Carcavera 7
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La vecina de mi decide ayudarme para montar mis propios negocios.
Cuando me separé de su cuerpo, ella todavía jadeaba con sus oscuros ojos fijados en el techo. La noté derrotada, sin fuerzas, sin ganas de nada. Me vio sonreír y su boca hizo una mueca.
- ¿Quieres que te diga algo? – me susurró apenas sin voz.
- Dime. – la besé suavemente en sus gruesos labios.
- Te he dicho que me gustaban grandes, pero nunca me habían metido una… tan grande.
- Me ha creado mucha tensión sentir cómo abría mi coño. Pensaba que me lo ibas a reventar. Ahora entiendo a Sonia.
- Pero no ha reventado. – le puse mi sonrisa de cabroncete.
- No, jajaja… - rio sin fuerza – Creo que la próxima vez disfrutaré más.
Me despedí de Ruth con un sensual beso en la boca, postrada sobre la cama sin intención de levantarse. Su corazón todavía latía acelerado cuando me fui. Había sido un polvazo fantástico y mi mente se fue recreando en él mientras conducía la moto camino de casa de mi tío.
Cuando llegué ya habían cenado los tres y comí lo que me habían dejado en la cocina. Raquel y Palmira se subieron a dormir y mi tío insistió en que tomase una copa con él.
- ¿Bueno, qué? ¿Te has pensado lo que te he dicho sobre Elvira? – volvió a insistir.
- Es que… me parece un poco fuerte, tío.
- ¡Venga ya, joder! No es tan difícil enchufar el móvil cuando te la estés follando.
- Ya te he dicho que necesito esos terrenos y los tengo que conseguir como sea. Ahora mismo valen muy poco, pero en el momento que sean míos, el concejal los recalificará y valdrán una fortuna.
Me quedé mirándole y pareció leerme el pensamiento.
- Tú también puedes sacar tajada de esto. Te propongo una cosa. Si lo consigues, te dejo un apartamento para ti solo con todos los gastos pagados, o un chalet pequeño, lo que quieras.
No dudó en ponerme el caramelo en los labios. Era una oferta estupenda para mí, que no tenía nada, y que ya había deseado independizarme más de una vez. Pero si entraba al trapo, ya no tendría marcha atrás. Eso supondría en convertirme en un lacayo suyo para siempre, pues seguro que me seguiría pidiendo más y ya no podría rechazarlo al estar igual de pringado que él.
- Vale tío, lo haré. – le dije para salir del paso mientras pensaba cómo llevar aquello.
Me fui a la cama y miré el móvil. Tenía varios mensajes de Sonia, de Sandra, de Ruth y también de la susodicha Elvira.
Ruth me expresaba su satisfacción por el polvo que habíamos echado, e insinuaba que cuando quisiera podíamos repetir. Sonia me echaba de menos por no habernos visto, aunque su madre le había dicho que había estado en su casa. Sandra decía que siendo vecinos, además de ser el sobrino de su amiga, nos deberíamos conocer mejor. Y Elvira, mucho más refinada, me decía que estaba interesada en conocerme mejor y que me pusiese en contacto con ella.
No contesté a ninguna pensando en dejarlo para el día siguiente.
Cuando desperté eran las nueve y media de la mañana. Otro día que había dormido fenomenal y me encontraba en plena forma. Volví a mirar el móvil y decidí contestar a Sandra, que rápidamente me emplazó para vernos esa misma mañana. Me puse el bañador, camiseta y deportivas (la ropa que iba haciendo como habitual) y bajé a desayunar. Lo hice rápido, sin darle opciones a Palmira que quería conversación, y me fui con rapidez llevándome la moto hasta la puerta del chalet Sandra.
Me recibió con una espléndida sonrisa con su amplia boca. Rápidamente se me pasó por la cabeza que en esa bocaza entraría de maravilla mi verga, y por lo bajita que era el llegaría hasta el estómago. Me reí de ese pensamiento gracioso.
Llevaba un vestido estampado y muy colorido que se le ajustaba a su delgado y pequeño cuerpo como si fuera una segunda piel. Los rizos de color negro y rojo se descolgaban a ambos lados de su cara ligeramente alargada hasta caer sobre los hombros tapando parte de su desnudez, pues los tirantes del vestido eran finos y casi ni se apreciaban. Lo que si se apreciaban es sus tetas a través del amplio escote mostrando un exuberante canalillo. Sus muslos delgados los mostraba casi al completo, pues el vestido era bastante corto.
- ¡Hola encanto! ¡Pasa, pasa! – me saludó efusivamente haciéndome entrar.
- ¿No te importa que me vea algún vecino? – la vacilé como saludo.
- ¡Bah! Nunca se ve a nadie andando por la urbanización. Y aunque te viesen, no pasa nada. Eres el sobrino de Ramón, y todo el mundo sabe que somos amigos.
Entramos hasta el salón y me ofreció café. Ella se tomó un culo de whisky ya a esas horas tan temprano, algo que me sorprendió.
- Eso me ha dicho mi tío, que sois bastante amigos. – le dije al sentarse.
Me miró con cara interrogante por la forma en cómo había dicho esa frase.
Yo me había sentado en el sofá y ella en un sillón frente a mí. Había cruzado las piernas y casi podía verle las bragas.
- ¿Es que te ha hablado Ramón de mi?
- Si. Le dije que te había visto en casa de Laura.
Torció la boca de forma despectiva.
- Qué eres una tía muy maja, y buena vecina. – la mentí.
- Jajaja… - soltó una buena carcajada – No me esperaba esas palabras de Ramón.
- Porque es un cabronazo redomado y no suele hablar así de la gente. – se dio cuenta de lo que había dicho, e intentó excusarse – Perdona, ya se que es tu tío, pero te hablo así porque le conozco bien, mejor que tú.
- No pasa nada. Se que es a un cabrón, y te diría que casi aprecio más a mí tía Laura que a él, aunque el sea el hermano de mi madre. – la quise dar confianza.
- Laura es un encanto. Lo que no sé es como le ha aguantado tanto tiempo.
- Bueno, tú sigues aguantando a tu marido.
- Pero yo hago lo que me da la gana sin que mi marido se atreva a abrir la boca, jajaja.
- Entiendo que cada uno hacéis vuestra vida.
- Por supuesto. Cuando empezó el a ponerme los cuernos, no me quede atrás, jajaja.
- ¿Y los lleva muy largos? – bromeé.
- Buff, más que un ciervo, jajaja.
- Supongo que eso significa que sales muy a menudo. – empecé a tirarla de la lengua.
Noté cómo el ego ascendía por su cabeza al sentirse por encima de su marido.
- De arriba abajo. No hay garito en el que no haya estado por muy recóndito que esté.
- ¿Y también conoces a la gente?
- Tampoco esto es un pueblo, pero conozco a mucha gente, los que son de aquí, claro, porque en verano viene mucha gente de fuera.
- Mi tío también debe de conocer a mucha gente, y con dinero. Anoche estuvo un concejal cenando en casa y a medio día hemos comido con una pareja que también deben de ser de los importantes de aquí. Un tal Gerardo y su mujer Elvira.
- Ramón es un mafioso que anda siempre de negocios, de negocios sucios. Por eso ha hecho tanto dinero. Detrás de Elvira lleva tiempo, porque quiere comprarle terrenos.
- Pues claro. – me miró con cara de pilla – Aquí nos conocemos casi todos los que tenemos pasta. Solemos coincidir en restaurantes y fiestas, y el marido de Elvira es de los que tienen pasta, mucha pasta, pues es una de las familias más antiguas de Carcavera. Aunque ahora las finanzas las maneja ella porque el pobre hombre está para el arrastre, jajaja.
- Bastantes, aunque la mayoría no son urbanizables, que son los que valen pasta. – me miró con una sonrisa algo perversa - ¿Has hablado con ella en esa comida?
- Poco. Mi tío a monopolizado casi toda la conversación. ¿Por qué lo dices?
- Se dice que le gustan los jovencitos. – aumentó la perversidad en su cara – Y teniéndote en la misma mesa, me extraña que no te dijera algo.
Puse cara de sorpresa para que no sospechase.
- Vaya, eso no me lo esperaba. Es bastante mayor.
La miré con mi cara de cabroncete.
- Las edades no me asustan, sobre todo si los cuerpos lo merecen. – la sonreí echándome hacia delante de forma insinuante.
- ¿Crees que el mío lo merece? – se estiró sobre el sillón mostrándome sus tetas de forma altiva.
- Estás estupenda, Sandra. – la halagué sin cortarme.
- ¿Mejor que con la que bailaste la otra noche?
- ¡Bastante mejor! – respondí para aumentar su ego.
Pero ella se cortaba menos, y fue más allá.
- Jajaja… - solté una carcajada pues eso no me lo esperaba – Bueno… de esas intimidades no suelo hablar.
- ¿Por qué? A mí no me importa decir cuando alguien me ha follado bien.
- Es que… no sé… Eres amiga de mis tíos y me da algo de corte hablar de estas intimidades pensando que se pudiesen enterar.
- Jajaja… Aquí le da a todo el mundo igual esas cosas. Incluso muchos alardean de ellas. Mira tu tío, que ha metido en casa a esos dos putones y encima va alardeando de ello.
- Mi tío me da igual, y se que alardea del pibón que tiene ahora, pero con mi tía es diferente.
Se había bebido el culo de whisky y se puso otro. Aprovechó ese hecho para sentarse en el sofá, a mi lado, volviendo cruzar las piernas para enseñarme hasta casi las bragas. Mis ojos se lanzaron a su escote por el que mostraba gran parte de sus grandes tetas.
Me puso una mano sobre la pierna desnuda y cambió el tono de voz, más suave e intrigante.
- No sé por qué temes tanto a tu tía. Ella se da sus buenos homenajes, como todos. Ya ha espabilado y es libre para hacer lo que le apetezca, y no creo que se escandalice porque se entere de que has estado con un mujer de su edad.
Acerco lentamente su cara a la mía dejando los labios muy cerca de los míos.
- Te diré algo más. – me susurró soltando su aliento contra mis labios – Ella ya ha probado a algún jovencito, no tanto como tú, pero te puedo decir que la ha encantado.
Cuando acabó la frase sus labios rozaban los míos y el beso se hizo inminente. Fue suave, dulce, incluso tierno, pero impregnado de lujuria. Una lujuria que le costaba contener, porque si mano de finos y largos dedos la demostraron cuando la puso en mi pecho para acariciarlo con deseo.
Despegó levemente los labios para mirarme a los ojos. Los suyos brillaban con intensidad sin poder ocultar el deseó que sentía. Llegó el segundo beso, menos tierno y más lascivo. Otra mirada inquisitoria y lujuriosa, esperando a que me lanzase.
El tercer beso fue más intenso, y nuestras lenguas se unieron en una danza húmeda y morbosa. Puse una mano sobre su pecho y acaricié sus tetas a través del vestido. Mis dedos tocaban la fina tela y también parte de la piel que dejaba al aire su amplio escote.
Sandra ya no pudo aguantarse más, y comenzó a devorarme la boca como una tigresa hambrienta. Bajó la mano que tenía sobre mi pecho hasta el bañador y comenzó a palpar con ansiedad el bulto que ya crecía imparable. – Ummmgg… - ronroneó sin dejar de besarme al sentir la dureza. Metí la mano por el escote y atravesé el pequeño sujetador para abrazar la carne de uno de sus pechos. Toquetee el pezón notando cómo se endurecía. Era como un grueso garbanzo de carne dura y turgente y el roce de mis dedos lo pusieron como una roca.
- Aaaaaah… - gimió a la vez que dejaba de besarme – Espera.
Se levantó y se bajó las hombreras del vestido para después tirar de él y sacárselo por los pies. La ropa interior, de color azul claro tapaba sus pechos y su pequeño y redondeado culito haciendo su cuerpo más atractivo. Un cuerpo delgado de cintura estrecha donde la mayor parte de la carne se concentraba en sus tetas.
- A ver si va a aparecer tu marido. – le dije algo tenso.
- Ese no aparece hasta por la noche, si es que aparece, jajaja.
- Sería bastante embarazoso que nos pillara… así en medio del salón.
- Tampoco pasaría nada. Ya me ha pillado más de una vez, y lo que ha hecho es dar media vuelta y marcharse.
Estaba empezando a alucinar ante la desfachatez de Sandra. Le sudaba el coño que su marido la pillara follando con otro; era algo que no acababa de entender.
Se acercó hasta mi y tiró de la camiseta hasta sacármela por la cabeza. Sus ojos brillaron con frivolidad al ver mi torso desnudo. Noté cómo se relamía el cerebro al ver la expresión en su cara, una expresión felina y acechante. Por un momento me sentí cómo una presa, como una gacela en la sábana acechada por una leona. No obstante la notaba intranquila, inquieta, como si no tuviese claro el paso siguiente mirándome acechante subida en las altas sandalias.
Finalmente se inclinó para besarme arrebatadamente, pero fue un beso corto y fugaz, porque continuó lamiendo mi cuello hasta bajar al pecho. Todavía no habíamos hecho nada, prácticamente, y su respiración estaba agitada. Noté cómo metía las manos por los bordes del bañador y tiraba de él con cierta violencia hasta descubrir la polla, que saltó como un muelle erguida y majestuosa.
Dejó de besarme el pecho para mirarla. Su respiración se ajetreó aún más al verla, resoplando como una yegua entre las tablas antes de que le dieran paso para la carrera. Se desabrochó el sujetador arrebatadamente y las tetas botaron sobre su pecho. Lo lanzó a un lado del sofá sin perder de vista la estirada verga. Después tiró de las bragas hasta dejarlas caer a sus pies y les dio un pequeña patadita para alejarlas. Abrió ligeramente las piernas frente a mí y se pasó las manos por los muslos subiéndolas de forma erótica por las ingles hasta llegar a sus tetas, que las apretó por debajo con fuerza a la vez que las elevaba. Podía verla entera elevada sobre las altas sandalias y me hacía gracia pensar que en cualquier momento se iba a caer. Pero sus dos peras, ligeramente caídas, y la gran raja que mostraba entre sus piernas, también me excitaban. Pensaba que si me la follaba, troncharía su pequeño y delgado cuerpo.
- ¿Te gusta mi cuerpo? – me dijo con voz profunda y lasciva.
Era pequeñita, pero tenía un cuerpo bien confirmado y atrayente.
- Tienes un cuerpo bonito y manejable.
- ¿Te gustan los cuerpos… manejables?
- Jejeje… - reí maliciosamente – Solo si se dejan manejar.
- Yo me dejo manejar… - hizo una pausa poniendo cara coqueta – de la forma que más te guste. – dijo arrastrando las palabras de forma lasciva y seductora.
Tenia el torso desnudo y el bañador a medio bajar cuando Sandra se acercó para agarrarme la polla. Sus tetas se descolgaron ante mis ojos como dos peras colgantes de un árbol. Se inclinó con sus ojos llenos de brillo lujurioso hasta alcanzar el glande. Sacó la lengua y sentí un delicioso recorrido por la dura carne de mi capullo. – Oooooh… - gemí sin poder controlar la excitación que me había provocado en apenas unos segundos.
- Ummmm… Qué delicia saborear un troncho duro y joven. – dijo con el deseo dibujado en su cara mirando el estirado miembro.
- ¿Te lo vas a comer entero? – me atreví a decirle, pues es lo que realmente deseaba en ese preciso momento.
- ¿Quieres que me lo coma? – me miró con cara pispoleja.
- Si eres capaz… - le insinué con prepotencia.
- Jajaja… se rio ella con más prepotencia – Me he comido muchas, niño. – me dijo casi despectivamente – Y la tuya no ha sido la más grande.
Dio otro lengüetazo recorriendo todo la base del capullo que hizo vibrar todo mi cuerpo. Después abrió la boca y engulló el glande con un buen sorbetón hasta provocar que se me levantará el culo del sofá. Los ojos se me cerraron mientras emitía un largo gemido. – Oooooooooh… Diosss… - Avanzó por el duro tronco con los labios ligeramente presionados con una maestría absoluta, y volvió hacia atrás hasta sacarse la polla de la boca.
La saliva corría entre sus labios y sus ojos brillaban con una lujuria arroz. Se incorporó para subirse sobre mi regazo con las rodillas hincadas en el sofá. Noté cómo la polla rozaba contra su raja mientras sus tetas lo hacían contra mi cara.
- Eso lo dejaremos para el final. – me susurró contra los labios antes de besarme de forma guarra y lasciva.
Se colocó la polla abriendo su raja y bajó lentamente mirándome a los ojos. Sus labios se entreabrieron y su aliento roció mi cara. – Aaaaaah… - oí un apagado susurró mientras se insertaba la polla.
Sus tetas volvieron a mi cara y las abracé con fuerza. La muy zorra me tenía totalmente obnubilado, y chupé sus pezones con desesperación, sin apenas control. – Aaaaaah… - gimió de nuevo agarrada a mi cabeza – Suave, niño, que los tengo muy sensibles. – la oí susurrar sobre mi cabeza.
Subió y bajó varias veces hasta calzarse la verga entera, acompañando cada bajada con un largo y lascivo gemido. – Aaaaaaaaa… Aaaaaaaaa… Aaaaaaaaa…
Obvié esa sensibilidad de la que me había hablado; estaba demasiado excitado para controlarme. Y chupé con ganas los dos gruesos garbanzos mientras apretaba sus tetas como si estuviese exprimiendo limones. Cuando se la metió entera, la mantuvo dentro de su vagina como si hubiese atrapado un tesoro, con la boca entreabierta y jadeante. Le solté las tetas para agarrarla del culo; dos meloncitos ligeramente duros y seductores al tacto.
Comenzó a moverse arriba y abajo, y tiraba de su culito con fuerza cada vez que bajaba hasta que sus gemidos se convirtieron en gritos ahogados. Su cuerpo tembló abrazándose a mi cabeza impidiendo que siguiera tirando de su culo y noté cómo un fuerte orgasmos le sacudía todo el cuerpo.
- Aaaaaaaaag… Diosss… Aaaaaaaaag…
Su pequeño cuerpo se zarandeó sobre mi regazo y una abundante corrida mojó su coño y se derramó sobre mis huevos. Intenté levantarla el culo para seguir follándola, pero su abrazo era como el de una anaconda que no te deja ni respirar. - ¡No! No… ¡Para! – me pidió temblorosa.
“¿Cómo que pare? ¿Está es la fiera que decía mi tío? Pensé algo molesto, pero paré. Dejé que se serenara y cuando lo hizo, dejó de abrazarme para escurrirse por mi cuerpo hasta quedar de rodillas entre mis piernas.
- Yo ya he disfrutado… y mucho. Ahora te toca a ti.
Me agarró la polla, mojada por su flujo, y la volví a sentir en su ardiente boca. De una succión se tragó el capullo, pero continuó avanzando con sus labios por el tronco tragándose centímetro a centímetro, con suavidad, con precisión, saboreando la carne dura como si fuese un manjar. Sus pequeñas manos sobaban mis piernas y mi culo mientras su boca avanzaba implacable. Noté cómo el capullo atravesaba su estrecha garganta sin que le diese una mínima arcada. Al momento se la había tragado entera dejándome totalmente pasmado.
Mis ojos abiertos miraban atónitos su boca cerrada contra la carne que había desaparecido dentro de ella. Tiró hacia atrás despacio dejándome ver cómo salía entera de su boca a la vez que me miraba la cara de pasmado que se me había puesto.
- Ya veo que te gusta, pequeño. Pero haré que te guste más. Quiero toda la leche en mi boca.
Volvió a metérsela en la boca y comenzó a chupar como si fuese la mejor golosina del mundo. Mis jadeos no se hicieron esperar viendo y sintiendo cómo salía entera de su boca y volvía a entrar hasta el fondo. Me parecía increíble como ese trozo de carne dura y consistente podía entrar por completo en su boca, en su estrecha garganta, en su esófago, porque estaba seguro que en esa cavidad entraba una buena parte, sin hacer el menor guiño. Metió las manos bajo mi culo para impulsarse con fuerza. Ya no sabía si ella estaba disfrutando más que yo cuando la mente se me nubló y la pelvis me daba espasmos por las acometidas de semen que descargaba mi polla.
Se tragó una parte hasta que se la sacó de la boca y un par de chorretones impactaron en su cara. Eso fue como un sello, una firma que quería que se quedara grabada en mi mente. - Ahhhhg… - jadeó cogiendo aire. Abrí los ojos, todavía con el placer instalado en mi cerebro, y la vi sonreír y relamer la leche que resbalaba por su cara y su nariz cayendo en su boca.
- Uffff… ¡Joder! ¡Ha sido genial, Sandra.
- Sabía que te iba a gustar. Voy a limpiarme la cara.
Se levantó y la vi alejarse conteniendo su cuerpo desnudo subido en las altas sandalias. Me espatarré y eché la cabeza hacia atrás resoplando de nuevo. “Bufff… ¡Qué mamada, dios!”
Cuando regresó, se puso un culo de whisky y se encendió un cigarrillo. Se sentó desnuda en el sillón que había frente a mí y cruzó sus bonitas piernas ocultando el coño.
- Pensaba que querrías algo más. – le insinué.
- Cuando un polvo es bueno, no sé necesita más.
- Me habían informado de que eras… algo más activa. – no me atreví a llamarla “fiera”.
- Jajaja… seguro que ha sido el cabrón de tu tío.
- Pues…si. No te voy a mentir.
- A cada uno le doy lo que quiere. A él le gustaba que fuese un poco fiera, y eso es lo que le daba.
- Veo que conoces bien a los tíos.
- Ya te he dicho que conozco a mucha gente en Carcavera, sobre todo a todas las putas y cabrones que son de por aquí.
- Me vendría bien que me presentarás a gente. Mi tío solo me presenta a lo que a él le interesan.
- ¡Uy, estaría encantada de pasearme con un chico guapo y joven como tú por Carcavera. Sería la envidia de muchas, jajaja.
- Supongo que me presentarás a gente interesante, de los que pintan la mona en Carcavera.
- ¡Por supuesto! Yo no ando con cualquiera. – me sonrió de forma sibilina – Pero eso te costará hacerme más de una visita. – nuestras miradas se encontraron como dos caballeros con sus lanzas preparados para un lancé, y añadió – Tranquilo, no soy demasiado exigente, ni acaparadora.