siendo más divertido que el polvo con Daniela.

- ¿Se lo piensas contar a tu madre? – le pregunté en broma.

- ¡Pos claro! – exclamó convencida – Seguro que quiere probar, jojojo.

De las risas pasé al susto. “¿Me voy a tener que follar también a la madre?” Pensé con algo de acojono, pues eso ya eran palabras mayores.