Incest
May 31

Lucero: trabajo de verano 8 y 9.

- Omar, no deberías irte a casa con lo que sea que traes en la cabeza. Lo que tu mamá hace tiene una explicación, y no creo que sea una buena idea que te reencuentres con ella estando molesto, o sin entender qué es lo que… - comentó Trina con un aire preocupado minutos después de que al fin termináramos de hacer el amor, justo en el momento en el que logró recuperar el aliento, estando recostados en la cama de aquel hotel, cuando se dio cuenta de que yo no hacía otra cosa que mirar al techo, tras haberme estado observando por un rato sin que yo hiciera o dijera nada.

- Estoy seguro de que Lucero debe tener buenas razones para hacer lo que hace, pero si no te importa prefiero escucharlas de ella, además, por lo que vi, no pareció molestarle que descubriera su secreto, al menos no lo demostró cuando me la encontré después de que la viera recibiendo ese sobre - respondí con la voz un poco perdida en mis obstinados pensamientos.

- Solo digo que no será bueno ni para ti ni para ella que regreses enojado a casa, porque… - trató de decir, hablando de esa forma cautelosa como suelen hablar las personas cuando se ven obligadas a decir algo que podría resultar problemático para quien los escucha.

- No estoy enojado, tía - dije, riendo un poco al final al notar que Trina no entendía en realidad la razón de que me encontrara en aquel estado de parcial perplejidad - no tendría razón de estar enojado y estoy bastante seguro de que Lucero es perfectamente capaz de llevar su vida por donde mejor le convenga, es solo que… - suspiré con fuerza, tratando de ordenar mis ideas - tengo mucha curiosidad, no lo puedo evitar. Me cuesta trabajo entender cómo fue que siendo la esposa del capitán, llegó a hacer algo como eso. No, no la estoy juzgando - atajé a mi tía en cuanto vi que estaba por interrumpirme - pero desde que regresé no he dejado de sorprenderme con cosas que no parecen concordar con la imagen que tenía de Lucero, de mi hermana, incluso de ti, y de pronto creo que necesito entender cómo llegamos hasta este punto donde tú tienes una especie de caridad en la que ayudas a algunos chicos a llenarse los bolsillos con el dinero que algunas mujeres solitarias les dan a cambio de tener sexo con ellas, donde Lucero se vende por unos miles la hora y… lo siento, en verdad no juzgo a nadie, pero todo esto… tengo muchas cosas que procesar. Es de alguna manera desgastante y muy abrumador - dije, sin mirar a mi tía, sintiendo cómo ella se reacomodaba en la cama orientando su cuerpo hacia mí.

- Vale, puedo entender que no sea fácil asimilar cómo funciona nuestra peculiar familia, pero… escucha. El tenerte lejos no fue sencillo para tu mami, tu papá… el capitán, encontró la manera perfecta para mantener a Lucero a raya cuando te apartó de ella, pero a partir de ese momento todo cambió entre esos dos, pues aunque no lo creas, antes de que eso pasara tu madre amaba mucho a tu padre, no obstante, lo que hizo rompió algo entre los dos creando un vacío que tu madre tuvo que llenar con… bueno, supongo que con eso ya te das un idea. En cuanto a Yoli, ella se pinta en un lienzo aparte, y es que si bien tu padre ha sido un hijo de puta durante toda su vida, la verdad es que la única que no ha dejado que controle lo que hace ha sido Yoli, y no le ha resultado fácil, porque en más de una ocasión ese asno ha tratado de manipularla para que haga su voluntad, incluso hace unos meses hizo el intento de casarla con el hijo de un tipo rico que le debía un favor, pero Yolanda lo mandó al carajo y, cuando le dijo que no le pagaría la universidad, tu hermana le respondió diciéndole que entonces abriría una página donde la gente le pagara por enseñar las chichis y… - Trina guardó silencio por un minuto, mirándome con interés, con curiosidad, como si no pudiera creer que en realidad no estuviera enojado, que solamente tuviera curiosidad - solo digo que para las chicas no ha sido fácil vivir bajo el mismo techo que tu padre, incluso cuando el imbécil solamente pasa unas pocas semanas al año en casa.

- Sí, bueno, eso no lo sé de cierto, pero me doy una idea sabiendo lo estúpido que suele ser ese hijo de puta - respondí, mirando al fin en dirección de Trina, sonriéndole a mi tía, a pesar de que aún no lograba superar la impresión que me provocó el saber que mamá era prostituta, una idea que más allá de escandalizarme logró excitarme tanto que, para el momento en el que mi tía y yo tuvimos esa charla, ya habíamos tenido sexo cuatro veces durante el último par de horas, nada que en aquel instante me impidiera ponerme duro una vez más en cuanto en mi cabeza volvieron a proyectarse las imágenes de lo que pudo haber pasado entre Lucero y el tipo con el que la vi haciendo aquel intercambio.

- Creo que deberíamos regresar a la recaudación, al menos a que me despida de mi amiga, porque la verdad ya no tengo muchas ganas de convivir con esas personas tan engreídas - comentó, antes de que yo soltara una risa divertida, de que pusiera mis manos en su cintura cuando se sentó al borde de la cama en un intento por levantarse y empezar a vestirse.

- No sé por qué quieres irte tan rápido, si apenas estamos empezando - le dije mientras la obligaba a recostarse de nuevo, colocándome entre sus piernas en un segundo, deteniéndome en mis intentos de volver a penetrarla cuando encontré ese brillo de preocupación e incertidumbre en los ojos de mi tía.

- ¿Sabes algo? A pesar de que las cosas no salieron como lo planeaba, Lucero está encantada de tenerte en casa, así que… bueno, tómalo en cuenta cuando hables con ella ¿Vale? Trata de no juzgarla, al menos no demasiado, porque mi hermana solo es una buena mujer que lamentablemente tuvo la desgracia de hacer su vida con un tremendo hijo de perra - comentó mi tía, dejándome en claro que no creía que estuviera siendo del todo sincero con ella, antes de que yo asintiera y ella dibujara el atisbo de una sonrisa insegura en sus labios, de que volviéramos a besarnos y yo entrara de nuevo en su vientre, que para ese entonces ya estaba bañado por dentro con mi leche, iniciando una vez más ese enloquecedor vaivén que en cosa de unos pocos segundos volvió a robar los gemidos de esa cautivadora mujer, sin que yo pudiera sacar de mi cabeza aquella imagen de Lucero recibiendo un sobre con dinero, ni de imaginar lo que pudo haber hecho con ese tipo que la contrató para ganarse cada uno de aquellos billetes.

***

Obviamente llegar a casa aquella noche resultó tan raro como supuse que sería, porque sabía que la plática que tenía pendiente con Lucero no sería sencilla, y no era que me fuera a poner a gritarle como loco o algo como eso, más bien la complejidad de aquella charla radicaba, al menos de mi parte, en lo vergonzoso que me resultaría abordar aquel tema con esa mujer, una incomodidad que sospeché que compartía con Lucero pues en cuanto puse un pie en el interior de la casa, tanto mi hermana como ella se quedaron calladas, manteniendo un silencio sepulcral que se extendió durante algunos segundos después de que me reuniera con ellas en la cocina, donde al parecer ambas compartían un café y, dada la expresión curiosa y un tanto morbosa en la cara de Yolanda, estoy casi seguro de que también hablaban de lo que pasó más temprano en aquel hotel.

Lo que es un hecho que no me esperaba, fue la actitud risueña y relajada por parte de Lucero, porque dado lo que pasó supuse que estaría al menos avergonzada de que yo me hubiera enterado; a diferencia de lo que ocurría con mi hermana, porque en realidad no me pareció nada fuera de lo ordinario encontrarme con la mirada traviesa y una tanto morbosa que Yolanda me dirigió, con esa expresión que me hizo pensar que esa chica escandalosa había estado esperando a que llegara para saber cómo reaccionaría, dibujando en su rostro la misma clase de gestos que pondría si estuviera delante de una bomba que podría explotar en cualquier momento, una expresión que solamente se borró de su cara en el momento en el que Lucero la hizo marcharse de la cocina.

- Vete a tu cuarto, hija, tu hermano y yo tenemos algo de lo que debemos hablar.

- ¡Oye! ¡No se vale! ¡Quiero saber en qué termina todo esto! - se quejó la escuincla escandalosa, recibiendo de parte de Lucero nada más que una mirada severa con la que logró socavar toda intención que Yolanda hubiera tenido de quedarse en la cocina para escuchar nuestra charla - ¡Es injusto! ¡Y de igual forma los voy a molestar hasta que me digan qué pasó! ¡Groseros! - se fue quejándose, con su taza de café en la mano, mientras Lucero y yo intercambiábamos una mirada significativa al tiempo que me sentaba a la mesa.

- ¡El pasillo no es tu habitación! ¿O sí? - exclamó Lucero, provocando aquel quejido que profirió Yolanda, haciendo que ambos riéramos un poco, antes de que la escucháramos subir las escaleras de una manera innecesariamente ruidosa - supongo que tienes muchas dudas, así que…

- Sí, bueno, entre todos los escenarios en los que se me ocurrió pensar que podrían tener lugar en ese hotel cuando Trina me dijo que iríamos a una recaudación, créeme que una situación como esa no estaba contemplada en ninguno de ellos - comenté, antes de que tomara la jarra de café y una taza limpia y me sirviera un poco.

- Me imagino - respondió, tomándose unos segundos antes de seguir hablando - no me enorgullece que me vieras así, es la verdad, pero al menos me tranquiliza ver que no te volviste loco por ello, aunque sospechaba que no lo harías dada la forma como te comportaste cuando nos encontramos. De cualquier manera, creo que te mereces una explicación al respecto y no tengo ninguna objeción con dártela - comentó, acomodándose luego en su silla antes de que volviera a hablar - verás. No voy a tratar de engañarte diciéndote que esto es algo nuevo, para nada, llevo haciéndolo desde hace un par de años y solo lo hago con personas muy específicas, con clientes de discreción comprobada que sé que no andarán por ahí contando mi secreto, hombres con quienes estoy segura de que pasaré un rato delicioso, con quienes sé que me harán sentir en las nubes, que me someterán y me obligarán a cumplirles sus más perversas y condenables fantasías - comentó la mujer, impregnando su voz con una emoción que poco o nada tenía que ver con la imagen recatada que tuve de ella hasta el momento en el que la vi recibiendo aquel sobre en el hotel - como seguramente ya lo dedujiste, no lo hago por dinero, porque en realidad no es algo que me haga falta, en eso debo decir que tu padre ha cumplido cabalmente con sus obligaciones. La verdadera razón de que venda mi compañía por algunos billetes, tiene que ver más bien con la clase de relación que he tenido con tu padre desde que te apartó de mí, porque a partir de ese momento las cosas cambiaron radicalmente entre él y yo, pues ya no soportaba que me tocara, me molestaba mucho estar cerca de un hombre tan despreciable que se atrevió a alejar a una madre de su hijo, un cambio que en realidad rompió las cosas entre nosotros, pues a pesar de lo mal que ahora está todo con él, por aquellos días yo seguía muy enamorada del capitán, lo amaba mucho, pero ni todo el amor del mundo sería suficiente para perdonarlo por apartarte de mí.

Lucero hizo una pausa un tanto dramática para tomar un gran trago de café, dejando que sus ojos destellaran un brillo de tristeza, antes de que suspirara con fuerza, quedándose callada por algunos segundos para luego continuar hablando.

- Siendo así las cosas, todo se tornó triste y aburrido, porque por si fuera poco el hecho de que ya no te tenía conmigo, de pronto en mi vida marital ya no había emoción, ya no existía amor hacia ese hombre y tampoco sentía ese algo que me hacía esperar a que tu padre llegara los viernes por la noche para hacerme el amor de esa manera tan salvaje como solía hacerlo; no, todo eso se había acabado y yo me sentía cada vez más sola, aburrida y enojada de la vida que estaba llevando al no haber sido lo suficientemente valiente como para obligar a ese maldito a que me dijera donde estabas o… - una nueva pausa detuvo el discurso de Lucero, quien le dio otro sorbo a su café y luego continuó - mis días se redujeron entonces a cuidar de una niña a la que no era capaz de hacer sonreír porque no dejaba de preguntarme por su hermanito y yo no tenía idea de qué decirle, haciendo que cada vez me sintiera más miserable por no tenerte en casa, obligándome a tratar de encontrar algo que me permitiera fugarme de vez en cuando de lo abrumador y a veces insoportable que era vivir sin saber si estabas bien, sin tener un hombre que me hiciera sentir segura y feliz.

- Y me imagino que en ese momento fue cuando Trina entró en la ecuación.

- Así fue. Obviamente yo no estaba bien y ella lo notó, así que un buen día me dijo que fuera a su casa y que llevara a la bebé, me aseguró que había contratado a una nana de primera que la cuidaría mientras nosotras hacíamos nuestras cosas y… bueno, fue ahí cuando supe de su pequeña y peculiar operación que llevaba a cabo con esos chicos guapos que necesitaban dinero y a quienes ella recomendaba con sus amigas. Y claro que al principio todo aquello me dio mucho miedo, porque no me quería ni imaginar lo que el capitán haría si se enteraba de que le estaba poniendo los cuernos, sin embargo, tarde o temprano la monotonía despedazó mi vida y comencé a experimentar con los chicos de tu tía, y es que antes no eran las cosas como ahora que solo tiene un muchacho a la vez, para nada, antes esa chiflada manejaba a dos o tres muchachos al mismo tiempo, los mismos que a veces me atendían solamente a mí, por lo que llegué a divertirme mucho con ellos mientras a tu hermana la cuidaba una nana, claro, eso hasta que tu tía se encariñó tanto de Yoli que de pronto dejó de gustarle la idea de que la cuidara una extraña; pero bueno, me estoy desviando del tema; el punto es que con esos muchachos volví a sentirme viva, porque esos chicos hicieron lo que quisieron conmigo, con ellos conocí lo que se sentía tener a tres hombres metidos al mismo tiempo en mi cuerpo, supe lo que era volver a sentirme como una mujer deseable y esa sensación se convirtió en algo tan importante en mi vida, que de alguna forma creo que estuve a nada de volverme adicta al sexo, porque estoy convencida de que si las cosas hubieran seguido por ese camino, tarde o temprano me hubiera convertido en una fanática de coger con quien fuera que se me parara enfrente; sin embargo, por fortuna, antes de que eso pasara encontré algo que me provocaba mucho más placer que solo coger por coger, algo que trajo a mi vida la dosis perfecta de emoción y satisfacción que tanto necesitaba - explicó, tomándose luego un momento para servirse un poco más de café y darle un sorbo a su bebida, haciendo que yo hiciera lo mismo, no porque sintiera sed, sino porque la boca se me había secado tan solo de escucharla, pues aquella historia me tenía tan impactado como intrigado - cuando empecé con esto, la primera vez que lo hice fue casi como un juego y todo comenzó cuando Trina…

- ¡Pero claro que mi tía también tuvo que ver algo en todo eso! - exclamé sin poder evitarlo. Lucero sonrió y asintió antes de continuar.

- Todo comenzó en una fiesta de tu tía. Yo asistí sabiendo que ahí habría muchos hombres a quienes no conocía, con quienes podría pasar una noche de placer sin compromisos, además de que Trina subió la apuesta considerablemente cuando me dijo que asistirían sus amigos de Francia, un tal Pierre y un tipo que se llamaba Jules, buenos chicos, y eso lo digo en el más extenso y vulgar sentido que pueda tener esa palabra, porque en realidad los dos estaban bastante bien - comentó con un tono soñador, como si el solo recordar a esos tipos le provocara cosas que dudo mucho que pudiera explicar con palabras - en fin, una vez en la fiesta tu tía me los presentó y estuve charlando con ese par durante algunas horas, dejando que los tragos siguieran llegando, bailando de tanto en tanto, sin que nos importara que el tiempo pasara y las cosas se fueran calentando cada vez más, hasta que en algún momento Pierre me platicó que durante un tiempo se dedicó a ser el representante de algunas chicas que ofrecían sus servicios de acompañamiento a gente adinerada de las zonas más exclusivas de París.

- Un proxeneta.

- Básicamente, sí, aunque el término no le agradaba; pero bueno, el caso es que en medio de mi borrachera se me hizo divertido preguntarle qué precio me pondría y él me respondió con algo que jamás me hubiera esperado, me dijo que era imposible saber si valía algo con tan solo mirarme y me aseguró que siempre probaba a sus chicas antes de valuarlas y ofrecerlas a sus clientes. Por supuesto que en cualquier otro momento y viniendo de cualquier idiota, aquel comentario me hubiera puesto como diabla y seguramente hubiera mandado al infierno al imbécil que se atreviera a hablarme de esa manera, sin embargo, teniendo a un hombre tan atractivo enfrente y habiéndome tomado ya algunas muchas copas… bueno, imaginarás que llevarme a la cama no fue una hazaña demasiado complicada - explicó, dándole luego un nuevo y gran sorbo a su café.

Para mí fue algo inmanejable escuchar toda aquella narración e imaginarme a ese tal Pierre penetrando a mi madre en estado de ebriedad, haciéndola gemir, provocándola para revolcarse moviendo las caderas en plena búsqueda de hacer más placentero lo que pasaba entre los dos, creando en mi cabeza una escena que no se detuvo cuando Lucero volvió a retomar la conversación y que por supuesto que comenzó a traducirse en una considerable erección que se apretaba cada vez con más fuerza por debajo de mi pantalón.

- Lo más curioso del asunto fue que, mientras estaba con Pierre, él se comportó como supuse que lo haría con una de sus prostitutas francesas, dándome órdenes con una seguridad que me hizo suponer que daba por hecho que lo obedecería sin cuestionarlo, comportándose como si fuera mi dueño y no como un amante, incluso me golpeó un poco mientras lo hacíamos y… bueno, creo que no debería entrar en tantos detalles contigo, pero lo que me hizo fue increíble, en serio, me encantó cada cosa que hizo conmigo, porque me sentí deseada y principalmente porque hacía mucho tiempo que no experimentaba un placer tan intenso y morboso como el que ese tipo me provocó, y fue asombroso tener entre las piernas a un hombre tan varonil, a un macho de esos que pareciera que no había nada que no pudiera hacer, que logró dominarme, que me obligó a necesitar tener algún indicio de que estaba disfrutando de mi cuerpo, provocando que me sintiera obligada de alguna manera a satisfacerlo, como si para mí no hubiera nada más importante que dejarlo satisfecho, que obligarlo a decirme que era un diamante perfectamente acabado cuando llegara el momento de ponerme un precio. Claro que hay que considerar que seguramente no hubiera llegado a ese punto de humillación de no haber ido tan tomada aquella noche.

- Okey, pero… ¿Cómo pasaste de una noche de placer a…? - le pregunté, sintiendo de pronto la angustiante y desesperada necesidad de saber cómo terminaría aquella historia.

- Esa es la parte más interesante de esto, porque si bien pasé una noche increíble con ese francés, lo que en realidad me hizo perder la cabeza fue el hecho de que, al otro día, cuando me desperté en una de las recámaras de la casa de Trina, él ya no estaba, pero en la mesita de noche había un sobre con unas palabras escritas sobre él que decían: este es tu precio; una frase intrigante que me hizo abrir el sobre y encontrarme con 200 euros dentro. Y claro que en un principio me sentí ofendida y casi grito de la rabia, pero eso solo duró unos segundos, porque luego pensé en todo lo que eso significaba y de alguna manera me puso cachonda el considerar que alguien pudiera estar dispuesto a pagar por estar conmigo, tanto que incluso me masturbé teniendo ese dinero en la mano y… bueno, luego se lo conté a Trina y… en fin, ya sabes cómo es, en menos de una semana ya tenía una lista de clientes y todo listo para iniciar mi… ¿Negocio? ¿Aventura? Y… - Lucero se detuvo por un instante, segundos en los que me contempló como si de pronto no pudiera creer que aquella historia me la estuviera contando justo a mí, al hijo que pasó tanto tiempo alejado de sus brazos - mira, no pretendo que te sientas orgulloso por lo que hago, pero de no haber empezado con todo eso, la verdad es que mi vida hubiera sido bastante miserable, porque de no haberme aventurado en todo este asunto, me hubiera vuelto loca pensando en ti, en si estarías bien, en si me extrañarías de alguna forma y… - la voz se le cortó antes de que terminara aquella frase, de que viera cómo le daba un trago especialmente largo a su café para luego escucharla continuar - el hacerlo no solo le inyectó emoción y un poco de riesgo a mis días, lo cual en realidad me encantaba sentir, sino que además me permitió cobrarme una pequeña venganza en contra de ese gran hijo de puta que es tu padre y, claro, luego de un tiempo comencé a encontrarle otros beneficios a lo que hacía, empezando por la clase de historias que esos hombres llegan a contarme, porque muchos de los que me contratan lo hacen en buena medida por tener alguien con quien hablar, pues no suelen durar más de unos pocos minutos y hay que hacer algo durante el tiempo que estoy con ellos, claro, eso es lo que hace la mayoría, a excepción del hombre que viste hoy, porque ese tipo es excepcional, es un tigre en la cama y me hace cosas que… - Lucero soltó una risilla nerviosa que pronto se convirtió en una discreta carcajada cuando recordó a quién le estaba contando aquella historia, un entendimiento que llegó acompañado de ese color rojizo que adoptaron sus mejillas - lo siento, creo que me dejé llevar más de lo que debería - se disculpó, dejándome con la boca abierta ante la forma como me lo dijo todo, porque en sus ojos podía distinguir ese brillo de lujuria, morbo y la reminiscencia de un deseo que era claro que revivía al contarme lo que hacía, que la hizo lucir radiante en medio de aquella cocina, que hizo que incluso algo tan simple como darle un trago a su taza de café, resultara extraordinariamente sensual - vas a tener que decirme algo para saber qué es lo que estás pensando, porque no tengo idea de cómo interpretar tu silencio - comentó con algo de picardía tras un par de minutos en los que me quedé callado.

- Solo pienso en todo lo que tiene sentido ahora que conozco tu historia.

- ¿Cómo por ejemplo…?

- El que no te molestara lo que hago con Trina, el masaje tan extraordinario que mediste el otro día, la forma tan laxa como parece que todo el mundo entiende todo lo que tiene que ver con el sexo en esta casa y…

- ¿Todo el mundo? - preguntó.

- Sí, bueno, cuando regresé nunca se me hubiera pasado por la cabeza que tendría la clase de relación que tengo con Trina, o que mantendría esta clase de charlas que estoy teniendo contigo, o… - me quedé callado, sin saber qué tanto sabía Lucero de mis acercamientos con Yolanda, hasta que la mujer se rio y meneó la cabeza.

- Y supongo que tampoco imaginaste que Yolanda sería tan desinhibida y poco recatada como lo es ¿No? - comentó, haciéndome reír apenado - sé de sobra quién es mi hija, cariño - expresó sin demostrar ninguna actitud negativa al respecto.

- ¿Yolanda hace lo mismo que tú? Quiero decir…

- No lo sé, pero no lo creo, ella tiene sus propias y muy variadas formas de darle emoción a su vida, y como no le hace falta el dinero, dudo mucho que tenga que hacer algo como eso para emocionarse, además, a ella parece que no le van tanto los chicos como las chicas - comentó Lucero, haciendo que una vez más me hundiera en mis propios pensamientos, antes de que la mujer se levantara, lavara su taza, se secara las manos y luego se acercara a mí, tomándome de la barbilla para hacer que levantara la cabeza - creo que tienes muchas cosas que pensar, cariño, así que te dejaré solo, pero si en un rato necesitas un masaje para que te ayude con esto… - dijo mientras se agachaba un poco y me sobaba el pene, el cual se encontraba muy duro, un detalle del que me había olvidado hasta que Lucero comenzó a tocarme por encima del pantalón - no dudes en pedírmelo. Estaré más que encantada en complacerte - me ofreció, antes de que sorpresivamente me diera un pico en los labios para luego marcharse de la cocina, dejándome ahí sentado, con mi taza de café a medio llenar y una erección tan importante que incluso me dolía al apretarse bajo la tela de mi pantalón, que me incitó a apurar el resto de mi bebida, lavar mi taza y luego subir las escaleras de la casa con la intención de darme un buen baño que me tranquilizara un poco, pues aquella noche ni siquiera el cansancio de un día agotador, parecía ser suficiente como para apaciguar el inmenso deseo que experimentaba al imaginar a Lucero desnuda, siendo penetrada por quién sabe cuantos cabrones que seguramente ya habían pagado por sus servicios en algún momento.

Durante algunos minutos estuve bajo el agua sin hacer nada más que sobarme la verga, imaginando a mi madre desnuda, soñando despierto con una escena en la que ella gemía sin guardarse nada mientras me cabalgaba, apretando mi miembro con sus labios, componiendo una expresión similar a la que Trina mostraba cuando la penetraba, una imagen que me hizo sentir en más de una ocasión cómo toda mi piel se erizaba, que me hizo venir más de una vez sin salirme de esa ducha, sin que pudiera controlar lo inmensamente excitado que me sentía, que capturó mi atención con una intensidad tan grande que ni siquiera noté en qué momento alguien entró en el baño, hasta el instante en el que la cortina fue abierta y una mujer se metió conmigo a la ducha.

- Lo siento, cariño, pero como te tardabas tanto en la bañera, creí que tal vez necesitarías un poco de ayuda - comentó Lucero a mis espaldas, haciendo que tragara saliva, sintiendo casi de inmediato cómo me pegaba los senos por detrás, robándome un suspiro sin que yo atinara hacer algo más mientras ella colocaba sus manos en mi espalda y las deslizaba lentamente hasta llegar a mi cintura, un punto en el que las desplazó con suavidad hacia delante de mi cuerpo para aferrarse con una de ellas a mi miembro, apretándolo con fuerza, acariciándolo, jugando con mi glande, provocándome un placer tan inmenso que me hizo cerrar los ojos y gemir mientras su mano se apoderaba tanto de mi carne como de mi cordura - bendita sea tu juventud, mi amor, después de un día con Trina y de todas las veces que te masturbaste, tu verga sigue estando tan dura como una roca - susurró cerca de mi oído, sin que yo fuera capaz de hacer algo más allá de estremecerme, sonreír y disfrutar de sus caricias - pero sabes algo, mami también necesita lavar su cuerpo, así que ¿Por qué no me ayudas con eso? - me ofreció, provocando que diera media vuelta para encontrarme con esa figura tan hermosa, con ese par de senos que no parecían pertenecer a una mujer con dos hijos y una concha hinchada por la excitación que supuse que Lucero llevaría encima, algo que pude comprobar cuando llevé mis dedos a sus labios, sintiendo ese calorcito tan delicioso que rodeó mis dedos a la vez que los humedecía con sus fluidos - ¡Ahhh! ¿Me creerías si te digo que me puse muy cachonda de solo contarte lo que hice con Pierre? ¡Ahhh! Y ni que decir del momento en que te toqué en la cocina, por poco me arrodillo frente a ti para meterme este pedazo de carne en la boca - susurró de nuevo, con esa sensualidad que impregnaba en su voz y que a mí me hacía delirar de placer, provocando que mi mano volara entre sus piernas mientras mis ojos se perdían en ese par de hermosos senos que temblaban ante los sobresaltos que le provocaba con lo que mis dedos le hacían a su vagina.

- ¿Y por qué no lo haces ahora? Sigue igual o más dura de lo que estaba cuando me tocaste en la cocina - dije sin pensarlo, experimentando una alucinante ansiedad ante la idea de que esa mujer se metiera mi pene en la boca, contemplando la forma como me sonrió en medio de aquellos gemidos que se le escaparon, antes de que acercara su boca a mi cuerpo, de que sintiera cómo sus labios besaban mis hombros, la forma lamía mis pezones y luego recorría mi abdomen con su lengua hasta arrodillarse en aquella bañera, mirándome desde abajo con esa expresión turbada por el morbo y la excitación.

- Estás a punto de saber qué se siente que te hagan una mamada de cinco mil billetes, cariño - comentó, antes de que la mujer a mis pies cerrara los ojos y se metiera mi pene en la boca, de sentir el calor que de ella emanaba, el mismo con el que mi miembro se vio rodeado, de experimentar su lengua siendo el artífice que esa hembra empleó para estimular mi glande, llevándome a gemir, a sentir cómo las piernas me temblaban, obligándome a agarrarme de donde podía para no caerme mientras Lucero se esmeraba en infligirme tanto gozo como pudiera hacerlo, llevándose mi miembro hasta el fondo de su garganta, lamiéndome los huevos con su lengua cuando todo mi pene estaba dentro de ella, sin provocarle arcadas, sin hacer otra cosa que demostrar la maestría que había adquirido con los años, volviéndome loco con esa forma como me arañó el culo con sus uñas, provocando que la tomara de la cabeza y comenzara mover las caderas, sin que ella hiciera nada por evitarlo, dejándose hacer lo que yo quería, sin poner objeciones cuando perdí el control de mí mismo y comencé a embestirle la cara con todas mis fuerzas en medio de aquellos jadeos y gemidos que no dejaban de salir de mi garganta.

- ¡Ahhh! ¡Me voy a venir en tu boca! ¡Ahhh! ¡Ahhh! ¡Por dios! ¡Qué boca tan deliciosa! ¡Ahhh! ¡Ahhh! - grité poco antes de que sintiera cómo mi semen abandonaba mi cuerpo, de que dejara de tomar a Lucero de la cabeza, de sentir cómo ella dejaba salir mi miembro de su boca para escupirle los últimos chorros de semen en su cara, viendo con mucho morbo la manera como mi leche se deslizaba por su hermoso rostro a la vez que ella empujaba algo de ese viscoso líquido por entre sus labios, chupándose los dedos con tanto vicio que me dejó ahí parado como idiota sin hacer nada más que mirar la escena que me estaba obsequiando.

- ¡Qué delicia! - dijo mientras se llenaba las manos de leche y luego se las lamía, haciendo aquello mismo por los minutos que le tomó limpiarse la cara, sin desperdiciar una sola gota de mi semen, abriendo al final los ojos para mirarme con ese brillo de lujuria y morbo que me hizo creer que aquello iría a más, que me hizo excitar de nuevo, sin tener idea de que los planes de Lucero no corresponderían con mis deseos - ¿Sabes algo? Creo que me iré a dormir sin lavarme la cara, será delicioso sentir el aroma de tu leche por todo mi rostro - comentó con una calma asombrosa, saliendo de la ducha en aquel instante, sin decir nada más ni mirarme de nuevo, dejándome como idiota con aquella erección creciente, sintiéndome perplejo ante lo que parecía ser el inicio de algo que deberíamos terminar algún día, pero no esa noche en la que ella había dado todo por terminado, la misma en la que tuve que masturbarme un par de veces más para calmarme, antes de que saliera de la bañera y me metiera en mi cama, rindiéndome a ese sueño profundo en el que caí después de un día plagado de tan intensas y estremecedoras experiencias.

9

El despertador sonó por la mañana y en cuanto abrí los ojos sentí esa oleada de cansancio que me acogía cada día al despertar desde que empecé a trabajar con mi tía, solo que en esa ocasión en particular no parecía haber nadie en casa, pues no se escuchaba el rutinario escándalo de mi hermana ni tampoco el ruido que solía hacer Lucero al estar en la cocina, una sospecha que se confirmó cuando bajé las escaleras y encontré en el comedor un plato con emparedados y una nota que explicaba la ausencia de ambas mujeres.

Buenos días, cariño, espero que hayas dormido bien. Tuve que salir temprano así que te dejé algunos emparedados para desayunar. Ojalá que los disfrutes. Tu hermana también madrugó y no regresará hasta la tarde. No me esperes a cenar, no creo llegar antes de la medianoche.

Con la casa sola y sin mucho que hacer, solamente me quedaba sentarme a comer y dejar que el tiempo pasara hasta el momento en el que tuviera que salir de ahí para reunirme con Trina, minutos en los que no pude dejar de pensar en lo que pasó con Lucero, en lo frustrado que me quedé al no poder coger con ella y lo mucho que deseaba que aquello pasara, algo que de alguna forma también experimentaba con respecto de mi hermana, aunque en su caso el deseo no era tan intenso como el que sentía hacia mi madre.

Tras el desayuno y después de tomar una ducha fría para terminar de despertarme, me alisté para salir de casa, pero justo cuando estaba por pedir un auto, mi teléfono sonó, provocando que mirara la pantalla del móvil y me enterara de que era mi tía quien me estaba llamando.

- Hola, tía, ya estaba por salir a… - le dije, mirando luego el reloj para asegurarme de que no se me hubiera hecho tarde.

- ¡No, no, no! ¡hoy no te quiero ver! - exclamó, con la voz un poco afectada, algo que me hizo preocuparme un poco por el estado de mi tía.

- ¿Estás bien?

- ¡Tengo una resaca insoportable! ¡No debiste dejar que me acabara toda la botella sola! - me reclamó, provocándome una sonrisa mientras me recargaba en una de las paredes de la casa - hoy tendrás una cita con una de mis amigas. Recuerdas a Catalina ¿No? La mujer que organizó la recaudación.

- Sí, claro.

- Pues resulta que le encantó verte, quedó fascinada contigo y quiere que le hagas compañía durante todo el día, así que te mandaré su dirección e irás con ella. Vive en un complejo residencial, por lo que seguramente te van a detener en la caseta de vigilancia. Les vas a decir que vas con la señora Catalina, que eres el chico de mantenimiento - dijo y yo solté una carcajada, porque no se me ocurría una excusa más absurda y evidente para colarme en ese lugar - tú solo dilo y te dejarán pasar - replicó mi tía, riendo un poco antes de que se volviera a quejar del dolor de cabeza - de cualquier manera si tienes algún problema te voy a dar el teléfono de mi amiga para que le llames si el idiota de la caseta se pone difícil ¿Todo entendido?

- Sí, bueno, eso creo.

- Vale, confío en que lo harás bien. Sé sumamente gentil con ella y muy cariñoso, porque la mujer lo necesita, su esposo es probablemente más idiota que el mío, así que hazle muchos mimos y esas cosas, ya sabes cómo hacerlo, solo que esta vez lo harás sin mi ayuda. Y cuando termines llámame para saber cómo te fue ¿De acuerdo?

- Vale, así lo haré.

- Bien, me voy a dormir y tal vez me tome unas pastillas para eso, porque no soporto el dolor de cabeza ¡Dios mío! ¡No volveré a tomar alcohol en mi vida! - exclamó antes de cortar la llamada, segundos previos a que recibiera su mensaje con la ubicación de la casa de su amiga y todos los datos que necesitaba para reunirme con ella.

***

- Nombre y asunto - dijo el guardia en la caseta a la entrada del complejo residencial, hablando en un tono entre cansado y fastidiado, tal vez incluso un poco perezoso, pero sin perder aquella actitud de un tipo malencarado que miró al conductor del Uber con suspicacia.

- Vengo a dejar un pasaje - respondió el chico, haciendo que el sujeto amargado lo observara por unos segundos como si tratara de decidir si aquel sujeto se estaba tratando de burlar de él, antes de que se agachara un poco y me mirara, levantándome una ceja como para hacerme entender que aquella pregunta me la dirigía ahora a mí, pero sin querer pronunciarla de nuevo.

- Vengo con la señora Catalina, soy el chico de mantenimiento - respondí, repitiendo exactamente las palabras que me dijo mi tía que debía decir, observando cómo el imbécil ese ponía los ojos en blanco y le hacía una señal a su compañero para que levantara la pluma.

- ¡Otro chico de mantenimiento! Es el tercero en las últimas dos semanas - comentó con cansancio, casi como si se estuviera quejando, apuntando algo en las hojas que llevaba sujetadas a una tabla.

- ¿Mantenimiento? - preguntó el muchacho que conducía una vez que dejamos atrás la caseta de vigilancia, quien por cierto creo que era algunos años más joven que yo.

- Creo que es la casa de ahí - le respondí, sonriente, señalando una lujosa mansión, ignorando deliberadamente su pregunta mientras veía por el retrovisor la cara asombrada que puso cuando vio a Catalina en la puerta de su casa, vestida con un camisón de seda negra que obsequiaba una imagen muy generosa de sus senos a quien quisiera verla, llevando en su mano una copa de lo que supuse que sería vino, luciendo mucho más hermosa y atractiva de como yo la recordaba.

- Viejo, te daré lo que quieras, si quieres puedes quedarte con mi auto, pero dime ¿Cómo rayos…? - comentó ese tipo con un tono ansioso, como si quisiera tener una respuesta antes de que bajara del auto, como si creyera que si salía de su vehículo perdería la oportunidad de su vida, una actitud con la que me provocó una sonora risa nerviosa mientras le pagaba por el servicio.

- Que tengas una buena tarde - me despedí, observando por un instante la expresión decepcionada que componía.

- ¡Carajo! ¡Esa vieja está buenísima! - alcancé a escucharlo mientras bajaba del auto, antes de que caminara hacia Catalina y ella me recibiera con una gran sonrisa en sus labios.

- Querido, no sabes cuánto me alegra que me visitaras - dijo la mujer antes de extenderme aquella copa - ten, cariño, lo preparé especialmente para ti, bébetelo todo - me indicó y yo la obedecí mientras entrábamos en su mansión, sintiendo un sabor no muy agradable en mi boca cuando me bebí aquella cosa que me dio, componiendo una expresión de asco que no pude reprimir y que a Catalina le provocó una fuerte carcajada.

- ¿Qué me acabo de tomar? - pregunté mientras sentía cómo los músculos de mi rostro se contraían de la misma forma como lo hubieran hecho de haberme bebido un vaso de jugo de limón, sintiéndome a la vez algo preocupado al notar que mi cuerpo comenzaba a calentarse de una manera poco regular.

- Es un coctel especial para ti, cariño, te va a mantener duro durante un par de horas - respondió, soltando una risa estruendosa cuando se encontró con la expresión preocupada que apareció en mi rostro - no te preocupes, bebé, es una infusión de frutas y hiervas poco comunes, pero te juro que no es nada malo. Te prometo que estarás bien - contestó, quitándome la copa de la mano para ponerla en una mesa en cuanto estuvimos en la sala, antes de que se me acercara, de que sintiera cómo se me pegaba, metiendo su pierna entre las mías, haciendo que mi miembro se presionara contra su muslo - eres un chico muy lindo, Omar, y tu tía me contó maravillas de ti, así que, si no te molesta, me gustaría comprobar qué tan cierto es todo lo que me dijo - comentó mientras sentía cómo su mano me apretaba el pene, de una forma firme y sensual, mordiéndose después el labio inferior, dejando que en sus ojos brillara un destello de deseo que había visto muchas veces en Trina justo antes de que nos metiéramos en la cama, mientras observaba mis labios con esa actitud golosa que me hizo saber que quería ser besada, que necesitaba que eso pasara.

- Tienes unos labios muy apetitosos, Catalina - susurré, hablando de la forma como mi tía me enseñó que debía hablarle a una mujer, diciendo las palabras correctas para hacer que Catalina se sonrojara, antes de que soltara una risilla nerviosa, se acercara a mí con la boca entre abierta y comenzáramos a besarnos, al principio, jugando solo con nuestros labios, dejando que ella llevara el ritmo, que me mordiera el labio inferior, que nuestras lenguas coquetearan con timidez, sin dejarnos llevar, como si quisiera que nuestros labios se reconocieran antes de ir más lejos.

Y por supuesto que aquella actitud de exploración fue replicada con lo que hacían sus manos, pues a pesar de que me sintió completamente erecto, ella no se dejó tentar por mi erección, por el contrario, solo lo sobaba con calma por encima de mi pantalón, dejando que su mano se concentrara en distintas partes de mi miembro de tanto en tanto, mientras con la otra acariciaba mi cuello y mi nuca, provocándome un cosquilleo muy rico que en más de una ocasión me hizo erizar la piel, el mismo con el que me fue calentando paulatinamente.

Yo no quise acelerar las cosas porque sabía que intentarlo sería un error, porque quería que esa mujer se sintiera segura conmigo, que se confiara, que de alguna manera creyera que tendría el control de las cosas por completo, que yo no era más que un corderito a expensas de la voluntad de aquella tigresa que jugaba con su comida antes de devorarme; una actitud que le permitió irse soltando de a poco, que con el pasar de los minutos le dio la confianza para dejarse llevar, metiendo un poco más la lengua en el juego que interpretaban nuestras bocas, de una manera tímida, pero deliciosa, acelerando la sensualidad y la pasión con que nos devorábamos hasta que al fin las cosas se pusieron más salvajes, sintiendo cómo succionaba mi lengua con su boca, cómo la mamaba como si de mi pene se tratara, cómo a ratos sacaba toda su lengua para invitarme a hacer lo mismo, restregándolas en movimientos circulares por algunos segundos antes de dejar que nuestros labios volvieran a entrar en juego, llevando las cosas a un punto en el que tuve la certeza de que era el momento de tomar el control, un instante en el que deslicé mis manos por su espalda, llegando al final de aquel camisón que llevaba encima, metiendo mis manos debajo para apretar sus nalgas semidesnudas, provocándole ese gemido que se le escapó en el breve instante en el que nuestras bocas se separaron, en el que me permití observar su rostro y contemplar esa expresión de placer que me hizo sonreír al asumir que estaba justo en el punto donde la quería llevar.

Deslizar su camisón hacia arriba se sintió tan natural que ella solamente levantó las manos para dejar que la desnudara, dejando ese par de estupendos senos a la vista, con sus areolas de color café claro y esas tetillas ligeramente alargadas que me tentaron a metérmelas en la boca para succionarlas mientras apretaba un poco sus senos con mis manos, sintiendo cómo ella acariciaba mi nuca mientras gemía y respiraba con una agitación que para nada resultaba natural, una respuesta biológica que se hizo más intensa cuando comencé a recorrer uno de sus pezones con mi lengua, deslizándolo sobre su areola, acariciando su tetilla con cuidado, jugando a veces con la punta, sintiendo ese sabor delicioso que escapaba de ella, algo que de alguna manera le agregó a la situación el morbo que condimentó lo que ocurría entre nosotros de la manera perfecta, mientras llevaba mi boca a su otro seno y le daba el mismo tratamiento que al primero, claro, sin dejar a solas a esa teta que ya habían conocido mis labios, pues me dedique a presionar su tetilla entre mis dedos usando mi saliva como lubricante para provocar que esa mujer gimiera con más intensidad en la medida en que los minutos avanzaban y ella se iba poniendo cada vez más cachonda.

- ¡Ahhh! ¡Cariño! ¡Ahhh! ¡Ahhh! ¡Qué boquita tan traviesa! ¡Ahhh! - exclamó mientras sentía cómo se aferraba de mi cabello, lastimándome un poco, permitiéndome entender que estaba perdiendo el control de sus actos, que en aquel momento podría hacerle lo que quisiera y no se negaría a nada de lo que me viniera la gana intentar con ella.

Sin decirle nada, enderecé mi cuerpo, la tomé de los hombros y la hice dar media vuelta, obligándola de inmediato a inclinarse sobre uno de los sillones que componían la sala, observando cómo sus manos y sus piernas temblaban ante la excitación que estaba experimentando.

- ¡Ahhh! ¡Métemela! ¡Ahhh! ¡Lo necesito! - gritó con un tono ligeramente enloquecido, sin embargo, aquello que me pedía no era parte del plan y no estaba dispuesto a cambiar en lo más mínimo aquello que pretendía hacerle.

- No lo haré, no aún ¿O acaso tienes prisa? - le dije con firmeza mientras tomaba los elásticos de sus bragas y los deslizaba hacia abajo, contemplando lo hinchados que tenía los labios de su vagina, sintiendo lo húmedas que se encontraban sus bragas mientras percibía ese olor a hembra al que le había agarrado un gusto particular después de todas las porquerías que ya había hecho con mi tía.

- ¡Ahhh! ¡Ahhh! ¡Ahhh! - gimió ante el sutil toque que le di a sus labios con uno de mis dedos, deslizándolo por toda su raja con una lentitud que pareció enloquecerla de placer, que la hizo perder la fuerza de sus brazos y enterrar la cara en el sillón en el que estaba recargada.

- Estás empapada, Catalina, me muero por conocer tu sabor - susurré, antes de que le pasara la lengua por entre los labios, haciendo el mismo recorrido que hice antes con mi dedo, recogiendo en el camino una buena cantidad de sus fluidos, sintiendo cómo temblaba de pies a cabeza mientras lo hacía, antes de que le metiera la lengua en la vagina, de que sintiera cómo se tensaban sus músculos, de que estirara la lengua para alcanzar su clítoris mientras mis manos le apretaban las nalgas y la garganta de esa mujer se deshacía en gemidos de un placer necesitado, expresando una lujuria que no había contemplado ni siquiera en mi tía Trina en alguna de todas aquellas veces que la hice mía.

Escupir entre sus nalgas fue el siguiente paso de mi plan, de la misma forma como lo fue el comenzar a aflojar el culo de esa mujer tan sensual, sin que ella se negara, sin que diera el más mínimo indicio de no querer hacerlo, mientras mi lengua se volvía loca con su coño y los dedos de mi mano libre se metían en esa concha que estaba ardiendo por dentro, cuyo calor incluso llegué a sentirlo en mi rostro, una sensación que logró cautivarme por un instante, que de alguna forma despertó algún demonio lujurioso en mi interior, provocando que su clítoris conociera lo ágil que podía moverse mi lengua mientras su coño se contraía para apretar aquellos dedos que lo penetraban, de una forma similar a como lo hizo su ano cuando al fin pude meterle un par de mis dedos.

- ¡Ahhh! ¡Ahhh! ¡Omar! ¡Ahhh! ¡Para! ¡Me voy a correr! ¡Ahhh! ¡Para! ¡Por favor! ¡Ahhh! ¡Ahhh! ¡Ahhh! - me suplicó pero yo la ignoré, antes de notar cómo explotaba en un orgasmo, viendo con morbo y curiosidad la forma como un chorro de líquido abandonaba su cuerpo mientras ella se sacudía de una manera incontrolable, llevándose la mano al coño para impedirme que la siguiera estimulando, tirándose en el sillón boca abajo mientras se revolcaba de un placer agobiante, reaccionando de una forma que resultó un poco angustiante para mí, pero que me hizo sentir en las nubes al saber que yo había tenido mucho que ver con aquel resultado - ¡Ahhh! ¡Lo siento, Omar! ¡No puedo controlarlo! ¡Yo…! ¡Por favor…! - exclamó con un tono aterrado, develando una angustia que me confundió mucho, porque en un principio no entendí por qué se estaba disculpando, hasta que de pronto vi una foto de ella con su marido, ubicada en una mesita de aquella sala y se me ocurrió que quizás ese imbécil tenía algo que ver con que aquella mujer tan asombrosa reaccionara de esa manera.

- No tienes nada de que disculparte. Eso fue asombroso - le dije mientras me desnudaba, un minuto antes de que me abalanzara sobre ella, colocándome entre sus piernas, dejando que mi verga coqueteara con sus labios, que se enterrara tan solo un poco en su vientre, sintiendo cómo esa vagina aún palpitaba, experimentando lo mojada que se encontraba mientras le lamía los hombros y ladeaba un poco su cuerpo para meter mis manos bajo sus tetas y sobárselas, sin dejar de hacer que sus labios se abrieran un poco para recibir solamente mi glande en su interior - y si alguien te dice lo contrario, seguramente es un imbécil que no vale un segundo de tu tiempo - le aseguré, penetrándola justo en el instante en el que terminé de hablar, sintiendo cómo los músculos de su concha se apretaban alrededor de mi pene, dándome la bienvenida a la vez que mis oídos se deleitaban con ese gemido largo, rasposo y delicioso que me obsequió cuando al fin me sintió por completo adentro de su coño, antes de que mi mano se deslizara por entre sus piernas y uno de mis dedos comenzara a dibujar círculos alrededor de su clítoris, provocando que ella parara un poco el culo, que aflojara su cuerpo, que empezara a mover las caderas para obligarme a penetrarla, para forzar ese vaivén enloquecedor que me llevó a apretarle su seno y acelerar los movimientos de mis dedos en su botón de placer, acompañando muy pronto el movimiento de su trasero con el vaivén de mis caderas, lamiéndole el cuello, jadeando cerca de su oído, sintiendo cómo ella se estremecía en cada ocasión en que mi pene se alojaba por completo en su interior, dejándome que llevara las cosas a un ritmo delicioso con el cual la llevé a un nuevo orgasmo en un par de minutos, antes de que me cansara de ser un chico bueno para esa mujer, de que la reacomodara en el sillón completamente boca abajo y pusiera mis manos en su espalda.

- Es mi turno de volverme un poco loco - le susurré, sintiendo cómo ella abría un poco más las piernas, llevando sus manos a su trasero para abrirse las nalgas sabiendo lo que se aproximaba, gimiendo con fuerza cuando me sintió entrando en su trasero, tensando los músculos de todo su cuerpo mientras me metía en sus entrañas lentamente, dándole el tiempo necesario para que se acostumbrara mi tamaño una vez que le llené el ano, quedándome quieto hasta que fue ella quien empezó a moverse, dándome la señal que necesitaba para hacer lo mismo, para iniciar ese vaivén que muy pronto comenzó a degenerarse en movimientos más fuertes, permitiéndome ir cada vez más allá cuando noté que no era ajena a esa clase de trato, un hallazgo que me hizo cogérmela de la manera más brutal y salvaje como pude hacerlo, sabiendo que estaba tan lubricada que aquello sería una experiencia deliciosa para ella, deleitándome con ese aplauso sensual que producía mi cuerpo al reventarle el trasero, acompañando esa percusión corporal con el gutural sonido que escapó de su boca en cada ocasión en que la embestí hasta que al fin me vine dentro de ella, quedándome muy quieto con la verga enterrada al fondo de sus entrañas, abrazándola, acariciando sus senos mientras le daba besitos en el cuello y las mejillas, antes de que lentamente me deslizara fuera de ella, de que la escuchara suspirar y sonreír, de que girara su cuerpo para recostarse boca arriba y mirarnos a los ojos, sonriendo, disfrutando de ese momento tan delicioso que acabábamos de compartir.

- Por lo general Trina suele ser un poco exagerada con sus chicos, pero creo que contigo se quedó un poco corta, eres increíble cariño - dijo con una voz soñadora, antes de besarme, metiéndonos lengua en todo momento, acariciando nuestros cuerpos desnudos y humedecidos por el sudor, dejándonos llevar hasta que un sobresalto la acogió cuando escuchó la puerta de su casa al abrirse - ¡Carajo! ¡Qué demonios está haciendo aquí! - exclamó, empujándome, haciendo que me levantara de inmediato al notar que algo malo estaba pasando, una sospecha que se confirmó cuando un hombre apareció en la sala, fulminándome con la mirada, viendo luego a Catalina con una ira tan intensa que incluso me hizo temer por ella, al menos hasta que vi la expresión asesina que mi clienta compuso, una que me dio mucho más miedo que la que aquel tipo me dirigió.

- Lo siento, cariño, por hoy hemos terminado. Vístete por favor - me indicó y yo la obedecí sin cuestionarla, teniendo que soportar un momento tan incómodo como el que suponía vestirme frente al esposo de esa mujer, quien en aquel momento sacó un sobre de un cajón de la mesa de centro de su sala para dármelo cuando al fin terminé de ponerme la ropa - ten, cariño, lamento que tengas que irte tan pronto, pero creo que tendré una plática con mi esposo- me dijo, sin mirarme, sin retirar la vista de su marido, dejándome claro que tenía que irme, algo que hice después de que tomara el sobre, poniéndome muy alerta al saber que tendría que pasar a un lado de ese hombre, temiendo que quisiera golpearme o algo como eso, una suposición que confirmé de inmediato cuando ese tipo trató de darme un puñetazo en la cara, nada que no pudiera esquivar, logrando con ello que ese imbécil trastabillara y estuviera a punto de caerse de no ser porque alcanzó a agarrarse de la pared, sin que yo hiciera nada más que salir de aquella casa, encontrándome a tres tipos que me miraron como si quisieran matarme, nada que no hubiera vivido ya miles de veces en ese estúpido colegio militar donde me vi obligado a lidiar con esa clase de idiotas durante más de una década, aunque no niego que una vez que los dejé atrás, fui apretando el paso un poco a cada minuto que me alejaba de ellos, pues si bien los golpes y el maltrato no era algo a lo que le temiera, no era tan estúpido como para pensar que podría ganarles en una pelea a tres tipos entrenados para hacer mucho daño a personas que se metieran con el hombre que pagaba sus sueldos, justo de la manera como acababa de hacerlo con el esposo de Catalina.

- ¡Hey, amigo! ¡Por aquí! - gritó el chico que me llevó hasta ese lugar minutos atrás, haciendo aspavientos al otro lado de la pluma que vigilaban aquellos guardias perezosos, provocándome una cierta sensación de alivio cuando vi una cara conocida, y más al considerar que tenía un auto en el que me podría sentir un poco más seguro mientras me llevaba de vuelta a casa - cuando iba saliendo escuché que el tipo de la caseta hablaba con alguien y le dijo que había llegado otro chico de mantenimiento - me explicó una vez que me subí en el auto y comenzó a avanzar de camino a mi destino - como estaba hablando con el altavoz activado, escuché que el sujeto al otro lado de la línea le dijo que regresaría de inmediato, así que supuse que necesitarías una mano si tenías que escapara de aquí, aunque por lo que veo, no pareces haber tenido que correr ¿O sí?

- No, no en realidad, pero gracias por quedarte, me has sacado de un buen aprieto.

- No es nada, pero sí quiero que me digas cómo le haces, porque trabajar todo el día con el culo metido en este auto no es algo tan grandioso como lo que tú haces, y quiero lo que tienes, o al menos tener una idea de por dónde debería empezar - comentó, haciéndome reír un poco antes de que le diera una clase exprés contándole todo lo que me enseñó mi tía, algo que dudaba que cambiara en algo la realidad de ese sujeto, pues por mucho que lo intentara, jamás podría transmitirle la clase de conocimiento que Trina me brindó al enseñarme todo aquello con su cuerpo; aunque admito que hablar de eso me ayudó a tranquilizarme, a pesar de que la erección que llevaba bajo el pantalón no cedió ni siquiera un poco.

- ¡Caray, amigo! ¡Tu vida suena fantástica! Aunque creo que si quisiera dedicarme a una cosa como lo que haces, tendría primero que bajar unos kilos y… bueno, no hace daño soñar ¿No? - comentó en plan resignado mientras estacionaba el auto afuera de la casa de Lucero.

- Sí, bueno, eso ayudaría - comenté, sintiéndome muy agradecido con ese hombre, sacando algunos billetes de aquel sobre que Catalina me dio para pagarle, añadiendo un poco más de dinero de lo que me costaría normalmente aquel viaje, pues el hecho de que se hubiera quedado a esperarme parecía haberme evitado un gran problema.

- Gracias por la propina, amigo. Suerte con tu nuevo negocio - comentó con amabilidad, estrechando mi mano antes de que me bajara del auto, de que entrara a la casa y escuchara un caos de gemidos y crujidos de cama que provenían de la planta alta, gemidos que logré identificar como provenientes de mi hermana, que me hicieron subir las escaleras con sigilo para que no delatara que había regresado a casa, llegando a su habitación en unos pocos segundos, encontrando su puerta entre abierta, llevándome una gran sorpresa cuando contemplé aquella escena que estaba interpretando mi hermana, la misma que solo me hizo recordar la erección que tenía bajo el pantalón, un hecho que me hizo considerar lo que haría a partir de ese momento, porque podría atenderme solo, o quizás…


© Jane Cassey Mourin