Regreso a la adolescencia
¿Os acordáis de esos besos de la adolescencia?
Esos besos que al principio son inocentes, pero que con práctica encierran lo mismo que la caja de Pandora. Esos besos que te hacen sentir viva, y ahora de mayores te hacen sentir muchas más cosas… Cosas que podías llegar a tener olvidadas.
Por fin llegó el día, tras más de un mes chateando, llegó el día D.
Yo llevaba varios días nerviosa. Bueno, más que nerviosa, pero es que esta cita era completamente diferente. Jamás pensé encontrarme en esta tesitura, pero es lo que hay, y como se suele decir… Lo peor que puede pasar es que me tome un café y vuelva a casa con mis hijos.
Quedamos en un centro comercial muy conocido, a una distancia equidistante de cada uno de nosotros. No tenía muy claro dónde quedar, y me acordé de que había un local con terraza que tenía cócteles, no es que fuera una coctelería, pero hacía bueno, y apetecía terracita. Y por qué no, un cóctel para calmar los nervios.
El día se me hizo eterno, creo que en realidad se nos hizo eterno a los dos.
Nuestro chat empezó de la manera más tonta que existe, pero poco a poco seguimos hablando y como suele ser habitual, las conversaciones fueron más personales y, más íntimas.
Esa intimidad dio paso a verdaderos deseos de conocerle.
Perdón, él es Luis, un caballero de cincuenta y cinco años, digo caballero porque así lo es, de los pies a la cabeza. Tiene buen porte y sus modales son exquisitos. Además de tener buena conversación sobre temas variopintos. De esto, si la cosa continúa, ya os daré más detalles.
¡Qué mal educada! Yo soy Esther, cincuenta años y divorciada.
Una vez hechas las presentaciones, os diré que ese miércoles era el único que podíamos quedar los dos, ambos temíamos que surgiera algún imprevisto, ya que el viernes yo salía de viaje para casi un mes. Por lo que era ese día o habría que esperar lo que en ese momento parecía una eternidad.
Aunque me dijo que él iba a ir normal, a todas nos gusta arreglarnos, ya no para gustar a tu cita, sino y más importante, para gustarnos a nosotras mismas y sentirnos altamente “follables” (pase o no pase nada). Creo que esa sensación empodera a la mujer. Si tú te encuentras bien contigo misma, te pones el mundo por montera.
Hay una cita que leí hace un tiempo y me gusta recordar: “Si tú misma te encuentras interesante, para los demás serás inolvidable”
Y así mismo es como me estoy empezando a ver yo. Y para prueba de ello, mi cita con Luis.
La noche anterior estuvimos haciendo bromas sobre varias películas y, una de ellas fue Pretty Woman. Le dije que al día siguiente me tocaría hacer pase de modelos, y se rio a carcajadas. Pero es verdad, nunca se tiene una segunda oportunidad de causar una primera buena impresión.
Así que ahí estaba yo, a las cinco de la tarde con medio armario encima de la cama. Sin saber exactamente qué ponerme.
Lo único que tenía claro era el peinado. Me había dejado el pelo rizado, tengo media melena rubia y, cuando me echo producto, me salen unos rizos más que sugerentes. Me siento muy atractiva, casi salvaje.
No me pinté demasiado, quería ir natural, pero que se viera que me había tomado mi tiempo para arreglarme, apenas una ligera línea de sombra negra a ras de pestañas, un poco de rímel, un toque de rubor y eso sí, unos labios color frambuesa muy apetecibles.
Plantada con los brazos en jarra, miraba la ropa encima de la cama.
Segura estaba de llevar vaqueros, y quería estar cómoda, así que elegí unos de color azul con toques desgastados, tobilleros y con los bajos deshilachados. Eran informales, les metería unas deportivas negras.
Quedaba lo más difícil, la parte de arriba. Me probé varias opciones, pero no me terminaban de convencer. Me acordé de una camiseta blanca, de manga francesa que tiene todo el pecho de encaje, pero cuál fue mi sorpresa que, al meter los brazos, no me entraba. ¡Maldita crema olor a vainilla! Falta de previsión, jajaja.
Varias camisas y camisetas después, con los consiguientes cambios de sujetador, encontré la adecuada. Camiseta de tirantes ancho negro, más o menos holgada, para disimular la tripa, pero ajustada al pecho. En el centro una calavera, mitad cráneo mitad flores.
Es un poco roquera, así que me probé una cazadora de cuero, y un bolso con tachuelas negras.
Último vistazo delante del espejo. ¡Sí! Me gustaba lo que veía. Toque de colonia y corriendo a la cita.
- Mamá, vas espectacular. Pásatelo muy bien.
- Gracias cariño, no volveré tarde.
Después de despedirme de mi hijo, y pasar por la prueba de fuego, mi hija, salí corriendo hacia mi destino.
La cita no se podía alargar, el jueves había colegio y por supuesto, lo primero son las obligaciones.
De camino le llamé para decirle que me había retrasado un poco, que lo sentía, pero a él también se le había dado regular. Así que me tranquilicé.
Cogí un poco de tráfico, pero a las seis y veinte estaba en destino. Me miré en el retrovisor, ajusté el sujetador, respiré y mandé un mensaje: “Aparcada”.
Cerré el coche y me dirigí al punto de encuentro. Parecía mentira, sin darme cuenta iba mirándome en todos y cada uno de los escaparates.
“Vaya culito te hace este vaquero. Estás irresistible”
Llegué a la puerta del bar y esperé. Mi móvil no tardó en sonar: “Aparcado”
El corazón me empezó a latir más y más fuerte. Se aceleró. ¡Qué nervios!
No era mi primera cita, ni mucho menos, pero no sé qué le encontraba a Luis, me parecía muy interesante de una manera diferente a los demás, y eso me ponía muy nerviosa.
Le estuve esperando, se me hizo eterno, además le esperaba ver aparecer por un sitio y… ¡Sorpresa! Apareció por otro.
Ahí estaba, camisa de cuadros, vaqueros, jersey atado a la cintura y una gran sonrisa en su boca.
- ¡Hola! Te esperaba por allí – dije señalando en dirección opuesta.
- ¡Hola! Ya, es que te vi mirando para allá y pensé en darte una sorpresa.
Posó su mano en mi cintura y nos dimos dos besos. No sé por qué, dudé en darle el tercero. Ya habíamos hablado sobre él, estaba decidida a dárselo, porque así se lo había dicho en plan de broma, pero una vez delante de él, no me atreví.
Nos sentamos y pedimos un clásico, un par de mojitos. Nos sentamos uno enfrente del otro y fue como si nos conociéramos de siempre.
La conversación fue fluida, no sé si él lo notaba, pero no podía dejar de mirar sus labios, y sin darme cuenta, me levanté, me apoyé en la mesa y le di un pico.
¡Pero qué había hecho! Le miré y vi brillo en sus ojos, así que le besé un poco más.
Sus labios eran carnosos, invitaban a ser besados.
En todo momento hubo contacto físico, cosa que me gustaba y relajaba. Cogidos de las manos, acariciando los dorsos y jugando con los dedos, la conversación fluía de una manera distendida. Hubo algún beso más, corto por la postura en la que yo me tenía que poner. Pero bien rico que me supieron.
Después del primer mojito vino el segundo. El sol me daba de cara y Luis se cambió de sitio. Se sentó a mi lado, un cosquilleo recorrió mi cuerpo. Cambió sus cosas de lugar, se acomodó y pasando su mano por detrás de mi nuca se acercó y besó.
Un beso pleno, por fin podía disfrutarlo sin estar en vilo encima de la mesa. Porque sí, era yo la que se acercaba a besarle, me llamaban a gritos sus labios y no quería ignorarlos.
Unos labios jugosos, suaves, cálidos. Una lengua decidida, sentí cómo pedía permiso para entrar en mi boca.
Nuestras lenguas se encontraron, se abrazaron, se acariciaron y se tomaron su tiempo para reconocerse.
Un primer beso que dejó entrever la química que existía entre nosotros. Dejó claro que había mucha atracción.
Nuestras cabezas seguían el baile que nuestras lenguas y labios marcaban.
Un beso eterno, solo interrumpido por la camarera.
Avergonzada me retiré, viendo cómo le había transferido el carmín a Luis. Le limpié los labios y la comisura de manera tierna con mi dedo.
- Muchas gracias. - dijo Luis mirando a la camarera.
La conversación seguía fluyendo, pero cada vez había más silencios provocados por los largos besos que nos dedicábamos.
La forma de besar de Luis era increíble. Hacía tiempo que no me besaban así. Cada vez que sus labios se fundían con los míos mi piel se erizaba.
Sus manos suaves acariciaban mis brazos desnudos mientras sus labios hacían lo mismo con los míos.
El candor de sus besos hacía que mis labios inferiores también los sintieran. Empecé a humedecerme, mi cuerpo quería más.
Breves gemidos salían de mis labios cuando Luis dirigió sus besos a mi cuello.
Con suaves pellizcos sus labios lo recorrieron. Dándole acceso me dejaba querer, mientras mis manos inquietas acariciaban su nuca y cabeza.
Poniéndonos más cómodos, Luis giró más su silla. Nuestras piernas se entrelazaron, permitiéndonos estar mucho más próximos.
Hablando de todo un poco, entre besos y risas, el sol se ocultó, haciéndome volver a la realidad.
Había llegado la hora de poner fin a la tan agradable cita y regresar a casa.
No sin antes dejar claro que había que repetirlo, y a ser posible, más pronto que tarde.
Me ayudó a ponerme la cazadora y, cogidos por la cintura primero y de la mano después, me acompañó hasta donde tenía aparcado el coche.
Por supuesto, tardamos más de lo que se tarda. Pero es que bien él o bien yo, no podíamos reprimir esos besos como adolescentes.
Llegamos a mi coche aparcado en el parking subterráneo de la primera planta.
Allí, mirándonos a los ojos Luis no paraba de tocarme el pelo, el brazo y la cara, mientras intentábamos despedirnos.
- Lástima que haya sido este ratito tan corto.
- Sí, pero ahora ya tenemos excusa para quedar y volver a vernos.
Mis manos se pusieron sobre su cara, mis labios besaron por última vez los suyos. O al menos eso es lo que yo creía.
Mi beso fue más que correspondido nuevamente. Sus labios nuevamente acariciaban los míos, mi lengua buscaba la suya, buscando un nuevo baile. Ese último baile como en la adolescencia, cuando bajaban las luces y empezaban “las lentas”. Esas canciones que daban rienda suelta a los más atrevidos y pequeños empujoncitos a los más tímidos.
Los besos se volvieron más intensos, nuestras manos se perdían por debajo de mi cazadora y por encima de su ropa.
La tensión sexual subía y poco a poco acabé apoyada en la columna del garaje. Nuestras bocas se devoraban, nuestros cuerpos se fundían.
Mis braguitas estaban húmedas, y mis manos sentían curiosidad por saber qué ocultaba él en la entrepierna. Me topé con un bulto bien duro.
- Veo que nos gusta lo que hacemos…
Me calló con su boca, su mano se deslizó por debajo de la camiseta topándose con mi pecho. Comenzando un travieso juego con mis pezones por encima del sujetador.
Sutilmente de mis labios se escapaban gemidos de placer, ligeros bufidos, mis labios buscaban desesperados los suyos, mordiendo y aprisionando el labio inferior.
El ambiente se calentaba más y más. Nuestra pasión estaba en ebullición, el morbo crecía por una mujer que estaba cargando su coche justo en el pasillo de atrás del mío.
“¿Y si nos metemos un momento en el coche? ¡Quiero más!” Pensaba mientras le disfrutaba.
Besos y más besos. Besos tiernos, suaves pero intensos. Una intensidad de quinceañeros, esa intensidad que, con tan solo eso, te llevaba casi al clímax.
Totalmente excitados, apasionados, no veíamos el momento de despedirnos, no encontrábamos el momento de dejar de disfrutarnos.
- Eres más que "follable", y porque se te hace tarde si no, te lo demostraba. – dijo susurrándome al oído.
No podíamos parar de besarnos, pero la realidad es la que era. Muy a mi pesar, terminamos con un último beso. Comenzando muy ardiente para terminar de lo más tierno que os podáis imaginar.
Me abrió la puerta del coche, y dándome una palmada en el culo, me dijo:
- Ten cuidado y avisa cuando llegues, por favor.
- Jajaja. Tú también ten cuidado.
Llegué a casa recordando cada uno de los besos, pensando en lo que podría haber pasado y no pasó, pero en lo que podría pasar en un futuro.
Al llegar a casa le mandé un menaje diciendo que ya estaba en casa y al rato recibí su contestación:
“Ya en casa. ¿Sabes una cosa? Deseaba meternos en el coche y probar esa humedad que sé que tenías ahí por mí. Esos gemidos, esos suspiros eran gasolina pura.”
Y así es como una mujer de cincuenta años llega a casa con la emoción y la calentura de una quinceañera. Recordando los besos, suaves, tiernos pero intensos que le ha dado un chico en una tarde soleada del mes de abril.