Incest
May 31

Lucero: trabajo de verano 1

Era un deleite para la vista contemplarla caminando hacía mí, atravesando la habitación con ese andar tan insinuante, llevando encima nada más que un diminuto camisón y aquellas bragas tan seductoras que me hacían perder la cabeza, dejando salir esa risilla con la que me invitaba a mirarla y apreciar su rostro mientras me sonreía, mirándome de esa forma astuta y lasciva, haciendo gala de toda la coquetería que era capaz de desplegar en cada uno de sus gestos y cada uno de sus movimientos.

La piel se me erizó cuando la vi colocando una de sus rodillas sobre las cobijas, cuando la sentí acariciando mi pierna con las yemas de sus dedos, provocándome un estremecimiento que recorrió todo mi cuerpo e hizo que mi erección se pronunciara aún más, llevándome a enloquecer en la víspera de lo que estábamos por hacer, de compartir otra noche en la que seguramente no dormiríamos mucho, porque no era muy sencillo quitarnos las manos de encima cuando estábamos solos.

Un risa nerviosa e incitante escapó de su boca al contemplar la embelesada manera como la miraba, porque era demasiado hermosa como para permitirme siquiera parpadear mientras esa espectacular hembra gateaba sobre la cama, mirándome con tanta intensidad que me era imposible desviar la mirada de sus ojos salvo por aquellos breves momentos en los que me atrevía a echar un vistazo a ese par de hermosos senos que parecían querer saltar por el atrevido escote de su camisón, una insolencia que la hizo reír antes de pasarme una pierna por encima de mi cuerpo y dejar que su trasero se acomodara sobre mi miembro, robándome un gemido con tan solo sentir la presión que ejercía sobre mi erección, sonriéndome de esa forma con la que me llevaba al borde de perder el control de mis impulsos y lanzarme sobre ella para apresurar el momento en el que por fin hiciéramos el amor.

- Eres un chico muy travieso, cariño - susurró cerca de mi oído, irguiéndose después para dejar que mi cara se hundiera entre ese hermoso par de senos precariamente cubiertos por esa renda que se transparentaba para dejarme admirar sus pezones, elevando al máximo mi temperatura, invitándome a tomar sus tetas con mis manos para apretarlas, para sentir cómo se estrujaban entre mis dedos hasta que la tentación pudo conmigo y saqué esas deliciosas masas de carne de su encierro para llenarme la boca con ellas, sintiendo la dureza de sus pezones en contacto con mi lengua, disfrutando de ese fluido que salía de sus pechos dispersando un sabor delicioso que hacía de aquel momento algo mucho más morboso.

- ¡Ahhh! ¡Así, bebé! ¡Ahhh! ¡Lo haces muy bien, cariño! ¡Ahhh! ¡Ahhh! ¡Cómeme! ¡Cómeme! ¡Ahhh! - expresaba, con sus senos en mi boca mientras movía sus caderas para dejar que su sexo se rozara con el mío, sintiendo esa fricción deliciosa que era mediada por sus bragas y los bóxers que yo aún llevaba puestos, disfrutando de esa sensación que me hacía querer más, que me impulsaba a hacer a un lado sus bragas y penetrarla, pero sin dejarme llevar por ese instinto al saber que la espera valdría la pena, al mirar arriba y ver esa expresión apretada en su rostro que me decía que estaba haciendo bien las cosas, que la estaba llevando al punto exacto de excitación donde la haría abrir los ojos y rogarme para que la penetrara, para que le hiciera el amor como tantas veces ya se lo había hecho en esa misma cama.

- Ven aquí, quiero meterte la lengua hasta la garganta - expresé, sintiendo cómo ella se retorcía para cumplir mi capricho, dejando que sus labios y los míos se encontraran, iniciando esa deliciosa y apasionada batalla de lenguas donde nos comimos las bocas sin que ella se permitiera dejar de mover las caderas, gimiendo entre mis labios, dejando que su mano se deslizara por mi cuerpo hasta llegar a mi miembro y empezar a sobarlo, apretándolo, sacándolo de su encierro para usar mis propios fluidos en la tarea de acariciarme de esa manera tan adictiva como solo ella sabía hacerlo, con la que me hizo tensar los músculos de todo mi cuerpo y gemir en su boca, experimentando la enloquecedora forma como sus dedos jugaban con mi glande, logrando que fuera yo quien renunciara a sus labios, incitándola a que volviera a erguirse para que le comiera los senos una vez más, provocando aquellos gemidos que hicieron explotar su garganta, sin que nos importara que mi hermana pudiera escucharnos, pues para ese momento, lo que hacíamos por las noches había dejado de ser un secreto.

- ¡Ahhh! ¡Bebé! ¡Hazlo ya! ¡Ahhh! ¡Quiero tenerte dentro, mi amor! ¡Ahhh! ¡Quiero me hagas tu mujer, una vez más! ¡Ahhh! ¡Ahhh! - me suplicó, usando las palabras correctas para tentarme a perder el control mientras metía su mano entre sus piernas para hacer sus bragas a un lado y luego acomodar mi miembro entre sus labios, dejándose caer despacio sobre mi cuerpo, enterrándose me sexo poco a poco, permitiendo que mi carne se deslizara con mucha suavidad en su interior, explotando en gemidos mientras sentía ese dulce y apretado abrazo con el que me recibía en su vagina, sin renunciar al placer de comerme sus senos, ni siquiera cuando comenzó a mover las caderas para que hiciéramos el amor al ritmo con el que a ella le apetecía hacerlo.

- ¡Ahhh! ¡Me encanta estar dentro de ti! ¡Ahhh! ¡Ahhh! ¡Me vuelves loco! ¡Ahhh! - exclamé, provocándola para mover el trasero como ella sabía que me gustaba, haciendo que me mirara con esa pervertida expresión de deseo turbada por la excitación que corroía hasta el más ínfimo rincón de su cuerpo, dejando que su boca y la mía volvieran a encontrarse para darnos un beso atrevido y vulgar, disfrutando de ese roce tan delicioso que ocurría cuando nuestras lenguas se encontraban y bailaban al ritmo que nuestros gemidos dictaban, incitándome a dejar esa actitud pasiva a un lado, a derribarla sobre la cama para penetrarla a mi antojo, tomándola de sus muñecas con mis manos para colocarlas sobre su cabeza, induciendo en ella esa sensación de sometimiento que tanto disfrutaba sentir cuando tomaba las riendas de lo que hacíamos en la cama, llevándola de esa manera al punto justo donde gemía y se retorcía como loca en medio de esa placentera desesperación que le inducía al limitar sus movimientos, al dejarla expuesta por completo a mis deseos.

- ¡Ahhh! ¡Ahhh! ¡Ahhh! ¡Me vengo! ¡Ahhh! - gritó enloquecida de la misma forma como lo hacía cada noche en la que la poseía, invitándome a penetrarla con más fuerza, a dejar que mis caderas volaran para sacudir su humanidad sin compasión, sin darle un respiro mientras las contracciones de su vagina me indicaban que estaba teniendo un orgasmo muy intenso, uno que le provocaba esos espasmos que yo aprovechaba para llevarme a mí mismo a la cima del placer y enterrarle todo mi miembro hasta el fondo de su concha en el momento justo para inundar su vientre con mi semilla, buscando de inmediato su boca para fundirnos en ese beso apasionado que solo terminó cuando nuestros orgasmos se desvanecieron y abrimos los ojos para mirarnos, sonrientes, sudorosos y agitados.

- Me encanta estar así contigo, Lucero - le susurré, desafiando su paciencia al llamarla por su nombre, haciendo que se riera mientras me daba una palmada en el trasero a modo de regaño.

- Odio que me llames por mi nombre ¿Acaso te cuesta mucho trabajo decirme mamá?

Algunas semanas atrás

- Debe sentirse bien volver a ver a tu mamá y a tu hermana después de tanto tiempo, ¿No? - preguntó Alonso, uno de mis compañeros y un buen amigo del colegio militar, mientras recogíamos nuestras maletas en la banda corrediza del aeropuerto.

- No lo sé, la verdad no había pensado mucho en eso, pero ahora que lo mencionas, creo que no me provoca nada especial la idea de volver a verlas; supongo que es normal que me sienta así puesto que no he vuelto a ver a Lucero ni a mi hermana desde que el capitán me sacó de la casa y me metió al internado, y eso pasó cuando tenía seis años, así que tanto una como la otra se han convertido en personas desconocidas para mí y… bueno creo que por esa razón no estoy particularmente emocionado de verlas, además, si he de ser honesto contigo, ni siquiera creo que vengan a recogerme.

- ¡Vamos! ¡No seas rencoroso! ¡Son tu familia! ¡Algo debes sentir al reencontrarte con ellas! - comentó mi amigo, haciendo que sonriera con pesar, sintiendo un atisbo de la tristeza que experimenté durante aquellos primeros años en los que viví en el internado militar, un sentimiento que para aquel entonces ya había superado, después de que desde años atrás me hubiera hecho a la idea de que había perdido a mi familia.

- Sí, eso supondría uno, pero… - suspiré - viejo, durante los quince años que estuve en ese internado solamente hablé con Lucero cuando el capitán me visitaba y me daba su celular para saludarla, lo cual pasó menos de diez veces en quince años, así que ¿Cómo se supone que pueda entusiasmarme por ver a una mujer que se desentendió por completo de mí y que no hizo nada ni siquiera para al menos saber que estaba bien? - le respondí, con una voz tranquila, haciendo una declaración de hechos que ya no iba cargada de la clase de sentimientos y dolor que llegué a experimentar años atrás.

- Bueno, en realidad no puedes saber si tu mamá hizo algo o no para saber cómo estabas y estoy seguro de que en eso tuvo mucho que ver tu padre, porque si no recuerdo mal, la razón de que te enviara al internado militar fue porque decía que de esa forma ibas a ser un mejor soldado, que esa era la manera como los hombres formaban el carácter, así que no creo que sea justo que juzgues a tu madre de una forma tan dura, porque en realidad no puedes estar del todo seguro de cómo pasaron las cosas - expresó, tratando inútilmente de cambiar una perspectiva que se había fortalecido con el pasar de los años, con cada día que no recibía una llamada de mi madre y cada navidad que tenía que cenar con los oficiales que se quedaban a cargo de los pocos chicos que pasábamos las fiestas en el internado.

- Bueno, con respecto del capitán tienes razón, es un imbécil que vendería a su madre si con ello le dieran una medalla, pero con respecto de Lucero… no lo sé, hermano, ¿Qué tan difícil puede ser tomar al teléfono y hacer una llamada? - respondí, mientras veía la hora en mi reloj de pulso.

- Viejo, deberías darle una oportunidad a tu madre, al menos deberías dejar que te dé una explicación, que te cuente su versión de lo que pasó, de lo contrario… bueno, es que si no quieres recuperar algo del tiempo que te alejaste de tu familia, entonces no entiendo cuál es la razón de que aceptaras regresar con ellos.

- En realidad nunca estuvo en mis planes ir a la casa de Lucero, porque como ya te lo dije, estoy seguro de que nadie va a venir por mí, porque estoy convencido de que esa llamada no fue otra cosa que el resultado de un arranque de ira por alguna pelea que tuvo con el capitán, donde la hizo perder el control y decidió hablarme para hacer enojar a ese idiota. No creo que en algún momento haya tenido la intención real de que pasara el verano en su casa y para ser honesto, tampoco quiero encontrarme con el imbécil de mi padre todos los días. Además no necesito de su ayuda, porque con el dinero que tengo ahorrado puedo permitirme rentar un cuarto durante el verano mientras trabajo para pagarme la universidad.

- No lo sé, viejo, toda la historia de tu madre suena extraña, porque ¿Qué clase de persona podría desentenderse de esa manera de su hijo? Deberías hablar con ella y… bueno, quién sabe, tal vez te esté esperando en el área de llegadas, quizás estés a punto de llevarte una sorpresa - comentó, en lo que interpreté como un intento por revivir alguna clase de esperanza que en realidad había muerto muchos años atrás. Yo solo dejé salir una risilla antes de responderle.

- No, hermano, hace mucho tiempo que dejé de creer en los milagros. Además, creo que estaré bien por mi cuenta, llevo mucho tiempo soñando con el momento en el que pudiera deshacerme del capitán, porque me cansé de que mi vida estuviera planeada por ese imbécil, y supongo que, si pude soportar todos estos años yendo por mi cuenta y rodeado de patanes como tú, mantenerme por mí mismo será pan comido - Alonso se rio con ganas cuando escuchó aquellas palabras.

- ¡Eres un imbécil! Pero si te soy franco, me sorprendió mucho que el capitán accediera a que pasaras el verano en casa después de que le dijiste que abandonabas. Debió haber estado furioso cuando se enteró de que te marchabas a dos años de concluir tu instrucción profesional - aquel comentario dibujó una enorme sonrisa en mi rostro - ¡Hijo de puta! ¡Al menos deberías aparentar que no lo estás disfrutando tanto! - exclamó, provocando que los dos riéramos mientras caminábamos por aquel pasillo del aeropuerto que nos llevaría al área de llegadas, donde la familia de Alonso seguramente lo estaría esperando con ansias.

- En realidad él no lo aceptó, el capitán imbécil me dijo que no quería verme en casa, que después de desperdiciar tantos años de educación, para él ya estaba muerto. Enfureció cuando se dio cuenta de que pasé estos quince años esperando a cumplir los veintiuno para poder firmar mi baja voluntaria. Seguramente me hubiera tratado de golpear si hubiera estado frente a mí cuando lo llamé desde la oficina del teniente, y por supuesto que desde ese momento empecé a planear a dónde iría y cómo le haría para ganarme la vida; sin embargo, a los dos días de que discutí con él, me habló Lucero y me dijo que me vendría a recoger y que pasaría el verano en su casa y… bueno, pensar en lo que pudo hacer para convencer a mi papá creo que es inútil, porque sigo creyendo que aquello solo fue un ardid para hacer enojar a ese viejo estúpido.

- Ya me imagino la cara del capitán cuando la escuchó hablando contigo - comentó y ambos reímos de nuevo - pero a diferencia de lo que tú crees, yo no desecharía tan pronto la posibilidad de que tu madre quiera tenerte en casa. Debe estarse muriendo de ganas por ver de nuevo a su hijo y dudo mucho que todo esté perdido con tu familia, porque si no fuera así no se hubiera atrevido a confrontar a tu padre para que pasaras el verano con ella ¿No lo crees? - comentó, insistiendo una vez más con esos intentos de cambiar de alguna manera mi forma de pensar al respecto.

- No, para nada lo creo, y de cualquier forma, si es verdad que lo enfrentó ¿No crees que pudo hacerlo hace 15 años cuando ese desgraciado me fue a tirar al internado para olvidarse de mí? - le pregunté, sonando mucho más sombrío de lo que pretendía sonar, mientras salíamos de aquel corredor que desembocó en el área de llegadas del aeropuerto, donde Alonso se detuvo para darme un gran abrazo.

- Viejo, trata de pensar las cosas de otra forma, al menos dale la oportunidad de escuchar su historia, porque de verdad que no creo que todo pasara como crees que pasó, hay muchos huecos de información en todo eso - insistió por última vez, mirándome con algo de seriedad hasta que dejó salir una risilla y negó con la cabeza, seguramente entendiendo que nada de lo que me dijera me haría cambiar de opinión - eres tan terco como tu estúpido padre - bromeó -pero de cualquier forma, te deseo mucha suerte, amigo, espero que lo logres por tu cuenta y que le demuestres a ese hijo de puta que eres mucho más fuerte de lo que cree; y sabes que siempre puedes contar conmigo si necesitas algo, así que llámame si las cosas no salen como lo planeaste, aunque, si todo termina por irse al carajo, al menos espero que le puedas dar un buen puñetazo en la cara a ese idiota, créeme que si lo hicieras te convertirías automáticamente en el héroe de nuestra generación - dijo, haciendo que ambos riéramos durante algunos segundos - cuídate mucho, hermano. Te extrañaremos - se despidió, estrechando al final mi mano para luego tomar sus cosas y dirigirse a un pequeño grupo de personas que lo recibió con mucho entusiasmo, donde una chica pelirroja y muy linda lo besó en los labios, creando una escena que me hizo sonreír al saber lo bien que lo pasaría mi amigo durante las vacaciones, a pesar de ese atisbo de envidia que sentí cuando contemplé lo felices que se veían esas personas al recibirlo, porque hubiera querido tener una familia como esa, que me quisiera lo suficiente como para recibirme de esa manera tan afectuosa, tener una novia que me mirara con tanto cariño y deseo como lo hacía su chica y gozar de una vida que no tuviera nada que ver con uniformes, armas y esa estúpida disciplina militar que aprendí a odiar después de tantos años.

Sí, aquellos pensamientos resultaban un tanto deprimentes al considerar que era imposible lograr de la noche a la mañana algo como lo que tenía Alonso, sin embargo, el recordarme a mí mismo que estaba empezando un nuevo camino en el que andaría por la vida bajo mis propios términos, fue lo que me hizo levantar la cabeza y reanudar mi andar por el aeropuerto en dirección a la salida, sin mirar a mi alrededor, sin esperar nada de ninguna persona, sintiendo ese algo tan emocionante que me provocaba el saber que por fin estaría por mi cuenta, que podría estudiar lo que yo quisiera, que tendría la oportunidad de convertirme en cualquier cosa que me viniera en gana, una idea que me hacía sentir entusiasmado, que me cautivó de una manera tan inmersiva en el mundo de mis propios pensamientos que no pude evitar sobresaltarme cuando escuché a una mujer pronunciando mi nombre a mis espaldas, estando a tan solo unos pocos metros de que cruzara la puerta de salida del aeropuerto.

- ¡¿Omar?! ¡¿Eres tú, hijo?! - escuché, deteniéndome de inmediato, siendo asaltado por la sorpresa que me provocaron aquellas palabras, quedándome de pronto muy quieto, tratando de convencerme de que tal vez le estaban hablando a otra persona, porque era imposible que Lucero hubiera ido por mí, que se hubiera presentado en el aeropuerto como si nada después de todos los años en los que no le importé lo suficiente como para levantar el teléfono y hablar conmigo al menos para saber si estaba bien; no obstante, fue la curiosidad y alguna especie de esperanza que brotó desde la parte más oscura de mi lama, lo que me hizo mirar hacia atrás, encontrándome con aquella mujer que me habló, una que en realidad no fui capaz de reconocer, quien para mí resultó ser una completa extraña, una desconocida que ha decir verdad era muy hermosa, tanto como para hacerme dudar que en realidad se tratara de mi madre, porque además no parecía ser mucho más grande que yo.

Quedarme parado y esperar a que esa mujer dijera o hiciera algo más, fue lo único que hice mientras la miraba caminar hacia mí, contemplándome con la misma intensidad que una persona observaría a alguien que creyó muerto, recorriendo mi cuerpo con su mirada como si no diera crédito a lo que veía, dejando que sus ojos se poblaran de lágrimas mientras avanzaba en mi dirección hasta quedarse quieta a tan solo un metro de mí, sin lograr que yo reaccionara de alguna forma pues me resultaba inverosímil pensar que esa mujer que me miraba, fuera la misma que se desentendió de mí durante los últimos quince años de mi vida.

- ¿Eres Lucero? - le pregunté cuando el silencio se prolongó tanto que resultaba ridículo permanecer callado, soltando aquella pregunta porque en realidad no supe qué más decirle, provocando que esa desconocida frente a mí me sorprendiera al componer una expresión con la que me hizo entender lo mucho que aquellas palabras le dolieron, llevándome a suponer que, a pesar de todo, no le resultó sencillo que su propio hijo no la reconociera, que la llamara por su nombre en lugar de decirle mamá.

Lucero asintió con movimientos lentos de cabeza, antes de que yo suspirara con pesar, tratando de controlar todo ese caos de sentimientos nada gratos que comenzaron a hacer mella en mi tranquilidad, porque era verdad que no esperaba encontrarme con esa mujer en el aeropuerto, y el verla ahí parada hacía que en mi cabeza navegaran cientos o tal vez miles de preguntas, porque su sola presencia contradecía todo lo que yo pensaba de ella, abriendo la posibilidad de que tal vez Alonso hubiera tenido algo de razón, de que quizás me faltaba conocer su versión de una historia que me hizo sufrir desde una edad muy temprana.

- No pensé que en realidad vendrías por mí - dije, sintiendo cómo el estómago se me encogía cuando escuché mis propias palabras, viendo el dolor que se reflejó en los ojos de Lucero, antes de que agachara la cabeza, sufriendo ante el significado que conllevaba aquello que acababa de decirle.

- Cuando hablamos te dije que vendría por ti para llevarte a casa - respondió la mujer, hablando en un volumen tan bajo que apenas fui capaz de escucharla en medio del barullo del aeropuerto, soltando esa frase como si de alguna manera creyera que me incredulidad estaba por completo injustificada.

- Sí, eso fue lo que dijiste, pero… - suspiré de nuevo con algo de cansancio, sintiéndome molesto, enojado y desconcertado por la presencia de esa mujer, experimentando de pronto esa sensación de incertidumbre que me hizo cuestionar mis ideas y todo aquello que pensé de Lucero durante los últimos años, sintiéndome incapaz de encontrar una explicación al hecho de que hubiera ido al aeropuerto a recogerme - ¿Qué estás haciendo aquí? Quiero decir, en quince años no me llamaste una sola vez, nunca recibí una carta, un obsequio o algo que me hiciera pensar que te importaba, así que, ¿Qué significa esto? ¿Por qué de pronto pareces tan interesada en mí después de todo el tiempo en el que me las tuve que arreglar solo y en el que tuve que asumir que no le importaba a mi familia? - le solté, con la fría crueldad que conllevaba una verdad que para nada fue fácil de escuchar para esa mujer, quien me miró con los ojos muy abiertos, sin que yo lograra sentir aquella conexión y cariño que recordaba haber experimentado por la persona a quien recordaba como mi madre y que no parecía ser la misma que estaba frente a mí, quien lejos de provocarme la clase de cosas que induciría una mujer en su hijo, solamente me hacía sentir un poco de interés por su belleza y por mirar ese cuerpo tan atractivo que parecía haber cuidado en el gimnasio durante años.

- Hijo, yo… - comenzó a responder, deteniéndose casi de inmediato, mirando mis ojos con un cierto brillo de alarma y desesperación, como si en aquel momento hubiera querido decirme miles de cosas, ninguna de las cuales parecía ser simple - sé que tienes muchas preguntas que hacerme y me imagino que debes odiarme por haber desaparecido de tu vida durante tanto tiempo, pero las cosas no ocurrieron como crees que pasaron, y no te voy a pedir que me perdones si después de escucharme no quieres hacerlo, pero al menos déjame contarte mi versión de las cosas, y si después de eso quieres alejarte de mí y seguir odiándome a la distancia, te prometo que lo entenderé y que ni siquiera haré el intento de convencerte de hacer algo distinto, porque sé que tuve mucha culpa en el hecho de que pasáramos tanto tiempo alejados, pero también estoy segura de que estás enojado conmigo por razones incorrectas - expresó con una voz afectada por el llanto, hablando de una manera tan suplicante que logró conmoverme a pesar de todo lo malo que sentía por esa mujer, hasta que hice el esfuerzo de sobreponerme a mis sentimientos y endurecer la voz para decir aquellas palabras con las que le respondí.

- No tengo la más mínima intención de encontrarme con el capitán y la verdad es que no creí que vinieras a buscarme, por lo que pretendo encontrar un cuarto en renta para pasar ahí el verano, así que si tienes algo que decirme, tendrá que ser aquí, y te pido que no te demores demasiado, pues no quiero pasar la noche en un hotel o algo parecido - le advertí, con una voz fría que no era otra cosa que un reflejo exacto de aquellos sentimientos que me agobiaban en ese momento.

- Tu padre estará en servicio durante los siguientes dos meses, así que no se parará por la casa durante el verano y… - explicó Lucero, antes de que se acercara a mí y me tomara de la mano - Omar, por favor, ven conmigo a casa, la plática que tendremos no puede ocurrir en un lugar como este, hay muchas cosas que aclarar, demasiadas cosas que decir y… por favor, ven conmigo, Yolanda se muere por verte y yo… yo… - las lágrimas volvieron a traicionar a Lucero, interrumpiendo su discurso, provocando que sintiera compasión por esa mujer a pesar de que siguiera experimentando una gran cantidad de rencor en su contra; sin embargo, lo que en realidad hizo que terminara por ceder ante sus deseos no fue lo que me sentí al verla llorando, sino la posibilidad de ver a mi hermanita, porque antes de que el capitán imbécil me apartara de mi familia, yo aprendí a amar a esa niña siendo una bebé con la que jugaba haciéndole caras para que sonriera, tratando de ganarme su afecto, de ser el hermano mayor que mi padre me impidió ser para ella - solo te pido unas horas, una oportunidad de explicarlo todo, solo eso - dijo Lucero en un hilo de voz, logrando que yo asintiera en su dirección, dibujando con ello una incipiente sonrisa en sus labios, antes de que recogiera mis maletas del suelo y la siguiera hasta su auto, sin saber muy bien qué podría esperar de aquello que tuviera que decirme, incrédulo ante la idea de que la historia que estaba por contarme, pudiera cambiar en algo lo que sentía por esa mujer a quien, desde muchos años atrás, había dejado de ver como mi madre.


© Jane Cassey Mourin