Incest
May 31

Lucero: trabajo de verano 2 y 3.

- ¡Omar! - exclamó una chica morena de cabello largo en cuanto bajé del auto, tras abrir de manera abrupta la puerta de aquella que alguna vez fue mi casa, una mujer muy bonita que en aquel momento llevaba una camiseta blanca de tirantes, la cual dejaba ver la forma como sus senos se movían debajo de aquella prenda mientras corría hacia mí, provocándome un shock emocional cuando entendí que esa linda muchacha era mi hermana, siendo de pronto incapaz de relacionar la imagen de esa mujer con la niña frente a la cual solía hacer toda clase de idioteces para hacerla reír cuando éramos pequeños.

No resultó sencillo reaccionar a esa clase de afecto a la que no estaba acostumbrado, mientras mi cabeza trataba de entender a marchas forzadas que esa mujer que me abrazaba con tanta fuerza era la misma bebé que dejé de ver quince años atrás, esa chica hermosa que casi me provoca una erección al pegarse tanto a mi cuerpo, sin que yo pudiera responder a su cariñoso gesto con nada más que una ligera palmada en su espalda.

- ¡No sabes cuántas ganas tenía de verte, hermano! ¡Mamá me platicó tantas cosas de ti que…! - comentó la chica, incapaz de contener su entusiasmo, mirándome cuando al fin se separó de mí para darse cuenta de que aquella alegría no era compartida, de que yo no estaba tan contento de estar ahí, algo que además se sumó al impacto que me sacudió al darme cuenta de que, a pesar de los recuerdos que tenía de esa chica siendo muy pequeña, en realidad no sentía ninguna clase de vínculo afectivo con la mujer en la que se convirtió, porque en mi cabeza ella no era la bebé a quien amé durante sus primeros años de vida, no era nada más que una hermosa desconocida a quien no podía ver como a mi hermana - lo siento, no debí emocionarme tanto - se disculpó, agachando la cabeza mientras la cara se le ponía muy colorada - mamá me advirtió que debían tener una charla antes de que… no quise molestarte, hermano, es solo que… - trató de excusar su comportamiento, poniéndose cada vez más colorada mientras yo la miraba, sin saber qué decir, mostrándose tan avergonzada que me sentí un poco apenado por ella.

- No te disculpes. No me molestaste. Es solo que la última vez que te vi eras una pequeña que repetía mucho mi nombre y… bueno, me cuesta trabajo aceptar que seas la misma persona - respondí, abrumado, sintiéndome completamente ajeno a esa chica, de la misma forma como me sentía ante la mujer que nos miraba con mucha atención y ante esa casa donde viví mis primeros años de vida, a pesar de que no parecía haber cambiado demasiado.

- Entremos a la casa y pasemos a la sala, ahí podremos hablar con calma - dijo Lucero, sin demostrar la más mínima intención de bajar mi equipaje del auto, haciéndome entrar en su hogar para recorrer el pasillo que nos llevaría hasta la sala, provocando que decenas de recuerdos reaparecieran de pronto en mi cabeza como si hubieran estado desde muchos años atrás esperando el momento adecuado para volver a presentarse, notando de inmediato que el lugar seguía tal cuál lo recordaba, con los mismos objetos sobre los mismos muebles, todo organizado de tal manera que parecía que el tiempo no se hubiera tomado la molestia de pasar por ese sitio, un detalle que supuse que no era accidental, sospecha que Lucero tuvo a bien confirmar en cuanto notó que yo miraba en todas direcciones con sorpresa e incredulidad.

- Traté de conservar las cosas tal y como estaban el día que te fuiste. Quería que te sintieras en casa el día que regresaras y… bueno, será mejor que nos sentemos, tenemos muchas cosas de qué hablar - dijo la mujer con un aire soñador cuando empezó a hablar, sin lograr capturar por completo mi atención cuando noté aquellas estatuillas de un par de viejitos con las que jugaba siendo un pequeño niño.

Un suspiró se me escapó mientras me sentaba en uno de los sillones de la sala, justo en el momento en el que de pronto una oleada de nostalgia y ansiedad me sobrecogió, porque todo aquello no concordaba con la historia que yo me conté a través de los años acerca de Lucero y del desinterés que creí que sintió siempre hacia mí desde que me fui de esa casa.

- Sé que tienes muchas preguntas, hijo, pero te pido que por favor me dejes contarte cómo pasaron las cosas antes de que me cuestiones acerca de lo que sea que quieras cuestionarme - me pidió, mientras se ponía algo tensa, estando sentada en aquel sofá, justo frente a mí, a un lado de Yolanda, quien me miraba con un gesto que vagaba entre la ansiedad y la emoción.

La verdad es que durante todo el camino del aeropuerto a ese lugar, mantuve una actitud defensiva con respecto de la clase de cosas que esperaba escuchar, porque durante aquellos minutos que nos tomó llegar a nuestro destino, no pude dejar de pensar que esa mujer no haría nada más que relatar un montón de excusas y pretextos para justificar el hecho de que no hubiera mostrado el más mínimo interés por mí durante los últimos quince años, no obstante, la historia que me contó me dejó helado, porque al parecer había mucho más detrás de la decisión que tomó el capitán, una resolución que partió de lo que ese imbécil egoísta creyó que era una crianza demasiado consecuente, diciéndole a Lucero que me mimaba demasiado, que viviendo así jamás me convertiría en un hombre, una tendencia que al parecer lo motivó a apartarme de mi madre, obsesionado con la idea de que siguiera sus pasos y me convirtiera en un miembro respetado del ejército, sin importarle la clase de daño que la distancia le haría a mi familia, sin considerar mis sentimientos o los de Lucero, pues al parecer ese bastardo no tenía tiempo para pensar en esa clase de estupideces.

De acuerdo con lo que me dijo Lucero, una vez que logró apartarme de casa, el capitán usó la distancia para mantenerla de alguna manera controlada a su esposa, usando aquellas llamadas en las que apenas podíamos saludarnos una vez al año como un medio de control en contra de su mujer, quien durante aquella narración me dijo de manera insistente que en muchas ocasiones trató de encontrar un teléfono o una dirección para hallarme o comunicarse conmigo, algo que por desgracia no logró hacer, teniendo que conformarse con nada más que rogar para que estuviera bien y algún día regresara a casa, porque además me confesó que nunca tuvo el valor de confrontar al capitán y obligarlo o al menos tratar de presionarlo de alguna manera para que le dijera en donde me encontraba, puesto que siempre que Lucero trataba de tocar el tema de formas sutiles ese maldito idiota la amenazaba diciéndole cosas que como que si lo seguía molestando ni siquiera tendría aquellas llamadas que me hacía cuando me visitaba, las cuales por desgracia dejaron de ocurrir desde aquella pelea que tuve con ese hombre algunos años atrás, cuando le grité a la cara diciéndole que no quería estar más en ese instituto, dándole la excusa que necesitaba para dejar de visitarme y olvidarse de mí de una manera casi definitiva.

Y por si aquella explicación fuera poca cosa, cuando Lucero terminó de contarme acerca del infierno que vivió al no saber nada de mí, entre ella y Yolanda sacaron de debajo del comedor una caja enorme y llena con todos los regalos de navidad y cumpleaños que jamás pudo darme, pues como era de esperarse el capitán no se lo permitió, diciéndole que eso me haría débil, que los juguetes no eran para aquellos chicos destinados a convertirse en soldados.

Con los ojos muy abiertos y sintiendo un nudo en la garganta que muy pronto me llevó a las lágrimas, contemplé con asombro y una atención obsesiva aquellos obsequios que Lucero fue coleccionando con el pasar de los años, regalos que mostraban toda clase de juguetes, junto con algunas cartas donde esa mujer me decía lo mucho que me extrañaba y lo mucho que desearía poder tenerme cerca, mensajes que leí uno a uno, mirando de vez en cuando aquellos objetos que lograron conmoverme con solo verlos, porque al notar el desgaste que sufrieron con los años y la clase de cosas que había en esa caja, entendí que la versión que Lucero me contó era cierta, que esa mujer frente a mí jamás se olvidó de mí, que el verdadero bastardo que destruyó mi vida y me dejó sin familia fue mi padre, el único culpable de todo lo que me vi obligado a sufrir, de ese rencor injustificado que sentía en contra de una mujer que no merecía el resentimiento que experimentaba por ella.

Pero ¿Cómo hacer que todo lo que sentía se anulara de la noche a la mañana? ¿De qué forma podría lograr recuperar la clase de conexión que una vez tuve con Lucero? ¿Cómo volver a amar a una persona que había desaparecido de mi vida, a quien no podía ver como nada más que una extraña, quien para ese momento ya no tenía relevancia alguna en mi historia?

Las cosas no resultaban tan sencillas al pensarlas de esa manera, porque a pesar de que me hubiera explicado todo, de que entendiera la razón que daba sentido a la distancia que hubo entre nosotros, de que asimilara el hecho de que el miedo hacia el capitán y la inocencia propia de una mujer que se casó a una edad muy temprana fueron lo que la hizo desistir en sus intentos por acercarse a mí; no podía dejar de sentirme fuera de lugar en esa casa que no era mía, con esas personas que ya no formaban parte de mí, ni de lo que era ni de aquello en lo que quería convertirme, una conclusión dolorosa, pero real, que me hizo quedarme en silencio en aquella sala, muy quieto, sopesando lo que pasaría cuando esa plática terminara, cuanto tuviera que decidir a dónde me iría y qué haría durante el verano para ganarme la vida, para reunir el dinero que necesitaba para pagar mi residencia universitaria y mis estudios.

- Sé que esto no debe ser fácil de escuchar, hijo, pero es la verdad. Y lamento no haber hecho algo más por buscarte, no haber confrontado a tu padre o llevar las cosas a un plano distinto para obligarlo a decirme en dónde estabas, pero… fui una tonta, fui demasiado débil y temerosa de lo que pudiera hacer conmigo y… perdón por haberme rendido - explicó Lucero, con una voz suplicante, dejando que las lágrimas se deslizaran por sus mejillas mientras Yolanda le daba palmaditas en la espalda, de una manera que resultaba risible, como si esa chica no tuviera la más mínima idea de cómo debería consolar a su madre, una actitud que me hizo pensar que tal vez aquella tendencia del capitán a evitar las muestras de afecto, quizás se había extendido también a esa chica, aunque seguramente no de la manera tan radical como ese bastardo me obligó a aprenderlo.

- Bueno, ahora que ya sabes qué fue lo que pasó ¿Qué piensas hacer? - preguntó Yolanda, mirándome con una curiosidad poco educada, sin tratar siquiera de disimular el morbo que sentía ante mi posible respuesta, observándome con una insistencia que resultaba incómoda pero que al mismo tiempo me provocaba cierta gracia, pues no me imaginaba cómo podría actuar el capitán ante esa chica que no parecía ser la clase de persona que acatara órdenes sin dudar ni cuestionar.

- Bueno, como le dije a Lucero en el aeropuerto, necesito un trabajo porque tengo que reunir dinero para pagarme la universidad y un lugar donde vivir mientras estudio, así que supongo que mi opción es rentar un cuarto en algún sitio donde…

- ¡Estás de joda ¿No?! - exclamó Yolanda, con una sinceridad que resultaba refrescante después de haber pasado tanto tiempo con militares que no sabían pensar por sí mismos, que seguían las reglas como si no hubiera nada más importante en la vida - desde que supe que venías me la pasé limpiando tu cuarto e incluso cambié los posters que tenías en las paredes por unos nuevos, y no creas que no me costó trabajo, porque esas caricaturas ya no están de moda y tuve que pagar para que buscaran las fotos y los reimprimieran, así que no me salgas con que te vas a ir a pagar un cuartucho feo cuando aquí tienes tu habitación - me regañó mi hermana, sin que yo pudiera evitar sonreír, sintiéndome muy extraño ante tales muestras de afecto, ante aquel cariño proveniente de una chica que seguía resultando una desconocida para mí - no, no, tú no te vas de acá. A lo que me refería con esa pregunta, es a que no sabemos nada de ti, no tenemos idea de qué es lo que quieres estudiar ni la clase de trabajo que buscarás para pasar el verano, porque jamás se me pasó por la cabeza que tuvieras la estúpida idea de irte de aquí, además, el capitán no estará por acá durante el verano, así que no tienes pretexto - me advirtió, como si considerara que aquel tema había quedado zanjado al hablarme de esa manera, haciendo que mi sonrisa se ensanchara mientras la contemplaba, sintiendo que esa chica me agradaba cada vez más en la medida en que continuaba hablando de esa forma tan llena de libertad.

- Bueno, pretendo entrar a la escuela de arte y diseño. Estuve trabajando en un salón de tatuajes en mis licencias desde hacer un par de años y me gustó, además siempre me ha gustado el dibujo y…

- ¡¿Dejaste el colegio militar para estudiar arte?! ¡Genial! ¡Pero ahora entiendo por el capitán estaba tan furioso! - Soltó la chica, haciendo de nuevo gala de esa sinceridad que no parecía tener ninguna clase de filtros.

- Y en cuanto al trabajo - continué, aunque no pude evitar aquella sonrisa que de pronto apareció en mis labios - en realidad hice un par de llamadas en sitios donde buscaban gente de seguridad. En algunos de ellos me dijeron que cumplía el perfil y que solo tenía que presentarme con mis papeles para…

- ¿Y crees que juntes el dinero que necesitas con esos trabajos? Quiero decir, porque lo que quieres estudiar no suena barato, así que… - preguntó Yolanda, hablando de una manera un tanto peculiar, haciéndome sospechar que aquellas preguntas no me las estaba haciendo solo porque sí, como si tuviera algo en mente que dependiera de las respuestas que le estaba dando.

- Sí, bueno, en realidad no lo sé, supongo que tendré que emplearme en dos o tres trabajos, pero… ¿Qué? ¿Por qué se miran de esa forma? - pregunté cuando ya no pude contener por más tiempo mi curiosidad al ver que Yolanda y Lucero intercambiaban una mirada significativa, antes de que esa chica tan extrovertida me mirara con un gesto desconfiado en el rostro.

- A ver, es que cuando mamá me dijo que venías para acá, y que necesitabas encontrar un trabajo, pues… - de pronto se quedó callada, mirando a su madre como esperando que Lucero terminara de decirme aquello que de pronto parecía algo importante.

- No sé si recuerdes a tu tía Trina, de pelo castaño, delgada, alta, ojos color miel - comentó Lucero, haciendo que forzara un poco la memoria hasta que recordé a una mujer que me regalaba dulces siempre que me veía, claro, escondidas del capitán, pues el hijo de puta parecía estar peleado con cualquier cosa que pudiera hacer feliz a un niño.

- Sí, la recuerdo - respondí con el atisbo de una sonrisa en los labios que apareció justo en el instante en el que recordé una peculiar ocasión en la que Trina discutió con el capitán tras haberme obsequiado un chocolate enorme, diciéndole que tal vez si le hubieran dado dulces de niño no sería un patán y un amargado.

- Bien, pues el otro día vino a la casa para quejarse de su esposo y mientras charlábamos tu hermana sacó a la plática que vendrías a casa y… bueno, me dijo que ella se quedará sola durante el verano y que le gustaría que le hicieras compañía, no solo se trataría de estar con ella, la acompañarías a hacer sus cosas, la llevarías por aquí y por allá y… bueno, no sé cuánto te paguen en los otros lugares, pero ella te ofrece 5 mil a la semana, sin días de descanso, pues no le gusta quedarse sola por las mañanas y las tardes, así que… tal vez no es lo que esperabas encontrar, pero creo que es un buen dinero y quizás te agrade reencontrarte con ella, se emocionó mucho cuando le dije que venías y tiene muchas ganas de verte, así que…

- Pero antes de que respondas, te advierto que ese trabajo está condicionado a que te quedes con nosotras, que pases acá las noches, que nos platiques muchas cosas de ti y que cuando puedas pases el tiempo con mamá y conmigo, porque si sigues empeñado en esa estupidez de ir a rentar un cuarto, esa oferta se cancela - me regañó de nuevo Yolanda, robándome una sonrisa más significativa, dejándome notar cómo el ánimo parecía componérsele cuando se dio cuenta de que aquella decisión ya la había tomado desde el momento que me habló de lo mucho que trabajó para que mi habitación estuviera lista para cuando llegara, un entendimiento que la hizo pegar un brinco y aplaudir muy rápido, robándome una risa que compartí con Lucero, junto con esa mirada tímida y llena de culpa que me dirigió, que me hizo conmoverme y apretó de nuevo aquel nudo en mi garganta - ¡Voy por tus maletas! ¡Pero no subas al cuarto antes de que regrese! ¡Quiero ver tu cara cuando lo veas! - me advirtió la chica, antes de tomar las llaves del auto y salir corriendo de la casa, dejándome a solas con mi madre, mirándonos a los ojos con algo de aprensión, sin saber qué decir, sin movernos de donde estábamos.

- Lamento mucho… - comenzó a decir, pero yo ya tenía suficiente de escuchar sus disculpas, de oír lo arrepentida que estaba por cosas que no fueron su culpa.

- No, ya no te sigas disculpando. Ya entendí lo que pasó. Gracias por recibirme en tu casa y por decirme la verdad - le comenté, antes de que me pusiera de pie y de que ella hiciera lo mismo, de que me cercara a esa mujer con la intención de abrazarla a pesar de que no supiera cómo hacerlo, de que no me sintiera seguro al intentarlo, hasta que sentí sus brazos rodeando mi cintura y yo envolví su cuerpo entre los míos, sin poder evitar notar la forma como su anatomía se pegaba a la mía, la manera como sus senos hacían contacto con mi pecho de esa manera apretada y tan excitante que se combinó con el aroma de su perfume y lo bien que se sintieron esas caricias que le brindaba a mi espalda, provocando que mi cuerpo reaccionara, no a las caricias de mi madre, sino al contacto con el cuerpo de una mujer muy hermosa, porque a pesar de todo lo que me contó, no lograba sentir por esa mujer una conexión entre madre e hijo, sino una atracción que de alguna manera se sentía muy natural, que me hacía querer quedarme ahí, abrazando a ella a pesar de que comenzara a ponerme un poco duro.

- ¡Ay, dios mío! ¡¿Pero qué demonios tienes en estas maletas?! - gritó Yolanda mientras arrastraba mi maleta con mucha dificultad, haciendo que me separara de Lucero a tiempo para que no notara la erección que ya se había levantado bajo mi pantalón, dándome el pretexto que necesitaba para alejarme de ella e ir a ayudar a Yolanda con mis cosas, terminando con ese momento que compartimos, el cual creo que para ella significó algo muy distinto de lo que significó para mí.

- Déjame a mí - le dije a Yolanda, concentrándome en mi equipaje antes de que notara aquella expresión de sorpresa que mostró su rostro, acompañada por esa mirada que se instaló justo en el bulto que se levantaba en mi pantalón, algo que me hizo sentir muy nervioso al creer que esa chica que no parecía tener filtros haría un escándalo al respecto, lo cual por fortuna no ocurrió, limitándose únicamente a mirarme la entrepierna hasta que sus ojos se encontraron con los míos y me sonrió, mostrándose un poco nerviosa y desconcertada.

- Sígueme, te llevo a tu cuarto - dijo con la voz contagiada por la sorpresa de la cual aún no era capaz de deshacerse, una que se pronto se vería superada por el impacto que me provocó ver lo bien que quedó mi recámara

- Mientras le muestras su habitación, prepararé algo de comer, porque tu hermano debe estar hambriento después del viaje - comentó Lucero, aunque de alguna forma creo que aquella fue su excusa para alejarse unos minutos de nosotros, tal vez para llorar a solas o algo como eso.

Estar en mi antigua habitación me hizo sentir de alguna manera muy vulnerable, como si al estar ahí volviera a ser un niño, porque nada parecía haber cambiado, haciéndome sentir de la misma forma como lo hice cuando entré en la casa, provocando que dejara caer mis maletas al suelo mientras me acercaba a la cama y me sentaba en ella, contemplando los posters que pegó Yolanda por todo el cuarto, con un cuidado asombroso, porque estaban justo en el lugar y la posición como los recordaba.

- Parece que te encantó cómo quedó tu habitación, hermano - comentó Yolanda mientras se sentaba a mi lado e inesperadamente me tomaba de la mano - aunque creo que no tanto como te gustó el abrazo que te dio mamá - dijo con malicia, haciendo que la volteara a ver, encontrándome con esa expresión traviesa en su rostro, con ese gesto que interpretó moviendo varias veces las cejas antes de que me lanzara un guiño.

- Lo siento, no es algo que pueda controlar - me disculpé, sintiéndome muy avergonzado mientras la cara se me acaloraba de una manera incómoda.

- No te culpo, mamá es una mujer muy hermosa y me imagino que en esa prisión militar no había muchas chicas a quienes abrazar ¿O sí? - comentó, dejándome ver una vez más ese toque de indiscreta sinceridad que le resultaba tan natural, tomándome por sorpresa al no demostrar ninguna clase de alarma ante el hecho de que me hubiera excitado al estar en contacto con mi propia madre.

- Sí, bueno, la única mujer que veíamos todos los días era una señora obesa, con el pelo blanco y de mal carácter que nos servía la comida. De hecho, la primera chica atractiva con la que me crucé, la vi hasta que cumplí los 18, durante mi primera licencia.

- ¡Rayos! ¡Qué horrible! ¡No sé cómo no te volviste gay o algo así! - comentó, robándome una carcajada, escuchando la divertida risa que escapó de su boca mientras me apretaba la mano - entonces… tú… ¿Nunca has estado con una mujer? Me refiero a… - preguntó con ese tono malicioso y esa mirada ansiosa que me dedicó.

- ¡Vaya preguntas! - exclamé, nervioso y abrumado ante la sinceridad y descaro de esa muchacha.

- Te recuerdo que aceptaste pasar tiempo conmigo y con mamá, y compartirnos cosas de tu vida, así que mis preguntas son legales, por raras y entrometidas que te parezcan, son legales - respondió con un cierto tono de hilaridad mientras yo sentía cómo el calor se me subía por toda la cara, negando con la cabeza sin poder contener mis risas, sin sentirme en realidad demasiado incómodo con esa chica con quien de una manera natural comenzaba a crear una cierta conexión de empatía y complicidad.

- Estuve con una mujer cuando cumplí los 18. Los chicos más grandes nos llevaron a en nuestra primera licencia a…

- ¡Te cogiste a una zorra! - declaró, haciendo que una vez más me riera ante esa tendencia a decir lo que pensaba sin guardarse nada mientras yo asentía con la cabeza.

- No fue algo lindo ni muy placentero en realidad, pero pasó, después de eso… bueno, es que en realidad aquello no me gustó tanto como para que me dieran ganas de repetirlo.

- Con razón andas como perro con la cosa de fuera, pero no te preocupes por mí, te guardaré el secreto y tienes mi permiso para verme todo lo que quieras, aunque por lo que vi parece que te gustan más bien las maduritas - comentó, haciendo nuevamente ese gesto en el que movía las cejas para luego guiñarme un ojo, antes de que soltara mi mano, me diera una palmada en la pierna y se pusiera de pie - me encanta que te haya gustado tu cuarto y espero que lo disfrutes. Te dejaré desempacar y le ayudaré a mamá con la comida - comentó antes de caminar en dirección a la puerta, moviendo el trasero de una forma exagerada, haciendo que lo mirara, sin poder creer que aquella bebé a la que alguna vez traté de ganarme interpretando tonterías para ella, se hubiera convertido en esa chica tan increíble que me inspiraba una sensación de libertad como jamás nadie lo había hecho.

***

- ¿Sabes algo? ahora que lo pienso tiene gracia que los dos entremos a la universidad al mismo tiempo, porque tú me llevas tres años, así que supongo que te pondrán apodos como el abuelo, el fósil o algo parecido. Aunque creo que si no te los ponen tus compañeros yo se los voy a sugerir - comentó Yolanda después de que terminamos de comer.

- Sí, bueno, ni siquiera sé todavía si voy a poder inscribirme, necesito juntar 40 mil en el verano para poder pagar el semestre y mi residencia universitaria, de los cuales apenas tengo una cuarta parte, así que…

- Ahora que lo mencionas, hablé con tu tía Trina y me dijo que te espera en su casa mañana a las 11. Sonaba muy contenta, dice que no puede esperar a ver cuánto has crecido - comentó Lucero, mirándome de la misma forma tímida y algo retraída como me miraba desde que nos encontramos en el aeropuerto - me dijo que podías irte en Uber y que ella te lo pagaría.

- La tía Trina te va a encantar. Es una rebelde como yo. A papá lo odia y él también la detesta, pero es genial, y más cuando no está su odioso y amargado marido - comentó Yolanda mientras recogía los trastes de la mesa, sin notar la forma como Lucero la miraba, dejando que sus ojos brillaran con un poco de reprobación ante lo que dijo su hija.

- Me alegra que no tenga que verla tan temprano, así tendré algunas horas para descansar después de viaje y…

- No, no, no, de eso nada - intervino Yolanda - hoy será una tarde de películas en familia, y una amiga me recomendó una que dice que está para volverse locos, aunque en realidad no sé de qué se trata. Luego de eso tal vez te deje irte a dormir, pero solo si te portas bien - bromeó antes de que se dedicara a lavar los trastes mientras Lucero me contaba la historia del infeliz matrimonio de Trina, de lo mal que lo pasaba con un esposo que viajaba mucho y de quien siempre decía que seguramente le era infiel, una charla que se extendió por algunos minutos, incluso después de que Yolanda terminara con los trastes.

- Entonces supongo que seré algo así como su chofer, asistente o algo como eso ¿No? - pregunté cuando terminaron de contarme la complicada vida de mi tía, quien no parecía ser muy feliz a pesar de que tuviera mucho dinero.

- Más o menos, pero no creo que a ella le agrade que lo veas de esa forma, más bien creo que solo quiere un poco de compañía y le fascinó la idea de estar contigo, le apetece porque no sabe nada de ti, pero principalmente porque tú no sabes nada de ella y a mi hermana le encanta hablar de su vida.

- Sí, hablar de sí misma es su tema favorito, pero bueno, basta de charlas y vamos a la sala a ver esa película - intervino la hija de Lucero, haciendo que nos levantáramos y nos dirigiéramos a la sala, algo que hice con gusto a pesar de que no terminara de sentirme del todo cómodo en esa casa donde me sentía como un turista, con esas dos mujeres que parecían experimentar sentimientos por mí que yo no compartía, algo en lo que no me favorecía el hecho de que, después de la clase de vida que llevé en el colegio militar, el sentarse en la sala a mirar una película parecía ser demasiado complaciente, aunque mentiría si dijera que no disfruté lo que pasó en ese lugar aquella tarde.

De acuerdo con lo que Yolanda comentó mientras buscaba la recomendación de su amiga, lo que veríamos se trataba de una historia de terror o suspenso donde un hombre deja entrar a su casa a un par de chicas en problemas con quienes luego tiene que lidiar para salvar su vida, una historia que en realidad sonaba interesante por sí misma, que logró capturar mi interés desde el principio al igual que el de Lucero, quien poco después de que la película iniciara tuvo que marcharse cuando la llamaron por teléfono, dejándonos a Yolanda y a mí solos, justo en el momento en el que la historia subió considerablemente de tono.

Decir que era incómodo estar sentado a lado de Yolanda mientras veía a ese par de chicas desnudas y tratando de seducir a un tipo, sería quedarme muy corto, más aún después de saber lo indiscreta que esa chica podía ser, porque inevitablemente mi cuerpo reaccionó a lo que veía en la pantalla, a esa escena en la que el protagonista se dejaba consentir por ese par de mujeres hermosas, donde las tocaba y se dejaba complacer por ellas, provocando que de pronto sintiera cómo mi sexo se ponía muy duro, que me pusiera muy incómodo, que me revolviera en mi asiento para sentarme de tal manera que pudiera disimular mi erección, experimentando cómo el corazón me palpitaba con fuerza y las manos me sudaban mientras me negaba a mirar a un lado donde mi hermana estaba sentada, hasta que de pronto, sentí su mano en mi pierna, justo en el momento en el que una chica morena era salvajemente penetrada por el protagonista y una rubia contemplaba la escena con una atención morbosa.

Yolanda fue desplazando la mano mientras aquellas imágenes tenían lugar en la pantalla, provocando mi ansiedad, haciendo que me pusiera muy nervioso, mirando en dirección de donde Lucero desapareció minutos atrás, sin saber qué hacer o cómo comportarme, sin decidir si quería que aquello pasara o no, un titubeo que le dio a mi hermana la oportunidad de deslizar su mano hasta colocarla sobre mi sexo y apretarlo, haciendo que yo me sobresaltara, que la mirara de reojo mientras sentía cómo comenzaba a masajearme por encima del pantalón.

- Yolanda… esto… yo… - balbuceé, incapaz de terminar una sola frase.

- ¡Shhh! Es de mala educación hablar mientras miras una película - dijo mi hermana, comportándose como si aquello no estuviera pasando, apretando mi pene con fuerza, haciéndome sentir un placer increíble mientras me tocaba, provocando que suspirara, que cerrara los ojos, que echara la cabeza hacia atrás mientras sentía su mano al acariciarme.

- ¡Ahhh! - escapó de mi boca, provocando que mirara a Yolanda cuando eso pasó, viendo cómo una sonrisa se dibujaba en su rostro sin que la chica renunciara a tocarme de la forma tan deliciosa como lo estaba haciendo, sin prestarme demasiada atención, sin apartar su vista de la pantalla, dejando que me retorciera de placer en aquel sillón, llevándome a ese extraño, pero delicioso orgasmo que explotó en el interior de mis pantalones, que me hizo tensar todo el cuerpo mientras sentía cómo los chorros de semen me mojaban la ropa interior, sin saber cómo reaccionar a lo que acababa de pasar a la vez que veía cómo mi hermana dejaba de tocarme para luego tomar su botella de agua y darle un sorbo, comportándose como si nada no hubiera pasado, como si en ningún momento hubiéramos dejado de mirar la película, desplegando una indiferencia que me hizo sentir muy incómodo, más aún cuando escuché los pasos de Lucero bajando las escaleras y mi hermana me puso un cojín en las piernas para tapar la mancha de humedad que ya se había dibujado en mis pantalones, manteniendo esa actitud indiferente, aparentando que solo estuvimos haciendo lo mismo que hacíamos antes de que su madre se marchara, mientras Lucero regresaba a su lugar y volvía a concentrarse en la pantalla, al tiempo que yo me esforzaba por entender lo que pasó, sin poder resolver aquella pregunta que se repetía con incesante insistencia en mi cabeza: ¿Qué demonios acaba de pasar?

3

Aquellas vacaciones no comenzaron de una forma ortodoxa, no solo porque me acababa de reencontrar con una familia que desde mucho tiempo atrás había dado por perdida o porque tuviera la necesidad de reunir una cantidad enorme de dinero para pagarme la universidad, sino principalmente por el hecho de que mi hermana me hubiera masturbado aquella tarde mientras veíamos una película, en medio de la sala, apenas unas horas después de que nos reencontráramos y mientras ella fingía que no pasaba nada, como si el acariciar a su hermano fuera la cosa más natural del mundo.

Y por si todo eso pareciera irrelevante, también estaba el asunto de que trabajaría durante el verano con otra mujer a quien dejé de ver durante muchos años, por quien en realidad no tenía sentimientos, pero que me pagaría una cantidad de dinero absurdamente alta a cambio de hacerle compañía mientras su esposo trabajaba lejos de casa.

Suena fabuloso ¿No? Ganar tanto dinero por un trabajo que al parecer no me demandaría hacer gran cosa. Bueno, sí, todo parecía ir viento en popa, tanto que incluso mientras viajaba en el Uber que me llevaba esa mañana a la casa de mi tía, me permití creer que podría reunir el dinero que necesitaba sin tanto problema, una ilusión que se desvaneció cuando el auto se detuvo afuera de la casa de Trina, donde una mujer muy hermosa tenía una fuerte pelea con un tipo que al menos le doblaba la edad.

- ¡Es que siempre es lo mismo! ¡Ya son tres años de esta mierda! ¡Y ya estoy harta de que te marches quién sabe a dónde durante semanas y solo regreses a casa un par de días para luego volverte a ir! ¡Estoy segura de que tienes alguna zorra a la que llevas a todos esos viajes! ¿Esa esa ladina que tienes por secretaría? ¿Acaso es la golfa de Martha, tu ramera de relacionas públicas? ¡Dímelo! ¡Dime quién es la puta con la que te acuestas mientras no estás en casa! ¡El menos ten el valor para eso!

- ¡No estoy teniendo ninguna aventura con nadie, maldita loca! ¡Y si viajo tanto es por trabajo! ¡Para poder pagar por esos costosos y ridículos tratamientos faciales que te pones y por tus continuas visitas a esa maldita estética que cobra hasta por mirarse en el espejo! ¡Porque cuando vas por ahí gastándote todo mi dinero no te quejas de lo mucho que trabajo! ¿O sí?

- ¡Eso no tiene nada que ver! ¡Y si gasto tanto es porque no tengo nada que hacer y tengo que entretenerme en algo! ¡Pero si no te gusta que despilfarre tu dinero, pues entonces quédate conmigo y…!

- ¡Tengo que trabajar! ¡Con una chingada! ¡Entiéndelo de una buena vez! ¡A veces me gustaría que te consiguieras un amante para que no estés tan histérica! ¡Ya me tienes hasta la madre! - gritó quien supuse que era el marido de Trina, mientras lanzaba un par de maletas a un auto del que no conocía la marca pero que parecía ser muy lujoso, de esos carros que solamente puede permitirse la gente que gana cifras de 6 dígitos al mes - ¡¿Y a ti qué se te perdió?! ¡¿Qué demonios me estás viendo?! - me gritó el hombre, obligándome a levantar las manos como si me estuviera excusando de algo, mirándome con un odio muy cercano a aquel que el capitán me dirigía cada vez que tenía la oportunidad.

- Yo, soy Omar, vine a trabajar con… - respondí, nervioso, sintiendo que no debía estar ahí, creyendo que tal vez había sido un error aceptar el trabajo que Lucero y Yolanda me consiguieron.

- ¡¿Omar?! ¡¿Sobrino?! - exclamó de pronto Trina, mirándome con los ojos muy abiertos, sonriendo ampliamente después de que escuchara mis palabras, provocando que su esposo se mostrara desconcertado, aunque creo que esa reacción se debía en mayor medida a lo abrupto que resultó el cambio de ánimo de Trina, una mujer pelirroja y muy hermosa que corrió hacia mí sin importarle que solo llevara un camisón negro del que se le escapaba una considerable porción de sus senos - ¡Sobrino! ¡Qué gusto me da verte, cariño! - exclamó mientras se me lanzaba a los brazos, apretándose contra mi cuerpo, atacándome con tal entusiasmo que por poco nos caemos al suelo mientras el marido de esa mujer nos miraba con los brazos en jarra, como esperando una explicación ante el hecho de que su esposa estuviera dando aquellas muestras de cariño a un completo extraño.

- ¡¿Y este quién es?! - preguntó el muy cretino, haciendo que Trina se girara de inmediato, con una actitud confrontativa y una mirada desafiante.

- Es el hijo de mi hermana Lucero y pasará el verano conmigo, ya que te vas a largar de aquí, él me hará compañía ¿Tienes algún problema con eso, mi amor? - le preguntó, haciendo mucho énfasis en aquellas dos últimas palabras, mirándolo con gesto de pocos amigos, provocando que el hombre perdiera la paciencia antes de que suspirara con fuerza y luego me mirara.

- Lo siento, muchacho - se disculpó ante su exabrupto - siéntete bienvenido en mi casa y… - el hombre suspiró de nuevo, mostrándose exasperado cuando sus ojos volvieron a encontrarse con los de su esposa, quien no dejaba de mirarlo como si quisiera matarlo con la mirada - y de verdad espero que tú soportes a esta vieja histérica sin volverte loco - dijo el tipo antes de meterse al auto, de que Trina tomara un enorme gnomo de su jardín, lo levantara en todo lo alto y lo lanzara en contra de ese costoso vehículo mientras avanzaba hacia a la calle. Por fortuna no logró hacerle daño al auto, aunque lamentablemente el gnomo de jardín quedó hecho mierda sobre el camino de asfalto que conducía al garaje de aquella casa tan bonita.

- ¡Desgraciado! - gritó la mujer antes de que me mirara y me sonriera demostrando mucha alegría, dejándome por completo desconcertado, porque no parecía normal que una persona pudiera cambiar de ánimo de una manera tan abrupta como ella ya lo había hecho varias veces en los pocos minutos que llevaba en ese lugar - ¡Ven conmigo, Omar! ¡Te mostraré la casa! ¡Tengo muchos juguetes aquí! ¡En serio! ¡Te va a encantar! - exclamó mientras tomaba mi mano y luego tiraba de mí, adentrándonos de inmediato en aquel sitio que más bien parecía una mansión, porque era asombrosamente enorme.

Y como bien lo mencionó, su hogar estaba equipado con todos los juguetes: tenía una piscina, un gimnasio bastante completo, un bar con cientos de botellas, un centro de entretenimiento en el que había una pantalla gigante con acceso a todas las plataformas de streaming existentes, juegos de video, una máquina dispensadora de latas de soda y otra con botanas que no parecían muy saludables.

Lo admito, ver la clase de vida que esa mujer se daba me impresionó bastante, porque no solo eran las instalaciones de su casa, sino también la clase de cosas que la decoraban, como estatuillas, pinturas, alfarería, muebles entre otras muchas cosas que llamaron mi atención, todo luciendo abrumadoramente costoso, una colección de cosas que me hizo entender cómo era que esa mujer se podía permitir pagar 5 mil tan solo para que alguien como yo le hiciera compañía.

- ¿Y bien? ¿Qué te pareció la casa? - preguntó la mujer en cuanto llegamos a la sala y se tiró en uno de los sofás, mirándome con mucha alegría, sonriendo ampliamente mientras esperaba una respuesta de mi parte.

- Es un poco abrumadora - dije, sintiéndome muy nervioso ante la insistente forma como me miraba y el hecho de que uno de sus senos estuviera a nada de salírsele del camisón, además de que por la parte baja no era mucho lo que su escaso atuendo le cubría, pues era tan pequeño que incluso podía ver la orilla de sus bragas. Ella dejó salir una carcajada - no me malentienda, es que nunca había estado en una casa tan lujosa, donde hubiera tantas cosas en tantas habitaciones.

- Pues siéntete como en tu casa. Siéntete libre de usar cada cosa que encuentres las veces que quieras, pero con la condición de que no me vuelvas a hablar de usted ¡Por dios! ¡Me haces sentir como si tuviera noventa años!

- Esta bien, Trina, te hablaré de tú, pero… bueno es que no entiendo qué es lo que voy a hacer aquí, quiero decir, Lucero me dijo que me pagarías 5 mil a la semana, pero…

- ¡Oh, ya veo! ¡Bueno, por eso no te preocupes! Lo que quiero de ti es que estés conmigo cuando no quiera estar sola. Me explicó. Tal y como lo viste cuando llegaste, mi esposo es básicamente un hijo de puta que me tiene muy abandonada. El cabrón no va a regresar en varias semanas y no quiero estar sola en esta casa, así que tu trabajo será hacerme feliz. Empezando por contarme todo acerca de ti, porque quiero saber qué hiciste durante todos los años que dejé de verte, quiero saber qué harás a partir de ahora y todo, todo, todo de ti. Además, por lo que veo eres muy disciplinado con el ejercicio, de otra forma no tendrías ese cuerpo tan apetecible, así que sería bueno que me entrenaras, también pasaremos tiempo en la piscina y saldremos y… - suspiró, dándose al fin un respiro de ese discurso que por momentos llegó a parecer inagotable - ¡Te aseguro que nos vamos a divertir!

¿Apetecible? Me pregunté a mí mismo, sintiéndome de pronto como si de alguna forma me estuviera prostituyendo con eso que dijo que mi trabajo sería hacerla feliz junto con el hecho de que hubiera calificado mi cuerpo con esa palabra que resultaba tan insinuante, una serie de ideas que me llevaron a sentirme extraño, aunque mentiría si dijera que no me encantaba la idea de estar con esa mujer durante todo el verano, porque además de hermosa se veía que no era muy recatada y estaba seguro de que me obsequiaría hermosas postales de ese cuerpo tan apetecible que tenía mi tía.

- ¡Bien! ¿Qué te parece si empezamos con unos tragos y nos vamos a la piscina para que me cuentes qué ha sido de ti, cariño? - dijo la mujer, parándose de un brinco para tomarme de nuevo de la mano y llevarme con ella hasta su habitación, donde me hizo sentar en la cama mientras ella se metía en lo que parecía ser un vestidor, donde pude notar que se quitó el camisón y las bragas, no porque la viera a ella, sino porque el cesto de ropa sucia donde cayeron podía verse desde donde yo me encontraba sentado - y ¿Cómo te ha ido con tu regreso a casa? Debió ser impactante reencontrarte con tu mami y con tu hermana ¿No? - preguntó, sacándome de mi ensimismamiento, obligándome a dejar de pensar en el hecho de que esa mujer se encontrara desnuda en esa habitación, a tan solo unos pocos metros de donde yo estaba sentado.

- Ha sido extraño - respondí sin pensarlo mucho, hablando por impulso, diciendo lo primero que se me vino a la cabeza mientras pensaba en lo que pasó la tarde anterior con Yolanda.

- Me imagino, después de tantos años debes sentir que no las conoces ¡Ay, dios! ¡Pero es que tu padre es un imbécil! ¡¿Cómo se le ocurrió que era una buena idea mandarte a esa prisión para niños?! ¡Es ridículo!

- Sí, bueno, según él eso me iba a convertir en un mejor soldado, aunque por como salieron las cosas creo que la estrategia le falló.

- ¡Y de qué forma! ¡Lucero me contó que quieres ser artista! ¡Tu padre debió haber pegado el grito en el cielo! ¡Lo que hubiera dado por ver la cara que puso cuando se lo dijiste! - exclamó mientras la miraba saliendo del vestidor, enfundada en un diminuto y casi inexistente bikini que en la parte de arriba solo cubría los pezones de mi tía mientras que por abajo batallaba con contener los labios de esa hermosa mujer.

- ¡Diablos! - se me escapó cuando la tuve frente a mí, sin poder apartar la mirada de aquel par de senos que se erguían en su pecho, tragando saliva al ver ese hermoso cuerpo casi desnudo mientras ella se reía divertida.

- ¡Te gustó! ¿Eh? ¿Verdad que es un conjunto muy lindo? ¡Hace que las nenas se vean deliciosas y mira…! - dijo mientras daba media vuelta y se inclinaba hacia delante, parando un trasero muy redondito y hermoso, por completo descubierto, pues la fina tira de tela que sostenía su tanga se perdía entre sus nalgas - ¡A que está postal también te encanta! - exclamó Trina, provocando que mis nervios terminaran por colapsar, haciendo que me quedara muy callado, que me obligara a desviar la mirada mientras sentía cómo la cara se me ponía de mil colores y una erección comenzaba a crecer bajo mis pantalones.

- Lo siento, Trina, no debí… yo no… - me disculpé en un hilo de voz, avergonzado por mi comportamiento, sin dejar de mirar al suelo, notando cómo esa mujer se acercaba a mí hasta pararse justo a unos pocos centímetros de donde yo estaba sentado, provocándome un sobresalto cuando sentí sus dedos en mi barbilla obligándome a levantar la cabeza para mirarla.

- Eres demasiado tímido para ser tan guapo y tener ese cuerpo de infarto - me soltó sin medir sus palabras, mirándome de una forma extraña, como si se estuviera planteando un problema que debía resolverse cuanto antes - dime algo, sobrino ¿Has estado con una chica? Me refiero a hacer el amor o algo como eso - preguntó sin inhibiciones, haciendo que abriera mucho los ojos y levantara las cejas mientras la miraba, sin que pudiera contestarle, completamente paralizado de los nervios y la vergüenza que me provocaba sentir cómo mi miembro se endurecía cada vez más al estar frente a esa mujer tan desinhibida y hermosa.

- Una vez, cuando tenía 18, los chicos me llevaron con una mujer para… bueno, para hacer eso y… - por un momento los nervios me hicieron que estuviera a punto de decirle que otra mujer me había masturbado mientras veíamos una película, sin embargo, por fortuna la prudencia regresó a mí a tiempo para recapacitar y dejar lo que pasó con mi hermana fuera de mi récord - y solo eso.

- Mi amor, pero qué desperdicio de muchacho - dijo mi tía mientras colocaba sus manos en mis hombros y me los apretaba - no te preocupes cariño, yo te ayudaré a que nos pierdas el miedo, ya verás que cuando termine el verano serás todo un rompecorazones, déjalo en mis manos, pero mientras tanto… - dijo de pronto, agarrando una de mis manos para colocarla sobre uno de sus senos, tomándome por sorpresa, sonriéndome mientras contemplaba la cara de idiota que puse cuando sentí su teta en contacto con la palma de mi mano - ¡Bienvenido de vuelta, cariño! - exclamó, divirtiéndose ante lo colorado que me puse y más aún cuando notó la tremenda erección que había debajo de mi pantalón, una imagen que la hizo soltar una risotada antes de dar un paso atrás y tomar una toalla.

- ¡En serio te hace falta convivir con chicas! ¡Yo me hago cargo de eso! Pero por ahora tienes que ponerte un traje de baño, así que entra en el vestidor y escoge alguno de los que están de lado derecho en el cajón de hasta abajo, los que tienen etiqueta son los que no ha usado el idiota de mi esposo, toma uno de esos, póntelo y te veo en la piscina, aunque… - se detuvo de pronto, mirándome de cierta forma insinuante, con un brillo de complicidad en sus ojos - ¿Sabes qué? No me importaría que te tomarás un par de minutos extra si quieres hacerte cargo de eso - dijo señalando mi erección - y si necesitas ayuda, puedes usar mi camisón o mis bragas, tienen mi olor. Los dejé sobre el cesto de la ropa sucia - comentó con esa voz llena de sensualidad, antes de guiñarme un ojo y marcharse de ahí, dejándome con una erección que dolía de lo dura que se puso, haciendo que mirara en dirección al cesto de la ropa sucia, donde podía ver las bragas de esa mujer encima de todo.

***

Todo lo que estaba pasando era demasiado como para poderlo asimilar en tan solo un par de días, porque parecía como si al estar en ese internado el mundo se hubiera transformado de tal manera que esa clase de interacciones entre hermano y hermana y entre tía y sobrino parecían estar permitidas, algo que en realidad no me molestaba, pero que si me hacía sentir un poco inseguro y desubicado, pues no era bueno para hablar con las mujeres y parecía como si Trina quisiera avanzar a pasos agigantados conmigo y con aquella tarea que se había impuesto a sí misma de convertirme en un rompecorazones, palabras suyas, no mías.

Cuando bajé a la piscina Trina nadaba de un lado al otro, obsequiándome una vista inigualable de su trasero brillando en el agua bajo los rayos del sol, sin que yo fuera aún capaz de asimilar el hecho de que esa mujer pareciera no tener el más mínimo problema con que yo la mirara, con que incluso la tocara como ocurrió minutos atrás en su recámara.

- ¡No esperaba que bajaras tan rápido! - exclamó desde la piscina en cuanto me vio, componiendo una expresión decepcionada, como si el que no me hubiera masturbado le molestara de alguna manera - pero está bien, aunque espero que no te duelan los huevos por aguantarte - dijo de una forma demasiado natural, como si estuviera acostumbrada a tener esa clase de charlas y a hablar de esa manera tan vulgar - ven conmigo, métete a nadar - dijo, sonriéndome, estirando sus brazos hacia mí como si yo fuera un niño pequeño al que su tía tenía que motivar para meterse al agua.

La verdad es que para nada me sentía cómodo con el hecho de que mi trabajo fuera divertirme con mi tía, básicamente, porque aquello no podía considerarse un trabajo propiamente, sin embargo, ya que estaba ahí y más aún después de ver la clase de cosas en las que esa mujer y su esposo se gastaban su dinero, decidí que si era eso lo que mi tía quería que hiciera, lo haría con gusto, a pesar de lo mucho que me intimidaba esa mujer y de lo vergonzoso que resultaban aquellas erecciones que se levantaban bajo mi traje de baño con una frecuencia alarmante.

Quitarme la camiseta llamó mucho la atención de mi tía cuya expresión lasciva y esa sonrisa encantada me hizo sentir más nervioso de lo que ya lo estaba, mientras me metía en el agua y me acercaba a ella, sin que esa mujer dejara de contemplar mis pectorales endurecidos a base de los largos y extenuantes entrenamientos a los que me sometía cuando estaba con los militares.

- ¡Ay, cariño! ¡Si tú supieras lo que tienes, no tendrías razón para sentirte inseguro con ninguna mujer! - comentó, colocando sus manos en mis hombros, apretándolos mientras se mordía el labio inferior, dejando que sus manos se deslizaran por el frente de mi cuerpo para tocar mis pectorales, antes de que levantara la mirada y ella sonriera nerviosa, retirando sus manos de mi piel, para luego tirarse de espaldas y comenzar a nadar de esa manera, incitándome a que siguiera su ejemplo y nadara un poco para acompañarla durante algunos minutos, hasta que Trina se cansó y decidió que quería abandonar el agua, dejándome nadando en la piscina, observándome mientras se sentaba en un camastro, sin apartar la mirada de mí al secar su cuerpo con una toalla, sin decir nada, solo contemplándome, poniéndome cada vez más nervioso, sin que supiera qué hacer o si debía decir algo, sin atreverme a salir porque sabía que al hacerlo tendría que enfrentar a esa intimidante mujer.

- Cariño ¿Por qué no vienes aquí y me ayudas a ponerme bronceador? Además creo que me haría bien un buen masaje, de un hombre fuerte y con manos enormes como las tuyas - dijo la mujer, de una forma amable, pero que no dejaba lugar a las dudas o al debate, haciéndome salir del agua para secarme mientras ella se tiraba en un camastro y se desataba la parte superior de su traje de baño, provocando que tragara saliva cuando vi que lanzaba a un lado aquellas delgadas tiras de tela que un minuto atrás estuvieron conteniendo sus senos.

La verdad es que no tenía idea de cómo se suponía que debía darle un masaje a una mujer, así que solo dejé caer sobre su espalda un chorro de aquel líquido aceitoso que me dio cuando me acerqué, y luego comencé a esparcirlo por su piel, apretando un poco sus hombros y su cuello como ella me pedía que lo hiciera, resintiendo casi de inmediato los efectos de estar tocando su cuerpo, sintiéndome incómodo al no poder hacer nada por detener aquella erección que se levantaba debajo de mi traje de baño, una situación que me robó la atención de una manera tan evidente que incluso Trina lo notó, reclamándome de inmediato en cuanto la intensidad del masaje decayó.

- Cariño, tienes que hacerlo con más fuerza. Además, creo que mi espalda ya tuvo suficiente de ti, así que ¿Por qué no continuas con mis piernas y mi trasero? Un buen masaje debe abarcar todo el cuerpo, así que no seas tímido, amor - dijo justo un segundo antes de que viera cómo llevaba sus manos a los cordones de su tanga y se la sacaba sin más, provocando que mis ojos se abrieran como platos antes de que tomara la botella de bronceador y me echara un poco en las manos, recorriéndome en el camastro hasta llegar a sus piernas, las cuales abrió un poco, no demasiado, tan solo lo suficiente para dejarme trabajar, permitiéndome ver cómo se apretaban los labios de su concha entre sus muslos.

Entre suspiros nerviosos y lo abrumadora que resultaba aquella situación, comencé a masajear el cuerpo de Trina por sus pies, escuchando una y otra vez cómo gemía mientras apretaba su cuerpo, una reacción que se hizo más frecuente en la medida en que mis manos iban subiendo por sus piernas, apretando sus pantorrillas, la parte trasera de sus muslos, concentrando mi atención en esa parte de su anatomía durante unos minutos en un intento por evitar llegar a su trasero, hasta que no pude postergar más ese momento y comencé a apretarle las nalgas, contemplando la manera como mi tía se estremecía una y otra vez mientras lo hacía, tragando saliva cuando abrió más las piernas y paró el culo, dejando que sus glúteos se abrieran, dándome un primer plano de su ano y su vagina, reduciéndome a un ser que comenzaba a dejarse llevar por la excitación que me dominaba, que contra todo pronóstico dejara que mis manos siguieran mis impulsos y se deslizaran por entre sus nalgas, tocando el orificio anal de mi tía, sintiendo cómo se sobresaltaba en cada ocasión que lo acariciaba, a pesar de que no supiera muy bien cómo hacerlo, sin lograr superar todo lo que me provocaba mirar a una mujer tan hermosa en una posición tan comprometedora.

- ¡Ahhh! ¡Lo haces muy bien, cariño! ¡Pero quiero que vayas por todo! ¡Así que…! ¡Ahhh! ¡Vamos, mi amor! ¡Hazlo! ¡Ahhh! ¡Déjate llevar! ¡Ahhh! - exclamó entre gemidos mientras levantaba el trasero y metía su mano por debajo de sus piernas, tomando mi mano, dirigiéndola hasta su coño, mostrándome con acciones cómo debía tocarla y los lugares exactos donde debía hacer presión para complacerla.

Todo aquello era enloquecedor, porque tener a una mujer tan hermosa como Trina a mi merced me resultaba ridículamente excitante, y más aún al ver cómo se sacudía ante mis caricias y contemplar la manera como gemía y se estremecía mientras le metía los dedos, presionando de la forma como me lo indicó, acelerando el ritmo con que la penetraba para ver cómo se volvía loca y movía las caderas como desesperada, bramando, gimiendo y jadeando como una hembra en celo hasta que de pronto su cuerpo se contrajo y se recostó en el camastro de lado, explotando en un orgasmo tan intenso que se colocó en posición fetal mientras su cuerpo se sobresaltaba de tanto en tanto, contrayendo su rostro en expresiones que me indicaron que estaba disfrutando de una experiencia sumamente placentera.

- ¡Ahhh! ¡Sí! ¡Lo tuyo es natural! ¡Tienes ese algo que puede volver loca a cualquier mujer! - comentó mientras miraba su cuerpo, tirándose boca arriba en el camastro, dejándome contemplar ese hermoso par de senos y sus labios brillantes ante la abundante cantidad de fluidos que de ellos salieron.

Ella me sonrió cuando notó la forma tan embelesada como miraba su desnudez, sin poder creer que todo aquello me estuviera pasando cuando solamente llevaba un par de días de vuelta a la realidad, cuando una semana atrás era un tipo de uniforme sometido a la disciplina militar.

- ¿Te confieso algo? Tengo una cierta debilidad por sentir el semen de un hombre cayendo sobre mi cuerpo, por ver cómo un chico se masturba, así que… ¿Me complacerías ese capricho? - preguntó, empleando el tono más insinuante y la mirada más lasciva que pudo componer, haciendo que tragara saliva mientras me ponía de pie y ella se acercaba a mí para deslizar mi traje de baño, abriendo mucho los ojos cuando mi miembro quedó expuesto ante ella, tragando saliva antes de mirarme a los ojos para luego dejar que su atención regresara a mis genitales, mientras se recostaba de nuevo en el camastro y llevaba sus manos a sus senos - hazlo, por favor, no me hagas esperar - dijo con la voz turbada por la excitación, sin perder luego detalle de la forma como empecé a tocarme, de la manera como mi mano recorría el largo de mi miembro de ida y vuelta mientras mis ojos no querían renunciar a la imagen de su cuerpo desnudo, a esa morbosa escena que montó para mí con sus piernas abiertas mientras se tocaba los senos con agresividad, pellizcándose los pezones, haciendo que perdiera toda clase de inhibición y me masturbara con fuerza, y velocidad, sintiendo cómo continuamente salían gotas de líquido preseminal de mi verga, viendo cómo iban a dar a su cuerpo, logrando de esa manera que esa mujer se excitara en cada ocasión en que eso pasaba.

- ¡Vamos, cariño! ¡Quiero que termines! ¡Dale tu lechita a la tía Trina, mi amor! ¡Ahhh! ¡Mira cómo me toco por ti! ¡Ahhh! ¡Mira cómo me tienes, cariño! ¡Ahhh! - me incitó, siendo aquellas palabras el elemento que terminó por descomponerme, lo que hizo que de pronto sintiera un cosquilleó enloquecedor que nació en mis testículos y recorrió todo mi miembro hasta arrojar aquellos chorros de leche que mojaron el cuerpo de mi tía, impregnando sus senos su abdomen y su cara con mi semilla, en medio de aquellos jadeos que escaparon de mi boca sin que me permitiera perder detalle de la forma como mis fluidos caían sobre el cuerpo de mi tía, quien cerró los ojos y gimió mientras la bañaba hasta que ya no salió nada de mí y me quedé ahí parado, si saber qué hacer o qué decir.

Trina dejó Salir una risilla coqueta cuando aquello terminó, mientras esparcía mi semen por sus senos, disfrutando de la manera como sus manos recorrían su piel, mirándome mientras lo hacía, antes de que se sentara en el camastro, sin tratar siquiera de proteger su desnudez, tomándome de la mano para que me sentara a su lado.

- Sí, eres buen material, definitivamente lo eres, así que durante los siguientes días te enseñaré a complacer a una mujer y, si lo haces bien, tal vez puedas ganar dinero de otra forma, de una manera mucho más placentera, aunque claro, todo depende de lo que hagas en estos días y de lo rápido que puedas aprender.

Mi cara debió haber sido un poema después de que escuchara las palabras de mi tía, quien al parecer estaba sugiriendo que podría ganar dinero teniendo sexo, una idea que en realidad no estaba seguro de si me molestaba o no, porque si bien necesitaba dinero y no me agradaba recibirlo sin hacer trabajo real, lo que mi tía me sugería era tal vez demasiado para mí, tal vez algo que no quería hacer, a pesar de que en aquel momento no pudiera evitar preguntarme ¿Cuánto podría pagar una mujer para tener un momento íntimo conmigo?


© Jane Cassey Mourin