Carcavera 5
Tiempo estimado de lectura: [ 19 min. ]
Mi tĂo me la lĂa para que me folle a una tĂa que era de interĂ©s para sus negocios.
Su actitud habĂa cambiado. Ya no parecĂa tan rara y hablaba haciendo menos muecas.
- ¿Se la has chupado a más de un compañero?
- A algunos. - puso cara traviesa.
No sabĂa cĂłmo seguir ante esa respuesta. Me subĂ el bañador mientras ella se asomaba tras la furgoneta y me hacĂa una seña para que saliera del rincĂłn.
- ÂżY solo la chupas? ÂżNo follas? - le pregunte ya caminando por el centro del garaje.
- Claro que follo, pero eso me gusta hacerlo en casa.
- Me dijo tu tĂa que a veces te oĂa cuando llevabas a algĂşn chico a casa.
- Es que soy algo escandalosa, por eso me gusta hacerlo en casa. AllĂ solo me oye ella.
- ÂżY te llevas a muchos chicos?
- Que va. A la mayorĂa solo quieren que se la chupe, porque saben lo buena que soy en eso, jejeje. – rio girando la boca - Tampoco tengo un cuerpo que les seduzca a la mayorĂa. - dijo con naturalidad.
No supe quĂ© decir ante eso, pues llevaba razĂłn. Era muy delgada, y apenas tenĂa caderas y culo. Tan solo las tetas eran las Ăşnicas merecedoras de algĂşn tiento. Nos despedimos en la puerta principal y me fui hasta la oficina de mi tĂo, que me esperaba para ir a comer.
- ¿Qué tal con Gloria? - me preguntó ya en el coche camino del restaurante.
- Bien, es un poco rara, pero en el fondo es divertida.
- ¿Solo divertida? - me preguntó mirándome con ojillos vivarachos.
Le mirĂ© y sonreĂ. “¿Sabrá este algo?” Me preguntĂ© con rapidez.
- ¿Qué más puede ser? No es guapa, y está muy delgaducha.
- Jajaja. - rio de la forma socarrona que lo hacĂa.
- Pero la chupa de maravilla. - me soltó dejándome pasmado.
- No te voy a preguntar si te lo ha hecho, pero si no lo ha hecho, te lo hará. A esa no se le escapa uno, jajaja.
Al final me acabé riendo con él y se lo confesé.
- Por eso te la voy a poner de compañera, para que el trabajo te resulte más agradable, jajaja.
- Hijo, soy el puto jefe, y me entero de todo lo que pasa en mi empresa. Te diré que a mà también me la ha chupado un par de veces, en el despacho. La muchacha tiene bastante fama entre los chicos de la empresa, jajaja.
Otra vez que volvĂa a alucinar ante los comentarios de mi tĂo. Él habĂa sido el que me la habĂa puesto en bandeja sabiendo lo que iba a pasar. Y no solo eso, me acababa de confesar que se la habĂa chupado dos veces.
- ¿Y hay alguna más de esas en la empresa? - intenté ser gracioso y dicharachero.
- Jajaja. Ya iras conociendo al personal, al de la empresa, y al de esta puta ciudad, jajaja. Si te gusta follar has venido al sitio adecuado. Esto es como Sodoma y Gomorra, jajajaja.
Su risa final fue escandalosa mientras la mĂa era más bien tĂmida y cortada. Ya no solo era lo que me habĂa ocurrido en un par de dĂas, sino lo que mi tĂo me pronosticaba. AparcĂł el coche y entramos a comer. El sitio estaba lleno, pero le tenĂa una mesa reservada. Al pasar entre las mesas se parĂł a saludar a una pareja.
“¡Ostias! Pero si es Sandra” ExclamĂ© en mi cabeza mientras me mantenĂa detrás de mi tĂo.
El saludo fue corto y rápidamente seguimos sin que me presentase.
- Esos son unos vecinos. - me dijo mientras continuábamos – ya te los presentaré, a quien si que te quiero presentar son a estos. – dijo al llegar a una mesa en la que estaban sentados una pareja de mediana edad y una chica joven.
Los tres se levantaron al pararse mi tĂo y este les saludĂł con una gran sonrisa para despuĂ©s hacer las presentaciones. Los saludĂ© dándoles la mano con timidez mientras miraba con expectaciĂłn a la madre y la hija, porque eran feas de cojones, pero con unas tetas impresionantes. Las dos me sonrieron con sus tremendas bocas pintadas de un rojo que hacĂa daño a la vista. Me saludaron acucando sus pequeños ojos sobre sus narices prominentes y me dio la sensaciĂłn como si fuesen dos buitres husmeando la carroña, que en este caso era yo.
DespuĂ©s de los saludos, nos sentamos en la mesa que habĂa reservado mi tĂo.
- Joder, que feas que son. – le dije sin poderlo reprimir.
- Jajaja. – soltó su risa socarrona – No todas van a ser bomboncitos.
- Es el concejal de urbanismo y ando en tratos con él para… bueno, unos negocios.
- ÂżEs que no ganas bastante dinero con la empresa?
- Hay que invertir, para que no se lo lleve hacienda, jajaja.
Me quedĂ© callado pensando en lo que acababa de decir. Estaba claro que los que tenĂan dinero siempre les parecĂa poco.
- Me ha venido bien que estuviesen aquà para presentártelos. – me dijo sin mirarme - Está noche van a venir a cenar a casa y asà ya no seréis completos desconocidos.
- Joder, RamĂłn. ÂżVoy a tener que aguantar a esas dos arpĂas?
Me mirĂł con una sonrisa, dirĂa que malvada.
- Hijo, no todo es gratis en esta vida. A veces tiene sus costes. Son simpáticos, y me gustarĂa que te comportaras mostrando toda la amabilidad de la que dispongas.
Me lo habĂa dicho sonriendo, pero notĂ© la seriedad que encerraba el tono de sus palabras.
- Claro, RamĂłn. Se comportarme y ser muy amable cuando me lo propongo.
- Te dirĂ© algo más. – mantuvo esa seriedad en el tono de voz – Este negocio es importante para mĂ y no me gustarĂa perderlo. Quizás esa amabilidad de la que presumes tengas que llevarla al lĂmite.
- Si Alejandro ve que su mujer y su hija se sienten a gusto en mi casa, querrán volver otro dĂa, y eso significará más contacto y más confianza.
- No te preocupes, Ramón. Desplegaré toda mi amabilidad.
- Quizás la amabilidad no sea suficiente. Quizá requieran… cariño.
Me quedĂ© mirándole intentando asimilar lo que me habĂa dicho, aunque realmente estaba claro.
- Creo que sabes bien a lo que me refiero, la pregunta es… ¿Estás dispuesto a hacer eso por mi?
- Claro, Ramón. Haré lo que me pidas. – contesté sin dudarlo.
- Quiero que te hagas amigo de la hija. – me dijo finalmente – Una hija tira más de un padre que cualquiera otra cosa, y esa confraternización me irá bien para el negocio.
- Joder, no estarás pensando en que nos hagamos novios.
- Jajaja, estarĂa bien, pero no hace falta. Lo que quiere la muchacha es que le den unos buenos empujones. A ti te vendrá bien para conocer gente de la alta sociedad de Carcavera.
Desde que lleguĂ© me habĂa tratado como a un hijo, ÂżQuĂ© digo?, mejor que muchos padres a sus hijos, y no querĂa fallarle. Si tenĂa que darle cariño unas cuantas veces estaba dispuesto a ello. Tan solo habĂa visto a MarĂa un instante y aunque me pareciĂł fea, quizás podrĂa encontrarle otras virtudes.
- Pero ÂżY los demás? Raquel, Palmira, Alejandro y Carlota – me acordĂ© de que no estarĂamos solos.
- No te preocupes por ellos. Si ves que MarĂa quiere algo más que conversaciĂłn les dices que si quiere les enseñas la terraza, que hay buenas vistas por la noche. AllĂ estarĂ©is solos y ya me encargo yo de que no suba nadie más.
Cuando acabamos de comer me fui a su casa, ahora tambiĂ©n la mĂa. No habĂa nadie y aprovechĂ© para darme un baño y subir a esa terraza que no conocĂa. QuerĂa conocer el terreno donde a lo mejor tenĂa que trabajar de noche.
SubĂ por las escaleras hasta el primer piso, donde estaban las habitaciones, y continĂşe subiendo hasta llegar a una buhardilla. Era un espacio diáfano lleno de trastos viejos. Sillas, sillones, una mesa de madera desconchada y un colchĂłn tirado en un rincĂłn. La atravesĂ© y salĂ a la terraza por una puerta que estaba abierta. Era bastante grande, y habĂa cuatro sillas alrededor de una mesa y un par de hamacas junto a una mesa bajita. Las vistas eran estupendas, pero supuse que por la noche apenas se verĂa nada. Me tumbĂ© en una de las hamacas y me quedĂ© dormido hasta las siete de la tarde. Cuando bajĂ© me encontrĂ© con Palmira en la cocina, que se sorprendiĂł al verme.
- Si. Me he quedado dormido en la terraza.
Como las otras veces que la habĂa visto, llevaba un vestido apretado denunciando sus sensuales curvas.
- Si me lo hubieras dicho, me habrĂa echado la siesta contigo. – me dijo con tono pĂcaro.
La agarré por detrás y me restregué contra su culazo a la vez que le sobaba las tetas.
- Entonces no hubiera dormido. – le susurré tras la oreja.
No se cortó en mover su culazo para restregarlo contra mi polla acompañando los movimientos de mi pelvis.
- ÂżY no hubieras preferido otras cosillas en vez de dormir?
- Está noche tenemos invitados para la cena y querĂa estar bien despierto.
- Lo sé. Viene Alejandro y su familia.
- Estuvieron una vez, aunque apenas los vi.
- RamĂłn no quiere que ande por la casa cuando vienen visitas y me suelo quedar en mi habitaciĂłn.
- Ella si que se queda. A RamĂłn le gusta mostrarla ante sus invitados, incluso la anima a que se pavonee delante de ellos porque dice que le gusta verles babear ante la belleza de Raquel.
CogĂ una cerveza y me fui al jardĂn pensando en lo que habĂa dicho Palmira. El cabrĂłn de mĂ tĂo usaba a Raquel como un objeto sexual ante las miradas de los amigos y ahora me iba a usar a mĂ, de forma parecida, con la hija de Alejandro. Tampoco es que me molestase demasiado, el problema iba a ser encontrar halagos mirándole a la cara.
LlegĂł la hora de la cena y se presentaron los tres en casa. SaliĂł mi tĂo a recibirlos mientras Raquel y yo esperábamos en el cenador del jardĂn. Palmira estaba en la cocina con las viandas preparadas para servirlas. Me di cuenta de por quĂ© mi tĂo le permitĂa vivir con ellos, para Ă©l nada era gratis como me habĂa dicho, tambiĂ©n la usaba como criada.
Alejandro era un tipo bajito con cara afable y una sonrisa constante. Estaba algo calvo y lucia una barriga que no podĂa disimular con la chaqueta abotonada. A Carlota y MarĂa pude verlas bien y con detenimiento. En el restaurante no me habĂa dado tiempo. Como recordaba, no eran nada agraciadas con la belleza de sus caras, pero la naturaleza les habĂa dotado de grandes atributos. Los vestidos ajustados dejaban ver unas tremendas curvas en sus cuerpos marcando unas grandes tetas y despampanantes culazos.
Sus sonrisas me parecieron algo bobaliconas resaltando sus gruesos labios con un rojo muy llamativo. Los ojos, algo saltones, me escudriñaron hasta hacer que me sintiese intimidado, aunque aguantĂ© el tipo con una sonrisa llena de cinismo. Las dos llevaban el mismo vestido, algo que me hizo gracia. Los vestidos de tirantes, bastante escotados, de color beige, dejaban ver gran parte de sus hermosas tetas. Se ajustaban a su cintura y caderas como si fuesen a estallar en cualquier momento, marcando sus tremendos glĂşteos que se movĂan graciosamente al andar. Una raja lateral les permitĂa andar con comodidad, pero a la vez dejaba ver unos muslos de considerables dimensiones.
La mirada de Alejandro se fue con rapidez a Raquel olvidándose de mi al instante de saludarme. Se podĂa ver cĂłmo se le descolgaba el labio inferior de forma babeante al mirar al pibĂłn que tenĂa mi tĂo en casa.
Nos sentamos en el cenador y Palmira nos sirviĂł las viandas. Mi tĂo y Raquel presidiendo la mesa a ambos lados del rectángulo. Alejandro y su mujer en uno de los lados y MarĂa y yo en el otro.
Tuve que contener la risa al oĂr hablar a MarĂa, pues su voz era algo ronca y brusca, más bien bruta, todo lo contrario que su madre, que la tenĂa aguda y estridente. La conversaciĂłn comenzĂł con rapidez. ParecĂa que mi tĂo lo tenĂa todo controlado. El hablaba con Carlota mientras Alejandro lo hacĂa con Raquel en un estado babeante continuo mirando las tetas que se le escapaban por el generoso escote. Por supuesto, a mĂ me tocĂł hacerlo con MarĂa.
La voz bruta y algo bobalicona de MarĂa me resultaba tan graciosa y tenia que contener la risa de continuo.
- ÂżEntonces te vas a quedar a vivir aquĂ? Me preguntĂł con ese tono.
- De momento, si. EmpezarĂ© a trabajar en la empresa de mi tĂo en breve.
- QuĂ© bien. Podremos vernos más veces. – replicĂł sin cortarse dando por supuesto que Ăbamos a ser amigos.
Más que mirarla a la cara, mis ojos se desviaban a sus tremendas tetas que no paraban de balancearse al son de sus movimientos algo bruscos. Su pelo rizado y oscuro, tambiĂ©n se movĂa constantemente alrededor de su cara. Eran como infinidad de muelles entrelazados que azotaban su rostro alargado. Tampoco pasaban desapercibidos sus gruesos labios rociados con ese color rojo que los dibujaba de oreja a oreja.
Olvidándome de su cara, mi mente pervertida dio un corto paseo imaginando cĂłmo serĂa una mamada con esa boca, o una flameante paja con esas tetazas, incluso lleguĂ© a imaginarme el tremendo culo puesto en pompa mientras lo embestĂa con ganas.
Su voz corpulenta y su tono zafio me sacaron de la nube en la que me habĂa sumido.
- PodrĂas pasarte un dĂa por mi casa a tomar algo.
- Pero si apenas nos conocemos. – casi lo dije riéndome.
- Pero nos podrĂamos conocer mejor. – añadiĂł con una sonrisa burda y poniendo una mano sobre mi pierna bajo la mesa.
Di un suave respingo recolocando mi culo en la silla, pues no me esperaba ese gesto tan audaz, pero no retiró la mano, más bien me apretó el muslo como una muestra más clara de sus intenciones. Miré a los demás en un acto reflejo y me di cuenta de que nadie nos prestaba atención. Cada uno estaba a lo suyo.
- ÂżCrees que serĂa mejor que estuviĂ©semos solos para conocernos mejor? – le preguntĂ© pensando que tocaba la maniobra de la terraza.
MoviĂł la cabeza hacia un lado ampliando la apertura de su tremenda boca.
- Mucho mejor. – contestĂł a la vez que subĂa con la mano por mi muslo de forma abrupta hasta llegar a la bragueta de mi pantalĂłn de lino.
Me acerqué con disimulo a su oreja y le susurré en un tono de voz muy bajo.
- ¿No temes que noten que me estás tocando bajo la mesa?
Me miró con esa sonrisa amenazante y también bajó el tono de su voz grotesca.
- Lo he hecho muchas veces y nunca me han pillado, jojojo.
- ¿Y a quién se lo has hecho?
- A mà primo Damián. Va a menudo a comer a mi casa y le encanta que le sobé por debajo de la mesa mientras comemos.
Iba a preguntarle que si a ella le gustaba hacer eso, pero apareciĂł Palmira con los postres y nos callamos. No obstante, MarĂa siguiĂł sobándome el pantalĂłn bajo la mesa con una mano mientras comĂa con la otra, consiguiendo que se me pusiera dura mientras yo intentaba comerme el postre tenso y expectante.
Ya no me quedaba más remedio que invitarla a subir a la terraza, pues es lo que me habĂa pedido mi tĂo, asĂ que cuando acabamos los postres y mi tĂo sirviĂł las copas se lo sugerĂ, pero con un tono de voz bajo para que los demás no se enterasen.
- ¿Te apetece subir a la terraza para… conocernos mejor? – le dije con sonrisa insinuante.
- ¡Claro, joder! – contestó de forma burda.
ComentĂ© que nos Ăbamos a tomar las copas en la terraza para ver las estrellas y nadie se inmutĂł, más bien su madre nos animĂł. Su padre seguĂa con ojos incisivos sobre Raquel y boca babeante, y apenas nos mirĂł un segundo.
La buhardilla tenĂa luz, y la di unos segundos tan solo para ver el camino hasta llegar a la puerta de la terraza, y la volvĂ a apagar. MarĂa me habĂa cogido de la mano nada más comenzar a subir las escaleras y me la apretaba con fuerza. Salimos a las terraza y necesitĂ© unos segundos para acostumbrarme a la penumbra que la cubrĂa. La luna habĂa crecido algo más que la noche en la que me bañé con Sonia y su resplandor proporcionaba una luz ligera cuando acostumbradas la vista.
Nos alejamos de la puerta y llegamos hasta uno de los bordes. Le soltĂ© la mano a MarĂa apoyĂ© la copa sobre el muro de piedra. MarĂa dio un buen trago e hizo lo mismo, a la vez que me pasaba la mano por la espalda y me susurraba.
- AquĂ ya nos podemos conocer mejor. – y me besĂł en la mejilla de forma jugosa mientras yo mantenĂa mis brazos apoyados sobre el muro.
- ÂżY que habĂas pensado para conocernos mejor? – le preguntĂ© escondiendo una sonrisa en la oscuridad.
Se puso a mĂ espalda y llevĂł las manos hasta mi pecho para sobarlo mientras se restregaba contra mi culo a la vez que me besaba por la parte trasera del cuello. Estaba acostumbrado a que eso sucediera al revĂ©s, que el que se situaba a la espalda era yo en un estado de sĂşper salido, pero MarĂa me superaba pareciendo una perra en pleno celo.
- ¿Qué te gusta? – oà tras mi nuca entre laminadas de cuello.
- Parece que estas muy caliente. – insinué de forma socarrona.
- Me he puesto perrona na más verte, porque estás la ostia de rebueno.
- Mu poco. Soy fea y no les gusto a los chicos.
- No eres muy guapa, - intenté quitarle hierro a su afirmación tan rotunda – pero tienes buen cuerpo.
- Eso me dice mi primo cuando me ve desnuda, jojojo. Le encanta sobarme las tetas y que le haga pajas con ellas.
- Treinta, y está casáo, pero es un golfo, jojojo.
Bajo una de sus manos y comenzĂł a sobarme la polla por encima del pantalĂłn. Con el sobo que me estaba dando por detrás y los lengĂĽetazos en el cuello, habĂa logrado que el miembro cogiera su plena erecciĂłn. Cuando tocĂł el bulto que se habĂa formado exclamĂł de forma abrupta.
- ¡Madre mĂa! ¡QuĂ© gordo lo tienes!
- Pos claro. Pa eso hemos subĂo.
Su lenguaje se habĂa hecho más burdo desde que nos habĂamos quedado solos. Me dio la impresiĂłn de que intentaba cuidar las formas delante de sus padres.
Me girĂ© para ponerme frente a ella y agradecĂ la oscuridad que me impedĂa ver los detalles de su cara. BajĂł las manos con rapidez y me desabrochĂł el pantalĂłn. Bajo la cremallera y metiĂł la mano para sacar el endurecido miembro con maestrĂa. Otra impresiĂłn que llegĂł a mi cabeza, que eso lo debĂa de hacer con frecuencia. ÂżPero a quiĂ©n? ÂżSolo a su primo? Seguramente que habrĂa alguien más.
- ¡Vayá! Pos es toavĂa más grande de lo que parecĂa.
- Cuando estaba en el instituto si, pero ahora ya no.
- Entonces… en el insti si que le gustabas a los chicos. – insinué de forma perversa.
- Les gustaban mis tetas, y que se la chupara. – sonreĂ perversamente, evitando reĂrme – Pero cuando se enterĂł mi padre me montĂł una gorda y me castigĂł.
- ¿Se enteró tu padre? – no pude evitar el asombro en la frase.
- Le llamĂł el director y le dijo que me habĂan pillado en los baños chupándosela a un chico, y no veas cĂłmo se puso.
- Supongo que te gustaba. – seguĂ intentando no reĂrme.
- Me gusta mucho, pero también me gusta follar, jojojo.
- Pero me has dicho que follas poco porque no les gustas a los chicos. ÂżSolo lo haces con tu primo?
- Bueno, no les gustĂł a los chicos de mi edad, pero si a los tĂos mayores. Mi padre me buscĂł un puesto en el ayuntamiento y allĂ me enrollĂ© con un tĂo de cincuenta, y con ese lo hago de vez en cuando, pero el que me da bien es un vecino de cuarenta y cinco que es policĂa. Tiene una huerta con una caseta y vamos allĂ a retozar, jojojo.
- ÂżY tomas alguna medida para no quedarte embarazada?
- Mi madre me llevĂł a que me pusiesen un DIU sin que mi padre se enterase. Me dijo que era mejor prevenir que curar, jojojo.
Se habĂa levantado el vestido y se restregaba la polla contra las bragas. Notaba sus cinco dedos aferrados a mi polla con fuerza, y tambiĂ©n el fuerte roce de mi capullo contra la tela.
- Me has dicho que te gusta chupar. ¿Por qué no me haces una demostración a ver qué tal se te da?
- ¿No me la quiés meter? Tengo el chocho ardiendo.
Ya se habĂa retirado las bragas y notĂ© cĂłmo llevaba mi polla entre una maraña de vello hasta colocar el capullo contra la raja. SentĂ el roce contra la carne ardiente de la vulva despuĂ©s de atravesar la pequeña selva velluda. Me apetecĂa una buena mamada, pero ya en ese estado, no le pude decir que no.
Con los tacones era algo más baja que yo, pero con tan solo flexionar las piernas un poco, la tremenda raja engulló el capullo ayudado por su propia mano.
- Ohhhhh… ¡Qué gorda que es! – exclamó con su voz bronca.
- ÂżNo la tienen tan gorda tu primo y tĂş vecino? – le preguntĂ© a la vez que ponĂa las manos sobre sus tetazas.
- Ohhhhh… que va… Ohhhhh… ¡Esta si que me gusta! Ohhhhh…
Apenas le habĂa metido el glande y poco más y ya estaba disfrutando como una loca. Le apretĂ© las hermosas tetas a travĂ©s de la fina tela del vestido sintiendo cĂłmo la blanda carne se hundĂa entre mis dedos.
- Buffff… - resopló como un toro - ¿Me las quieres chupar? – preguntó a la vez que se bajaba los tirantes para descubrir por completo las tetas cubiertas por un pequeño sujetador.
El semidesnudo que me hizo no fue muy sexy, pero ver esas tetazas no necesitaba de aderezos. TirĂł del sujetador hacia abajo con Ămpetu y las tetas desnudas botaron sobre su pecho. Los pezones eran dos cerezas endurecidas que me apuntaron amenazadores. Apenas me dio tiempo a admirarlas, porque me agarrĂł la cabeza y estampĂł mi cara contra los dos melones de carne blanda.
- Ohhhhh… ¡Chúpame los pezones que me pone mu guarra! – jadeó esas palabras sin dejar de mover las caderas.
Sus arrebatados movimientos provocaron que la polla penetrase algo más en su coño, no demasiado, pero lo suficiente para que se volviese más loca.
- Ahhhhg… ¡Joder! ¡QuĂ© rabooo! Ahhhhg… - gimiĂł con su voz grotesca mientras un fuerte orgasmo sacudĂa su cuerpo.
Apenas me habĂa dado tiempo a comenzar a chuparle las tetas y ya se habĂa corrido. Esa tĂa era puto fuego, y estaba más salida que el rabo de una sartĂ©n.
- Aaaaaah… Aaaaaah… ¡Qué rabo, diosss! Me ha puesto el chocho como una puta bañera. – soltó sus palabras contra mi cara mientras la miraba perplejo.
- Buffff… es que… con una polla tan gorda… no me he podido aguantar. Cuando se lo cuente a mi madre no se lo va a creer.
- ¿Cómo? ¿Es que se lo piensas contar a tu madre? – repliqué asustado.
- Vaya. Se me ha escapáo. – dijo poniéndose la mano en la boca.
- ÂżEs que le cuentas a tu madre tus aventuras?
- Jo… esto no lo deberĂa de decir.
- Ya es un poco tarde, pero no te preocupes, quedará entre nosotros. – hice un esfuerzo y la besé con los ojos cerrados.
Cuando separĂ© los labios estaba estupefacta. No la debĂan de besar a menudo y no se podĂa creer que yo lo hubiese hecho.
- Venga… cuéntame tus secretillos.
- Buf…es que… bueno… pues eso. Le cuento a mi madre cuando follo y ella me lo cuenta a mi. - me dijo con timidez.
- Entonces… le pone los cuernos a tu padre. – afirmé más que preguntar.
- Es que mi padre no le hace caso, y se pasa el dĂa protestando. Solo le interesa su trabajo
- ¿Y con quién se lo hace tu madre?
SeguĂa con las tetas al aire a pocos centĂmetros de mi cara y me era imposible centrar la vista mientras hablábamos.
- Con mi primo y… otros hombres.
- Joder con tu primo. Parece que sale bien servido cuando va a vuestra casa.
- Siiii. Lo pasamos genial con Ă©l. A mĂ madre tambiĂ©n le mete mano bajo la mesa y nos reĂmos de mi padre sin que se entere, jojojo.
LancĂ© las manos sobre sus hermosas tetas y las estrujĂ© con deseo. SeguĂa teniendo la polla como una piedra y no pensaba irme asĂ. La muchacha habĂa subido a follar y no pensaba defraudarla, ni a ella, ni a mĂ tĂo. Con las dos tetazas estrujadas entre mis dedos, empecĂ© a comerle los pezones.
- Cuéntale a tu madre esto. – vocalicé mientras tiraba con los dientes de una de las golosas cerezas.
- Ahhhhg… Qué perra me estás poniendo otra vez. – rugió con su voz bruta y cavernosa.
Después de ponerle los pezones al rojo, tiré de su cuerpo para ponerla contra la valla de la terraza.
- Ahhhhg… ÂżMe vas a follar otra vez? – me preguntĂł sorprendida. No se habĂa enterado de que no me habĂa corrido.
- Si. Pero ahora te voy a dar por detrás. Quiero admirar tu culito mientras te follo.
- ¡Si, si! Asà me gusta mucho.
No tuve que decirle que se inclinara, lo hizo por iniciativa propia ofreciĂ©ndome su culazo. Ya tenĂa el vestido levantado y observĂ© las enormes sandĂas apretadas y la tremenda raja que las dividĂa. Las bragas a medio bajar, le daban un toque más promiscuo y seductor. AbriĂł bien las piernas y se inclinĂł hasta que la raja de su coño apareciĂł bajo sus piernas envuelta en una maraña de vello rizado. Me agarrĂ© el miembro envuelto de venas sanguinolentas y lo llevĂ© hasta la raja. PensĂ© que entrarĂa entera en ese chochazo al primer empujĂłn, pero no fue asĂ.
Cuando penetrĂł el glande y unos centĂmetros más, su vagina se aferrĂł a la dura carne a la vez que soltaba un bufido seguido de un improperio con su voz cada vez más ronca.
- Ahhhhg… ¡La madre que te parió! ¡Qué puto rabo tienes!
Me agarré a su culazo y comencé a mover las caderas dándole cortas embestidas
- ¡Ahhh! ¡Ahhh! ¡Ahhh! – comenzó a jadear repetidamente al ritmo de cada pollazo.
Su vagina se fue abriendo dejando paso a la endurecida carne.
- ¿Te gusta, puta? – le solté para ver su reacción.
- ¡Ahhh! Joder… ¡Ahhh! ¡Pos claro, cabrón! Dale fuerte.
Después de unos cuantos empujones la polla entraba profundamente y mis huevos comenzaron a chasquear contra su culazo. - Plof… Plof… Plof… - eso me empezó a sonar a música celestial. Le di un azote en el culazo, envalentonado, sin dejar de embestir, y lo acogió con naturalidad.
- Ahhhhg… Diosss… Que zorrón que estoy otra vez. ¡Dale fuerte, cabrón! ¡Caliéntalo bien, que me voy a mojarrr… !
Las embestidas ya eran brutales, pero su culazo se mantenĂa firme. Es verdad que se hundĂa a cada embestida, pero volvĂa con rapidez a su estado inicial cuando la sacaba.
De repente, comenzó a mover la cabeza como si le hubiese dado un parraque, y a gritar sin importarle que la oyesen. Me asusté, pero estaba a punto de correrme y seguà embistiendo como si quisiera atravesarla.
- Ahhhggg… Ahhhggg… Ahhhggg… - gritó repetidamente mientras todo su cuerpo temblaba estrepitosamente.
- ¿Te gusta, zorra? ¡Te voy a reventar! Aaaaaah…. – grité yo también, importándome una mierda que me oyesen al sentir cómo la leche saltaba con violencia dentro de su mojada vagina.
SeguĂ dándole como un puto animal hasta que sentĂ que me fallaban las piernas. Ella seguĂa gritando, pero con la voz más ahogada, hasta que parĂ© con el corazĂłn saliĂ©ndose de mi pecho.
BusquĂ© una silla en la penumbra y me desplomĂ© sobre ella. MarĂa seguĂa jadeante apoyada sobre el muro con las piernas abiertas y las bragas estiradas entre sus tremendos muslos, pero todavĂa podĂa notar cĂłmo le temblaban las piernas. DisfrutĂ© por largos segundos de esa cabalgada que le habĂa dado, y que no me habĂa podido imaginar una hora antes.
Cuando se recuperĂł, se acercĂł hasta mĂ subiĂ©ndose las bragas mientras caminaba, algo que me produjo risa, pero no tenĂa fuerzas ni para reĂrme. Se inclinĂł ante mi regazo, y sin mediar palabra me agarrĂł la polla, ya morcillona, y se la metiĂł en la boca para darme una succiones tremendas que casi me levantan el culo de la silla.
- Jo, tĂo. ¡CĂłmo mas empotráo! – exclamĂł con su tono zafio y grotesco haciĂ©ndome reĂr de nuevo – Esto ma gustáo mas que cĂłmo me lo hace mi primo, jojojo.
Intentaba reĂrme sin que los repetidos latidos del corazĂłn me dejaran. Estaba siendo más divertido que el polvo con Daniela.
- ¿Se lo piensas contar a tu madre? – le pregunté en broma.
- ¡Pos claro! – exclamó convencida – Seguro que quiere probar, jojojo.
De las risas pasé al susto. “¿Me voy a tener que follar también a la madre?” Pensé con algo de acojono, pues eso ya eran palabras mayores.